Sara de Ur

6. SARA DE UR
Y precisamente para esto hay que recordar a una última mujer, Sara de Ur, la mujer de Abraham, que en un viejo relato de la Biblia aparece como el primer ser humano que se rió. Y se rió nada menos que de las mismísimas palabras de los mismísimos ángeles, y el nombre de su hijo (Isaac en hebreo tiene relación con el verbo reír), recuerda para siempre el buen humor de su madre (Gen 21,6).

Las mujeres, y más dentro de la Iglesia, corren el peligro de dramatizar las situaciones que viven y de sentirse como «desterradas hijas de Eva». Y con eso no consiguen más que lamentaciones estériles que no conducen a ninguna parte. Tienen también el peligro de radicalizar sus posturas y convertirse en feministas avinagradas que alardean de poder pasarse del hombre, o en profesionales tensionadas que entran con agresividad en el terreno de la competitividad y de la concurrencia para conseguir el poder. O en mujeres culpabilizadas por no tener un trabajo remunerado, o por el amor materno, o por tener demasiada sensibilidad. La risa de Sara les recuerda algo muy importante que es el sentido del humor, un humor que no está reñido con la clarividencia para analizar situaciones insostenibles, ni con la lucha por conseguir un cambio.

El humor de las hijas de “Sara la risueña” es, como Isaac, hijo de la paciente espera de quien sabe ir más allá de toda decepción y de la sonrisa que es capaz de no quedarse en la simple ironía. Es él quien permite tener una mirada positiva para descubrir todo lo que existe de calidad de humanidad en las vidas de tantas mujeres: desde las amas de casa que arrastran el carrito de la compra y que llevan sobre sus espaldas el peso de la familia y de la educación de los hijos, hasta las que, desde el campo de la teología intentan crear un lenguaje nuevo que recuerde a todos que “Dios no tiene sólo hijos varones…”.

O las mujeres que llevan trabajando desde los 9 o los 11 años y no han podido ir nunca a la escuela y que ahora, a sus 40 o más años, empiezan un nuevo aprendizaje, acuden a centros de cultura, descubren lo que es tener amigas, comunicarse, ser creativas y cuántas cosas pueden hacer con unas manos que hasta ese momento parecía que sólo estaban hechas para quitar suciedad y con una palabra que hasta ahora no escuchaba nadie. Desde las que deciden comprometerse en las esferas de lo público o las que dejan atrás el modelo de «mujer bonsai» y se atreven a querer ser «árbol de mostaza» y a tener fe en sí mismas, hasta los hombres de buena voluntad, que también los hay, y que intentan crear un nuevo tipo de relación con la mujer rompiendo viejos odres, viejas costumbres, viejos lenguajes.

Qué alegría da encontrar hombres que se han decidido a cultivar esas cualidades que por «venerable tradición» eran sólo femeninas, y se han puesto imaginativamente a la tarea de demostrar que la «especialización emocional» también está a su alcance…

Y esa mirada positiva y esperanzada, más allá de todas las decepciones e impaciencias, es posible mantenerla cuando se tiene la convicción de que el Evangelio tiene razón, y de que existe en él una levadura capaz de levantar esta masa tan mal amasada de las relaciones dominadoras de unos países, unas razas o un sexo sobre el otro. Y es eso lo que nos permite seguir luchando contra todo lo que mantiene encorvada a la mujer, a cualquier mujer, sin olvidar que el secreto de toda vida humana es guardar el corazón abierto y vulnerable. Es lo que nos permite seguir buscando incansablemente que nuestra Iglesia cambie su actitud hacia la mujer, pero apostando a la vez por pertenecer a esta Iglesia de hombres y mujeres que tenemos que mantener viva la memoria de Alguien que supo permanecer en el amor hasta el final. Y seguir confiando en que esa memoria sigue arrastrándonos, más allá de nosotros mismos, a vivir una libertad insólita.

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