Lo global, lo nacional y lo local en América Latina

Iosu Perales
Lo global, lo nacional y lo local
en América Latina
(Hika, 188zka 2007ko maiatza)

Como es conocida la relación entre Estado y democracia ha sido siempre difícil. Esta última se formó en buena medida frente o contra el poder político hobbesiano encarnado en el Estado. Sin embargo, con el paso del tiempo el poder político constituye un bien en la democracia. La debilidad de este poder estatal puede suponer una amenaza para la democracia. Este peligro es mayor cuanto más se extienden y fortalecen las corporaciones transnacionales. La pérdida de este poder político puede decirse que deriva en una fragilidad en sus dimensiones protectoras de la seguridad, estabilidad, y del ejercicio de los derechos fundamentales de los ciudadanos, dado que los conflictos no pueden resolverse únicamente con la razón y la lógica. Luiz Carlos Bresser (1) expone el problema de este modo: “La globalización tiene como consecuencia el aumento de la coordinación de la economía por parte del mercado y la reducción correlativa de la coordinación de la economía por parte del Estado. Las reformas orientadas al mercado también tienen el objetivo de aumentar la coordinación por parte del mercado, pero necesariamente implican el debilitamiento del Estado”. Bresser añade: “El papel más importante que se otorga al mercado era necesario, dada la crisis del Estado, pero ha tenido efectos perversos en lo que respecta a la equidad y la consolidación de la democracia, y constituye una amenaza para la cultura democrática”.
Lo cierto es que la participación de los ciudadanos es esencial para la legitimación del poder y la democratización permanente de la democracia. La búsqueda de un equilibrio entre poder y participación constituye una tensión propia de la democracia en el ámbito de la organización territorial que es el Estado. La democracia representativa es para algunos ese espacio de equilibrio, pero cabe defender junto a la anterior una democracia más participativa expresada en formas legales, sobre todo en un momento en que aquélla atraviesa por una crisis derivada de su pérdida de protagonismo deliberativo. Ello implica en cualquiera de los esfuerzos democráticos una capacitación de los actores que no podría darse eficazmente sin la figura del territorio que es el Estado-nación, las regiones y los municipios.
La actual globalización no asegura este equilibrio ni la capacitación ciudadana para la democracia: el ámbito territorial global tiene dificultades para vertebrar a la comunidad, no concita identidad; los canales participativos son débiles y aquello que hay que elegir resulta ser algo muy distante sin contornos definidos. En todo caso el impacto de la globalización es asimétrico: las sociedades de tradición democrática pueden soportar la dejación de competencias y grados de soberanía; pero las sociedades nacionalmente débiles, como son una buena parte de las latinoamericanas, quedarían a merced de fuerzas transnacionales cuya única conciencia es el mercado. Por otra parte la tutela de instituciones democráticas mundiales, actualmente débiles, no puede resolver este déficit de Estado en los países periféricos. De modo que la idealizada “aldea global” lo es tan sólo para elites, pero no para las mayorías del planeta.
Para el caso de los países pobres y periféricos, la erosión democrática es preocupante: sin poder para negociar, asisten inermes a la imposición de conductas y de decisiones tomadas en los mercados y centros financieros, sin otra posibilidad que ser globalizados en condiciones de extrema indefensión.
Muchos de estos países, nacionalmente débiles, que aún no se han consolidado como Estados-nación, se ven presionados y cooptados por centros de gravedad de las fuerzas económicas que gobiernan la acumulación rompiendo las fronteras. Se impone la gestión de sociedades dependientes por el mercado global, lo que constituye una alternativa fatal. No es ni será factible un desarrollo humano sostenible sin ese espacio político, social y cultural, que es el Estado-nación. Un Estado reconocible por su función social, que ejerza liderazgo alrededor de una aspiración común de modernización y de equidad. Mientras esto no ocurra seguirán habiendo en cada país pobre, periférico, dos naciones: arriba los sectores privilegiados cuyos movimientos económicos tienen como centro focos externos a sus propios países, y abajo los excluidos del campo y la ciudad que apenas participan en los intercambios económicos y en el sistema político nacional.
No es de poca importancia recordar que en un buen número de países latinoamericanos y caribeños el lugar del Estado es ocupado de forma extremadamente deficiente por los gobiernos. Cuando éstos cambian “el estado” se sobresalta.
Por consiguiente hay que enfatizar que, con frecuencia, cuando se debate la cuestión globalización/soberanía de los Estados, se hace desde una posición y visión del mundo eurocéntrica. Así la corriente que simpatiza con la transferencia de poder político de los Estados a centros supra-estatales, normalmente no advierte que aquellas sociedades que no han alcanzado la primera modernidad, en un mundo asimétrico, están lejos de poder prescindir de cuotas de soberanía que nunca han podido ejercer y sin embargo necesitan. Es el caso de buen número de los países latinoamericanos.
Además, donde se ha erosionado la capacidad de los Estados para atender las necesidades básicas de la población, donde la desintegración de los mismos impide garantizar los mínimos de seguridad –es el caso de Argentina en el momento de escribir esta reflexión-, los conflictos internos encuentran un campo para su despliegue violento, abriéndose brechas profundas en el sistema político. Como dice con acierto Vicenc Fisas, este tipo de situaciones: “En muchos casos, aunque no en todos, esto ocurre en los países calificados como débiles, fallidos, hundidos, fracasados, colapsados, caóticos. Tanto la debilidad de los Estados como la naturaleza de los nuevos actores, sin embargo, no son el resultado del azar o de catástrofes naturales, sino de la combinación de un cúmulo de violencias estructurales internas (políticas no participativas, imposibilidad de acceder a la tierra, a los bienes o a oportunidades; corrupción, clientelismo, falta de gobernabilidad, ineficiencia de los sistemas de justicia, militarismo, etc.) que operan en paralelo a la acción de algunas tendencias del sistema económico internacional vinculados a la mundialización, que impiden que muchos países puedan seguir el ritmo de la liberalización y de la competencia, o que necesita de zonas políticamente caóticas para así llevar a cabo estrategias de rapiña sobre recursos naturales” (2). Estas palabras de Fisas bien pudieran aplicarse a la región centroamericana en las décadas de los setenta y ochenta.
Ante esta realidad Bresser sostiene que “la única forma de neutralizar estos efectos perversos es reconstruir el Estado y redefinir de forma más amplia el espacio público estatal. Sólo así el mercado y la globalización podrán ponerse al servicio de la democracia y la equidad y no contra ellas” (3). Tesis que Sosnowski y Patiño refuerzan al decir que el Estado debe garantizar los derechos mínimos de la ciudadanía y las condiciones del desarrollo integral, proveer el espacio de expresión de la diversidad social y política para articular su proyecto de sociedad, y mantener su función reguladora del mercado (4).

Globalización, identidades nacionales y ciudadanía: Un debate

Parece haber una coincidencia en torno a la constatación del aumento de actores transnacionales que funcionan con iniciativa propia y autonomía o independencia respecto de las organizaciones territoriales que son los Estados. No es necesario insistir que el propio sistema capitalista mundial, hasta llegar a ser el sistema socio-histórico del mundo entero, se ha basado en la construcción de organizaciones territoriales capaces de regular la vida social y económica y de monopolizar los medios de coacción y violencia. Es la soberanía de estas organizaciones la que se dice que va a ser socavada por la ola actual de expansión financiera y la creación de instituciones políticas supraestatales.
Tal vez, uno de los críticos más radicales a la actual globalización sea Ignacio Ramonet. Visualiza que el Estado ya no controla los cambios ni los flujos de dinero, de informaciones y mercancías, y sigue ocupándose a pesar de todo en la formación de los ciudadanos y del orden público interior, dos misiones muy dependientes de la marcha general de la economía. El Estado ya no es totalitario, pero la economía en la era de la mundialización, tiende cada vez más a serlo –según Ramonet-. Este pensador y flagelador del neoliberalismo define a lo que denomina regímenes globalitarios como sucesores en cierto modo de regímenes de partido único de los años treinta, por lo que tienen de regidores de la totalidad de la actividad de la sociedad mediante el pensamiento único (5). Los regímenes globalitarios de Ramonet no admiten ninguna otra política económica, dejando los derechos sociales del ciudadano abandonados a la razón competitiva. Los mercados nacionales, uno de los fundamentos del Estado-nación han sido aniquilados por la mundialización. Ello supone que el Estado no tiene ya medios para oponerse al mercado. Así la realidad de un nuevo poder mundial escapa al control de los Estados.
La debilidad del Estado es para Ramonet una desgracia que afecta a la democracia y modifica los escenarios de la lucha por la transformación social. Pronostica un encontronazo inevitable entre capitalismo y democracia.
El enfoque de Anthony Giddens es completamente distinto. Advierte que la batalla del siglo XXI “enfrentará al fundamentalismo con la tolerancia cosmopolita” (6). Para él, la globalización está detrás de la expansión de la democracia. Confía en el triunfo de un cosmopolitismo que abraza la complejidad frente a los fundamentalismos que se ven perturbados por los cambios que significan convivencia de lo diverso. Giddens asume la globalización, a la que define como una serie de procesos, como una oportunidad civilizatoria. Su visión comprende la existencia de una asimetría mundial, de manera que la evolución no equitativa de la globalización nos muestra estadísticas angustiosas. Pero se rebela contra quienes ven en la globalización, unilateralmente, un saqueo global, y señala como su desarrollo es cada vez más descentrado.
Giddens afirma que los Estados-nación, son desde luego aún poderosos, y que los líderes políticos tienen un gran papel que jugar en el mundo. Pero inmediatamente reconoce que el Estado-nación se está transformando ante nuestros ojos, y que las naciones han de repensar sus identidades. Está emergiendo una sociedad cosmopolita mundial que requiere nuevos instrumentos políticos. Y es en este punto cuando Giddens se radicaliza al abogar por una regeneración democrática en el escenario de la sociedad mundial, admitiendo distintas variantes y grados en su desarrollo. Admite la paradoja de que al tiempo que la democracia se expande por el mundo, sufre un descrédito allí donde lleva tiempo instalada, para lo que sólo hay una medicina: democratizar la democracia. Pero ésta, en la actualidad, debe volverse transnacional (7).
¿Qué significa la democracia transnacional de Giddens? La promoción de esta democracia por encima del nivel del Estado-nación supone que las organizaciones transnacionales se democraticen y lideren procesos políticos generales. Su apuesta es favorable a organizaciones como la Unión Europea, superior a una simple asociación de naciones, en la que los países participantes han renunciado voluntariamente a parte de su soberanía. Giddens ve en este tipo de organizaciones una vía de expansión de la democracia dentro de los Estados y en su vínculo internacional-territorial. Una de las dificultades con las que se enfrenta la tesis de Giddens es la permanencia del paradigma tradicional en las relaciones internacionales en la política exterior de potencias decisivas; el Estado como núcleo duro practica un realismo todavía ligado a la visión hobbesiana del mundo como campo de batalla. No es casual que Estados Unidos muestre oposición a cuanto suponga cesión de soberanía, sea en el campo de la política, como de la economía y de la justicia.
Ramonet y Giddens se colocan en posiciones opuestas desde un nexo común: ven la pérdida de soberanía de los Estados como un hecho irreversible. Giovanni Arrighi (8) tercia con un diagnóstico, al menos parcialmente distinto y sugerente. Su tesis arranca de la idea de que la mayoría de los miembros del sistema interestatal nunca tuvieron las facultades que se están diciendo que los Estados van a perder bajo el impacto de la ola actual de expansión financiera; e incluso los Estados que tuvieron esos poderes durante un tiempo no los tuvieron en otro. Resalta que las expansiones financieras del pasado, no menos que la del presente, han supuesto la pérdida de poder de algunos Estados –incluso de Estados que han sido tenedores de vías del capitalismo mundial- y el fortalecimiento simultáneo de otros Estados. Arrighi nos recuerda que las ciudades-estado como Venecia y la diáspora genovesa de negocios transnacionales fueron reemplazadas por un proto-estado nacional como Holanda, a su vez reemplazado por el imperio británico, al que sucedió en el ejercicio de la hegemonía Estados Unidos, con sus corporaciones transnacionales y sus redes militares. Cada nueva crisis afecta a un tipo diferente de Estado.
Estirando del enfoque de Arrighi, puede sostenerse que el modelo westfaliano ha sido desbordado por el crecimiento de redes transnacionales de todo tipo, para defender seguidamente estas ideas:
La pugna entre globalización y soberanía de los Estados no ha librado aún las batallas decisivas.
La pérdida de soberanía nacional afecta muy desigualmente a los Estados. El discurso neoliberal esconde el hecho de que tras el “beneficio general del poder del mercado” hay Estados ganadores.
Los estados de sudeste asiático muestran el caso de una integración en los mercados internacionales con el apoyo decisivo del Estado.
La conclusión es que, sin negar el impacto de la globalización financiera es conveniente relativizar por el momento sus efectos políticos.
Ulrich Beck (9) expone con claridad como la globalización es una amenaza contra los Estados-nación. La pretensión de los ideólogos y de los poderes neoliberales es la de desmantelar la política social estatal y su aparato con el fin de avanzar hacia la utopía del anarquismo mercantil apoyado en un Estado mínimo. Beck se sorprende de la paradoja de que algunos políticos pidan mercado y más mercado cuando con ello facilitan que se cierre el grifo del dinero y del poder. Y es que, sin revolución, sin cambios de leyes, la toma de centros vitales por poderes económicos transnacionales es una realidad. Siendo el Estado asistencial y la democracia en funciones los perdedores, Beck plantea la necesidad urgente de formular los términos teóricos y políticos de una eficaz justicia social en la era de la globalización.
La alianza histórica entre sociedad y mercado, necesitada de una organización territorial, asistencial y democrática, se viene abajo. Los neoliberales liquidan así los cimientos de Occidente aun cuando se presentan como simples reformadores. La posición de Beck es en este punto sumamente crítica, y sentencia que esta modernización está condenada a muerte.
¿Quién ataca al Estado nacional? La globalización es una ramificación densa de redes de relaciones regionales-globales que configura una realidad policéntrica; los actores transnacionales se multiplican con cada vez más poder. ¿Puede hablarse de una megasociedad nacional a modo de sociedad mundial? Según Beck no hay tal posibilidad, pues la globalización significa también ausencia de Estado mundial (10). Es más concretamente: sociedad mundial sin Estado mundial y sin gobierno mundial. Por consiguiente vivimos un momento de difusión de un capitalismo desorganizado, donde no existe un centro político sustitutivo de los Estados nacionales.
La tesis de Beck, de ser cierta, constituye un grave aviso. El rumbo del mundo en manos de poderes invisibilizados por su dimensión centrífuga e irresponsables en términos democráticos, es la peor de las alternativas.
Richard Falk (11) remata el estado de alarma al referirse al declive de la ciudadanía, como algo derivado de la actual globalización sin rostro político. Falk comienza recordando que el ejercicio de los derechos y deberes ciudadanos ha estado tradicionalmente asociado a la participación y pertenencia a Estados definidos territorialmente, razón por la cual el hecho de la ciudadanía se vincula a ser miembro de una comunidad política definida geográficamente. Este vínculo entre ciudadanía y límites territoriales otorga una identidad que no puede ser reproducida por la lógica de la globalización. La debilitación de los lazos de unión entre Estado e individuos erosiona los fundamentos de la ciudadanía tradicional. Falk reflexiona sobre la posibilidad de que emerjan conceptos como los de “ciudadanía global”, pero reconoce que no es tarea fácil el ejercicio a cabalidad de derechos derivados de ese nuevo concepto.
Ciertamente, el ciudadano que visualiza Falk es un ciudadano des-territorializado, lo que lesiona el ejercicio cívico que lo une a una colectividad política predefinida. En su lugar, sólo será capaz de establecer lazos fragmentados y diversos, las más de las veces inconexos, con los elementos de la sociedad global.
El autor advierte que este fenómeno no se vive de igual manera en un Occidente más habituado a cruzar fronteras y definir identidades más allá de los límites de los Estados, que en la sociedades Orientales donde la resistencia a los procesos de globalización supone el resurgimiento de sentimientos nacionalistas, étnicos, religiosos, en desmedro de las capacidades de tolerancia. Es el juego de fusión y fisión del que habla Ramonet. La solución al problema de la pérdida de conciencia de la ciudadanía la encuentra Falk en la combinación de formas transnacionales de hacer política en el ámbito ciudadano con el rescate de métodos tradicionales de acción local, pues el rótulo de “ciudadano transnacional” pierde sentido si no existen medios claros y efectivos que garanticen su participación y reconocimiento en el ámbito local. El rescate de la ciudadanía es esencial para la democracia y la defensa de los derechos humanos, ¿cómo lograr que este concepto armonice un contrato global con la pertenencia activa a una comunidad territorial? Para Held (12) ello es factible. Este autor ve necesario que grupos locales, visionarios, sean capaces de construir organizaciones locales y transnacionales a un tiempo; organizaciones que actuando localmente abran las puertas de la globalización a la construcción de una sociedad civil global sustentada en el ethos de las democracias cosmopolitas.
Por su parte, Jordi Borja (13) afirma que la ciudadanía es en primer lugar una relación política entre un individuo y una comunidad política. En la actualidad la ciudadanía supone un estatuto jurídico que atribuye un conjunto de derechos políticos, civiles y sociales a los sujetos que la disfrutan, ya sea por nacimiento, ya por adquisición posterior de esta ciudadanía. Y, en este sentido, Borja nos recuerda que la ciudadanía se basa por un lado en un atributo que reconoce o concede el Estado y, por otro, parte del supuesto que los ciudadanos comparten unos valores y unas pautas de comportamiento que permiten la convivencia entre ellos y los dota de una identidad colectiva específica. Decir que la construcción de la ciudadanía, por consiguiente, responde a un proceso vinculado a la existencia y consolidación del estado-nación, y al establecimiento progresivo de la democracia representativa, parece una evidencia.
De la afirmación anterior se deriva, sin embargo, el doble desafío al que se enfrenta hoy día la ciudadanía: por un lado están los obstáculos que ponen en cuestión los contenidos de la ciudadanía adquirida; por el otro se plantea la necesidad de ampliar los contenidos y renovar el propio concepto. Entre los obstáculos podemos citar la crisis del Estado del Bienestar, algo que en América Latina se extiende a la fragilidad de los Estados mismos, la crisis económica y social y la desigualdad, todo ello agravado por una globalización que no entiende de equidad ni de democracia desde abajo. Entre los factores de ampliación de la ciudadanía podemos citar la regulación de derechos universales, la expansión de la ciudadanía a los “no nacionales”, la redefinición de la ciudadanía desde el punto de vista de género, la identidad cultural en clave de pluralidad, etc.

La gobalización es un hecho

La globalización es un proceso histórico, no es el resultado de un acto como encender el motor de un automóvil o la luz de una habitación. Podemos decir que en el año 2025 estaremos mucho más globalizados y en el 2050 aún más. Se trata de una transformación permanente que no sabemos cuándo podrá llegar a completarse, sobre todo por cuanto su esencia es la de extender actividades a través de un planeta diverso geográfica, climática e históricamente. Hobsbawm (14) asegura que “la globalización no opera de la misma manera en todo los campos de la actividad humana. Mientras desde el punto de vista de la técnica, de las comunicaciones y de la economía puede decirse que es una tendencia histórica natural, no es así en la política”.
La tendencia hacia la universalización es un hecho indiscutible, al parecer irreversible, que, en todo caso, no se representa armoniosa como en una fábula de Walt Disney. Ramonet observa como simultáneamente a los procesos de fusión se manifiestan fenómenos de fisión, de nacionalidades, religiones, etnias que se oponen con vigor a la idea de unificación y homogeneización global. Ante el telón de fondo de la integración, particularmente regional, la implosión se produce en regiones del Este europeo, habiéndose creado en los últimos quince años 22 estados diferentes. Sueños de anexión, secesión y limpieza étnica, tienen su espacio en un mundo globalizado. Por otra parte, un análisis riguroso de nuestro mundo globalizante nos ofrece el dato de que la quinta parte más rica del mundo posee el 80% de los recursos del planeta. De una población mundial de 6 mil millones, apenas 500 millones de personas viven confortablemente. Por otra parte el dato de que 32 países viven hoy día peor que hace cuarenta años, según datos de Naciones Unidas, es brutal. De ahí lo absurdo de permanecer deslumbrados ante una globalización sectaria que sobre todo tiene que ver con el dinero. En contra del optimismo neoliberal, la globalización no es en sí misma ni una buena ni mala noticia, aunque a corto plazo, el predominio del neoliberalismo no deja mucho espacio para la esperanza.
En cualquier caso, como dice Gurutz Jáuregui (15) la tentación de aferrarnos a viejas certidumbres, frente a lo nuevo, no es lo más apropiado. Por contra, aceptar el riesgo de actuar ante los procesos de cambio desde una actitud crítica, es mucho más apasionante. De modo que si aceptamos el punto de partida de que la actual globalización no encarna los valores de un ideal emancipatorio, parece una necesidad la asunción de un proyecto alternativo humanista de globalización que implica la construcción de un sistema político que, como defiende Amin (16)no esté al servicio del mercado global, sino que “defina sus parámetros tal como el Estado-nación representó históricamente el marco social del mercado nacional y no su mera área pasiva de desarrollo”. Amin, propone cuatro campos de acción política para la configuración de un nuevo sistema global: la organización del desarme mundial; la organización del acceso a los recursos del planeta de manera igualitaria, que incluya una valoración de los mismos, lo que obligaría a reducir pérdidas y residuos, y una distribución más equitativa del valor de los ingresos derivados de dichos recursos; la negociación de relaciones económicas abiertas y flexibles entre las regiones del mundo, liquidando las instituciones que actualmente dirigen el mercado mundial y creando otros sistemas para gestionar la economía global; el inicio de negociaciones para la correcta gestión de la dialéctica mundial/nacional, y la puesta en marcha de un parlamento mundial. Se trata de una recuperación de la política, no por la vía subterránea del neoliberalismo, sino explícitamente, situándola en la cabina que debe dirigir el rumbo del mundo. El propio Jáuregui (17) apela a la democracia cosmopolita de Held como vía de reconstrucción democrática. Held (18) propone como principales prioridades colectivas, la autodeterminación, la creación de una estructura común de acción política, y la preservación del bien democrático. En esta línea, Held propone que el modus operandi de la producción, distribución y explotación de los recursos debería ser compatible con el proceso democrático.
Desde nuestro punto de vista, la democracia cosmopolita es una vía apasionante pero insuficiente. Al esfuerzo general planetario puede y debe unirse un esfuerzo de glocalización; palabra que resume bien esa tensión de pensar y actuar global y localmente. Precisamente, la acción local se extiende hoy por toda América Latina, articulando resistencias sociales, impulsando el desarrollo endógeno, buscando ventajas comparativas en la producción y, muy particularmente, rescatando a la ciudadanía para la participación política consciente. Esta vía conecta con lo que se ha dado en llamar la política comunitaria ligada a los intereses de los ciudadanos en el ámbito urbano, rural, vecinal, metropolitano, etc. De otra parte, tiene que ver con una necesaria descentralización de los estados, en orden a promover el desarrollo de la participación política, pero también un desarrollo económico y social más cercano a la ciudadanía y más eficaz.

La glocalización y la contra-hegemonía como respuesta

Es en este escenario que la palabra glocalización resume bien esa tensión dialéctica que consiste en pensar globalmente y actuar en el ámbito local. Se trata de un modo de respuesta con dos componentes: uno de resistencia y otro de alternativa al despliegue de un mercado darwinista y sin rostro democrático.
La acción local se extiende por todo el planeta, articulando esfuerzos productivos y sociales, desde la experimentación, pero también desde una convicción ética que presume la posibilidad de generar espacios reales para otro desarrollo y otra democracia. Esto sucede en América Latina, desde la Patagonia al Río Grande: Participación ciudadana y re-orientación de las economías rurales y de la pequeña empresa se articulan como respuesta a una hegemonía globalizadora que no incluye el desarrollo humano sostenible en su ámbito territorial como una de sus prioridades.
La glocalización emerge entonces como una dialéctica entre resistencia y respuesta que tiene la necesidad de avanzar en logros concretos y a la vez en la pertinencia de ligar dichos logros con un proyecto político de transformación estructural. Ciertamente, pensar globalmente conlleva finalmente una actuación en el campo de nacional y de lo internacional, puesto que de lo contrario la disolución del proyecto local sería el destino previsible. En esta dialéctica entre resistencia y construcción, entre proyectos y logros, entre lo político y lo cotidiano, se encuentra tal vez la clave para articular las experiencias locales con la lucha por los cambios generales. Así, Bresser y Patiño(19)defienden el espacio local, comunitario, como campo idóneo para la participación ciudadana en la toma de decisiones y el uso eficiente de los escasos recursos para el cumplimiento de un programa social.
Los ataques a este enfoque de lo local no son pocos importantes. Pero como bien afirma el profesor Francisco Alburquerque las potencialidades del desarrollo endógeno son extraordinarias, más allá de preferencias subjetivas por un municipalismo próximo al ciudadano. ¿Construir una contra-hegemonía? Se trata sin duda de un paradigma con idealismo que, en cualquier caso, debe tener como punto de partida la realidad tal y como es. La teoría de redes ofrece, sin embargo, una oportunidad para generar sinergias y procesos sociales, económicos y políticos, abiertos al intercambio y a la elaboración de una agenda común de escala global. Los movimientos centrífugos, los vasos comunicantes, pueden contribuir a generar nuevos valores y una nueva cultura de la acción social, atentas a nuevas posibilidades enfrentadas a la resignación, y con disposición a desplegar por toda América Latina poderes múltiples, expansivos y creativos.
Admitimos, en todo caso, como afirma Daniel Chávez (20), que la globalización no puede ser planteada en términos de “lo global” versus “lo local”. Ambas dimensiones pueden ser beneficiosas o perjudiciales, dependiendo de las políticas particulares en cada caso. Concebir a “lo local” como lo bueno y a “lo global” como lo malo, es un punto de partida erróneo. Los argumentos a favor de un mayor intercambio cultural entre países y personas son convincentes. Evitar el fetichismo espacial es importante; las relaciones de poder existentes en cada situación es asimismo un factor de notable influencia. La reflexión de Chávez nos induce la idea de que es posible concebir otra globalización, alternativa, pero no en términos tautológicos. Nada sobre la globalización es auto-evidente; es preciso debatir no sólo sobre el cómo, sino también y fundamentalmente sobre qué tipo de globalización.
En todo caso hay un conjunto de debates interrelacionados que de un modo u otro pesan sobre nuestra reflexión, según señala acertadamente Daniel Chávez (21)

El debate sobre el rol del Estado. En relación con discusiones políticas y académicas contemporáneas acerca de la gobernabilidad en América Latina.

El debate alrededor de las propuestas de descentralización y participación, distinguiendo los diferentes proyectos políticos que están detrás.

El debate sobre la dimensión participativa de la democracia.

El debate sobre el capital social, en términos de creación o ampliación de redes.

El debate sobre las perspectivas de desarrollo local y el poder local en el contexto de la globalización y considerando las posibilidades de las sociedades latinoamericanas.

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NOTAS

1 Bresser Pereira, Luiz Carlos (1999) «Cultura, democracia y reforma del Estado». En Una cultura para la democracia en América Latina. Saúl Sosnowski y Roxana Patiño (compiladores). Fondo de Cultura Económica. México. Pag. 35.
2 Fisas Vicenc. «Buscar el remedio en la naturaleza del conflicto». EL PAIS, 30 de diciembre, pag 17.
3 Bresser, Luiz Carlos. Ibid. Pag 35.
4 Sosnowski Saúl y Patiño Roxana en la obra citada defienden el rescate del Estado y su reforma –que no sólo debe hacerse para reducirlo, sino fundamentalmente para mentener sus funciones básicas dentro de parámetros democráticos.
5 Ramonet, Ignacio. Un mundo sin rumbo. Pág. 76-77
6 Giddens, Anthoni. Ibíd. Pág. 16.
7 Giddens, A. Ibíd. Pág. 81-96
8 Arrighi, G. Ibíd.
9 Beck, U. Ibíd. Pág. 34.
10 Beck, U. Ibíd. Pág. 32.
11 Falk, R. El declive de la ciudadanía en la era de la globalización. 1998. En Internet: www.transnational.org/forum
12 Held, David. Ibíd. Pág. 276-283, 317-338
13 Castells Manuel y Borja Jordi, Local y global. Taurus, Barcelona 1997.
14 Ver entrevista a Hobsbawm, Eric J. En Intervista sul nuovo secolo. Roma, 1999.
15 Jáuregui, G. La democracia planetaria. Ediciones Nobel. Madrid, 2000, pág. 18.
16 Amin, Samir. El capitalismo en la era de globalización. Paidós. Barcelona, 1999, pág. 19.
17 Jáuregui, G. Ibid. Pág. 232-243.
18 En La democracia y el orden global, David Held (1997) defiende la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU para asignar voz y capacidad de decisión a los países en desarrollo; la creación de una segunda cámara en la propia ONU; una mayor regionalización política y la aplicación de referéndums transnacionales; comparecencia obligatoria ante el Tribunal Internacional y creación de otro de Derechos Humanos; fundación de un organismo de coordinación económica; puesta en mercha de una fuerza militar internacional. Estas serían medidas corto plazo que Held completa con otras de medio y largo plazo en su propia obra.
19 Bresser Luis Carlos y Patiño Roxana. Ibíd.
20 Chavez, Daniel (2000)¿Democracia participativa en Guatemala? MOVIMONDO. Ciudad Guatemala. Pag. 25.
21 Chávez, Daniel. Ibíd. Pag. 7.

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