Patricio Lumumba y La Lucha Por La Independencia y el Socialismo

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Patricio Lumumba y La Lucha Por La Independencia y el
Socialismo

José María Lucas
Militante del PCPE

Cuando un país como el nuestro se acaba de pronunciar
políticamente sobre la aceptación o no de un tratado
internacional que le liga estratégicamente a un proyecto de
tipo imperialista, es cuando vienen al recuerdo, desde lo
profundo de la memoria, ideas y conceptos que se
actualizan, reactualizan o se comparan. Entre estas ideas y
conceptos aparecen, con fuerza, las de dependencia,
soberanía nacional, antiimperialismo, sumisión, misería
política y económica, pueblo, metrópoli y lucha por la
libertad y la justicia social. Todo este glosario de
palabras, ideas y conceptos sacado de la historia de la
lucha de los pueblos contra el colonialismo, el
imperialismo y el capitalismo goza o debería gozar hoy de
una tremenda actualidad y, por ello, invitar a la reflexión
sobre su origen y contenido histórico en un ejercio
intelectual y político muy saludable y tremendamente
necesario. La profunda y necesaria inmersión histórica para
la mejor comprensión de los antecedentes sobre el
colonialismo y el imperialismo nos retrotraerían al último
tercio del siglo XIX, y nos obligaría a realizar un
recorrido histórico muy amplio y quizás demasiado
historicista (aunque también interesante), pero nos
desviaría algo del objetivo central del artículo que es
hablar de la descolonización a partir de la figura de
Patricio Lumumba, de su tiempo y de sus coetáneos, todo
ello con la sana intención de reflexionar sobre el
neocolonialismo actual y los proyectos imperialistas de él
emanados.

En el periodo 1945-1961, objeto del artículo, el mundo
colonial surgido y desarrollado en torno a tiempos y
procesos históricos relacionados con la Conferencia de
Berlín (1885), la 1ª Guerra Mundial, la entrada en la
historia de los fascismos, la 2ª Guerra Mundial, la derrota
nazi, “la guerra fría”, la dependencia europea de los
Estados Unidos, las luchas nacionalistas y populares por la
independencia y soberanía y la fuerte presencia
internacional de las ideas y los países socialistas, va
discurriendo por un proceso emancipador de dientes de
sierra, suave o brusco, según circunstancias, pero siempre
avanzando, aunque todavía dividido básicamente en pueblos
independizados, pueblos semicoloniales (con estado propio,
Gobierno, Ejército, Policía, bandera e himno nacionales),
pero dependientes económicamente de sus antiguos estados
coloniales, y pueblos que siguen en situación colonial
absoluta.

Este mundo colonial, perteneciente a todos los continentes,
pero, especialmente, a África y Asia, va a iniciar, tras la
2ª Guerra Mundial, un proceso histórico, político y
económico, que culminará en diversas soluciones, aunque
casi todas marcadas o bien por el hierro candente del
neocolonialismo o bien por las enormes dificultades para
iniciar o seguir un camino emancipatorio propio, que, en
última o penúltima instancia, terminó (o se encuentra) en
una difícil situación. Este mundo colonial, este conjunto
de países que iniciaron su independencia de las metrópolis
colonialistas, principalmente europeas, y que terminaron en
gran número bajo fórmulas neocoloniales, y/o que están en
estos momentos sometidos a la pax americana, provenían de
situaciones muy dificiles en todos los planos y lugares.
Por ello, requieren un mínimo de reflexión para la
necesaria comprensión de su actual situación y para
objetivizar y clarificar su necesaria alternativa.

El marco general político, económico e histórico en el que
se encuadra las luchas de emancipación de los países
colonizados va asociado, indisolublemente, en una primera
etapa, a su extrema dependencia colonial. Estas colonias
empiezan a agitarse tras la 2ª Guerra Mundial como
consecuencia del incumplimiento por parte de las metrópolis
de las promesas sobre reconocimiento de derechos
nacionales, libertades democráticas y cierta soberanía
económica realizadas a las colonias -más en concreto a su
élites burguesas- por su apoyo a las luchas contra el
nazi-fascismo imperialista. La movilización de recursos
humanos, la creación de industrias militares o
paramilitares, la creación de vías de comunicación para la
guerra, la necesaria creación de élites administrativas y
políticas que apoyaran y desarrollaran este modelo, llevó a
las potencias imperialistas a prometer formas de autonomía
e, incluso, independencia, que, tras finalizar la 2ª Guerra
Mundial, o bien sólo concedieron a medias o bien
incumplieron totalmente. Si a ello le unimos las
declaraciones y documentos soberanistas surgidos de las
Naciones Unidas, inmersas en un proceso de recreación de
sus principios y bajo la enorme influencia política e
ideologica del socialismo, y añadimos también la existencia
de una poderosa corriente panafricanista y
nacionalista-democrática surgida en torno a los años 20,
tendremos un esbozo de cuáles fueron, a grosso modo, los
parámetros políticos de la lucha anticolonialista y
antiimperialista.

Esta lucha se plantea desde la más cruda de las realidades
sociales, políticas y económicas. La inmensa mayoría de los
países colonizados tenían una estructura de tipo feudal,
con una pequeña oligarquía latifundista rica y dominante y
una numerosa masa campesina sumida en la miseria, cuya
única estructura de defensa social era y es la familia
patriarcal.

La creación de grandes núcleos urbanos, derivada de las
necesidades administrativas, militares y económicas de la
metrópoli, genera una impresionante ola de emigración del
campo a la ciudad y radicalizará políticamente a los
campesinos arrinconados en los suburbios, que serán la base
política y social de los procesos independizadores. El
atraso técnico e industrial a que tenían sometidos las
metrópolis a los países colonizados -por claros intereses
imperialistas-, y que no daba respuesta a la enorme demanda
de trabajo y beneficios que objetivamente existía, generaba
una frustración constante en los escasos sectores
aburguesados y en las masas populares, que no sólo no
gozaban de las posibilidades derivadas de la
industrialización, sino que, además, tampoco se
beneficiaban de una manera importante de los réditos de las
minas, refinerías y plantaciones, los cuales, en una
inmensa mayoría, iban a parar a las grandes empresas
extranjeras o a contados individuos o clanes de la clase
dominante. Si a esta deplorable situación
político-económica le sumamos el crecimiento demográfico
habido en estos países a partir de 1930 y el aumento de
hambre, enfermedades y muertes (40 millones al año),
tendremos completo el puzzle de las luchas
anticolonialistas y antiimperialistas.

Es lógico concluir que, con esta estructura socioeconómica,
los partidos y organizaciones populares que pudieran
encabezar la lucha por la independencia no tendrían la
forma clásica europea, aunque es evidente que, por cierto
mimetismo cultural y político, las organizaciones
anticolonialistas sí son, en parte, una imagen, aunque es
verdad que cóncava de ellas. Por lo tanto, la lucha
política es llevada en un pequeño porcentaje por
organizaciones copiadas de los partidos metropolitanos y,
en un gran porcentaje, por organizaciones continuadoras de
las viejas estructuras tribales y/o por sociedades secretas
y sectas.

Como se deduce de lo expuesto anteriormente, surgen grandes
tensiones entre las nuevas ciudades modernas y las
primitivas aldeas, entre el campo y la ciudad, entre las
diferentes etnias, religiones y lenguas, entre una pequeña
capa de funcionarios formados en los países coloniales, con
pensamiento y formas coloniales, y una enorme masa de
campesinos totalmente analfabetos. Estas tensiones se
traducen en una constante inestabilidad política, dando una
enorme importancia al Ejército como único instrumento
cohesionado, organizado y con poder real, (contrapesado
sólo por algunos sindicatos), lo cual determina y
fundamenta el surgimiento de ideologías de tipo
nacionalista, que tienden a expresarse políticamente en
formas autoritarias de carácter militar.

Los territorios colonizados es el campo fundamental en que
se dirime la lucha de clases internacional entre
capitalismo y socialismo, donde el período de la “guerra
fría” tiene múltiples expresiones de guerra de baja
intensidad, no abierta, no directa, pero sí dura. Tanto la
URSS como China, Estados Unidos y el bloque capitalista
europeo mueven capitales, asesores y todo tipo de
instrumentos para ganar espacios físicos y políticos que
les permitan avanzar en la correlación de fuerzas
internacional, lo cual, a su vez, les permitirá mantener
sus espacios de explotación, en unos, o hacer avanzar el
socialismo, en otros. Es el período de la ayuda a Nasser
para la construcción de la presa de Assuán o de créditos de
China a Tanzania sin intereses, o del Plan Colombo y de la
creación de la Corporación Financiera Internacional (1956)
por parte de EEUU, continuación de los famosos cuatro
puntos de Truman (1949) destinados a ayudar económica y
militarmente a los países recien independizados, a fin de
salvaguardarlos de lo que el imperialismo USA de la época
llamaba “expansión comunista”.

La necesidad obliga y la “guerra fría” también. Por ello, y
con el objetivo de lograr la independencia en las mejores
condiciones posibles, los países colonizados, atrapados
entre su realidad política y social concreta, las presiones
imperialistas, el entorno geoestratégico y los distintos
ritmos de los procesos independentistas, eligen las
Conferencias Internacionales como modo y método para
intentar avanzar de una manera coherente, unitaria y
precisa en los principios de la independencia real. Las más
importantes serán las de Bandung (1955), en la que 29
países afroasiáticos condenan el colonialismo, la
discriminación racial y el armamento atómico. Luego se
celebra la 1ª Conferencia Afro-asiática de El Cairo (1957),
donde participan 43 estados entre ellos, la URSS, y en la
que se proclama la coexistencia pacífica como método
político para la justa independencia de los países
colonizados. La 3ª en importancia será la Conferencia de
Conakry (1960), donde se condena la política
intervencionista y racista de los estados capitalistas y
donde, expresamente, se pone el énfasis en la lucha contra
el neocolonialismo como forma perversa de nueva
explotación. Y, por último, la más problemática -por sus
contradicciones y por su nivel de enfrentamiento
ideológico-, la de Belgrado ((1961), con profundas
controversias entre los estados neutrales y los del bloque
socialista con diferencias también entre estos últimos
sobre el papel de la lucha por la paz y el desarme.

Resultado de estas Conferencias, de la lucha de los pueblos
contra los colonialistas e imperialistas, del apoyo
económico, ideológico y humano de los países del socialismo
a distintos niveles y escalas, una serie de países van a
lograr, no sin grandes costos y esfuerzos, la
independencia, que, en algunos casos, será más profunda y
real que en otros, pero que en todos será saludada con
ilusión por las masas populares.

En este sentido, sería conveniente citar a algunos de los
países que conseguirán su independencia armados de la
ideología nacional-revolucionaria y que serán paradigmas
internacionales de estos procesos socio-políticos, al
tiempo que del breve relato de su proceso independentista
podrán deducirse los métodos, procedimientos y formas que
tuvo, tiene y tendrá el imperialismo para evitar los
auténticos procesos emancipatorios de los pueblos que
luchan por su soberanía e independencia.

Cronología de los procesos de liberación nacional en Asia

Comencemos por Asia, y, más concretamente, por Indonesia,
por hacernos eco de la mas hiriente y triste actualidad.
Allí, tras retirarse los japoneses favorecedores de los
movimientos nacionalistas frente a las potencias coloniales
europeas, y como consecuencia de una prolongada guerra de
guerrillas contra los ocupantes holandeses, Sukarno
proclama los “Cinco principios de la lucha nacional”, que
serán la base política de la independencia: fe en Alá,
humanitarismo, nacionalismo, democracia y justicia social.
En 1945, se proclama la República de Indonesia, por Sukano
y Mohamed Atta, y, en 1946, se da la unión con la República
Oriental Indonesia, bajo protectorado holandés. En 1947,
presionada por la ONU, Holanda suspende las accciones
policíacas en Java y accede a negociar con la República de
Indonesia, que consigue la independencia en 1949, tras la
conferencia de La Haya. Es elegido presidente vitalicio
Sukarno. En 1950, secesión de las Molucas Meridionales. En
1956, disolución de la Unión Holandesa y tentativas de
autonomía de las islas con mayoría musulmana, propiciadas
por Holanda y los EEUU. En 1957, levantamientos contra el
régimen centralista y la “democracia dirigida” de Sukarno.
En 1959, Sukarno da un golpe de estado e instaura una
dictadura personal, con ayuda del Ejército y aprovechando
sus enfrentamientos con el Partido Comunista, dirigido por
Aiditt, influenciado por el PC chino. En 1962, conflicto
con Holanda a propósito de Nueva Guinea. En 1964, amenaza
de guerra contra Malasia. En 1965, Indonesia abandona la
ONU, golpe de estado militar contra Sukarno y matanza
generalizada de comunistas (más de 300.000). El general
Suharto, de la mano de Estados Unidos, se proclama nuevo
primer ministro y actuará de procónsul del imperio en la
zona.

En Filipinas, se proclama la independencia, en 1946, de la
mano de EEUU, que, entre los años 1946 y 1953, instala una
serie de presidentes autoritarios, corruptos, del estilo de
Roxas y Quirino. Entre 1949 y 1952, hay un levantamiento de
los Huks (ejército popular de ideología revolucionaria)
creado, en 1942, para luchar contra los japoneses. Este
levantamiento es aplastado con la ayuda norteamericana.

En Malasia, la independencia se logra en 1948 con la
creación de la Liga Malaya, que agrupa a nueve sultanatos y
a las colonias de la corona británica. En 1954, criminal
represión de partisanos comunistas chinos con ayuda de las
tropas británicas. En 1963, proclamación de la Federación
de Malasia y continuación de las luchas entre comunistas
chinos y “voluntarios indonesios” financiados por
Inglaterra y EEUU. En 1965, y como consecuencia de las
continuas guerras y de la conspiración inglesa, Singapur se
retira de Malasia. En este como en muchos otros ejemplos,
la segregación territorial, las luchas tribales, raciales y
culturales son armas corrientes y ampliamente empleadas por
el imperialismo contra los pueblos.

Thailandia empieza a recuperar los territorios ocupados
por los japoneses entre 1943 y 1945 gracias a la lucha de
las organizaciones guerrilleras y nacional-democráticas. A
partir de este período, gobiernos militares criminales,
autoritarios y corruptos, financiados y entrenados por
Estados Unidos, acaban con la oposición democrática y
reprimen sangrientamente a las organizaciones comunistas.
En aplicación de esta doctrina, en 1947, el mariscal Phibul
Songram instaura una dictadura que, a pesar de provocar
ríos de sangre, no logra eliminar a las organizaciones
populares. En esta misma dirección y sentido es el golpe de
Estado del mariscal Sarit Thanarat (1957), con supresión
de la Constitución, prohibición de los partidos políticos,
persecución y represión de las organizaciones comunistas.
Crecen las tensiones con Camboya. La corrupción, la
represión política y el militarismo, tres instrumentos
básicos del imperialismo en todos los lugares y
circunstancias, han hecho de Thailandia un bastión político
y militar de EEUU.

La India, la mitificada India, es uno de esos países
puestos como ejemplo de lo que, según los portavoces de la
burguesía, debe ser una lucha “ideal” por la independencia.
Su modelo ghandiano, preñado de contradicciones sociales,
políticas y religiosas, significó, no obstante, un
acontecimiento histórico. Ese país tan inmenso y
contradictorio en todos los aspectos, laboratorio imperial,
modelo de explotación y rapiña imperial, tuvo los arrestos
populares, la voluntad política y la energía social para,
en 1947, como consecuencia de las luchas populares,
arrancarle al gobierno inglés la independencia. Tras ella,
las profundas diferencias existentes en el seno de la
sociedad, que el imperialismo había contenido con
represión, astucia y prebendas, estallaron, produciéndose
graves enfrentamientos entre hindúes y musulmanes, con
huida y emigración de las minorías religiosas. En 1948, es
asesinado Gandhi, padre espiritual y héroe de la
independencia, fruto de las tensiones religiosas, étnicas y
sociales. Y, por fin, en 1950, tras reorganizar
administración y territorios, se contituye la República de
la Unión India, que surgirá como país independiente
lastrado por los graves problemas étnicos, religiosos,
económicos y sociales que la herencia colonial les había
dejado. A continuación, en 1951, se da la victoria del
Partido del Congreso (partido ncional vinculado a la
familia Ghandi) y elaboración del Primer Plan Quinquenal,
con reformas agrarias, donaciones de tierras,
nacionalización de la banca, de las compañías de seguros y
de la aviación. En 1956, aprobación del segundo Plan
Quinquenal, que fracasa por las luchas religiosas,
lingüísticas, prejuicios de casta y aumento descomunal de
la población. En 1954, visita histórica del dirigente chino
Chou En Lai, con el que la Unión India fija los principios
de la coexistencia pacífica. En 1955, visita a Moscú de
Nerhu, que asegura a la India ayuda de los dos bloques y un
equilibrio inestable en su papel internacional. En 1958, en
el marco de la “guerra fría”, es disuelto el primer
gobierno comunista de Kerala, por exigencia de los
imperialistas. En 1959, conflictos fronterizos con China,
por no reconocer esta última la línea McMahon, problema de
fronteras heredado del colonialismo. En 1961, anexión de
las colonias portuguesas de Goa, Damao y Diu, ofensiva
china en la región nordeste y permanentes enfrentamientos
con Pakistán por el tema de Cachemira. En fin, un breve
compendio, una pequeña muestra de los gravísimos problemas
de todo tipo que dejaron los imperialistas en los países en
que pusieron e impusieron sus valores.

La experiencia africana

Pero si estos acontecimientos descritos para el continente
asiático son fundamentales para la comprensión básica del
período anticolonialista en su conjunto, y para la
comprensión especial en alguna de sus particularidades, los
sucesos, las prácticas políticas, la dinámica de los
acontecimientos, el papel de los líderes, los intereses
imperialistas, el papel de la cultura, el carácter casi
único del modelo de luchas populares, convierten al
continente africano en paradigma iniguable para el estudio
de las causas y consecuencias del imperialismo. Si en Asia
las potencias imperialistas tuvieron que vérselas entre sí,
y padecieron rebeliones y enfrentamientos constantes y de
todo tipo con las poblaciones y gobernantes autóctonos, en
África donde una parte de su población fue esclavizada y
sacada del continente-, el modelo colonialista se implantó
casi sin enfrentamientos, con gran consenso entre las
potencias coloniales, con pocos enfrentamientos con los
poderes autóctonos y con poderosos medios. Por ello, las
consecuencias tuvieron y tienen más intensidad social y
temporal, y fueron y son más profundas y amargas las
realidades. Es así que el papel de los líderes y las
organizaciones de la independencia africana cobran especial
relevancia, más si son en clave socialista y todavía más si
son de la categoría humana de Patricio Lumumba. Por ello,
es por lo que lo hemos elegido como fígura, como arquetipo,
del luchador antiimperialista y socialista, en esa
síntesis duplicadora de ambas.

La mentalidad y la conciencia política de Patricio Lumumba
no es sólo fruto de la observación minuciosa, crítica y
constante de la realidad colonial del Congo Belga, sino
que, como cualquier otro luchador, pensador u hombre de
acción, tambien es el resultado de un proceso progresivo de
carácter político y cultural, que tiene lugar en distintos
puntos de África, elaborado por distintos pensadores
africanos y puesto en práctica por distintos tipos de
organizaciones. Por no caer en el personalismo y en la fría
relación de organizaciones, es preciso nombrar
conjuntamente las asociaciones y a sus más preclaros
dirigentes que contribuyeron a crear y elevar la conciencia
política de las masas africanas. Veamos.

Los primeros teóricos, y teorías, sobre la independencia
africana surgen en torno a 1920, alrededor de pensadores
afincados, fundamentalmente, en Estados Unidos e
Inglaterra, que elaborarán ideas que gravitarán en torno a
un hipotético movimiento panafricano, el cual debería tener
como referencia los valores africanos, la vuelta a los
orígenes culturales propios, la emancipación racial, etc.

La primera organización política, como tal, fue la Unión
Democrática Africana fundada por Houphouet-Boigny, en 1946,
que tuvo como dirigentes regionales, en Guinea, a Sekou
Touré; en Mali, a Modoso Keita, y, en Senegal, a Leopold
Sédar Senghor. Le siguen la Convention People´s Party,
fundada por Kwame Nkrumah, en 1949, en Ghana, y, en 1954,
se funda la Tanganika African Nacional Union, por Julius K.
Nyerere.

Es necesario resaltar que, paralelamente a estas
organizaciones nacional-revolucionarias, se crean
sindicatos nacionales o regionales, que son secciones
sindicales de los sindicatos europeos o internacionales.
Fruto de ello es la creación, en 1956, en Guinea, de la
Unión General de Trabajadores Africanos, de clara
orientación comunista, fundada por Sekou Touré, y ampliada,
en 1961, en Casablanca, en la Unión Sindical Panafricana.

Antes se ha señalado que, en la lucha contra el
imperialismo en África, se utilizaron múltiples
instrumentos; entre ellos, los surgidos de las tradiciones
étnicas y culturales de los diversos pueblos africanos.
Cabe destacar, por su importancia las sociedades secretas,
que fueron una herramienta importantísima para luchar
contra el poder colonial blanco en el campo y contra las
estructuras políticas coloniales en su conjunto. La más
importante de estas sociedades es la denominada del Mau-Mau
(Kikuyu), de Kenia, dirigida por Jomo Kenyata, que puso en
jaque al imperialismo británico entre 1952 y 1954, y fue
artífice de la independencia de su país.

Como instrumentos colectivos más o menos organizados de
lucha surgen también las Federaciones como formas de
transición semiautónomas con objetivos claramente
políticos. Las primeras son las de la Federación de África
Occidental bajo colonialismo británico y la Federación de
África Central, en 1953. Esta última sufre una escisión con
Malawi (Banda), Zambia (Kaunda) y Rhodesia (Ian Smith -que
proclama la independencia de Rhodesia, en 1965, condenada
por las Naciones Unidas). Como consecuencia del conjunto de
todas las formas y tipos de lucha, a partir de finales de
los años 50 se va a producir una impresionante eclosión de
procesos independentistas que darán lugar a multitud de
países independientes. En 1957, se declara la independencia
de Ghana, primer estado africano con vocación y tendencia
socialista. El primer ministro, Nkrumah, se declara
partidario del neutralismo activo y de la política
panafricana. Imprime al país un carácter socialista (apoyos
de China y URSS), lo cual provoca su caída, por un golpe
militar, dirigido por Inglaterra y Estados Unidos. En 1958,
y siguiendo parámetros antiimperialistas, Seko Touré
orienta a Guinea en una dirección también socialista. 1960
es el año de la independencia masiva. Consiguen su
independencia formal: Camerún, Congo-Brazzaville, Gabón,
Chad y la Repúblicana Centroafricana, que coordinan su
política aduanera y económica por medio de la Unión de
Repúblicas Centroafricanas, mientras que Togo, Costa de
Marfil, Dahomey, Alto Volta y Níger constituyen la Unión
Shel-Benin. También obtienen la independencia Nigeria,
Senegal, Mali, Madagascar, Somalia, Mauritania y
Congo-Leopoldville. En 1961, obtienen su independencia
Sierra Leona y Tanganika (ésta forma Tanzania con
Zanzíbar). En 1962, obtienen su independencia Uganda,
Ruanda y Burundi. En 1963, la obtiene Kenia y, en 1965-66,
Gambia.

Desde 1961, y como consecuencia de la “guerra fría”,
quedarán configurados dos grandes bloques: los llamados 7
estados de Casablanca (neutralistas no alineados- y
revolucionarios) y los 21 Estados de Monrovia
(prooccidentales). En 1963, se celebra la ConferenciaCumbre
de Addis Abeba (Etiopía), que es el inicio de la OUA, que
crea comisiones de arbitraje para los conflictos y Comités
de Liberación para los territorios aún sometidos. Otro
resultado loable es la aprobación del boicot a la Sudáfrica
racista.
En 1964, se celebra la Conferencia de la OUA en El Cairo:
resolución a favor de los procesos independentistas y
contra las ingerencias imperialistas, especialmente en el
Congo. Como consecuencia de las presiones de los
imperialistas, los estados prooccidentales rompen con la
OUA y se unen a un proyecto imperialista denominado OCAM
(Organización afro-malgache), creado en 1965.

De la misma manera que se ha esbozado una breve historia de
los países colonizados asiáticos, sobre todo de aquellos
considerados representativos, es conveniente y necesario
hacerla para África, ya que es todavía más representativa
de la barbarie imperialista.

Comenzaremos por el país de la quintaesencia de la
explotación colonial, de las perversidades racistas, que,
además, por la duración del modelo, la hace especialmente
“interesante”. Nos estamos refiriendo a la República
Sudafricana. En 1948, la República Sudáfricana profundiza
la política racista destinada a garantizar a la minoría
blanca (3 millones), ligada a los monopolios
internacionales, el dominio político y económico del país
frente a los 11 millones de bantúes. La oposición bantú,
india e interracial se organiza en torno al Congreso
Nacional Africano. En 1963, se empieza con las políticas de
bantustanización, destinadas a dividir a la mayoría y
enfrentarse entre ellos.

En Marruecos, interesados por la situación estratégica y
los recursos del país, los Estados Unidos prestan ayuda
financiera para la explotación de los yacimientos de
fosfatos, manganeso y plomo, además de apoyo político para
su independencia, basada en los principios del Istiqlal. En
1951, Francia concede a USA bases militares y, en 1956,
Mohamed V proclama la independencia con el consentimiento
de Francia, incorporando Tánger y el norte de Marruecos,
bajo colonización española. El partido del Istiqlal se
divide: la Unión Nacional, dirigida por Ben Barka, rechaza
la monarquía y exige reformas democráticas. En 1960,
Mohamed V asume el poder y reclama para Marruecos los
territorios de dominio español de Ifni, Africa Occidental
Española (Río de Oro) y Mauritania. En 1963, conflicto
fronterizo con Argelia. En 1965, crisis económica:
disolución del parlamento y gobierno personal y tiránico de
Hassan II.

En Túnez, como consecuencia de la lucha política del
partido nacionalista del Neo-Destur, dirigido por Habib
Burguiba, se concede un estatuto de autonomía, en 1954, que
se convierte, en 1956, en independencia. La ayuda de EEUU y
la dependencia económica y militar de Francia orienta a
Túnez en una dirección occidental, en contra del líder
egipcio Nasser y la orientación política nacionalista que
impulsaba en el mundo arabe norteafricano.

En Argelia, a partir de 1946, se empieza a exigir la
autonomía de Francia. Esta concede un estatuto de
administración autónoma, con representación parlamentaria,
que es saboteado por los llamados “franceses de Argelia”.
En consecuencia, en 1947, se funda el FLN (Frente de
Liberación Nacional), dirigido, entre otras personalidades,
por Ahmed Ben Bella. El FLN, entre 1954 y 1962, se enfrenta
a Francia en una guerra de liberación, en la que los
crímenes de los militares franceses crean escuela. En 1962,
de conformidad con los acuerdos de Evian, se crea la
República de Argelia, que sigue orientación socialista. El
proceso se altera con el golpe de estado del Consejo
Revolucionario encabezado por Bumedienne.

Libia, colocada bajo la tutela de la ONU, obtiene la
independencia en 1951, con el rey Idris I, hasta que el
coronel Gaddafi da un golpe de estado, orientando su
política en una dirección socialista.

Hemos dejado para el final, como síntesis general del
antiimperialismo y de la lucha por la emancipación y la
soberanía real, a un país, a un líder político, a un hombre
admirable en todos los sentidos. El país: Congo; el líder,
el ya nombrado Patricio Lumumba.

A proposito de Patricio Lumumba, decía Allen Dulles,
director de la CIA, en 1960: “En los altos niveles del
gobierno concluimos que si Lumumba sigue en el poder, las
consecuencias serán catastróficas…para el mundo libre.
Por eso, nuestra conclusión es que urge quitarlo de en
medio lo antes posible”. Es la expresión más acabada y
concreta de los métodos empleados por el imperialismo en su
lucha contra los pueblos; y esta frase, sacada de sus
memorias, no es nada más que la forma habitual con que
tratan los imperialistas de toda calaña a los luchadores
por la libertad y el socialismo: no es la excepción, es la
norma.

Este gran dirigente revolucionario africano nació el 2 de
julio de 1925 en Onalua, provincia de Kasai, antiguo Congo
belga, actual República Democrática del Congo. En la etapa
colonial, Bélgica había creado en el Congo una red de
puestos militares y campos de trabajos forzados destinados
a explotar las enormes riquezas minerales que de todo tipo
tenía y tiene el Congo. En ellos, la brutalidad contra los
africanos fue sinónima de la generada posteriormente por
nazis y norteamericanos: en un lapso de 20 años, la
población disminuyó de 25 a 15 millones de habitantes.

Durante la II Guerra Mundial, el Congo fue la principal
fuente mundial de caucho y de minerales esenciales, como
titanio y cobalto, para la maquinaria bélica imperialista.
El uranio para las bombas atómicas que EEUU soltó sobre las
ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki provino de la
mina Shinkolobwe, del Congo.

Con el colonialismo emergió también un proletariado
moderno, al lado de los millones de campesinos, que
formaban la mayoría de la población. En 1941, ligados a la
producción militar, había 500.000 trabajadores, la segunda
concentración de proletarios del continente africano.

Los congoleños no podían estudiar en escuelas y
universidades. Antes de los años 50, solo 100 congoleños
tenían educación universitaria. Los colonos aplicaban una
estrategia de “dividir para conquistar”, fomentando
enemistades entre los varios pueblos y regiones.

Siendo trabajador de Correos, Lumumba comienza a organizar
un sindicato de trabajadores, siendo detenido y encarcelado
por los colonialistas belgas en 1955. Tras su salida de la
cárcel, dos años más tarde, entra en relación con el
movimiento independentista. A partir de este momento,
Lumumba, que había comenzado su lucha política siendo un
demócrata burgués de corte radical, se fue convenciendo del
comunismo como único pensamiento para liberar a su país de
la esclavitud imperialista.

En 1958 consigue agrupar a la mayoría de las fuerzas
progresistas en un partido panafricanista semilegal: el
Movimiento Nacional Congoleño, primer partido político de
ámbito nacional, convirtiéndose rápidamente en el principal
dirigente independentista del país. El MNC se dedicó a
superar las diferencias tribales y regionales y a crear un
país independiente y unificado, frente a las ambiciones
imperialistas de repartirse el país en áreas de influencia
y crear varios estados independientes. En diciembre de
1958, el dirigente panafricanista de Ghana, Kwame Nkrumah,
convocó en Accra la Conferencia de los Pueblos de Africa.
El movimiento de liberación congoleño estuvo representado
por Lumumba. Al regresar a su país, habló ante una ingente
multitud en Leopoldville (hoy, Kinshasa) y, en un discurso
coherente, duro, en clave revolucionaria, exigió la
independencia del Congo. Acto seguido se produjeron
movilizaciones en la ciudad. Lumumba escapó, pero fue
detenido más tarde por los colonialistas belgas,
considerado responsable de los desórdenes. El gobierno
colonial belga condenó a Lumumba y muchos de sus
partidarios por sedición y los encarceló. Lumumba, gracias
a la movilización popular, fue liberado en 1960.

Entonces, viajó a Bélgica para negociar la declaración de
independencia. De aquí saldría su sentencia de muerte al
negarse en redondo a entregar las riquezas de su país a las
compañías multinacionales belgas y norteamericanas. En la
campaña electoral para un Congreso Constituyente, Lumumba
se declara comunista y esta postura le vale el apoyo de las
clases trabajadoras para obtener la victoria en las urnas
en mayo de 1960. El 23 de junio se forma un gobierno de
coalición con Joseph Kasavubu como Presidente y Lumumba
como Primer Ministro, gobierno que proclamaría la
independencia días después, el 1 de julio.

El resultado político de las elecciones era enormemente
inestable. Junto a los verdaderos independentistas,
encabezados por Lumumba, partidarios de la unidad,
cohabitaban los neocolonialistas de Kasabuvu, dirigente de
la ABAKO (Asociación del Bajo Congo). El plan de Kasabuvu
no era mantener la unidad del país, por lo que, junto con
Moisés Tshombé (a quien Bélgica apoyaba), en la provincia
de Katanga (hoy Shaba), pretendió convertir el nuevo estado
en una federación descentralizada en la que prevaleciesen
los intereses locales. Pero Lumumba estaba resuelto a
forjar un gobierno central fuerte.

El rey belga, Balduino I, fue a Leopoldville (Kinshasa) a
proclamar la independencia personalmente. Esperaba que sus
colonos y sus secuaces locales le garantizaran un gobierno
dócil a sus voraces intereses imperialistas. Pero Lumumba,
el nuevo primer ministro, agarró el micrófono y le habló al
pueblo congoleño sobre la terrible vida colonial y las
nuevas esperanzas para el futuro y le dijo al monarca
imperialista: “Ya no somos sus monos”. El discurso dejó
horrorizado al rey. Lumumba siguió diciendo: “Durante los
80 años del gobierno colonial sufrimos tanto que todavía no
podemos alejar las heridas de la memoria. Nos han obligado
a trabajar como esclavos por salarios que ni siquiera nos
permiten comer lo suficiente para ahuyentar el hambre, o
vestirnos, o encontrar vivienda, o criar a nuestros hijos
como los seres queridos que son. Hemos sufrido ironías,
insultos y golpes día tras día sólo porque somos negros…
Las leyes de un sistema judicial que sólo reconoce la ley
del más fuerte nos han arrebatado las tierras. No hay
igualdad; las leyes son blandas con los blancos, pero
crueles con los negros. Los condenados por opiniones
políticas o creencias religiosas han sufrido horriblemente;
exilados en su propio país, la vida ha sido peor que la
muerte. En las ciudades, los blancos han tenido magníficas
casas y los negros destartaladas casuchas; a los negros no
nos han permitido entrar al cine, los restaurantes o las
tiendas para europeos; hemos tenido que viajar en las
bodegas de carga o a los pies de los blancos, sentados en
cabinas de lujo. ¿Quién podrá olvidar las masacres de
tantos de nuestros hermanos, o las celdas en que han metido
a los que no se someten a la opresión y explotación?
Hermanos, así ha sido nuestra vida. Pero nosotros, los que
vamos a dirigir nuestro querido país como representantes
elegidos, que hemos sufrido en cuerpo y alma la opresión
colonial, declaramos en voz alta que todo esto ha terminado
ya. Se ha proclamado la República del Congo y nuestro país
está en manos de sus propios hijos”.

A pesar de la declaración formal de independencia, los
militares belgas todavía controlaban el ejército y la
policía. Los grandes monopolios todavía controlaban los
recursos naturales y la burocracia del Estado. Manejaban
los hilos de la política interna del Congo, a través de
peones, como el presidente Kasavubu y el general Mobutu,
hombre de los servicios secretos belgas desde su época de
estudiante, y, luego, agente de la CIA norteamericana.

Inmediatamente después de proclamada la independencia, los
imperialistas iniciaron una campaña de desestabilización.
La CIA, el servicio de inteligencia belga y de otras
potencias trabajaban día y noche para mantener en el poder
a los congoleños leales al imperialismo. Bélgica retiró a
sus especialistas, tratando de provocar la parálisis del
país. Promovieron la sublevación de los policías
katangueños, dirigidos por Moisés Tshombé, un agente de la
compañía minera belga de Katanga (Shaba), que proclamó la
secesión de aquella región, donde se encuentran las
principales reservas mineras. Además, provocaron otros
movimientos secesionistas, como el del reyezuelo Alberto
Kalonji Ditunga, autoproclamado “Alberto I” de Kassai y
promovido por las sociedades mineras belgas que explotaban
la extracción de diamantes. Su objetivo era dividir al país
y repatírselo. Lumumba y los suyos eran el obstáculo y
había que acabar con ellos a toda costa.

Con la excusa de proteger a la población belga, Bélgica
envia tropas a Katanga, intentando sostener el gobierno
secesionista. Ante esta situación, el gobierno de Kinshasa
recurrió, primero, a las Naciones Unidas, para expulsar a
los belgas y ayudar a restaurar el orden. Las tropas belgas
se negaron a evacuar el país y continuaron apoyando la
secesión de Katanga. La ONU envió tropas, pero éstas no
sólo se negaron a intervenir en apoyo del gobierno central,
sino que intensificaron la desestabilización del nuevo
gobierno, y, finalmente, propiciaron el acoso y derribo de
Lumumba. Entonces, Lumumba solicitó ayuda a la Unión
Soviética, y, en septiembre de 1960, empezaron a llegar al
Congo asesores y agentes militares soviéticos. En agosto,
reunió a los principales líderes africanos en Kinshasa y
les pidió que unieran sus fuerzas al gobierno del Congo.

Las potencias imperialistas reaccionaron presionando al
Presidente Joseph Kasavubu para que acabara con Lumumba,
cosa que hizo el 5 de septiembre de 1960, destituyéndole
ilegalmente del gobierno y reemplazándolo por Joseph Ileo.
Pero Lumumba se negó a abandonar el cargo de primer
ministro y destituyó, a su vez, a Kasavubu. Los amos no
estaban satisfechos. Lumumba seguía vivo y era el dirigente
reconocido por las masas trabajadoras y campesinas. En
agosto, el presidente yanqui Eisenhower dio la orden de
matar a Lumumba. Uno de los asesinos enviados para la tarea
fue Frank Carlucci, que sería, luego, Secretario de Defensa
de Ronald Reagan.

Allen Dulles, que estaba al frente de la CIA, envió un
telegrama a su delegado en el Congo sugiriéndole que
reemplazara al gobierno congoleño tan pronto como le fuera
posible. El jefe de la delegación en el Congo, Lawrence
Davlin, recibió órdenes de mantener el secreto del
asesinato.

Patricio Lumumba, en una carta a su esposa, escrita en
enero de 1961, una semana antes de su asesinato, le decía:
“Ninguna brutalidad, maltrato o tortura me ha doblegado,
porque prefiero morir con la cabeza en alto, con la fe
inquebrantable y una profunda confianza en el futuro de mi
país, a vivir sometido y pisoteando principios sagrados. Un
día la historia nos juzgará, pero no será la historia según
Bruselas, París, Washington o la ONU, sino la de los países
emancipados del colonialismo y sus títeres”.

El 14 de septiembre, nueve días después de la destitución
de Lumumba, el coronel Joseph Mobutu Sese Seko, jefe del
Ejército, se hace con el control político en la capital,
desata una ola de represión contra las organizaciones
políticas y expulsa a los técnicos soviéticos. Auténtico
hombre fuerte del gobierno congoleño, antes de dos meses
Mobutu había devuelto el poder a Kasavubu y se autodesignó
comandante en jefe de las fuerzas armadas. Pero Lumumba
seguía vivo y, con él, la esperanza para el pueblo
congoleño. El 6 de octubre, Bélgica se une a los planes
asesinos de los estadounidenses y el Ministro de Asuntos
Africanos del gobierno, Aspremont Lynden, siguiendo órdenes
del primer ministro, el democristiano Gaston Eyskens,
ordena, en un cablegrama a Kananga, “eliminar
definitivamente” a Lumumba. El 10 de octubre, el ejército y
las tropas de la ONU le detienen, pero Lumumba logró
escapar el 17 de noviembre y huir en avión hacia su
principal base de apoyo, Kisangani (entonces llamada
Stanleyville), en donde contaba con mayores apoyos.

Comenzó el tributo de sangre que reclamaban los
imperialistas. El secretario general de la ONU, Dag
Hammarskjold, concertó una reunión con Tshombé, que tendría
lugar en la ciudad de Ndola, en Zambia. Cuando el avión de
Hammarskjold se aproximaba al aeropuerto de Ndola, perdió
el control y se estrelló. El Secretario General de la ONU
pereció en el “accidente”. Lumumba fue detenido de nuevo,
el 2 de diciembre, por el ejército. Siempre con las órdenes
de no intervenir, las tropas de la ONU hicieron la vista
gorda cuando lo torturaron brutalmente. Más tarde se supo
que se mantuvo firme durante las largas sesiones de
torturas y con la moral muy elevada. Lo llevaron primero a
Kinshasa, a una prisión del ejército congolés, donde lo
exhibieron ante los periodistas y diplomáticos. Durante el
mes siguiente, lo fueron pasando de un grupo a otro para
que lo golpearan y torturaran. Al final, lo llevaron a
Katanga. Allí, en un descampado en medio de la oscura
sabana, iluminado por las luces de los coches de la
policía, el oficial belga Julien Gat cogió del brazo a
Lumumba y lo llevó hacia un enorme árbol. El dirigente
africano apenas podía caminar a causa de las torturas. Un
escuadrón de ejecución, formado por cuatro hombres,
provisto de fusiles FAL belgas y revólveres Vigneron,
espera, mientras que 20 soldados, policías, oficiales
belgas y ministros katangueses observaban en silencio. El
capitán belga dio la orden de disparar y una lluvia de
balas acribillaron a Lumumba y a dos de sus ex-ministros,
Maurice Mpolo y Joseph Okito.

Para tapar la verdad, un equipo de policías belgas
desenterró el cadáver y lo disolvió en ácido sulfúrico que
proporcionó una compañía minera. El comisario belga, Gerard
Soete, que trabajaba para el régimen pelele de Katanga,
confesó que se le ordenó hacer desaparecer a los fusilados.
Su trabajo “no fue fácil, tuvimos que despedazarlos”,
reconoció el verdugo. Su cuerpo fue espantosamente
descuartizado para evitar su reconocimiento. Los
imperialistas no querían dejar ninguna huella del crimen.

Luego vino la campaña de intoxicación en la prensa.
Inicialmente, los imperialistas yanquis y belgas anunciaron
que lo habían asesinado “campesinos airados”; más tarde
dijeron que lo ejecutaron “sus enemigos congoleños”.
También contaron que, estando encarcelado en Katanga, a
mediados de febrero, intentó huir siendo mortalmente
herido.

Pero el parlamento belga, 40 años después, admitió su
responsabilidad en el asesinato en una sesión celebrada en
noviembre de 2001.

Cuando lo asesinaron, Lumumba tenía 35 años. Apenas había
permanecido tres meses como primer ministro. Su asesinato
indignó a millones de personas de todo el mundo.

Moisés Tshombé tomó las riendas de un nuevo gobierno títere
y se abrió un período de guerra civil de cinco años en la
que los imperialistas y sus sucursales locales trataron de
despedazar Congo. En 1965 lo reemplazó Mobutu, quien
gobernó y saqueó el país sin piedad durante décadas en
beneficio de sus amos de la metrópoli.

Hoy, cuando el reto de la revolución y la liberación
nacional se le plantea a tantos pueblos y movimientos, la
historia de Patricio Lumumba nos proporciona una clara
lección sobre la crueldad del imperialismo y el
neocolonialismo. Los soviéticos abrieron en Moscú la
Universidad “Patricio Lumumba” en su memoria para que allí
pudieran estudiar los estudiantes del Tercer Mundo. Y es
que Lumumba sigue siendo la antorcha ardiente de todos los
pueblos africanos.

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