La tragedia salvadoreña y la unidad nacional por la vida y el futuro

La tragedia salvadoreña y la unidad nacional por la vida y el futuro
Alberto Arene

La historia de los salvadoreños es muy triste, pero la tercera, séptima y octava década del siglo pasado, y la segunda de este siglo son una tragedia. A los 30 mil muertos de la matanza de campesinos e indígenas en 1932 le siguió la represión, la eliminación de la cultura y del idioma náhuat y buena parte de las raíces e identidad indígena de nuestro pueblo, y la violación de los derechos humanos en las próximas seis décadas. La dictadura y el autoritarismo, la violación de los derechos humanos y la concentración cada vez mayor de la riqueza desarrollaron, durante un siglo entero, el temor, la desconfianza, el individualismo, y el “sálvese quien pueda”, y finalmente, la guerra y el éxodo de millones.

En los setenta, el cierre de los espacios políticos, la creciente represión y los fraudes electorales parieron –medio siglo después– miles de guerrilleros y la guerra abierta de la siguiente década con 80 mil muertos y varios miles de lisiados y discapacitados, centenas de miles de desplazados internos, el éxodo y la desintegración de cientos de miles de familias, sembrando las semillas de la siguiente guerra. Y en las siguientes dos décadas de posguerra fueron deportadas e importadas de Estados Unidos las pandillas de salvadoreños que en el país encontraron la exclusión y desintegración social propicia para organizar y desarrollar la siguiente guerra. En agosto recién pasado 907 personas fueron asesinadas, proyectándose el cierre del año con tantos muertos como el peor año de la guerra civil.

Pero el sangriento mes concluyó también con una contundente resolución de la Sala de lo Constitucional declarando terroristas a las pandillas y con unos esperanzadores acuerdos entre los partidos políticos facilitados por Naciones Unidas y la OEA. Allí reiteraron voluntad de diálogo, compromiso de generar un ambiente respetuoso y propicio a los principales problemas que confrontamos, y acordaron una agenda general del proceso de diálogo interpartidario sobre seguridad ciudadana, crecimiento económico con inclusión, finanzas públicas, transparencia y rendición de cuentas, fortalecimiento institucional, salud y educación. Aunque el aspecto central fue la seguridad, esta agenda toca aspectos prioritarios de la gobernabilidad democrática y del desarrollo.

La gran pregunta es si estos acuerdos serán de carácter táctico o estratégico, si serán coyunturales y de apariencias para neutralizar la presión ciudadana, salvar cara y ganar tiempo, o si son concebidos como el único camino para el gobierno y el país para derrotar progresivamente el crimen y la inseguridad, y apostarle a la vida y al futuro. Pero el pensamiento e ideologías dominantes, las profundas desconfianzas y la lógica de la legitimidad y del poder en el bipartidismo polarizado, nos llevan a pensar que la visión y actitud coyuntural y táctica tenderá a prevalecer como punto de partida.

Para transformar los acuerdos tácticos en estratégicos los principales actores políticos deben comprender que el Estado no podrá ganar la guerra contra el crimen organizado y la postración económico-social con un sistema político dividido y confrontado, y el consecuente respaldo internacional disminuido. El gobierno y su partido no podrán ganar semejante guerra si al mismo tiempo libran una guerra política contra ARENA y el bloque empresarial dominante. Ni estos irán a ningún lugar si a partir del desgaste y del mal gobierno ganaran las elecciones de 2018 y 2019, recogiendo los pedazos de un país más deteriorado y debilitado económica, social e institucionalmente, con el Frente en la Asamblea y en la calle de nuevo en pie de guerra.

Consecuentemente, se trata de lograr y ejecutar acuerdos hasta las elecciones legislativas y municipales de 2018 y presidenciales de 2019 con una agenda nacional de unidad, gobernabilidad y desarrollo sostenible que derrote estratégicamente a las pandillas enfrentando la epidemia social y la postración económico-social donde se nutre el crimen organizado. Y esto requiere –necesariamente– una recomposición del gobierno que exprese y represente la nueva estrategia y la nueva línea de conducción del gobierno.

Este pueblo tan sufrido históricamente merece y necesita un liderazgo superior unificador de la patria históricamente dividida, que impulse la cohesión y el desarrollo social y que desate la creación sostenida de riqueza con inversión privada, empleos y excedentes crecientes para financiar la enorme deuda social en educación y salud pública. No tenemos recursos, ni ahorros, ni capacidad de endeudamiento, ni grado de inversión, para seguir prolongando la guerra política y sus consecuencias en mayores crímenes y en acelerar el camino hacia la crisis fiscal, el default y un ajuste radical que empeoraría el nivel de vida de los pobres y de la clase media.

Ya es tiempo de cambiar la historia de este sufrido pueblo que históricamente asesinó y expulsó a sus hijos, el mismo al que Roque Dalton le dedicó su Poema de Amor: a “los que lloraron borrachos por el himno nacional bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte…, los que apenitas pudieron regresar, los que tuvieron un poco más de suerte, los eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo…, los tristes más tristes del mundo, mis compatriotas, mis hermanos…

La historia de nuestro pueblo es de sangre, luto y sufrimiento, tragedia que unidos y con mayores luces debemos enfrentar y derrotar para siempre, por la vida y el futuro. – See more at: http://www.laprensagrafica.com/2015/09/03/la-tragedia-salvadorea-y-la-unidad-nacional-por-la-vida-y-el-futuro#sthash.2Svtvvjz.dpuf

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