Pedro Geoffroy Rivas

Pedro Geoffroy Rivas

Lunes 10 de febrero 2008
Ricardo Lindo
redaccion@centroamerica21.com

Pedro Geoffroy Rivas
Poesía
Canciones en el viento, (1933).
Rumbo (1935).
Para cantar mañana (1935).
Solo Amor (1963)
Yulcuicat (1965).
Cuadernos del Exilio
Los nietos del jaguar (1977)
Vida, pasión y muerte del Antihombre (1978)

Antropología y Lingüística
Toponimia náhuat de Cuscatlán (1961, corregida y aumentada 1973)
El español que hablamos en El Salvador (1969 y 1975)
El nahuát de Cuscatlán – Apuntes para una gramática Tentativa (1969)
Mi Alberto Masferrer (1953)
La lengua salvadoreña (1978)

Exigente hasta la intransigencia, de carácter explosivo, Pedro era puteador en todo el salvadoreño sentido de la palabra. Por eso le dijo Hugo Lindo una vez: “Vos no sos académico de la lengua, sino académico de la mala lengua”. Y a nadie, salvo a él, trataba mi padre de vos. Le decía eso también porque Pedro, quien manejaba el lenguaje con absoluta corrección, proponía un absurdo, abandonar el castellano y asumir la “lengua salvadoreña”. Según él, habría que institucionalizar expresiones cantinflescas como “ibir a una fiesta pero siempre no fui”. Pretendía ignorar la enorme ventaja que significa recorrer las tres cuartas partes del continente y atravesar el Atlántico sin cambiar de idioma, tener acceso a la literatura, a las canciones, al cine de más de una veintena de países, participar de la múltiple riqueza que el español implica, aunque haya sido impuesto originalmente por la fuerza, como suelen serlo las lenguas de los imperios. No creo que lo pretendiera realmente, como tampoco creo que García Márquez, proponiendo “enterrar la H prehistórica” buscara modificar la ortografía de un modo tan brutal. En ambos casos, deseaban llamar la atención del mundo académico sobre los peligros que implica aferrarse al pasado sacralizándolo e ignorar que, organismo vivo, el lenguaje va siendo modificado por los pueblos y es función de las academias estar atentas a esa evolución, estudiarla e integrarla.

Algo de esto sugiere Marcel Proust cuando corrige a una muchacha de servicio que habla mal francés y después se pregunta qué sentido tiene eso, si él, al hablar buen francés, está hablando mal latín.

Hay ahora una nueva gramática castellana que desconozco y que brilla por su ausencia en las librerías salvadoreñas. En ella, al parecer, mucho de lo que la Real Academia daba por malo es ahora bueno. Eso está bien, pero dadas las circunstancias debo por de pronto conformarme con escribir este artículo conforme a normas que en parte han de ser obsoletas. Sólo he integrado dos innovaciones que la prensa dio a conocer en su momento: ya no es necesario acentuar este, ese, aquel, cuando son pronombres personales, ni la palabra aun cuando significa todavía. Pero esa revisión general reivindica a Pedro Geoffroy Rivas y a los lingüistas que, como él, solicitaron una democratización del castellano.

El contradictorio Pedro

Pero volvamos al contradictorio Pedro, que hablaba buen castellano y propugnaba por el malo, que salió de una rica familia de terratenientes y se hizo comunista, que se volcaba hacia el futuro e indagaba las antiguas fuentes de la literatura nahuatl, que se volvió ferviente anticomunista con la misma fuerza que antes comunista, que evolucionó de joven revoltoso a viejo revoltoso y atrabiliario.

Lo recuerdo canoso, seco, enérgico, de bigote blanco, con aire de hacendado de película mejicana, cuando aun era amigo de Hugo Lindo, a comienzos de los años sesenta. Distaba aun mucho del viejo de respiración cansada y caudalosas barbas que llegó a ser director del Museo Nacional de Antropología.

No muchos amigos le quedaban a Pedro en el ambiente cultural de los sesenta, y también se encargó, andado los días, de putear a Hugo Lindo. Hugo Lindo hubiera podido reaccionar con filosófica complacencia, pero lo hizo intransigente y explosivo. Se habían dado la piedra con el coyol. Pero bien. Por aquellas fechas Pedro hablaba pestes de todo el mundo y en particular de la Generación Comprometida , (“esos ignorantes”) pero tenía ciertas figuras intocables. Una era Neruda. Otra, Claudia Lars, de la cual le oí recitar sonetos de memoria, afirmando que eran los mejores que se hubieran hecho en nuestro país. Mas tarde supe que había insultado al rector de la Universidad Nacional por haberse atrevido a hablar mal de Pablo Neruda. El santoral no se toca y aunque él ya no se contaba entre los marxistas se seguía contando entre los nerudianos, conciente, como era, de que el valor de la poesía se sitúa por encima de las opciones políticas.

En cuanto a los miembros de la Generación Comprometida , vieron en él un guía en sus inicios y se apartaron al verlo renegar de sus ideales políticos, aunque algo sintieron de una deuda pendiente. Así, cuando Roque Dalton escribe su novela Pobrecito poeta que era yo , toma el título de un verso de Pedro que aparece en Vida, pasión y muerte del Antihombre:

Pobrecito poeta que era yo, burgués y bueno.

Espermatozoide de abogado con clientela…

Sospecho que el adverso juicio de Pedro estaba motivado por el rencor. Los comprometidos andaban por los treinta años, de modo que era irracional pedirles que tuvieran su vasta cultura, y algunos ya estaban creando obras que han perdurado.

Pese a su carácter y a sus desplantes, nadie dudó de la importancia de sus escritos, ni como poeta, ni como lingüista, ni como antropólogo, y la admiración y el respeto fueron creciendo en torno suyo. Cuando unos jóvenes hippies fueron a consultarle sobre unos signos mayas, él dio su docta opinión. Ellos replicaron que Salarrué los había interpretado de muy distinta manera.

—¡Y ese h. de p. qué sabe! –respondió Pedro.

Fueron a contarle a Salarrué lo sucedido y el viejo se sacudió el comentario con la mano y respondió apacible:

—Tiene razón, si yo no sé nada.

Genio y figura. La arrogancia de Pedro, sabedor de su superioridad de científico. La humildad de Salarrué, quien reconocía ese mérito.

Era poesía verdadera, y sus versos eran versos

Y sí, el aporte de Pedro fue grande. Los versos arriba citados eran absolutamente inusuales al momento de su publicación. En los listados de sus obras que he podido consultar, Vida, pasión y muerte figura como publicada en 1978, pero se trata de una reedición. Es una obra anterior en décadas y pertenece a su momento de revolucionario expulsado del país de continuo.

Al hacer su autocrítica, Pedro cuestionaba los valores de su estrato social, pero iba más lejos. Estaba abriendo las puertas a una poesía desconocida en nuestro medio, en la que ingresaban temas reservados hasta entonces a la prosa, en un lenguaje conversacional. Pero era poesía verdadera y sus versos eran versos. Hoy el lenguaje conversacional y el verso libre han ganado la partida, pero rara vez podemos decir otro tanto. Se escriben sentimientos que han de ser ciertos, pero no nos llegan, y el autor o la autora nos afirman que son versos esa prosa mal tijereteada, donde el ritmo está ausente. Faltos de idea poética, que es muy distinta a la idea aprobada por el catedrático, faltos de música de las palabras, sólo pueden decir que contaron lo que piensan o sienten sin levantar el vuelo.

Mas no se agota en ese tono la voz de Pedro, que tiene muchos registros. Él mismo fue un consumado cultivador del soneto y otras sonoridades salen de su garganta cuando aborda el tema indígena, adoptando sonidos forestales.

En cuanto a los escritos de Pedro Geoffroy antropólogo, de Pedro Geoffroy lingüista, se siguen consultando con provecho.

Me dio Pedro ocasión de externar reflexiones que lo tocan tangencialmente y me he alargado más de lo debido, pero a quienes me hayan aguantado hasta el final les reservo una sabrosa anécdota.

Mi madre quiso saber donde está enterrado y preguntó a su viuda:

—¿Dónde está Pedro?

— No sé, pero no creo que en el cielo, porque era muy bravo…

Los designios de Dios son inescrutables, pero sabemos que brilla como un astro en el firmamento de nuestras letras.

Pedro Geoffroy Rivas nació en Santa Ana el 16 de septiembre 1908 y falleció en San Salvador el 10 de noviembre 1979

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