El capitan David

EL CAPITAN DAVID

Dagoberto Gutiérrez

La piel de color oscuro, pero sin llegar al color negro. Era, lo que se llama: un morenito fino. De pequeña estatura, delgado y sólido. Tenía el aire de alguien que había vivido largo tiempo en un seminario y, de vez en cuando, le daba por abotonarse la camisa hasta arriba, hasta apretarse el cuello.

Cuando hablaba unía sus manos como en oración y siempre mostraba gran respeto hacia su interlocutor; pero cuando reía no se sabía, a ciencia cierta, el motivo de la risa, y, además, nunca parecía reírse plenamente sino con cálculo y medida, como cuando el agua gotea de un tejado humedecido.
Así era Albino Jovel, tan reservado que durante la guerra nadie supo su verdadero nombre, ni los de mayor confianza y cercanía.

No se supo nada de su familia, pero sí de sus cualidades, porque, en realidad, a su regreso de la Unión Soviética, donde estudiaba como tanto joven salvadoreño, se incorporó directamente a la guerra y rápido, muy rápido, se supo que David tenía condiciones humanas para conducir la tropa guerrillera, y por eso le otorgaron el grado de capitán.

El capitán David era ordenado y organizado hasta el más mínimo detalle y así, parecía que en su cabeza existían una serie de secciones donde guardaba cada cosa y cada caso que tenía que resolver. A la hora de escribir, siempre usaba un cuaderno que sacaba de su mochila, donde parecía guardar todas las cosas imaginables, anotaba lentamente, como dibujando cada uno de las letras y pensando cada una de las palabras mientras miraba, desde el fondo de la mirada, a su interlocutor, y todo era meticulosamente registrado.

Durante muchos años mandó las tropas de las FAL en Chalatenango y enfrentó innumerables veces a fuerzas enemigas superiores y, así mismo, atacó innumerables veces a fuerzas mayores. Reconocido por su valentía y serenidad, y también por su capacidad organizativa.

David tenía en su cabeza y en su corazón un remolino de fuerzas telúricas que iban y venían, subían y bajaban, se encendían y se apagaban y, a la hora de pensar, daban la impresión, real o aparente, de que siempre tenía más de una opinión sobre cada tema, pero no las soltaba todas. En el fondo insondable del espíritu de David parecía quedar espumeante un mar de ideas a las que no se tenía acceso. Todo este maremagno no alteraba en lo más mínimo su inveterada tranquilidad y parsimonia.

Durante el mes de diciembre de 1989, cuando el Batallón Belloso atacó el Cerro de Guazapa, hacía dos días que habíamos llegado de San Salvador, del volcán de San Salvador, luego de la brillante ofensiva militar de ese año. El Belloso alteró nuestros planes de descansar y evaluar la campaña militar, con mucho apoyo aéreo, fuego artillero e infantería, presionó nuestras fuerzas hacia la parte superior del cerro.

Nos reunimos a las once de la mañana para tomar decisiones, la noche anterior habíamos dormido en una barranca de piedras grandes sin quitarnos las botas, pero aflojándoles las cintas. Esperamos a David, hasta que apareció, su frente perlada por el sudor y su uniforme bien ordenado y limpio, se sentó en una piedra redonda que parecía estarlo esperando, con la mochila a sus pies; se quitó lentamente su sombrero verde con barbiquejo y lo puso, casi con primor, sobre su mochila. Al empezar la reunión sacó del fondo oscuro, profundo y silencioso de su mochila su infaltable cuaderno de notas y empezó a tomar notas.

Aquella reunión operativa fue rápida y las decisiones salieron como fogonazos de un incendio enloquecido, había que dividir la fuerza, dejando en la parte Sur, fuerzas operativas y moviendo para el norte del Cerro la mayor cantidad de tropa, hospital y talleres. La fuerza de David se quedó en la parte Sur y al despedirnos, guardó con primor su cuaderno en la biblioteca de su mochila.

Durante la guerra y cuando, por alguna razón, el Capitán David pasaba por Guazapa, platicábamos largamente durante las tardes, y en estas pláticas danzaba su interés en la situación internacional, en la coyuntura política del país y, caso extraño, en las experiencias, aciertos y errores de ese pájaro tierno llamado amor. David que siempre parecía un remanso en medio de la turbulencia tenía en realidad, un corazón turbulento, y no pocas noches la pasión le develaba el sueño. En verdad, no se puede asegurar que el verdadero interés fuera el amor o fueran las mujeres; pero lo cierto es que el romance de la vida y por la vida hacía del Capitán David una persona suficientemente sensible para ser revolucionario, como él lo era y, suficientemente fuerte para ser Jefe guerrillero, como él también lo era.

En las tardes de campamento aparecía con una sonrisa en su rostro, como temeroso, como indeciso, pero tomando asiento en la piedra más cercana e iniciando de inmediato el diálogo, y yo sabía que ni incertidumbre, ni indecisiones, ni temor, movía, en ningún momento, la segura voluntad del Capitán David. El llegaba a platicar de los temas de su interés y siempre me fue agradable conocer, aunque fuera un poco, sus pasajes espirituales, sus sueños verdaderos y sus esperanzas.

Nunca dejó de confiar en la certeza de la lucha popular y dueño de un inmenso sentido práctico de la vida, supo siempre que los fusiles eran necesarios e imprescindibles así como sabía, con su gran sentido político, que era clave saber usar estos fusiles para saber cuando disparar y hacia donde hacerlo. Así era el Capitán David. Su vida reservada y su pensamiento cuidadosamente expresado, mostraban una ordenada existencia. Aunque la vida, al moverse dentro de la existencia, resulta ser una fuerza dinámica que no siempre se controla, y, por el contrario, sacude como rama en la tormenta, la existencia de las personas. Después de la guerra, David siguió su mismo estilo y parecía que la guerra y la paz estaban en su vida armoniosamente matrimoniadas.

Luego de mantenerse durante algunos años en el departamento de Chalatenango, donde guerreó tanto tiempo, David se hace sindicalista, regresa a su pueblo natal, Tepetitán, en el Departamento de San Vicente. Siguió viviendo en el ojo del huracán, como viven los hombres y mujeres que deciden cambiar el tiempo. Hasta que un día, reservado, silencioso y misterioso, el Capitán David decide morirse en el seno de su familia, era el mes de Junio, cuando las lluvias invernales anunciaban huracanes y cuando el verde vegetal estallaba la lujuria del trópico, David descubre que una vieja dolencia renal le ha seguido lentamente los pasos y le ha tendido una emboscada artera y exacta.

Nada importante se puede hacer y así, en el silencio de las horas, se escapa la vida del guerrillero tenaz. Nadie supo tan siquiera que estuvo enfermo, como si hubiera decidido emboscar a la memoria. Y no se supo ni el día que murió ni el día que lo enterraron, hasta que su muerte se hizo noticia y circuló más allá de la habitación que lo vio morir. El capitán David supo vivir como quería hacerlo, pero también supo morir de acuerdo a su voluntad, porque este hombre, pequeño y tenaz, obstinado y sereno, sin duda sabía que cada quien tiene su hora y su segundo y que todos, sin falta, nos morimos hacia adentro pero vivimos hacia fuera. David sabía cual es la ronda misteriosa que construye el equilibrio entre éstas dos esferas.

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