Crónica de una guerrilla (V)

Crónica de una guerrilla

Por la tarde llegaron los máximos comandantes. Joaquín Villalobos, lejos de tratar de persuadir a los asistentes de sus ideas, los confrontó, los regañó. Quería imponer ideas políticas como quien gira orden militar. Estaba convencido de que había que virar a la democracia, pero quería imponer, verticalmente, a “la masa”, la conversión. Pero la guerra había acabado. Ya nadie le hacía caso a nadie. Se habían roto los hilos ideológicos y económicos que aseguraban la obediencia.

Lunes 11 de junio de 2007
Marvin Galeas
Quinta y última entrega
redaccion@centroamerica21.com

Comandancia General del FMLN, Joaquín Villalobos, Fermán Cienfuegos, Francisco Jovel, Shafik Hándal, Salvador Sánchez Cerén.

En El congreso del ERP en Jocoaitique, en 1992, fue un monumento al suicidio. La mañana en que arrancó el evento en la escuela pública del poblado estaban ausentes los máximos comandantes. Ellos llegarían pasado el mediodía. Carlos Argueta, el más joven de los miembros de la comisión política, fue asignado para coordinar la sesión inaugural.

Allí estaban los antiguos comandantes de frentes y unidades guerrilleras, los cuadros políticos, los dirigentes de las organizaciones de masas, los representantes de la organización en diversas capitales del mundo, los dirigentes de las comunidades eclesiales de bases, miembros de las estructuras de prensa y propaganda. Muchos combatientes andaban con sus armas, pues el proceso de desarme, supervisado por la delegación de Naciones Unidas, ONUSAL, aún no había terminado.

La primera sesión fue dedicada a elegir a los representantes que presidirían el congreso y a estructurar la agenda. Sin embargo, había en el aire un ambiente tenso que se reflejaba en las fuertes críticas a los máximos dirigentes. Pocos días antes, había circulado un folleto escrito por Joaquín Villalobos, titulado: “El socialismo democrático”, en el que abiertamente planteaba la conversión del ERP a la social democracia.

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Pero el malestar no sólo era por aquel folleto. Había incertidumbre por el futuro. A los combatientes nadie les había explicado qué iba a pasar con su vidas una vez se desmovilizaran. La mayoría de los comandantes y cuadros de la guerrilla habían dedicado sus vidas a hacer la revolución y no había aprendido ninguna profesión u oficio con el cual mantenerse. No había toma del poder como en Cuba y Nicaragua. No habría entonces repartos de cargos públicos, ni de tierras. No habría expropiaciones de fábricas y empresas para transferirlas a los colectivos de trabajadores.

Se había repetido millones de veces que la cosa era de vencer o morir, revolución o muerte, de no olvidar jamás a los descalzos sin pan, de odios implacables en intransigentes contra los enemigos del pueblo, de nunca deponer las armas. Se había ajusticiado a más de alguno por dudar de los principios revolucionarios o por sospechoso. Y ahora, en un golpe de timón, había que convertirse en social demócrata, entregar lo fierros, sacar documentos en las alcaldías y salir a buscar trabajo con una hoja de vida, que aparte de un nombre de pila en desuso (por la tradición del seudónimo) no decía nada. Los programas de reinserción fueron como ponerle un parche a aquel estropicio de quimeras incendiadas e ilusiones destrozadas.

Combates en la colonia Escalón, durante la ofensiva de 1989

Por la tarde llegaron los máximos comandantes. Joaquín Villalobos, lejos de tratar de persuadir a los asistentes de sus ideas, los confrontó, los regañó. Quería imponer ideas políticas como quien gira orden militar. Estaba convencido de que había que virar a la democracia, pero quería imponer, verticalmente, a “la masa”, la conversión. Pero la guerra había acabado. Ya nadie le hacía caso a nadie. Se habían roto los hilos ideológicos y económicos que aseguraban la obediencia.

Hay que tomar en cuenta que la máxima dirección controlaba sin fiscalización alguna, desde las bases, el dinero y los recursos de donde salía la comida, los uniformes, los viajes, la gasolina, las medicinas para sanar y los tiros para matar. Eso ya se había acabado en Jocoaitique. La obediencia también.

Las intervenciones de los máximos comandantes, especialmente de Joaquín Villalobos, parecían tener el propósito de acabar con la organización. Después de aquel congreso, el pegamento ideológico y moral que sostenía el andamiaje se evaporó. Los ladrillos comenzaron a desmoronarse entre resentimientos, sospechas, mutuas acusaciones y una que otra amenaza de muerte.

En 1997, el instrumento social demócrata (el PD), que la dirección del ERP quiso convertir en la opción de poder desde la izquierda para pactar la transición con ARENA, desapareció porque obtuvo sólo 13 mil votos. Muy pero muy abajo del 3% requerido para sobrevivir. La bofetada en pleno rostro para aquellos antiguos héroes de los pobres fue terrible.

Así terminó aquella aventura guerrillera iniciada a principios de los años setenta por un puñado de jóvenes, estudiantes universitarios en su mayoría, que en el camino pasaron por todo. Conocieron de los rigores de la clandestinidad, lloraron por la muerte de sus compañeros caídos, algunos fueron salvajemente torturados, aprendieron a matar, pusieron a temblar a los poderes fácticos de El Salvador, preocuparon, y en serio, al Gobierno de Estados Unidos, soñaron con que el poder estaba a la vuelta de la esquina, fueron audaces, fueron temerarios y controvertidos, tuvieron momentos de torpeza, pero también de gran habilidad política. Fueron los últimos en llegar al FMLN y los primeros en retirarse. La primera guerrilla en formarse y la primera en disolverse.

Ya no guardo ningún tipo de relación con los antiguos dirigentes del ERP. No me interesa ni la social democracia, ni la democracia cristiana, ni las luchas por el poder. Estoy, como ciudadano, claramente definido con las ideas liberales. Mi propósito con esta crónica no es juzgar nada, sino contar en una apretada síntesis la historia de una organización que tuvo un alto papel protagónico en la historia reciente de nuestro país.

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