Hacer las lecturas correctas de la realidad

Una persona, una organización, una sociedad determinada y aun la humanidad en su conjunto son capaces de administrar su presente y de ir identificando con claridad las rutas del futuro si se disponen a leer a conciencia las señales del fenómeno real, en cada momento determinado. Esa lectura adecuada requiere aprendizaje y entrenamiento, que tienen que irse probando y perfeccionando a lo largo del tiempo, como en cualquier dinámica de educación formal. Esta es una tarea de asimilación constructiva de conocimientos, que sólo se logra cuando la percepción analítica se junta de manera virtuosa con el ejercicio práctico. La lectura adecuada de la realidad hace posible no sólo la asimilación nutriente de sus lecciones sucesivas sino también la necesaria y periódica evacuación de los desechos históricos. Una forma de digestión, ni más ni menos.

En lo que a una sociedad determinada se refiere, en este caso la nuestra, eso que llamamos lecturas correctas de la realidad se vuelve un imperativo impostergable. Históricamente, los salvadoreños hemos sido reacios, hasta la tozudez, a acercarnos a nuestra propia realidad con ánimo dispuesto a reconocerla, analizarla, interpretarla y así poder irla reconstruyendo en forma progresiva, conforme a las demandas y posibilidades de los tiempos. Esto lo podemos comprobar sin mayores dificultades, sobre todo por los resultados tan complejos y aun escabrosos que, como conglomerado nacional, se han tenido que enfrentar en el decurso de nuestra vida republicana, y de manera más inmediatamente aleccionadora para nosotros, los salvadoreños de este tiempo, a partir del segundo tercio del siglo XX. Veamos algunos ejemplos emblemáticos.

En 1932 estalló el alzamiento indígena-campesino en algunas zonas del occidente del país. En aquel movimiento se montó el recién constituido Partido Comunista Salvadoreño, pero la raíz de lo que estaba ocurriendo era sociológica, no ideológica. Las fuerzas del statu quo reaccionaron de manera esperable, dada la violencia del alzamiento, pero no fueron capaces de procesar lo ocurrido. Quisieron encerrar al fantasma en un sótano y ponerle un carcelero armado en la puerta. No hubo ninguna lectura analítica de la realidad, desde ninguna de las fuerzas ideológicas enfrentadas. Y el país empezó a vivir con aquel trauma introyectado. El efecto traumático se fue complicando decenio tras decenio, alimentando las condiciones de división nacional que condujeron al final hacia el conflicto bélico fratricida. Lección por aprender.

La cronología parece tener su lógica oculta, que de pronto se manifiesta en coincidencias curiosas. El levantamiento del 32 estalló en enero de 1932; el “estallido de la paz” luego de la guerra de los años ochenta se produjo en enero de 1992, exactamente 60 años después. El fenómeno de la paz no fue un hecho común en el ambiente, ni mucho menos. Era la primera vez en nuestra historia que la violencia política quedaba inequívoca y formalmente derrotada. Un acontecimiento de trascendencia superior, en lo moral y en lo político. Pero no hubo en aquel momento ni ha habido después la lectura nacional suficiente y proyectiva de dicho logro que, mucho más que una conquista coyuntural, fue y es una apuesta estructural. Si tal lectura ya se hubiera realizado, de seguro muy otro sería el ánimo prevaleciente en el país.

En 2009 se produjo por fin la alternancia en el ejercicio del poder político, de una manera y con un fondo sin precedentes. Aunque no se puede decir que se haya dado una alternancia plena de la derecha hacia la izquierda, el caso es que hay una realidad sociopolítica en movimiento, que merece una lectura desapasionada y comprensiva. Una vez más, las imágenes ideologizadas, ya muchas de ellas fantasmagóricas, siguen haciéndose sentir, con destellos y resuellos de su vieja capacidad de perturbar los juicios, tanto en la izquierda como en la derecha. Hoy, lo que se impone es hacer una lectura desprejuiciada de la realidad en movimiento. Para todos los actores nacionales tiene la realidad un rol y una tarea. Y a fin de descubrirlos hay que descodificar la realidad, y ponerla al servicio de sí misma.

Esta es hora para el análisis, y por eso se requieren, más que nunca, cabezas frías. Es paradójico que esas cabezas sean las que más escaseen, sobre todo en los distintos ámbitos del liderazgo nacional. Sin esa serenidad básica es prácticamente imposible emprender en serio la construcción de la agenda de nación, a la cual urge dedicarle todas las energías visionarias disponibles. El país no puede seguir en el analfabetismo histórico, desconociéndose a sí mismo como gestor consciente de automodernización sostenible. La sociedad, en sus diversas expresiones, tiene que decidirse a organizar su propia evolución, que hasta ahora se ha venido dando a salto de mata y al vaivén de las circunstancias. Si esto se propicia, podremos espantar prácticamente todos los fantasmas que nos rodean, en función de un proceso que ya dio suficientes indicios de ser permanente.

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