28 de febrero de 1977

Las derechas decidieron, una vez más, que en El Salvador no debía funcionar ningún tipo de alternancia y que en ningún caso, los votos podían decidir quién sería el presidente de la república.

En la madrugada y en el momento de mayor frió, cuando en los tragantes de los alrededores de la Plaza Libertad las ratas asomaban sus cabezas y los papeles de la calle eran sacudidos por un viento extraño, las ametralladoras 0.50 abrieron el fuego, aparecieron en las esquinas de las calles que venían de la Catedral Metropolitana y el pueblo reunido los sintió; pero cuando el murmullo empezó a correr los disparos cortaron, como cuchillos sangrientos, la medula del silencio.

Se disparó a matar, porque de eso se trataba, y las personas corrían en todas las direcciones aunque las balas parecían tener ojos y pies para buscar y encontrar su blanco vivo, los hilos de sangre se convirtieron en pequeñas corrientes de rojo hirviente y las personas caían como árboles milenarios tronchados por el rayo; el ejercito disparó, disparó y disparó.

El pueblo ocupó la Plaza Libertad desde que el mediodía del día de las elecciones de febrero de 1977, la votación fue suspendida porque el Partido de Conciliación Nacional perdía las elecciones presidenciales y el candidato de la Unión Nacional Opositora, Coronel Ernesto Claramount, ganaba las elecciones al general Carlos Humberto Romero, candidato oficialista designado por el Coronel Arturo Armando Molina.

La democracia resulta degollada siempre que se convierte en una amenaza, porque esta, la democracia, debe portarse bien, debe ser dócil , obediente y generosa con los poderosos, pero cuando el pueblo se toma en serio el tema del voto como arma del hombre libre, resulta que esta democracia electoral se enfiebrece y entonces se corre el riesgo de que la alternancia se convierta en alternativa.

Sucede que en 1972 ocurrió una catástrofe para la derecha, porque de repente ocurrió lo que nunca debe ocurrir en una democracia como la Salvadoreña : Que el partido de gobierno pierda las elecciones presidenciales. En ese año el Ingeniero José Napoleón Duarte, líder de la Democracia Cristiana, ganó las elecciones presidenciales al coronel Arturo armando Molina, y como las Reglas del juego democrático no incluyen perder las votaciones, el Ingeniero Duarte fue capturado, torturado, amputado, vejado y, finalmente, expulsado del país; pero, al fin y al cabo, la democracia fue salvaguardada en el mas típico estilo oligárquico salvadoreño.

Ese mismo año de 1972, la Universidad de El Salvador fue ocupada militarmente, acusada de conspirar contra el poder establecido y, sobretodo, por cometer el más peligroso de todos los delitos que pueden cometerse en una democracia, como son los pensamientos y acciones para ganarle las elecciones a la democracia de la derecha.

En Julio de 1975 es ametrallada y masacrada una manifestación estudiantil universitaria y de secundaria, a la altura del Externado de San José y del hospital del ISSS, porque los estudiantes, sin escarmentar, ejercieron el derecho de protestar y de manifestación.

Como sino fuera poco lo ocurrido , la Unión Nacional Opositora, integrada por el partido demócrata Cristiano , el Movimiento Nacional Revolucionario y el partido Unión Democrática Nacionalista, derrota de nuevo al Partido de Conciliación Nacional, aunque en esta ocasión el candidato ganador era un coronel de artillería, muy alejado de toda sospecha de ser comunista; pero de todas maneras, y aun con las credenciales de militar, se entendía que las reglas del juego democrático no podían cambiar, mediante el voto, más que las reglas de ese juego pero en ninguna circunstancia el juego que se juega con esas reglas.

En esta relación entre las reglas del juego y el juego que se juega con ellas, descansa la diferencia entre la alternancia y la alternativa, resultando que la democracia de El Salvador, no admite la posibilidad de la alternancia y, mucho menos, la de la alternativa.

El 28 de febrero de 1977 corrió la sangre a borbotones en la Plaza Libertad y el silencio de la noche fue iluminado por los fogonazos de los disparos; la oscuridad de la madrugada fue despertada por el aleteo furioso de los fusiles disparantes.

En el fondo de los fondos, esta matanza anunció la aurora de la guerra venidera y cerró todos los caminos para todo cambio posible inscrito en las urnas electorales. Resultó claro, entonces, que el régimen político Salvadoreño, siendo tan débil como es, no soporta ni un cambio de equipo gobernante, que es la alternancia, y mucho menos un cambio de política gobernante, que es la alternativa.

Han pasado 32 años y el parque Libertad resuena de fantasmas que claman justicia, y cada madrugada se escuchan los fogonazos; pero las tres décadas pasadas no han eliminado para el régimen el dilema de cambiar las reglas sin cambiar el juego.

El salvador se estremece en una grave crísis política, desconocida hasta ahora, y el mercado sujeta por el cuello y le pone su pie en el rostro al Estado, mientras amenaza el cuello estatal con un filoso cuchillo. El gobierno se desmorona por la corrupción que chorrea todas sus paredes de esquinas y corredores, y, una vez más, de manera tenaz y omnipresente, aparece la necesidad de cambiar, transformándolo, el ejercicio del poder que controla el Estado.

Por supuesto que en el fondo se trata de cambiar el poder mismo, y muchos dudan hoy que la nueva oligarquía financiera acceda a ello, comprometida como está con el capital transnacional que carece de país, de patria y de intereses nacionales.

A 32 años de la matanza del parque Libertad el tiempo corre indiferente, pero la época resulta ser diferente y de nuevo tenaz y, neciamente, la historia prepara sus encrucijadas. Ahora el pueblo no debe permitir nuevas emboscadas!

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