De México a Moscú

De México a Moscú

Manuel Gómez1

Manuel Gómez es un norteamericano que vivió en México bajo ese nombre después de la primera guerra mundial. Fue en un tiempo integrante del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Theodore Draper lo entrevistó en Nueva York a comienzos de este año (1964). Comienza su historia en 1919 cuando estaba trabajando en la ciudad de México en la publicación de un periódico.

Pregunta: Bien, ¿por dónde empezamos?

Respuesta: Podríamos comenzar por El Heraldo de México. Yo los había convencido de publicar una sección inglesa y fui a ver al editor con el modelo, la maqueta, que había preparado. Les gusto mucho. Estaban interesados especialmente en conseguir avisos de la colonia norteamericana y de intereses norteamericanos. Y así fue que me contrataron para editar la sección inglesa de El Heraldo de México. Contraté un personal de cinco personas para realizarla. El personal consistía de Eleanor, mi esposa en aquel tiempo, Mike Gold, Henry Glintencamp, el artista, una tal mistres Carter, una anciana de alta sociedad de la colonia norteamericana que iba a ocuparse de la columna de sociales, y otra persona más de la que ahora no me acuerdo, y yo, por supuesto. Nosotros éramos el personal, y empezamos a usar esta sección inglesa con la más completa irresponsabilidad desde el punto de vista de nuestros patrones. Por ejemplo, el 16 de septiembre –que es el 4 de julio mexicano– lanzamos un editorial que decía: “México todavía no es libre. No será libre mientras no lo esté del imperialismo yanqui”. Y tomábamos buena cantidad de materiales de Soviet Russia Today.

¿La edición inglesa?

—Si, la edición inglesa, y por cierto que la metíamos ahí en gran escala. Lo único que no tiraba hacia el socialismo era la columna de sociales de mistres Carter.

¿Usted se consideraba un radical o un socialista en aquella época?

— ¡Oh! yo era socialista. Ciertamente, yo integraba lo que se llamó en México el Partido Socialista, que consistía en lo que llamábamos cinco gatos; no tenía ningún peso.

¿Mike Gold lo integraba, o él todavía no se consideraba a sí mismo socialista?

—Se afilió después que vino a México. Había estado en Tampico, éramos los únicos miembros del personal que pertenecíamos al Partido y me imagino que yo era el único activo realmente, y la actividad consistía en gran parte en asistir a reuniones, ayudar a preparar volantes, hacer algún discurso, etcétera. Es curioso que, a pesar de lo pequeño que era el grupo, no dejó de preocupar al movimiento sindical mexicano, muy sensible, dirigido por Morones, la CROM. Vino a vernos varias veces y trato de decirnos que su organización procuraba las mismas cosas que nosotros, y lo mismo el gobierno mexicano. Pero nosotros éramos muy izquierdistas y muy puros, y no queríamos tener nada que ver con esto.

¿Y entonces un buen día apareció Borodín en escena?

—Estoy llegando a eso, sí. Entretanto me fui familiarizando con Roy, quien por ese entonces había asistido a una o dos reuniones del Partido Socialista.

¿Qué impresión le hizo? Tiene algún recuerdo de su primera impresión sobre Roy? ¿Qué clase de persona era? ¿Qué aspecto tenía?

—Sí. Era alto, delgado, guapo y melancólico. Espantosamente serio, profundamente nacionalista. En realidad no le importaba nada el socialismo en esa época. Pero tenía mucho tiempo libre en México, y lo llenaba en parte recorriendo reuniones diversas, como a veces uno hace; pienso que en buena parte para oír español.

¿Por qué estaba en México?

—Había estado en California. Recibía dinero de los alemanes, como me imagino que lo recibían Gupta y algunos otros indios que estaban en México. Se había enemistado con el aparato clandestino de los Estados Unidos y entonces él y su esposa, Evelyn, que era norteamericana, se fueron a México, igual que aquellos otros indios.

En una palabra, ¿había un pequeño grupo indio allí, que él integraba?

—Bueno, había tres o cuatro, pero los dos únicos nombres que puedo recordar son los de Gupta y Roy. Se detestaban cordialmente entre ellos, todos, y no tenían mucho que ver entre sí. Roy era muy joven –no recuerdo que edad tenía–, pero era más o menos de mi edad, y yo era muy joven. Era un brahmán, ya se sabe, y había estado preso en la India por actividades nacionalistas; yo creo que estaba en el ala terrorista del movimiento nacionalista. Se tomaba a sí mismo muy en serio, y consideraba que su cometido en la vida consistía en prepararse para la liberación de la India del régimen británico y actuar como un militante protagonista en ella. Por aquel tiempo no tenía ningún interés en los problemas económicos de ninguna clase; vivía en una casa espléndida que arrendaban él y Evelyn: los dos vivían solos en ella. Y como la mayoría de los demás norteamericanos de nuestro grupo éramos muy pobres, se convirtió en un lugar al que uno podía ir de cuando en cuando y conseguir una buena comida. Más adelante yo gané bastante dinero como editor de la sección inglesa, pero adoptamos una política –yo adopte una política– de repartirnos salarios iguales; éramos muy igualitarios. De modo que yo sólo sacaba una participación igual a la de los demás. Hacíamos esto con todos, excepto con mistres Carter, que era muy particular. Roy y yo nos hicimos muy buenos amigos. Me gustaba. Me parecía una personalidad muy brillante, fascinante, y sosteníamos muchas discusiones, largas polémicas sobre el socialismo, y jugábamos bastante al ajedrez.

Un día vino un hombre a mi oficina de El Heraldo de México; teníamos toda una sección ahí, por cierto que era un verdadero diario. Tenía como colaboradores de su revista a varios de los principales poetas y figuras literarias. El general Alvarado, el editor, tenía ambiciones políticas: quería llegar a ser presidente de México, en realidad ésa era la base de la cosa. Y podría haber llegado a presidente, no era absurdo, si no lo hubiesen asesinado. Pero su asesinato no ocurrió mientras yo estuve allí.

Un día vino un muchacho a mi oficina, un norteamericano de origen mexicano, que se me presentó como Rafael Mallén, y conversamos un rato. Dijo que acababa de llegar de los Estados Unidos, que le parecía muy interesante que hubiera una sección inglesa, etcétera, etcétera, y que le gustaría hablar con los editores, y dijo que le interesaba particularmente ver qué tan liberales eran los puntos de vista del periódico. Quería saber si teníamos posición política. Y le dijimos –es decir yo le dije, porque yo era el único con quien podía hablar, aunque después conversó también con Mike Gold–, que obviamente teníamos una gran simpatía por los socialistas, y por el ala izquierda del movimiento socialista, porque pensábamos que muchos socialistas habían traicionado sus ideales durante la guerra. Preguntó que opinábamos de Rusia, y yo le dije que si había leído nuestro diario ya habría visto que simpatizábamos mucho con Rusia.

Entonces dijo, después de cambiar de tema y de pasar a otros asuntos, que tenía un amigo que había venido con él a México, al que le gustaría mucho encontrarse con nosotros, que estaba deseoso de hacerlo. Dijo que a su amigo le gustaría invitarnos a comer, a mí y a Mike Gold. Bueno, era algo un poco fuera de lo común. Claro, le dijimos. Y nos preguntó: “Bueno, ¿pueden venir ahora mismo?” Pues déjeme terminar lo que estoy haciendo –no recuerdo qué era–, iré a buscar a Mike e iremos. Y fuimos. Lo acompañamos a su hotel, que creo que era el Ritz, y por supuesto nos estaba esperando Borodín; subimos directamente a la habitación; tenían una suite, y Borodín se paseaba de un lado a otro de la habitación. Nos presentó al hombre que ahora conocemos como Borodín, pero nos lo presentó como el señor Alexandrescu. Tenía un pasaporte rumano con ese nombre. Y Borodín, como fue su costumbre durante todo el tiempo que yo lo conocí, encaró el tema como encaraba todos los temas, con muchas vueltas. Uno se pone a hablar con Borodín conversando sobre la serie mundial, y por etapas, que uno ni se da cuenta de que pasan, acaba hablando de la revolución rusa. En muchos sentidos, Borodín era el hombre más cauteloso que he conocido y uno de los más dados al secreteo, a hablar en susurros y mirando en derredor.

¿Puede recordar cuándo ocurrió eso?

—Esto fue en el año de 1919. No puedo recordar el mes, pero tiene que haber sido a comienzos de 1919. Diría que a principios del verano; fines de primavera o principios del verano.

Dijo:

Ustedes tienen unos diarios bastante liberales en México, ¿verdad? [después de un buen rato de conversación]. Este Heraldo de México es extraordinario. ¿Ustedes creen que sería buena idea ver…? Me interesaría mucho hablar con el propietario y con el editor del diario.

Yo lo desengañé rápidamente. Le dije que la política del diario es muy diferente de la sección inglesa. La sección inglesa arrancó con dos o tres anuncios norteamericanos, y ya antes de terminar los perdimos; ningún norteamericano quería anunciar ahí.

¿Con qué carácter se presentó Borodín? ¿Como hombre de negocios?

—Sí. Un hombre de negocios que venía de Chicago y estaba en México para una estadía indefinida. Con todo, ya antes de que terminara nuestra primera entrevista, estaba claro que no necesitaba tener ninguna precaución con nosotros. Y precisamente a causa de todo su misterio, precisamente por eso, nos dimos cuenta muy pronto de que era alguna clase de emisario ruso. Y no demoró mucho en derribar todas las barreras, y nos preguntó si podríamos encontrarle un lugar permanente para vivir, etcétera. Entonces nos dijo –no estoy seguro de si fue entonces o después, pero de cualquier modo–, a su debido tiempo nos dijo todo sobre sí mismo, que era ruso, que era integrante del Partido Bolchevique, que había vivido algún tiempo en los Estados Unidos, enseñando en una escuela en Chicago, y que había venido de Chicago con Rafael Mallén, quien le había sido recomendado por Adolph Germer, secretario del Partido Socialista en Chicago en aquel tiempo. Mallén había venido como su intérprete, y no desempeñó ningún papel en ninguna de estas discusiones luego del comienzo.

En realidad, como le dije, la política de El Heraldo de México no tenía nada en común con la nuestra. De hecho, después de un tiempo, el general empezó a recibir quejas y me llamaba a su despacho para pedir explicaciones. Y yo fingía inocencia, diciéndole que no entendía de qué se quejaba la gente. No, no era así, nos esforzábamos por seguir la política general del diario, etcétera. Es asombroso que hayamos durado tanto.

Bueno, nos hicimos muy amigos de Borodín, le conseguimos un lugar para quedarse, y el lugar que le conseguimos para quedarse era la casa de Roy.

De modo que así conoció a Roy.

Sí. La casa de Roy estaba por algún lugar cerca de Bucareli, por lo que recuerdo. Borodín dijo que había venido a México con credenciales del gobierno soviético como embajador en México, y efectivamente las tenía, esas credenciales; por lo que sé, aunque nunca le pedí que me las mostrara. Pero quería que se sondeara a (el presidente) Carranza. Presentaría esas credenciales únicamente si había algún indicio de que serían aceptadas y de que el gobierno soviético era reconocido por Carranza. No pudo obtener una respuesta favorable a eso. Carranza era muy antinorteamericano, pero era progermano y no tenía ninguna intención de agitar las aguas hasta el grado de que todos –todas las grandes potencias– estuvieran contra él.

Borodín también traía otra misión, que habría de ser la primera, aun cuando llegase a ser embajador en México, y consistía en financiar y hacer funcionar la organización de lo que hoy llamaríamos los movimientos comunistas en América Latina, con México como centro.

¿No en América del Norte?

No, para toda América Latina. No estoy seguro de eso, de si incluía a Norteamérica. No estoy seguro. Era muy ignorante acerca de América Latina. Bueno, como sea, el caso es que Borodín y Roy se hicieron grandes amigos, y por cierto que éramos un trío de grandes amigos, Borodín, Roy y yo. Pero como Borodin vivía en casa de Roy, el y Roy se veían a diario y llegaron a apreciarse mucho. Borodín real-mente era un hombre de un intelecto extraordinario y de un conocimiento enciclopédico. Recuerdo como me trazo en un mapa la retirada de Washington a través de Long Island. Podía citar largas tiradas de Shakespeare.

Hasta aquí no tenemos a ningún mexicano en la historia, salvo a Mallén.

—No, y en realidad no va a aparecer ningún mexicano hasta la época en que se fue Borodín. Excepto aquel que sondeó a Carranza, algún amigo de Roy. Roy gozaba de aprecio entre gente del gobierno mexicano; tenía algunos buenos amigos ahí. Era cosa fácil de conseguir en México si uno se mezclaba en ciertos círculos, y a través de Roy se logro que algunos mexicanos de alta posición (no recuerdo quiénes) sondearan a Carranza; y no había nada que hacer.

Bueno, después de un mes o dos, Mallen desapareció de la escena, y un buen día Borodin me pregunto: “¿Te gustaría hacer un viaje?” Le conteste: bueno, parece interesante; tendría un problema con mi trabajo, pero de todos modos la sección inglesa ya no va a durar mucho, porque estoy teniendo cada vez mas entrevistas con el general. La luna de miel se acabo, de modo que si puedo ser útil, pues con mucho gusto.

“Bueno” —me dijo—, “es una misión muy delicada la que tengo para ti, pero me parece que si te encargas de ella harás algo que vale la pena”. Muy bien —le conteste—, dime de que se trata.

—Me dijo: “¿Te acuerdas de Rafael Mallen?” Claro que sí —repuse.

“Pues déjame que te cuente una historia” —me dijo.

Cuando vine a los Estados Unidos, esta última vez, a bordo conocí a un alemán que vivía en Haití. Era un burgués, pero sin embargo era un hombre con el que tuve buena relación y en el que deposite bastante confianza. [Borodin, por supuesto, hablaba perfecto alemán, muy buen trancés, perfecto inglés, y probablemente varios idiomas más.] Yo llevaba una maleta, y esa maleta contenía algunos proyectos2 importantes, que tenían una naturaleza que podríamos llamar comprometedora, hablando entre revolucionarios.

¿Entendió usted que se trataba de proyectos de ingeniería de alguna clase? ¿0 pensó en términos políticos?

—No pensé ni pregunte nada. Podían ser planes para una sublevación, podían ser proyectos de ingeniería, cualquier cosa. Bien, Borodín dijo que cuando el barco se acercaba al puerto empezó a preocuparse un poco por tener consigo ese material comprometedor. Y entonces se dedicó intensamente a cultivar los lazos amistosos con este alemán y llegó al punto de que el alemán aceptara tomar a su cargo la maleta como suya propia. Y después de haber pasado la aduana, ver a Borodín en su hotel y devolverle la maleta en Nueva York. Desde luego, no había ninguna precaución que Borodín hubiera podido tomar, salvo verificar el domicilio del alemán y mirar su pasaporte, que era un pasaporte haitiano. De cualquier modo, el hombre no apareció más, y Borodín decía que aquellos proyectos eran de tremendo valor.

¿Y entonces le pidió a usted que fuera a Haití a buscarlos?

—Dijo que había enviado a Mallén a Haití a buscarlos, pero habían pasado casi dos meses y Mallén no había vuelto, ni se había oído palabra de él.

De modo que mi misión consistía en ir a La Habana. No había ninguna línea directa de vapores de Veracruz a Haití. Tenía que ir a La Habana y verificar inmediatamente todos los viajes de La Habana a Nueva York, y en el caso de encontrar el nombre de Mallén debía informar en seguida. También tendría que ir a todos los hoteles de La Habana y ver si encontraba rastro de Mallén. Si encontraba a Mallén, tenía que llevármelo de vuelta conmigo, y me dio un revolver y me dijo: “Si lo necesitas, usa esto”.

¿Usted había usado otro alguna vez?

—Bueno, había usado armas en México, cazando. Y tenía un revolver. Por aquellos días todo el mundo andaba armado en México. Los trenes no corrían de noche, y tampoco lo hacían de día sin una escolta al frente y otra atrás.

¿De modo que su primera misión era recuperar a Mallén?

—Sí. Si no lograba encontrar a Mallén, debía tomar un barco a Haití, a Port au Prince y en las afueras de Port au Prince, en lo alto de las colinas, encontraría a ese hombre. Me dio una dirección, y yo debía presentarme de parte del señor Alexandrescu y pedir la maleta; y –en caso de que ofreciera resistencia– decirle que sus parientes en Europa no estarían seguros a menos de que me la entregara.

Bueno, llegue a La Habana, recorrí todos los registros de los hoteles, revise los vapores que partían a Nueva York y las listas de pasajeros de algunas semanas atrás: no había rastro de Mallén. Y entonces informe a Borodín: “Continúo hacia Haití”. Llegue a Haití de noche, bajo lluvia torrencial, y subí al sector que ahora se llamaría Pétionville, arriba en las colinas. Encontré la casa. Estaba bastante aislada. Y me abrió la puerta una mujer, una alemana. Me presente de parte del señor Alexandrescu y casi tuvo un acceso de pánico. O al menos así me pareció. Por lo menos temblaba. Si era pánico o era indignación, no podía saberlo con seguridad. Llamó a su marido, y el apareció realmente furioso. Tan pronto como oyó el nombre de Alexandrescu se dirigió a un armario, lo abrió y sacó una maleta que tenía un doble fondo desgarrado, y dentro de la maleta había unos planos, rollos de planos. Pero toda la maleta estaba deshecha. El doble fondo estaba a la vista. Yo no había oído nada sobre un doble fondo, pero de todos modos estaba contento porque la maleta estaba llena de rollos de planos. Y entonces me dijo: “¡Ahora, tome eso y lárguese de aquí! Ya me visitó antes una persona, y cuando quise hacerte un favor al señor Alexandrescu no me dijo que me estaba dando una cosa con doble fondo que me iba a traer problemas”. Pero como yo tenía los papeles no me importó nada, tome la maleta y me fui.

Entonces volví a La Habana. Y mientras estaba esperando el barco para Veracruz, fui y revisé las listas de pasajeros, las listas recientes, de las salidas a Nueva York. Y encontré que para el día siguiente un vapor de la Ward Line a Nueva York incluía el nombre de Rafael Mallén como pasajero. De modo que me quedé, me fui al vapor y dije que era un visitante, subí y espere en la barandilla, observando a cada persona que llegaba. Muy pronto apareció Mallén. Parecía nervioso. Tal vez fuera mi propia nerviosidad. Pero ciertamente se sobresalto y se asombro al verme, porque lo aborde inmediatamente. Le dije: Ven acá. ¿Qué estás haciendo en este barco? Me contestó: “Voy a Nueva York”. No –le dije–, no vas. Le apunté derechamente con el revolver; temblaba como una hoja. Era un individuo muy miedoso —Mallén—, y estaba espantado por algo; bueno, tal vez fuera por la pistola. Le dije: Te vienes conmigo a México. Telegrafié a Borodín: “Regreso a México con proyectos y Mallén”. Y me sentí muy bien.

¿Por qué el alemán no le dio los proyectos a Mallén?

—Bueno, puedo contestar a eso ahora, desde luego, aunque en aquel tiempo no lo supe. Lo que tenía importancia en la maleta no estaba dentro de ella cuando yo me la llevé. Puede ser que se lo haya dado a Mallén, o puede habérselo quedado él mismo. Puede haberle dicho a Mallén lo mismo que me dijo a mí, que ahí había papeles. Yo sólo pensaba en papeles, porque sólo se me había hablado de eso.

¿Pero usted no puede estar realmente seguro de lo que ocurrió entre el alemán y Mallén?

—Nadie lo sabe. Bueno, yo me sentía como un héroe. Y cuando llegué a la estación de México, desde Veracruz, con Mallén a remolque, ahí estaban Borodín y Roy esperándome en la estación, todos sonrisas. Y Borodín dijo: “Tenemos una cena con champaña para ti”. De veras que fue una recepción notable.

Tan pronto como llegamos a casa de Roy, Borodín abrió la maleta y dijo: “¡Acá no hay mas que papeles!” Le dije: Bueno, eso es lo que me dijiste que consiguiera. Y el: “¡No! ¡No! ¿Dónde están los diamantes? ¿Dónde están los diamantes? ¡Eso es lo que busco! ¡Ahora habrá que registrarlos a los dos!” Me registró a mí y registró a Mallén. Le dije: Yo no se de qué se trata todo esto.

Entonces se llevó a Mallén a la sala y empezó a interrogarlo. Mallén alegó total inocencia, total ignorancia de nada que no fueran papeles. Dijo que se dirigía a Nueva York por lo misterioso y enigmático del asunto; lo había asustado ese doble fondo y la actitud del alemán, y quería alejarse de todo esto. Borodín lo trató de mentiroso y de ladrón, lo amenazó con matarlo, con torturarlo, con cuanta cosa se pudiera imaginar. Sin embargo, no consiguió nada. Finalmente dejó que Mallén se fuera.

Y con eso terminó el episodio de los diamantes, excepto que, por supuesto, nuestra cena fue lúgubre. Yo estaba resentido con Borodín, porque no me había tenido confianza para decirme de qué se trataba. Pero por otro lado, yo era un soldado de la Revolución, y aunque estuve resentido y enojado con Borodín por un rato, comprendía que al fin de cuentas yo no era más que un muchacho enviado a cumplir una misión, que hay que actuar con cierta sutileza en este mundo, y que no se le confía toda la información ni siquiera a un emisario de confianza.

Supuestamente, los diamantes estarían destinados a financiar sus actividades. ¿Mencionó esto alguna vez?

¡Sí!, ¡sí! Aquellos diamantes procedían de las joyas de la corona. Algunas de ellas se habían vendido en Amsterdam, pero la mayor parte no podía venderse en Amsterdam porque había demasiadas joyas de la corona en el mercado de Amsterdam en aquel tiempo.

¿Le dijo alguna vez cuánto valían?

—No. Sólo dijo que eran muy valiosas; que eran para financiar todo el movimiento; puede haberse referido solo a América Latina —podía haberse tratado de América del Norte—, realmente no recuerdo si fue explícito. Me dio la impresión que se trataba de América Latina.

Ahora, durante todo ese tiempo, supongo que debe haberse desarrollado bastante actividad intelectual: Borodín hablándoles de marxismo a usted y a Roy, etcétera. ¿Podría decirse que ustedes eran sus conversos más importantes? ¿0 tenía él relaciones también con otra gente?

—No, no tenía relación con nadie más. Era demasiado aficionado al secreto para eso. Confiaba en nosotros para todos sus contactos. En realidad, en mi caso, no tuvo que lograr conversión alguna. No era sino cuestión de enseñarme. El tenía que enseñarme, y nosotros convertimos al Partido, hicimos que el Partido en México se afiliara a la Internacional Comunista.

¿Se trata del Partido Socialista de México?

—Sí.

Del cual Roy fue presidente en un tiempo, ¿no es así? Roy afirma que alguna vez fue electo jefe del Partido. ¿Usted recuerda algo parecido?

—No, no recuerdo eso. Pero puede ser; después de su conversión, efectivamente fue activo en el Partido. No recordaba que hubiera sido presidente, pero puede que lo haya sido.

¿Diría usted que los integrantes del partido se contaban por decenas, o centenas? ¿De qué volumen era el asunto?

—Decenas.

¿En la ciudad de México, especialmente?

—Sí, con una o dos conexiones en el interior. Había muchos partidos que se llamaban socialistas por todo el país, y hasta en la ciudad de México, pero no lo eran, eran más populistas que otra cosa.

¿De modo que el Partido Socialista de México se afilió a la III Internacional?

—Bueno, no hizo exactamente un acto de afiliación formal, pero expresó su adhesión, su respaldo a ella. Y eso porque, al fin y al cabo, la cosa apenas se estaba organizando. Pero Borodín efectivamente me enseñó, y convirtió a Roy. A fines de 1919, o comienzos de 1920 —pero yo creo que en diciembre de 1919—, Borodín me preguntó si quería ir con él a España como su intérprete. Y por supuesto dije que sí, que quería, y así nos fuimos a España.

¿Ustedes dos solos?

—Nosotros dos solos. Sí. Yo era su intérprete y asistente. Viajamos en un barco de una Línea española —no recuerdo el nombre ahora— y el tenía una suite muy elegante, verdaderamente muy elegante.

¿De Veracruz?

—De Veracruz. Él siempre defendía su alto nivel de vida, que era muy considerable, diciendo que ese era el único modo que permitía a los revolucionarios viajar sin hacerse sospechosos de ser revolucionarios. Pero nunca me gustó eso ni acabó de convencerme; reconozco que había cierta utilidad en viajar como pasajero de primera clase, pero eso no requería una suite de lujo, ni viajar de un modo que llamara la atención.

Ahora estamos en España.

—Por indicación de Borodín, una vez llegados a España, escudriñe todos los periódicos españoles. Y algunos nombres empezaron a aparecer de manera repetida en un contexto que nos parecía significativo. De este modo yo tomaba contacto primero con algunas personas, las seleccionaba y luego se las presentaba a Borodín, como al profesor Fernando de los Ríos y a Daniel Anguiano, que se destacaba mucho en el movimiento sindical, era uno de los líderes de los sindicatos socialistas. Usted sabe que había, en términos generales, dos movimientos sindicales en España: los movimientos sindicalistas de dirección anarquista, que tenían sus bases en Cataluña, y los sindicatos de dirección socialista, cuyas bases estaban en el país vasco, en Asturias y en Madrid. Ambos tenían casi la misma fuerza.

¿Y a Borodín le interesaba el sector socialista más que el anarquista?

—Sí. Sin embargo, hicimos relación con uno de los principales líderes del movimiento anarcosindicalista, Ángel Pestaña, que más tarde apareció en el segundo congreso (de la Comintern). En términos generales, Borodín, como todos los rusos, tenía un gran desprecio por los anarquistas y por el movimiento anarquista —yo diría que tan grande como el de Marx por Bakunin—, y era reciproco. Sin embargo, existía un impulso de simpatía hacia Rusia. Naturalmente, después de la Revolución se transformó en un centro de atracción para los dirigentes sindicales.

¿De modo que, hasta donde usted sabe, en aquel tiempo todavía no existía ningún núcleo comunista en España?

—No. Ninguno. Borodín no se quedó mucho tiempo en España, cuando más un par de semanas. Se entrevistó con esas personas, pero no hizo nada con ellos. Entonces me dejo a mi como su representante, con instrucciones de organizar un movimiento comunista en España, y con algunas sugerencias sobre cómo hacerlo. Su indicación fundamental consistía en trabajar con el movimiento de la juventud –la Organización Juvenil Socialista–, donde habíamos encontrado la mejor respuesta.

Se fue de España, y me dejó dinero para operar —no demasiado—, suficiente para vivir. Yo vivía en casa de un zapatero en Madrid; no recuerdo si le pagaba algún alquiler, pero vivía muy al día. Sin embargo, Borodín dijo que cuando llegara a Berlín conseguiría más dinero y me enviaría algo a mí.

Fue a Berlín, y efectivamente me mandó un poco de dinero, y prosiguió a Moscú. Entretanto, yo quedaba como representante de Borodín, que era delegado sin sede con credenciales del comité organizador de la Internacional Comunista.

¿El no usaba el nombre de Borodín, sin embargo seguía usando su nombre rumano?

—No, era Borodín. En España decía que era ruso. Pero el nombre de Borodín no significaba nada, por lo menos en aquel tiempo. Su personalidad sí: producía un verdadero impacto en las personas con quienes hablaba.

¿ Como se forme) el Partido? ¿Nos puede decir eso?

—Se formó como un comité para la III Internacional. La expresión Internacional Comunista no se usaba generalmente en aquel tiempo. No se si había sido adoptado por alguien, siquiera. Formamos un comité para la III Internacional, y después una organización juvenil.

¿Cuanta gente había en ella al comienzo? ¿Qué volumen tenia el grupo? ¿Era de Madrid únicamente, o era más representativo?

—Solo de Madrid. Yo diría que tendríamos unas 20 personas en el grupo central.

¿Y quiénes eran las personalidades principales?

—Me cuesta recordar ahora… Anguiano era uno de ellos. Daniel Anguiano, del que le hablé…

El secretario general, o el número uno, ¿qué era? ¿Un sindicalista?

—Era un intelectual. Era el dirigente de la Organización de la Juventud Socialista, y su adhesión a nosotros al principio fue secreta, pero lo forzamos —yo lo forcé— a dividir la Organización de la Juventud y a formar una organización juvenil para la III Internacional, puesto que no podía traerse consigo a su organización; llevo cierto tiempo y esfuerzo conseguir que algunas de estas personas se manifestaran abiertamente. Al principio algunos expresaban sus simpatías, pero no querían declararlas. Mas tarde tuvimos un movimiento abiertamente favorable a la III Internacional. Entonces fundamos un periódico, un semanario, que llamamos El Obrero, que yo editaba desde la casa de aquel zapatero con la ayuda del grupo. Me quede en España trabajando y reuniéndome con este grupo todas las noches, y con algunos también durante el día, por varios meses. Sin embargo, no volví a oír de Borodin desde la primera vez que me mandó dinero, y en realidad no sabía qué tenéa que hacer a continuación. Entonces recibimos la convocatoria para el segundo congreso de la Comintern. De modo que decidí que lo mejor sería ir a Berlín, donde sabía que existía un centro fuerte. Roy estaba en Berlín, en camino a Moscú, y yo probablemente iría al segundo congreso de la Comintern. Y para con-seguir eso escribí a México, y recibí de México un mandato como delegado del Partido Comunista de México al segundo congreso de la III Internacional. Estaba a nombre de Jesús Ramírez, que era el que yo usaba en aquella época…

Y cuando llegó a Petrogrado ¿qué?

—Llegué a Petrogrado, y era realmente muy emocionante, eran los tiempos del comunismo de guerra, la vida era espartana en Rusia, y de verdad había algo atractivo y electrizante en la cosa. Se percibía en la atmósfera que todo tenía un objetivo, que reinaba el espíritu de sacrificio. Era un ambiente formidable. Me presentaron a Zinóviev, entregué mis credenciales, y charlamos un rato. Desde luego, estaba muy ocupado y pronto me pasó con otra persona, y cuando mencione el nombre de Borodín me lo pusieron al teléfono en el acto, y a partir de entonces todo marcho sobre rieles.

Borodín gozaba de la alta estimación de Lenin en aquel tiempo —había habido épocas en que estuvo en desgracia— y tenía una línea privada directa con Lenin. Vino corriendo a verme y pasamos un rato muy agradable juntos, después en-tramos en relación con otros delegados. Nos alojaron en el hotel Lux. Sólo había extranjeros en el Lux.

¿Pero esto era en Moscú?

—Sí. Me enviaron de Petrogrado a Moscú. Es cierto. Pero el segundo congreso se inauguró en Petrogrado, en el Instituto Smolny, y continuó en Moscú.

En Moscú me encontré con John Reed y Louise Bryant, con Fraina, con Gallacher, del partido británico, y con Murphy. Me encontré también con Ángel Pestaña, el sindicalista español —anarquista—que se presentó en el congreso, pero luego lo impugnó y desapareció del cuadro, por lo que respecta al movimiento comunista.

¿Era usted el único delegado latinoamericano en el congreso, o más bien el delegado de un país latinoamericano?

—No estoy seguro, pero es muy posible que sí.

De todos modos, se le aceptó como tal, no como delegado norteamericano.

—Así es. Los partidos norteamericanos eran todos clandestinos y yo no tenía ningún contacto con ellos; nunca había pertenecido a ellos. Había pertenecido al Partido Socialista (de los Estados Unidos). Pero ya para esa fecha existía un Partido Comunista, y luego un Partido Comunista del Trabajo (Communist Labour Party), y más tarde un Partido Comunista Unido, más yo no tenía ningún contacto con ellos.

¿Encontró a los dirigentes rusos interesados en un país como México, y en el trabajo de organización en América Latina?

—Lenin lo estaba.

¿Cómo lo sabe?

—Bueno, él se interesó en verme, y en tener una entrevista personal conmigo. Fui al Kremlin durante el congreso y mostré mis papeles; todo el mundo tenía pases especiales en esa época.

¿En qué idioma hablaron?

—Conversamos en francés y en inglés. Lenin hablaba muy bien en inglés, pero por alguna razón no le gustaba hacerlo; prefería conversar en francés o en alemán.

Cuando digo que hablaba muy bien en ingles no quiero decir que lo hablara con fluidez, como sí lo hacían Trotsky y Radek. Bujarin también tenía un inglés bastante bueno. Y el único fuera de ellos que podía hablar en ingles, realmente, era Lenin.

Y usted le hablaba en inglés, y él podía entender…

—Sí, exactamente. Algunas veces le hable en francés o alemán, pero sobre todo en inglés. No estaba interesado en el movimiento socialista de México. Comprendió de inmediato que tenía que ser forzosamente muy rudimentario. Pero le interesaban las masas y el pueblo de México, su relación con los Estados Unidos —si había o no un movimiento fuerte de oposición a los Estados Unidos— y estaba ansioso también por saber si existía un movimiento indígena en México, representativo de los intereses de los indios; y si teníamos alguna literatura en sus idiomas.

En otras palabras, ¿él le hacía preguntas? ¿Un interrogatorio más o menos sistemático?

—Sí, eso es. Le interesaba la base campesina de un movimiento en México, y hablamos algo sobre agricultura, y me mencionó un libro que había escrito sobre la agricultura en los Estados Unidos. Me dijo: “Es poco conocido, tal vez usted no haya oído nada de el”. Contesté: No, no sé nada de él. Me dijo: “Bien, le enviaré un ejemplar”. Eso es más o menos todo…

¿Cuánto duro… la conversación?

—Unos veinte minutos.

¿Y qué impresión le hizo el hombre? ¿Conserva algún recuerdo vívido de la impresión que le causo el hombre?

—Sí, la tengo muy vívida. Ante todo, físicamente: tengo la impresión de un hombre pecoso, de tez muy viva, y que conversaba con la más absoluta falta de afectación —con absoluta tranquilidad— y también con una habilidad asombrosa para colocarse en el nivel del otro, de modo que uno estaba hablando con un amigo, y él estaba hablando con un amigo. Empleaba frases muy familiares, y sin embargo parecía muy rápido, despierto, agudo. Parecía un hombre absolutamente desinteresado: daba la impresión de que no le interesaba nada fuera del movimiento. Y, claro, eso era su vida entera, naturalmente, de manera que no puede sorprendernos. Pero el impacto de su personalidad era muy fuerte, y era el impacto de un hombre amistoso, que al mismo tiempo era un hombre muy resuelto, muy decidido, que podría ser implacable.

¿Fue esa la única oportunidad en que usted hablo con él?

—Fue la única oportunidad en que hablé con él a solas. Sí. hablé con él varias veces unos pocos minutos durante el congreso.

¿Recuerda algo importante de esas otras reuniones suyas con él?

—No, porque no se las podría llamar realmente reuniones. Pero yo querría decir algunas cosas acerca de los rusos y del segundo congreso. La impresión primera y más fuerte que recibí como delegado a la III Internacional fue el carácter ruso de la misma: la forma en que los rusos se habían organizado para manejar todo. Era una cosa para la que no estaba preparado ningún delegado extranjero. Desde el inicio mismo, en lugar de ser una conferencia de intercambio entre partidos hermanos de diversos países, fue una proposición rusa. Y hasta cierto punto, claro está, así tenía que ser, debido al prestigio del partido ruso, que había hecho la Revolución y estaba al frente de un Estado, y también debido a la calidad intelectual de los dirigentes.

Pero estoy hablando de algo que iba mucho más allá, de algo que se preparaba en conciliábulos; ningún otro partido hacia conciliábulos. El partido ruso, desde el primer momento, tomó el mando del congreso, y lo tomó por completo. Zinóviev era el presidente; los rusos controlaban la comisión de acreditación, los rusos controlaban todas las comisiones, prepararon la agenda, tenían todas las resoluciones ya aprobadas en sus propias reuniones, sabían exactamente lo que el congreso iba a hacer. Nadie más se había preocupado por estas cosas. Y ya tenían la organización de lo que habría de salir de eso… el cargo de presidente de la Internacional para Zinóviev. Ahora bien, Zinóviev era más bien desconocido para la gente de los otros países. Sin embargo, lo eligieron presidente de la Internacional Comunista, porque así estaba arreglado.

¿Tuvo usted alguna relación personal con Zinóviev en ese tiempo?

—Converse bastante con él, sí. Nadie hablaba español, de modo que yo naturalmente gravitaba hacia la gente que hablaba inglés, y los rusos que tenían mayor facilidad en inglés eran Trotsky, Bujarin y Radek. Trotsky era un hombre muy ocupado, pero hablaba muy a menudo en el congreso. Supongo que después de Lenin y Zinóviev era quien más hablaba, y ciertamente era la figura de mayor atracción después de Lenin. Pero no se mezclaba con los delegados porque al término de cada reunión tenia que irse inmediatamente.

Cuando lo conocieron a usted, ¿lo consideraron como mexicano o como norteamericano?

—A mí se me miraba como mexicano, aunque sabían que procedía de los Estados Unidos. Además, mi partido era el mexicano, y eso era lo que contaba.

Una cosa más sobre una personalidad: Radek. En aquella época Radek desempeñaba un papel en los asuntos soviéticos que combinaba las funciones de un comisario político —si cabe pensar en un comisario político internacional— y de un Ilyá Ehrenburg. Era el periodista que informaba al mundo sobre Rusia. Y también era una figura política. Durante uno de los recesos algunos delegados conversábamos —a propósito, en el retrete del zar, que era un gran aposento—, estábamos allí algunos delegados ingleses, norteamericanos y un servidor, cuando Radek paso corriendo con un portafolios y creo que fue Fraina quien le grito: “¡Hola, Maquiavelo!” y Radek se detuvo, y dijo: “Que interesante, justamente acabo de poner a Maquiavelo en mi portafolios”, lo saco y nos lo mostró, diciendo: “Lo llevo conmigo a Polonia”.

¿Tuvo algún encuentro con Reed en ese tiempo?

—Sí, tuve. Supongo que tuve tanta amistad con Reed y Louise Brynt como con cualquier otro, sólo que no duró mucho porque Reed se enfermó muy pronto.

Usted sabe que existe la cuestión de la desilusión de Reed y que hay dos caras de esa historia. Hay algunas pruebas en favor de las dos versiones. ¿Usted tiene alguna idea de su estado de ánimo? Al fin de cuentas, lo paso bastante mal en el congreso. Radek prácticamente lo insulto.

—Sí, quedó como un tonto.

Luego se enfermó. ¿Tuvo usted alguna discusión con él, o sabe algo que pudiera echar luz sobre esto…?

—Sí, tuve la sensación clara de cierto desencanto de su parte. Puesto que yo no compartía ese desencanto, lo lamenté.

¿Era por la forma en que se le trataba, o era una cuestión intelectual? El seguía apegado a la idea de la IWW3 y del sindicalismo dual, y todo eso…, y se le echaron encima por este asunto.

—Bueno, me parece ahora —aunque no lo pensaba entonces—, me parece ahora que en parte fue eso, pero principalmente se trataba de que, en un país donde se emplean eufemismos continuamente, se cansó de decir cosas que de un modo u otro eran una distorsión, que parcialmente eran una distorsión. Me refiero a cosas como ésta, por ejemplo, empleábamos la frase “dictadura del proletariado”, y sabíamos que era una frase hueca, no un principio; pero en Moscú, cuando era evidente que el proletariado no ejercía ninguna dictadura, uno podía ver que era un eufemismo para aludir a la dictadura del partido. Nosotros repetíamos estas cosas, pero en el fondo no podíamos creer en ellas. Y creo que de eso se trataba.

¿Usted estaba presente cuando Reed murió?

—Sí estaba. Estaba junto a su lecho con Louise Bryant.

¿Estaba Fraina también? Usted sabe que Fraina dejó unas memorias; al final iba a escribir una autobiografía. Y en el bosquejo para esa autobiografía dice que él y Reed no se llevaban muy bien, que estaban en bandos diferentes, políticamente. Sin embargo, Reed, antes de morir, llama a Fraina y hubo una especie de reconciliación ¿Estaba allí Fraina cuando usted estaba con Louise Bryant, o estaban ustedes dos solos?

—Puede ser que él haya estado ahí en alguna ocasión; no estaba cuando Reed murió. Estoy seguro de que fue al hospital. De hecho creo que una vez fuimos juntos.

¿Quiere decir que usted estaba presente cuando Reed expiró?

—Sí, sí.

Se supone que Reed le habló a la señora Balabánova de sus fuertes sentimientos contra Zinóviev. Se supone que lo detestaba.

—Bueno, no me sorprende porque la mayoría de los delegados detestaba a Zinóviev.

¿Por qué? ¿Por su manera de actuar?

—En primer lugar, me parece, por su manera de actuar. Pero creo que también había un resentimiento básico por la preeminencia de Zinóviev, que nos fue impuesto a todos, aunque en realidad nadie sabía quien lo había elegido, y porque la autoridad con que el hablaba era una autoridad que se había arrogado, y no se la había otorgado el congreso; fueron los rusos los que lo impusieron al congreso.

De los delegados no rusos, ¿quiénes se destacaban, según usted recuerda?

—Bueno, los delegados no rusos eran un grupo bastante entreverado. En aquel tiempo el único movimiento francés de izquierda de alguna significación consistía en Loriot, Cachin y Souvarine. Y Loriot era un antiguo maestro de escuela; Cachin era un diputado veterano, que había sido socialista de extrema derecha; todo el tiempo estuvo, bajo sospecha en la Internacional Comunista. La verdad es que yo dije que nunca lo iban a aceptar, pero lo aceptaron y le dieron un lugar de honor.

¿Donde dijo usted eso? ¿En el congreso?

—Sí, en el congreso. Pero era ridículo, porque yo no tenia autoridad para denunciar a nadie, y él era uno de los pocos personajes que tenían; en realidad, Cachin era un magnifico ejemplo de como una persona puede cambiar, porque efectivamente se adhirió al movimiento del ala izquierda y llegó a ser un pilar —hasta una figura de primera línea— del Partido Comunista Francés. Nunca reincidió en lo que soltamos llamar oportunismo. Nunca fue un hombre de grandes dotes intelectuales; era una figura venerable, eso es todo lo que se podría decir de él.

¿Entonces a usted lo invitaron a hablar en el congreso en representación del partido mexicano?

—Sí. Una vez, y muy brevemente. Lo mismo pasó con los franceses. Los alemanes eran un grupo variado. Incluían todo el espectro, desde los defensores de Kautsky hasta representantes de Max Hoelz, que desarrollaba una lucha armada. Toda clase de grupos. Yo diría que el único cuyo nombre sobrevivió, y que alcanzó un puesto de importancia, era Willi Müenzenberg. Müenzenberg tuvo una participación muy destacada en el congreso, para ser un delegado extranjero. Quiero decir que en realidad ningún delegado extranjero tuvo una parte verdaderamente prominente. Los únicos delegados extranjeros destacados eran Cachin, Müenzenberg y Serrati.

¿Pero éste no se quedo mucho tiempo?

—No, es cierto. También los ingleses; bueno, estaban Gallacher y Murphy.

Y Fraina? ¿Qué recuerdo guarda de él en el congreso? Hablo dos veces.

—Sí. Pero a los norteamericanos no se les escuchaba porque todos sostenían posiciones que los rusos ya habían decidido que eran equivocadas. En realidad, a ninguno de los extranjeros se le escucho realmente. Se les permitía hablar cierto número de veces, pero sólo era cuestión de decidir a quienes se iba a utilizar y a quiénes no. Fraina tenia que hablar porque era uno de los pocos norteamericanos en la delegación de los Estados Unidos.

¿Y también fue Fraina el norteamericano que se plegó a la línea rusa en la cuestión sindical?

—Sí. Pero, bueno, salvo los rusos, la mayoría de los asistentes al Congreso era mediocre. Claro que había excepciones, pero esto explica en parte el dominio ruso.

Bien, el congreso terminó y algo tenía que decidirse sobre lo que usted habría de hacer. ¿Cómo se resolvió eso?

—Se me pidió que me quedara por un tiempo, y lo mismo a Fraina y a Katayama. Un día me mando llamar Lozovsky y me pregunto: ¿Quiere hablar con Kuusinen? Me parece que usted y algunos de sus amigos van a trabajar muy estrechamente conmigo”. Fui a ver a Kuusinen; hablaba inglés, dicho sea de paso, había estado en los Esta-dos Unidos. Dijo que se iba a establecer una oficina de la Internacional Sindical Roja en México. No se me preguntó si deseaba ir ni si estaba dispuesto; simplemente se me asignó allí. Eramos tropas sujetas a disciplina. Fraina y Katayama dirigirían la oficina y yo sería su asistente. Me dieron dinero: tres mil Mares, creo que eran, para llegar a México y vivir ahí hasta que los otros aparecieran. No viajamos juntos, pero fui con Fraina hasta Berlín. En Berlín estuve vinculado un rato con un aparato clandestino: un aparato administrativo regular para transferir visas de un pasaporte a otro, arreglar papeles, falsificar documentos de policía, cosas por el estilo.

¿De modo que la organización de Berlín había cambiado un tanto desde que usted paso por allí hacia el congreso?

—Sí, había cambiado. Antes no había más que rusos tratando de trasladar gente a Moscú. Ahora tenían todo organizado para enviar gente a cualquier parte. Podían usar a los alemanes para eso y también a mí. Y lo hicieron, mientras esperaba el momento de partir. Katayama llegó a México casi al mismo tiempo que yo. Tomamos una casa; una casita miserable, porque el dinero, que nos había parecido tanto cuando me lo dieron, no alcanzó para mucho. Yo hacía las compras y el cocinaba, y cocinábamos en una estufa de carbón.

¿Él había sido chef?

—Sí, era muy buen cocinero. Y después llegó Fraina, y nos pusimos a trabajar.

¿Encontró muchos cambios al volver?

—Sí, todo había cambiado. Yo había estado ausente alrededor de un año. Durante ese tiempo el Partido Socialista se había convertido en un partido completamente distinto; todos los miembros originales se habían ido; ahora se llamaba Partido Comunista y era más grande. Yo había enviado informes regularmente desde el congreso, y ellos sabían que regresaba. No estaban enterados de mi misión. Al llegar a México, fui recibido por Bob Haberman y él organizó una gran cena para mí, a la que asistió Felipe Carrillo. Fue en casa de Diego Rivera y resultó muy suntuosa.

¿Rivera se consideraba comunista en aquel tiempo?

—No. Pero simpatizaba con Rusia. ¿Quien no? Quiero decir, entre la gente que tenía simpatías generales hacia la clase obrera. Esa fue la primera vez que me encontré con Diego Rivera; Gupta estuvo también en esa cena, me acuerdo ahora. Recuerdo que tenía quejas muy amargas contra Roy. Bueno, como sea, cuando llego Fraina discutimos lo que íbamos a hacer y decidimos que Katayama debería organizar con mi ayuda un núcleo en México y publicar un periódico, y que Fraina debía ir a Sudamérica, pero no recuerdo ahora si hizo el viaje. Yo organicé el grupo; la figura central era un hombre que se llamaba José C. Valdés4, que al mismo tiempo era la figura principal del partido comunista reconstituido del movimiento juvenil. Era muy joven; más tarde llego a ser todo un personaje en México. Pero efectivamente organizamos un grupo, y era bastante abierto. Lanzamos un periódico —El Trabajador— que yo editaba.

¿Semanal o mensual?

—Semanal, era un semanario. Tenía un formato de tabloide alargado, como el del New Statesman. Fundamos una organización sindical llamada Confederación General de Trabajadores, para enfrentar a la CROM. Eso formaba parte de la política sindical dualista; la afiliamos al Profintern. Y no era un mero membrete, tenía sindicatos adheridos de toda clase, de pintores, de trabajadores de la construcción, de toda clase.

¿Quién estaba al frente, lo recuerda usted? Tiene que haber sido un mexicano.

—Ah, sí, claro que era un mexicano. Pero no recuerdo. No era Valdés, porque Valdés era un intelectual.

¿La organización y el periódico se fundaron ambos en 1921?

—Sí, teníamos oficinas de la central sindical, un cuartel general abierto de la CGT. En realidad, la CROM estaba preocupada porque nosotros crecíamos bastante rápido. Yo hable el 1º de mayo en una concentración enorme frente a la estatua de Juárez en la Alameda, había una multitud. Pero unos cuantos meses después me detuvieron, me llevaron a la cárcel porque había hablado en la reunión del 1º de mayo. Me tuvieron incomunicado junto con un español que también era activista; era uno de los que yo había reclutado, que militaba en el movimiento —un miembro de la CGT—, de su comité ejecutivo. Era un agitador español, y él y yo estábamos presos en México —incomunicados— porque los extranjeros no debían tomar parte en la política mexicana.

¿Usted seguía usando el nombre de Jesús Ramírez?

—El nombre por el que se me conocía en México era Frank. Se nos arrestó y después de unos días de prisión en la ciudad de México nos trasladaron a Carretero, y allí estuvimos presos un buen rato.

Nos iban a deportar a los Estados Unidos. Sin embargo, una delegación de la CGT se enteró de eso, a través de mi esposa, y fueron a ver a Obregón, que era presidente en aquel tiempo, y protestaron contra el intento de enviarme a los Estados Unidos; y no me mandaron. Nos embarcaron a San Vicente (el español) y a mí a Manzanillo, y de ahí nos deportaron a Guatemala alrededor de un mes, durante el cual, en gran parte, gracias a los esfuerzos de San Vicente, que realmente era muy capaz en ese sentido, hicimos contacto con algo parecido a un movimiento guatemalteco; fue allí, en Guatemala, que recibí el nombre de Manuel Gómez.

¿Seguimos estando en 1921?

—Sí, seguimos en 1921. Con papeles a nombre de Manuel Gómez, mi esposa y yo volvimos a México clandestinamente. Conseguimos llegar a la ciudad de México, e hicimos contacto con el grupo a través de Valdés; pero a partir de entonces cesó la actividad abierta. Yo no podía actuar porque se suponía que no estaba en México.

Se refiere a su actividad abierta

—Mi actividad abierta cesó. De modo que sólo me veía con una o dos personas, pero seguí editando el periódico; me traían las pruebas de imprenta.

¿Katayama seguía estando allí?

—Es posible que Katayama siguiera allí; no sé cuándo se fue. No sé qué pasó con él. Tampoco lo sabían los demás. Bueno, yo tenía que vivir con muchas precauciones. En realidad sólo salía de noche y caminaba apenas para hacer algún ejercicio. Aun así, a través de gente que venía a verme, el gobierno no llegó lo bastante cerca de mí para obligarme a una mudanza urgente. Y por un tiempo me mudaba cada semana. Hasta que finalmente se me hizo evidente que sobre esa base no podría hacer ningún trabajo efectivo.

Katayama no .estaba. Fraina no estaba. No había nadie a quien yo pudiera consultar. Yo tenía que actuar bajo mi propia responsabilidad y simplemente dejar las cosas en manos del ejecutivo de la CGT, que era toda una organización respetable. En realidad, sigue siendo una organización numerosa casi tan grande como la CROM.

De manera que salí de México, me comuniqué con la Profintern y se me hizo saber que mi misión podía considerarse terminada. Volví, pues, a los Estados Unidos y fui a Chicago, y me afilie al partido norteamericano como simple particular. Obtuve un traslado del partido mexicano. En realidad me adherí al Partido de los Trabajadores, porque ése era el único partido legal.

¿De hecho, por lo que usted conoce, los mexicanos no enviaron un delegado al congreso de constitución del Profintern en 1921?

—Creo que no. Yo me afilié al Partido de los Trabajadores, y entonces de ahí se me reclutó para el Partido Comunista inmediatamente, pero muy poco después el Partido Comunista se disolvió, decidió legalizarse y dejar de lado la clandestinidad. Me hice muy activo localmente, y se me eligió para el comité central de la ciudad de Chicago. Primero, fui presidente de mi rama. Eso era antes de que los llamáramos núcleos, y todos esos nombres. Era una rama del north side, me acuerdo. Jack Carney había sido presidente antes que yo. Entonces me eligieron para el comité de distrito, y luego para la convención nacional. Pero cuando el grupo Foster-Cannon, al que yo pertenecía, obtuvo el control del Partido, se me puso a cargo de las actividades antiimperialistas porque sabía español y por mi experiencia en México. Llegué a conocer a gran cantidad de mexicanos, chinos y filipinos; me reuní también con algunos cubanos. El único dirigente cubano que llegué a conocer realmente fue Mella, con quien me encontré en el congreso antiimperialista de Bruselas en 1927. También me encontré allí con Haya de la Torre y con Nehru. Nehru me recordaba mucho al Roy que yo había conocido al principio, solo que tenía más de intelectual que Roy; de intelectual desapasionado. Roy era un personaje más apasionado.

¿La siguiente vez que usted asistió a un congreso de la Comintern fue el VI, en 1928?

—Sí. Se me eligió para el Comité Central del Partido, y me nombraron delegado al sexto congreso. Para el congreso de Bruselas fue un grupo de nosotros en una gira de propaganda que organizó Willy Müenzenberg, con su factotum de aquel tiempo, un individuo llamado Louis Gibarti. Parecíamos un circo ambulante. Un grupo de nuestra delegación iba de ciudad en ciudad diciendo discursos.

¿En Europa?

—En Europa. Y mientras estaba en Europa recibí credenciales para representar al partido norteamericano como delegado fraternal al congreso del partido alemán en Essen. Fui a Essen y hablé allí como delegado fraternal del Partido Comunista de los Estados Unidos.

Sería interesante conocer sus impresiones sobre lo que había acontecido entre el segundo y el sexto congreso de la Comintern. El sexto, al fin y al cabo, fue asunto muy importante. Y el segundo había sido en realidad el primero. ¿Podría usted expresar que había ocurrido entre el segundo congreso y el sexto, en términos de organización?

—Sí. Ya le dije cuáles eran los problemas reales del segundo congreso. Diría que el único tema real del sexto congreso fue el del trotskismo, y de cualquier cosa que pudiera rotularse como trotskismo.

La diferencia era enorme, por supuesto. El segundo congreso fue más una reunión de organización que un verdadero congreso; en realidad, estableció toda la teoría y la filosofía del movimiento comunista. El sexto congreso efectivamente fue, desde luego, un congreso de verdaderos grandes partidos, algunos de ellos bastante poderosos. Pero, aún así, el hecho del predominio ruso subsistía. Era algo omnipresente. En realidad, los diversos partidos hacían lo que nunca habrían hecho en el segundo congreso, en cuanto reconocían su relación con el partido ruso y especulaban sobre dónde radicaba el poder dentro del partido ruso, y cómo podrían vincular sus propias luchas faccionales locales con el centro de poder en Rusia, porque sabían que de otro modo saldrían perdiendo. Por fuerte que fuera su propia posición en sus países, por populares que fuesen sus dirigentes locales, sabían que no tenían posibilidad alguna si el partido ruso estaba contra ellos. De modo que esta búsqueda del favor de quien quiera que pudiera considerarse el poder real en Rusia fue lo que más me impactó en el sexto congreso. En el segundo congreso a nadie se le habría ocurrido hablar de “el glorioso Partido Comunista ruso, bajo la dirección de Lenin”; pero en el sexto congreso nadie habría pensado en hablar del glorioso Partido soviético sin agregar “bajo la dirección de Stalin”. Había algunas cosas que se tenían que decir y su omisión daba base para la sospecha. Y existía desde luego, como usted sabe, por lo que toca al partido norteamericano, una lucha (pero esto no ocurría sólo en el partido norteamericano); existía el grupo de Lovestone, que especulaba con la victoria de Bujarin, y nuestro grupo que especulaba con el triunfo de Stalin.

¿Tenían conciencia ustedes, en ese sexto congreso, de la debilidad de la posición de Bujarin? Nominalmente, él inauguró el congreso como líder de la Comintern, pero durante el congreso hubo indicios perceptibles de que estaba en peligro. ¿Se notó, o todavía era oscuro para la mayoría de los delegados?

—Era oscuro. A nosotros nos parecía que Stalin ganaría, pero a los partidarios de Lovestone les parecía que ganaría Bujarin. No estaba claramente definido, no. Antes del congreso no estaba claramente definido, pero empezó a percibirse durante el congreso, diría yo, sí.

Permítame plantear la pregunta de este modo. En la lucha contra Zinóviev, Stalin y Bujarin eran aliados. En el sexto congreso se puso de manifiesto que esa alianza se quebraba, y que Stalin estaba amenazando a Bujarin. ¿Usted recuerda si tenía noción de esto, y a raíz de qué? ¿Qué cosa lo evidenció?

—Ah, sí. El hecho de que estábamos tomando partido. Estábamos tomando partido. Fui con Bittelman a ver a Molotov.

¿En qué circunstancias?

—Bueno, yo estuve ahí accidentalmente. Bittelman y Dunne gestionaron una entrevista con Stalin. Lo hicieron por acuerdo de una parte de la delegación norteamericana. Me refiero al grupo Foster-Cannon. Designaron a Bittelman y a Dunne para que se entrevistaran con Stalin y le expusieran el caso de nuestra facción en el partido norteamericano. Stalin estaba tan ocupado que no pudo recibirnos entonces, y probablemente consiguieron una entrevista con Mólotov. Cuando llegó el momento de la entrevista, Bill Dunne no aparecía por ninguna parte. Y se pensó que no era aconsejable que fuera una sola persona, porque en estas cosas siempre hacen falta dos por lo menos. De modo que se resolvió que yo fuera con Bittelman a ver a Mólotov, siendo Bittelman el portavoz. Conversamos mucho rato. Mólotov no hablaba una sola palabra de inglés, de modo que todo tenía que decirse a través de un intérprete, salvo cuando hablaba Bittelman y entonces era yo el que no entendía. Bittelman sabía ruso. Con todo, hice algunas preguntas, tenía algunas cosas que decir también. Porque yo no estaba de acuerdo con Bittelman en muchos puntos.

¿Estaba usted más próximo a Cannon que a Foster? Usted estaba más próximo a Cannon y a Dunne.

—Exacto. Yo estaba allí en realidad como sustituto de Dunne. Yo no concordaba con Bittelman. Ya había una verdadera división. Representábamos una alianza, más que un grupo sólido, el grupo Foster-Cannon. Pero nuestro argumento era que el grupo de Lovestone representaba un sector oportunista, basado en algo que llamábamos “el excepcionalismo norteamericano”. Mólotov decía “sí, sí”, etcétera; le interesaba saber cuál era nuestra posición, y naturalmente ni siquiera esperamos que nos planteara muchas preguntas porque nos adelantábamos a él. Estábamos ahí con un solo propósito, y él lo sabía, de lo contrario no habríamos estado ahí; nos hubiéramos entrevistado con Bujarin. No solo sabía que estábamos ahí, sino que también sabía que Lovestone estaba conversando con Bujarin. De modo que el pastel ya estaba cocinado. Ni siquiera necesitábamos una conferencia. Conseguimos pleno respaldo para nuestro grupo.

Quiere usted decir que Bittelman habló de la línea de Bujarin, desligó la facción de ustedes de la línea de Bujarin. ¿El nombre de Bujarin se pronunció concretamente en la conversación?

—Sí, pero Mólotov no lo comentó, no hizo ningún comentario. Pero al irnos, hubo apretones de manos muy efusivos, y una observación de Mólotov de que lo satisfacía ver que había un grupo tan firme dentro del partido norteamericano, y que había una dirección tan calificada en él.

¿Tuvieron la sensación de que no habían perdido el tiempo?

—Bueno, es posible que hayamos perdido el tiempo en el sentido de que la entrevista no hubiera sido necesaria. Pero ciertamente confiábamos en recibir respaldo, si estábamos en lo cierto al suponer que Stalin saldría ganando en el partido ruso. Todo era una especulación sobre quién ganaría dentro del partido ruso.

Ahora, durante el sexto congreso, como usted sabe, Cannon encontró el famoso proyecto de Trotsky sobre su escritorio, y eso cambio su vida. Desde luego, no habló con usted de eso.

—¡Ah!, sí.

¿Usted estaba al tanto de eso?

—Entonces no. Después de Borodín, el individuo más tortuoso que conozco es Cannon. Cannon habló largamente del asunto en Moscú, sin decir nada; habló abundantemente de Trotsky, sin apoyar a Trotsky y sin oponerse a Stalin; pero planteaba los problemas de modo ambiguo y uno tenía que preguntarse por qué hablaba de ese modo, al fin y al cabo. Algo raro estaba pasando ahí. Y sin embargo no llegó más allá.

¿Nunca le mostró el documento, ni nada parecido?

—No, entonces no.

Permítame retroceder un momento. ¿He entendido bien que Cannon nunca se pronunció por Trotsky?

—En aquel tiempo no.

¿He entendido bien que su grupo estaba apostando a la victoria de Stalin, y los otros a la de Bujarin, independientemente de la posición ideológica que ustedes sostenían?

—Bueno, nosotros lo racionalizábamos. Estoy tratando de darle a usted los huesos limpios, cortando con bisturí todo el tejido podrido. Le puedo decir ahora que se trataba de eso. Pero lo racionalizábamos, claro está, sobre la base de la pugna rusa.

Apoyando al jefe probable, al probable vencedor, más que a su fe ideológica fundamental en Stalin…

— ¿Es decir, al margen de cualquier racionalización? Absolutamente, desde luego, y la lucha por el poder en el partido norteamericano.

Significaría también que en el sexto congreso ustedes no estaban completamente seguros de que Stalin representara ya el poder real.

—Bueno, nos sentíamos bastante seguros. No lo estábamos cien por ciento, pero teníamos bastante confianza.

¿Y eso era así en el grupo de Cannon también? Porque, al fin de cuentas, existían diferencias sustanciales entre estos dos grupos (Foster y Cannon).

—Sí, era así especialmente en el grupo de Cannon. Yo estaba mucho más próximo al grupo de Cannon que al de Foster. Aunque por supuesto yo estaba vinculado con el grupo de Foster por el pasado; yo había estado muy próximo a Foster. Pero había muy pocas dudas en el grupo de Cannon sobre quién saldría ganador en el partido ruso.

¿Recuerda algo de lo que Lovestone ha llamado el “congreso de los pasillos” del sexto congreso? Hubo aquel asunto de los que recorrían los pasillos de un lado a otro con la gente de Stalin, hablando de Bujarin y ganándose a la gente.

—Sí, yo diría que la entrevista con Mólotov fue de esa clase. El otro bando estaba haciendo lo mismo.

¿Hay algo más que se destaque en su recuerdo del sexto congreso? ¿Algo de interés o de especial importancia? ¿Llegó a conocer a Bujarin? ¿Qué impresión le causó?

—Sí, me gustaba mucho. Era muy agudo, gracioso, con un delicioso sentido del humor, bastante sofisticado y muy dado a usar expresiones y formulaciones rebuscadas. Había tenido sus encontrones con Lenin, claro, y sus diferencias. Pero a mí personalmente de veras me gustaba Bujarin, y sentía respeto por él. Debo decir que ese respeto en buena medida era de segunda mano porque Lenin lo llamaba “el teórico del partido”, “el favorito del partido”, etcétera. No recuerdo ningún escrito importante de Bujarin que se me haya grabado; sí me ha sucedido con los de Lenin y Trotsky. Pero el impacto de su personalidad era decididamente favorable.

¿Se encontró alguna vez con Stalin?

—No, nunca estuve con él. Lo vi de lejos.

¿Y Zinóviev?

—Zinóviev no me gustaba. Tenía una voz muy peculiar, chillona, aguda, una manera cómica de hablar. Desde luego, yo estaba prejuiciado contra él porque se había opuesto a la Revolución. En realidad, nunca me pareció que él ni Kámeniev significaran nada para Lenin, más que personajes convenientes. No parecían ser gente de la estatura de Trotsky o de Bujarin. Con todo, deben haber sido de cierta estatura. Zinoviev rara vez hablaba más que en alemán; y yo no prestaba mucha atención al alemán, aunque lo entendía bastante bien. En realidad no lo vi mucho, aunque sí lo oí, ad nauseam.

En sus notas, si no me falla la memoria, usted quiso decir algo sobre el manejo de los fondos por los rusos, o algo de eso, ¿se limitaba sólo al periodo inicial?

—Bueno, lo que yo escribí ahí se limitaba al primer periodo, pero no debí haberlo limitado a eso. Esto plantea dos problemas, que no están necesariamente vinculados: uno, es la cuestión del control de los fondos, y el otro, es el de los representantes de la Comintern. Reps, los llamábamos. Esto se relaciona también con la rusificación general y con el control ruso. Los reps de la Comintern empezaron a aparecer por todas partes y hasta una jerga de la Comintern —jerga rusa, palabras como micleos y politburó—; y teníamos un pleno en el Partido norteamericano y toda esa clase de cosas, todos los países tenían un rep de la Comintern.

¿Cómo fue que lo expulsaron en 1929?

—Eso es una historia complicada. Casi podría decirse que se remonta al sexto congreso. Aunque nuestro partido especulaba con que Stalin dominaría la Internacional, a mí nunca me gustó. Es como cuando voté por Franklin Roosevelt, pero nunca me gustó. Y muy pronto me volví sumamente crítico de Stalin. Cuando el grupo de Cannon apoyó a Trotsky, yo me opuse a ellos porque no era partidario de dividir el movimiento comunista; se trataba de nuestro partido. Pero realmente no me gustaban los métodos de Stalin. Estaba en contra de la idea del Estado policiaco. Me parecía que Stalin había pervertido el leninismo. No me daba cuenta, como todos lo vemos hoy, que el germen del stalinismo era el leninismo. Pero estaba muy en contra de Stalin. A pesar de que sentía que ése era mi partido, y pensaba que algún día encontraría el sendero correcto y la dirección correcta, simplemente deje de asistir a las reuniones.

Sin embargo, pensando en Bill Dunne, que era mi mejor amigo, jugué con la idea de organizar alguna especie de fracción antistalinista. Era un asunto muy difícil y delicado, mucho más difícil que organizar una fracción bajo Lenin. Me parecía que Bill Dunne sería un buen elemento para esto, puesto que era tan anti Browder.

¿Se refiere usted a después de su expulsión, o antes?

—Esto es después de mi expulsión, es cierto. Simplemente dejé de lado la actividad, y me expulsaron.

¿Fue expulsado por no asistir a las reuniones?

—Bueno, me expulsaron por “tendencias pequeñoburguesas”. Se las llamó tendencias pequeñoburguesas en un editorial del Daily Worker sobre mi expulsión.

¿Cuál era el fundamento para calificarlo así?

* Bueno, yo trabajaba para el Wall Street Journal… no asistía a las reuniones de partido…

¿Y usted entonces se estaba ganando la vida fuera del partido? ¿Ya no estaba trabajando para el partido?

—Sí, en ese tiempo yo había dejado de trabajar para el partido porque en esa época la gente de Lovestone controlaba el partido. No les duró mucho. Perdieron el control en la primavera de 1929. Pero en aquel tiempo lo tenían. De modo que me echaron…

iAh!, ¿fueron ellos los que lo echaron?

—No, ellos no me expulsaron: me echaron del trabajo. Tuve que ganarme la vida de algún modo. Y yo había trabajado en un periódico financiero en Chicago antes de trabajar para el partido. Entre aquel empleo y mi trabajo para el partido, yo nunca había trabajado más que para el partido, en una tarea u otra. Era 1929, el mercado estaba en auge, y pensé que seguramente podría conseguir empleo en algún periódico de Wall Street. Y le pregunté a Foster, ¿qué le parece si tomo un empleo? ¿Sería adecuado que yo tomara un puesto en un diario de Wall Street? Y él me dijo: “No veo por qué no. Al fin de cuentas, no vas a escribir editoriales en favor del capitalismo”. De modo que dije, muy bien. Con todo, a pesar de que me expulsaron del partido, seguí en contacto muy estrecho, la verdad es que no dejaba de participar. Y luego volví mi atención al club John Reed, que antes no había tomado en serio, y al movimiento cultural, el movimiento periferico. Formé parte del grupo que fundó el Sindicato del Teatro —así fue como me introduje en el mundo del teatro—, simplemente para seguir haciendo algo que estuviera dentro de la órbita del partido, sin ser del partido. Y Bill siguió siendo mi amigo más íntimo.

Continué considerando al partido como mi partido, hasta, podría decir, no menos que hasta 1938. No, no tanto tiempo. Porque durante la guerra civil española, cuando Liston Oak estaba en España, lo que fue en 1936 o 1937, le escribí una carta, y en esa carta yo traté de convencerlo de que estableciera algunos contactos internacionales para el grupo que estábamos formando en el partido norteamericano —aunque yo no estaba en el partido— contra Browder. Estábamos tratando —yo al menos, lo estaba— de hacer de ésta una fracción anti Stalin.

Pero eso fue muchos años despues de su expulsion.

—No, empezó entonces, venía funcionando desde mucho antes, culminó cuando yo le escribí a Liston Oak, y la razón por la que lo mencioné es que aquella carta fue encontrada y publicada en el Daily Worker, y fue entonces que el partido realmente me denunció. Entonces fue que Bill Dunne me escribió y me dijo que en el sector del frente en que él estuviera al mando a mí se me trataría como a un enemigo, y rompió toda relación. Me escribió una carta de unas diez páginas, denunciandome. Porque Bill se había opuesto en sentido estricto a Browder —exclusivamente— y de ninguna manera a Stalin, ¿ve usted? Y yo esperaba poder encauzar esa oposición a Browder en un movimiento internacional contra los liderazgos.

¿Dunne era el único, o usted confiaba en poder contar inicialmente con el apoyo de un grupo significativo?

—Bueno, Dunne era el hombre clave. Era el único con ese grado de preeminencia en el partido norteamericano. Había otros…

¿Qué base tenía ésa oposición a Browder?

—Bueno, nosotros nos oponíamos desde la izquierda.

En otras palabras, estaban en contra del frente popular.

—Bueno, eso es expresarlo demasiado fuerte. Browder estaba poco menos que liquidando el partido, segun lo veíamos. Fijese que…

¿Se refiere ahora a 1936-1937?

—Yo me oponía al socialismo en un solo país; me oponía a toda la tendencia que Stalin representaba. Me oponía a la burla del centralismo democrático, al mando desde arriba que Browder también representaba en el partido norteamericano, que todos los dirigentes representaban. Eso, sin embargo, era algo que yo no podía conseguir porque carecía de peso político; simplemente trataba de inspirarlo.

¿Si usted pensaba así, por qué no se unió al grupo Cannon-Trotsky?

—Porque yo nunca acepte a Trotsky. Pensaba que Trotsky resultaría tan malo como Stalin. Al fin y al cabo, Trotsky había implantado los batallones de trabajo forzado, y Trotsky había ordenado los fusilamientos de Kronstadt. Había muchas cosas atractivas en Trotsky, pero también había otras que yo consideraba los peores aspectos de aquello que yo repudiaba en Stalin, aunque no puedo afirmar ahora que fueran los rasgos más negativos porque Stalin representaba algo mucho más siniestro.

¿Es exacto, verdad, que hasta fines de 1934 la línea de Browder era anti Roosevelt? ¿Qué actitud tenía usted respecto de esa línea? ¿O no la advertía?

—Por lo que recuerdo, yo era izquierdista en ese asunto, estaba en favor de la línea anti Roosevelt; otro motivo para que yo nunca fuera trotskista era que yo no tenía esperanza alguna en esos grupos disidentes minoritarios. Pensaba que el partido tenía que captarse desde adentro, que ese era el movimiento comunista y que no habría otro.

¿Usted se sintió muy golpeado por los juicios de Moscú, o el asunto le resulto más o menos indiferente?

—Fueron un golpe muy fuerte para mí, pero en cambio no lo fue el pacto Hitler-Stalin. En realidad, mi opinión era que estaba perfectamente bien. Pero los juicios… fueron un golpe muy fuerte porque para mí aquello era la revolución decapitándose a sí misma; me resultó una verdadera tortura.

Desde luego, usted además conocía a las personas. Eso le daba otro significado. Y toda la historia de los años 20, desde el comienzo, era historia viva para usted. Para los muchachos que aparecieron en tiempos de la depresión los años 20 eran prehistoria, y los veteranos del partido nunca querían hablar de ellos.

—Yo pensaba del pacto Hitler-Stalin… que Lenin habría hecho un pacto así. No veía que Rusia tuviera otra opción, veía que los aliados habían tratado de lanzar a Hitler sobre Rusia, que Rusia había empezado por intentar un arreglo con los aliados, y que prácticamente era un problema de sobrevivencia. Por supuesto, no adopté la posición de Rusia porque para aquella época yo era muy anticomunista. Sin embargo, no era uno de esos anticomunistas profesionales, y nunca lo he sido.

¿Es posible utilizar el nombre de Manuel Gómez sin dar ninguna clase de explicaciones? De lo contrario, tendrá que ser completamente anonimo. Es decir, la gente que revise el Daily Worker de los anos 20, o las revistas de la época, lo va a encontrar; por lo tanto existe, y eso le da cierto sentido de realidad. Eso es lo que hice en el libro, citar simplemente el nombre.

—No veo que eso cambie demasiado…

Bueno, si no representa mucha diferencia para usted, yo diría que, desde el punto de vista editorial, sí la tiene.

1 Manuel Gómez es uno de los seudónimos que usó en los anos veinte Charles Francis Phillips, conocido en Mexico como Frank Seaman. Esta entrevista fue originalmente publicada en dos numeros de la revista inglesa Survey. A Journal of Soviet and East European Studies. num. 53, octubre de 1964, y num. 55, abril de 1965. Una parte de la entrevista apareció en Cruzando la frontera, de Paco Ignacio Taibo II, Leega Editores, México, 1985. El presente texto es la versión, en lengua española, completa.

2 Blueprints, en el original. El término puede significar copias fotográficas o pruebas de imprenta, o también proyectos o planes de éndole militar o política. De ahí la continuación del diálogo. (Nota del traductor.)

3 Industrial Workers of the World (Trabajadores Industriales del Mundo). (Nota del traductor.)

4 Se trata de Jose C. Valadés.

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