Crónica de una guerrilla (1)

Crónica de una guerrilla

Marvin Galeas*

(Primera parte)

La primera vez que oí hablar del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) fue a finales de 1974. Yo tenía entonces 16 años y acababa de regresar de Costa Rica, de estudiar el primer año de bachillerato en un colegio adventista. Cristóbal, el hermano menor de mi mamá, quien era apenas cuatro años mayor que yo, me contó que en la televisión había aparecido un tipo llamado Santos Lino Ramírez, anunciando que abandonaba a la Policía Nacional para incorporarse a las filas de la guerrilla.

El sujeto era alto, esbelto y tenía un pasamontañas. Cristóbal y Geovanni, mi hermano menor, estaban impactados por la imagen del enmascarado. He descubierto con el tiempo que los rostros enmascarados y las identidades clandestinas siempre producen un secreto y morboso atractivo.
Prueba de ello son Santo, el enmascarado de plata; El Fantasma, de Lee Falk, y últimamente Marcos, el de Chiapas.

A finales de 1975, luego de otro año de ausencia en el país, alguien me prestó un libro de Roque Dalton. “El poema de amor” me quebró todos los esquemas. Hasta ese momento, yo era aficionado, como muchos adolescentes, a Bécquer, Neruda, Gutiérrez Nájera, Manuelito Acuña y otros azucarados poetas. Me movió el tapete Dalton. Me morí de la risa leyendo “Pobrecito poeta que era yo”. Después supe que el ERP le había asesinado.

Me contaron que le mataron el Día de la Madre, acusado de ser agente de la CIA. Poco después leí los ríos de tinta que poetas de toda América Latina habían escrito en homenaje a Roque y en desprecio a los líderes del ERP. ¿Por qué le mataron? ¿Quiénes era estos tipos del ERP? Me puse a preguntar. La historia que recogí en pedazos tenía más sombras que luces.

En 1971, un movimiento clandestino, llamado simplemente “El Grupo”, secuestró y posteriormente asesinó al joven industrial Ernesto Regalado Dueñas. El cadáver apareció terriblemente torturado en la carretera a Apulo. Hubo muchas especulaciones en esa época sobre este terrible crimen que sacudió al país. El gobierno del general Sánchez Hernández publicó en todos los medios los nombres y los rostros de los implicados. Recuerdo los nombres de Sol Arriaza, Rivas Mira y Cáceres Prendes. Se ofrecía recompensa a quienes informaran sobre su paradero.

Luego vino el sonado juicio de Cáceres Prendes, un ex militante de la Democracia Cristiana. El sujeto fue sobreseído. En esos primeros años de los setenta, se respiraba en el país una densa atmósfera. Una tragedia de enormes proporciones se estaba cocinando a fuego lento. Había surgido la guerrilla, el más claro síntoma de sociedades enfermas.

A finales de la década de los sesenta, el Partido Comunista estaba haciendo aguas por todas partes. Su apoyo al gobierno en la guerra con Honduras había motivado a muchos de sus dirigentes y militantes de base a hacer fuertes críticas a los partidarios de la lucha no violenta, entre ellos Schafik Handal. Las andanzas del Che Guevara en Bolivia y la guerra de Viet Nam había prendido la calentura en muchos militantes comunistas. Querían acción y la querían de inmediato.

Salvador Cayetano Carpio, José Salvador Dimas Alas y otros radicales dirigentes comunistas fundaron, en 1970, las Fuerzas Populares de Liberación “Farabundo Martí”, FPL. La mayoría de sus fundadores eran líderes sindicales, maestros y no faltaba uno que otro cura afiliado a la Teología de la Liberación. La única diferencia entre el Partido Comunista y la FPL era en torno a métodos de lucha. Ambas organizaciones eran marxista-leninistas y pro soviéticas.

Por esos días, justamente, un grupo de jóvenes demócrata cristianos de familias de clase media, muchos de ellos ex alumnos de los mejores colegios de la capital y miembros de las juventudes católicas, se embullaron con la lucha armada. La Universidad de El Salvador era un hervidero de ideas y debates sobre cómo darle forma a la guerrilla. El llamado “El Grupo” surgió como una nueva izquierda, alejada de los tradicionales partidos comunistas y con fuertes críticas a la Unión Soviética, pero era tan radical como las FPL y el Partido Comunista.

Después del asesinato de Ernesto Regalado Dueñas, durante meses no se volvió a saber nada de “El Grupo”; fue hasta en marzo de 1972, en medio de un candente proceso electoral, que reapareció con el nombre de Ejército Revolucionario del Pueblo. Los flamantes guerrilleros mataron a dos guardias cerca del antiguo Hospital Bloom, y lanzaron un comunicado que decía: “La guerra de los pobres ha comenzado; la paz para los ricos ha terminado”.

Alejandro Rivas Mira, de seudónimo Sebastián Urquilla, era el jefe de la organización. Entre sus primeros militantes clandestinos estaban ya Joaquín Villalobos, Ana Sonia Medina, Lil Milagro Ramírez y Vladimir Rogel, entre otros. Rivas Mira, me contaron mucho tiempo después, tenía una personalidad extraña, un hombre que había leído mucho, un conspirador nato, de gustos exquisitos y de sangre fría para tirar del gatillo. Su mujer tenía el seudónimo de Gertrudis. Según le recuerdan algunos, era una muchacha bonita, procedente de una acomodada familia capitalina.

Entre 1972 y 1975, el ERP se dedicó a construir todo el andamiaje de la clandestinidad, reclutar jóvenes, sobre todo estudiantes de la Universidad y del Bachillerato en Artes. Pero al mismo tiempo realizó una serie de atentados dinamiteros, ataques a pequeñas guarniciones de los cuerpos de seguridad, tomas de emisoras, “ajusticiamiento” de guardias, policías y hasta de vigilantes nocturnos, para quitarles las pistolas.

Dos hechos marcaron al ERP para toda su historia: los asesinatos del poeta Roque Dalton, en 1975, y del empresario Roberto Poma en 1977. Todavía en 1979, yo no tenía la menor idea de que un día iba a enredarme en la historia de esta guerrilla, ser testigo de sus momentos de euforia y desastre, su auge, sus delirios de poder, sus acciones militares, su debacle y metamorfosis hasta mi ruptura total y absoluta con uno de las más veleidosos grupos de nuestra historia. (Continuará).

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