Biografía del Dr. José Gustavo Guerrero

BIOGRAFÍA DEL DOCTOR JOSÉ GUSTAVO GUERRERO

EX – PRESIDENTE DE LA SOCIEDAD DE NACIONES

EX – PRESIDENTE DE LA CORTE PERMANENTE DE JUSTICIA INTERNACIONAL.

EX – PRESIDENTE DE LA CORTE INTERNACIONAL DE JUSTICIA DE LA HAYA

El ilustre jurista, doctor José Gustavo Guerrero, nació en la ciudad de San Salvador, capital de la República de El Salvador, el 26 de junio de 1876.

Desde muy joven dio positivas muestras de su brillante inteligencia, la que más tarde irradió luminosamente en Asambleas de alcances universales.

Recién regresado de las Facultades de Derecho de las Universidades de Guatemala y El Salvador, partió para Europa, en misión consular primero y diplomática después.

En Italia residió la mayor parte de los primeros años de su vida europea; fue nombrado inicialmente, Cónsul en Burdeos, y Encargado de Negocios en Italia, después, en 1911; posteriormente, presentó credenciales como Ministro Plenipotenciario en París, Madrid y Roma, con sede en la primera de las capitales indicadas.

En 1927 el Presidente, doctor Pío Romero Bosque, le propuso el Ministerio de Relaciones Exteriores. Guerrero declinó al principio el ofrecimiento, pero a ruego de muchos amigos suyos que invocaron su deber de servir a la Patria en el interior, se desprendió de Europa para venir a El Salvador, con mil proyectos en su privilegiada cabeza. Fundó entonces la Escuela Diplomática, estructurando la primera y única ley sobre esa materia que ha tenido la República.

Aquí se encontraba en San Salvador en 1928, cuando se convocó a la 6ª Conferencia Interamericana celebrada en La Habana. Guerrero fue allá presidiendo la Delegación de nuestro país.

En el seno de aquella Conferencia Pan-Americana, por cierto una de las, más importante de cuantas se hayan celebrado. Guerrero fue nombrado Presidente de la 2ª Comisión, la que conoció del espinoso problema de la intervención y no intervención. Las memorables discusiones acerca de ese problema han pasado a la Historia Diplomática de nuestro continente con caracteres de epopeya.

Guerrero abandonó su sitial de Presidente de la importantísima Comisión para poder entrar en los debates libremente. Atacó frontalmente el informe del Relator de la Comisión, doctor Víctor Manuel Maúrtua, jurisconsulto extraordinario, verdadero filósofo del Derecho y orador de notable elocuencia. Maúrtua defendía la política internacional de los Estados Unidos, más que los intereses de su Patria. Esta actitud del ilustre jurista peruano obedecía a causas económicas de orden interno del Perú. Los Estados Unidos estaban representados por una nutrida y eficiente delegación, presidida por el Secretario de Estado, Mr. Charles Evans Hughes.

Guerrero se enfrentó al ilustre Secretario de Estado Americano, combatiendo vigorosamente la política intervencionista. Sabía bien lo que hacía. No ignoraba las consecuencias de aquella actitud. Cuando regresó de La Habana, el pueblo salvadoreño le ofreció una de las ovaciones más grandes de que tiene memoria en El Salvador; pero, dejó de ser Ministro de Relaciones Exteriores.

A este respecto hay que destacar el episodio siguiente: Debido a la conducta del doctor Guerrero en La Habana, el Presidente de El Salvador, presionado por la Legación Americana, le envío un cablegrama rogándole moderase su actitud con relación a la política de los Estados Unidos; mensaje al cual respondió Guerrero con otro, por demás histórico, que decía, más o menos: “En tanto sea yo Ministro de Relaciones imprimiré a la política exterior de El Salvador la línea que reclama la dignidad del país”.

Volvió a París a reasumir sus funciones de Ministro Extraordinario y Plenipotenciario. Quien escribe estas líneas tuvo la dicha de acompañarlo desde San Salvador a París, en carácter de Agregado a la Legación Salvadoreña en Francia. Allá, en la capital francesa, tuvo oportunidad de estar muy cerca de Guerrero durante más de dos años; pudo apreciar, día a día, sus hábitos de trabajo, su esmerada pulcritud, el respeto que le guardaban los más destacados internacionalistas de España, Francia, Italia, Bélgica, Grecia y, desde luego, los grandes juristas del continente americano.

En 1929 fue electo Presidente de la 10ª Asamblea de la Sociedad de las Naciones, con sede en Ginebra. El delegado de Bélgica, monsieur Hymans y Guerrero se dividieron los votos de la Asamblea; pero en el segundo cotejo el delegado belga cedió el puesto al salvadoreño, y fue así que Guerrero salió electo por 51 votos sobre 53; es decir, casi por unanimidad.

Desde entonces, Guerrero adquirió dimensiones universales. Se convirtió en uno de los más reconocidos directivos de la Sociedad de las Naciones; su voz, su opinión, su voto y su consejo eran atendidos con respeto. Frecuentemente era consultado. Estas consultas se operaban desde antes que ocupase al alto sitial de Presidente de la 10ª Asamblea. Referiré un caso centroamericano.

“En el mes de marzo de 1928 el Consejo de la Liga de las Naciones resolvió invitar a la República de Costa Rica para que reingresara a la Sociedad. La Cancillería costarricense, en nota de 15 de agosto de ese mismo año, respondió manifestando: “El artículo 21 ha atribuido a la doctrina de Monroe un alcance jurídico internacional; la cual se ha convertido, después de esa época, para todos los pueblos signatarios, en ley constitutiva de Derecho Público Americano. Esta situación no implicaría peligro alguno respecto a la independencia de las naciones débiles, si todas las veces que el horizonte político se oscurece se pudiera invocar a tal efecto una declaración formal y autorizada de un organismo internacional; de la importancia de la Sociedad de las Naciones acerca del verdadero alcance e interpretación de la doctrina mencionada”, y termina la extensa nota de la Cancillería costarricense: “Habida cuenta de los hechos mencionados, el Gobierno de Costa Rica, antes de pronunciarse respecto a la amable invitación sostenida en vuestro mensaje, DESEA SABER COMO LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES INTERPRETA EL ARTICULO 21.”

Me encontraba yo sirviendo mi puesto de Agregado a la Legación de El Salvador en París, en septiembre de 1928, cuando nuestro Ministro Plenipotenciario en Francia y delegado en Ginebra, doctor Guerrero, con la molestia propia de toda verdadera celebridad, me dijo: “He recibido esta nota que la Cancilleria de Costa Rica ha dirigido al Consejo de la Liga de las Naciones pidiendo que la Sociedad interprete el artículo 21 del Pacto. Y he sido comisionado – agregó – para elaborar la respuesta que el Consejo debería dar a la comunicación de Costa Rica, la que en verdad coloca a la Sociedad en aprieto, pues no es a ella a quien corresponde interpretar la Doctrina de Monroe.” Y fue nuestro delegado, el doctor Guerrero, quien formuló la respuesta que, con muy pocas variaciones, dio el gran organismo ginebrino a la Cancillería costarricense.

La aludida respuesta, en su aspecto esencial, dice: “En cuanto al alcance de los compromisos a que se refiere el artículo 21, es claro que este artículo no puede darles una sanción o una validez que antes no poseyesen. El artículo 21 se LIMITA A CONSIDERAR esos compromisos tal y como puedan existir, sin intentar definirlos, ya que un intento de definición pudiera conducir, en efecto, a restringir o extender su aplicación. Tal actividad no incumbe a los redactores del Pacto, concierne tan solo a los Estados que hayan aceptado INTER SE tales compromisos.”

La contestación de la Sociedad de las Naciones a la nota de la Cancillería costarricense, contestación diplomática al fin, es, no obstante, lo suficiente clara para poder afirmar que la Sociedad de las naciones, aunque incluyó en su Carta Constitucional la mención de la Doctrina de Monroe, estimó impolítico tratar de definir la tan discutida Doctrina que ha sido precisamente objeto – esa definición – de comentarios de tantos publicistas y motivo de tantas interpretaciones de Gobiernos”(1).

En 1930 se celebró en La Haya la primera conferencia sobre la Codificación del Derecho Internacional. Guerrero fue Relator del tema “Nacionalidad”, que forma parte del Derecho Internacional Público y del Derecho Internacional Privado.

Ese mismo año de 1930, fue electo por nueve años Presidente del Tribunal Permanente de Justicia Internacional de La Haya, y al expirar su período fue reelecto hasta 1946. Al invadir a Holanda las fuerzas militares de Hitler, el Tribunal de Justicia tuvo que abandonar su sede.

Cuando se creó en 1945 el nuevo Tribunal Internacional de Justicia, Guerrero fue otra vez electo Presidente, fungiendo en este carácter de 1946 a 1949. Después fue electo Vicepresidente de 1949 a 1955.

José Gustavo Guerrero fue un soñador en medio de la tremenda convulsión de la Humanidad; creía en las eternas máximas morales, propugnaba siempre por la proscripción de la guerra; fue siempre un adalid defensor del arbitraje, como medio de solucionar las situaciones conflictivas;
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(1) La Doctrina de Monroe y la conferencia Interamericana de consolidación de la paz celebrada en Buenos Aires, por el doctor Ramón López Jiménez.

tenía fe en la bondad humana; creía en la eficacia del Derecho Internacional. Para muchos era un alma ilusa, ajena a la realidad materialista.

Guerrero no fue un tratadista a la manera del cubano don Antonio Sánchez de Bustamante y Sirven, del argentino Isidoro Ruiz Moreno, del mexicano Manuel de J. Sierra, del brasileño Hildebrando Ponpeu Accioli, del chileno Cruchaga Tocornal o del dominicano Carlos Sánchez y Sánchez, para citar únicamente autores hispanoamericanos.

Guerrero no fue propiamente un tratadista de Derecho Internacional, pero esto no quiere decir que no dejó obra escrita. Público algunos estudios jurídicos de positivo y alto valor jurídico, como “La Responsabilidad internacional del Estado”, “La VI Conferencia Panamericana”, “La Responsabilidad de los Estados” (en francés), “La Codificación del Derecho Internacional” (en francés), “La Unión Panamericana” (en francés) y un libro de 174 páginas, también en francés, “L´ordre internacional”, que resume gran parte de su pensamiento jurídico. El libro tiene un subtítulo: “Ayer, hoy y mañana”.

Este importante estudio del doctor Guerrero fue inmediatamente comentado elogiosamente por la prensa europea; cuando apareció la edición francesa a que antes hicimos alusión, fueron muchos los juicios críticos publicados en Europa. Entre algunos, queremos señalar a Jean Martín, del “Journal de Géneve”; profesor Hans Buré, de la revista francesa “L´ordre”; profesor Hans Webberg, del “Die Friedens-Warfe”, de Zurich”; profesor Henri Schbiger, de “Le Courrier”, de Ginebra; “L´express de Neuchatel”, “Perspectivas de Lausanne”, y para no citar otras publicaciones, cerramos los juicios críticos con la opinión laudatoria del tratadista doctor Antonio Sánchez de Bustamante, publicada en la “Revista del Derecho Internacional” de La Habana en septiembre de 1945.

Por último, en el ocaso de su vida, siempre activa, escribió acerca de la calificación unilateral de la competencia nacional, estudio que no ha llegado a mis manos.

La verdad es que la obra de Guerrero pertenece más a su extraordinaria personalidad. La obra, eminentemente personal, no libresca. Sus intervenciones, discursos, informes, votos, sentencias, consultas evacuadas en todos los organismos internacionales, absorbieron su vida. Esa labor intelectual que no puede apreciarse, como se aprecia el contenido de un libro, está dispersa en los archivos de la extinta Sociedad de las Naciones, en los Tribunales de Justicia Internacional, en la Corte de Arbitraje, en la Academia Internacional de París, de la cual fue Presidente, y en las muchas comisiones de que formó parte, como Presidente o Relator.

Guerrero poseía el raro don de saber conducir con maestría insuperable las grandes Asambleas mundiales. En Ginebra, como en París o en La Haya, José Gustavo Guerrero era consultado por los más conspicuos juristas y políticos de Europa y de la América Latina. En la Presidencia de la 10ª Asamblea de la Sociedad de las Naciones, dejó huellas inolvidables de la sapientísima dirección que imprimía a los grandes debates de los problemas mundiales.

Arístides Briand, de Francia; Lord Cecil Hurst, de Inglaterra; José León Suárez, de Argentina; M. A. Frangulis, de Grecia; M. Adacti, del Japón, y muchos más, rodeaban a Guerrero con respeto y admiración. Pocos juristas de la América Latina han llegado a gozar de esta extraordinaria consideración.

A la Legación de El Salvador en París llegaban constantemente los más destacados juristas y diplomáticos en aquella hora de la Humanidad, vecina a la segunda guerra mundial.

La amistad de Guerrero con los más altos representantes de la política de Francia dio motivo para que corriera la especie en Europa, particularmente en Alemania, que Francia estaba representada en la Sociedad de las Naciones por Arístides Briand y por José Gustavo Guerrero…

Cuando en 1929 el autor de estas líneas llegó a El Cairo, Rodolfo Jiménez, salvadoreño residente allá desde hacía cuarenta años, secretario del Tribunal mixto de Justicia de El Cairo, de dijo: “Jamás, pero jamás, ningún diario de El Cairo ha nombrado a mi lejana Patria de origen; únicamente ahora que ha sido electo el doctor Guerrero Presidente de la Sociedad de las Naciones, han publicado referencias de El Salvador, país desconocido en Egipto en forma absoluta.”

Igualmente en Brasil, Argentina, Uruguay, Chile, Perú y, naturalmente, en países más próximos a Centroamérica, siempre escuché elogios y alabanzas para la figura internacional de José Gustavo Guerrero.

En Río de Janeiro, el internacionalista brasileño doctor Raúl Fernández, que vive aún, amigo y compañero de Guerrero y de la misma edad, me dijo más de una vez: “Gustavo no les pertenece solo a ustedes, Gustavo es gloria del continente americano.”

En la Presidencia del Tribunal Permanente de Justicia Internacional, el doctor José Gustavo Guerrero se caracterizó por un irrestricto apego a la justicia. Esta conducta ejemplar de equidad y respeto a las eternas normas del Derecho, derivadas del concepto de justicia, llevaron la figura de Guerrero al sitial de honor y al más alto aprecio de sus pares y colegas. Reconociendo estas excelsas virtudes, fue reelecto Presidente de la Corte.

Existe un óleo en Ginebra de un grupo de jueces integrantes de la Corte Internacional de Justicia, en el que aparece Guerrero como Presidente, rodeado de todos los jueces. Están de pie, vestidos con sus togas de rigor. Es un cuadro que impresiona. De izquierda a derecha aparecen: Altamira, de España; Erich, de Finlandia; De Vischer, de Bélgica; el secretario, López Oliván; Fromageot, de Francia; Lord Cecil Hurst (Vice-Presidente), del Reino Unido de la Gran Bretaña; Guerrero (Presidente), de El Salvador; Van Eysinga, de Holanda; Conde Rostworwski, de Polonia; Cheng, de China; Negulesco, de Rumania; Hudson, de los Estados Unidos, y Nagaoka, del Japón.

Estimo que el Gobierno de El Salvador debería reproducir ese óleo gigantesco y colocarlo en el Salón de Honor del Ministerio de Relaciones Exteriores, para conocimiento de la generación actual y admiración de las venideras.

En otras fotografías de la Corte Internacional aparece Guerrero con el ilustre tratadista de Derecho Internacional, profesor don Antonio Sánchez de Bustamante y Sirven, de Cuba, quien conservó toda su vida las más cordiales relaciones de amistad intelectual con su eminente colega, doctor Guerrero. Igualmente existen en poder del embajador Gustavo Adolfo Guerrero, hijo, valiosos testimonios del aprecio y admiración que profesaron a su padre los grandes juristas de fama internacional: Anzilotti, de Italia; Bebilaqua y Levy Carneiro, del Brasil; La Pradelle, de Francia; Jesús M. Yepes y Francisco José Urrutia, de Colombia; Ake Hammasskjold, de Noruega; Alejandro Álvarez, de Chile; James Brown Scott, de Estados Unidos; Frangulis, de Grecia; Marcel Sibert, Director de la “Revista de Derecho Internacional Público”, de París, y muchísimos más, cuyas citas harían interminable esta reseña.

Este último, Sibert, orgullo de Francia como internacionalista y publicista, guardaba verdadera veneración intelectual por la personalidad de José Gustavo Guerrero. En las páginas de aquella gran revista, una de las mejores del mundo, Marcel Sibert hizo incontables veces referencias de elogio y admiración a la actuación de Guerrero en la Asamblea de la Sociedad de las Naciones y en la Corte de Justicia, publicando los casos litigiosos de carácter internacional que llevan la firma del eminentísimo salvadoreño.

El doctor Guerrero conservó su lucidez mental hasta el momento de partir para el viaje sin retorno, A la edad de ochenta y dos años se extinguió aquella luminosa vida bajo el cielo azul de Niza, el 25 de octubre de 1958. Allá están sus restos, los que posiblemente serán trasladados a nuestra Patria. Igualmente serán entregados, por sus hijos, todos los recuerdos personales del salvadoreño ilustre; sus togas de juez de la Corte Internacional, el martillo que ocupaba como Presidente del Tribunal, las cartas autógrafas de cientos de personalidades de fama mundial, miles de libros con dedicatoria de los más destacados internacionalistas y políticos de Europa, América y Asia, óleos, estatuas, platones de plata con firmas grabadas de sus pares y colegas, uniformes diplomáticos, etc.
Con todos estos recuerdos podría formarse una “Sala doctor José Gustavo Guerrero” en nuestro Museo Nacional, y con la inmensa biblioteca, más de seis mil volúmenes empastados en cuero, podría enriquecerse la biblioteca de la nación, poniendo esos tesoros bibliográficos al servicio público.

Sirvan estas líneas como tributo emocionado de reconocimiento, gratitud y recuerdo ante la memoria del maestro y amigo, integérrimo ciudadano, excepcional diplomático y notable jurisconsultor, doctor José Gustavo Guerrero.

Dr. RAMON LOPEZ JIMENEZ
Miembro de Honor de la Sociedad Brasileña de Derecho Internacional.
Miembro – Consejero del Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional.
Miembro Adherente de la Academia Diplomática Internacional de París.

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