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De la generación al género. 40 años después

Veo a los presos jovencísimos tras las rejas cuando 4 revoluciones antes presidían mítines en libertad, empoderadísimos con el pueblo de México, el personaje más inasible y efímero del 68. Sin ruptura vea a las mujeres y los hombres 4 décadas más curtidos movilizados en defensa del petróleo, denunciar la represión contra movimientos magisteriales y populares, manifestar frente a la inseguridad y en defensa de los derechos humanos.

De la generación al género. 40 años después
Recuerdo, recordemos Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca Sobre tantas conciencias mancilladas, Sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta, Sobre el rostro amparado tras la máscara. Recuerdo, recordemos Hasta que la justicia se siente entre nosotros. Rosario Castellanos, Memorial de Tlatelolco

40 años después a 68 revoluciones por minuto es como me he sentido las últimas semanas. Nunca antes había experimentado esta agridulce experiencia de la memoria.
Abro el periódico y miro en la misma página artículos actuales sobre el 68 y fotografías del 68. Prendo el radio y escucho música y voces del pasado. Enciendo la tele y veo imágenes de amigos, compañeras y personajes de otro tiempo y de ahora. Hablan en el presente de su pasado, del mío, del nuestro.
Una y otra vez irrumpen los contornos y los sonidos de la masacre.
Qué agria palabra me sabe a hiel y a desamparo. Siento rabia.

Veo a los presos jovencísimos tras las rejas cuando 4 revoluciones antes presidían mítines en libertad, empoderadísimos con el pueblo de México, el personaje más inasible y efímero del 68. Sin ruptura vea a las mujeres y los hombres 4 décadas más curtidos movilizados en defensa del petróleo, denunciar la represión contra movimientos magisteriales y populares, manifestar frente a la inseguridad y en defensa de los derechos humanos.
Estamos ahí frente a Rectoría y en los auditorios, en la Escuela Nacional de Antropología en Chapultepéc, en la Facultad de Economía o de Filosofía en la UNAM, en asambleas finitas o permanentes, en las guardias, en las brigadas volanteando y en manifestaciones festivas o luctuosas de centenas de miles. En el Zócalo. Es otra ciudad en blanco y negro, y es la misma. Éramos menos millones. Es otro país, pero cómo se parece.
Con 40 años más, cada quien se esfuerza por sacar de sus entrañas sus recuerdos, sus razones, su visión de lo ocurrido. Toda conmovida ante sí, frente a la cámara y el micrófono, la mente se torna translúcida, la emoción envuelve, contiene y da cuerpo al sentido. La voz de cada quien es verdadera para contarnos. Porque los sesentayocheros somos cuenteros. Lo vivido sabe más si al evocar el recuerdo se vuelve palabra e imagen y alguien escucha y mira y, como entonces, la empatía crea sentido, vínculo, camino.
Escucho sobre todo a hombres dirigentes enunciar sus experiencias como si hubiesen estado solos. Solos de nosotras. Miro las imágenes y en las asambleas
¿qué extraño? hay mujeres, veo las marchas y ahí van también mujeres, muchas mujeres. Y la mayoría del los hombres del 68 no hablan de las mujeres, casi no nos mencionan. Se les llena la voz de liberación sexual. ¿Con quiénes la vivieron?
Ya no me asombro. En el transcurrir de los últimos cuarenta años, infinidad de sesentayocheras nos dimos cuenta que no bastaba estar ahí, nuestra presencia no era suficiente para dar cuenta de nosotras mismas. Esa conciencia, la de género, feminista, despertó en muchas de nosotras al ser sólo juveniles, sólo estudiantes, sesentay…sí, al ser sólo generación.
Nosotras nos encontramos cómodas y magníficas en las aulas, las asambleas y las brigadas, en las calles y los mítines. Experimentamos una densa crisis cultural de recreación identitaria.
El 68 juvenil y estudiantil fue entretejido por hilos finos de coincidencias antiautoritarias públicas y privadas. Al evocar hoy la rebelión y el discurso por las libertades democráticas levantado frente al gobierno, su partido único y la sociedad corporativizada con sus instituciones autoritarias y patriarcales, las hacemos visibles.
Justicieros como entonces, hoy relatamos, evocamos para que no se olvide, para no repetir. Entonces creíamos que la limpidez estaba a la vuelta de la esquina. Construimos este piso de presente 40 años después como lo hicimos treinta, veinte, diez años después, en los entresijos de enfrentar la impunidad de entonces. Y la de ahora y seguir en lo que andamos.
Pero hubo otra convulsión: La revuelta invisible e inaudible del 68 que cada quien enfrentó fuera de los espacios de la algarabía politizada y empoderada, fuera de los rituales colectivos entre pares. Fue la rebelión doméstica, familiar, de pareja, que cada 68era y 68ero libró en su casa, frente a su padre y su madre, sus hermanos y hermanas, y toda la parentela, en el barrio y entre sus amistades, al defender las profundas convicciones con argumentos digeridos apenas ayer en las asambleas, las fiestas, las lecturas y los círculos de estudio.
Esas jóvenas y esos jóvenes éramos una condensación ilustrada y científica, formada en la filosofía y en el marxismo, impactada por la crítica de la modernidad impulsada en diversas latitudes, y por una cultura juvenil desplegada en el mundo. El compromiso político asumido implicó la recreación cultural cuya incidencia deseamos alcanzar ahora. Vivimos, entonces, un enorme desencuentro con la cultura conservadora, anacrónica y retrógrada y con las maneras acartonadas y miserables de vivir que nos estaban asignadas como destino. Mirando a los ojos a sus poderosos defensores hicimos la crítica ideológica, práctica y tangible al orden político, cerrado, hostil y corrupto.
Nos enfrentamos, cada quien como pudo, a la doble moral de las buenas familias y al qué dirán. Despotricamos de las parejas respetables siempre disparejas y huérfanas de amor. Rechazamos el trabajo que burocratiza anhelos. No queríamos esa vida para el futuro y menos para el presente. Existencialistas y revolucionarios por vocación ética, nos emancipamos.
Hicimos la más prodigiosa desconstrucción en acto –a la usanza postmoderna. Inventamos el compañerismo entre algunas y algunos, pero no dio para el 50%-50, que hoy, nosotras, alcanzamos a formular hasta en porcentaje.
Inauguramos el amor apetecible entre pares, abjuramos de virginidades y dogmatismos.
Algunas fuimos pioneras en el uso de la píldora y otras no. Cuántas criaturas se gestaron entre transgresiones sin condón y sin píldora. Pastillita que hace tornasolados el deseo y sus goces y sabe a libertad. No había SIDA, era suficiente liberarse de unos cuantos tabúes y prejuicios.
No todos continuamos demoliendo los recovecos patriarcales. La mayoría de los hombres han recreado en esos 40 años mucho más de lo que podrían aceptar del personaje patriarcal al que se enfrentaron. La mayoría defiende la Ley del Padre. Muchas mujeres de entonces no han tenido espacio para seguir el hilo del descubrimiento feminista. Porque el feminismo actual se gestó entonces.
A diferencia del movimiento estudiantil popular que probó el consenso, las feministas hemos vivido 40 años sin grandes masas, sin el pueblo de México y sin los titulares. Hemos vivido 40 años de pequeños encuentros (aún los latinoamericanos o las conferencias mundiales) entre mujeres emancipadas en un mundo que cambió mucho menos que nosotras y al que, a pesar de todo, hemos hecho cambiar. Han sido años de luchas, de búsquedas ilustradas, de activismo, de estudios, de movimientos y redes con mujeres afines de aquí y de otras tierras. Hemos experimentado entre nosotras algo inédito antes del 68: sintonías más profundas, abarcadoras y justas que las compartidas con los hombres transformadores.
Para nosotras han sido 40 años de descubrir la complejidad personal de las mujeres, de aprender unas de otras y de fascinarnos, reivindicarnos y sumar. 40 escasos años de aprender a vivir a dos aguas y caminar a ritmo sincopado, de mantener el propio paso a la manera feminista y aguantar el paso de hombres, instituciones, colegas y compañeras con quienes nos entendemos a medias, con quienes desentonamos. Hemos aprendido a ser bilingües, disidentes de las disidencias y coincidentes radicales.
Hemos vivido 40 años de un bilingüismo cultural discordante para descubrir, unas antes y otras a su tiempo, que no basta la democracia si no es enunciada desde nosotras y por nosotras. En lengua feminista hemos llevado a nuestras conciencias y a la cultura política la trama feminista: maternidad libre y voluntaria, derechos sexuales y reproductivos, despenalización y legalización del aborte libre, equidad política, libre opción sexual, acciones afirmativas, perspectiva de género, ley de las mujeres…
Varios deseos feministas hoy son leyes que acuñan la igualdad entre mujeres y hombres y el derecho de todas y cada una a vivir libres de violencia. Esas leyes son una marca jurídica feminista en el Estado, producto de diversos movimientos y de la estancia de algunas de ellas en la política. Falta el reclamo social para su cumplimiento.
Hoy las defeñas tenemos el derecho a casarnos entre nosotras aunque sea camufladas, gracias a un trato de convivencia anclado en un código mercantil y es un derecho de las coahuilenses sin camuflaje. Tras una ardua y emblemática lucha logramos el derecho de las defeñas a la interrupción del embarazo hasta las 12 semanas de gestación, por fin ha sido probado con éxito por varios miles de ellas. Todo ello además en ejercicio práctico del laicismo.
En estos 40 años el rostro y el cuerpo de la sociedad civil se han tornado femeninos. Desde el 68 fueron mujeres quienes sustentaron las organizaciones para la liberación de los presos y más tarde para la aparición de los desaparecidos.
En el 85 las mujeres salieron de los escombros a rehacer sus casas, nuestra ciudad y a reanimar la vida cotidiana como reconstruyen tras cada desastre “natural” viviendas, escuelas, barrios y comunidades. La mayoría de las cuidadoras de casillas electorales y de derechos civiles y políticos, las hacedoras prácticas de los referéndums y defensoras del voto hemos sido mayoritariamente mujeres en ejercicio de una novedosa ciudadanía que en lo electoral ha cumplido su medio siglo.
En la Ciudad de México, en el 95, las mujeres emitimos más de la mitad de los votos para dar fin al priismo despótico y autoritario, con el anhelo de hacer de ésta una ciudad para su gente.
Qué sería de la incipiente cultura de los derechos humanos sin el esfuerzo pedagógico y oenegéico de centenas de miles de mujeres al reeducar y reeducarnos en este paradigma de convivencia comprometida, y sin las luchadoras políticas por los derechos humanos de todas las personas.
Qué sería de la cultura en México sin el aliento, desde otro lugar, de las escritoras, videoastas, pintoras, fotógrafas, directoras de cine, escultoras, novelistas, poetisas, escenógrafas y dramaturgas, investigadoras, profesoras, comunicadoras, cantautoras, teatristas, bailarinas, coreógrafas y performanceras diversas.
Qué sería de los derechos sociales sin el toque de las mujeres que representan en minoría, dirigen en minoría y gobiernan en minoría.
Para tocar el dolor diré que las lunas de Acteal, eclipsadas, fueron en su mayoría mujeres en oración frente al horror de la persecución, el acorralamiento y la muerte.
Hasta en la insurgencia las mujeres deben vindicar cada día una cultura y una convivencia que considere la igualdad entre mujeres y hombres.
Cómo podemos imaginar que la vida continúa a pesar de ser atropellada por crisis, errores, atropellos y exclusiones, sin reconocer y valorar a millones de mujeres sacar a sus hijos adelante cada día, a sus familias adelante y hasta a sus aguerridos machos, adelante. La experiencia cotidiana antiheróica de las mujeres, casi en silencio, pero imprescindible, ha consistido en cambiar de costumbres y aguantar doblesjornadas y trabajos informales en su mayoría, sostener la vida e inventar convivencias, entre avances y retrocesos del mundo de las sombras al de una incierta ciudadanía bajo discriminación y en desigualdad.
Lo que algunas olvidaron entre tantos afanes y quehaceres y otras han descubierto en estos años, algunas lo sabíamos desde el 68 y lo reafirmamos hoy. La sociedad y la cultura siguen en crisis, ahora tal vez, más compleja y devastadora.
Nosotras estamos convencidas que un mundo de monopolio masculino de recursos y poderes, con mujeres sometidas a dominación por el hecho de ser mujeres, se asemeja demasiado al que quisimos trascender en el 68. Las alternativas que no vislumbran cambios de género radicales, aunque sean construidas por gentes democráticas, engendran exclusión y oprobio. En el 2008 urge una visible y prioritaria crítica política al patriarcalismo, si de veras queremos salir de los estertores. Urge también articular las alternativas feministas a la “agenda” política.
De no hacerlo, quienquiera que asuma liderazgos, gobiernos y hegemonías lo hará con la rigidez excluyente, autoritaria y machista, patriarcal. A pesar de beneficiarse de la actuación de mujeres y de magníficas mujeres, la política sigue siendo una danza ritual y macabra entre hombres. La mayoría de los intelectuales, los académicos y los políticos mexicanos son analfabetas enm feminismo a pesar de que el feminismo ha sido dimensión fundante del 68 y del 78, del 88, el 98 y el 2008.
Pero la necesidad del feminismo no proviene de una urgencia filosófica solamente.
El feminismo es imprescindible para hacer vivible nuestro mundo.
Hoy la violencia de género, la violencia masculina, el feminicidio y la impunidad en los atentados contra las mujeres y las niñas identifican a México. A pesar de las leyes, no hay voluntad política para enfrentar la violencia de género ni para garantizar la justicia de género. La educación masiva escolarizada televisiva o hertziana es estrictamente patriarcal violenta y empobrecedora.
Es un obstáculo para el desarrollo de una cultura en que se valoren y respeten la integridad y la libertad de las mujeres, así como la posibilidad de una vía no violenta de vida para los hombres.
Las mujeres más modernas somos más exigidas, doble y triplemente. Hoy hacemos mucho más, trabajamos más, participamos más, y muchas lo hacemos sin conciencia feminista y sin derechos de género. Vivimos situaciones de competencia con hombres como si estuviéramos en igualdad. Ni siquiera somos dueñas de nuestros cuerpos, de nuestro tiempo, de nuestra conciencia y nuestros deseos.
Entre los hombres más democráticos aún hay reyezuelos cuyos feudos son sus casas, y todavía no saben en qué puede consistir la igualdad en la pareja o cómo ser equitativos, ni el significado del amor más allá de sus falos y no han descubierto a las mujeres con quienes conviven. Quienes se atreven a cambiar y cada día desmontan sus poderes y privilegios patriarcales en la sociedad y en su forma de ser hombres, son los menos. Los hombres entrañables llevan en la mirada la osadía de intentarlo con quienes comparten la vida, el trabajo y la política. Son necesarios más y más hombres dispuestos a la igualdad.
El laicismo no se ha instalado en la sexualidad. Cada mujer es criminalmente disminuida al ser confrontada con hombres sobre humanizados y fetos humanizados, defendidos a ultranza contra las mujeres por instituciones pías y por fundamentalistas aborígenes de proceder enfebrecido y peligroso.
La tergiversación de la liberación sexual, es decir su reinterpretación patriarcal, ha estimulado la violencia de género contra las mujeres y ha favorecido la impunidad masculina, el machismo, la misoginia, la lesbofobia y la homofobia, que se engarzan con el racismo y todo tipo de sectarismo prevalecientes. Las mujeres no somos sujetas de derechos humanos, aunque tengamos pequeños espacios muy acotados para valorar nuestras identidades.
A 40 años del 68 y en la primera decena del segundo milenio reitero la urgencia de que el feminismo arraigue, se extienda y de sentido al mundo. Pretender la democracia desprovista de feminismo será un fracaso. El autoritarismo, la voluntad excluyente, el pacto corrupto y la impunidad, así como la violencia como método vital del supremacismo, son esencialmente configuraciones patriarcales.
Hasta donde me alcanza el entendimiento, el antídoto más eficaz para desmontar el patriarcalismo ha sido y es el feminismo. Y, hasta donde he experimentado, el feminismo contiene la propuesta más radical de todas: hacer vivible y compatible para mujeres y hombres al mismo tiempo, sin unanimidad pero con equidad, derechos claros y precisos, pluralidad y como decimos sesentaiocheramente, con imaginación y placer. Con libertad.
Finalizo mi remembranza de 40 años. Sigo el recoveco de mis recuerdos y encuentro en lo más profundo del 68 un país innombrado. Toco ese placer tan conocido y descubro la emoción de entonces, de ser parte de quienes imaginamos otro mundo posible y compartimos sentires y pesares, una ética y una filosofía revolucionaria y libertaria. En ese camino avanzamos lo que pudimos.
Qué dicha. Me envuelve y me hace vibrar. Sigo adelante desde esos ayeres y reconozco el luminoso matiz actual de ese placer. Pertenezco a una república feminista que se habla, canta y escribe en francés, inglés, portugués, alemán, en muchas lenguas y, desde luego, en español, maya, náhuatl, tzotzil y otras lenguas de por acá. Es una república feminista de mujeres diversas y algunos hombres, personas creativas y amorosas.
Más allá de los intentos de arrancarnos con masacres la certeza de que la razón prevalecería y prevalecerá, más allá de la impotencia y el horror, cultivo en mí la fascinación por el encuentro apasionado entre personas libertarias. Cómplices tejedoras de la vida.

Última modificación: 28 de noviembre de 2018 a las 12:40

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