El fin del mundo y el comienzo del nuevo tiempo

Mucho se especula en estos días acerca del fin del mundo y se le atribuye a los mayas haber vaticinado en su calendario que en este próximo solsticio – de verano en el sur o de invierno en el norte – es el fin de una era para nuestra humanidad o el fin de un ciclo cósmico, algo así como un año galáctico. Sin embargo de la mano de los vendedores de sueños de Hollywood y muchos otras personas que han colaborado a la fábula, este 21 de diciembre resulta en un fin del mundo plagado de fantasiosas historias apocalípticas: que entraremos en una etapa de oscuridad, que un meteorito caerá en la tierra, que habrá grandes tormentas solares o que nuestro planeta entrará en un cinturón fotónico y quién sabe cuantas cosas más.

Pues bien, si algo de todo esto acontece la última edición de Pillku del año habrá sido un trabajo totalmente en vano.

Pero nada será así. Todo seguirá su curso desgraciadamente. Pues como profesa una foto que da vuelta por las redes sociales “no tengo miedo que se acabe el mundo en el 2012, tengo pánico que siga igual”. Y de eso se trata todo esto. Si bien es cierto que la fecha fue puesta por los mayas y que su simbología ha penetrado incluso procesos de cambio político como el que vive actualmente el Estado Plurinacional de Bolivia, donde se celebrará el 21 de diciembre el nuevo tiempo de Pachacuti, no hay ni el más mínimo rastro real de que el mundo se vaya a acabar el 21 de diciembre de 2012.

No niego que sería un tremenda oportunidad para quiénes estamos hartos del sistema, pero lamento informarles que seguiremos más o menos igual. Y ese es el punto más apocalíptico de todos. Seguir igual en un mundo que muere de hambre cada día no por falta de alimentos, y que muere de enfermedades curables sí por falta de atención médica, y que muere en guerras creadas por el vil y maldito interés de países poderosos como los Estados Unidos o el Estado de Israel. Todo esto es realmente muy triste. Y la lista podría seguir y seguir.

Los mayas más bien hablaban de una oportunidad creo yo. De una oportunidad simple, sencilla, y a la vez muy difícil. La oportunidad de conectarnos con nosotros mismos, de recuperar nuestro vínculo sagrado con la naturaleza, con la otredad, de construir una sociedad más desde el corazón y menos desde la cabeza, de dejar de lado nuestras mezquindades y construir juntos, juntas, un mundo más digno, con mayores oportunidades, con justicia social, con igualdad, solidaridad, encuentro, respeto y amor.

La palabra apocalipsis viene del griego apokalypsis y significa revelación, algo así como quitar el velo. Y esto mucho tiene que ver con la tradición iniciática con la que tantos pueblos originarios de América y del mundo desarrollaron una forma de vida. Cuando un iniciado o iniciada era adentrado en los misterios se decía que éste corría el velo de todo lo que había estado oculto antes. Revelación e iniciación tienen mucho en común. Hay muchos misterios en relación a estas tradiciones y también muchas falsedades que pretenden hacer de esta práctica (la iniciación) un fetiche o simplemente entretenimiento de consumo.

Ahora que el apocalipsis está cerca no podemos dejar de pensar en su significado. Bueno, poder podemos, pero no está mal tomarnos al menos diez minutos para pensar en esto y darle un sentido propio y así aprovechar la excusa. En la definición de esta palabra nunca se habla de fin del mundo, nunca se dice que todo se termina. Se habla de revelación. Y yo me pregunto cómo será correr ese velo, y a qué hay que quitárselo. Y entonces todo cobra un significado diferente y mañana podría ser – simbólicamente – el comienzo de un verdadero apocalipsis, una verdadera revelación. Pues los corazones verdaderos y nobles podemos correr ese velo y comenzar a ver más allá. Iniciarnos.

Bien podría esta revelación venir por el lado de lo político unido a una profunda concepción mística, como la que tenían nuestros ancestros Mayas o Aymaras (o tantos otros). Una conexión espiritual que nos permita acercar corazones, pero que si o si, debe caminarse desde la lucha política. Porque hoy la lucha política es el ojo del huracán de las transformaciones que comenzaron en este siglo XXI. Mucho se habla de las profecías y mucho se habla de esta nueva era. Y genial que mucha gente se haya sensibilizado a lo largo del siglo XXI con los cambios en la conciencia y la transformación de las energías. Y qué bien que el planeta entre en una nueva etapa de transformaciones energéticas y magnéticas, cambio de polaridades, etc.

Pero nada de esto vale del todo si no estamos organizados como pueblos, como sociedades que quieren y proponen cambios. Que los construyen. A veces me parece muy fuerte que algunas personas que profesan un gran amor espiritual y conexión con el universo cuando tienen que hablar de Cristina Fernández, de Hugo Chávez, de Evo Morales, de Rafael Correo o de esa pequeñita isla que es Cuba, se agarran los pelos, y les sale todo su visceral odio. Defienden a rajatabla sus privilegios de clase y están totalmente convencidos que esos “déspotas” y “autoritarios” presidentes que llevan adelante parte de las transformaciones sociales más profundas de América Latina y el mundo son los enemigos de la luz y todas esas carajadas que se inventan. O que plácidamente siguen a líderes como Sri Sri Ravi Shankar que ha sido parte de la organización político religiosa que asesinó a Gandhi.

Me parece totalmente incomprensible trabajar por la conciencia del nuevo tiempo y tener posturas tan contradictorias y con tan poca sensibilidad social para no entender de que se trata justamente este nuevo tiempo, que ni mucho menos es un proceso terminado, está en construcción permanente y se necesita caminar y avanzar mucho más. Pero que hacia fines de siglo XX todavía ni podíamos pensar en una gran cantidad de cosas que hoy están sucediendo en Nuestra América. En la última década ha comenzado a resonar esto del amor. En boca de los grandes movimientos sociales y de sus líderes. Así el amor se opone al odio, como decía Nicolás Maduro en su primer parte sobre la última operación de Chávez “tanto tanto amor, hasta que el odio de nuestros enemigos desaparezca”. Y creo que ésta es una gran metáfora.

Nuestro movimiento latinoamericano de liberación hoy se está refundando en el amor. Con toda la dimensión espiritual que esto tiene. Nuestros pueblos, oprimidos y explotados durante siglos, comienzan poco a poco a recuperar su verdadera identidad. Que tiene que ver con prácticas ancestrales, milenarias, con la solidaridad y el compartir. Con el “buen vivir”. La espiritualidad de la mayoría de los pueblos ancestrales estaba totalmente unida a la política. Porque política es la vida en sociedad, y espiritualidad es la forma de conectarnos con la fuente, la naturaleza, con este gran planeta que nos cobija y el universo que la contiene, con esta madre tierra que nos hizo nacer y nos permite crecer. Esto incluye un montón de nuevas formas de relacionamiento. De construir nuevas subjetividades que nos permitan mirarnos y encontrarnos de forma diferente. Que nos permitan entender el mundo y la vida toda de una forma menos fraccionada, más integral. De cómo construimos nuevas formas de poder que trabajen por la emancipación.

Yo tengo la percepción de que este nuevo tiempo es para nosotros y nosotras, los que estamos transitando el camino del amor, los que entendemos estos procesos aunque no siempre estemos de acuerdo en todo. Y que es este caminar que nos lleva a entender mejor lo que somos como pueblos. Y a escuchar también a la Madre Tierra, ese llamado de la Pachamama que nace en todos los corazones sensibles. Ese llamado que grita y dice: No a la Monsanto, No a los transgénicos, Software Libre Sí Colonia no, No a la minería, Sin agua no hay vida y tantas otras formas que tiene de nacer en cada uno y una de nosotras.

Este tiempo es nuestro, no podemos dejar que nos lo arrebaten. Tenemos que caminarlo día a día. Militarlo hasta el agotamiento y más. Dejar que penetre el llamado del nuevo tiempo en nuestros corazones para hacer una revolución interna y luego cambiar el mundo. Porque es responsabilidad de los que hoy estamos con vida. De quiénes tenemos ojos, manos, voces, pies, corazón y cabeza para avanzar en la construcción de un mundo nuevo, ese otro mundo posible del que tanto hablamos.

La tarea no es fácil, y hasta puede parecer imposible. Pero para eso es la utopía. Caminemos juntos y juntas ahora que sobreviviremos al fin del mundo. Ahora que sabremos fehacientemente que nada pasará. Que todo seguirá igual en apariencia, pero que dentro de cada persona se está construyendo una fuerza tal que si nos organizamos un poquito más podrá ser un gran momento histórico. El del verdadero cambio planetario: la hora de los pueblos. Ese momento, tal vez esté llegando.

Este es un manojo de deseos, sueños y delirios para este apocalipsis de fantasía que nos toca vivir. Pero podemos hacerlo realidad en nuestro interior y comenzar una nueva vida que transforme este mundo. Está en cada uno de nosotros y nosotras. Hagámonos cargo.

Feliz fin del mundo para todos. Si no cae un meteorito ni viene el diluvio entonces nos vemos en 2013 para seguir haciendo más y mejor Pillku.
¡Salud!

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