La revolución egipcia y los apuros del imperio

La revolución egipcia y los apuros del imperio

Dagoberto Gutiérrez
I Parte
En 18 días, del 25 de enero al 11 de febrero, el pueblo egipcio realizó una fulgurante revolución política que acabó con el gobierno que los Estados Unidos montaron, financiaron, sostuvieron, en contra del pueblo egipcio durante más de 30 años. Hosni Mubarak, el hombre de Washington, administró ese poder anti popular.

Desde el Acuerdo de Camp David, Egipto e Israel, bajo la égida estadounidense, se convirtieron en las dos piezas fundamentales de la política estadounidense en la región, y Mubarak en el beneficiario de millones en dinero y en armas. El ejército egipcio, poderosamente armado, no apuntó nunca sus armas hacia Israel sino hacia su propio pueblo y hacia los pueblos vecinos, sobre todo para asegurar el control sobre las aguas del Río Nilo.

Egipto fue un país totalmente controlado por Washington, que vivió siempre bajo el estado de sitio, con elecciones amañadas y parlamentos controlados, sin libertad de expresión y sin fuerzas políticas opositoras. Toda resistencia fue aplastada, mientras la corrupción invadió todas las esquinas del poder, y Mubarak, su familia y sus allegados, se enriquecían con los dineros del pueblo.

Esta revolución ocurre un poco más de 30 años después de la revolución iraní, cuando termina el otro régimen, el del Scha, creado a imagen y semejanza de Washington, como el de Mubarak. En el caso iraní, el líder, la voz y el rostro de la revolución popular fue el Ayatolla Khomeine y los líderes religiosos; en Egipto, el sujeto indiscutible de la revuelta ha sido el pueblo, y sobre todo, la clase media que, integrada por estudiantes, profesionales e intelectuales, fueron acumulando por décadas, un malestar, una oposición y una resistencia que, luego de los acontecimientos de Túnez, fueron capaces de hilvanar, en todo el país, el odio popular hacia el régimen.

Desde los primeros días, a fines de enero, apareció claramente la superación del miedo que largamente impuesto por la dictadura, se quebró en pedazos ante el ejemplo de la revolución tunecina.

El régimen, con Mubarak a la cabeza, resultó sorprendido y superado por la reacción del pueblo, y se inicia un proceso en el cual 4 días después de estallada la protesta, Mubarak toma una decisión insólita: nombra un vicepresidente, cargo que no existe en el régimen egipcio, pero no dimite como lo pide el pueblo. El vicepresidente nombrado resulta ser el menos indicado para calmar la rebelión, Omar Suleiman, odiado, jefe de la inteligencia y de la total confianza de Mubarak, enciende aun más los ánimos del pueblo que pide la cabeza del tirano.

En un segundo momento, el primero de febrero, un millón de personas se concentran en la Plaza Tahrir, en el centro del Cairo, para exigir la cabeza de Mubarak. Luego de esta demostración de fuerza, el hijo de Mubarak, Gamal, es retirado de toda posibilidad de suceder a su padre y de toda función política.

A estas alturas, los Estados Unidos han entendido que lo importante era salvar su régimen y no a Mubarak. Conviene no olvidar que si bien el dictador era el jefe del ejército egipcio, esta institución es controlada por la Casa Blanca de una manera total. Y, con mucha inteligencia, Washington dispone que el ejército no participe en actos abiertos de represión al pueblo. Y este trabajo sucio queda a cargo de la policía y otras bandas represivas. El ejercito aparece, aparentemente, al margen, custodiando las plazas y las calles, y hasta confraternizando con el pueblo en rebelión.
El mando del ejército se debate en dos grandes líneas: los que sostienen a Mubarak y los que sostienen al régimen, aun a costa de Mubarak. Y los acontecimientos anuncian que se puede estar a las puertas de una guerra civil y siendo intolerable esta posibilidad para la Casa Blanca, ésta presiona para que Mubarak se vaya del poder y del país.

Arribamos al tercer momento, cuando el 10 de febrero, estando comprometido Mubarak a renunciar y siendo esta la decisión de la Casa Blanca y del ejército, el dictador no solo no renuncia sino que transfiere el poder a Suleiman, su hombre de confianza, conserva el cargo, anuncia la organización de elecciones para septiembre, fecha en que terminará su periodo. Con este anuncio, Mubarak intentó desobedecer a la Casa Blanca, inyectó odio a la rebelión popular y preparó las condiciones para que el ejército pasara a enfrentarse con el pueblo en rebelión. Lo que vino a continuación fue un simple golpe de Estado en donde el ejército lo hace a un lado y toma el control de la situación.

Ahora bien, el poder real está en manos de Mohamed Tantawi, el General de absoluta confianza de Mubarak pero también de la Casa Blanca, en tanto que Suleiman que aparecía como sucesor del dictador, queda ocupando un cargo creado en ocasión de los acontecimientos y sin que se sepa cuáles son las funciones y poderes de un vicepresidente, que nunca ha existido en Egipto.

El fin de este gobierno rompe totalmente el equilibrio de fuerzas en la región y deja a Israel en la situación más comprometida que alguien pueda imaginarse porque ambos, Israel y Egipto, han sido, hasta ahora, y después de 30 años, los guardianes de la política estadounidense en la región, y cuando el pueblo acaba con uno de ellos, la casa queda con las ventanas rotas y las puertas abiertas.

Los aliados estadounidenses son dictaduras sangrientas y dictadores inclementes, y la derrota de Mubarak inicia el camino para el crecimiento de la resistencia en Jordania, Yemen, Argelia y Marruecos y Arabia Saudita.
Y aunque no ocurriera una revolución como la egipcia, resulta evidente que el mapa político de la región tiene que componerse de una manera diferente a la actual.

Examinaremos los probables cursos que los acontecimientos pueden tomar.

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