El mito de la incompetencia tecnológica de las mujeres a través del humor

El mito de la incompetencia tecnológica de las mujeres a través del humor

Aristotle maintained that women
have fewer teeth than men; although he
was twice married, it never occurred to
him to verify this statement by
examining his wive´s mouths.

Bertrand Russell , 19521.

La ridiculización de la acumulación de conocimiento por parte de las mujeres no es en absoluto un hecho novedoso. El efecto cómico que inspira todavía hoy día el supuesto mal uso que de la tecnología hacen las mujeres no dista mucho de las sátiras de autores como Aristófanes (Las asambleístas, Lisístrata), Molière (Las preciosas ridículas, Las mujeres sabias) o Quevedo (La culta latiniparla), por citar algunos ejemplos emblemáticos. De hecho, se ha salido perdiendo en refinamiento y el listón se mantiene constante en cuanto a la carga sexista, y en ocasiones misógina, implícita en este tipo de manifestaciones humorísticas. Argumentaremos que el humor funciona como mecanismo de control y sanción social de la “intromisión” de las mujeres en un campo genéricamente abonado para los varones. Los chistes acerca de la incompetencia tecnológica femenina suponen una advertencia, una sutil marca de propiedad masculina de una fuente de poder real y simbólico tan relevante en nuestro contexto actual como es la tecnología. Mediante el humor es posible seguir manteniendo la idea de la desigualdad de las mujeres en momentos en los que legítima y legalmente ya no es posible mantenerla. Estos chistes nos advierten de la transgresión de una frontera que, a su vez, ha sido alcanzada tras cruzar (casi siempre “sin papeles”) otras muchas fronteras. Las mujeres hemos transgredido la frontera de la tecnología al introducirnos, de forma paulatina y no exenta de obstáculos, en el paradigma tecnológico. El humor sobre el mito de la incompetencia tecnológica de las mujeres tiene como uno de sus objetivos deslegitimar esta transgresión de las fronteras. Henri Bergson, en el apéndice a la vigésimatercera edición francesa de su obra La risa, señala de forma pregnante lo siguiente: “Es preciso que en la causa de lo cómico haya algo levemente atentatorio (y específicamente atentatorio) contra la vida social, ya que la sociedad responde mediante un gesto que tiene toda la apariencia de una reacción defensiva” (Bergson, 1986: 164). La habilidad tecnológica de las mujeres resulta atentatoria, utilizando el epíteto bergsoniano, contra un aspecto de la sociedad patriarcal, como es la acotación de la tecnología como parcela de poder exclusivamente masculina. El humor que atenta contra las competencias tecnológicas femeninas esconde, en consecuencia, temor. Avner Ziv ejemplifica con el denominado “humor negro” aquella función del humor de carácter defensivo que se despliega frente a diversas amenazas (en Berger, 1999). A este respecto, podríamos referirnos al humor que satiriza la competencia femenina en el ámbito tecnológico como “humor rosa”. La sátira, señala Berger, es un ejemplo de “lo cómico como arma”; un tipo de humor que arremete intencionalmente contra un grupo social determinado. Este tipo de humor será, por tanto, una reacción patriarcal a la acumulación de conocimiento por parte de las mujeres, bajo un sutil envoltorio de comicidad, con una gran capacidad de penetración en el imaginario social gracias a su aparente inocencia.

La compleja relación de las mujeres con la tecnología (feminismo dixit)

Como ya lo hemos señalado, la acumulación de conocimiento por parte de las mujeres ha sido denostada, socialmente sancionada y ridiculizada desde los foros científicos, filosóficos y literarios. En muchos casos, ha sido simplemente invisibilizada, de tal manera que la historia de las mujeres científicas y tecnólogas es una historia no reconocida2. Aún hoy día se mantiene vigente la máxima que afirma que, cuando una actividad posee prestigio, se veta a las mujeres su desempeño, o dificulta su acceso y posterior promoción en la misma. La figura de la femme savant de los salones científicos fue constante objeto de sátira (y de escándalo) por parte de los intelectuales de la época. Se trataba de una clara transgresión del “orden natural” de las cosas, de la separación normativa de lo público y lo privado, de lo intrínsecamente masculino de lo intrínsecamente femenino. Como veremos, la inversión de roles (producida por esta transgresión) o, en palabras de Henri Bergson, el “mundo al revés” tiene una componente tremendamente humorística. Este autor se referirá de forma explícita y llamativa al caso de las mujeres sabias y al efecto satírico que éstas provocaban en su entorno. “… Podemos recordar a las mujeres sabias, cuya comicidad consiste, en gran parte, en que traducen las ideas de orden científico en términos de sensibilidad femenina: “Epicuro me agrada…”, “Me gustan los torbellinos”, etc” (Bergson, 1986: 146). De esta forma, el autor sobreentiende la existencia de una sensibilidad femenina esencial, con un lenguaje y una lógica incompatibles con el lenguaje y la lógica científicas.

Alicia H. Puleo recoge en el volumen La Ilustración olvidada un Cahier de doléances apócrifo datado del año 1789. A pesar de que, como la propia Puleo indica, el comienzo del texto parece coherente con la tónica de los cuadernos de quejas de la época, el decálogo que se presenta bajo el título de “Proyecto de decreto” es una sátira a las demandas que las mujeres reflejaban en este tipo de escritos. Así, se ridiculizan las quejas relacionadas con la falta de derechos públicos de las mujeres por medio de estereotipos tales como la “incapacidad” femenina de hablar guardando turno, entre otros. La ridiculización de los logros políticos y culturales femeninos mediante el arma humorística se volverá a poner de manifiesto con claridad meridiana con el movimiento sufragista. En diarios y revistas de la época, se publicaron gran cantidad de viñetas satíricas, así como textos en esta misma línea. Sin embargo, las sufragistas supieron captar la pregnancia y capacidad de penetración del humor y lo utilizaron en su momento en beneficio propio, tal y como hoy día se sigue reclamando desde el feminismo. Así, en viñetas cómicas insertas en sus panfletos divulgativos, ridiculizaron (irracionalizaron, por tanto) las estructuras sociales y políticas de la época que les impedían acceder a su demanda, así como a personajes concretos especialmente reactivos. Podemos destacar la ironía con que Katherine Milhous se defiende contra el recurrente argumento de que el sufragio haría a las mujeres “menos femeninas.” Representa en su viñeta humorística a varias mujeres realizando tareas “propias de su sexo” tales como el cuidado del hogar, de la familia, el trabajo en fábricas en condiciones lamentables, etc. Estas actividades no atentarían contra la feminidad de las mujeres. Sin embargo, bajo el dibujo que representa a una mujer votando aparece la leyenda: “es otra historia” (Johnson et al., 2002: 27.)

A pesar de todos los obstáculos, la contribución de las mujeres al conocimiento, y en concreto a la tecnología, no ha sido en absoluto desdeñable. La antropóloga Ruth Hubbard (Harding y Hintikka, 1983), en su análisis del papel de las mujeres en la evolución humana, plantea la pregunta de por qué no se ha dado la adecuada importancia al descubrimiento y desarrollo por parte de las mujeres de algunos procesos químicos (como lo es el calentamiento de la arcilla para la elaboración de recipientes), procesos bioquímicos (como la fermentación del pan y de los licores) o procesos tecnológicos de cambio molecular (como la transformación de fibras en hilos). En la historia dominante de la evolución humana, se presenta a los varones como los descubridores y portadores de los primeros artefactos tecnológicos, tal y como lo son las armas y herramientas necesarias para la caza (atribuida al macho cazador frente al papel de la hembra recolectora.) La llamada arqueología de género ha puesto en tela de juicio esta teoría al poner de manifiesto que, en diversos hallazgos mortuorios, la distribución de hachas (propias de la caza) y hoces (propias del trabajo agrícola) junto a los restos humanos no respondía a criterios de género, sino a una variable física: la longitud de las extremidades de los huesos enterrados (Sanahuja, 2002). En relación a estas teorías, podemos remitirnos a uno de los chistes gráficos que más adelante presentamos como “Documento1”, donde se muestra en clave humorística la distinta evolución del varón y de la mujer. Mientras que en los distintos dibujos que muestran la evolución masculina, ésta va asociada al uso de herramientas y artefactos tecnológicos; el dibujo que representa los estadios de la evolución femenina no varían: siempre se trata de la misma imagen de una mujer fregando el suelo.

La afirmación de Cynthia Cockburn de que “la tecnología en sí misma no puede ser completamente comprendida sin referencias al género” (Cockburn y Ormrod, 1993) es el punto de partida de los primeros análisis feministas de la tecnología, que han tenido una presencia cada vez mayor desde la década de 1990. Se comienza a analizar entonces la tecnología como proyecto masculino del que quedan excluidas las mujeres, adscritas a la naturaleza y a las tareas reproductivas biológicas y culturales. Los campos de conocimiento de la ciencia y la tecnología son reconocidos como claras fuentes de poder y de prestigio, así como legitimadores del proyecto patriarcal. En este momento, comienza la lucha teórica por subvertir esta situación, especialmente con respecto a la ciencia. No se trata de hacer una ciencia o una tecnología “femeninas” (lo cual sería claramente una pretensión esencialista que no compartimos) sino de des-generizarlas. La concepción feminista (y sociológica) de la tecnología no será puramente artefactual, sino que se referirá a un complejo sistema sociotécnico, constituido por elementos económicos, organizativos, políticos, culturales y, naturalmente, técnicos. Judith Wajcman Sostiene que el hecho de que las mujeres hayan estado apartadas de la tecnología se ha debido en parte a esta construcción cultural e histórica de la tecnología como parte de una cultura masculina “de elite”. Argumenta que existe una relación entre la falta de poder de las mujeres y su falta de cualificaciones técnicas: los trabajos de carácter técnico tradicionalmente ocupados por mujeres gozan de un escaso prestigio, o simplemente no son considerados “técnicos”.

“De todos modos, como Cockburn apunta correctamente, la “construcción de los varones como fuertes y capaces, hábiles manualmente y tecnológicamente dotados, y las mujeres como física y técnicamente incompetentes” es un proceso social. Es el resultado de distintas exposiciones infantiles a la tecnología, la prevalencia de distintos modelos de rol, diferentes modos de escolarización y la extrema segregación del mercado laboral” “El género no se trata sólo de diferencia sino de poder: la excelencia técnica es una fuente del poder real y potencial de los varones sobre las mujeres.3” (Wajcman, 2000: 51 y 159).

Desde el feminismo se viene planteando reiteradamente la cuestión de cómo se establecen estas competencias o habilidades tecnológicas, señalando cómo éstas se encuentran mediadas por el sesgo de género, erigiéndose así en construcciones sociales generizadas. Ante esta situación de desventaja a priori se pregunta Donna Haraway “¿Qué hacemos con la ignorancia de las mujeres, con todas las exclusiones en el conocimiento y en la habilidad? ¿Qué del acceso masculino a la competición diaria, de saber cómo construir cosas, cómo desmontarlas, cómo jugar?” (Haraway, 1995: 310). La tecnología ha funcionado y funciona como legitimadora del poder patriarcal y del status de subordinación de las mujeres, es crucial desde el feminismo establecer pautas y políticas de acción que contribuyan a subvertir esta situación. En esta línea se inscribe la propuesta de Donna Haraway acerca del ingreso de las mujeres en el paradigma tecnológico por medio de la política de redes, como lucha frente a la “informática de la dominación”4. Dentro de este contexto, producto de la intersección entre globalización neoliberal, patriarcado y nuevas tecnologías, el trabajo se ha “feminizado”, es decir, ha tomado y generalizado las características marginales tradicionalmente propias del trabajo remunerado femenino, a saber: precariedad, inestabilidad laboral, explotación, flexibilidad horaria, subempleo, desempleo, etc. Por otra parte, esta situación se complica con el desmantelamiento del estado de bienestar y la situación actual (y previsible tendencia) de feminización de la pobreza.

Donna Haraway nos plantea de forma muy oportuna la necesidad de establecimiento de redes y pactos solidarios entre mujeres, a la vez que reclama el potencial de poder que las nuevas tecnologías suponen para las mujeres como método organizativo y de acción política, a través de estas mismas redes y con los pertinentes pactos y negociaciones. Considera que es la misma “cultura de la alta tecnología” la que permite establecer estas conexiones antes no pensadas entre heterogeneidades, transgrediendo y desafiando así las oposiciones binarias propias de la ciencia moderna. A pesar de que “No todos los actores de la tecnociencia son ingenieros y científicos…5” (Haraway, 1997: 50), es necesario que las mujeres entremos de hecho y de pleno derecho en la cultura tecnológica, desgenerizándola y participando activamente en el establecimiento de su agenda política e incidiendo en sus implicaciones para las mujeres.

Las nuevas tecnologías influyen de manera transversal en los más diversos ámbitos sociales, desde la militarización hasta las políticas sexuales y reproductivas, afectando de forma muy específica a las mujeres, “convidadas de piedra” (cada vez menos) de la política tecnológica. Frente a las posturas que denostan y ridiculizan la petición por parte de las mujeres de una política tecnológica patriarcalmente no sesgada, podríamos apelar a los argumentos de David Noble, autor que ha analizado con profusión las reivindicaciones ludditas en el siglo XIX (Noble, 2000). Este autor presenta las demandas procedentes del luddismo como reacciones frente a un progreso tecnológico con efectos perversos sobre la sociedad pero conducido científica y políticamente de espaldas a la misma. Como podemos intuir, estas reivindicaciones resultan tener una gran vigencia en nuestro contexto actual, especialmente desde la perspectiva feminista. El movimiento luddita reclamaba (con métodos realmente expeditivos) el control social de la dirección del proceso tecnológico, así como una justa distribución y participación de sus beneficios. Estas demandas podemos aplicarlas, con los matices pertinentes desde una perspectiva de género, a las demandas que desde el feminismo se plantean de cara a la inserción de las mujeres en el paradigma tecnológico y en su vertiente política.

La cómica relación de las mujeres con la tecnología (patriarcado dixit)

Un análisis desde la óptica de género de las páginas web disponibles en Internet dedicadas, exclusivamente o no, al humor, nos proporciona importantes hallazgos. En estas páginas, es posible encontrar ejemplos de humor gráfico y de texto bajo las rúbricas de “chistes machistas” y “chistes feministas”. Avanzando un paso más hacia el tema que nos ocupa, examinaremos aquellos chistes cuya temática principal es la tecnología, generalmente referidos de forma específica a la informática. Pues bien, podremos entonces constatar que los chistes tecnológicos están casi exclusivamente protagonizados por mujeres, a quienes se hace objeto humorístico a causa de su mítica incompetencia para el uso adecuado de la técnica. En las escasas ocasiones en que este tipo de chistes están protagonizados por varones (catalogados entonces como “chistes feministas”), éstos se refieren al uso y al gusto excesivo de los varones por los artefactos tecnológicos de toda índole, especialmente aquellos relacionados con la informática, los automóviles o aparatos de imagen y sonido6. Precisamente aquellas tecnologías para las que las mujeres, según el humor tecnológico normativo, son claramente incompetentes. En los conocidos chistes gráficos que cartografían el “cerebro femenino” frente al “cerebro masculino”, podremos observar cómo en el cerebro femenino hay una sola referencia tecnológica: un puntito minúsculo muestra la pericia en el “manejo de vehículos”. Por el contrario, el cerebro masculino tiene varias referencias tecnológicas: se trata de amplias zonas en el mapa del cerebro dedicadas a “habilidad para conducir vehículos”, “persecuciones peligrosas” y “centro de adicción al control remoto del televisor”. Veamos a continuación algunos ejemplos de chistes gráficos extraídos de la red7, que analizaremos a la luz de la perspectiva feminista y de las teorías en torno al humor.

Chistes gráficos acerca de la incompetencia tecnológica de las mujeres en el campo de la informática:

Leyenda: “¿Cómo imprime la pantalla una mujer?”.
Descripción de la imagen: Una mujer deposita, con expresión de gran esfuerzo, el monitor de su ordenador sobre una fotocopiadora.

L.: “Excel para rubias 1.0”.
D. I.: Imagen de una niña manejando un ábaco de madera.

L.: “Word para rubias 1.0”.
D. I.: Imagen de un lápiz con goma de borrar.

L.: “Primer contacto de las mujeres con la informática”.
D. I.: Dos mujeres jóvenes se arreglan el pelo y se contemplan utilizando sendos CD a modo de espejos.

L.: “Primer encuentro mundial de mujeres conductoras”.
D. I.: Se presenta la imagen de un aparatoso accidente múltiple.

L.: “La evolución del hombre… y de la mujer”.
D. I.: La evolución del hombre es representada por varios estadios desde el mono hasta el hombre actual. El mono y el primer homínido no portan ningún tipo de objeto. El segundo y el tercer homínido llevan consigo una piedra tallada y una especie de lanza, respectivamente. El cuarto homínido porta lo que parece un apero de labranza, el quinto un martillo hidráulico y el último, el hombre actual, está sentado tecleando frente a un ordenador. La evolución de la mujer es nula, en los siete supuestos estadios evolutivos la imagen es la misma: la de una mujer arrodillada limpiando el suelo.

Chistes gráficos acerca de los usos estereotipados de ciertos artefactos tecnológicos por parte de las mujeres:

Leyenda: “La última invención para las mujeres. Un dos en uno que reúne las funciones más requeridas en el mundo femenino.”
Descripción de la imagen: La imagen presenta un secador de pelo en cuyo mango se inserta un teléfono.

L.: “iMac para mujer”.
D.I.: Se reproducen dos imágenes una junto a otra. Se trata de un ordenador y una plancha, ambos con igual diseño y color: el iMac para mujer es la plancha”.

L.: “Ratón para mujeres”.
D.I.: Imagen de una mujer frente a un ordenador portátil (apagado). En lugar de ratón, maneja una plancha.

L.: “La tecnología avanza: mouse para mujeres”.
D.I.: En la imagen se muestra un ratón que se abre y se convierte en polvera, con maquillaje y brocha incluidos en su interior.

Hemos seleccionado uno de los múltiples textos humorísticos que circulan por la red referidos a lecciones y cursillos para mujeres8. Entre los cursos que “se imparten” en lo que se denomina “Curso de verano para mujeres” se tratan varios temas, entre ellos la moda, las compras y otros de similar “interés femenino”. La tecnología, tema que nos ocupa, aparece en varios momentos y se trata de ejemplos muy significativos para el análisis de los estereotipos sociales en torno a la relación de las mujeres con la tecnología. Hemos extractado aquellas “lecciones” encaminadas a mejorar las aptitudes tecnológicas de las mujeres.

Textos humorísticos. Lecciones tecnológicas para mujeres:

“Cursillo de verano para mujeres”
“El gato y el coche: no hablamos de mascotas.”
“El destornillador I: movimiento dextrógiro o atornillar.”
“El destornillador II: movimiento levógiro o desatornillar.”
“Tecnología I: ¿qué es un ordenador? (con fotografías).”
“Tecnología II ¿qué es un intermitente?, con manual de uso, paso a paso.”
“Tecnología III: El retrovisor ¿para qué sirve y dónde está?.”
“Tecnología IV: Cómo usar el vídeo correctamente.”

Algunas interpretaciones basadas en teorías del humor

Peter Berger plantea en su análisis de las implicaciones de lo cómico en la experiencia humana el hecho de que la comicidad se halla escasamente relacionada con los juicios morales. Desde un punto de vista feminista, nuestro análisis del humor referido a la relación de las mujeres con la tecnología lleva a cabo precisamente lo contrario: trata de poner de relieve los aspectos políticos, morales y de valores de este tipo de humor. Sin embargo, este autor nos advierte que “Aun después de señalar todas estas consideraciones morales, subsiste el hecho inquietante de que, incluso una vez se ha explicado por qué es moralmente reprehensible un determinado chiste, éste puede seguir resultando gracioso” (Berger, 1999: 17). Este mismo autor nos remite a la pertinente diferenciación hegeliana entre lo ridículo y lo cómico. Mientras lo ridículo sería, de forma abrupta, todo aquello que induce a la risa; lo cómico se basa fundamentalmente en el concepto de la contradicción. Se refiere a tres tipos de contradicciones que pueden resultar cómicas, y que por nuestra parte analizaremos a la luz de los ejemplos humorísticos que hemos seleccionado con anterioridad.

La primera contradicción es aquella que se produce entre el esfuerzo empleado para alcanzar una meta determinada y los resultados finalmente obtenidos. Algunos de los chistes gráficos propuestos en el documento 1 pueden ilustrar esta contradicción: por ejemplo, la mujer que trata infructuosamente de imprimir utilizando para ello una fotocopiadora. A pesar de realizar un esfuerzo considerable, el resultado ha de ser forzosamente negativo, puesto que la protagonista del chiste utiliza la tecnología de forma inadecuada. Una segunda contradicción es la que se establece entre las capacidades personales y la ambición. Esta contradicción resulta paradigmática desde el punto de vista del género, puesto que pone el dedo en la llaga del uso patriarcal del humor en el ámbito de la competencia tecnológica femenina. Ejemplo de ello sería lo que hemos presentado como documento 3, el manual de lecciones tecnológicas para mujeres que presupone de forma implícita la incapacidad de éstas para las habilidades tecnológicas, a pesar de su “improcedente” ambición de demostrar lo contrario. Del documento 1 podemos extraer asimismo los ejemplos de los programas informáticos de proceso de textos y de hoja de cálculo que serían los apropiados a las capacidades de las mujeres: un lápiz y un ábaco. La ambición femenina de conducir, utilizar y crear tecnologías informáticas, realizar tareas técnicas de ingeniería, mecánica, etc., es cómica en tanto que choca con el estereotipo dominante (patriarcal) de sus capacidades esenciales, inherentes a su género. También son inherentes al género femenino, dentro de los estereotipos vinculados al imaginario patriarcal, los usos que las mujeres hacen (en este caso, muy competentemente) de artefactos tecnológicos como la plancha, el secador de pelo, etc9. En el documento 2 podemos observar cómo este uso mezcla las competencias masculinas y femeninas: mientras que el uso habitual de un ratón es mover el cursor en la pantalla del ordenador, las mujeres lo “feminizan” al convertirlo en una polvera de maquillaje. De igual modo, el chiste gráfico presentado bajo la leyenda “iMac para mujeres”, muestra un artefacto tecnológico masculino por antonomasia (un ordenador) junto a su homólogo femenino (una plancha), diseñados ambos con idénticas formas y colores.

La tercera contradicción cómica enunciada por Hegel es la que se produce entre las decisiones y los accidentes o factores externos que las dificultan o impiden. Esta contradicción es la sufrida por las mujeres a lo largo de la historia en su compleja relación con la ciencia y la tecnología. Diversos factores, estructurados dentro de una lógica patriarcal, han impedido durante siglos y continúan dificultando hoy día, la participación de derecho y de hecho, respectivamente, de las mujeres en la sociedad tecnológica.

Henri Bergson plantea que la risa siempre es una risa grupal, una risa de un colectivo humano determinado, con una significación social también determinada. Peter Berger aludirá, por su parte, a dos funciones del humor dentro de los grupos sociales que resultan de especial interés desde nuestro particular enfoque. Las dos funciones, de carácter contrapuesto, son la “sociopositiva” y la “socionegativa”: ambas interseccionan y vienen a confluir en la cohesión grupal. Por una parte, “El humor funciona de manera sociopositiva reforzando la cohesión del grupo. La fórmula es más o menos la siguiente: quienes se ríen unidos, permanecen unidos (Berger, 1999: 109). El humor es asimismo un medio para obtener la aceptación grupal, y conseguir así desmarcarse del estigma de la no pertenencia al grupo, del estigma de ser “lo otro” (ampliamente conocido por las mujeres). Jean Paul Sartre expresa de forma clara este paso de la estigmatización a la aceptación cuando escribe “… es en cierta manera treparse por encima de sí mismo, convertir al burlado en su objeto, una pobre cosa despreciable pero necesaria para llegar-a-ser-burlador10” (Sartre, 1976: 45). A este respecto, es obligado referirse a los mecanismos de cohesión masculina que entran en juego cuando, tal y como ha señalado Celia Amorós en numerosas ocasiones, un chiste a tiempo sobre mujeres relaja cualquier situación tensa en una reunión de varones. El chiste sexista tiene una capacidad paradigmática de relajación de las tensiones previas, y esto es así puesto que, en el orden socionegativo del humor, éste “traza las fronteras del grupo y define ipso facto a quien no pertenece al mismo” (Berger, 1999: 109). Así, el humor vendría a funcionar como un eficaz y universal mecanismo de control social que estigmatiza a quien pone en tela de juicio las normas grupales, reforzando su normatividad. Jean Paul Sartre se refiere a un proceso de “desolidaridad” que se desencadena cuando un grupo social determinado se siente amenazado por un peligro externo, reaccionando mediante la risa y “desolidarizándose” de aquel (en este caso, aquellas) que encarna ese peligro (Sartre: 1972). Bergson, por su parte, añadirá la humillación como una de las funciones del humor, señalando que la risa “es ante todo una corrección (…) La sociedad se venga así de las libertades que uno se ha tomado con ella11” (Bergson, 1986: 158). En el tema que nos ocupa, las libertades que las mujeres se han tomado en su acceso y participación en la tecnología son las que provocan la humorística corrección social que analizamos. Todo ello se presenta en un formato tal que, a priori, se encuentra libre de toda sospecha, puesto que el juicio moral, como ya hemos señalado, se percibe como ajeno al humor. De este modo, el humor sexista cumple de forma precisa las funciones foucaultianas de la “sanción normalizadora”: “la penalidad perfecta que atraviesa todos los puntos, y controla todos los instantes de las instituciones disciplinarias, compara, diferencia, jerarquiza, excluye. En una palabra, normaliza12” (Foucault, 1992: 188).

La naturalización del mito de la incompetencia tecnológica de las mujeres a través del humor puede ser, desde nuestro punto de vista, adecuadamente explicada por la ley formulada por Bergson en los siguientes términos: “Cuando cierto efecto cómico deriva de una causa determinada, el efecto nos parece tanto más cómico cuanto más natural juzguemos la causa” (Bergson, 1986: 21). Así, la supuesta falta de habilidad técnica femenina resulta cómica en tanto es juzgada como natural y es considerada inherente a la esencia de su género. Se trata, por tanto, de un doble proceso de naturalización y esencialización que, a través de lo cómico, se perpetúa en el imaginario social y se fortalece como estereotipo y mecanismo de control social. Por otra parte, es necesario destacar la afirmación bergsoniana de que “nos reímos siempre que una persona nos causa la impresión de una cosa” (Bergson, 1986: 55). Así, resultaría cómico el proceso de superposición de lo mecánico a lo vivo (lo que haría risible, por ejemplo, la idea del cyborg de Donna Haraway13), además de los comportamientos de carácter mecánico protagonizados por humanos, que no serían sino comportamientos no humanos en última instancia. El ser humano se caracteriza por su capacidad de razonamiento, sin embargo a las mujeres se las ha adscrito tradicionalmente a la naturaleza frente a la cultura (masculina) en las dicotomías propias de la modernidad. Las mujeres no pertenecen, pues, al sujeto tecnológico sino al objeto: desde esta óptica serían, por lo tanto, objetos tecnológicos. Celia Amorós, en referencia a la tesis doctoral de Inmaculada Cubero, nos remite a la pertenencia del mito de Pandora al orden de la techné, puesto que ha sido creada y no engendrada, y esto le otorga un status de artificio (en Pérez Sedeño, 1994). Prometeo (o Hefaistos, dependiendo de la versión) crea a Pandora a partir de tierra y agua, lo que la convierte en imagen, posteriormente animada mediante el fuego. Por otra parte, Amorós nos advierte de que el rango de lo artificial era para la filosofía griega inferior al de lo natural. Así, podemos relacionar este análisis del mito griego con nuestro análisis del mito de la incompetencia técnica de las mujeres en términos de la adscripción femenina al objeto tecnológico y a su alienación del sujeto.

Una propuesta desde el feminismo

La antropóloga Mary Douglas ha considerado el humor como “un ataque contra el control” y como “efecto subversivo sobre la estructura de ideas dominante” (Berger, 1999: 131). Sin embargo, desde una perspectiva feminista y mediante el análisis del humor acerca de las mujeres y la tecnología, hemos querido poner de manifiesto cómo el humor funciona en este caso como mecanismo de sanción social sobre las mujeres y como refuerzo de estructuras y actitudes patriarcales y sexistas. John Bancroft ha puesto de relieve una característica común que une al sexo y al humor, y ésta es que “ambos son aspectos enormemente importantes de la condición humana, pero ninguno, por una u otra razón, es tomado en serio por el mundo académico14” (Johnson et al., 2002: 5). En las páginas precedentes, hemos intentado mostrar que el humor, especialmente en lo que a la situación de las mujeres se refiere, es un tema muy serio.

Desde ciertos sectores del feminismo, se ha teorizado e impulsado un “humor feminista”, que sería eminentemente un humor político con la finalidad de promover el cambio social en lo referente a las demandas igualitarias de las mujeres. Además de un humor político, sería un humor legitimador. En relación al tema que nos ocupa, este tipo de humor establecería las bases de una política del reconocimiento de la legítima relación de las mujeres con la tecnología, y ello implica una reapropiación de la risa por parte de las mujeres. Se reivindica de este modo “la risa de la Medusa”, aquella risa que destruye las jerarquías y distinciones entre el centro y los márgenes. Esta risa tiene la potencialidad, según Hélène Cixous, de erosionar las más profundas raíces de la opresión de las mujeres (Cixous, 1995). Así, siguiendo a Leonore Tiefel (Johnson et al., 2002), el humor feminista resulta funcional para el movimiento en dos sentidos: como arma defensiva contra el sexismo (función defensiva anteriormente mencionada) y como elemento de cohesión grupal (función sociopositiva). No se trataría de crear o promocionar un humor esencialmente femenino, lo cual sería incompatible con los postulados del feminismo de la igualdad al cual nos adscribimos, sino de utilizar el humor como herramienta de acción feminista, en términos claramente subversivos. Tomaremos como ejemplo el texto humorístico de Gloria Steinem titulado “If men could menstruate”, que supone una feroz crítica a la desigualdad de las mujeres en ámbitos como la política, el ejército o la investigación científica. En el ácido documento, Steinem plantea que si los varones menstruasen, inmediatamente se habría creado un instituto nacional de investigación de la dismenorrea, y el hecho biológico sería utilizado como prueba de que sólo los varones, en base a esta especial característica, son aptos para servir en el ejército (Johnson et al., 2002.)

Diversos análisis feministas de la comedia literaria ponen de manifiesto la creencia (el mito, diremos) de que las mujeres carecen de sentido del humor15. Este mito ha venido perpetuándose tanto en la literatura como en la crítica literaria y, a su vez, en el imaginario social. Regina Barreca apunta agudamente la idea de que la expresión “esto no tiene gracia” se utiliza generalmente para reprochar conductas a personas subordinadas formal o informalmente. Un ejemplo claro sería su uso por parte de padres y madres o del profesorado hacia niñas y niños. Pues bien, el interés de las mujeres por la tecnología pertenece al ámbito de lo que no tiene gracia, al menos, si es una realidad. Adquiere un sentido del humor (del que, según el mito, las mujeres carecemos) en tanto que es un absurdo. Así, al igual que desde la literatura cómica algunas mujeres han utilizado un humor feminista para subvertir las tradicionales estructuras de dominación masculina, ha de hacerse lo propio desde la tecnología. Frances Gray afirma que “como la sexualidad, el humor ha sido en ocasiones altamente valorado, en ocasiones denigrado; pero, como la sexualidad –de hecho conla sexualidad– el humor ha estado estrechamente vinculado al poder16” (Gray, 1994: 6).

Desde un punto de vista feminista, hemos tratado de poner de relieve la irracionalidad del mito de la incompetencia tecnológica de las mujeres a través del humor, racionalizando sus implicaciones ético-políticas. La necesidad de analizar la relación entre las mujeres y la tecnología es un tema candente de la teoría feminista en la actualidad. Por otra parte, las mujeres debemos, en palabras de Frances Gray, “clarificar nuestra relación con el humor”. De este modo, hemos querido que el estudio del punto en que se cortan e interseccionan humor, la tecnología y el feminismo sea uno de los pasos a dar en nuestro camino hacia un análisis pertinente de la situación de las mujeres en el paradigma tecnológico.

© Cristina Justo Suárez

BIBLIOGRAFÍA

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B. Russell (1985): The impact of Science on Society, London –New York , Routledge.
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J. P. Sartre (1975): El idiota de la familia / 2. Gustave Flaubert desde 1821 a 1857, traducción de Patricio Canto, Buenos Aires, Editorial Tiempo Contemporáneo.
J. Wajcman (2000): Feminism confronts technology, Cambridge, UK, Polity Press.

NOTAS

1 Ver bibliografía.
2 No sólo por la invisibilización histórica y social, sino porque en muchos casos sus descubrimientos fueron histórica y documentalmente atribuidos a varones cercanos que, contrariamente a las mujeres, sí tenían el derecho a registrar patentes a su nombre.
3 Traducción propia.
4 Donna Haraway define su concepto de “informática de la dominación” en los siguientes términos: “La situación actual de las mujeres es su integración/explotación en un sistema mundial de producción/reproducción y de comunicación llamado informática de la dominación (…) (Es) una intensificación masiva de la inseguridad y un empobrecimiento cultural con un fallo común de subsistencia de las redes por los más vulnerables” (Haraway, 1995.)
5 Traducción propia.
6 Esta tecnofilia masculina no se extiende a los artefactos tecnológicos socialmente adscritos a las mujeres, y en régimen de exclusividad: los electrodomésticos. Las mujeres estarían altamente cualificadas para el manejo de los mismos.
7 Los ejemplos que se muestran a continuación han sido extraídos exclusivamente de Internet. Metodológicamente, hemos procedido en primer término efectuando una búsqueda en www.google.com utilizando los descriptores “chistes machistas”, “chistes feministas” y “humor.” Por otra parte, otros de los ejemplos propuestos han sido recibidos vía correo electrónico en mensajes masivos.
8 No queremos dejar de poner de manifiesto, por otra parte, la abundancia de textos humorísticos que muestran las similitudes de las mujeres con varios artefactos tecnológicos, objetos susceptibles de propiedad masculina. El ordenador y el coche son algunos de los ejemplos más recurrentes.
9 Artefactos tecnológicos éstos de “segundo orden”. En ámbitos como el de la formación y el empleo se ha puesto de manifiesto que, en el momento en que las mujeres ingresan en una determinada actividad, ésta se desprestigia, y a la inversa. Dentro de la tecnología, existen artefactos vinculados a las mujeres como los que se han mencionado, que se han desprestigiado dentro de lo tecnológico y, por esa razón, nos referiremos a ellos como “tecnologías de segundo orden.”
10 En cursivas en el original.
11 Cursivas mías.
12 En cursiva en el original.
13 Esta ironía inherente al cyborg estaría íntimamente ligada a la ironía del Hombre-máquina. Por tanto, ambos habrían de ser analizados desde el concepto foucaultiano de la “anatomía política” o “mecánica del poder.” Así, Foucault señala lo siguiente en referencia al Hombre-máquina: “…Ha sido escrito simultáneamente sobre dos registros: el anatomo-metafísico (…) y el técnico-político, que estuvo constituido por todo un conjunto de reglamentos militares, escolares, hospitalarios, y por procedimientos empíricos y reflexivos para controlar o corregir las operaciones del cuerpo.” (Foucault, 1992: 140.) Las cursivas son mías.
14 Traducción propia.
15 En “The feminist dictionary”, podemos encontrar esta curiosa definición de persona sin sentido del humor (humourless): “El cliché “carente de sentido del humor” es aplicado por los varones a cada mujer que no encuentra divertido lo siguiente: violación, grandes pechos, sexo con niñas pequeñas. Por otra parte no se le imputa falta de sentido del humor si no encuentra graciosa la impotencia, la castración o las vaginas con dientes” (Gray, 1994: 1.) Traducción propia.
16 Traducción propia.

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