Julio Delfos Marín : Roque Dalton Garcías

Julio Delfos Marín : Roque Dalton Garcías. – 31/7/04 (El Salvador)

Imprimir

Julio Delfos Marín : Roque Dalton Garcías

Julio Delfos Marín era el seudónimo del Poeta salvadoreño Roque Dalton Garcías, entre los amigos le llamabámos “vache” de apodo. El siempre tenía algo nuevo que decir, ya sea sobre la lucha o sobre las faldas, cuando nos decía refiriendose a un poema nuevo “este esta acabadito de salir del horno” es que comprendíamos que había estado en “orbita”, se ve que leía mucho sobre el desarrollo revolucionario en otros paises y manejaba bien

Una historia prohibida de Roque Dalton

¿Qué hacer si sus peores enemigos son infinitamente mejores que usted?
Eso no sería nada.
El problema surge cuando los mejores amigos son peores que usted.
Lo peor es tener sólo enemigos.
No. Lo peor es tener sólo amigos.
Pero, ¿quién es El Enemigo?
¿Usted o sus enemigos?
Hasta la vista, amigo.

—- Roque Dalton.
“Conversación tensa”.
Un libro levemente odioso.

A Roque Dalton lo mataron a quemarropa. La leyenda dice que sus matadores, sin valor para mirarlo a los ojos, le inyectaron un somnífero antes de dispararle. También se dice que lo liquidaron de sorpresa: llegaron a su lado y de súbito le descargaron los tiros. Pasara lo que pasara en esa hora siniestra, aquella fue la última de las celadas que le tendió la vida.
El sacrificio de Dalton estuvo en el génesis del nuevo poder que emergió entre combates guerrilleros y protestas sociales. Sus asesinos eran un pequeño grupo de conspiradores que con los años llegaría a ser una poderosa organización armada. Dos de los sobrevivientes de aquella célula estamparon su firma en el documento que puso fin a la más cruenta de las guerras libradas hasta ahora en El Salvador.

La “muerte horrenda” de Dalton, como la llamó Julio Cortázar, levantó una exclamación de repudio en todo el mundo y le dio paso a su leyenda. Una leyenda que Dalton mismo, en vida, ayudó a alentar. Nació en 1935, único hijo de la enfermera María García y de Winnal Dalton, un tejano criado en la frontera con México, que hablaba el español como segunda lengua. Casi nadie sabe que aquella improbable relación entre dos personas provenientes de mundos sociales tan dispares tuvo como origen un altercado entre Winnal Dalton y el filántropo Benjamín Bloom. María García se encargó de curar de sus heridas a Mr. Dalton, y este le hizo la corte . El niño fue inscrito con el nombre de Roque Antonio García. Roque fue calzado con el apellido que su padre no quiso darle, y más tarde con las botas de una leyenda, la de los hermanos Dalton, forajidos y fabricantes de mal whisky, que en el último cuarto del siglo XIX sembraron el terror en Arizona. No existen pruebas de parentela alguna entre el poeta y aquellos malhechores, pero con ellos Dalton se construyó una aureola de pendenciero que lo seguiría hasta el fin de sus días.

Aquel hombre que por periodos fue devastado por el alcohol, lector voraz, proverbial mujeriego e iconoclasta capaz de imprudencias relevantes ha llegado a ser un icono incuestionable. Algunos no sólo tienen el justo interés en lavar su memoria sino también el menos recto propósito de entronizarlo como una figura moral que le otorgaría infalibilidad a sus propios juicios políticos y estéticos.

La poesía de Dalton es inseparable de su vida, y su vida de sus opciones políticas. Sin embargo, una de esas partes —la política— ha predominado por encima de las demás. Uno de sus resultados ha sido, como ya lo señaló Rafael Lara Martínez, una “invención editorial” que privilegia la imagen de Dalton-guerrillero. Cabe preguntarnos por la sinceridad con que han actuado los constructores de su prestigio como guerrillero.

Cuando lo mataron tenía cuarenta años de edad. Aunque sus declaraciones de apoyo a la lucha armada comenzaron a conocerse a finales de los años 60, Dalton efectivamente tomó las armas en los dos últimos años de su vida. En varios momentos recibió instrucción militar, como muchos de los escritores de su generación, cuando en la década de los sesenta el PC salvadoreño contempló la veleidad de organizar un frente armado. Dalton se reía repetidamente de la voluntad combativa de la nomenclatura comunista de aquellos años. En uno de sus poemas, desdoblado en un burócrata, afirma: “Estamos por la lucha armada/ pero en contra de comenzarla”. En efecto, después de recibir una ducha de rigores en algún campamento de Cuba, los conjurados regresaban a San Salvador a hacer “una vida entre militante y bohemia” , a la espera del llamado al combate. Algunos fueron adiestrados hasta en el manejo de tanques, lo que le otorgaría a la instrucción ribetes cómicos.
Una noche en La Habana Julio Cortázar presenció una discusión de Dalton con Fidel Castro sobre un problema de utilización eficaz de quién sabe qué arma. Una metralleta invisible pasaba de las manos del uno a las del otro. “Las diferencias entre el corpachón de Fidel y la figura esmirriada y flexible de Roque nos causaba un regocijo infinito”, recuerda Cortázar. Dalton no tendría ocasión de poner en práctica sus supuestas habilidades. Es poco probable que alguna vez haya entrado en combate. No estoy poniendo en duda su coraje y determinación, pero Dalton no fue exactamente el prototipo de un soldado, aunque, después de todo, fue el que llegó más lejos entre todos los poetas de su generación, que le cantaron a la revolución con la metralleta invisible bien guardada en sus armarios.

La imagen que tenemos de él ha sido en parte construida en el fértil terreno de la fantasía y en el más fangoso de los intereses políticos. He aquí una historia para probarlo: la ruptura de Dalton con Casa de las Américas, en Cuba, y la manera en que se ha relacionado este hecho con su propia decisión de incorporarse a la guerrilla salvadoreña, es una muestra de la imaginación y el lodo que se ha vertido sobre su nombre.

Abandonar la casa

De todos los libros de Dalton, el más celebrado y el que tiene un olor más provinciano es Las historias prohibidas del pulgarcito (México, 1974). Es la quintaesencia de su estilo lúdico y experimental. Como su título lo proclama, el libro sacó a la luz episodios que la historia oficial salvadoreña había ocultado. El “caso Dalton” podría engrosar ahora el volumen como una “nueva historia prohibida”. Al final del libro, a guisa de colofón, uno se encuentra con un poema que dice:

“Yo volveré yo volveré no a llevarte la paz sino el ojo del lince el olfato del podenco amor mío con himno nacional”.
Cuando este poema comenzó a circular en su país, Dalton había cumplido su promesa. Unos meses antes había ingresado “a la soleada caverna” de la vida en la capital salvadoreña para incorporarse al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Con papeles falsos y una nueva apariencia, ingresó por la terminal aérea de Ilopango exactamente el día de Navidad de 1973. Uno de los periódicos del día informaba de la exitosa producción de granos básicos de ese año.

Para su actividad clandestina Dalton escogió un nuevo nombre: Julio Dreyfus, tomando el apellido del célebre oficial acusado de traición —y luego rehabilitado por la justicia francesa. Pasó la Nochebuena en los alrededores del centro de San Salvador, en la casa de seguridad de la mujer que se convertiría en la compañera de sus últimos meses de vida, la guerrillera Lil Milagro Ramírez. De alguna manera, el rumor sobre su regreso se esparció entre algunos de sus conocidos. La leyenda, pues, había vuelto. Ahora sí, el empuje revolucionario sería inevitable. Como diría más tarde un poema de Alfonso Quijada Urías, era “el retorno de Gulliver” al país de los enanos.

Era el de mayor edad dentro del grupo. Se le conocía como “el tío Julio”. No existen muchos testimonios directos sobre la actividad que desplegó, pero todo indica que el agua salada de la vida clandestina no era exactamente el ambiente para un pez como Dalton. Eduardo Sancho, quien fue jefe político del poeta y el único del grupo de dirección del ERP que se opuso a su asesinato, lo recuerda como un activista incansable. Realizó trabajos organizativos, participó en acciones de propaganda (como realizar pintadas con aerosol en las paredes) y redactó folletos de análisis político. Al mismo tiempo escribía los borradores de sus Poemas clandestinos. No es posible saber cuáles eran sus planes, pero el libro estaba destinado a la propaganda inmediata. Aunque en sus composiciones usó cuatro nombres falsos, el tono, el estilo y la voz eran los suyos. Casi nadie que hubiera leído sus poemas se habría tragado la paja de que los autores eran una obrera textil, un joven dirigente católico y tres estudiantes universitarios. Nicolás Guillen ha comparado al Dalton de este libro con Fernando Pessoa, pero me atrevo a pensar que los desdoblamientos del portugués sólo le sirvieron como coartada al novato luchador clandestino que a ratos se veía dominado por su ego poético.

Si hemos de creer en la fatalidad —y a veces no hay remedio—, su partida de Cuba estuvo marcada con una cruz de ceniza. Antes de volver a El Salvador el poeta se sometió a una operación estética facial que estuvo a cargo del mismo equipo que preparó el ingreso del Che Guevara a Bolivia. La coincidencia no deja de ser estremecedora, pero no hay nada de extraño en que un mismo equipo se encargara de misiones tan confidenciales. Seguramente, habrán mandado a muchos al sacrificio. El detalle revela, sin embargo, que Dalton todavía gozaba del apoyo de un sector del Partido cubano, porque en realidad su situación en la isla había atravesado por un momento muy difícil. Tres años antes había renunciado a sus cargos en Casa de las Américas mediante una carta dirigida a Roberto Fernández Retamar.

Esta carta, publicada por primera vez en el número 200 de Casa, ha sido rodeada con un halo romántico. Se ha querido presentarla como la despedida de un amigo que deja la máxima institución cultural cubana para abrazar la causa guerrillera. Luis Alvarenga, biógrafo de Dalton, anota: “Dalton está decidido a integrarse a la lucha armada en El Salvador. Decide renunciar al Comité de Colaboración de Casa de las Américas y así se lo comunica a Roberto Fernández Retamar en carta fechada el 20 de julio de 1970” . La primera biografía del poeta, publicada veintisiete años después de su asesinato, todavía se mueve a merced del oleaje de la leyenda.

El trasfondo de esa carta ahora está iluminado por la existencia de otra carta de Dalton , que ha permanecido inédita, dirigida a la Dirección del Partido Comunista de Cuba un mes después de la primera, el 7 de agosto de ese mismo año. Dicha carta de diecisiete folios, sin numeración, expone de manera precisa los motivos que llevaron a Dalton a renunciar como trabajador de Casa de las Américas y miembro del Comité de Colaboración de la revista. La escribió cuando los rumores sobre su “traición” a Cuba lo obligaron a romper el silencio.

Una cosa es clara: la renuncia no tuvo relación directa con la decisión de Dalton de regresar a El Salvador, aunque posiblemente sí precipitó la manera en que lo hizo. Nadie puede dudar que la idea de regresar a su país, no de vacaciones sino a luchar, estuvo intermitentemente en la cabeza del poeta. Lo anunció, lo proclamó, lo repitió cuanta vez pudo. Pero para un internacionalista, como Dalton se consideraba a sí mismo, la decisión de luchar no tenía por qué tener a El Salvador como único destino. En la carta de agosto, en ningún momento habla de volver a su país. Cuando se describe como “un militante revolucionario que sólo temporalmente reside en Cuba y que debe preparar diversas condiciones para su participación futura en la actividad concreta en América Latina” , confirma lo que sabemos por diversas fuentes: que Dalton intentó sin éxito incorporarse también a “la actividad concreta” en otros dos países centroamericanos, Guatemala y Nicaragua.

Dalton había llegado a ser uno de los mimados de Casa. Su relación venía desde el año 1962, cuando su libro El turno del ofendido obtuvo una mención en el Premio de ese año y posteriormente fue publicado. Dalton volvió en 1963 a El Salvador. En el año 1964 fue capturado e internado en el centro de detención de Cojutepeque, ubicado al oriente de la capital. Su salida de este penal ha estado bañada con la luz de la leyenda. Dalton siempre dijo que se había fugado del penal. Aquella espectacular escapada está contada en su novela Pobrecito poeta que era yo.En la obra, Dalton cuenta de su encuentro con un agente de la CIA en la casa de un alto funcionario del gobierno militar. Al año siguiente, el Partido lo envió a Checoslovaquia como su representante en la Revista Internacional.

Dalton ya había tenido algunas desavenencias con la dirección del PC, por el carácter de sus críticas a la política del partido y también por sus repetidas crisis alcohólicas. Algunos se han empeñado en desmentir sus borracheras, pero Dalton mismo, casi con fascinación, se encargó de retratarse bajo los efectos del alcohol, reconociéndose en un texto de Raymond Chandler, como “Horrible. Brillante, duro y cruel”. Alguna vez el propio Secretario General, el obrero Salvador Cayetano Carpio, se encargó personalmente de reconvenirlo para que asumiera sus responsabilidades, a lo que Dalton habría respondido con una autocrítica. Existe el rumor de que en el partido se rieron de la ingenuidad de Carpio.
Praga fue, según algunos, una especie de exilio dorado. Pudo dedicarse a escribir, crear y armar la estructura de poemas que dio origen al libro mayor de su obra literaria: Taberna y otros lugares. El poemario tiene como marco el mundo cosmopolita de la capital checa y en especial la taberna U Flekú, una maltería y fábrica de cerveza oscura que parroquianos provenientes de todos los rincones del mundo consumen en medio de música de polkas. Un buen día, Dalton recibió una carta de Roberto Fernández Retamar, quien le invitaba a formar parte del Comité de Colaboración de la revista Casa. Por el prestigio de la publicación y la composición de su plantilla de colaboradores, la invitación consolidaba su reputación como escritor y revolucionario.

La colaboración se intensificó; cuando Dalton regresó a Cuba, en 1968, tuvo una espléndida acogida. Los cubanos le dieron condiciones para que se volcara de lleno a sus actividades literarias; trabajó en al menos siete libros suyos, al tiempo que participaba en paneles, recitales, coloquios y escribía para las principales revistas cubanas del momento.
Pero en medio de aquella vigorosa actividad Casa de las Américas vivía una hora difícil. Las conocidas críticas y las diferencias por parte de algunos escritores e intelectuales latinoamericanos respecto del gobierno de Castro, habían comenzado a hacerse públicas. “De los catorce miembros del Comité original”, detalla Dalton, “hay que decir que seis… [habían] variado en sus posiciones o presentado puntos de vista conflictivos” frente a la visión sobre arte y literatura que sostenía la plana mayor de la institución cultural. En estos conflictos participaron también autores cubanos, lo que provocó numerosas asperezas entre el régimen y los artistas. Estaba iniciando lo que Ambrosio Fornet llamaría “el quinquenio gris” de la cultura cubana.

En medio de ese caldo, Casa de las Américas convocó al Premio correspondiente al año 1970, invitando como jurados a un grupo de escritores, sociólogos y académicos extranjeros. La convocatoria, como cuenta Dalton, fue acompañada de una intensa jornada de preparación política. Los cubanos veían con sospecha a la representación peruana (encabezada por el Rector de la Universidad de San Marcos) y a un grupo “potencialmente conflictivo” que tenía a la cabeza al poeta Ernesto Cardenal, integrante del jurado de poesía. Una de las principales misiones de Dalton fue ganarse la confianza del nicaragüense. Como se lee en la carta, Fernández Retamar le habría dicho que contaba con él como un “hombre de confianza” de la Revolución. Fue el Caballo de Troya de aquel jurado.

Las cosas comenzaron a complicarse muy pronto. Algunos de los jurados plantearon la necesidad de que se les dejara tomar contacto directo, sin mediaciones, con la realidad del país. Los jefes de Casa no parecían dispuestos. Dalton, que se encontraba mezclado con los jurados y les servía como una especie de enlace con la institución, observó que una parte de las quejas y dudas confluían sobre él. “Yo me sentía entre varios fuegos”, se lamenta. “Las cosas no eran explicadas ni tampoco cambiaban”, dando lugar a tensiones y, en su caso personal, dice, “a un verdadero desconcierto”.
Cuando terminó su actividad como jurado, Dalton se quedó en La Habana y no participó en las giras por el interior del país que les habían preparado a los visitantes. Días más tarde, no sin desasosiego, pudo constatar que los jurados volvían con los ánimos caldeados, especialmente Cardenal, a quien miraban con recelo. Si un heterodoxo como Dalton fue capaz de considerar “anormal” la petición de Cardenal de conversar con seminaristas católicos, “negativas” sus preocupaciones por la suerte de los homosexuales, y hasta de contemplar la posibilidad de que el cura fuera un agente de la CIA “navegando con bandera de bobo”, ¿qué podía esperarse de los duros? Los hechos en torno a Cardenal son interesentes de seguir porque, como veremos, si bien no fue el único que estuvo en la mira en aquel año 1970 en La Habana, su conducta se convertiría en el principal detonante de la renuncia de Dalton.

Cardenal se reunió también con el poeta Heberto Padilla, que ya había causado una primera conmoción internacional en contra del gobierno cubano. Por si fuera poco, recibió también un telegrama del arzobispo nicaragüense Miguel Obando y Bravo. El obispo le pedía que interviniera a favor del preso político Chester Lacayo. Cardenal accedió, pero a cambió le pidió al obispo que intercediera ante Somoza por los presos políticos del FSLN. La inquietud de Dalton es característica: “Detrás del Arzobispo de Nicaragua está la CIA. ¿Cuál es el papel de Cardenal en esto?”.

La mecha se encendió durante un almuerzo donde estuvieron presentes tres poetas que han llegado a ser emblemas de rebeldía: Mario Benedetti, Ernesto Cardenal y Roque Dalton. En la comida, Cardenal lanzó fuego graneado sobre Benedetti pidiéndole explicaciones, formulando críticas y reclamando que por fin se le dejara hablar con campesinos. En ese momento, Dalton apoyó a Cardenal. El ataque en dos flancos alteró al uruguayo. Los tres se levantaron de la mesa con el estómago revuelto. Más tarde, Benedetti sostuvo que Dalton se había portado con él de manera insolente. En su carta, Dalton le replicó con una bufonada: “…no somos señoritas de un colegio de monjas”.

Pero aquel fue solamente el primer round. Horas, o a lo sumo días más tarde, en un cóctel ofrecido a Cardenal, Dalton volvió con el tema de su desacuerdo por la manera en que se estaban manejando las cosas con los invitados internacionales. Esta vez tuvo que enfrentar la ira del propio Director. En medio de una conversación tensa, Fernández Retamar le advirtió que ya sabía que andaba “hablando basura”, y remató diciéndole: “Roque, en último caso somos nosotros quienes invitamos a los jurados extranjeros y somos nosotros los que sabemos qué hacer con ellos”. Aquella frase, proveniente de su “mejor amigo cubano”, dice, “no me dejaba otra alternativa [que la de] retirarme del trabajo de Casa”. Las cosas no terminaron allí. Entre dos rones, Dalton insultó a Fernández Retamar.

Dalton tuvo tiempo de lamentar aquel error, pero su destino en la más respetada institución cultural cubana estaba sellado. El ambiente en su derredor se hizo frío. En vista de los hechos, Dalton presentó dos cartas de renuncia, una de ellas, la del 20 de julio, dirigida a Retamar, y otra a Haydée Santamaría, sin dar explicaciones de sus motivaciones, pensando que le iban a ser pedidas expresamente. Pero esto no ocurrió.

“… Retamar hizo retirar mi nombre de la lista del Comité antes de dos horas después de leer mi nota”.

En medio del crispado clima político de ese momento, Dalton temió que su renuncia fuera tomada como una maniobra “destinada a causar daño a Casa “. Comenzaron a circular rumores en su contra, algunos graves. Genoveva Daniel, una funcionaria de la institución, habría dicho públicamente de Dalton que ya “no se sabía si todavía era revolucionario o no”. Entonces se decidió a escribir una nueva carta, esta vez al todopoderoso Comité Central del partido, en la cual insistió:
“Yo renuncié de Casa, repito, porque se me dijo en otras palabras que no siguiera metiéndome en asuntos que no eran de mi incumbencia”.

Las cosas ya no volvieron a ser como antes. De Casa de las Américas pasó a la agencia Prensa Latina, alternando sus viajes con la redacción de sus libros. Dalton siguió escribiendo para la revista, pero para entonces ya era un preso de su futuro.
En sus poemas, frecuentemente pringados de sentencias, hay una que dice:

“La política se hace jugándose la vida o no se habla de ella”.
Dalton no parecía dispuesto a que el recuerdo de ese verso se convirtiera en una voz burlona. Su nariz apuntaba fuera de Cuba. Ese mismo año se habían fundado en su país natal las FPL. Carpio había renunciado a la Secretaría General del PC salvadoreño y entrado a la clandestinidad, donde sería conocido como “Marcial”. En algún momento, Dalton y Carpio se encontraron en París, cerca de Pigalle, en el pequeño apartamento del poeta Roberto Armijo. En esa ocasión Dalton le pidió a su ex jefe que le hiciera sitio dentro de su organización. Según Claribel Alegría, le habría respondido que su lugar era como “poeta y escritor marxista y no como un combatiente”. Detrás de ese lenguaje diplomático es fácil adivinar que Marcial no quería volver a pasar por las sesiones de “autocrítica” de Dalton.

No está claro si buscó incorporarse al guatemalteco EGP y al FSLN, antes o después de aquella reunión. Lo cierto es que no tuvo éxito. Luego, La Habana le facilitó un encuentro con un tipo que tenía toda la “pinta de un revolucionario de almanaque” (según lo recuerda Sancho). Era Alejandro Rivas Mira, el primero en la jefatura del ERP, un grupo armado que recién debutaba en la escena salvadoreña. “Sebastián”, como se le conoció en la clandestinidad, a pesar de su juventud ya tenía una aureola. Era un estudioso del marxismo y había estado en París en 1968. Quienes lo conocieron aseguran que tenía una personalidad de gran magnetismo y un humor corrosivo. Con este comandante subió a bordo.

“Otra jugarreta de la locura y perdería mi puesto de centinela formidable cayendo como la lengua de un ahorcado hasta una jaula de lobos frágiles”

Parte II

De vuelta a Casa

La historia que sigue es más conocida: su regreso y asesinato. Y lo que no se sabe, o se sabe a medias sobre el crimen, ha hecho más espeso el humo de la leyenda. Ahora sabemos que su retorno a El Salvador también está ligado a sus conflictos en Cuba. Ahora, también, podemos imaginar los apremios personales de Dalton en ese proceso que lo llevó directamente a las manos de sus homicidas.

Por alguna razón, los veloces acontecimientos que terminaron con su asesinato son llamados con frecuencia como “el juicio de Dalton”. Sancho mismo, en sus notas autobiográficas, habla de la existencia de un “juicio sumario”. “El juicio” es otra de esas construcciones de fantasía y lodo. Como si se tratara de un episodio de Perry Mason, se dice que el poeta estuvo “bajo arresto”, en custodia de una “unidad militar”. También se habla de la presentación de “cargos”, tales como fotografías en las que aparecía al lado de un agente doble de la CIA, e inclusive de que un capítulo de su novela Pobrecito poeta que era yo, probaba su culpabilidad. Se habla también de la existencia de un “defensor”, Eduardo Sancho, que habría tratado de salvar a “Dreyfus”. Y se habla de una “condena” y una “ejecución”. Todo este tribunal imaginario ha sido construido por sus asesinos y, paradójicamente, por sus mismos admiradores. Es terrible pensar que aquel defensor de sindicalistas en sus años juveniles, terminara en medio de semejante “tribunal”.

En realidad, la manera en que las cosas ocurrieron está muy lejos de un juicio y más cerca del tipo de intrigas retratadas en Historia de Mayta de Vargas Llosa. ¿Conoceremos algún día la verdad? Quién sabe. Lo que sí podemos establecer ahora es que las decisiones fueron fruto de deliberaciones apegadas a códigos trastornados, cualesquiera que estos fueran.

Como ya hemos referido, Dalton entró a El Salvador a finales de 1973. Diversos testimonios coinciden en señalar que su incorporación al grupo guerrillero fue producto de un acuerdo patrocinado por Cuba. El “tío Julio” fue nombrado asesor de la dirección guerrillera. De acuerdo con Sancho, la fatalidad se cebó sobre Dalton por una falta de disciplina. Dalton con otro de sus compañeros habían ido a impartir entrenamiento a un grupo de obreros. Las normas establecían que una vez cumplida la misión las armas debían volver a un local de seguridad; pero Dalton no apareció. La excusa de Dalton parece creíble: el ejercicio terminó más tarde de lo que se esperaba ya que tuvo lugar en una zona boscosa al oriente de San Salvador. El jefe de Operaciones, que respondía al nombre de Vladimir Rogel , ordenó que se le detuviera por dos días. El hecho puso en marcha un plan urdido por el mismo personaje que se encargó de traerlo a El Salvador. Sancho asegura que Rivas Mira se resistía al debate sobre concepciones y estrategias, y que veía en Dalton una sombra para su estilo caudillista de dirigir y manipular al grupo de conjurados. Otra versión, que ya ha motivado una narración de Horacio Castellanos Moya, asegura que en el asesinato hubo motivos pasionales (Dalton le habría quitado la mujer al número uno de la célula clandestina). La versión oficial del ERP asegura que darle muerte a Dalton fue “un error político-ideológico” de la jefatura de ese momento.

La triste historia de su muerte, todavía llena de vacíos e inexactitudes, ahora tiene elementos nuevos; algunos provienen del texto del ex comandante Eduardo Sancho. Según esta versión, la jefatura guerrillera veía inminente un levantamiento popular en el que tendría destacada participación un sector de militares del ejército gubernamental. En ese clima delirante, la “falta leve” de Dalton se convirtió en una falta grave: insubordinación. Luego, se añadieron dos acusaciones. La primera, que era un agente cubano. Roque, dice Sancho, había “dicho en broma, en sus conversaciones… que [había] trabajado para la seguridad cubana… [y] eso fue tomado como prueba”. Dalton, entre tanto, permanecía en la casa de su novia, Lil Milagro Ramírez. Cuando Sancho le contó sobre la acusación de que era un agente cubano, Roque “sólo se pone a reír”. Y añade: “Es posible que él no viera con amplitud lo que se movía en cada acontecimiento”.

La segunda consistió en acusarlo de ser un agente de la CIA. El testimonio de Sancho añade un hecho nuevo: En 1973, cuando las organizaciones armadas FPL y ERP iniciaron un proceso de acercamiento, Rivas Mira habría llevado a uno de sus encuentros el informe de que Dalton estaba por ingresar al país. En respuesta al informe, Cayetano Carpio, en presencia de Sancho y otros, expresó reservas sobre Dalton. “Sus reservas consisten en la información [de] que disponía el Partido Comunista que afirmaba sin pruebas que Roque después de estar preso y salir de la cárcel de Cojutepeque [en 1964], tuvo un contacto en un hotel con la CIA, con la embajada [de Estados Unidos]”, y que Dalton nunca pudo explicar ese contacto.
Aunque aceptemos que Carpio no tenía interés en contar con Dalton en las entrañas del recién formado aparato clandestino, no deja de ser sorprendente que lo lanzara por el tubo con una acusación tan grave y peligrosa —pero que tampoco era infrecuente. El mote de ser “agente de la CIA” fue, y sigue siendo, usado de manera muy liberal en el lenguaje de izquierdas. En aquel fatídico mes de abril de 1975, cuando la expresión se trajo a cuentas, Sancho pensó en buscarlo pero Carpio “se encontraba en ese momento fuera del país por lo que no se le [pudo] ver como testigo principal”, asegura.

Existe todavía otro elemento más del que poco se habla. A principios de 1975, Dalton viajó a México enviado por la organización. Como narran diversos testimonios, sin dar explicaciones se desapareció de la vista de sus propios compañeros por espacio de varios días, quizás una semana. Aunque se ha especulado sobre la posibilidad de que haya ido a la casa del exiliado salvadoreño Abel Cuenca, que era un sitio de peregrinaje para muchos revolucionarios, Dalton no paró allí. Desenchufado de la organización, se hospedó en una casa de la Colonia del Valle, en la calle Miguel Laurent. Esta desaparición también fue abonada a la cuenta de la desconfianza.

En este punto es necesario subrayar que el “proceso” contra Dalton se produjo en medio de una división, que ya era un hecho, dentro del ERP. A principios de 1975, un sector de dicha organización (que luego sería conocido como la Resistencia Nacional, RN) tenía montada una estructura clandestina paralela, la cual, en definitiva, les salvó la vida a Sancho y a Lil Milagro Ramírez (posteriormente, ella fue asesinada en cautiverio por la Guardia Nacional).

Un ex combatiente, al que llamaremos “T”, que vivió de cerca los hechos y que ha preferido mantener su testimonio en el anonimato, asegura que en ese momento en la organización guerrillera menudearon los trinquetes y las zancadillas recíprocas. En ese clima peligroso, dice, Dalton “jugó con las circunstancias” como “una mariposa revoloteando alrededor de una vela”, tomando partido al lado de una de las tendencias y escalando posiciones dentro del aparato clandestino. De ser así, las acusaciones contra Dalton no estaban dirigidas sólo contra su persona; también tenían la intención de aleccionar a la tendencia con la cual se había identificado. Se convirtió, pues, en una víctima propicia dentro de la pugna. No en la única, por cierto.

Los eventos relacionados con Dalton sin duda precipitaron la inevitable división del ERP. Cuando el asesinato era inminente, Sancho toma la decisión de consumar la separación y salvar su propia vida. En los últimos días de abril, Sancho y Lil Milagro hablan con Dalton y le proponen la fuga. Entonces ocurre un hecho trascendental: “Roque no acepta… dice que confía en los compañeros”. Sancho recuerda:
“Desde ese momento perdimos su voz, su semblante de preocupación, cierta sonrisa de aflicción, de incredulidad de lo que ocurre”.

“Cuando salí de La Habana…”

Una historia prohibida de Roque Dalton Tercera entrega

Por Miguel Huezo Mixco cartas@elfaro.net No volverían a verlo. El 1 de mayo, Sancho y Lil Milagro se desenchufan del ERP y se refugian en su retaguardia secreta. La historia de ese periodo de venganzas está todavía por contarse. En lo que respecta a Dalton, según Sancho, en una fecha no precisada fue sacado por sus captores de la casa de la colonia Málaga, próxima al barrio Santa Anita, y llevado hacia otro lugar donde, el 10 de mayo, lo mata “de sorpresa” una “unidad militar”.
¿Quiénes decidieron sobre la suerte de Dalton? Según Sancho, la decisión estuvo entre cuatro personas. Tres de ellas —Alejandro Rivas Mira, Vladimir Rogel y Joaquín Villalobos— se decidieron por darle muerte. Sancho, como se ha dicho, se opuso. La versión de Villalobos, reproducida en una entrevista con Juan José Dalton, el segundo de los tres hijos del poeta, publicada en Excélsior en 1992, es ligeramente distinta: asegura que fueron seis hombres, incluído él mismo, los que decidieron matarlo: Rivas Mira, Jorge Meléndez, Vladimir Rogel, Jorge Alberto Sandoval y Mateo (aunque Villalobos no lo recordó en la entrevista, su nombre era Mario Vigil, un estudiante de Artes)Lo que sigue, es parte de la historia conocida: Su cuerpo fue llevado hasta la zona de lava del volcán, en Quezaltepeque, al norte de la capital, un botadero de cadáveres de opositores a los militares salvadoreños. Los restos de Dalton nunca aparecieron.

Aparentemente, fue devorado por perros y aves de rapiña[ii]. Para “T”, esa historia es otro embuste: Le parece ridículo que un grupo de “aspirantes a guerrilleros urbanos, más asustados que valientes”, atravesara la ciudad con un cadáver. “T” escuchó que Dalton fue llevado a una casa rodeada de fincas en los alrededores de Montserrat, bastante cerca de Santa Anita, donde fue muerto y sepu Esos son los hechos en trazos gruesos, pero el conjunto de la historia sigue en secreto y probablemente seguirá así por largo tiempo. Con todo, nada hay que contradiga que el “juicio” contra Dalton fue una decisión tomada con los procedimientos imperantes en la carnicería de Tony Soprano. ¿Quién asesinó a Dalton? Los testigos directos de aquel crimen siguen fieles a un pacto de silencio.

En los últimos años, la familia de Dalton ha señalado repetidamente a Villalobos como autor material del crimen. La acusación se basa en una conversación sostenida en La Habana, en 1979, entre la familia del poeta y disidentes del ERP, entre ellos Eduardo Sancho. De acuerdo con el testimonio de Juan José Dalton, en aquella oportunidad se les reveló que “Villalobos había sido el encargado de disparar contra mi padre”[iii]. Años más tarde, Sancho exoneró públicamente a Villalobos y cargó con la responsabilidad única a Rivas Mira.< Contra lo que muchos profetizaron en el ya remoto año 1975, el ERP, con el cadáver de Dalton a cuestas, llegó a convertirse en una poderosa organización. A lo largo de la guerra civil salvadoreña, los reproches contra su dirigencia provinieron casi exclusivamente de escritores y artistas.

El ERP tuvo ocasión de revisar su conducta en el caso Dalton. Como resultado, emitió un documento que, entre otras cosas, decía: “Convirtiendo a Dalton en un ‘revolucionario’ de ‘grandes cualidades’, faltando a la verdad sobre su papel en el proceso revolucionario salvadoreño y sublimando su efímera militancia; [los escritores y artistas] piensan colocarse ellos como sector a través de la bandera de Dalton, poeta y escritor, ya que es esto lo que vuelve importante su muerte y lo convierte en el héroe cuando la verdad es que fue víctima y hechor de su propia muerte”.

Aunque las paradojas no terminan allí: El ERP contó entre su militancia al distinguido poeta Roberto Armijo, miembro de la generación de Dalton; en París, durante la guerra, Armijo tuvo ascendencia entre políticos, escritores e intelectuales latinoamericanos y europeos; su dirigencia también gozó de simpatía en las oficinas del Ministerio del Interior cubano, que, junto con el aparato cultural, constituían “el vínculo más importante entre la Revolución Cubana y la izquierda latinoamericana”[iv].

Era un secreto a voces que los cubanos “favorecieron casi sistemáticamente al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en buena parte por el encandilamiara el prestigio del icono como para el de sus patrocinadores. “Lo peor es tener sólo enemigos. No. Lo peor es tener sólo amigos…” Mirando en retrospectiva sus desavenencias con su propio partido, los acontecimientos de 1970 en La Habana, y su encuentro fatal con el ERP, la construcción romántica obligaría a la conclusión de que esos incidentes fueron resultados de su espíritu crítico y anti solemne. Ese Dalton es verdadero, pero no es completo. No creo faltar a la verdad si subrayo que Dalton también fue capaz de actitudes solemnes y hasta reprobables. Tenía habilidad no sólo para el sarcasmo.

Una parte de su poemario Los testimonios, de 1964, está dedicada “A mi Partido”, un homenaje que parece más cerca de la zalamería que del fervor revolucionario. En ese mismo libro, al lado de los héroes históricos sacrificados, aparece Cayetano Carpio, a la sazón Casi diez años después del asesinato de Dalton, Carpio resultó señalado como parte intelectual del repugnante crimen en Managua de Mélida Anaya Montes, la segunda al mando de su organización. Las FPL y la dirigencia del FSLN culparon del asesinato… a la CIA. Muy pronto, las pesquisas del aparato de seguridad cubano-nicaragüense develaron que más bien era resultado de una lucha intestina.

En aquella ocasión, los cubanos prácticamente sacaron de un cajón una pistola que le había regalado Omar Torrijos y se la dieron a Carpio para que se suicidara[vii]. Pocos años después, en otra de esas nuevas historias prohibidas, la paranoica dirección La posibilidad de que un buen día un matón se convierta en un miembro prominente de la sociedad, es sólo concebible en el terreno de lo político. Algo como esto hemos presenciado, atónitos, en la realidad salvadoreña de posguerra. Es posible, entonces, que la fuerza del mito de Dalton esté asociada a la necesidad de contar con una elite moral que se enfrente al relativismo predicado por la política cotidiana.

Siendo Dalton parte de esa elite, los albañiles de su prestigio, desde quienes lo presentan como un guerrillero ejemplar hasta quienes lo retratan como un ser pintoresco, hemos banalizado sus zonas oscuras y exaltado las virtudes que demandó un momento: el de la lucha revolucionaria. Se trata, sin embargo, de un esfuerzo que pone a Dalton a pelear en desventaja: No tiene ni la astucia ni el pragmatismo del político, como tampoco el ardor y la discipliUna lectura del siglo XXI de la obra de Dalton exige un abrelatas y no sólo las candorosas interpretaciones construidas bajo el impacto de su martirio.

Para desentrañar la historia de su muerte se requiere de una máscara antigás, como la que él mismo propuso para ingresar en los palacios de la Iglesia; antes de lo cual había escrito: “La única organización pura que va quedando en el mundo de los hombres es la guerrilla”, algo que dicho por él ahora suena como una macabra tomadura de pelo. Pocas literaturas pueden darse el lujo de tener un mito como éste. Dalton es el tipo de personajes que trastornan la idea misma que un país y una cultura tienen de sí mismas, y ayuda a construir otra, que engrasa los tránsitos de la imaginación y la conciencia hacia nuevos momentos.

Por su actitud sacrificial y su peso simbólico, por la condensación de estupidez y de fatalidades que se arremolinaron en torno a él, Dalton es un Orfeo del siglo veinte que bajó (para no regresar) a los infiernos de una ética trastornada. Es, para usar una expresión de Brodsky, exponente de una poesía de “alta velocidad y nervios expuestos”[viii]. De una velo

EL ÁGORA

Roque Dalton, el “pueta” irreverente Este jueves 14 de mayo se cumplieron un aniversario más de la desaparición de la humanidad y del genio de las letras salvadoreñas: Roque Daltón García. Varios poetas salvadoreños quisieron rendirle homenaje a este literato realizando conversatorios y recitales de poesía el día de su cumpleaños. Otros, como Otoniel Guevara, buscan instaurar una nueva era para la poesía haciendo del natalicio de Roque una fecha de jolgorio nacional.
Diego Murcia / Fotos: David Enrique Méndez cartas@elfaro.net

Roque fue uno de los tantos de su generación que ostentaron el título de “pueta”, una deformación del uso de la profesión literaria, que servía para identificar de forma despectiva a los “vagos” o “bohemios”. Se les solía asociar con putas, alcohol, parrandas y otras tantas cosas innombrables para la pulcra sociedad del “qué dirán”.

Es difícil creer que un “irreverente” pueda ser tan recordado como él lo es hoy en día. Es más, nadie creería que aquel muchacho que salía las calles a protestar vistiendo faldas de “cachiporrista” y maquillaje de mujer, moviéndose, burlescamente, al compás de “El pueblo unido jamás será vencido”, sería considerado como uno de los poetas más grandes de la historia salvadoreña contemporánea.

Aún no se sabe cuál fue el destino de sus restos humanos, sin embargo, sigue estando vivo entre las páginas de sus herederos o las pláticas de los bohemios.
Por eso el pasado 14 de mayo, los poetas, que rehuyen hoy de la responsabilidad de ser “puetas” (de seguro por respeto al maestro), salieron de sus aposentos, a platicar de él, o por él, con quienes no tuvimos el gusto. Esta fue su manera de rendirle homenaje a la poesía de este pulgarcito que se hizo gigante a base de papel, pluma y tinta. Aun uno de ellos no dudó en decir que “si Roque estuviera vivo se hubiera ido a beber en lugar de venir al homenaje”, así era él, confirmó Otoniel Guevara uno de los poetas salvadoreños que quiso festejar a Roque Dalton con un pequeño jolgorio.

La tertulia de este “unicornio con cuerno de añil”, se celebró, sobre todo, en podios universitarios. Su “alma mater”, la Universidad Nacional, fue una de las que brindó, junto a Matilde Elena López, Otoniel Guevara, Rafael Mendoza, entre otros poetas, por la vida literaria del “ofendido”.

“Roque es el pretexto ideal para poder dedicarle una tarde a la poesía”, nos comentó Guevara al tiempo que nos adelantaba que se están haciendo gestiones ante la Asamblea Legislativa para declarar el natalicio de “Roque” como “Día Nacional de la Poesía”.

El taller literarios de la “Universidad José Simeón Cañas”, junto al grupo de poesía Tecpán; también rindieron tributo a este mítico poeta, compartiendo los frutos de sus propios esfuerzos. Los poetas Diego Calles, Daniel Castillo y Noé Lima, miembros de Tecpán también hablaron de Roque y su poesía. “Roque es un tipazo, un gran cabrón que hizo una poesía maravillosa que sigue emocionando a todos”, comentó Noé Lima fundador del grupo Tecpán.

Cada cual, a su modo, leía, como quien le reza a un santo, sus poemas favoritos para complacer los oídos de los espectadores. Algunos nunca habían oído hablar de Dalton ni muchos menos de su “Machete”, “Anastasio”, “A altas horas”, entre otros, pero la magia del poeta los absorbió. Como dijera Otoniel Guevara al final del homenaje que se preparó en la UES: “el poeta es el pretexto, pero no es la esencia”.Y qué mejor pretexto para escuchar y leer poesía que hablar del “pobrecito poeta que era él”, en su cumpleaños y con la nostalgia de “aquellos años”: los años de Roque.

Daltografía

Roque Dalton García nació en San Salvador, el 14 de mayo de 1933 y murió asesinado el 10 de mayo en 1975 por compañeros de su misma unidad. Los hechos que marcaron esta parte de su vida, en plena congestión social, quedaron recogidos en su novela-testimonio Miguel Mármol.

Fue educado en el colegio “Externdo San José”, centro educativo dirigido por jesuitas. A los 22 años de edad ingresó en el Partido Comunista Salvadoreño (PSD), y de ahí en adelante su vida se alterna entre la militancia revolucionaria y el que hacer lieterario como escritor. Esto coincide a su vez con las primeras encarcelaciones, producto de su pensar revolucionario.

Formó parte del Circulo Literario Universitario al mismo tiempo que Otto René Castillo, Manlio Argueta, Roberto Armijo y Alfonso Quijada Urías. En tres ocasiones logró obtener el Premio Centroamericano de Poesía y el Premio Casa de las Américas por Taberna y Otros Lugares.

Algunas de sus obras:

La Ventana en el rostro (poesía), 1961 El turno del ofendido (poesía), 1963.
El Mar (poesía), 1964.
Poemas (poesía), 1968.
Taberna y Otros Lugares (poesía), Premio Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 1969.
Miguel Marmol (narrativa), 1972.
Las Historias prohibidas del pulgarcito (poesía), 1975.
Pobrecito Poeta que era yo (novela), 1976

El asesinato de Roque Dalton y las Crónicas entre los Espejos

Por Alfredo Parada (Nuevo Enfoque)

Pareciera una frase de cliché, y quizá es así, pero encierra una gran verdad, eso de que aquellos que no conocen la historia de su país, no comprenderán su futuro. Y tomo esa frase porque ¿¡Qué haríamos sin los lugares comunes!? La izquierda política salvadoreña, uno de los bandos de la guerra civil clausurada en enero de 1992, se ha ocupado de tal conflicto aún antes de finalizado, de sus antecedentes, sus causas, su desarrollo.

Por lo menos, algunos de sus representantes. Al contrario, los derechistas, la derecha política nacional, espectadora y participante, calla. Sus intelectuales no profundizan en la tragedia. Propaganda nada más. Un articulito por acá, un boletín por allá, un sesudo editorial propagandístico, repetitivo. Nada, más. Si la izquierda va dejando importante documentación pública de su lucha en la guerra, la derecha guarda silencio histórico. Su pensamiento, su documentación no los expone. Las generaciones futuras, esas sí, se enterarán de los extremos de la tragedia.

Un libro valioso por aquello de ser historia salvadoreña

Hoy me refiero a “Crónica entre los espejos”, de Eduardo Sancho o Fermán Cienfuegos, éste su nombre de comandante de la insurgencia. Libro valioso por aquello de ser historia salvadoreña, esto es, latinoamericana tan así si analizamos el acontecer a partir de la segunda mitad del pasado siglo, del Continente que se expresa en castellano y portugués. Algo de remarcar es que Sancho brinda su genealogía y comenta vicisitudes de los actores, dígalo así, de su árbol genealógico. Importantísimo, primero por el ejemplo; segundo, por el temor de algunas gentes de hablar de ellos ni de su genealogía. O, porque la desconocen. Eduardo se adentra en detalles importantes en la vida de sus bisabuelos, abuelos, tíos.

Así surgen las influencias genéticas del autor. Nótase las lógicas, legítimas tendencias políticas contradictorias. Un ejemplo: la bisabuela materna, Carmen Zaldívar, “discute con Mincho, el abuelo, sobre política”. Mincho, o sea, Benjamín Castañeda, el abuelo, defiende el ascenso de Hitler”. La bisabuela Carmen es la primera mujer en ingresar a la Universidad a estudiar Derecho. Sancho continúa con lo sabido: “La oligarquía insensible a la política social, no quiere que asuma el Estado su aportación; sigue ejerciendo el poder con la violencia institucional primitiva” que ya Sancho ha denunciado en el Auditorio de la Facultad de Derecho en 1968.

El autor recuerda que en ese año “los comunistas no entienden el ABC del método marxista…”. El libro da para comentarios extensos. Para otros libros. Traigo a cuento su aspecto del relato: Las circunstancias de la muerte de Roque Dalton, el poeta, el izquierdista, el combatiente. Fermán -Eduardo es poeta, escritor, comandante, es decir, general en la jerarquía guerrillera… y defensor de Dalton en el juicio sumario a que fue sometido por algunos guerrilleros. Ciertamente, Joaquín Villalobos, ex -insurgente, es señalado por algunas publicaciones, diarios, revistas, como el autor directo del asesinato de Dalton. Sancho revela algo más: “No hay justificaciones políticas para su asesinato. Fue un error de la izquierda”. Así lo comentó, tiempo pasado, Sancho, entre otros, con Regis Debray y Jorge Castañeda. Surge otra persona en la absurda muerte del poeta: Alejandro Rivas Mira o Sebastián Urquilla en la guerrilla. Rivas Mira “es el de la responsabilidad individual, no me cabe la menor duda”, conforme el autor. Rivas Mira, entiendo, es uno de los involucrados en el secuestro y asesinato de Ernesto Regalado Dueñas.

Dalton fue detenido en abril del 75, en unión de Pancho, jefe del taller de explosivos, “por faltas en la disciplina militar”. La idea fue de Sebastián Urquilla o Rivas Mira. En rigor Rivas Mira, por sí y ante sí, decidió asesinar a Roque, antes del juicio. Se ve que Rivas Mira es discípulo aventajado de Stalín, supongo. De esta inicial acusación, Rivas Mira se inventa la de insubordinación. Luego, agrega otra acusación, la de perturbar la insurrección. Después acusa a Dalton de ser agente cubano, luego agrega la de miembro de la CIA. ¿Envidioso el Sebastianito? Mientras tanto, Roque ignora la trama diabólica. Cree que se tratará de una detención de dos días. Fermán Cienfuegos es el defensor, pero ante la decisión infame es imposible salvar al poeta. Los acusadores o jueces impiden que Roque se defienda aunque éste lo ha solicitado. La cuestión es que Dalton ya estaba muerto antes de ser acribillado a tiros. Luego, sale del país Rivas Mira y lo sustituye Joaquín Villalobos, ahora becado en Oxford e importante propagandista de la derecha oficial. El viraje del insurgente es de analizar precisamente por su postura actual.

Todo relato histórico precisa analizarlo

En “El Tiempo Latino”, periódico publicado en Washington D.C., en su número del 21 de mayo de 1993, aparece un artículo de Carlos Quirós, escribe sobre la muerte de Dalton. Cita de J. Villalobos, esto: Dalton… “cae en circunstancias del debate ideológico en el seno del movimiento revolucionario, en el que yo creo, que él desajusta de esa situación, no por ser mal sino porque no pertenece a ese marco”. “El Tiempo Latino” agrega: el 13 de abril de 1975 comienza el juicio sumario que el ERP lanza contra Roque, acusándolo de ser miembro de la CIA. También se le acusa de ser agente cubano infiltrado en la organización.

En última instancia fue juzgado por ser agente “independiente del color”. La acusación nunca se probó. Dalton fue fusilado el 10 de mayo de 1975, junto a Pancho, el primer instructor militar táctico, por haberse sumado a la posición de Roque. De la lectura del relato de Fermán deduzco que los autores intelectuales del asesinato del poeta sufrieron el clásico odio o envidia del combatiente al intelectual, escritor, guerrillero. El órgano washingtoniano dice algo que afirma el autor del libro: Fermán Cienfuegos es el defensor frente al triunvirato militar supremo que juzga a Dalton en el que no hay fiscal específico sino un colectivo que llevó las acusaciones.

La decisión fatal fue tomada antes del juicio. Quienes proponen el fusilamiento fueron Sebastián y Vladimir Umaña, tercer jefe del ejército y responsable de las operaciones. Joaquín Villalobos se suma y vota por la muerte de Roque. Fermán se opone con firmeza, y señala a Rivas Mira, Sebastián, como el responsable intelectual y personal de esta decisión política en las condiciones de guerra “y quién debe responder para un descargo de conciencia”. Fermán intenta que escape Roque de la furia odiosa de Rivas Mira, Vladimir y otros. El poeta se niega, pues no cree que se ejecute la conjura mortal.

Todo relato histórico precisa analizarlo, máximo cuando no entramos en la narración de un protagonista importante, tal la de Eduardo Sancho. Aquí leemos revelaciones cardinales, por ejemplo, como el entendimiento de militares jóvenes con los insurgentes para precipitar el cambio revolucionario. Hay más.

“El Tiempo Latino” cita a Villalobos con esto: Dalton…“creo que fue culpable de nada… hay que decirlo, pero en la parte concreta se configuran cosas… por eso citaba lo de la disciplina… que se tenía en esa etapa y que era muy férrea y que era propio del esquema contestario… y en ese momento una insubordinación, alentar una deserción o una separación, era una falta grave, pero en aquel momento se vio sólo eso, pero lo que había era un debate de tipo político…”.

***********

Roque Dalton vrs. la verdad (Entrevista con Juan José Dalton)

Por Francisco Figueroa

Roque Dalton con Miguel Angel Asturias Foto: Archivo Familia Dalton D.R.

Qué ocurrió en realidad la noche del diez de mayo de 1975, hace 28 años; qué calles, puertas, miradas y pensamientos se cruzaron antes de realizar uno de los crímenes más aborrecibles de nuestra historia, el del poeta Roque Dalton. Hay quienes lo saben, pero lo callan. He llegado ante la mirada de Juan José Dalton, transcurre un lunes de Semana Santa de 2003. Le pregunto muchas cosas y él contesta con la claridad de quien ha sufrido la muerte y desaparecimiento de su padre, al mejor estilo de los abominables escuadrones de la muerte de nuestra Historia reciente.

FF.- ¿Cuál es tu opinión sobre el libro de Eduardo Sancho, Crónica frente a los espejos, en lo que se refiere a la muerte de tu padre?

JJD.- Mi opinión respecto al testimonio de Fermán Cienfuegos o Eduardo Sancho no es ninguna opinión académica, ni siquiera una crítica literaria o periodística, sino la opinión de un lector normal de nuestro país. Es un libro difícil de leer porque es un poco enredado.

Yo he hablado varias veces con Fermán y tal como él habla así ha escrito el libro; es un sancocho, como una sopa de Colombia, es un revoltijo de cosas… no hay coherencia en sus escritos ni en su pensamiento, lo siento raro.

Según él, ese es el valor del libro porque trata de diferenciarse a sí mismo cuando dice que uno es Fermán y otro es Eduardo. Para mí eso es inconcebible si se trata de una personalidad de reconocimiento público. Cuando él trata de diferenciar al humano con el comandante que fue, es como que él está diciendo: “aquel realmente no soy yo, aquel fue el papel que me tocó representar”. Esa es una evasión histórica del papel que le tocó jugar en aquel momento.

FF. ¿Es sincero o no Eduardo? ¿Es el comandante o el ciudadano quien habla en el libro?

Cuando él escribe no se quién está hablando, es el papel interpretado de Fermán Cienfuegos o la sinceridad de Eduardo Sancho, no sé quién es. Él ha dado varias interpretaciones sobre la muerte de mi padre y dijo en un programa de televisión que en los próximos años van a surgir miles de interpretaciones. Me parece que esta falseando la realidad porque no estamos hablando de un hecho por venir, sino de un hecho que pasó, y pasó como pasó.

Fermán, cuando llegó como parte de una delegación de la Resistencia Nacional (RN) a la Habana en 1978 o 79, no recuerdo, estando ahí mi hermano mayor Roque, mi mamá y yo, nos dio un informe de por qué habían asesinado a Roque. Dijeron, dijo, que habían cometido un crimen imperdonable, inaudito, y que producto de ese crimen el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) se había dividido en dos, los asesinos de Dalton, y por otra parte se había creado la RN, que eran los seguidores de Roque Dalton, y que ellos eran como los herederos y seguidores no solamente de Roque, sino de su ideal y que él había logrado fundar la RN. Estoy hablando de cuatro años después.

Nunca jamás Fermán nos habló que hubiera algún juicio, ni que él fuera el defensor; nunca jamás nos contaron que lo habían detenido y que luego lo acusaron de indisciplina, lo que coincide con el libro, y después de agente cubano. Y como ninguna de las acusaciones cuajaron, lo acusaron de agente de la CIA y enemigo, y de que un día se dieron cuenta que lo habían asesinado.

Fermán nos contó que él mismo había sido perseguido y lo habían intentado matar en varias ocasiones. Fermán fue protegido por las FPL (Fuerzas Populares de Liberación), por Cayetano Carpio. Las FPL protegían, no sólo a Fermán, sino al resto de las RN que estaban siendo buscados por el ERP para asesinarlos. Eso fue lo que nos contó Fermán Cienfuegos, Ernesto Jovel y otros que no recuerdo. Fue en 1979.

Pero Fermán y Joaquín Villalobos han intentado culpar de la muerte de mi papá a los comunistas, y sobre todo a Cayetano Carpio. Pero fueron ellos, las FPL, Cayetano Carpio, quienes intercedieron para que no hubieran más muertes después de la muerte de mi papá. Eso es algo que hay que aclarar, porque hoy, acusaciones de esa naturaleza se están lanzando como transportando discordias de aquellos tiempos a los hechos actuales.

FF.- Hay varias versiones, ¿pero lo que Fermán dice en el libro es la versión oficial o hay otra?

JJD.- Fermán dice verdades a medias, o al menos es lo que he escuchado. Él le quita toda responsabilidad a Joaquín Villalobos, cuando el propio Joaquín ha aceptado haber participado en la decisión de matar a mi papá. Antes, el papel que las RN le otorgaban a Joaquín, era algo más que un simple autor intelectual del crimen. Por eso Fermán está diciendo medias verdades y medias mentiras.

FF.- ¿Qué es lo que le interesa saber a la familia Dalton sobre este hecho? ¿Responsables directos, autores materiales e intelectuales, nombres?

JJD.- Lo único que reivindicamos es que se nos asesinó a nuestro familiar y no hemos recibido ni las disculpas, ni un reconocimiento de que fue un crimen injusto. Cuando yo entrevisté a Joaquín en varias etapas y luego publicamos la entrevista, Joaquín reconocía que él había participado. Y parece que ese reconocimiento lo puso en tela de juicio en su acción política y pronto comienza a deslindarse de las responsabilidades, y actualmente dice que él no tiene nada que ver ni material, ni intelectualmente con ese crimen, que él no era el jefe del ERP. Yo tengo esa confesión grabada, la tengo escrita, revisada por él con su letra, donde él dice: los que participamos en la decisión fuimos tales y tales y yo.

En esa entrevista Joaquín dice que no hubo ningún juicio, que ahí hubo una patraña para tratar ocultar el crimen que estaban cometiendo, así lo dice. Pero de pronto ahora sale diciendo que no tuvo nada que ver en eso, que el crimen fue por contradicciones entre antiguos comunistas, deslindándose completamente de las responsabilidades; ni siquiera en un incipiente intento de llegar a la verdad hay sinceridad. Eso es lo que más le duele a la familia.

Toda la exigencia que estamos haciendo es para ayudar y aportar a la sociedad salvadoreña a resolver un crimen que fue nefasto y que tuvo y todavía tiene por estar en la impunidad una repercusión tremenda en nuestra realidad, porque cuando uno habla con intelectuales de afuera, con gente joven que no conoce mucho la realidad salvadoreña, le parece inaudito que la misma gente, los mismos compañeros y hermanos, sus compañeros de lucha, lo hayan asesinado.

La gente se pregunta ¿qué clase de gente es esa?, ¿qué les ha pasado?, ¿qué ética se mueve en El Salvador? Y al ver nuestra historia se dan cuenta que aquí se hace homenaje al que mandó a matar a Monseñor Romero, se le rinde tributo a quienes asesinaron a los jesuitas y se mantienen en la impunidad los que mataron al poeta más destacado de este país.

FF.- ¿Hay algo nuevo sobre este caso?.

JJD.- Creo que la muerte de mi padre necesita una investigación más profunda y es un deber de esta sociedad. Nosotros hemos sufrido lo impensable, la desaparición física de la cabeza de nuestra familia. Mi padre es difamado, los documentos del ERP lo difaman, lo menosprecian, no reconocen su calidad de luchador social. Fermán nos dijo que los restos de mi padre habían sido resguardados y que cuando triunfara la revolución o acabara la guerra los restos de mi papá serían entregados a la familia y que se le haría un homenaje, y eso no era cierto… El cadáver no fue encontrado porque fue abandonado junto a Pancho… lo tiraron en El playón y el cadáver desapareció… y sus asesinos siguen en la impunidad y la gente como Fermán, quien fue considerado hermano de mi padre hasta después de la muerte, está tratando de justificar un crimen… La obra de mi padre es un pilar sobre el que se sustenta la cultura, la identidad y la historia de este país… Él fue una persona integral, en su obra refleja sus contradicciones, temores, se ensalzan sus amores, sus visiones, sus defectos, errores… No lo veo apartándose de las responsabilidades que le tocó asumir, no veo la diferencia entre Roque Dalton y Julio Dreyfus (su pseudónimo), fue una sola persona.

FF.- ¿No crees que el fantasma de tu padre terminó matando políticamente a sus asesinos?.

JJD.- (Se queda pensando) No sé. Creo que la mancha de haberlo asesinado es indeleble. Donde quiera que Joaquín se pare, todo mundo sabrá que fue uno de los ejecutores de Roque Dalton. Así va a quedar registrado en la historia. Como político él no quisiera tener esa mancha, pero debería ser humilde en reconocer ese crimen. Todos hemos cometido errores y tenemos debilidades y si alguien cometió un crimen, que lo acepte y pida perdón a la familia y a la sociedad, y eso lo haría digno.

Luego de la entrevista hablamos un poco de poesía y de su participación en el nuevo periódico virtual “Desde El Salvador”. No pude evitar sentir ese sentimiento de mi juventud en la guerra, la Semana Santa, el recuerdo de Monseñor Romero y un Roque Dalton señalando con su pluma un abecedario de justicia aún incompleto. Que lo complete nuestra sociedad, nuestra historia lo merece.

El aniversario del ofendido

Pudimos evitar tu partida pararnos en la puerta de la muerte registrar si no te llevabas algo robado talvez un corazón errabundo de justicia que nos perteneciera un ideario de libertad extraído fraudulentamente de la biblioteca de nuestra Historia un rostro en la ventana que no fuera el tuyo que no correspondiera con tu pasaporte, disfrazado quizás…
inventar alguna excusa migratoria para impedir tu exilio

Pero no no pudimos detener tu pluma cuando voló a la sombra cuando te despediste de nosotros sintiendo lástima por la cobardía impotencia por no escribir más páginas de esperanza Se nos adelantaron los disfraces de libertad los que calumniaron la palabra pueblo los que rabiaban porque su pequeño poder se arrodillaba ante el corazón poeta

Al enterrarte en la tumba del plomo le ahorraron municiones al cazador de alegrías le besaron el cañón le sirvieron en la bandeja la cabeza del Bautista le dieron la primera plana necesaria para desalentar para engañar para silenciar el arrullo del verso que sopla por donde quiere

No pudimos obligar a quedarte para amasar el verso y fabricar el pan para retoñar de insomnio frente a la ignominia Y así te fuiste silbando horizontes de infierno y mentira robándote las médulas de un barrilete unido repitiendo las palabras de los inocentes condenados a muerte Te llevaste la miel de la abeja plurilingüe obligándonos a pronunciar tu nombre cuando te supimos muerto Renacíamos con los pétalos rojos de tu flor en la fragua del combate hasta tu viejoemierda inocentemente condenado igual que vos pronunciaba la abreviada vida tuya en tabernas y otros lugares

Noche triste de la madre en mayo ni tus huesos encontramos para sembrarlos en nuestro jardín sólo saliste en silencio gritándole al avieso guerrillero que la traición es matriarca de nuevas conspiraciones pero que el verso es más eterno que la vida y siempre se burla de la muerte

Francisco Figueroa

ROQUE DALTON

ROQUE DALTON

Nació en el Barrio San José, San Sansalvador, el 14 de mayo de 1935, fue asesinado el 10 de mayo de 1975, en manos de sus compañeros de lucha revolucionaria entre las personas implicadas en su asesinato está Joaquín Villalobos.

Dalton fue poeta, periodista, ensayista y novelista. Fundador del Circulo Literario universitario (1956). Miembro del Partido Comunista de El Salvador (PCS), militó del Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP). Perseguido político, encarcelado en varias ocasiones, vivió exiliado en México, Guatemala, Checoslovaquia y Cuba, viajó por Sur América, Europa, Corea y Vietnam.

La Asamblea Legislativa el 11 de diciembre de 1997 lo declaró POETA MERITÍSIMO, por su incalculable aporte a la literatura de El Salvador. Dalton está considerado como uno de los mejores literatos contemporáneos que ha tenido el país, lo que ha dado lugar al reconocimiento de su obra por su contenido social. Roque Dalton expresa un sentimiento de nacionalidad, en la que hace referencia a la realidad histórica y a los visos de nacimiento de una verdadera democracia.

Además de expresar los antecedentes salvadoreños, constituye un verdadero legado para sus compatriotas, que trasciende las fronteras. Ganador en varias ocasiones del Premio Centroamericano de Poesía (1956, 1958 y 1959), Poemario El turno del ofendido, Mención honorífica, Casa de las Américas (Cuba, 1962), Taberna y otros lugares (1969). Sus principales obras poéticas: La ventana en el rostro (1961), El mar (1962), Los testimonios (1964), Las Historias prohibidas de pulgarcito (1974). Testimonios: El Salvador monografía (1963), Miguel Mármol (1972) y otras. Además escribió teatro y ensayo.

Roque Dalton… como yo te he leído

Por Jorge Vargas Méndez

Roque Dalton

No intentamos una biografía del poeta y escritor Roque Dalton, pues ha sido trabajo de diversos autores hasta la fecha y sin duda alguna aparecerán más adelante otros escritos relacionados con esa encumbrada voz de la literatura salvadoreña.

Lo que sí intentaremos es explorar el influjo que tuvieron en su obra algunos poetas franceses valiéndonos de un método al que bien podríamos llamar literatura comparada.

Rumbo a Norteamérica, sí, pero a México

En 1961 este poeta ingresa por primera vez a México, tierra a la que habría de retornar posteriormente Incluso, fue allá donde durante algún tiempo cursó estudios de antropología, en ese México de Diego Rivera y Eraclio Zepeda, donde también publicó algunos de sus libros.

Ahora bien, recordemos que en la década de los cincuenta los surrealistas eran la avanzada o moda literaria en tierras aztecas, un oleaje que había comenzado hacia 1938 con la llegada del propio André Bretón, principal teórico del surrealismo y autor de los tres manifiestos de esta escuela. Sin embargo, fue a partir de 1960 que los libros de los surrealistas franceses comienzan a ser traducidos y publicados en México.

Así las cosas, cuando Roque Dalton se encuentra en aquel país, el surrealismo podía respirarse en la Alameda M. A. de Quevedo o en un melancólico parque de Coyoacán, por lo menos, por esos espíritus inquietos del arte y la literatura, de los que el poeta salvadoreño no fue la excepción.

Se ha afirmado que en La ventana en el rostro (México, 1961), nos encontramos con un Roque Dalton influenciado por César Vallejo, Pablo Neruda, Nazin Hikmet, Miguel Hernández, García Lorca y otros más. Pero en los siguientes, al tiempo que recibe nuevos influjos, se somete a un proceso de transformación e interpretación a la luz de la patria nostálgica y sojuzgada hasta escribir Taberna y otros lugares, Premio Casa de las Américas 1969.

“El manuscrito de Taberna, presentado al jurado del premio “Casa” bajo el seudónimo de Farabundo, en homenaje al dirigente histórico salvadoreño Farabundo Martí, estaba, sin duda, listo desde la primera mitad de 1967. Vi a Roque por última vez en 1966 y el libro iba en proceso. Así pues, los acontecimientos de Praga 68 no pudieron influir en estos poemas pero sí, evidentemente, la atmósfera de aquella primavera y sus búsquedas en todas direcciones. Para un joven poeta, comunista y latinoamericano, forjado en la clandestinidad y bajo el ejemplo de la revolución cubana, poeta que había optado por la lucha armada como único camino para la conquista de la libertad de su pueblo, el calidoscopio ideológico que recorría la Mala’Straná y los puentes del Voltava habrán sido una experiencia inesperada, tal el encuentro con un socialismo europeo, real, con infinitas puertas que abrir”. (Ver prólogo de Taberna y otros lugares)

Con sobrada razón se ha afirmado que este libro rompe con casi todos los libros anteriores, y es que este volumen fue escrito bajo otro influjo literario y tras un tiempo de bregar por la militancia más comprometida y el exilio.

Cuando me asomo a la taberna

Cuando André Breton llega a México, un poeta-pintor se vuelve su cicerone: el peruano César Moro, a quien México adeuda el haber promovido el surrealismo tras su llegada. Este poeta escribió: “El surrealismo es el cordón que une la bomba de dinamita con el fuego para hacer volar la montaña…”. Y Roque Dalton, al trasluz de sus convicciones y recientes vivencias escribe, en Decires: “El marxismo-leninismo es una piedra/ para romperle la cabeza al imperialismo/ y a la burguesía”./ “El marxismo-leninismo es la goma elástica/ con que se arroja esa piedra”./ “No, no. El marxismo-leninismo es la idea/ que mueve el brazo/ que a su vez acciona la goma elástica/ de la honda que arroja esa piedra”.

Al leer un poema de André Breton, por ejemplo Cartero Cheval, rápido se percibe el peculiar ritmo, el desenfado y ese automatismo por el que siempre propugnó el surrealismo: “Nosotros los pájaros que encantas siempre desde lo alto de esos belvederes/ Y que cada noche no formamos más que una rama florecida de tus hombros a los brazos de tu carretilla bienamada. Que nos desprendemos más vivos que centellas de tu muñeca/ Somos los suspiros de la estatua de cristal que se incorpora cuando el hombre duerme (…)”.

Y Roque Dalton, incorporando lo propio dice en Asalto General: Asaltaron a las estatuas por no querer desembocar a las lavanderías asfixiantes a los peces muertos y sus raíces/ asaltaron a los toreros podridos a los códigos civiles en la edad del engorde/ a los profesores de violín virtuosos de la piel como un molusco (…)”. Concluida la lectura de dicho poema, no nos queda más que adherirnos a las palabras de Jean Paul Sartre: “El surrealismo destruye creando”.

Aunque la anáfora no es exclusividad de los franceses, es el poeta Jacques Prevert quien a lo largo de Paroles la hace suya y la revitaliza. Lo mismo ocurre con Dalton. Léanse los últimos versos de Decires: “(…) y una honda en el bolsillo de atrás/ y que muy bien podría conseguir una espada/ y que no soportaría estar cinco minutos/ en un Salón de Belleza?”. Ahora compárense con unos versos de Prevert del poema Le paysage changeur (Paisaje cambiante), todo él cundido de necesarias anáforas: “Y los trabajadores saldrán y verán entonces el sol/ el verdadero el duro el rojo sol de la revolución/ y se contarán/ y se comprenderán/ y verán cuántos son/ y mirarán la sombra/ y reirán/ y avanzarán/ por última vez el capital querrá impedirles que rían/ lo matarán…”

Y así como Prevert escribe La batteuse (La trilladora), nótese su influencia cuando nuestro poeta escribe Asalto general y compárese el ritmo, la fuerza expresiva, el desenfado final, ya aludidos. Así escribe el poeta francés: “(…) gritaron aullaron cantaron y bailaron/ y bailaron en torno de los graneros/ donde guardaba el trigo/ Donde guardaban el trigo molido agotado vencido/ trillado”.
Pero también véase la omisión de algunos signos de puntuación, ambos influidos por el también poeta francés Guillaume Apollinaire. Y otra vez obsérvese esa anáfora muy acentuada en la poesía daltoniana y en el mismo poema Asalto General:

“(…) asaltaron a la ayuda de Dios a la noche al día a todas las fechas asaltaron a los asaltantes a los asaltados y al asalto asaltaron a las exclamaciones me asaltaron”.

Manlio Argueta citando a Jorge Narváez, al prologar el libro Poesía de El Salvador (EDUCA, 1983), afirma lo siguiente: “(…) el trabajo más exhaustivo y completo que se haya escrito sobre el poeta, señala que Roque Dalton no podía asumir pasivamente una tradición, ni un lenguaje ya elaborado, sin darse a la tarea rigurosa de someterlo a la crítica y modificarlo para adecuarlo a las propias necesidades de poeta militante salvadoreño. De ahí que es la novedad que la poesía salvadoreña trae a nuestro sistema de la poesía latinoamericana”.

Un libro levemente odioso

Con la misma tónica surrealista, el poeta Paul Eluard dice en su poema Algunas de las palabras que hasta ahora, me estaban misteriosamente prohibidas: “(…) Palabras maravillosas como las otras/ Oh imperio mío de hombre/ Palabras que escribo aquí/ Contra toda evidencia/ Con la gran preocupación/ De decir todo”.

Por su parte, Dalton en Ars Poética 1970, dice: “Las letras de un poema/ no son las piececillas de una máquina/ el mapa perfecto para explicar la teoría molecular/ las letras de un poema/ son los días en que no tuve tus noticias (…) Por eso es que los poetas/ se persignan entre carcajadas/ ante la teoría del conocimiento”. Y cuatro años después, en su Arte poética 1974 de Poemas Clandestinos: “Poesía/ Perdóname por haberte ayudado a comprender/ que no estás hecha sólo de palabras”.

Con los últimos versos el poeta salvadoreño nos confirma haber bebido en las fontanas de los surrealistas y ello probablemente ocurrió en aquel México de principios de los sesenta.

Así he leído a Roque Dalton, y quizás sea válido en este mes, la siguiente paráfrasis: Cualquiera puede hacer de los libros del joven Roque Dalton, un liviano puré de berenjenas. Lo difícil es conservarlos como son, es decir, como alarmantes hormigueros. Lo que soy yo… también me monto en un potro. ¿Me acompañan o no, hermanos y hermanas poetas?

Roque volvió a El Salvador en 1973 con el rostro alterado y dispuesto a tomar las armas: se integró al ERP, la agrupación guerrillera más violenta de esos años.

En 1970, Aída Cañas y sus tres hijos Roque, Juan José y Jorge viajaron a El Salvador. Tenían un permiso especial del presidente Fidel Sánchez Hernández, obtenido por un familiar de Aída, el vicepresidente de la Asamblea, miembro del PCN. Después de una estadía de dos meses, regresaron a Cuba con un tocadiscos que recibieron de regalo y música de moda, incluyendo discos de Carlos Santana y del concierto de Woodstock.
La casa de los Dalton se convirtió en un centro de concentración de jóvenes. Los tocadiscos eran un lujo que muy pocos tenían y el rock era prohibido. En una ocasión, Roque, que en ese entonces trabajaba febrilmente en tres libros, reprendió a Juan José debido al volumen de la música. El chico, que estaba con un grupo de amigos, respondió dando un golpazo al tocadiscos para apagarlo y se encerró en su cuarto, rehusó salir o comer.

Algunas horas después, Aída tocó la puerta de Juan José y le pidió que hablara con su padre. Roque se sentía muy mal por lo que había ocurrido. “Mi papá era un hombre muy sensible”, recordó Juan José. “Entré a su habitación y estaba muy triste, sobre la cama. Levantó los ojos y, no me olvido, es como si lo viera todavía: su mirada… no nos dijimos palabra. Nos abrazamos y lloramos juntos. Yo supe que sentía, que sentía que me había ofendido frente a mis amigos.”

El hombre de confianza Invitado a trabajar en la revista Casa de las Américas por su director, Roberto Fernández Retamar, Roque y su familia se mudaron a La Habana en 1969. Fue una época productiva para Roque, pero no duró mucho tiempo. Él renunció del consejo editorial de la revista el 20 de julio de 1970. En una carta a la Dirección del Partido Comunista de Cuba, explicó las razones.
Roque fue invitado por Roberto a ser el “hombre de confianza” de la revista durante los eventos del premio Casa de las Américas 1970. Esto suponía vigilar la delegación internacional de intelectuales que visitaron Cuba, sobre todo los “no militantes, de posición ambigua”, como Ernesto Cardenal.
Tratados como turistas, la delegación de intelectuales extranjeros vocearon sus querellas a Roque, que las llevó de regreso a Roberto. Las delegaciones querían conocer la verdadera Cuba, tener contacto con sus campesinos y trabajadores. En una ocasión, Ernesto y otros escaparon del grupo y visitaron Cuba por su cuenta.
Roque defendió las posiciones de las delegaciones extranjeras y criticó la falta de transparencia de Casa de las Américas, le dijo a Roberto que no tenía el “coraje para enfrentar los problemas”. Así terminó el trabajo de Roque en la revista. Irónicamente, la preocupación de los cubanos resultó ser exagerada; en su libro “En Cuba”, Ernesto pintó una bella imagen de “la revolución en progreso”.
A partir de entonces, volcó todas sus actividades en su propia obra, con inmensa urgencia. Infatigablemente, completó varios libros, y escribió y produjo obras de teatro y televisión con gran éxito. También recibió entrenamiento militar. Tenía en mente regresar a Centroamérica, para incorporarse al trabajo “revolucionario” en Guatemala.

“La violencia revolucionaria”

La agitación política de los primeros años de la década de los 70 cambió los planes de Roque. Dos organizaciones guerrilleras surgieron en ese período, formadas en contraposición al Partido Comunista: las Fuerzas Populares de Liberación Nacional (FPL) y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).
Roque estaba convencido de que la nueva acumulación de fuerzas opositoras tendría “utilización revolucionaria si a partir de un momento el nivel de esa acumulación y su desarrollo posterior se realizan por la violencia revolucionaria”.
Para él, el surgimiento de múltiples frentes de lucha era un hecho positivo. Su ensayo de análisis, Partido revolucionario y lucha armada, escrito en La Habana en 1972, anticipa la creación del FMLN, al contener la primera formulación teórica de una entidad que cohesionaría los diferentes grupos opositores: “Posiblemente se abra en nuestro país y no precisamente a largo plazo un proceso de desarrollo concurrente de varias fuerzas marxistas-leninistas para la conformación del futuro partido de la revolución salvadoreña”.
Entre 1965 y 1969, Roque había mantenido comunicación con el entonces secretario general del Partido Comunista Salvadoreño, Cayetano Carpio, quien vio con “asombro” el desarrollo de sus ideas que en ese momento estaban contra la línea del partido. El PCS todavía le apostaba a la lucha política y no a las armas. Roque mostró sus primeros “esbozos políticos, pero con mucho respeto, pensando él que talvez podría no ser de mi agrado su audacia, su visión en ese sentido”, recordaría Carpio.
Este viejo líder comunista se inclinó posteriormente por la lucha armada; se separo del PCS y formó las FPL. Los seguidores más ortodoxos de los dictados del comunismo fueron los últimos en tomar las armas, a finales de los 70.
En 1972, Carpio recibió la noticia de que Roque buscaba integrarse al “movimiento revolucionario”. “Sin embargo”, escribió, “no fue por el lado de nuestra organización por donde se canalizaron más ágilmente esas inquietudes”.

En el seno de la guerrilla Roque se integró al ERP, la organización guerrillera más audaz y violenta de la época, en diciembre de 1973. Entró a El Salvador por vías legales, con un pasaporte falso y con su rostro transfigurado por los mismos cirujanos plásticos que alteraron la apariencia del Che Guevara antes de partir a Bolivia.
Su seudónimo fue “Julio Dreyfus Marín”. Rindió militancia con grado de soldado combatiente y fue miembro de la Célula de Vanguardia encargada de formar el “partido”. Conformó, con Alejandro Rivas Mira, Eduardo Sancho y Ana Sonia Medina, el equipo encargado de atender la relación con militares de tradición demócrata-constitucionalista, que planificaban, en 1975, un golpe de estado en contra del coronel Arturo Armando Molina.
Pero el propósito principal de Roque en El Salvador con el apoyo del Partido Comunista de Cuba era establecer lazos de unión entre las fuerzas para iniciar “la creación de una entidad revolucionaria, un partido de vanguardia.”
Y efectivamente, el desarrollo del trabajo bilateral fue una de sus tareas como asesor político del ERP. Felipe Peña, uno de los fundadores de las FPL, fue su contraparte en ese campo. En enero de 1974, el esfuerzo de unificación tuvo su primer fruto, cuando ambas organizaciones lanzaron su primer comunicado conjunto.

Imprudencias La presencia de Roque fue resentida desde el inicio por algunos líderes del ERP. El Boletín General nº 1, fechado el 2 de febrero de 1974, señala: “Se cuestionó el porqué había entrado a la organización vinculado directamente a la Dirección y con el cargo de Asesor de la Dirección Nacional sin haber pasado por un proceso de prueba”.
Documentos de ese período describen una lucha ideológica interna que se remonta a los orígenes de la organización en 1971, pero que se recrudece a principios de 1974 y se desencadenaría en los hechos de abril y mayo de 1975: la “lucha fratricida” en el seno de la organización y a su escisión en dos fuerzas.
A principios de 1975, Cayetano y Roque se encontraron en una reunión bilateral, por primera vez desde 1969. Cuando lo vio, Roque se lanzó a los brazos de Cayetano y le dijo, frente a los compañeros de su dirección: “Qué lástima, compañero, que no pude encontrar los canales ágiles para estar con usted; porque yo quería estar a la par suya, en las FPL”.
“Así era Roque”, escribió Cayetano, quien pensó que esa actitud había sido imprudente y poco reflexiva. “Sin embargo, él era tan franco, tan expansivo, que no pudo dejar de exhalar esa frase.”

EN LOS MEDIOS. Recorte del periódico “La Crónica” del 28 de mayo de 1975.
No lo podía creer, nadie lo creía” Jorge Ávalos Fotos de LA PRENSA/Museo de la Palabra El 10 de mayo de 1975, Roque desapareció de la faz de la tierra. El cuerpo del poeta, supuestamente fusilado por sus propios compañeros, nunca fue localizado

El 27 de mayo de 1975, una hoja volante circuló profusamente por las calles de San Salvador indicando que el Ejército Revolucionario del Pueblo había sido “objeto de infiltración enemiga por medio del salvadoreño Roque Dalton”.
Él era acusado de traidor, de haberle costado la vida a dos combatientes y del fracaso de algunas acciones militares revolucionarias. “Roque Dalton”, concluía el comunicado, “fue detectado, capturado y fusilado por las fuerzas del ERP. Existen innumerables pruebas de su labor traidora en el seno de la organización”.

Dos mujeres Una de las primeras personas en ser alertadas de esa noticia fue María García, la madre de Roque. Un mes antes, María había estado en La Habana visitando a sus nietos. El 10 de mayo viajó a México y el 16 regresó al país. Esta vez, ella no sabía que su hijo estaba en San Salvador.
“No lo podía creer, nadie lo creía. No sabía dónde ir, a quién preguntarle. Así que fui donde siempre había ido antes, a la Universidad Nacional. Pregunté y pregunté y nadie me decía nada. En un momento me desesperé y le grité a los dirigentes de la asociación de estudiantes que eran unos cobardes.”
Un día de julio una mujer desconocida llegó a su casa y le dijo: “Dicen que nos estaba buscando”. Era miembro de una nueva organización, la Resistencia Nacional. Le entregó a la madre de Roque objetos personales de su hijo y dos fotografías, una tomada a la entrada de la taberna checoslovaca U Fleku y la última foto, que lo mostraba con bigote y lentes, con un enorme parecido a su padre, Winnall Dalton.

Usted sabe: me quedan algunos meses de vida. Los elegidos de los dioses seguimos estando a la izquierda del corazón. Debidamente condenados como herejes.
-Roque Dalton

“Nunca logré contener la risa”, escribió Roque Dalton en “Los hongos”. “Incluso creo que el resumen de mi vida podría ser ése: nunca logré contener la risa.”
En 1946, durante una misa para los estudiantes del Externado de San José, un niño bajó los ojos y “bajo el manto erizante de su éxtasis devoto” hizo los gestos de la masturbación. Roque, de sólo 11 años, lo vio y rompió en carcajadas. El padre Carlos Amman, que oficiaba la misa, se acercó y le dijo: “Te quedarás castigado hasta las 7 de la noche. Todos los días. Hasta nuevo aviso”.
“En el corazón confesaría Roque veinte años después estallaba el estrépito de los grilletes, la adivinación del arrepentimiento por todas las borracheras futuras, el rostro de tu asesino…”
El coyote aúlla En mayo de 1934, Winnall Agustín Dalton entró al vestíbulo del Banco Occidental en San Salvador para confrontar a su dueño, Benjamín Bloom, por una disputa personal. Benjamín lo esperaba, armado con un revólver y, cuando Dalton cruzó la puerta, una bala le impactó en la cara. Las trifulcas violentas entre dos estadounidenses no eran inusuales, y ningún cargo fue presentado contra el conocido banquero.
Dalton fue llevado de emergencia al hospital Rosales que, aunque ya se encontraba en la 25.ª avenida norte, su interior no era nada más que una inmensa sala con un centenar de camas alineadas contra las paredes. La enfermera que atendió a Winnall Dalton se llamaba María García Medrano.

“La herida entró y salió por una quijada”, me contó María una tarde de mayo de 1984. “No era muy grave. Pero Winnall no era un hombre acostumbrado a estar sujeto. Tenía la boca vendada, la lengua inflamada y todavía así cantaba canciones mexicanas. Se le oía en toda la sala, como a un coyote herido. Hacía reír a todo el mundo.”
Los mercenarios Es posible que el californiano Benjamín Bloom haya tenido buenos motivos para querer matar a Winnall Dalton. De acuerdo con Roque, su padre y su tío Frank, ambos provenientes de una de las más distinguidas familias de Tucson, Arizona, eran dos cazadores de fortuna. En el camino a El Salvador, le robaron a Pancho Villa, realizaron una estafa con un negocio de letrinas y se casaron con “espeluznantes, pero riquísimas jóvenes de la burguesía guatemalteca”.
Los hermanos Dalton eran inusuales en otro sentido: eran de origen mexicano. Hablaban español e inglés, y la abuela de ambos había sido una famosa cantante de corridos y huapangos. Una familiar de Roque, la cantante de música pop Linda Ronstadt, captó la atención del público latinoamericano en los años ochenta cuando grabó un disco con esas viejas canciones: “Canciones de mi padre”.
El bisabuelo de Roque, también llamado Winnall Agustín, y su esposa Lupe Vásquez tuvieron el negocio de vagones tirados por caballos más prestigioso del Viejo Oeste. Ambos provenían de California, donde los Vásquez tienen el mérito de haber introducido la primera imprenta. Pero a finales del siglo XIX, la familia perdió su fortuna.
Cuando murió la madre de los hermanos Winnall y Frank, la hermana mayor tomó las riendas de la casa y adoptó el papel materno. El carácter irascible de Winnall ha sido atribuido a una pelea que tuvo con esa hermana mayor, su madre adoptada.
Un rencor profundo, imperdonable, separó a Winnall y lo empujó a buscar su destino lejos de Arizona, en “las hermosas (aunque inestables) tierras centroamericanas… pobladas como siempre de generales y mariposas”.

Roque Antonio García Dalton nació el 14 de mayo de 1935. La partida de nacimiento lo declara “hijo ilegítimo” de Winnall A. Dalton, quién rechazó con vehemencia la paternidad del niño hasta que un día, en 1937, María lo confrontó con la evidencia.
“Y él se topó con su viva imagen, con el pelo rubiecito y los mismos ojos. Yo era una enfermera certificada y quería continuar ejerciendo mi carrera. No le pedía nada. Sólo que me ayudara a costear la educación de Roquito.”
Ese camino sería más difícil de lo que María había imaginado. Con enorme tenacidad, no dejó nunca de informar a Winnall de los avances de Roque, enviándole copias de sus notas en el Colegio Santa Teresita del Niño Jesús y en el Colegio Bautista, así como las fotos de su comunión y de otras actividades. Finalmente, Winnall mismo recomendó que Roque fuera inscrito en el mejor colegio de San Salvador en ese entonces: el Externado de San José.
“Lo vestí con el traje de su comunión y lo llevé al viejo local del Externado, un gran caserón verde. No pasamos de la puerta. Apenas el rector se enteró de que Roque era hijo natural nos dijo que no podía ayudarnos. Regresé a casa con el corazón destrozado y llamé a Winnall. Una hora después, el rector del Externado me llamó y me dijo: ‘Señora, ¿por qué no me dijo que su hijo es hijo del señor Dalton? ¡No sabe los gritos que nos ha dado! Venga, que lo vamos a registrar’.” Y así fue parafraseando a Roque como el hijo del millonario norteamericano en el barrio de los golfos se convirtió, para los hijos de los millonarios, en el rapaz escapado por no sé qué puerta falsa del barrio de los golfos.
El fuego de la conciencia En 1953, cuando Roque se graduó de bachiller en el Externado de San José, su padre lo premió con un pasaje para estudiar su carrera elegida de Derecho en Santiago de Chile. Si cumplía y se graduaba, tenía otro premio: lo reconocería con su apellido.
“Su papá lo quería lo más lejos posible de El Salvador recuerda María para que no se metiera en líos. Pero fue peor. Regresó con más ideas en la cabeza y con cajas llenas de libros carísimos. Leía muchísimo, de todo. Yo no sé qué libros tenía, pero tenía libros hasta de marxismo. Se había puesto bien rebelde y llegaba tarde a la casa. Un día me dije: ‘Esto no puede continuar’. Y le quemé los libros. Toditos los libros que había traído de Chile se los quemé. Cuando Roque se enteró, se puso muy bravo. Yo nunca lo había visto tan enojado en mi vida. Estaba tan enojado que casi lloraba de la cólera y pateó las paredes y gritaba diciendo: ‘¡Mamá, no sabe lo que ha hecho!’. Y salió de la casa golpeando la puerta. En ese momento supe que Roque ya no era el mismo, que ya no volvería a ser el mismo.”
De acuerdo con su compañero de cuarto en Santiago, el artista René Castro, los 11 meses en la Universidad Nacional de Chile, lejos de su patria, lo expusieron no sólo a grandes deslices bohemios; fue también la primera oportunidad que tuvo para confrontar con perspectiva sus orígenes, para probar los límites de su personalidad. Y fue en Chile, también, donde encontró por primera vez el camino hacia el marxismo, del cual su padre había querido protegerlo.
Años más tarde, durante su primer exilio en México, en 1961, Roque fue invitado a cenar por un amigo que conoció en el Externado, Miguel Regalado Dueñas. Después de conversar sobre el “señor Marx”, Miguel le impugnó a quemarropa: “Dicen que tú ingresaste al Partido Comunista por complejos”.

En su largo y oscuro poema autobiográfico “Los hongos” una exposición irónica de la culpa católica contrastada a los servilismos del poder político, Roque respondería a esa sentencia con el lenguaje de un abogado defensor: “Los complejos, señores del Jurado, no tienen nada que ver con la conciencia política: a lo más sirven para otorgar el matiz trágico”.

Un encuentro con Diego Rivera Comisionado por una revista universitaria de Chile, traté de hacerle una entrevista a este eminente pintor mexicano llamado Diego Rivera; estaba en Chile para el congreso de la cultura que se celebró en la capital chilena. Yo llegué, simplemente, a cumplir mi deber de hacerle una entrevista, pero ahí encontré al hombre en uno de sus malos momentos. Empezó a responderme cortésmente las preguntas, hasta que, no sé por qué, se le ocurrió preguntarme mi filiación política. Yo le dije que era social-cristiano. Entonces él me preguntó, con aquella manera exuberante que tenía, que cuántos años tenía yo. Yo le dije que 18 años. Entonces me preguntó que si yo había leído marxismo. Yo le dije que no. Entonces me dijo que tenía yo 18 años de ser un imbécil. Y entonces me echó. Me echó, y yo horrorizado, por supuesto. Pero después de salir y después de conocer lo que era Diego Rivera, me interesó la actitud del hombre, y empecé a investigar quién era. Fui a algunas de sus conferencias sensacionales que dio en Chile. Lo seguí. Me enteré, por ese incidente, de la pintura mexicana, que era una cosa en la que yo nunca había caído en la cuenta. Y, lo que es más importante, me entró la preocupación por estudiar marxismo; porque por primera vez en mi vida me había pasado que una persona me dijera imbécil, así, por no haber estudiado marxismo.

==================================== Roque Dalton Casa de las Américas, Nº 135, nov-dic. 1982, La Habana.

ROQUE EN MOSCÚ. Roque en Moscú durante el VI Festival Mundial de la Juventud en 1957.

El talento es”, escribió Roque, “puras ganas de molestar a los demás”. Pero aún los genios necesitan un período de aprendizaje.
A finales de 1953, Roque regresó de Chile, y vio a El Salvador con nuevos ojos. Se encontró con “un país donde la gente se muere de hambre, de miseria, de explotación, terriblemente angustiada por un destino en el cual está sumergido sin siquiera tener clara conciencia. Y yo tampoco tenía conciencia…”.
En 1954, Roque se inscribió en la Universidad Nacional de El Salvador y retomó la carrera de Derecho. Al mismo tiempo, se integró a una célula comunista.
Salvador Cayetano Carpio, que se convirtió en líder de las Fuerzas Populares de Liberación, escribió: “Roque fue en la Universidad, digamos, el alma de la lucha combativa de los estudiantes, pero con un sello especial: era reconocido por la elaboración de las publicaciones picantes en contra del régimen. Todo el pueblo esperaba el periódico llamado ‘La Jodarri’, del que Roque, durante varios años fue el director… “La Jodarria” y el desfile bufo eran, precisamente, donde se mostraba toda la agudeza poética pero mordaz de Roque”.

‘La Jodarria’ era el “órgano viril al servicio del mal humor” de su facultad. Nada era sagrado para Roque. La columna de noticias breves se titulaba: “Cosas que caen en los huevos”.

Años para protestar La década del 50 parecería ser un período inusual para el desarrollo de un marxista: el creciente mercado del café generó una bonanza económica y cierto nivel de apertura social que permitió el regreso de muchos intelectuales exiliados.
Álvaro Menen Desleal, cuya agencia de prensa fue censurada por el gobierno del coronel José María Lemus, recordó en una entrevista las contradicciones del régimen: “En la década de los cincuenta, en plena persecución anticomunista, cuando Osorio llenaba las cárceles y se asesinaba a mucha gente, la explosión cultural era maravillosa” (Cultura, 1999).
Y en efecto, con el apoyo gubernamental a las artes se fundaron el Coro Nacional, la Orquesta Sinfónica y la Dirección Nacional de Publicaciones.

El triunfo de la revolución cubana produjo un cambio en esa doble política. El gobierno de Lemus se tornó intolerante ante la creciente audacia de los intelectuales. Hechos graves, como capturas, secuestros y torturas, así como la censura de algunos medios de prensa provocaron repudio, y dieron inicio a una nueva crisis política.
El 14 de diciembre de 1959, un grupo de estudiantes universitarios saboteó el desfile militar conmemorativo de la “Revolución de 1948”. Roque, acusado de ser uno de los dirigentes, fue arrestado el día siguiente.
===================================

**Roque regresó de Chile en 1953, ya iniciado en el marxismo, e ingreso a la Universidad Nacional, desde donde comenzó a hacerse notar como un crítico mordaz del gobierno en turno.

Fichado Fotografías de Dalton en el archivo de la Policía Nacional, 1960.

El año crítico Cuando Roque entró a la cárcel, acusado de causar disturbios públicos, era el más visible de los jóvenes intelectuales que militaban en las filas del Partido Comunista.
Casado con Aída Cañas Morales en 1955, a la edad de 19 años, compartía sus distintas facetas estudiante, organizador, poeta y periodista con su vida familiar.
La persecución gubernamental de que fue objeto Roque durante todo el año de 1960 le dio notoriedad como opositor. Sus líos con el poder transformaron, eventualmente, a su madre y a su esposa en pioneras en acciones de denuncia, sobre todo en el tema de los “desaparecidos”.
María García descubrió las condiciones de la Penitenciaría Central de esta manera: “En medio del callejón donde estaban los reos pasaban las aguas sucias de la ciudad, en una canaleta. El tufo era insoportable. Era una amenaza a la salud y era indignante”. El 8 de enero de 1960, sin pruebas suficientes para retenerlo, el Juzgado Quinto de lo Penal liberó a Roque bajo fianza.
Conmovido por los reos que conoció Francisco Sorto “perdió la razón a causa de un encierro de cuatro años en la terrible celda número nueve”, inició un esfuerzo con la Asociación de Estudiantes de Derecho de la Universidad Nacional para proveer asistencia legal a cientos de reos sin recursos económicos, muchos de ellos retenidos durante años sin juicio ni condena.
Enemigo público

En julio de 1960, dos miembros de la Policía Nacional, el comandante Adán Torres Valencia y José Urías Orantes, fueron hallados culpables de varios asesinatos y torturas. Roque participó en la acusación.
La primera semana de agosto, agentes de la Policía iniciaron investigaciones en torno a Roque y su amigo José Napoleón Rodríguez Ruiz, como sospechosos de haber asesinado a Armando López Muñoz. La Policía rescindió cuando Álvaro Menen Desleal acusó al gobierno de Lemus de perseguir a los empleados de su empresa, Teleperiódico.
Lemus no cedió. Roque se había convertido en un nuevo tipo de enemigo: un comunicador, alguien que sabía tomar provecho de los medios de prensa para incrementar el impacto de sus denuncias. El 25 de agosto, Roque desapareció, por primera vez, de la faz de la tierra.
La madre de Roque recorrió la Universidad Nacional preguntando por su paradero. A pesar de su ausencia, Roque volvió a ocupar la atención de los medios. Circularon rumores de que había sufrido el mismo destino que las víctimas de los policías Torres Valencia y Urías Orantes: que había sido torturado y asesinado, y que su cadáver, con las orejas cercenadas, había sido echado en un barranco.
Los estudiantes de la Universidad Nacional, con el apoyo de la madre de Roque, montaron una campaña para pedir su liberación. La Policía Nacional negó tenerlo bajo su custodia. La campaña creció. Finalmente, el lunes 12 de octubre, el director general de la Policía Nacional, Manuel Alemán Manzanares, emitió un comunicado de prensa.
Manzanares alegó que Roque había sido capturado en la finca de Adolfo Espinoza en Rosario de la Paz el 9 de octubre. Fotografías ilustraban la evidencia: un fusil calibre 22 y literatura marxista, incluyendo el libro “Songoro cosongo” del poeta cubano Nicolás Guillén.
Nuevos cargos se emitieron contra Roque, y fue llevado de nuevo a la Penitenciaría Central. Considerado peligroso, fue recluido en la celda número nueve.

Otra vuelta de tuerca Lemus fue derrocado el 26 de octubre de 1960. Una multitud se congregó a las puertas de la Penitenciaría Central para esperar la liberación de los estudiantes y presos políticos. Una foto memorable muestra a Roque sonriendo, aunque débil y demacrado, en el momento en que es saludado por mucha gente.
El 5 de noviembre, la recién instalada Junta Cívico Militar entregó a representantes universitarios las fichas policiales de los estudiantes perseguidos por Lemus.
Roque regresó a los tribunales salvadoreños, como ofendido, para acusar a sus captores. En una serie de editoriales denunció las condiciones infrahumanas de la Penitenciaría Central, la cual sería demolida unos meses después.

Roque y Aída capturados.

El 25 de enero de 1961, desde el cuartel San Carlos, un grupo de militares impulsó un golpe de estado contra la Junta, en parte, por la presencia en ella de “simpatizantes de Fidel Castro”. Casi de inmediato, enfrentaron protestas a lo largo del país. En la avenida España, la Guardia Nacional y la Policía reprimieron con violencia una manifestación civil, dejando un saldo de varios muertos y heridos. Roque fue capturado una vez más, y exiliado a México.
Dos años después, Roque dedicaría su primer libro escrito en el exilio, “El turno del ofendido”, al director de la Policía Nacional, el general Manzanares. Las mentiras que tuvo que inventar para justificar su condena, explicaría Roque, lo convencieron de que aún estaba muy lejos de ser “un verdadero revolucionario”. Y por ello, a partir de entonces, juró que él mismo se encargaría de “proveer de materiales en mi contra al juez”.

¡Irreverentes!
En enero de 1959, las fuerzas guerrilleras dirigidas por Fidel Castro entraron triunfantes a La Habana (Cuba). Roque Dalton tenía entonces 23 años y trabajaba como redactor y periodista para el más exuberante de los nuevos intelectuales salvadoreños: Álvaro Menén Desleal, un maestro de la provocación.
En agosto de ese año, ambos viajaron a Chile para cubrir la conferencia de cancilleres de la Organización de Estados Americanos. “En ese cónclave”, recordaría Roque seis años después, los delegados cubanos “conmovieron intensamente las masas populares chilenas”. Por su parte, los dos taimados salvadoreños no pudieron resistir el impulso protocolario que los rodeaba.
Álvaro se había posesionado de un “anillo cardenalicio” y envió a su asistente al más exclusivo burdel de Santiago para anunciar su llegada. Roque preparó a las prostitutas más bellas de Chile para “recibir al emisario oficial del Papa en una visita secreta”. Cuando Álvaro entró al burdel, las mujeres lo esperaban, emocionadas. Organizadas por Roque, una por una se arrodilló para besar el anillo de Su Excelencia, el cardenal, que las honraba con su presencia.

Roque y Aída capturados.

El 25 de enero de 1961, desde el cuartel San Carlos, un grupo de militares impulsó un golpe de estado contra la Junta, en parte, por la presencia en ella de “simpatizantes de Fidel Castro”. Casi de inmediato, enfrentaron protestas a lo largo del país. En la avenida España, la Guardia Nacional y la Policía reprimieron con violencia una manifestación civil, dejando un saldo de varios muertos y heridos. Roque fue capturado una vez más, y exiliado a México.
Dos años después, Roque dedicaría su primer libro escrito en el exilio, “El turno del ofendido”, al director de la Policía Nacional, el general Manzanares. Las mentiras que tuvo que inventar para justificar su condena, explicaría Roque, lo convencieron de que aún estaba muy lejos de ser “un verdadero revolucionario”. Y por ello, a partir de entonces, juró que él mismo se encargaría de “proveer de materiales en mi contra al juez”.

¡Irreverentes!
En enero de 1959, las fuerzas guerrilleras dirigidas por Fidel Castro entraron triunfantes a La Habana (Cuba). Roque Dalton tenía entonces 23 años y trabajaba como redactor y periodista para el más exuberante de los nuevos intelectuales salvadoreños: Álvaro Menén Desleal, un maestro de la provocación.
En agosto de ese año, ambos viajaron a Chile para cubrir la conferencia de cancilleres de la Organización de Estados Americanos. “En ese cónclave”, recordaría Roque seis años después, los delegados cubanos “conmovieron intensamente las masas populares chilenas”. Por su parte, los dos taimados salvadoreños no pudieron resistir el impulso protocolario que los rodeaba.
Álvaro se había posesionado de un “anillo cardenalicio” y envió a su asistente al más exclusivo burdel de Santiago para anunciar su llegada. Roque preparó a las prostitutas más bellas de Chile para “recibir al emisario oficial del Papa en una visita secreta”. Cuando Álvaro entró al burdel, las mujeres lo esperaban, emocionadas. Organizadas por Roque, una por una se arrodilló para besar el anillo de Su Excelencia, el cardenal, que las honraba con su presencia.

Declaraciones

“La declaración de ofendido” y el manuscrito de “El turno del ofendido” de Dalton, éste último iniciado durante su estancia en la penitenciaría central.
=============

EL MATRIMONIO DALTON EN MÉXICO. Aída Cañas Morales y Roque Dalton en Xochimilco, México.

La corta Primavera en Praga

Todos los libros que Roque Dalton finalizó durante el curso de su vida contienen un gesto de superstición que es también una clave de su carácter: todos tienen un espacio para recordar o citar a su padre, Winnall Dalton.
El 24 de marzo de 1962, cuando se encontraba en Cuba, Roque recibió un cable con la noticia de la muerte de su padre. María García exploró la posibilidad legal de la herencia y le pidió a su hijo que regresara a El Salvador “para que al estar presente veas las cosas como están y ver si se puede lograr algo”.
Roque rechazó la oferta. Aunque estaba conmovido por la muerte de su padre y separado de sus propios hijos, decidió permanecer en Cuba, que en ese entonces era un importante centro cultural para los intelectuales de izquierda. El “hijo pródigo”, como Roque se llamaba a sí mismo, ya no tenía la oportunidad de regresar al camino elegido por su padre.

Un encuentro furtivo Durante su año de estadía en México, donde estudió cursos de antropología, Roque visitó Cuba por primera vez para el segundo aniversario de la revolución. En 1962, regresó para trabajar como escritor profesional, integrándose al equipo de Radio Habana Cuba. También fue periodista de la prensa diaria y redactor de monografías históricas sobre El Salvador y México. A finales de 1963, regresó a El Salvador clandestinamente.
Sus hijos, entre los cuatro y los siete años, apenas lo conocían. La Policía sabía que Roque se encontraba en el país y lo consideraba un “peligroso prófugo comunista”. De ese período, el cineasta Jorge Dalton recuerda un solo encuentro, a los cuatro años, con su padre. La Policía tenía bajo vigilancia la tienda La Royal, la casa de María García, así que esta arregló un “conecte en la esquina del cine Fausto, en el barrio de San Miguelito”.
“Nos desviamos y fui a su encuentro”, recordó Jorge en un artículo de 1999. “Tenía un bigote más grande de lo normal, vestía de blanco. Parece que tenía toda la intención de llevarme a pasear y, al nomás dar los primeros pasos, un carro patrulla venía a toda velocidad por la avenida España. Mi padre tapó su rostro con mi cuerpo y sin pensarlo mucho compró unos boletos para el cine. Estaban exhibiendo ‘Una dura noche’ de Los Beatles; era la primera vez que veía cine. Sin duda fue un lindo encuentro con el cine, Los Beatles y mi padre.”
Roque vivió varios meses bajo la más estricta clandestinidad. El “conecte” con su madre, que lo apoyaba con dinero, ocurría a través del Casino Salvadoreño. Las pequeñas notas anónimas que María le enviaba a su hijo aún se conservan, como esta: “Envíote 300 Cambia casa No me escribas más quen mano al casino Ten paciencia Espera Escasísimos fondos”.

La suerte loca En 1964, durante la primera semana de septiembre, Roque fue capturado una vez más, y fue recluido en el penal de Cojutepeque. Su estadía dio a lugar a los “Poemas de la última cárcel”, conmovedores por su premonición de muerte. Uno de los guardias, “el 357”, le había revelado que su caso era “muy delicado… hay posibilidades serias de que lo maten”.
Aída Cañas estaba en casa de su madre con sus tres hijos quienes rezaban, arrodillados cuando su esposo apareció, sucio, barbudo, con el rostro lleno de rasguños, el día de Cristo Rey, el domingo 25 de octubre de 1964

Roque se había fugado. La historia de su captura y su escape la contó en la revista “Casa de las Américas” y en otras publicaciones y entrevistas, y se convirtió en el capítulo final de su novela “Pobrecito poeta que era yo”. El temor a la muerte, infundido por “el 357”, lo llevó a intentar un escape. Con un trozo de madera, primero, y finalmente con una cuchara, horadó una de las paredes de bahareque de la celda en que estaba recluido. De acuerdo con María García, su hijo no llegó muy lejos: se topó con “la pared de cemento de la casa contigua”.
En su poema “Los hongos”, Roque confiesa, con vergüenza, de que a pesar de ser ateo se arrodilló y pidió un milagro. Ese día, tuvo “la suerte loca” de que un terremoto derrumbara la pared que él había horadado previamente. Por muy inverosímil que parezca la historia, LA PRENSA GRÁFICA reporta que a partir del 14 de septiembre se inició una ola de temblores, que culminó con una serie de fuertes sismos en la zona paracentral del país entre el lunes 21 y el viernes 25 de septiembre de 1964.
El testimonio de Roque incluía otra revelación: un agente norteamericano lo interrogó. En una entrevista con Radio Habana Cuba en 1966, Roque afirma que durante su captura fue llevado la casa particular del coronel Mario Guerrero para recibir “mejores condiciones, según ellos decían, de poder conversar con los americanos, porque en mi caso hubieran llegado precisamente los americanos a hablar conmigo y a mostrar su cara”.
La intención de Roque al contar su experiencia era denunciar la presencia de los Estados Unidos en asuntos de inteligencia nacional. Esa declaración sería utilizada con fines muy distintos en mayo de 1975, cuando una organización guerrillera, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), la citó para acusar a Roque de ser “agente de la CIA”.
Dos años después, en un documento generalmente conocido como el “Balance histórico de 1977”, el ERP admitiría que “el cargo de agente de la CIA apareció como el final de una maniobra y no como un hecho real” durante la pugna interna que dividió esa organización.

El jurado delibera Antes de marcharse, Roque vivió un par de meses más en la clandestinidad, durante los cuales realizó un proyecto insólito, dadas sus circunstancias: una antología de poesía. Él mismo mecanografió el original y se lo entregó a Ítalo López Vallecillos, en enero de 1965, con una carta dirigida a la Comisión de Publicaciones de la Universidad Nacional.
La carta revela su actitud de desafío contra la persecución y la censura institucional que lo mantenía invisible como poeta. La obra de Roque era virtualmente desconocida en El Salvador. “En la prensa nacional escribió, en las editoriales oficiales o privadas, se ha mantenido un inviolable boicot contra mi obra, en un nivel que no por honroso no ha dejado de ser dañino y limitativo.”
Aunque ya había publicado un par de plaquetes, “Poemas”, editado por la Universidad Nacional en 1967, fue el primer libro de Roque publicado en El Salvador. Fue un triunfo de conciencia para su autor y para Ítalo, que a partir de ese momento se convertiría en el enlace editorial de Roque en la región.
En 1966, Roque se estableció con su familia en Praga. Allí trabajó en el consejo de redacción de Revista Internacional, recogió el testimonio de una leyenda del comunismo salvadoreño Miguel Mármol y escribió su libro de poesía más famoso, “Taberna y otros lugares”, que obtuvo el premio Casa de las Américas 1969. Este es uno de los períodos mejor documentados de la carrera literaria de Roque. Pero fue también, para sus hijos, Juan José y Jorge, el primer período largo de unidad familiar.
En una ocasión, los niños se encontraban jugando en el sótano del edificio donde vivían. Hurgando en los rincones hallaron una máscara antigás nazi, con su esvástica, su águila y una inscripción en alemán. Jugaron con la máscara, que se convirtió en uno de los más preciados objetos que poseían. Algunos años después, Roque la regaló.

M “Juzgamos a mi papá”, recordó Juan José, divertido, en una entrevista reciente. “Lo pusimos a un extremo de la mesa y lo juzgamos por la locura de regalar la máscara antigás nazi. Es una de las imágenes que Arqueles Morales, el guatemalteco, dice nunca haber olvidado de nosotros: de cómo teníamos a nuestro papá, abochornado, sometido al juicio de sus hijos.”

Juego peligroso En el marxismo, Roque creía haber encontrado una verdad absoluta. Nadie tenía el nervio para cuestionar sus convicciones. Nadie, excepto el poeta Armando López Muñoz, quien no se cansaba de decir que Roque moriría “por comunista o por tonto”.
Roque lo conocía desde su niñez, pues vivían en el mismo barrio. Cuando Armando regresó de estudiar en México, le consiguió un trabajo en Teleperiódico, donde trabajaba con Álvaro Menén Desleal. También trató de reclutarlo en el Partido Comunista.
“Hablarme de compromiso”, escribió Armando en su diario. “A mí. A quien de su libertad hizo este caos de peticiones de auxilio o de emboscadas… Pero qué se ha creído este imbécil.”
Armando confesó que estaba escribiendo Juego Peligroso, un libro que ridiculizaría el mundo de los poetas salvadoreños. Roque sería uno de los ejes de su sátira.

“En una pelea de bar”, recordaría Álvaro en agosto de 1999, “Roque le secuestró el manuscrito del diario, del que yo guardo algunos fragmentos y donde, efectivamente, aparecía muy fielmente retratado como un comunista ingenuo”.
Una semana después de ese incidente, Armando aparecería muerto, apuñalado en un oscuro incidente de taberna. Olvidado por la historia literaria, su obra sobrevive, secretamente, en el corazón de la única novela de Roque: “Pobrecito poeta que era yo”. Armando es Mario, el personaje cuyo camino a la autodestrucción es reflejado en las páginas de un diario.

Muchos de los pasajes originales de Armando son ahora atribuidos a Roque, aunque este haya confesado la fuente original del diario. En julio de 1965 le escribió a Eraclio Zepeda que Armando le había dejado “una especie de diario que yo he reconstruido y ampliado, pero parece que no le intereso mayormente, pues se me niega y se me escapa de las manos”.

En 1966, se estableció con su familia en Praga, donde recogió el testimonio de Miguel Mármol, un legendario comunista, y escribió su libro más famoso, “Taberna y otros lugares”.

En 1964, el nuevo partido militar en el poder, el PCN, permitió que Roque abandonara el país con la condición de que se marchara para siempre, junto con su esposa e hijos.

En 1963, regresó al país de forma clandestina. La Policía lo consideraba un “peligroso prófugo comunista”.
El derecho a la verdad La versión más aceptada por la familia sobre la suerte de Roque vino de una fuente inesperada: Joaquín Villalobos. Al contrario de Sancho, que no fue un testigo de los hechos aducidos, Villalobos no adjudica responsabilidad única por la desaparición forzada de Dalton a Alejandro Rivas Mira.
“Fue una decisión de la dirección de esa época de 1975”, le afirmó a Juan José y enumeró los siguientes nombres: Alejandro Rivas Mira, Joaquín Villalobos, Vladimir Rogel, Jorge Meléndez, Arturo Sandoval y Mario Vigil. En un momento, Villalobos incluyó el nombre de Ana Sonia Medina, para un total de siete, pero después la eliminó de la lista.
Las entrevistas en las que está la información fueron grabadas y sus transcripciones contienen notas y correcciones de puño y letra de Villalobos, quien, desde entonces, ha negado sus propias declaraciones y su involucramiento en el hecho.
Si hubo una ejecución, Villalobos estuvo presente. Cuando Juan José le preguntó cuál fue la actitud de Dalton “durante la ejecución”, Villalobos respondió sin vacilar: “La actitud de Dalton durante la ejecución fue de oponerse a ella en sentido de señalar que no, que eso iba a ser un gravísimo error, que era una injusticia.”
Si Dalton fue ejecutado el 10 de mayo de 1975, entonces es muy posible que sus últimas palabras, como Villalobos lo indica, hayan sido: “Esto es una injusticia”.

En 1999, gracias a las gestiones del Museo de la Palabra y de amigos de la familia Dalton, como Eraclio Zepeda, Janery y Pedro Pierre del Paso, los archivos y “tesoros” de Roque Dalton fueron repatriados a El Salvador. Todos los documentos originales de Dalton, incluyendo sus cartas y escritos políticos, así como los documentos de las organizaciones guerrilleras citados en esta investigación de Enfoques pueden ser consultados en los archivos del Museo de la Palabra y la Imagen de El Salvador, tel. 275-4870.

========================== Los últimos días ==========================

La ejecución de Roque Dalton no es un hecho incontrovertible. Si lo fuera, los culpables de esa supuesta ejecución estarían ahora fuera del alcance de la ley, pues habrían cometido un crimen que, bajo los designios de la ley penal salvadoreña, ya prescribió. Pero no hay un cuerpo, no hay evidencias, no hay rastro alguno de un asesinato, ninguna certeza judicial que pruebe, de manera concluyente, que Dalton esté muerto.
Los esfuerzos de la familia por recuperar el cuerpo de un hombre hijo, esposo y padre han sido persistentes, pero improductivos. A fin de cuentas, solo confirman una verdad: Roque Dalton desapareció de la faz de la tierra. Y eso significa que podríamos estar ante un hecho histórico de gran importancia: el primer caso, en El Salvador, de una desaparición forzada ocurrida dentro de las filas de una organización guerrillera.
Durante muchos años, Eduardo Sancho le aseguró a Juan José Dalton, personalmente, que el cuerpo de su padre estaba resguardado. Sobre la base de declaraciones como esa, la familia esperó hasta el final de la guerra para iniciar una investigación. Juan José esperó y actuó, guiado por la creencia de que su padre había sido ejecutado y luego enterrado en un lugar específico e identificable.

Aunque el caso de la desaparición de Roque Dalton, por la fecha en que ocurrió, no estaba contemplado dentro del marco de la Comisión de la Verdad, la familia hizo una petición formal al director de ONUSAL, Diego García Sayán, ex canciller de Perú, quien aceptó indagar sobre el paradero del cuerpo de Dalton. Él trabajó con fuentes anónimas y supuestamente veraces, provenientes del ERP y la RN.
El objetivo de la investigación de ONUSAL no fue esclarecer el caso, sino localizar el cuerpo de un hombre desaparecido. Ese cuerpo nunca fue encontrado. Y las versiones que los investigadores recogieron no fueron nunca concluyentes.

Falsas declaraciones Juan José ha señalado las inconsistencias incluidas en los testimonios que recogió el reporte de ONUSAL. Por ejemplo: la muy remota posibilidad de que el juez de Paz de Quezaltepeque haya encontrado el cuerpo de Roque y que después lo haya echado a un barranco, sin proceder con una investigación.

“Descubrimos”, comentó Juan José, “por un lado, que era una mentira que había un cadáver resguardado. Por otro lado, descubrimos otra crueldad más que se cometió contra mi padre: lo hicieron desaparecer para tratar de borrar su persona”.
Las más recientes declaraciones de Sancho revelan que él nunca estuvo en la posición de confirmar detalles respecto al asesinato ni al entierro de Roque Dalton. La escisión del núcleo político del estado mayor del ERP ocurrió al menos 10 días antes del desaparecimiento de Dalton. El atentado contra la vida de Sancho el 8 de mayo de ese año y las subsiguientes persecuciones por parte del ERP lo mantuvieron lejos de los acontecimientos que llevaron al crimen.
Las acciones en contra de Dalton, a la luz de esta información, estuvieron relacionadas de alguna manera al surgimiento de la Resistencia Nacional (RN) el 1º de mayo del 1975, y no como se ha dicho hasta ahora, que la RN, surgió como reacción a la muerte del poeta.
Todo lo que pasó en esos aciagos días es todavía una incógnita. “Lo único que sabemos con certeza”, manifestó Juan José, “es que, desde mayo de 1975, mi papá no está con nosotros” .

ABRIL DE 1975 DOMINGO 13. Dos miembros del ERP, Roque Dalton y Armando “Pancho” Arteaga, proveen entrenamiento guerrillero a un núcleo obrero en una ladera ubicada entre San Martín e Ilopango. El ejercicio termina tarde. Cuando Vladimir Rogel, jefe de seguridad, interroga a Arteaga por las armas utilizadas en el entrenamiento, dos hombres le apuntan y él responde: “No voy a discutir con los que me están apuntando. A mí me han enseñado que se le apunta sólo a los enemigos”. Arteaga es arrestado por faltas a la disciplina. Dos horas más tarde, Dalton es arrestado por incitar la actitud rebelde de Arteaga.
LUNES 14. Se anuncia, a las 24 horas del arresto de Dalton y Arteaga, un “consejo de guerra” integrado por Alejandro Rivas Mira, Joaquín Villalobos y Rogel. Miembros de la dirección nacional, Ernesto Jovel, Eduardo Sancho y Lil Milagro Ramírez entre ellos, exigen una reunión de emergencia. El consejo de guerra se lleva a cabo, esta vez bajo el cargo más serio de insubordinación. A los acusados no se les permite hablar, Sancho actúa como defensor. Se resuelven penas de arresto para Arteaga y Dalton.
MIÉRCOLES 16. El estado mayor emite un boletín informando sobre las capturas. Rivas Mira se erige como “jefe político de la organización” y rechaza la autoridad de la dirección nacional; asigna poder de emergencia sólo al Estado Mayor del ERP. La dirección nacional pide la destitución de Rivas Mira.
JUEVES 17. Última reunión de la dirección nacional. El estado mayor toma la reunión por asalto y disuelve el organismo de dirección política; dicen haber detectado una “fracción oportunista de derecha”, con Dalton como “jefe”. El estado mayor declara representar la “mayoría política”.
DOMINGO 20. Los sectores que después conformaron la Resistencia Nacional hacen un llamado a las bases para celebrar un congreso que redefina “en forma total la línea y la concepción estratégica” del ERP. El estado mayor revela la identidad de Dalton y lo acusa de “revisionista de derecha y agente pro-cubano infiltrado en el ERP”.
MARTES 22. De acuerdo a Villalobos, Felipe Peña (FPL) critica la acusación de que Dalton es “agente pro cubano”. Les dice: “Están cometiendo un gravísimo error. Esto que están haciendo ustedes aquí está totalmente amañado”. El estado mayor del ERP se retracta del segundo cargo contra Dalton.
MAYO DE 1975 JUEVES 1º. Jovel, Sancho y Ramírez realizan una reunión de emergencia y acuerdan la separación orgánica de la “camarilla militarista” del ERP.
JUEVES 8. El ERP realiza, sin éxito, tres atentados contra la vida de Jovel, Sancho y Ramírez.
VIERNES 9. El estado mayor del ERP elabora y distribuye un comunicado en el que se condena a muerte o al exilio a todos los que consideran responsables políticos de la Resistencia Nacional.
BADO 10. Un comunicado distribuido el 27 de mayo anuncia que ERP ha “fusilado” a Dalton este día. Otros documentos revelan la ejecución de Arteaga. En “Crónica de los espejos”, Sancho atribuye el crimen a una justificación para “desplazar a Lil [Ramírez] y a Fer [Sancho] de la jugada del congreso, y arremeter por escarnio con la ejecución de Roque”.

ANTES DEL FINAL DE MAYO. El estado mayor lleva a cabo una “reunión de la mayoría”. Villalobos asume control político junto a Rivas Mira cuando “las tendencias [militaristas] encabezadas por Vladimir Rogel” son “derrotadas”. La Dirección Nacional es disuelta. El Estado Mayor es ratificado como “máxima autoridad militar del ERP” y se hace responsable de la “conducción administrativa de la organización”. Villalobos llena el vacío dejado por Dalton en la Célula de Vanguardia. Se dedica a la construcción del “Partido de la Revolución Salvadoreña”.
DICIEMBRE DE 1975 Villalobos asume la dirección política del ERP. Rogel y Rivas Mira son suspendidos como dirigentes y militantes del partido. El destino de ambos es incierto. Rivas Mira escapa del país con fondos del partido. En febrero de 1976, Rogel es ejecutado.

Dejar una respuesta