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Una convocatoria de género a los hombres

La reeducación de género de los hombres es fundamental en la redefinición de su propia condición humana masculina. Como los hombres, el hombre y lo masculino han sido convertidos en contenidos del paradigma humano por el pensamiento y la política patriarcales, la mayoría de los hombres no distingue entre su condición de género masculina y patriarcal y los valores y atributos simbólicos de lo humano.

Una convocatoria de género a los hombres

Mirar a los hombres desde la perspectiva de género en pos de la construcción de los derechos humanos conduce a considerar injusto e inequitativo lo que las tradiciones, las costumbres, las normas y las formas de vida patriarcales consideran legítimo.

Esta mirada a los hombres significa no aceptar más discursos de igualdad con prácticas de desigualdad y plantear el derecho humano de los hombres a ser humanizados desde una ética de equivalencia humana con las mujeres.
Significa también, que la equidad debe ser un valor de la condición masculina en sus relaciones con las mujeres y con los otros y que los hombres deben aprender a convivir con sus semejantes humanas (colegas, conciudadanas, compañeras, coterráneas) y a respetarnos en nuestra especificidad.

La reeducación de género de los hombres es fundamental en la redefinición de su propia condición humana masculina. Como los hombres, el hombre y lo masculino han sido convertidos en contenidos del paradigma humano por el pensamiento y la política patriarcales, la mayoría de los hombres no distingue entre su condición de género masculina y patriarcal y los valores y atributos simbólicos de lo humano.

Hacer conciencia de la diferencia entre masculino y humano es un proceso que permite aclarar la perspectiva de una humanidad resignificada genéricamente.
Por lo tanto, es un derecho humano de los hombres tener claridad de que la condición masculina conservadora es un obstáculo nocivo que les impide ser en correspondencia con los valores que asumen democráticamente para la sociedad, e impide solucionar los importantes problemas contemporáneos.
Dicha condición de género y sus correlato en las subjetividades, las identidades y la cultura machistas no expresan los nuevos valores, las actitudes y las disposiciones que son básicas para avanzar en la construcción social de la alternativa feminista de un mundo plural, solidario, pacífico y progresivo.
Es un derecho humano de las mujeres y un fundamento de la democracia genérica que los hombres elaboren alternativas de género para su propia condición en sus distintas esferas éticas, emocionales, afectivas, intelectuales, sexuales, normativas y políticas.
Es un derecho humano de los hombres imaginar y tener recursos para despojarse de los atributos de la dominación y desarrollar personalidades, experiencias y modos de vida democratizadores. De no hacerlo, no podrán desarrollar desde ellos mismos los procesos de equidad. Y no podrán colocarse en el mismo piso vital que las mujeres. Quedarán descolocados de los procesos renovadores del mundo que alientan un gran viraje en todos los niveles, desde el personal y microsocial, hasta el familiar, comunitario y estatal.
Las experiencias macrosociales (mundialización, globalización) sólo pueden ser enfrentadas con éxito para abatir la devastación y el oprobio del mundo, si desde abajo y en todos los espacios, en su propia vida los hombres protagonizan una radical transformación de su ser y de sus maneras de enfrentar la problemática personal y social, así como sus mecanismos de exclusión y de colonización de los otros.
Lograr, por ejemplo, la reforma del Estado o el establecimiento de un camino hacia el desarrollo humano sustentable exige una metamorfosis de los hombres y de su cultura de género patriarcal convertida en cultura política colectiva.
Como parte de procesos educativos para construir una cultura de los derechos humanos en el campo de la ciudadanía y la política, es preciso decir a los hombres (ciudadanos, gobernantes, militantes, educadores, científicos, líderes, comunicadores, intelectuales, estudiantes, trabajadores, mestizos, indígenas, jóvenes adultos y viejos), solidaria pero firmemente, que se han tardado mucho para expresar su extrañamiento público frente al machismo y al orden patriarcal; que los movimientos sociales y culturales con perspectiva de género aún no cuentan con la participación colectiva, pública, visible y comprometida de los hombres para erradicar la enajenación y la opresión de género y construir la igualdad y la equidad entre mujeres y hombres.
Algunos hombres sienten que es suficiente con apoyar a las mujeres en algunas cosas. Deben saber que suscribir esta causa no consiste sólo en aceptar y colaborar con el empoderamiento de las mujeres y el logro de algunos derechos humanos de la mitad de la humanidad. Es urgente impulsar cambios en los hombres que constituyen la otra mitad de la humanidad que monopoliza la mayoría de los poderes, los bienes los recursos y las oportunidades, en pos una organización política que asegure los derechos humanos en igualdad y diversidad.
Y esto es imprescindible porque la configuración de los hombres, su posicionamiento sexual, social, simbólico y político, su manera de relacionarse con las mujeres y con otros hombres, la impronta de su patriarcalismo en las instituciones y en la cultura, son un obstáculo al avance de las mujeres. Pero, la ceguera ideológica y subjetiva de los hombres, les impide ver que obstaculizan de manera contundente la ampliación y la profundización de la democracia, el desarrollo social, la convivencia pacífica, la creatividad y el bienestar.
Las ideologías supremacistas, invisibilizan a los hombres como obstáculo para el avance de una modernidad democrática y potenciadora del bienestar. Sus maneras de hacer política, de divertirse, de socializar atentan contra formas de convergencia y cooperación. Los hombres más tradicionales que rechazan la modernidad y aquellos que la reivindican son, en cuanto al género, conservadores y reaccionarios.
Aunque se confronten en otras esferas, comparten una posición y una visión supremacistas de género frente a las mujeres y en el mundo.
Las mujeres deseamos, necesitamos y exigimos de los hombres cambios profundos.
Cada vez más mujeres rechazamos las maneras de ser de los hombres, sus actitudes, sus formas de relacionarse y de actuar. Al impulsar nuestro avance y la transformación del mundo, requerimos que los hombres sean consecuentes con los postulados y los principios que proclaman y que quienes no los proclaman cambien también.
Los hombres deben enfrentar la crítica y la exigencia a sus personas y a su marca en el mundo, como crítica política de género, escucharla y atenderla.
No es una crítica hostil, no pretende dañarlos, sino lograr que también la condición masculina y la vida de los hombres estén basadas en el paradigma de la modernidad democrática de género. Los derechos humanos que derivan de la cultura feminista requieren una nueva configuración política democrática concordante con esos principios.
Los múltiples cambios que queremos en la sociedad exigen de los hombres transformaciones profundas. Una es esencial: que los hombres hagan propuestas y den muestras visibles y prácticas de su renuncia al dominio patriarcal.
Que digan a qué herencia y a qué derechos y poderes injustos renuncian, que le pongan nombre y den señales de intención política al desmontar cada privilegio, cada poder autoritario, abusivo, arbitrario, prepotente o dañino, tanto en su vida personal como en su participación social y política.
Desmontar el dominio de los hombres en la sociedad y en ellos mismos significa hacer cambios institucionales, relacionales y culturales cuyo contenido es desjerarquizar, ampliar espacios de participación equitativa para mujeres y hombres, y contribuir al reparto equitativo de deberes, obligaciones, derechos y recursos.
El desmontaje de ese dominio patriarcal pasa por dejar de tratar a las mujeres como su propiedad y como menores, como objetos, esclavas, servidoras, admiradoras, menores de edad, incondicionales bases de apoyo a su persona o al orden social. La subjetividad masculina requiere cambios importantes para que los hombres dejen de experimentar como hechos negativos no ser privilegiados, no ser atendidos como patrones, no ser los primeros en todo, no ocupar siempre la palestra, el espacio simbólico central y la supremacía, no tener los mejores recursos, no competir y ganar excluyendo, no derrotar.
Desactivar y eliminar los poderes de dominio significa para los hombres renunciar a la superioridad, la infalibilidad y la violencia de género; les conduce, en la práctica, a dejar de ser violentos y a mostrar su rechazo ético y político a la violencia masculina. Pero también, a despojarse del derecho a la última palabra, a la verdad, a la razón.
La subjetividad masculina necesita ser remodelada con afectos y valores ligados al placer de estar en espacios paritarios, al gusto por compartir con equidad, a la satisfacción por la solidaridad de género y al orgullo por colaborar en acciones positivas a favor de las mujeres y por actuar de manera visible por ser humanos solidarios. El orgullo de equidad es la alternativa a los afectos y valores de la autoestima masculina fundada en el supremacismo.
Es evidente, y así lo demuestran las experiencias de hombres que transitan por este camino, que desmontar el dominio masculino conduce a la emergencia multifocal de otros sujetos, a la convivencia en la diversidad y por ende al florecimiento de la heterogeneidad subjetiva, identitaria y cultural, a la pluralidad, la búsqueda del consenso y la eliminación del pensamiento único, a la descentralización y la participación ampliada, y al reparto equitativo que propicia y sustenta el desarrollo paritario.
Desmontar el dominio en los hombres y el patriarcalismo en las relaciones y las prácticas sociales y las instituciones conduce, por la enorme influencia de los hombres y su hegemonía, a la eliminación del autoritarismo, del trato indigno y la violencia y el miedo que han impuesto. Emergen, en su lugar, formas de trato digno y de respeto a las personas y al patrimonio personal y colectivo. Son evidencias de la democracia como forma de vida y sus consecuencias materiales y subjetivas: seguridad, confianza y tranquilidad.
El camino a cualquier democracia pasa en este umbral milenario por la democracia genérica.
Mirar a los hombres en pos de la construcción de los derechos fundamentales implica proponerles y exigirles que modifiquen todos los ejes y las marcas de su identidad masculina provenientes del patriarcalismo, y consideren que ser equivalentes y paritarios con las mujeres es su derecho humano.

Última modificación: 20 de noviembre de 2018 a las 14:42

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