El marxismo al pie de la horca

El marxismo al pie de la horca

Roger Bartra

No me propongo hacer un viaje al pasado; no quiero hacer una reseña de la Mesa Redonda que convocó Vicente Lombardo Toledano en 1947. Quiero, más bien, traer algunos aspectos de la discusión de 1947 a la situación actual: porque, desgraciada y afortunadamente —las dos cosas, cosa paradójica-, aquellas discusiones son de actualidad. Desgraciadamente, porque la cercanía de los años cuarenta es una medida de nuestro atraso; afortunadamente, porque es un indicador de la inserción del marxismo en nuestra historia nacional. No habrá espacio para dibujar un panorama de la izquierda en los años cuarenta. Las discusiones que evocaré son, hasta cierto punto, representativas de la izquierda de aquella época. De una izquierda marxista manchada, al menos moralmente, por el atroz asesinato de Trotsky; una izquierda profundamente dividida; una izquierda colocada sin saberlo en el umbral de un agudo enfrentamiento con el gobierno; instalada en un periodo de auge económico y modernización; pero en espera de la crisis final del capitalismo.

En suma, de una izquierda que estaba cavando su fosa. Es bueno recordar esto, pues a veces la izquierda de 1983 también parece empeñada en la misma tarea. Parece empeñada en ponerse al pie de la horca.

Al hacer las conclusiones sobre varios días de discusiones entre marxistas, Lombardo Toledano dejó caer una frase que marca el sentido del pensamiento de la izquierda a fines de los años cuarenta, y al mismo tiempo señala la enorme distancia —casi un abismo que nos separa de aquella época: “no entendamos el socialismo para mañana en nuestro país”; dijo Lombardo en

1947. En los años ochenta una de nuestras principales consignas la expresamos con la fórmula contraria: exijamos el socialismo para hoy; y es que hoy muchos tenemos una concepción muy diferente de lo que debe ser el socialismo en México: sabemos que sus cimientos democráticos se comienzan a construir antes del cambio revolucionario y de la toma del poder. Sabemos también que de muy poco ha servido el diseño teórico de etapas de transición, como no sea de filtros para opacar la realidad nacional. Sabemos que, si el socialismo ha de tener un futuro, debemos construirlo desde el presente.

La frase “no pretendamos el socialismo para mañana” revelaba la peculiar situación en que se habían colocado los marxistas de aquella época: se habían encerrado voluntariamente en el espacio teórico-político de la revolución mexicana de 1910 y, en consecuencia, aceptaban como algo natural y evidente que todo movimiento de la izquierda mexicana estaba forzosamente inscrito en los límites de la revolución democrático-burguesa. El ayer, el hoy y el mañana se encontraban delimitados por los parámetros de lo que se denominaba una revolución democrático-burguesa en marcha. Según Lombardo, es el gobierno de Lázaro Cárdenas el que inicia el desarrollo rápido hacia el régimen democraticoburgués: Miguel Alemán, el “Cachorro de la Revolución”, es su continuador. Dionisio Encina, del PCM, con su lenguaje pesado y árido, apoya estas ideas: su preocupación radica en los frenos que la derecha pone a la Revolución. A todos les parece evidente, pues, que la revolución mexicana sigue en marcha: el problema radica en lograr que el proletariado encabece el proceso democrático-burgués. No debemos extrañarnos por ello: el enorme influjo de la Revolución —y de las profundas reformas cardenistas— se dejaba sentir aún con fuerza en 1947; todavía hoy podemos reconocer en el seno de la izquierda —aunque se expresa con otros términos— la misma preocupación por estirar el espacio de la revolución mexicana.

La idea de que el futuro de la revolución mexicana en marcha debía ser el socialismo atentaba contra los esquemas dogmáticos imperantes. Por ello a Lombardo —que era uno de los que mejor cultivaba los dogmas de origen estalinista— le cayó del cielo la apreciación de Dimítrov según la cual en algunos países se podía llegar al socialismo sin pasar por la dictadura del proletariado. He allí una fórmula —bendecida por Mosul— que le permitía a Lombardo fundamentar sus posiciones sobre la unidad nacional. No deja de ser curioso que los herederos contemporáneos del lombardismo sean hoy los más feroces defensores de la dictadura del proletariado como etapa inicial ineludible en el proceso de construcción del socialismo. A los comunistas de la época dicha fórmula les cayó del cielo también, pero como una ducha de agua fría. Dionisio Encina —a pesar de que reconoció desconocer los textos de Dimítrov— citó prestamente a Marx, Engels, Lenin y Stalin para afirmar la idea de que la lucha de clases desemboca necesariamente en la dictadura del proletariado. Más tarde, Blas Manrique —también del PCM— cita extensamente a Dimitrov para demostrar que en su declaración no “forzosamente se renunciará a la dictadura del proletariado”. En fin, como todo dogmático acostumbrado a recibir consignas rígidas, le interesaba especialmente demostrar que tal renuncia era posible en Europa oriental, pero no era obligatoria. Y así, en nombre de la flexibilidad —según la cual cada nación encontrará su propia ruta al socialismo— se justificaba el dogmatismo. Y aún más, curiosamente, gracias a este mismo dogmatismo, se encontraba la forma de estar aproximadamente de acuerdo con las ideas lombardistas sobre la unidad nacional.

Estos malabarismos, dignos de los mejores teólogos del Vaticano, no impedían la proliferación de importantes discrepancias, aun cuando aparecían camuflageadas bajo terminologías oscuras y crípticas. Veamos un ejemplo, que visto a distancia parece cómico, aunque en el momento se discutía, por supuesto, con una gran solemnidad: me refiero a la definición del carácter del gobierno de Miguel Alemán. En la Mesa Redonda de Bellas Artes se discutía con vehemencia cualquier variante de la definición lombardiana, como si de ello dependiera la orientación del gobierno. Esta definición partía de la táctica de la unidad nacional, que implicaba renunciar —provisionalmente a los objetivos exclusivos del proletariado, para establecer una alianza con la llamada burguesía progresista. De acuerdo con esto, Lombardo definía al gobierno de Alemán no como un gobierno proletario —aclaró—, sino como un gobierno de la pequeña burguesía y de la burguesía progresista. Siqueiros, en tono de burla, señaló que la izquierda había votado por un gobierno de unidad nacional, y que ahora resultaba ser un gobierno de burguesía progresista. Dionisio Encina confirmó que el gobierno de Alemán, cuya candidatura había apoyado el PC, era “una fuerza de unidad nacional”, aunque dicha unidad no debía hacerse “alrededor del gobierno de una manera simple y liana”. El gobierno de Alemán debía ser calificado, según las palabras de Encina, “como un gobierno de la burguesía progresista, no un gobierno de unidad nacional, aunque el gobierno, como representativo de la burguesía progresista, sea una fuerza de unidad nacional”. Valentín Campa, por su parte, también aceptaba el carácter progresista del régimen de Alemán, pero destacaba la importancia de sus elementos reaccionarios y anti-populares, y atacó las tesis que justificaban las reformas al artículo 27 de la Constitución (sobre el amparo en materia agraria), suponiendo que éstas propiciarían el surgimiento de “terratenientes capitalistas progresistas”.

Lombardo tenía razón en un punto: su idea de que “la composición del gobierno, considerado en su conjunto, no es más que la proyección de la correlación de fuerzas que existen afuera”. Pero se equivocó totalmente en la apreciación de la correlación de fuerzas, además de que solía examinar dicha proyección en forma extremadamente mecánica y, sobre todo, a manera de justificar teóricamente, ex post facto, las alianzas que había entablado, en este caso con el “Cachorro de la Revolución”.

II

Hoy en día el apoyo de la izquierda al gobierno de Miguel Alemán nos parece aberrante y las discusiones sobre su dimensión progresista nos parecen ridículas. Pero debemos darnos cuenta de que las falsas apreciaciones sobre los primeros gobiernos poscardenistas contribuyeron a hundir a la izquierda en un marginalismo que duró más de 20 años. Por esta razón, es importante que profundicemos un poco en las raíces teóricas que sustentaron aquellas falsas apreciaciones, pues es muy posible que tales vicios subsistan todavía.

En la Mesa Redonda de Bellas Artes todos estuvieron de acuerdo en que México debía industrializarse; además todos pensaron que dicha industrialización sólo podía darse en el marco del desarrollo del capitalismo, ya que el país no estaba maduro —creían para la transición al socialismo. Se trataba de una aplicación obviamente muy mecánica de algunas tesis clásicas marxistas que, a su vez, deben ponerse en duda: me refiero a las concepciones naturalistas sobre el progreso histórico sustentadas en un determinismo económico unilineal.

Ante esta situación de inmadurez del desarrollo económico capitalista, Valentín Campa y Hernán Laborde proponían una alternativa de lucha inspirada directamente en los principios leninistas, según los cuales el capitalismo de Estado es prácticamente la antesala del socialismo. Campa señaló que debía impulsarse lo que llamó una “industrialización democráticoburguesa”, y agregó que ante diversas formas alternativas, “sólo con una línea de capitalismo de Estado se puede hablar en seno de industrialización”. Esta idea fue rechazada con gran violencia verbal por José Revueltas, que en esa época era más lombardista que el propio Lombardo; acusó a Campa de ser el “exponente autorizado del sectario-oportunismo y [de] la desviación de izquierda”. El argumento de Revueltas fue muy confuso, y se limitó a suponer que la meta del capitalismo de Estado ignoraba la existencia en México de otras clases sociales (de hecho quería defender el status de la llamada burguesía progresista).

Hernán Laborde definió con mayor precisión las alternativas en la disputa por la nación, como se ha llamado después a las opciones de desarrollo dentro del contexto capitalista. “Estamos nosotros en contra del desarrollo capitalista?”, se preguntaba Laborde.

No. Nosotros no estamos en contra de ese desarrollo, pero hay dos vías posibles de desarrollo capitalista en nuestro país, en la situación actual. Hay dos posibles vías de desarrollo democrático-burgués: una que fortalece al capital financiero, particularmente al capital financiero imperialista… apoyándose… en el capital comercial, en una parte del capital industrial, y en los terratenientes… Por esa vía de desarrollo del régimen económico de nuestro país, la burguesía nacional inevitablemente acentuará la opresión y la miseria del pueblo. La otra vía de desarrollo capitalista posible —seguía Laborde— es la que suprime progresivamente la dominación del capital extranjero nacionalizando las posiciones clave de la economía, la que debilita la influencia del capital financiero nativo también, mediante la intervención del Estado en la economía y mediante la introducción progresiva, aunque parcial, del capitalismo de Estado, no de golpe, no de la noche a la mañana, pero en forma progresiva, de acuerdo con las circunstancias del país y con la situación internacional. Es también la que nacionaliza los bancos y reforma las finanzas y el sistema de crédito en un sentido democrático.

Ésta era la posición de quienes, según los lombardistas, sufrían de una desviación de izquierda. A su vez, Laborde calificó a José Revueltas de “neomenchevique”.

Lombardo, en su intervención final, contestó los planteamientos de Campa y Laborde. Basado en una más que dudosa interpretación de un texto de Engels, Lombardo sostuvo que las nacionalizaciones sólo son progresistas — e inevitables— cuando el crecimiento desmesurado de los medios de producción o comunicación escapan a la dirección de las sociedades privadas, cuando hay incompatibilidad entre el desarrollo moderno de los medios de producción y la forma capitalista de propiedad.

¿Puede decirse [pregunta Lombardo] que el desarrollo capitalista en nuestro país nos permite afirmar que las empresas privadas, no solamente algunas, sino las que constituyen la economía industrial del país, han llegado ya a un grado tal de desarrollo que rebasa todas las posibilidades de crecimiento —diríamos normal—capitalista?

Lombardo contestó claramente que no. Y a continuación hizo una exposición que es todo un modelo de ceguera política. Dijo Lombardo en tono de burla:

… los compañeros [Campa y Laborde] afirmaban del capitalismo de Estado que debemos tender a él, y que debemos ir poco a poco. Desde el punto de vista puramente verbal, el problema es muy diferente. Mañana nacionalizamos todas las acciones que pertenecen a las empresas yanquis. Claro, no sucede nada en la situación actual hist6rica que vivimos. Mañana expropiamos las empresas eléctricas, las que pertenecen al trust yanqui y al trust británico. Claro, no sucede nada. Al rato expropiamos la Companía de Teléfonos. Nada, pues, sucede tampoco. Poco a poco nos vamos acercando al capitalismo de Estado, paulatinamente. [Y concluía pomposamente Lombardo:] Creo que preconizar este camino como una vía sistemática para industrializar al país, es hacer simples imaginaciones.

Lo más curioso es que en los siguientes decenios el Estado mexicano desarrolló, grosso modo, precisamente esa política que Lombardo calificó de imaginaria; las nacionalizaciones y la ampliación del capitalismo de Estado han sido efectivamente una poderosa palanca del proceso de industrialización y de control de las crisis económicas. Lombardo, en realidad, simplemente defendía su alianza con Miguel Alemán, quien representaba —según él— a una burguesía progresista que era necesario proteger contra toda posible nacionalización. En realidad, Campa y Laborde eran mucho más coherentes con el modelo lombardista de la unidad nacional que el mismo Lombardo.

Pero dos cosas no comprendieron Campa y Laborde: en primer lugar, que la vía del capitalismo de Estado no tiene necesariamente un carácter antiimperialista; más bien, por el contrario, constituye una modalidad de la integración moderna al sistema capitalista mundial. En segundo lugar, que esa vía “democrático-burguesa” del capitalismo estatal desarrolla tendencias despóticas y autoritarias, sin duda burguesas pero muy poco democráticas. Estos dos hechos, cuya significación e importancia se revelaron con fuerza en la segunda posguerra, nos permiten replantearnos con otra óptica las tesis leninistas originales. Ello, como podrá comprenderse, tiene además una relación directa con la concepción de socialismo que hemos desarrollado durante los últimos años, sobre todo después de 1968. Lenin escribió en septiembre de 1917 que

… el capitalismo monopolista de Estado es la completa preparación material para el socialismo, la antesala del socialismo, un peldaño de la escalera de la historia entre el cual y el peldaño llamado socialismo no hay ningún peldaño intermedio.

De hecho Lenin, en el mismo texto, plantea una concepción del socialismo que es consecuencia directa de su definición: si el socialismo es el paso siguiente al monopolio capitalista del Estado, entonces en realidad “el socialismo no es más que el monopolio capitalista de Estado puesto al servicio de todo el pueblo”.2

El razonamiento de Lenin es el siguiente: una vez que el crecimiento de los monopolios gesta esa macrocefalia estatal, lo que determina el carácter de la sociedad es el Estado; si el Estado está en manos del pueblo, tenemos un paso hacia el socialismo bajo la forma de una democracia revolucionaria. Si el Estado está en manos de los capitalistas, entonces tendremos una república imperialista, o sea, un Estado burocrático reaccionario. Creo que la historia reciente ha demostrado la falsedad de estas ideas: la estructura socioeconómica de las repúblicas imperialistas no cambia de signo con la sustitución del estado mayor que ocupa el aparato estatal (se podría analizar esto a partir de las recientes experiencias socialistas en Grecia, Portugal, Francia y España ).

Por otro lado, en las naciones que han desarrollado un tipo de economía que algunos marxistas bautizan de capitalismo monopolista de Estado, han crecido estructural estatales y empresariales que difícilmente son compatibles con nuestro ideal de socialismo democrático. Por el contrario, los monopolios gigantescos son uno de los factores más poderosos en la aparición de nuevas tendencias represivas, autoritarias y antidemocráticas, y una de las bases más sólidas de la consolidación de una sociedad escindida y segmentada de acuerdo a patrones discriminatorios y elitistas. Así pues, sólo en un sentido económico estrecho se puede sostener la tesis de Lenin segrin la cual “cuando una empresa capitalista gigantesca se convierte en monopolio significa que sirve a toda la nación“3

III

Los marxistas de la Mesa Redonda de 1947 no lograron escapar de la trampa teórica que implicaba suponer que los intereses de la clase obrera debían identificarse con las demandas por la construcción de ese peldaño que, en la escalera de la historia, se creía que era el inmediatamente anterior al socialismo. Tanto lombardistas como comunistas discutieron con vehemencia sobre el carácter que debió tener ese eslabón que unía el presente subdesarrollado con el futuro socialista. Todos estaban seguros de que, una vez alcanzada esa etapa intermedia, el socialismo sería inevitablemente, el siguiente paso o por; lo menos estaría al alcance de la mano. Sin embargo, la experiencia histórica ha demostrado, a mi juicio, que el, socialismo era una opción más cercana a la sociedad de los años treinta, que al México de las décadas siguientes. Antes de 1940 el socialismo formaba parte importante de la vida política mexicana y, con todas sus deformaciones e ingenuidades, era una alternativa visible; en cambios la industrialización ,y, la expansión, del capital al campo-, lograron, alejar al socialismo del horizonte histórico, y de la práctica política cotidiana durante tres décadas. A ello contribuyó, sin duda, la dificultad de los marxistas para aceptar que las, coyunturas favorables al socialismo (los, momentos revolucionarios, como se decía) no se encuentran atadas a ninguna fase específica del desarrollo del capitalismo; están determinadas por la confluencia compleja de una gran diversidad. de factores de toda índole, desde psicológicos y políticos hasta económicos y sociales.

Hernán Laborde, quien percibía este problema, no encadenó completamente el destino de la clase obrera a la teleología de una historia irremediablemente eslabonada en etapas. Por eso atacó con gran pasión a quienes creían que el proletariado mexicano era aún impotente para encabezar el proceso revolucionario, por ser pequeño, débil y semicampesino: en suma —de acuerdo a la expresión de Laborde—, por ser un proletariado “menor de edad”, un pobre “niño de teta” que debía ser transportado y amamantado todavía unos años por las fuerzas de la unidad nacional. Estas críticas, formalmente dirigidas a Carrillo, Revueltas y Torres, obviamente tenían como objetivo a Lombardo, a pesar de que éste había señalado que el proletariado debía dirigir la revolución democrático-burguesa (no obstante, sin aclarar cómo ni ,cuándo). La discusión era tanto más difícil cuanto que, ayer como hoy, el lombardismo se disfrazaba con las vestiduras de la ortodoxia y radicalismo. En esos momentos ya se podía intuir que a diez años del conflictivo IV Consejo de la CTM, los marxistas tanto lombardistas como comunistas iban quedando al margen del movimiento obrero.

Esto lo había auspiciado la práctica lombardista de tratar a la clase obrera como “niño de teta” aferrado a las ubres gubernamentales, pero también el sectarismo de los comunistas, como lo reconocieron Campa y Laborde.

La práctica lombardista partió de dos ideas: a) que las exigencias de la unidad nacional indicaban la necesidad de crear un gran frente revolucionario bajo la forma de un partido popular amplio, que. no fuese definido por su carácter marxista, obrero o de izquierda; b) que ese partido ocuparía el lugar del PRM, que según él se había extinguido; ese lugar no lo podría ocupar el PRI, que había sido sólo un esfuerzo tardío para revivir al PRM con la restringida función electoral de cerrarle el paso a un agente del imperialismo extranjero (se refería, supongo, a Ezequiel Padilla).

Estas ideas ilustraron el paulatino abandono de la lucha de Lombardo en el sector obrero, para encaminarse a constituir ese ilusorio frente popular que acabó en un triste partido marginal, simbólicamente enfrentado al PRI todopoderoso que había sido declarado inexistente por Lombardo. Había subestimado el potencial político de la clase obrera organizada; ese potencial fue canalizado hacia el Estado y desde entonces no ha dejado de crecer, aun dentro del cerco gubernamental. Desde allí ha contribuido a expander el capitalismo de Estado, lo cual ha ayudado en muy poco a incubar una alternativa socialista; por el contrario, el movimiento obrero oficial ha auspiciado la consolidación de las facetas más corruptas y autoritarias del sistema político mexicano.

La propuesta de crear un gran frente revolucionario era compartida por todos. Se trataba de la idea de las alianzas como círculos concéntricos en torno a la vanguardia obrera, concebida como la única clase que puede y quiere construir el socialismo. Esta idea admite tácitamente que los auténticos partidarios del socialismo son una minoría que debe usar, diversas artes tácticas para configurar amplios frentes mayoritarios, antiimperialistas y nacionalistas, compuestos por sectores sociales aliados que en el momento de la construcción socialista tendrán que ser sometidos por la dictadura proletaria. Así pues, a partir de esta tesis se acepta que es imposible que la mayor parte del pueblo adquiera una conciencia socialista antes de la toma del poder, y que sólo mediante el uso del Estado como instrumento educador masivo podrá lograrse una mayoría por el socialismo. De aquí la idea de tomar primero el Estado y después constituirse en mayoría. Lombardo Toledano introdujo una modificación a este esquema: pretendía usar el poder educador del Estado de la revolución mexicana antes del paso al socialismo; pero para ello ya no contaba más que con la fuerza de sus discursos y con la palabra del presidente Miguel Alemán: el fracaso era inevitable.

Hoy en día, frente a la vieja idea de las alianzas de clases como círculos concéntricos, se está desarrollando, en la práctica y en las concepciones, un proceso de expansión del sujeto revolucionario. La noción izquierda refleja esta idea de un espacio político en crecimiento que se extiende como un movimiento generador de una nueva hegemonía mayoritaria: el Estado socialista no será, así, el educador autoritario de una sociedad en gran medida reacia al socialismo; en realidad, será el Estado el que deba ser educado por la sociedad. La expansión de un espacio de izquierda se refiere a un proceso social objetivo que va colocando a las masas no obreras en condición de sujetos revolucionarios conscientes, y no sólo en aliados de segunda o tercera clase. Este espacio de izquierda debe contar con uno o, mejor aún, varios partidos de masas definidos como organizaciones políticas y electorales capaces de aglutinar a la mayoría en un proceso socialista revolucionario, es decir, encaminado directamente a construir el socialismo. Es obvio que no se trata simplemente de ganar unas elecciones, cosa que como todos sabemos no es nada simple. Pero la tarea es aun más compleja, pues al poder electoral es necesario acorazarlo de una situación que permita que los fundamentos socialistas se reproduzcan con la misma naturalidad con que respiramos el aire que nos rodea.

IV

La preocupación por basar el desarrollo de los partidos y los frentes en una democracia política representativa era totalmente ajena a los participantes de la Mesa Redonda de Bellas Artes, a pesar de que todos aceptaban como necesario el advenimiento de un régimen que denominaban democráticoburgués. Sin embargo, se aceptaba perfectamente la idea de que la izquierda debía defender y auspiciar reformas al sistema. Para los marxistas de los años cuarenta la idea de democracia se circunscribía a una serie de reformas sociales y económicas: la idea de establecer mecanismos de representación del pueblo en tanto que ciudadanos había sido sustituida por la idea de la representación por clases sociales.

Las reformas eran entendidas, por los lombardistas, como un inevitable y providencial curso histórico que llevaba al proletariado hacia un inequívoco futuro luminoso; y por los comunistas, como avances tácticos para alcanzar la última fase del capitalismo, trampolín seguro para zambullirse en forma revolucionaria en las aguas del socialismo. De esta manera, lo principal era la “carga histórica” (teleológica) de las reformas; no se entendía completamente que una reforma es defendida por los socialistas, no sólo por estar ligada a una etapa o escalón, sino principalmente porque de una manera objetiva e inmediata beneficia a la clase obrera y al pueblo; se defiende y se lucha por su implantación en la medida en que forma parte del socialismo, es decir, contribuye al bienestar de la mayoría; son reformas porque tienen la particularidad de que su implantación no contradice abierta y violentamente la reproducción del sistema dominante. No son reformas debido a que se inscriban en un modelo capitalista o en un proyecto de transición; lo son porque se inscriben directamente en una dinámica socialista, no como algo transitorio o provisional, sino porque deberán formar parte de la sociedad socialista.

La libertad y la democracia que queremos hoy la necesitaremos aún más mañana bajo condiciones socialistas. La independencia y la autonomía de partidos, sindicatos y organizaciones sociales con respecto al Estado serán indispensables en la sociedad socialista que queremos. La autogestión y la descentralización las requerirá la nación socialista de mañana. La paz, y no la guerra permanente, será parte de un socialismo libre de bloques internacionales. Por eso debemos luchar por instaurar desde hoy la paz, la libertad y la democracia entre los hombres, la independencia y la autonomía de los movimientos políticos, la autogestión y la descentralización de la sociedad. Eso es lo que significa, a mi entender, ser reformista hoy en día. Es hacer la revolución todos los días, convertirla en un hecho cotidiano.

He insistido en subrayar las enormes diferencias que nos separan de los marxistas de la Mesa Redonda de 1947, y, simultáneamente, he sugerido la cercanía de sus discusiones. Lejana y cercana al mismo tiempo, la perspectiva marxista de los años cuarenta se nos aparece como ubicada en un momento crítico de su historia; goza todavía de la vitalidad que le inyectó, en la década anterior, el movimiento popular, pero se encuentra ya en el declive de un largo exilio interior. La Mesa Redonda de Bellas Artes sacudió brevemente, con el viento fresco de la unidad, a la adormecida izquierda, que se encontraba ya en un periodo de hibernación; pero el sueño de la izquierda mexicana no fue nada tranquilo; no sólo sufrió las inclemencias de la represión, el charrismo, el unipartidismo y el desarrollismo, sino que en sus propias pesadillas campearon el sectarismo, los anatemas, el dogmatismo, las expulsiones y las divisiones. Tendrían que pasar todavía más de veinte años para que las diversas corrientes de la izquierda iniciaran un fructífero proceso de convergencia y unidad. Hoy en día todas las organizaciones importantes de la izquierda gozan y sufren de estas convergencias: se acabó el tiempo en que los partidos ostentaban con orgullo una pureza monolítica. Aquellos grupos y militantes que no tienen en su seno las huellas de las tres grandes corrientes de la izquierda —el izquierdismo, el reformismo y el comunismo— son los que están siempre dispuestos a arrojar la primera piedra contra sus camaradas. Pero la mayoría aceptamos nuestra impureza y nos reconocemos influidos por todas las corrientes. Las tres corrientes se encontraban presentes en la Mesa Redonda de Bellas Artes de 1947. De las experiencias de entonces y de las discusiones posteriores podemos concluir que la nueva izquierda sólo surgirá con fuerza si se reconoce como fruto de la confluencia y de la diversidad de corrientes; pero es necesario, al mismo tiempo, destacar los obstáculos y las contradicciones que cada corriente trae consigo.

Quisiera, al respecto, poner tres breves ejemplos. El izquierdismo —cuyo origen se remonta sin duda al anarquismo— adquirió una ingenuidad populista y una frescura juvenil que le permitieron tener una cierta sensibilidad a los nuevos movimientos sociales; pero los largos periodos de inmersión en el marxismo duro de la época estalinista, y más recientemente en el sectarismo maoísta o en el doctrinarismo trotskista, han recubierto la espontaneidad izquierdista de una coraza marxista dogmática. Así, el izquierdismo, que adquirió nuevas fuerzas en 1968, vive una vida contradictoria: de día usa un rígido corsé marxistaleninista, pero de noche se desnuda y se emborracha con marginales y heterodoxos.

Del reformismo, por otra parte, sabemos que es tan arcaico como la revolución mexicana, en cuyas cenizas todavía encuentra calor y aliento. El reformismo mexicano siempre ha girado en torno al Estado; su expresión clásica más elaborada es el lombardismo, y ha encubado una cierta sensibilidad para detectar cambios en la correlación de fuerzas políticas que modifiquen los equilibrios estatales, y una capacidad de denuncia para descubrir conspiraciones contra la nación. Pero también se ha colocado una camisa de fuerza dogmática, en este caso el marxismo-leninismo de factura soviética. El resultado contradictorio es algo así como un Bernstein defendiendo la dictadura del proletariado, es decir, las tendencias socialdemócratas mexicanas, a diferencia de lo que ocurre en Europa, son más bien refractarias a la democracia política representativa.

A su vez, la corriente comunista vive también singulares contradicciones, la más notoria de las cuales es tal vez la que opone su pasado estalinista a la tendencia democrática que rechaza al socialismo real como modelo. Es necesario decir que los nuevos elementos de la tendencia democrática provienen en gran medida del reformismo y del izquierdismo: gracias a la constatación de la importancia de las reformas democráticas y del espíritu que animó las luchas de 1968 en todo el mundo, la tradición comunista entra en una nueva fase.

Las distintas corrientes pueden confluir de dos formas: la primera consiste en la evocación de sus respectivas tradiciones doctrinarias, sean éstas de raíz reciente o añeja. Allí hay campo para los acuerdos, pues siempre habrá fórmulas de Marx o de Lenin que puedan compartirse. De esta manera, dando un salto mortal sobre decenios de discrepancias y enfrentamientos, el pasado puede unirnos. Pero el pasado sólo une simbólicamente.

La segunda forma en que pueden acercarse las corrientes de la izquierda consiste en hacerlo por el otro extremo, por sus diferencias: aceptando el carácter insuficiente y las incongruencias históricas de cada corriente, aceptando también la necesidad del trabajo conjunto y la polémica, en un contexto de diversidad.

La primera forma de confluencia no nos llevará más que a crear un clima de restauración de los viejos patrones de comportamiento de la izquierda, que han demostrado su esterilidad. Esta restauración sería un regreso a la Mesa Redonda de 1947, para tratar de encontrar deambulando por los pasillos del Palacio de Bellas Artes los fantasmas y las bestias negras que cada uno de nosotros ha soñado. En esos pasillos nos toparíamos, durante esta restauración imaginaria pero posible, con el espectro del revisionismo tolerante y agudo de Laborde; con el fantasma radical de Lombardo, tornado de la mano del espíritu renovador de Revueltas, maestro del zigzag político. También nos encontraríamos con el alma nacionalista y pragmática de Bassols y con la tenebrosa aparición del dogmatismo de Encina.

Podríamos seguir invocando las almas en pena de un marxismo restaurado. Pero sería exaltar lo que hubo de inerte en los marxistas que se reunieron hace 36 años on el Palacio de Bellas Artes. Los que necesiten fantasmas, que escojan el suyo, que hagan su verdadera crónica y renueven a los inquisidores. Yo prefiero hablar de lo que hicieron florecer, discutir con su pensamiento vivo, terminar aquí antes de que surjan más fantasmas y dedicar estas reflexiones, como un homenaje, a uno de los participantes de la Mesa Redonda de 1947, a Valentín Campa, quien logró cambiar tanto y al mismo tiempo mantener viva la esperanza socialista.

Tetelpan, 26 de octubre de 1983.

1 Ponencia leída en el seminario “La Mesa Redonda de 1947 y la situación de la izquiera hacia la mitad de los años cuarenta”, organizado por el CEMOS, el 26 de octubre de 1983.

2 “La catástrofe que nos amenaza y cómo luchar contra ella”, Obras completas XXVI, p. 42

3 Op. cit., loc. cit.

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