BOLIVIA: ES AHORA

BOLIVIA: ES AHORA

Jorge Gómez Barata

Cuando en febrero de 1917 triunfó en Rusia la revolución burguesa que derrocó al zar, estableció el gobierno provisional y abrió el camino para la instauración de un régimen parlamentario liberal, los bolcheviques que salían de la cárcel y regresaban del exilio, Stalin y Trotski entre ellos, estaban felices: ¡Al fin la democracia!

En la estación de ferrocarril donde fue recibido por el Comité Revolucionario de Petrogrado, Lenin que volvía tras 15 años de destierro, arrojó un balde de agua helada: “¡No nos interesa la república parlamentaria.! ¡No nos interesa ningún gobierno que no sea el de los soviets.! Esta república no es nuestra república.!”

Aunque dejó un legado para la historia, fijó una posición inequívocamente revolucionaria y expresó un punto de vista atendible, Lenin no vivió lo suficiente para resolver aquel dilema que sus sucesores echaron al olvido y que aun sigue vigente. No sólo como una tarea sino como una tragedia.

La gran ironía de estos tiempos es que el fracaso del socialismo real no sólo hizo retroceder a partes de la humanidad hacía etapas ya superadas, restauró el capitalismo salvaje y entregó baluartes como la Unión Soviética a los capitalistas y mafiosos, sino que arrastró consigo al marxismo, el único pensamiento alternativo a la dominación oligárquica y de clases y desactivó los esfuerzos por encontrar caminos propios.

La democracia liberal es una conquista de la burguesía.para la burguesía que mediante una exitosa maniobra ideológica hace creer que se trata de un patrimonio de toda la sociedad. De ese modo, la clase en el poder, más que legitimar, sacralizó su estructura de dominación.

Desde entonces, en nombre de la democracia y al amparo de sus procedimientos pueden derrocarse gobiernos, invadir países, encarcelar líderes y últimamente desmembrar naciones. Lo que no se permite es quebrar el poder de la oligarquía dependiente del imperio, avanzar en la liberación nacional y social y mucho menos refundar naciones.

En sentido estricto, lo único que el sistema basado en la democracia liberal le ha dado a los sectores populares, a cambio de su lealtad y del acatamiento de todas las reglas, es el derecho a votar. El voto es la única cuota de poder de que disfrutan los individuos a los que, como una dádiva, se les habilita para ejercerlo cada cierto número de años. Con buena suerte un trabajador mexicano o de cualquier país vota diez veces en su vida.

El hecho de que, a falta de recursos y enfoques propios, los líderes populares, los pensadores avanzados, los patriotas e incluso los revolucionarios hayan aprendido a utilizar los resortes de la democracia liberal, para intentar concretar las necesidades populares y de que incluso, constituya una opción preferible a ninguna, es un paliativo, un sucedáneo, no una solución de fondo. Fidel Castro y Che Guevara se percataron del problema cuando advirtieron sobre la inconveniencia de utilizar las “armas melladas del capitalismo” en la lucha por el socialismo.”

La verdadera tragedia es que no se trata de una carencia de uno u otro proceso político ni de una cuestión coyuntural, sino de una deformación estructural, que condena al movimiento popular a luchar por alcanzar sus objetivos en la lucha de clases con los instrumentos y las armas que sus adversarios le han proporcionado y con los cuales consiguen éxitos eventuales que, muchas veces significan un paso adelante y dos pasos atrás.

El fondo del asunto es que el sufragio, los parlamentos, el equilibrio de los poderes y otros preceptos del pensamiento liberal que, eventualmente pueden ser utilizados como herramientas para alcanzar metas legítimas y avanzar de unas conquistas a otras, son fácilmente reversibles. Bolivia y Venezuela no son los primeros casos en que la democracia formal es utilizada contra la democracia real y el sufragio manipulado se levanta para anular el sufragio limpio. Eso es exactamente lo que está ocurriendo.

El pueblo boliviano eligió a Evo Morales como su presidente para conducir a todo el país y no como regente de cuatro provincias, que es en lo que quieren convertirlo los separatistas. Tampoco los gobernadores departamentales fueron elegidos para hacer leyes y enmendar la Constitución del Estado a la medida de intereses de oligarcas y caciques locales que, con el respaldo de la reacción del imperio, han puesto en marcha un golpe de estado electoral, que tratan de presentar como expresión de la voluntad popular.

América Latina está obligada con Bolivia, el más genuino y autóctono de nuestros países, un testigo excepcional de la tragedia vivida por los ancestros y el único lugar de América donde la indiada, paria en su tierra por más de medio milenio, en una excepcional coyuntura histórica, eligió a uno de los suyos, el único gobernante indio que, en olor de santidad, con la humildad de los de su raza, reivindica a los preteridos de siempre y los encabeza en una lucha contra el hambre, la incultura y por la tierra.

No se trata ahora de ocultarse tras hojas de parra ni de invocar subterfugios legales para ser omisos en el ejercicio de la solidaridad y permitir que otra vez los pueblos originarios sean los perdedores. Sin Bolivia tal y como es ahora, América Latina no será la misma.

Hace quinientos años no estábamos para enfrentar a los que avasallaron a los pueblos originarios y no hubo fuerza para impedir que Moctezuma y Cuauhtémoc fueran traicionados y Tupac Amaru descuartizado. Ahora no hay excusa para la complicidad ni para el silencio cómplice.

Ahora están aquí los gobiernos progresistas y los militares patriotas, la intelectualidad comprometida con los valores humanos y la iglesia de base, la juventud vigente, las organizaciones internacionales y los partidos de izquierda, los periodistas honestos, los movimientos populares y la opinión pública de Latinoamérica y del mundo. No es demasiado tarde. Hay que gritar y actuar ahora.

¡Bolivia debe sobrevivir porque Bolivia es como la tierra madre!

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