Isaac y la resistencia de las vìctimas

ISAAC Y LA RESISTENCIA DE LAS VICTIMAS
Reflexión sobre Génesis 22

Los poderosos necesitan víctimas para mantener sus situaciones de dominación y privilegios. Y en este afán elaboran teorías y creencias con el fin de justificar la defensa de sus intereses. Los imperios son especialistas en este terreno así como las oligarquías. Y en la defensa de los sistemas de opresión que han existido y existen sobresale el elemento religioso.

En el Antiguo Testamento las diversas historias de la creación y los patriarcas hebreos están cruzadas por intereses opuestos. Por una parte, son testimonio de los esfuerzos populares por la justicia y por la otra, reflejan aspectos legitimizadores de situaciones de avasallamiento y opresión. El llamado sacrificio de Isaac, la Akeidà, en el capítulo 22 del Génesis es un ejemplo muy significativo de este fenómeno.

Isaac, en hebreo risueño, fue la víctima así como lo habían sido antes Abel, Agar e Ismael, y como lo fueron después Juan el Bautista y Jesús de Nazaret. Y como lo esta siendo ahora el pueblo palestino en la Franja de Gaza. En la lucha de clases que atraviesa la historia y las culturas siempre existe la resistencia de las víctimas y la opresión de los victimarios, la resignación y la lucha, la traición y la esperanza, así como dioses que exigen sacrificios humanos y el Dios de la justicia que defiende la vida.

La lectura debe hacerse desde Isaac, desde la víctima. Desde Abel y no desde Caín. Desde Jesús y no desde el César. Y no desde el verdugo. Desde el débil y no desde el poderoso. Desde la resistencia y no desde la opresión. Y este enfoque crítico abarca las narraciones del yahvista, del elohista y la sacerdotal, que atraviesan el Pentateuco.

La ubicación es importante porque nos señala el rumbo del horizonte, el énfasis de las voces. Los altares son los escenarios para los sacrificios de las víctimas, para el dolor y el sufrimiento, para la represión y la muerte. Los palacios son la fuente de las intrigas y el hogar de los poderosos. El fuego es la llave que abre la puerta de los sacrificios. En el cielo se encuentran los dioses. En la tierra luchan los pueblos contra los imperios y la opresión.

Los poderosos sacrifican la vida de los débiles para honrar a sus divinidades. Derraman la sangre de los pobres como se degollan las reses en el matadero. Son heraldos de la muerte. Los oprimidos en su lucha por la vida rechazan los sacrificios y construyen la subjetividad de la resistencia.

Los poderosos imponen su dominación por medio del temor. Y siempre necesitan eliminar el sentimiento de solidaridad. Pero Dios demanda de nosotros la justicia y no la sangre. La lucha ideológica entre visiones religiosas que justifican el sacrificio humano y aquellas que lo rechazan sigue vigente bajo nuevas condiciones. Por lo que el tema es de mucha actualidad.

Un texto con muchos significados

En el texto se nos relata que después de algún tiempo de vivir en el país de los filisteos, Abraham recibió de Dios una orden radical. Debía de sacrificar a su hijo Isaac. Le dice Dios: toma a Isaac, tu único hijo, al que tanto amas y vete a la tierra de Moriah. Allá, ofrécelo en holocausto sobre el cerro que yo te señalare.

Isaac ha sido condenado a muerte y Abraham, su único padre, será el ejecutor. Abraham experimenta el dolor de la pérdida, la confusión ante una situación inexplicable. El mundo se hunde a sus pies como se había hundido antes a los pies de Agar. Abraham es el elegido por la divinidad para inmolar a su segundo hijo Isaac. La promesa de ser padre de muchos pueblos quedaba anulada. Y Abraham como buen soldado decide obedecer y cumplir la orden superior. Decide quitarle la vida a su hijo.

Y el siguiente día Abraham se levantó y ensilló su asno, cortó leña para el holocausto y se fue para el lugar que Dios le había indicado. Al llegar cerca de este, puso la leña sobre los hombros de Isaac, tomó el cuchillo y el fuego y se fueron los dos juntos. Isaac le preguntó a su padre sobre el cordero para el holocausto. Abraham le respondió que Dios iba a proveerlo. Y siguieron caminando juntos.

Al llegar al lugar, Abraham construyó un altar y preparó la leña. Luego ató a su hijo Isaac y lo puso en el altar sobre la leña. En el momento de tomar el cuchillo para crucificarlo…un ángel lo llamó desde el cielo para perdonar la vida del muchacho. La orden de matarlo había sido cancelada.

Y lo felicita por su disciplina. Y permite que Abraham vea a un carnero que es ofrecido en holocausto en lugar de su hijo. El ángel de nuevo lo felicita y le reitera las promesas de la descendencia numerosa, de la victoria frente a los enemigos y de ser bendición para las naciones porque me has obedecido.

Abraham rechazó los sacrificios humanos

La obediencia de Abraham es reconocida como la prueba suprema de la fe. Pero más que la prueba Abraham representa el rechazo, la impugnación de los sacrificios humanos. Y el sacrificio no consumado de Isaac emerge como símbolo del rechazo a los sacrificios humanos, que fueron parte de los rituales de muchas religiones, como mecanismo de opresión, supuestamente para aplacar la cólera de los dioses y lograr su protección.

Pero a la luz de un Dios de justicia y de nuestra historia como pueblo de Dios que peregrina por el desierto de dictaduras militares e imperios agresores, podemos preguntarnos sobre diversos elementos de esta historia. Entre estos las ordenes de Dios, la obediencia de Abraham y la situación de víctima de Isaac.

Dos discursos y dos visiones

El contenido del discurso del Dios que le habla a Abraham es totalmente diferente a los llamados anteriores. Anteriormente, Dios se revela a Abraham para indicarle que salga de la casa de sus padres en Ur, que va a hacer de él una gran nación que será bendición de todos los pueblos, y que hay que luchar por la tierra, que le será entregada.

En ningún momento de esta relación anterior estuvieron presentes los sacrificios humanos, y en especial el de los primogénitos, que eran el denominador común de las religiones cananeas. Pero en el desarrollo de la historia observamos que en determinado momento el discurso divino adquiere primeramente sesgos expansionistas y en este caso, rasgos que promueven la opresión.

Nos encontramos o con dos discursos de una misma divinidad que reflejan visiones contradictorias y que fueron fusionados o con un discurso de compromiso entre los partidarios de una visión reaccionaria nacionalista y los de una visión universalista, progresista. Lo importante es identificar las voces y los intereses de clase que las sostienen.

Obediencia debida o el derecho a la rebelión

Isaac iba a ser una víctima de la obediencia de Abraham al mandato divino. La fe de Abraham consistió en no haber matado a su hijo porque el Dios de la justicia se opone a los sacrificios humanos. Abraham transitó de ser padre del poder a ser padre de la fe. Pudo rescatar a su hijo para la vida y para la lucha.

Isaac, a diferencia de Jesús de Nazaret, no decidió sacrificarse sino que iba a ser sacrificado sin saberlo. Lo mismo sucedió con la griega Ifigenia que fue llevada al sacrificio engañada pensando que iba a casarse con Aquiles. Jesús decidió marchar hacia Jerusalén, Isaac fue llevado bajo engaños hacia Moriàh.

Abraham nunca consultó con Isaac la acción que iba a cometer. Isaac aceptó pasivamente su muerte. Es una resistencia silenciosa pro poderosa. Es la resistencia de la víctima. Caminaban juntos pero no iban unidos. Sus pensamientos marchaban en direcciones opuestas. Uno era la víctima y el otro era el verdugo. Aunque eran padre e hijo no estaban en comunión.

Isaac era conducido al altar del sacrificio sin saberlo. Era la víctima. Los poderosos nunca consultan con los débiles sus decisiones. Únicamente las imponen por medio del engaño o de la fuerza. Los militares latinoamericanos justificaron sus crímenes alegando el concepto de obediencia debida. Cuando torturaban estaban únicamente cumpliendo órdenes.

En la tradición de resistencia del pueblo griego, que se manifiesta con más fuerza en el teatro que en la filosofía, nos encontramos con la obediencia debida en la tragedia Agamenòn de Esquilo. Agamenòn, rey de Micenas, sacrifica a su hija primogénita Ifigenia, por su ambición de conquistar Troya, para aplacar la cólera de la diosa Artemis. La hija le reclama su traición pero él no escucha. Diez años después, su madre Clitemnestra vengó la muerte de su hija asesinando a Agamenòn.

Monseñor Romero, arzobispo católico salvadoreño, asesinado en marzo de 1980, dijo en su última homilía a los militares, que frente a la orden de un hombre de matar debe prevalecer la orden de Dios que dice: no mataras…les ordeno en nombre de Dios: cese la represión. La vida es sagrada, es un don de Dios.

Y las rebeliones y las resistencias florecen precisamente para defender la vida amenazada por las fuerzas de la muerte, que en todas las culturas y a lo largo de la historia, como en el caso de Abraham y en el caso de Agamenòn han construido altares para sacrificar a sus hijos y a sus hijas alegando obedecer órdenes superiores o celestiales. Ya Virgilio decía audentes fortuna iuvat. La suerte favorece a los que luchan.

En Chalchuapa, al occidente de San Salvador, están las ruinas del Tazumal. Y se encuentra la figura de Xipe Totec, el dios desollado. Lo sagrado tiene su origen en el sacrificio. Esta divinidad exigía el despellejamiento de sus víctimas. Y las divinidades del panteón azteca necesitaban beber la sangre de los jóvenes para que el día venciera a la noche y la vida continuara.

Eran divinidades que se bebían la sangre de los pueblos, como lo hace hoy el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional con millones de pobres, de excluidos alrededor del planeta. Son miles de personas sin hogar que mueren sin que sepamos ni tan siquiera su nombre. Y la ética capitalista nos impone el silencio, la indiferencia. Y la ética cristiana nos impone la denuncia, la protesta, la resistencia, la lucha.

Son muertos que no valen para los imperios. Lo mismo sucede con los miles de muertos de VIH-SIDA en África. Y con los asesinatos del ejercito israelí en la Franja de Gaza y en el Líbano. Es el sacrificio en medio de la indiferencia del mundo. Son pueblos y personas que están abandonados. Y son nuestros hermanos y hermanas.

Las víctimas se convierten en luchadores sociales

Las víctimas sufren el golpe de las acciones de los poderosos. Los corderos no piden ser sacrificados. La opresión se encarga de que las víctimas guarden silencio ante la sangre derramada. El temor se apodera de sus corazones y buscan refugio en el olvido. Los poderosos controlan el poder de la palabra, el grito de las víctimas es amordazado.

Pero la esperanza es siempre la sonrisa que se dibuja en el horizonte de los que sufren. Y la esperanza de la víctima es superior a la soberbia del verdugo. Y en la tormenta más violenta se esconde la claridad del nuevo día. Y la misma sangre de las víctimas clama justicia desde el fondo de nuestros corazones.

Y surge el murmullo que luego se convierte en grito, en puño alzado, en organización popular, en fiesta, en manifestación, en certeza de la victoria. En la seguridad que el sueño de Abel, el sueño de Agar, el sueño de Isaac que es el mismo sueño de Jesús no podrá ser derrotado.

Rev. Roberto Pineda

Iglesia Luterana Popular de El Salvador

San Salvador, 16 de julio de 2006

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