Recordando al maestro Reynaldo Galindo Pohl

Lunes, 06 de Febrero de 2012 / 09:55 h
Recordando al maestro Reynaldo Galindo Pohl

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Dagoberto Gutiérrez

La Facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador estallaba en risas, pláticas, saludos, miradas encontradas y desencontradas, de su numerosa población estudiantil. Los códigos de todo pelaje circulaban por sus corredores llenos de luz. En el centro de su pequeño patio engramado, varias palmeras danzaban y platicaban movidas por el viento.

Él siempre llegaba antes de la hora de clase. Se sentaba en la banca más cercana a una de las anchas puertas que deban acceso al aula, como un colegial bien portado. Nunca cruzaba una pierna sobre otra, y sus manos reposaban tranquilamente sobre algún libro o le ayudaban a ajustarse sus anteojos de lentes claros y suaves aros metálicos. Sus zapatos limpiamente brillosos, su corbata perfectamente ajustada en su pulcra camisa blanca. Todo él vestido con un discreto traje gris. Parecía no mirarnos o no escucharnos, pero siempre respondía a nuestros saludos, mientras miraba atentamente su reloj.

El aula, mientras tanto, se iba llenando. Algunos nos sentábamos en las primeras líneas porque la parte de atrás ya estaba asegurada, y expectantes, atentos y curiosos, esperábamos el momento en que el maestro ingresaba al aula a la hora exacta. Toda la ola del murmullo cesaba y el Doctor Reynaldo Galindo Pohl iniciaba su clase con toda su sabiduría, su paciencia y su generoso interés por promover nuestro acercamiento a la reflexión filosófica. En su exposición aparecían los grandes filósofos griegos, pero también los pensadores americanos, y sus palabras suaves siempre mostraban un pensamiento finamente organizado que no siempre estaba al alcance de nuestra comprensión o interés. Él parecía sonreír cuando explicaba temas difíciles y bajaba la voz que siempre resonaba en el silencio expectante del aula. Se paseaba cuidadosamente mientras exponía y nos inundaba con su mirada llena de comprensión y reflexión. Ahí estábamos los estudiantes de Derecho en el año 1962, tomando notas y tratando de seguir el hilo de su exposición. Ahí estaban Pepín Jiménez, el Zompopo Méndez Azahar, oloroso a Chalatenango, Belarmino Jaime, Carlos Armas, los hermanos Mayén, el Chele y el Negro, Rodolfo Chacón Sifontes, Marieta Suárez, Sonia Espínola, Glorita Sánchez Chévez, Consuelito Martínez, Lil Milagro Ramírez, Rhina Escalante, Pedrito Escalante, Enrique Kuny, Rubén Zamora, Eduardo Colindres, y otros que tengo en mi memoria y en mi corazón.

En estos primeros años de la década del sesenta se inició la reforma universitaria que abriría la universidad a amplios sectores de las clases medias que luego se radicalizarían políticamente. La industrialización había producido una numerosa clase obrera y el desarrollo de la sindicalización, recién había triunfado la Revolución Cubana, y en esos mismos meses ardientes, se asesinaría al Presidente Kennedy en los Estados Unidos para abrirle paso, sin restricción, a la guerra de Vietnam. Se preparaban las condiciones para la histórica campaña electoral de 1967.

El maestro Galindo Pohl hacía finos comentarios, casi imperceptibles, sobre la situación del país. Y, en honor a la verdad, esos comentarios me entusiasmaban porque yo estaba estudiando Derecho con el afán de entender la naturaleza del Estado y sus opiniones me conmovían. Nada denunciaba al hombre que había integrado el gobierno surgido de los entretelones del golpe de Estado de 1948, conocido como el Golpe de los Mayores. Sería el exponente más lúcido en los trabajos de redacción de la histórica Constitución de 1950 y Presidente de la Asamblea Constituyente que produjo esta Constitución. Su condición de luchador democrático lo llevó también a integrarse a la lucha contra la dictadura del Gral. Martínez en 1944.

Este episodio de nuestra historia contó con su talento, su inspiración y su condición de hombre bueno. Esta Constitución expresa el rompimiento con aquella de 1886 y establece un papel rector del Estado, incluso por encima del mercado. En realidad, la actual Constitución todavía conserva el sabor, el olor y las letras de esa Constitución del 50.

El maestro Galindo Pohl era un hombre de frente despejada, amplia y serena, de rostro bien proporcionado, de nariz bien construida, y de labios en los que se destacaba el inferior, más extenso que el pequeño labio superior, su mentón era definido y cerrado, su cabello peinado hacia atrás, y todo su rostro era suave y tranquilo. Todo él era cuidadoso en el trato y elegante en sus maneras. No era fácil encontrar a la persona que había estado doce años antes en el huracán de la lucha, la pasión y la confrontación propia del diseño de una nueva Constitución.

El interés por la Filosofía se va construyendo en el camino, en la medida en que el pensar y el actuar pasen a necesitarse mutuamente y sean los novios amorosos imprescindibles para transformar las realidades ofensivas. La Filosofía es una búsqueda permanente e irrenunciable de las verdades ocultas y te permite criticar la realidad sobre la base de la comprensión de la misma. Por supuesto que entre Ciencia y Filosofía han de haber los encuentros necesarios y los desencuentros inesperados. Pero una y otra son antiguas conocidas, y como suele ocurrir, pueden ser amigas entrañables y también enemigas. En todo caso, la reflexión filosófica requiere de disciplina y de importante necesidad de la verdad.

El maestro Galindo Pohl trabajó en un terreno fértil porque su conocimiento se unió a una vida dedicada al estudio y aplicación del Derecho Internacional. Llegó a ser una alta autoridad internacional sobre el Derecho del Mar y su opinión jurídica era respetada y tomada en cuenta en los litigios internacionales que definían los límites marítimos entre Estados.

Su muerte, a los 94 años de edad, ocurrida el 5 de enero del 2012, es una pérdida irreparable, y su herencia recia ha de inspirarnos para mantener eternamente vivo su ejemplo y su calidad humana. 

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