Movimiento por la Democracia Participativa

A finales de octubre pasado, diecisiete organizaciones sociales y expresiones religiosas diversas, se han concitado para producir el parto de un agrupamiento unitario que se proyecta como el nuevo sujeto político, el cual, ha definido como misión, ser un instrumento de la democracia participativa en nuestro país: El Salvador. Las siglas que lo identifican son MDP. Se trata de un movimiento con perspectivas de crecimiento con la velocidad determinada por la capacidad de convocatoria y de influencia cuyos miembros colectivos e individuales han alcanzado ya y por los tiempos electorales que las leyes del país establecen. Esto es un sujeto y no un actor. Los actores son parte de un guión que ellos no pensaron, en cambio, los sujetos tienen cabeza propia: piensan y deciden lo que van a decir y hacer. Dicen los organizadores con un énfasis entre comillas y negritas.

Es un movimiento que se inspira en las tradiciones de lucha del pueblo salvadoreño y la experiencia fresca de América Latina, en proceso de construcción que no concluye, y que a penas está comenzando. Somos un movimiento plural, han dicho los asistentes, capaz de alcanzar entendimientos con las más diversas ideologías, respetuoso de las particularidades internas y de la personalidad colectiva de cada quien. Embrión de un nuevo Estado que se propone construir un nuevo poder político, una nueva economía, una nueva democracia, que pueda establecer nuevas relaciones entre los seres humanos, una nueva relación con el mercado, con el mundo, la política y la naturaleza.

Es un movimiento que se fundamenta en la epistemología del sur y piensa desde el sur y se apoya en la ecología de los saberes, es decir, teniendo en cuenta los conocimientos de nuestros ancestros y en las tradiciones muy nuestras. Que lucha contra el colonialismo en sus más diversas formas. Que el origen y fin de su pensamiento y acción se fundamenta en la sustitución del capitalismo como sistema y en el neoliberalismo como modelo económico, social, político y cultural. Este es un movimiento, por supuesto, que va más allá de la democracia representativa, que niega esta forma de la democracia pero al mismo tiempo la repiensa, porque cuenta con una visión sobre lo electoral, en la que prefiere la categoría del delegado que el representante del pueblo y el electorado. El representante no tiene la obligatoriedad de rendirle cuentas a nadie, pero el delegado recibe su misión la cumple y luego rinde cuentas en el marco de unos controles establecidos en forma democrática y aceptados por todos voluntariamente.

Esto es el resultado del nuevo escenario político que se construyó tras la derrota de Arena, los actores, protagonistas y sujetos están en la busca de formas nuevas de actuar y de incidir en el rumbo del país que todavía se discute cual va a ser. Algunos en esta búsqueda ya han encontrado el hilo conductor del nuevo quehacer político, que en esencia no es nuevo total y absolutamente. Quien realmente logre expresar de una forma mejor lo nuevo y sepa mejor negar lo viejo es quien va a poder ser la fuerza determinante en el curso de los acontecimientos. Porque necesitamos un cambio de verdad, que cambie la realidad del país, pues la realidad ya no admite cambios disfrazados, es decir, que cambian algo para que todo siga igual. Esto va con el programa que debe contener los temas más diversos en el que requiere de la participación de tantos sectores como temas existen o al revés. Es un movimiento que debe pelear en todos los terrenos: económico, social, político, ideológico, cultural, medioambiental y electoral, etc. Es necesario introducir decencia a lo político-electoral. Lo político-electoral debe dejar de ser parte de los entendimientos vulgares del mercado en el que se compran votos y voluntades y fuente de tráfico de influencia de la más diversa índole.

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