La colonizaciòn cultural del 24 de marzo

La fecha del 24 de marzo, una fecha asociada al matadero, ha sufrido reiteradamente el intento de la manipulación “ideológica”. Ideología significa aquí “falsa conciencia”: una representación distorsionada de algo que motiva falsamente a la acción moral y/o política (el señor bebió el brebaje que “se creía” que era un tónico, y que luego “se supo” que era veneno). El 24 de marzo es pues un campo más de lucha cultural y simbólica acerca de lo que debemos recordar y por el sentido de lo ocurrido. En esta lucha se juega, para decirlo con las conocidas consignas, la memoria, la verdad y la justicia, esto es, no pocas cosas, si convenimos que son no sólo resultados, sino supuestos de la libertad.

Es una certeza teórica que el 24 de marzo el Partido Militar sustituyó en el gobierno definitivamente a los otros partidos políticos del Estado de clase; aniquiló lo que restaba de las garantías constitucionales y de las instituciones del Estado de Derecho; radicalizó muy poco (cf. Ottalagano, Ivanisevich, Frattini) la persecución ideológico-cultural (cf. la Operación Claridad); y extremó mucho más (cf. el Rodrigazo) la política de saqueo económico contra la nación y el pueblo (cf. Martínez de Hoz).

En cambio, lo que es discutible, es que (1) si estos hechos significaron una cesura, una ruptura, un cambio cualitativo, y aun un drástico cambio, (en el sentido de que se abolió el “Estado de Derecho” y la “Democracia” existentes; o en el sentido de que se pasó de una presunta política económica antiimperialista y antioligárquica a una de saqueo); o bien, (2) si estos hechos fueron sólo una exasperación de la lucha contrarrevolucionaria o contrainsurgente y un significativo incremento, pero sólo cuantitativo, de la política de persecución ideológica, de despojo y saqueo económicos y del Terrorismo de Estado preexistentes.

Sabemos que la primera hipótesis es la que echó andar el ex presidente Dr. Raúl Ricardo Alfonsín en la célebre versión del pasado reciente argentino como “la lucha de los dos demonios”. Como se sabe, la versión clásica de “la teoría de los dos demonios” la dio el laureado escritor inglés desterrado en el sureño Río de la Plata, Jorge Luís Borges. El literato de marras, que antes había afirmado con ocasión del Putsch de marzo de 1976, que “la Argentina había vuelto a ser gobernada por caballeros” (5/76), espetó con admirable sagacidad para la elaboración de metáforas: “los militares argentinos se comían a los caníbales”.

La discusión, por cierto, no tiene un interés sólo histórico: es una discusión acerca del futuro, acerca de la autoconciencia actual y hodierna de la “democracia” argentina. ¿Cuándo comenzó el Terrorismo de Estado en la Argentina? ¿Cuándo comenzó la política de expoliación popular y de saqueo del país? ¿Cuándo comenzó la persecución ideológica y la censura a la libertad de expresión? ¿El 24 de marzo quiebra o profundiza un ciclo? La discusión apunta hacia qué vamos a llamar “Democracia” y si vamos a llamar “Democracia” y “Estado de Derecho” a ese fenómeno histórico, por ejemplo, que tenía por protagonistas a los grandes demócratas, Enrique Tomás Cresto, María Estela Martínez de Perón, José López Rega, Adolfo Savino, Celestino Rodrigo, Oscar Ivanisevich, Alberto Ottalagano, que frente a estos últimos el Prof. Bruera era casi un demócrata. Pero, sobre todo, es necesario discutir, en esta época que sigue a Patti, Sobich, Blumberg y otros, ¿qué desapareció y qué pervive y qué se profundizó desde 1983?

Al Dr. Alfonsín, seamos honestos, le debemos la hazaña histórica, casi única en el mundo, de haber juzgado a los facinerosos de las juntas militares, en drástica oposición al PJ que sostenía “la continuidad jurídica del Estado”, o sea, la autoamnistía de los sicarios; una cosa es humillar hoy a los militares que juzgarlos en 1983. La versión estatal-alfonsinista del pasado reciente es, sin embargo, la primera forma de manipulación ideológica del 24 de marzo. En 1983 Alfonsín que contaba con “la cultura” de su lado, tenía por tarea exculpar a los partidos políticos del Estado de clase y a “los empresarios”, para arremeter contra el Partido Militar y (a su manera) contra la burocracia sindical (el pacto militar-sindical). Entonces fue cuando comenzó la política unilateral y distorsionada de la memoria, la demonización del Partido Militar, su transformación en un chivo expiatorio. Claro está: el Partido Militar es culpable, pero es sólo el síntoma de un fenómeno político y social muchísimo más amplio y profundo. Se ocultó, sobre todo, el carácter de clase del golpe: sus víctimas fueron (ante todo) los trabajadores organizados. Nunca se tuvo la misma contundencia ni la misma decisión de poner en evidencia y en la persecución penal, a los instigadores y a los beneficiarios sociales del golpe. Nunca se dijo que los facinerosos eran una suerte de sicarios de esa especie de “grupo de tarea”, que fueron el “grupo Perriaux”, la APEGE y el CEA de Martínez de Hoz, el capital extranjero y el capital financiero internacional. Para decirlo de forma intuitiva: “Jaques” Perriaux no es tan conocido como el “Chicho” Camps o “Pajarito” Suárez Mason. Hay que destacar que mientras que el antes influyente Partido Militar se ha transformado hoy en un grupúsculo de empleados públicos también ellos flexibilizados y comandados por una montonera reciclada, los intereses económicos a los cuales benefició y aun sirvió el golpe, no sólo se desentendieron tempranamente de la suerte de los sicarios, sino que han acrecentado hasta el paroxismo su poder y su riqueza. También la versión ideologizada del 24 de marzo incluía, como un capítulo fundamental, la exculpación de la participación y la complicidad en el Terrorismo de Estado que estaba apañado por casi todas las corporaciones y los partidos de derecha y de “izquierda” (Cf. Fernando Nadra), incluido el Partido de Dios que alentaba a matar “en nombre de Dios” (Tortolo, Bonamin, Ogñenovich, Quarraccino, Caggiano, Primatesta). Es necesario reeditar el número y los nombres de los funcionarios que los partidos políticos (NF, UCR, PJ, PS, PC, etc.) le prestaron a la “Dictadura”.

En fin, cuando el gran filósofo existencialista Karl Jaspers1 tuvo que determinar la culpa de los crímenes del nazismo y del pueblo alemán en general, distinguió correctamente las culpas criminal, política, moral y metafísica, y no pretendió exculpar al pueblo alemán. Cuando su discípula, la gran filósofa existencialista judía Hannah Arendt2, tuvo que buscar a “el criminal del siglo”, no lo encontró en el gran dictador o en el gran genocida, sino en un personaje mucho más opaco, mucho más aparentemente inofensivo: lo halló en el padre de familia. Entre nosotros, no habría que olvidar ni “el yo no sabía”, ni “el por algo será”, ni “el yo, argentino”, etc. La sociedad argentina ha sido sucesivamente en gran parte “astiziforme” y “menemiforme”, y es también la que últimamente vimos siguiendo al filósofo político (neo)liberal Johann Karl Blumberg. Nuestra sociedad anida, y hay muchas evidencias contundentes, al fascismo.

A pesar de toda esta primera manipulación ideológica, el 24 de marzo logró constituirse en el día seguramente más importante de la militancia antifascista, de la protesta, del descontento y de la lucha contra todo el estado de cosas existentes. A esta jornada de lucha popular por la verdad y la justicia, es contra la que se arremete hoy, transformándola en una “fiesta” y en sentido literal “en una política de Estado”. Hasta hace pocos días, el 24 de marzo era una efeméride de lucha del pueblo contra el Estado, contra ese Estado de clase, al que siempre debe reclamar por sus derechos pisoteados y negados. Hoy el Estado acaba de colonizarlo. Al colonizarla, el Estado hará lo que ya hizo con el 1/5, 25/5, 9/7, 20/11, 17/10: la estatalización de una fecha revolucionaria, la ganancia para la contrarrevolución de la revolución.

Por último, existe un tópico y un fantasma que sobrevuela de forma especial a la época y a la hodierna autoconciencia de la “democracia” y que también ha sido “ideológicamente” tratado: el Estado y la resistencia a la opresión, la fuerza legítima y la ilegítima, la violencia estructural e invisible y la superficial y visible, en fin, el delito, el crimen, la libertad y la justicia.

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[1] Jaspers, Karl, El Problema de la Culpa. Paidos.

[2] Arendt, H. La Culpa Organizada. Apud Habermas, J. Perfiles. Taurus.

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