La casa y los perros. Una paràbola

La casa y los perros: Una parábola

En los días de la gran represión, cuando el país estuvo hundido en guerra, pobreza y soledad, hubo una pequeña aldea que era diferente.

Era una aldea aislada, ubicada en la parte menos fértil y más montañosa del país. Sus habitantes eran fugitivos y desertores. Cansados de su servidumbre, hambre y explotación, habían huido de las grandes ciudades y campos de batalla.

Para muchos de ellos, la vida anterior había sido tan insoportable que por ningún precio querían volver a ella. No habían huido para seguir en lo mismo, sino para iniciar algo nuevo.

Es así que comenzaron a dividir las pocas tierras cultivables en parcelas iguales y a construir casas comunitarias con suficiente espacio para albergar a 2 ó 3 generaciones a la vez.

Y así, de a poco, fue naciendo una aldea que era diferente del resto del país. Cada habitante tenía suficiente para su sustento, no había amos ni esclavos, terratenientes ni peones. Los pocos caballos que había trabajaban con los campesinos en el cultivo de la tierra y los herreros forjaban sus herramientas: la guerra había muerto.

Pero, a pesar de que cada uno tenía su casa, su familia y su trabajo, muchos de los aldeanos sentían que algo faltaba, algo que hiciera visible su nuevo proyecto de vida. Una noche se juntaron y decidieron construir, en el corazón de la aldea, una casa: la casa del pueblo. Y mientras cada uno entregaba lo que podía, empezó a tomar forma lo que debía ser el retrato de aquel pueblo y su proyecto diferente.

A través de los años, la casa se agrandaba cada vez más, porque cada generación tenía derecho a agregar lo suyo, su experiencia y lo que había sido su vida, y parecía que para cada nueva generación la casa cobraba más importancia. Sus paredes contaban de la larga caminata de los antepasados y enseñaban a los hijos y los hijos de los hijos cómo seguir manteniéndose fuera de la guerra y explotación.

La casa era verdaderamente el alma de aquel pueblo: todos los días los aldeanos se juntaban allí para comer, contar historias y descansar. En ella se casaban y en ella nacían los niños. Los que venían a visitar el pueblo se dirigían a ella porque ella era la historia del pueblo y su proyecto diferente. La destrucción de aquella casa habría sido la destrucción del pueblo mismo.

Hasta que un día, del otro lado de las montañas, llegaron unos hombres que se habían ido de su patria en busca de negocios y nuevas tierras. Y como no tenían casa, se les ofreció vivir por un tiempo en la casa del pueblo.

Al comienzo no hubo problema. Los visitantes se sentían honrados con la casa, y los aldeanos con los visitantes. Cuando empezaron a cocinar y llenar la casa con olores extraños, reordenar algunos muebles, ocupar permanentemente una de las piezas principales, la cual quedó cerrada para el público, e imponer un horario de descanso durante el cual cerraban toda la casa, causaron un poco de molestia entre la gente. Pero la gran hospitalidad de los aldeanos hizo que se tomaran estos cambios como un detalle.

El problema verdadero comenzó cuando uno de ellos fue a su patria y trajo de vuelta a su familia y dos perros, macho y hembra. No fue solamente que empezaron a ocupar en forma permanente otras piezas más, sino que durante la hora de la siesta y en las noches soltaban a los perros para vigilar la casa y hacer que nadie entrara sin permiso.

Después regresó otro a su tierra y trajo un carro lleno de alambre de púa con el cual acorralaron la casa.

Cuando los aldeanos protestaron vehementemente y hablaron de abuso de su hospitalidad y de que era su casa la que les habían prestado por un tiempo, los visitantes contestaron que ahora, después de tanto tiempo, la casa era suya y que la podían cuidar mucho mejor. ¿Quién cuida una casa que es de todos? Además dijeron que ahora había comenzado una nueva era que iba a traer mucha prosperidad para el pueblo. Y, para terminar con las protestas y discusiones, soltaron a los perros vigilantes día y noche.
Así volvió la guerra a la aldea.

Lo que inició el cambio en la situación fue un hecho que nadie había esperado: después de medio año de guerra fría, la perra resultó preñada y tuvo unos lindos cachorros, de pura raza. Los primeros 2 meses quedaron con la mamá, pero después empezaron a buscar comida en los callejones de la aldea. Fue en aquel momento que la aldea empezó a enamorarse de los perros. Primero los niños: por más que sus padres se lo prohibían, les guardaban lo que sobraba de las comidas, los llevaban a la mamá cuando se habían extraviado, los cepillaban y jugaban con ellos todos los días. Ya muy pronto el cuidado de los cachorritos era lo único que ocupaba la mente de los niños: todos los juegos que habían conocido antes quedaron obsoletos.

Cuando se corrió la voz que el dueño de los perritos estaba dispuesto a regalarlos y ayudar a los padres a cuidar y adiestrarlos, no había vuelta que darle al asunto.

Y así los perros comenzaron a poblar las casas de los aldeanos, unas pocas primero, casi todas después, porque no hubo padre que pudiese resistir las súplicas de sus hijos. De cada camada un cachorro se quedaba para vigilar la casa del pueblo, el resto se regalaba y lo que había comenzado como un juego de niños, se convirtió en asunto serio, casi una ciencia.

El interés de los aldeanos, que hasta hace muy poco había estado en la recuperación de la casa del pueblo, se volcó ahora hacia otro lado, y las preguntas que se hacían giraban todas en torno a los perros: ¿Cuál era la mejor comida o la mejor edad para comenzar el adiestramiento? ¿Cuál era la mejor manera de cruzarlos? ¿Qué hacer en épocas de celo? ¿Cómo procurar que en una camada hubiera 3 rubios y 3 negros? ¿A quién invitar para ser juez en las exposiciones? ¿Cómo organizar las competencias de adiestramiento?

Eran tantos los problemas que superar y las cosas que hacer con los perros que ni aún los aldeanos más comprometidos con la recuperación de la casa del pueblo pudieron escapar de esta nueva cultura.

Así volvió la paz a la aldea, y los visitantes que venían porque habían escuchado de la casa del pueblo y querían verla y palpar sus paredes que hablaban del proyecto diferente, terminaron admirando los perros vigilantes.

A la casa del pueblo ya no podía entrar nadie que no fuera amigo o descendiente de los que la habían expropiado.

En esta parábola está reflejada la manera en que muchos cristianos, a lo largo de los siglos, se han acercado a la Biblia: como visitantes que terminan admirando los perros vigilantes que impiden el acceso a ella.

La Biblia se hizo sobre la marcha, sobre la marcha de un pueblo hacia su libertad, y muchos de los testimonios que ahora encontramos en el Antiguo y Nuevo Testamento dejan constancia de esta caminata y este compromiso con lo que iba a ser un proyecto diferente en medio de la represión, hambre y soledad.

Los que hicieron la Biblia no tenían Biblia y no tenían la menor idea de que su experiencia-hecha-palabra, algún día iba a pertenecer a “la escritura”: una casa bien vigilada por muchos perros vigilantes.

Cuando aquellos desertores y fugitivos que iban a ser los primeros israelitas se arrancaron de los campos de batalla y de los sistemas faraónicos y comenzaron a contar y cantar de su experiencia, se inició el proceso de confección de la Biblia.

Pero estos relatos, poemas e historias sobre su éxodo no eran sagrada escritura, sino que hablaban de un compromiso sagrado, pues contaban cómo un grupo de esclavos se había atrevido a hacer lo imposible: romper con el Faraón y salir de la servidumbre en busca de un proyecto nuevo, un estilo de vida diferente, un lugar diferente.

La construcción de la casa del pueblo, la Biblia, se inicia cuando Israel comienza a contar de esta incomparable experiencia de su éxodo. Los relatos sobre esta experiencia, más que ser testimonios de testigos oculares, tenían la función de mantener viva la voz de aquellos que habían salido de Egipto y, al mismo tiempo, enseñar a sus hijos y a los hijos de sus hijos cómo mantenerse fuera de la explotación y seguir con el proyecto diferente que habían iniciado sus padres.

A lo largo de los siglos, otras experiencias se fueron agregando a aquella primera. Experiencias de dolor y angustia, cautiverio y coloniaje, experiencias de opresión y pobreza. Son estas experiencias-hechas-palabra de un pueblo viviendo en torno a un proyecto diferente, las que van constituyendo lo que ahora llamamos el Antiguo Testamento: la casa del pueblo de Israel en cuyas paredes está escrita la historia de un compromiso sagrado.

La expropiación de la casa tomó varios siglos y comenzó cuando vinieron visitantes de lejos que no habían compartido la vida de los aldeanos, ni tenían mucho interés en aquel compromiso sagrado. Cuando ellos entraron, la casa comenzó a cerrarse para los que la habían construido y se convirtió en monumento, repleto de objetos de arte. Una casa linda y bien conservada, pero inaccesible para los que en su interior querían buscar huellas de la vida de sus constructores y de su proyecto.

Una vez convertido en museo lo que había sido la casa del pueblo, era necesario vigilarlo y hacer que no todo el mundo pudiera entrar. Es el momento donde en la parábola los nuevos habitantes traen de su patria a los perros vigilantes. Los perros vigilantes que impiden el acceso a la casa del pueblo son las preguntas a través de las cuales solemos acercarnos a la casa. Aunque no nos damos cuenta, muchas veces terminamos nuestra ida hacia la casa admirando los perros vigilantes sin haber entrado. Son preguntas de carácter variado, pero lo que tienen en común es que no facilitan la entrada, sino que la impiden.

De una u otra manera, todos somos hijos de los que inventaron toda una cultura de preguntas erróneas a los textos bíblicos. Es una cultura tan ampliamente divulgada que ya no sabemos lo que es entrar a la casa del pueblo: nos enamoramos demasiado de las preguntas que lo impiden.

En lo que sigue en este libro un comentario desde América Latina al libro del Génesis, trataremos de escapar por un momento de esta cultura y ver si una nueva pregunta puede facilitarnos el acceso a la casa y evocar de ella una nueva respuesta.

No será tan fácil, porque el libro del Génesis, casi mas que cualquier otro, cayó víctima y fue aplastado ya hace mucho por esta cultura. No será fácil imaginarnos que al lado de las preguntas que tan bien conocemos hay a lo mejor otras que pueden servir mejor para la recuperación de la casa del pueblo. Porque es ésta la tarea que nos espera: recuperar la casa del pueblo y ver si es posible palpar, por lo menos, su puerta de entrada.

El libro del Génesis no es solamente el primer libro de la Biblia o del Pentateuco, sino que es al mismo tiempo la puerta de entrada a toda la Biblia. Haber comprendido realmente de lo que este libro nos habla es decisivo para nuestra comprensión y recuperación de toda la Biblia.

Además de ser el primero, el libro del Génesis es también uno de los libros más conocidos de la Biblia. ¿Quién no conoce, al menos superficialmente, la historia de Adán y Eva en el huerto del Edén? ¿Quién no conoce la historia de la serpiente y la manzana?

Es precisamente por eso que cada esfuerzo por leer de nuevo estos textos será una re-lectura. Una relectura que, entre otras cosas, nos conducirá a preguntarnos si todo aquel “conocimiento” adquirido a lo largo de los años ha significado algo para nuestro propio caminar, si en algo ha cambiado nuestra percepción de la vida, si en algo ha contribuido a paliar el dolor más agudo de los quebrantados y maltratados. ¿Ha cambiado en algo el libro de Génesis, o si se quiere toda la Biblia, nuestra práctica?

Es curioso, pero sin exagerar mucho podemos constatar que casi el cien por ciento de las preguntas que solemos hacer a los textos bíblicos no tienden en absoluto a obtener una respuesta que pudiera cambiar nuestra práctica. Son preguntas que tocan cosas teóricas: ¿Cuándo creó Dios los cielos y la tierra? ¿Cómo lo hizo? ¿Fue creación o evolución?

Está claro que, aunque supiéramos que Dios creó los cielos y la tierra en el año 20.000 a.C., un dato así no cambiaría en nada nuestra práctica como seres humanos. Puede ser que por eso la Biblia nunca contestará esa pregunta. Lo que a los constructores de la casa del pueblo interesa es que podamos ser seguidores de los que comprometieron su vida con aquel proyecto diferente que, por un tiempo, hizo morir a la guerra y la explotación. La casa se construyó para que viéramos la práctica de vida de sus constructores e hiciéramos como ellos.

Tratemos de encadenar por un rato los perros vigilantes, tratemos de olvidarnos de aquellas preguntas que nos trajeron los visitantes de lejos y tratemos de convertir nuestras vidas en pregunta. Puede ser que así el libro del Génesis engendre luz en una espaciosa noche, la noche que vive la América morena ya por tantos años.

Tratemos de establecer un nuevo diálogo con los textos. Tal vez ellos nos comenzarán a enseñar nuevas prácticas que pueden cambiar las cosas. Al establecer un nuevo diálogo podemos ir recuperando, de a poco, la casa del pueblo; habitarla de nuevo e ir descubriendo y reconociendo experiencias y prácticas de un pueblo que, por su compromiso con aquel proyecto diferente, pasó por lo peor. Experiencias de caras y uñas rotas, cuerdas vocales cortadas, ojos sin brillo y pies que de tanto caminar se hicieron llagas.

Las bocas que contaron lo que ahora llamamos áridamente “Génesis”, y las manos que amasaron aquellas historias sobre los principios, fueron humanas, parecidas a las nuestras.

No fueron dioses los que compusieron el Pentateuco, sino compañeros de caminata que al caminar desde la opresión dejaron una huella, abriendo surcos en la historia.

Al comentar el libro del Génesis desde América Latina, al tratar de sentir lo que sintieron aquellas personas cuyas voces nos siguen sonando desde lejos, es necesario desenterrar aquellas preguntas y situaciones a las cuales ellos quisieron responder a través de sus relatos.

Al ir iba llorando llevando la semilla, al volver vuelve cantando trayendo sus gavillas

dice el Salmo 126 (1). También los que hicieron el Génesis iban llorando mientras llevaban la semilla. Queremos unirnos a ellos, fundir nuestros horizontes con los de ellos y hacernos aprendices de sus experiencias. Queremos entrar a su casa, compartir el pan con ellos y dejar que sus experiencias entren a nuestra vida y nos conviertan un poco.

Aunque ellos estén dispuestos a respondernos varias de nuestras preguntas ¡no los interrumpamos demasiado pronto! Aprendamos primero a escuchar. Evitemos enamorarnos demasiado rápido de los perros vigilantes.

Para poder reconocer las preguntas y situaciones con que luchaban los que llorando sembraban la semilla, tendremos que aprender primero a cortar y alejar el alambre de púa que rodea nuestra comprensión.

Puede ser, pues, que el libro del Génesis no hable en absoluto de las cosas de que creemos que hablaba. Podría ser que hable mucho más de nuestra propia vida de lo que nos imaginábamos. Nuestra vida en América Latina, que en muchos casos está destinada a la no-existencia.

La única manera en que la Biblia, y el libro del Génesis que es parte de ella, se pueda convertir en sagrada escritura es que tenga sentido-para-nosotros, que ilumine nuestra existencia. Sólo así, re-leyendo los textos a partir de lo que somos, sólo así podrá haber luz en la espaciosa noche y sólo así podremos llevar las gavillas a casa entre cánticos. Sólo así la Biblia podrá tener una solución a los problemas nuestros: la desmesurada violencia, la desmesurada represión, el poder absoluto, el feudalismo, la desmesurada riqueza y la inimaginable pobreza. Una re-lectura latinoamericana del libro del Génesis está obligada a tomar en serio estos problemas, por la sencilla razón de que somos de su esencia. Somos parte de un mundo donde a diario ocurren hechos que para otros parecen producto de mentes demasiado surrealistas. No hay problema o enfermedad social que no haya tenido una rápida acogida en éste, nuestro mundo.

Es recién en las últimas décadas que un grupo de biblistas anclados en este continente empezó a atreverse a llevar sus vidas y las de otros, envueltas en esos problemas, a la Biblia.

Esta re-lectura latinoamericana de la Biblia tiene varios nombres; pero lo que hace que sus resultados sean inauditos, es su coraje de encadenar los perros vigilantes y entrar a la casa a pesar de la prohibición de sus actuales dueños.

En el presente libro trataremos de ser aprendices de ellos y ver hasta dónde nos alcanza nuestra capacidad de convertir la vida misma, nuestra vida en América, en una nueva pregunta frente a los textos sobre los principios. Podría ser que en esa caminata hacia el interior del Génesis redescubramos lo que debe ser nuestro compromiso sagrado.

Vayamos entonces al mundo del Mediterráneo, donde estuvo la cuna de los que construyeron la casa del pueblo, y veamos si es posible unirnos por un momento a lo que fue su caminata.

Un mundo ajado: Reconociendo el mundo de los textos

El mundo del Mediterráneo se encuentra arrugado y bastante cicatrizado cuando Israel se presenta como pueblo en medio de otros pueblos. Canaán no es un país vacío, sino que habitan allí “los quenitas, quenizitas, cadmonitas, hititas, perezitas, refaítas, amorreos, cananeos, guirgasistas y jebuseos” (Gén. 15:19-21).

Desde que nació, Israel tuvo que aprender a compartir el mundo con otros Estados que lo acompañarán durante toda su historia. Con excepción de dos momentos relativamente breves, Israel nunca dispuso de un territorio muy extenso. Nunca fue grande, así como eran Siria, Asiria, Babilonia o Egipto.

Israel en la época de David, período de la mayor expansión territorial jamás obtenida en su historia, ocupa menos espacio que Asiria, que en ese mismo momento experimenta la máxima reducción de su superficie. Y cuando Asiria (Neo-Asiria) entre los años 750 a.C. y 650 a.C. llega a su culminación, la proporción es de 300 a 1 en relación con Israel.

Casi siempre Israel fue minoría, no solamente en cuanto a su superficie o población, sino también con relación a otras cosas. Las mejores partes de Canaán, los lugares más fértiles, se ubicaban en las planicies que estaban en manos de otros, así como el acceso directo al mar.

En el reducido territorio no era posible encontrar oro o plata, por la sencilla razón de que no había. La madera preciosa, el cedro, se tenía que importar desde el Líbano, el cobre del sur, los caballos de Egipto, y el hierro, al menos en el comienzo, se tenía que comprar a los filisteos. La arqueología no ha encontrado nada todavía que pudiera representar un tipo de arte específicamente israelita.

Su idioma era un dialecto derivado de otros idiomas de la región. Las rutas principales no atravesaban territorio israelita. La mayor cantidad de lluvia caía fuera de los límites del territorio, y el Jordán, el único río importante, no era navegable y en verano hasta los niños podían cruzarlo sin mayor peligro.

Al nacer ese pueblo de campesinos, el mundo ya estaba arrugado. Es posible palpar sus cicatrices entre las líneas de las crónicas que nos dejaron los hititas, los egipcios, los babilonios y los de Asiria.

Cuando uno de los reyes asirios, hacia el año 900 a.C., se autodenomina “rey del universo” o “rey de los 4 vientos”, es solamente uno de toda una serie de reyes que se llamaban así.

En el siglo 15 (1500 – 1400 a.C.) los vasallos cananeos llamaban a sus señores faraones: “Mi rey, mi Sol, mi Dios”. Y cuando tomamos un solo fragmento de las crónicas asirias, que más que cualquier otra parecen estar caligrafiadas con la sangre de las víctimas, leemos:

En el año décimo primero de mi gobierno
salí de Nínive y pasé por novena vez por el Eufrates.
Conquisté 97 ciudades de Aramu; las destruí y las quemé al fuego.
La ciudad Astamahu la conquisté, además de 99 ciudades que saqueé …
12 Reyes de la región del mar se juntaron y fueron al encuentro de mí.
Luché con ellos y los vencí. 10.000 de sus soldados maté a espada.
Les quité sus carros de combate, sus caballos y su material de guerra…
En el año décimo cuarto de mi gobierno
pasé por el Eufrates con 120.000 de mis soldados…

(De la inscripción del toro de Salmanasar III, 848 a.C.)

A través de esta cita, podemos apreciar lo que fue toda una literatura bélica, producto de las innumerables guerras, conflictos bélicos, revueltas y revoluciones.

Israel, al nacer como pueblo, entra en un mundo frío e inhóspito, sobre todo para un grupo minoritario de campesinos.

Es importante destacar esto ahora porque más adelante veremos que precisamente el tema de la liberación, libertad y sobrevivencia del débil, del que está a punto de perecer (Deut. 26:5), es clave en el Pentateuco y el Génesis.

Mucho antes del año 1200 a.C. (momento de la aparición de Israel como entidad popular en Canaán), se habían inventado el fuego y la rueda. Por mucho tiempo se sabía cómo labrar el bronce y el cobre, el oro y la plata, y con estos metales hacer joyas y armas. También por mucho tiempo se conocía el arte de escribir, de hacer canales de irrigación y de hacer política.

Mucho antes que Israel naciera bajo el sol, había gente en el Medio Oriente que se amaba, hacía el amor y se odiaba.

Mucho antes que los hebreos produzcan su literatura, ya existían proverbios, cantos, poemas, grandes relatos (epopeyas) y Salmos, y también ya se había hablado de la creación, el diluvio, el pecado, la muerte y el amor. Escuchemos dos ejemplos:

Próspero es él, este príncipe bueno.
Aunque también buena fortuna pueda sufrir daño.
Las generaciones desvanecen y otras permanecen,
desde los día de antaño.
Los dioses (= faraones) que antes vivían
descansan en sus pirámides,
los beatificados también están muertos,
enterrados en sus pirámides.
Y los que construyeron casas
sus lugares ya no existen.
Mire lo que fue de ellos…
es como si nunca hayan existido.
No hay quien vuelva del otro lado,
para que contara cómo están
para que contara lo que necesitan
para que apaciguara nuestros corazones,
hasta que también nosotros
viajemos al lugar donde fueron ellos.
(De la canción del arpista, original Egipto, 2000 a.C.)

Un fragmento, elegido al azar, de una canción muy popular entre los egipcios.

El amor de mi hermana está al otro lado (del río)
Una corriente nos separa
y un cocodrilo espera en la arena de la orilla.
Pero cuando bajo al agua,
atravieso la corriente,
mi corazón es grande, por encima de la corriente,
y las aguas son como tierra firme para mis pies.
Es el amor de ella que me hace firme.
Cuando veo viniendo mi hermana
mi corazón baila
y mis brazos se abren para abrazarla,
cuando mi amante me viene al encuentro…
(de la colección de poemas de amor, Egipto, 1300 a.C.)

He aquí un fragmento de una serie de canciones de amor donde, así como en el Cantar de los Cantares, los enamorados se llaman hermano y hermana. Israel no fue el primer pueblo del Medio Oriente Antiguo que produjo versos, canciones y relatos, ni tampoco fue primero en hablar de la creación, el primer hombre y el diluvio.

Cuando Israel, a su vez, va tocando estos temas, lo hace existiendo ya una vasta literatura sobre ellos.

En la tablilla VI del poema babilónico de la creación (Enuma Elis), Marduc exclama:

Amasaré sangre y crearé huesos.
Estableceré un ser humano; “hombre” se llamará.
En verdad, un ser humano crearé
para que, cargando con el servicio de los dioses,
éstos puedan reposar…

(Enuma Elis VI: Sss, original 1700 a.C)

El relato (epopeya) del héroe Guilgames se conocía ya antes del año 1000 en varias partes de¡ Cercano Oriente; sus 12 tablillas tratan temas seculares así como: el hombre y la naturaleza, aventuras, amistad, combate, etc. La tablilla más extensa (más de 300 líneas) se suele llamar “tablilla del diluvio”.

Después de terminar el barco, Utnapistim, amigo de Guilgames y protagonista de la historia del diluvio, entra al barco:

Lo cargué con todo lo que tenía
todo lo que tenía de plata, de oro,
de seres vivientes cargué.
Toda mi familia hice entrar al barco,
los animales del campo,
las bestias del campo
y todos los obreros hice entrar…

con el primer amanecer
subió del horizonte una nube negra.
Es sacudido el país como una olla…
nadie puede ver a su compañero…
los dioses están asustados por el diluvio…
los dioses se sientan y lloran.
Seis días y seis noches
sopla el viento diluvial
al día séptimo…
el mar se hizo quieto,
la tempestad tranquila
el diluvio se detuvo…
Encima del monte Nisir
el barco se detuvo…
Cuando el día séptimo llegó
libré y mandé a una paloma…

pero … regresó.
Después libré y mandé a una golondrina
y ella también regresó.
Después envié a un cuervo…
y no regresó.
Salimos del barco
y ofrecí un sacrificio…
Los dioses sintieron su buen olor.
Los dioses se juntaron
como moscas alrededor de¡ que sacrifica.
Después llegó la gran diosa y dijo:
“no olvidaré, siempre recordaré estos días, los tendré presentes,
no olvidándolos nunca…”
(de la epopeya de Guilgames, XI: 80-165)

En verdad son sorprendentes los paralelos con el posterior relato bíblico. Tan sorprendentes como las diferencias que descubriremos en los próximos capítulos, donde veremos que este pequeño grupo de campesinos, este pequeño grupo de gente un poco diferente, ofrece su propia versión del comienzo y fin del mundo. Una versión que se basa en esta extraordinaria experiencia de ser pequeño, ser gente menuda, ser Israel.

“Nadie que se compadeciese de ti”

Entre los chilenos refugiados en la Argentina después del año 1973, circulaba la siguiente anécdota.

Tres cansados refugiados estaban ante el representante del Alto Comisionado de Refugiados de las Naciones Unidas en Buenos Aires. “¿A dónde viajan ustedes?”, les preguntó. “Estoy camino a Roma”, dijo el primero. “Mi destino es México”, dijo el segundo. “Yo quiero ir a Zimbabwe”, dijo el tercero. “¿Zimbabwe? ¿Por qué tan lejos?”, dijo el representante. “¿Lejos de qué?”, le respondió el refugiado.

Así como la serpiente que se come su propia cola, la parte de la historia del pueblo de Israel, que abarca su nacimiento hasta la escritura del Pentateuco, es como un círculo vicioso.

Los allegados término que mejor cubre la condición de los hebreos en Egipto deciden romper con su situación, se consiguen una casa y la pierden.

El profeta Ezequiel, exiliado en Babilonia, describe el comienzo de la historia de su pueblo así:

Y en cuanto a tu nacimiento,
el día que naciste no fue cortado tu ombligo
ni fuiste lavada con agua para limpiarte
ni salada con sal,
ni fuiste envuelta con fajas.
No hubo ojo que se compadeciese de ti,
para hacerte algo de esto,
teniendo de ti misericordia;
sino fuiste echada sobre la faz del campo,
con menosprecio de tu vida,
el día que naciste.
(Ez. 16:4-5)

Ésta es una de las mejores descripciones del Antiguo Testamento de las condiciones en que estaban los allegados hebreos en Egipto: huérfanos desamparados a punto de ahogarse en su propia sangre.

El final de aquella etapa que comprende la estadía en Egipto hasta la escritura de¡ Pentateuco (1200 a.C. – 500 a.C.) está captado en una imagen impactante, resonante hasta el Nuevo Testamento (Mt. 2:18), del profeta Jeremías, contemporáneo de Ezequiel:

En Ramá se escucha un clamor
llanto y lloro amargo:
Raque¡ que llora por sus hijos,
que rehúsa consolarse
por sus hijos
porque ya no existen.
(Jer. 31:15)

En la actualidad existe un consenso entre los exégetas en que el Pentateuco, así como lo tenemos ahora, nació al final y como producto de una historia que abarca los comienzos del pueblo de Israel hasta el segundo cautiverio. Son los años 1200 – 500 a.C., como señalamos anteriormente.

Dicho de otra manera, y es importante destacarlo, aunque pareciera que muchos de los relatos del Pentateuco, especialmente los del Génesis, no hacen sino tratar la historia de los orígenes, no fueron escritos ni pensados al comienzo del mundo, sino después de que Raquel tuviera que acompañar miles y miles de veces el ataúd de uno de sus hijos hacia la tumba.

No se trata aquí de hablar detalladamente de la policía secreta que operaba en la corte de David, ni tampoco de cómo Salomón copió el sistema del trabajo forzado egipcio y se lo impuso a su propia gente (véanse resp. II Sam. 20:23 y I R. 5:27; 11:28; 12:4), o sea, no es posible resumir aquella historia entre “ni fuiste lavada con agua para limpiarte” y “Raquel que rehúsa consolarse porque sus hijos ya no existen”, historia al final de la cual aparece el Pentateuco. Pero fue esta historia, esta experiencia de la vida misma, la que va engendrando y moldeando los relatos y poemas que constituyen nuestro Pentateuco.

El Pentateuco es principalmente la historia del origen de un pueblo de esclavos e hijos de esclavos, hecho que Israel nunca desmintió ni borró de su memoria:

Les impusieron pues capataces
para aplastarlos bajo el peso
de duros trabajos…
Y redujeron a cruel servidumbre a los israelitas,
les amargaron la vida con rudos trabajos de arcilla y ladrillos,
con toda clase de servidumbre
que les imponían por crueldad.
(Ex. 1:11, 13 y 14, BJ)

Así fue la situación de los allegados israelitas en Egipto hacia el año 1250 a.C. y he aquí la situación 800 años más tarde, la época de Nehemías, momento en que el Pentateuco está por terminarse:

Míranos hoy a nosotros esclavos…
y en el país que habías dado a nuestros padres
para gozar de sus frutos y bienes,
mira que aquí en servidumbre nos sumimos.
Sus muchos frutos son para los reyes…
que a capricho
dominan nuestras personas, cuerpos y ganados.
¡En gran angustia nos hallamos!
(Neh. 9: 36ss.)

Pareciera que no ha cambiado nada, con excepción del lugar de la tragedia.

Aunque no es posible resumir esta historia de 800 años, ni destacar aquí las huellas que dejó en la visión del campesino israelita de lo que era el mundo o Dios o el mal, sin embargo es importante para nuestra comprensión del libro del Génesis que descubramos dos elementos que, a partir de esta experiencia con el mundo, impregnaron el tejido del Génesis. Son dos productos o subproductos de la opresión que sufrió casi constantemente una gran parte de ese pueblo pequeño llamado Israel.

En primer lugar, estos 800 años arrojaron lo que podemos llamar una alergia al poder. O sea, se aprendió a odiar profundamente todo lo que era creerse autosuficiente, creerse dios, no querer compartir el mundo, no querer vivir en comunidad. La experiencia popular israelita que, por lo menos en gran parte, produjo el Pentateuco a través de tantas muertes innecesarias, a través de tantos exilios, a través de tanta opresión, aprendió que era necesario y cuestión de sobrevivencia desconfiar y odiar profundamente a gente y sistemas sin sombra, a todo lo que olía a esclavitud, desigualdad, coloniaje y ser el más fuerte. Y ellos, el pueblo israelita, sabían odiarlo porque lo habían vivido todo. Veremos más adelante que, sorprendentemente, el libro del Génesis es un espejo que refleja gran parte de esta alergia.

Muchas veces este odio y esta suspicacia se dirigen directamente contra aquello que encarna y promueve esta desigualdad: el machismo, la ciudad como centro del poder, los reyes, los caballos y carros de combate, las torres, ciertos países, ciertos pueblos, ciertas profesiones: en una sola palabra, los soberbios gigantes. Gigantes de carne y hueso que acompañaron y determinaron, por fuera y por dentro, gran parte de la historia del pueblo israelita.

En segundo lugar, no conocemos otra instancia en la literatura del Medio Oriente Antiguo donde el pueblo haya tenido tanto espacio para decir su mundo como en el Antiguo Testamento. También los sacerdotes que tuvieron tanta injerencia en la escritura y enseñanza del Pentateuco, fueron pastores de un pueblo que pasó por lo peor.

Gran parte de la literatura producida por los egipcios, babilonios y asirios pertenece a lo que podemos llamar el culto imperial, es decir, obras producidas bajo vigilancia y censura directas de la corte misma, que no hace sino acallar las preguntas del famoso poema de Bertold Brecht (2).

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros figuran sólo nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida,
¿Quién la volvió a levantar otras tantas?
¿Quiénes edificaron la dorada Lima, en qué casas vivían?
¿A dónde fueron la noche en que se
terminó la Gran Muralla china,
sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales
Roma la grande. ¿Quién los construyó?
Sus Césares ¿sobre quiénes triunfaron?
Bizancio,
tantas veces cantada, para sus habitantes
sólo tenía palacios?
Hasta en la legendaria
Atlántida, la noche en que el mar
se la tragó, los que se ahogaban pedían bramando,
ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿El solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida.
¿No lloró nadie más que él?
Federico de Prusia ganó la guerra de los 7 años.
¿Quién la ganó también?
Un triunfo en cada página.
¿Quién preparaba los festines?
Un héroe cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias tantas preguntas.

Incluso un vistazo superficial a, por ejemplo, los libros Josué – II Reyes nos enseña que los historiadores de Israel no compartieron la manera de trabajar de sus colegas extranjeros: la historia de los reyes de Israel, la historia oficial, es considerada como anti-historia. Antes de comenzar a leer el Génesis, es bueno comprender que, allí, esclavos y desterrados sí reciben la oportunidad de hacer preguntas a muchas historias.

Estar en Egipto

El lugar de nacimiento del Pentateuco es principalmente el segundo cautiverio (3).

Más adelante veremos algunos elementos que comprueban esta afirmación.

Por ahora, es suficiente que podamos sacar algunas conclusiones para nuestra lectura del libro del Génesis en base a la estructura general del Pentateuco.

El centro y fundamento de los cinco momentos de los que se compone el Pentateuco es, sin duda alguna, la historia del éxodo (Ex. 1-15). Todo lo demás fue escrito y pensado en función de lo que allí pasa: la historia de cuando el mal toca a la gente buena.

Es como si toda la temática del Pentateuco que por lo demás es muy dramática, así como lo fue la situación de los cautivos gire en torno a su centro: el éxodo. En el Génesis estamos yendo a Egipto y después de Ex. 15 nos estamos alejando de él.

En otras palabras, ¡también el libro del Génesis hay que leerlo y entenderlo a partir de la historia del éxodo y no al revés!

O sea, el binomio opresión-liberación es la clave de lectura que nos da acceso también a las historias que nos ofrece el Génesis, incluyendo las de la creación y el diluvio.

El Génesis introduce y apunta a la historia del éxodo. Dicho de otra manera: para entender realmente el libro del Génesis debemos haber estado en Egipto.

Historia y mito

Terminemos este primer capítulo con algunas palabras sobre historia y mito para completar nuestro equipamiento.

Más adelante veremos que nos ayudará mucho en nuestra relectura del Génesis. Comencemos por la palabra historia.

Sin exagerar mucho, podemos decir que lo que más obstaculiza el libre acceso a los relatos bíblicos en general, y los del Génesis en particular, es lo que se suele llamar una lectura lineal-histórica. Los perros vigilantes que impiden su llegada a nuestra casa y vida pertenecen más que nada a esta raza.

Entendemos por esta lectura la manera de interpretar los textos como si el Génesis 1:1 fuera escrito en el año 0 de un mundo vacío; los demás sucesos “caída”, Caín y Abel, el diluvio, etc. vienen cronológicamente después, como si los textos sobre estos acontecimientos que ocurrieron una sola vez, irreversible e irrepetiblemente, hubieran sido escritos por un solo autor en el momento del acontecimiento mismo y luego transmitidos hacia nosotros, sin cambio alguno.

Ahora bien, a pesar de ser ésta la lectura más comúnmente practicada y enseñada en el mundo cristiano, arroja más preguntas que respuestas.

El Génesis no es el inicio de una experiencia, sino el resultado, por más que hable de los comienzos.

Por muy raro que parezca, lo que más perjudica y echa a perder la posibilidad de dialogar con los textos bíblicos es precisamente esta lectura individualista (un solo autor) e histórica (un solo momento histórico).

Los textos bíblicos quieren ser leídos comunitariamente, por ser ellos mismos producto de una labor comunitaria. Los textos bíblicos quieren ser re-leídos ahora, por ser la Biblia misma producto de un constante proceso de relectura y reactualización. No hay texto bíblico que no haya pasado por muchas manos antes de que consiguiera la forma en que lo conocemos ahora. No hay tampoco prácticamente ningún texto bíblico que hable de un solo momento histórico. El preciso hecho de tener una Biblia que nos sigue hablando se debe a que sus textos y relatos dan como para releerlos como si el evento descrito en ellos estuviera ocurriendo ahora mismo.

A través de sus poemas, cantos y relatos, Israel, a partir de la época del éxodo, va contando una historia. Estos cantos, poemas y relatos experiencia hecha palabra se van transmitiendo, no por ser tan hermosos ni por pertenecer a la Biblia ¡los que hicieron la Biblia no tenían Biblia! sino más bien por necesidad. Las generaciones que acogieron y transmitieron aquellas historias de antaño lo hacían por la sencilla razón de que ellas daban significado y sentido a su presente.

Si la historia del éxodo, así como la tenemos ahora, hubiera sido producto de una sola persona y hubiera hablado exclusivamente de un momento histórico, no habría estado en la Biblia.

Lo mismo vale para el Génesis.

Lo que fue decisivo en el proceso de transmisión de los textos que después formarán la Biblia, fue su capacidad de iluminar más de una situación y más de un momento histórico. Es lo que se suele llamar la reserva-de-sentido de un texto.

Nosotros, que vivimos hoy en Chile, no habitamos el delta del Nilo y nuestra capital no se llama Tebas. Sin embargo, iluminados por el texto bíblico, podemos decir que sí estamos en Egipto. Y, al decir que vivimos en Egipto, estamos haciendo nuestra relectura de la historia de Ex. 1-15, historia que va más allá, entonces, del siglo 13 a.C., porque su reserva-de-sentido posibilita aplicarla al Chile de hoy.

Pero hay una cosa más que decir sobre lo que es relectura.

Cuando interpretamos la situación que nos toca vivir hoy en Chile a través del lente que nos ofrece la Biblia y cuando afirmamos que estamos en Egipto, nosotros no hacemos menos que transmitir ahora la historia del éxodo. Y también nosotros lo hacemos por pura necesidad.

Del éxodo no escribimos, hablamos o predicamos porque tengamos tanto interés en los acontecimientos ocurridos en el siglo 13 a.C. en Egipto. Es todo lo contrario. La mayoría ni siquiera sabíamos que el éxodo se llevó a cabo en aquel siglo.

No. Estamos transmitiendo la historia del éxodo porque nos ilumina nuestro propio mundo y nuestro propio caminar. Y, por lo tanto, aquella vieja historia se pone moderna y sumamente actual, porque el momento presente necesita de ella. Necesita de ella por la sencilla razón de que una relectura de ella posibilita, a la vez, hacer una relectura de nuestro propio mundo. De algún modo, aquella historia antigua nos entrega herramientas que nos facilitan una mejor comprensión de nuestro propio mundo.

No es exagerado decir que en Chile necesitamos a un Moisés para que salgamos de nuestra casa de servidumbre. Pero cuando decimos esto estamos ya haciendo una relectura de nuestra sociedad a través del relato de Ex. 1-15.

Seguramente nuestro Moisés no estará vestido al estilo egipcio del siglo 13 a.C.; casi seguramente usará terno y corbata, o poncho a lo mejor. Seguramente nuestro Moisés no tendrá que enfrentar los famosos carros de combate egipcios. Ahora son carros blindados, guanacos y tanquetas. Los látigos han hecho lugar a instrumentos de tortura más modernos, y los hebreos y esclavos de ahora tienen otro nombre.

Pero, pese a estas diferencias, en lo esencial la historia no cambió. Todavía se espera que haya un Moisés contemporáneo nuestro y es por eso que cantamos:

El pueblo de Dios continúa gimiendo,
una vida de esclavo está conduciendo.
Grita perseguido, ya casi muriendo:
¿Quién es, quién es, quién es, quién es,
quién librará al pueblo, Moisés?
(canto religioso popular)

Ahora bien, lo que acabamos de hacer nosotros con Moisés es decir, querer que fuera contemporáneo nuestro, revestirlo es precisamente lo que hicieron, con sus antepasados, los que transmitieron los relatos bíblicos. También los que vivieron después de Abraham, Jacob y Moisés convirtieron a sus antepasados en contemporáneos. También los “hijos de Abraham” hicieron su relectura del evento Abraham. La única diferencia entre la relectura de los hijos de Abraham y la nuestra, es que la de ellos llegó a formar parte de la Biblia.

Es por eso que una lectura detenida de los textos bíblicos nos prepara sorpresa tras sorpresa. En algunos textos del libro del Éxodo, nos encontramos con el Moisés del siglo 13 a.C.; momento en que efectivamente vivió. Pero en otros textos del mismo libro Éxodo, descubrimos a otro Moisés, un Moisés releído que figura como líder de la comunidad judía en el segundo cautiverio. Lo mismo pasa con Abraham, Jacob y José.

Más adelante, cuando nos pongamos a comentar los impactantes textos del Génesis, veremos como también las relecturas posteriores contribuyeron a crear el Abraham así como lo conocemos ahora. También, respuestas posteriores de los que nunca alcanzaron a conocer Abraham, fueron incorporadas en lo que ahora llamamos Biblia.

Esto nos lleva a un último punto.

Debe estar claro ahora que la lectura que llamamos lineal-histórica (un autor, un momento histórico) no hace justicia al proceso que llevó a la confección del Antiguo Testamento y que fue un proceso de re-lectura continuada.

La lectura lineal-histórica no quiere saber nada de relectura, aunque ella misma lo hace constantemente porque, si no, la Biblia no tendría sentido hoy.

Lo que la lectura fundamentalista hace, es negarle a los que hicieron la Biblia lo que ella misma hace a cada rato: releer la escritura para que me ilumine mi mundo y mi vida.

Ya hace mucho que la ciencia bíblica, con instrumentos muy fidedignos y teorías bien fundamentadas, demostró la verdad de estos procesos de relectura en la Biblia misma. Con esta ciencia moderna, la lectura fundamentalista tiene enormes problemas. Problemas que de alguna manera todos (re)conocemos.

La ciencia bíblica nos enseña que mucho de lo que se dice de los Patriarcas o mucho de lo que está en el libro de Isaías es fruto de relecturas posteriores que reflejan otro momento histórico.

Frente a la cifra 600.000 todos los varones que salieron de Egipto sin incluir sus familias, la ciencia dice que no es posible y que esta cifra obedece más bien a una relectura posterior.

Nuestro problema es que los textos no dicen cuándo son lectura la experiencia inicial hecha palabra o cuándo son relectura. También las relecturas se presentan como si fueran parte del acontecimiento original. Se presentan como si el éxodo hubiera ocurrido realmente después del Éxodo.

En el Génesis 14 nos encontramos con una relectura de la época de los Jueces del evento Abraham. Es por eso que allí, en este relato de la famosa lucha con los reyes legendarios, Abraham consigue rasgos de un guerrillero, función principal de los jueces mismos. Pero el texto no tiene fecha. Solamente a través de una lectura detenida podemos descubrir que el Abraham descrito en este capítulo es distinto del que figura en otros. Pero el relato mismo hace como si Abraham realmente hubiera vivido en la época de los Jueces, ni antes ni después. Esto vale en general para las relecturas incluidas en la Biblia: todas hacen como si el acontecimiento que describen o el actor de que hablan realmente viviera en su propia época. Todas las relecturas se presentan como verídicas, aunque el actor principal murió ya hace mucho.

Al revivir personajes de la historia que ya han muerto, al reinventar y re-usar situaciones históricas que ya pasaron, las relecturas nos ponen ante las siguientes preguntas: Han muerto los Césares de Roma; ¿no hay más Césares? Ya no hay más hebreos en Egipto, ¿ha terminado la esclavitud? El pueblo de Israel ya no camina por el desierto, ¿ha terminado la caminata hacia la tierra prometida?
Para que la Biblia tenga una palabra para nosotros que hoy vivimos, no es posible no releer su mensaje y afirmar que los Faraones y Césares de hoy, aunque ya no se llamen Augusto o Ramsés, igualmente son Ramsés y Augusto.

Es precisamente por eso que toda relectura es verdad. No miente ni falsifica la historia, porque cuenta la verdad de la historia de los hijos de Abraham y Jacob y Moisés.

La cifra 600.000 no miente, sino que transmite la verdad de los hijos de los que salieron de Egipto.

En lo que sigue en el presente libro, será de mucha importancia el saber hacer preguntas a este segundo nivel.

Hacer la pregunta por la verdad-de-la-relectura.

Porque si no sabemos negociar bien con los textos, si no entendemos los términos que ellos nos ponen, siempre seguiremos enamorados de los perros vigilantes, sin entrar nunca a la casa del pueblo.

En la Biblia hay poemas y es posible determinar que son poemas porque tienen su propio estilo, una rima y un ritmo particular.

En la Biblia hay cartas y es posible ver que son cartas porque hay saludos al comienzo y al final que el autor dirige a sus destinatarios. Así también, hay mitos en la Biblia y, otra vez, es posible ver que son mitos porque hablan “de los comienzos” y de lo que Dios hizo al comienzo.

La primera parte de Génesis, sobre todo los capítulos 1-11, contiene muchos mitos. Pero cuando usamos la palabra mito, y aunque la usemos como término técnico para definir una determinada manera de hablar, sin embargo muchos lectores se asustan, porque la vox populi entiende una cosa por mito pero la ciencia otra.

En el lenguaje popular, la palabra mito vino a significar nada menos que: no es efectivo, no es verdad, es una fábula, es falso, no tiene valor. Y, por no ser verdad, el mito es descartable y desechable.

No es así, es todo lo contrario. Es difícil encontrar otra herramienta literaria que dé mejor posibilidad de transmitir mensajes tan cargados de sentido y verdad que el mito.

Veamos si podemos resolver el problema y comencemos por una definición de lo que es un mito.

“El mito es un relato sobre una acción o acontecimiento de los dioses, que tiene lugar al principio y manifiesta el sentido de una realidad, una institución o costumbre presente”.

La frase “en el comienzo creó Dios los cielos y la tierra” es una frase que es muy típica de los mitos de creación. Pero el que en los mitos habla no es Dios, ni el primer hombre. Los que hablan en los mitos no estuvieron presentes en la creación del mundo, sino que vivieron mucho tiempo después. La definición que acabamos de dar dice en su segunda parte: “relato sobre un acontecimiento que tuvo lugar al principio pero manifiesta una realidad presente”. Es decir: presente ahora, mucho después de la creación del mundo. En otras palabras, lo que pasa en un mito es que una costumbre, una realidad presente hoy, se presenta como establecida por los dioses al comienzo. A través del mito es posible convertir una realidad existente hoy en cuestión de principios.

Los mitos casi siempre explican una cosa. Explican y fundamentan una situación como es ahora, retroproyectándola hacia los comienzos.

Los mitos no quieren ser y no son crónicas de ciertos acontecimientos del pasado, más bien apuntan al futuro. Quieren que la situación relatada en el mito se dé o se mantenga. Los mitos siempre tratan situaciones que son fundamentales para un pueblo, un país, una sociedad.

En los mitos están diseñados los fundamentos mismos del mundo o las condiciones fundamentales del ser humano.

El mito representa siempre algún pensamiento o diseño fundamental de alguna sociedad en algún momento de su historia. Al convertir este diseño o este pensamiento en acontecimiento que ocurrió en-aquel-tiempo, se hace cuestión de principios y, por lo tanto, intocable e inalterable.

Los mitos siempre son verdad.

Y todos los mitos dan a conocer una opción y un proyecto de vida. Más adelante descubriremos que el proyecto de vida que Israel formuló a través de sus mitos de creación difiere bastante del de sus vecinos.

Por ahora, basta con que seamos capaces de hacerle también al mito las preguntas correctas. Descubrir por qué mundo optan y qué proyecto de vida se esconde detrás de sus palabras.

Los mitos nunca tienen fecha, sencillamente porque la cuestión de principios de que se trata no tiene fecha.

La peor pregunta que se le podría hacer a un mito sería entonces: ¿cuándo exactamente o cómo?

Los mitos no fueron diseñados para contestar preguntas como éstas. No nos van a responder si les interrogamos sobre esto. Es muy posible que, frente a estas interrogantes, la corona pierda su forma y se convierta en barra amarilla sin brillo alguno.

Para subir la montaña y poder gozar del panorama que nos ofrece estar encima de ella, es necesario contar con el equipo adecuado. En este primer capítulo quisimos mostrar la parte más elemental de él.

El éxito de nuestra subida va a depender de nuestra capacidad de usarlo.

Mientras más avancemos, serán cada vez mayores las sorpresas y descubrimientos que nos llevemos. Cuidémonos de no sentir pánico cuando se nos ofrece una cumbre muy resbalosa. Hay tiempo suficiente para ir subiendo de a poco.

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Notas

(1) Las citas bíblicas fueron tomadas, en su mayoría, de la traducción de Reina de Vaiera (Revisión 1960), la versión que más se consulta en las iglesias protestantes. Se consultaron también otras traducciones y, cuando fue necesario donde otra traducción hacía más justicia al original hebreo, se usó otra versión. En este caso se indica la fuente con las siguientes siglas: NBE (Nueva Biblia Española) BJ (Biblia de Jerusalén) TP (Traducción Propia)

(2) Los poemas e historias de Bertold Brecht fueron tomados de: Bertold Brecht, Die Gedichte, Frankfurt am Main (Suhrkamp) 1981. La traducción y adaptación es del autor.

(3) Por segundo cautiverio se entiende el período comprendido entre los años 587-539 a.C., en que una parte de la población judía fue llevada a Babilonia por el rey Nabucodonosor. En esta oportunidad, Jerusalén y su templo, junto a numerosas ciudades en Judá, fueron destruidos por completo. Véase la letanía de aquel período en el libro de las Lamentaciones.

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