La nueva historia de américa

La nueva historia de américa

Por Alexander Prieto Osorno desde Madrid, España

Los recientes descubrimientos científicos sobre las civilizaciones amerindias están alterando radicalmente la visión sobre América. Los libros de historia tienen que cambiar. Cuando llegó Colón, el continente americano tenía más habitantes que Europa, las grandes civilizaciones indígenas poseían una tecnología superior basada en la ecología, Tenochtitlán era la ciudad más poblada de todo el mundo en su época y los mayas fueron los primeros hombres que realizaron ingeniería genética con el maíz. “A las cuatro civilizaciones que siempre hemos estudiado que formaron el mundo que conocemos (la sumeria, la egipcia, la india y la china), habría que añadir la americana”, asegura el corresponsal de la revista Science, Charles Mann, cuyo libro 1491, una nueva historia de las Américas antes de Colón (Editorial Taurus) acaba de aparecer en castellano en España y está levantando una polémica en Europa y el mundo.
Mann revela que la prosperidad de las primeras grandes ciudades de América se alcanzó antes que los egipcios construyeran las pirámides. Sus datos provienen de las más recientes investigaciones de científicos de diversas disciplinas que pintan un panorama totalmente distinto del tópico repetido en las escuelas según el cual los indígenas americanos eran “subdesarrollados” y los españoles se encontraron con un territorio “virgen”. Nada de eso. El verdadero avance social y tecnológico de los pueblos amerindios resulta asombroso porque América tuvo grandes ciudades, que fueron las más pobladas de su época en el mundo, con alcantarillado, agua corriente, jardines botánicos y un sistema de limpieza que hoy envidiaría cualquier urbe del planeta.

Ciudad Maya de Kaan (entre México y Belice) descubierta
en los años ochenta.

Ciudad preincaica de Chan chan en el litoral norte del Perú. foto de 1931. Alta tecnología amerindia
Una de las investigaciones más reveladoras sobre el avance tecnológico de los indígenas la realizó la antropóloga del MIT, Heather Lechtman, quien analizó la tecnología de los incas y concluyó que esta civilización resolvía los problemas de ingeniería por medio de la manipulación de las fibras y no de la creación y ensamblaje de objetos de metal o madera, como lo hacían los europeos. Los incas construyeron de fibra largos y resistentes puentes para salvar los abismos de los Andes y grandes flotas de barcos que navegaban con amplias velas de algodón.
“En los Andes los textiles se entretejían con una técnica muy depurada. Las mejores hiladuras poseían una finura de hasta 500 hilos por pulgada […]. Los soldados llevaban una armadura hecha de tejido acolchado, esculpido, casi tan eficaz para protección como las de metal que llevaban los europeos y desde luego mucho más ligera. Tras probarla, los conquistadores prescindieron de sus corazas y sus cascos para vestirse igual que la infantería de los incas”, dice Mann en su libro. Lechtman descubrió que los incas tenían toda la tecnología metalúrgica de los europeos, pero a diferencia de estos que buscaban la dureza, resistencia y afilado de los metales, la cultura andina valoraba más “la plasticidad, la maleabilidad y la contundencia” y empleaba los metales como muestra de poder, riqueza y vinculación a la sociedad.

El avance tecnológico más contundente es el maíz. Las últimas investigaciones científicas sobre el cultivo amerindio de esta planta llevaron a la revista Science a calificarla como “la primera hazaña, y tal vez la mayor, en el campo de la ingeniería genética”. Mientras otros productos como el arroz, el trigo y la cebada se dieron de forma silvestre y los distintos pueblos del mundo los adecuaron en cultivos, el maíz jamás existió en forma salvaje. Es una “creación” de las civilizaciones amerindias.
Los biólogos llevan tres décadas debatiendo de dónde salió el maíz y aún no se han puesto de acuerdo. Pero la versión más extendida es que surgió hace más de diez mil años de las manipulaciones de las culturas indígenas con varias especies. Algunos creen que se produjo una mutación muy extraña de un tipo de trigo conocido como “teocinte” y que los nativos cogieron estas semillas y experimentaron con ellas hasta que alteraron su composición genética y “crearon” el maíz.
“Por supuesto que tuvieron que existir americanos del talento de Leonardo (Da Vinci), lo que pasa es que no sabemos el nombre. Los biólogos consideran que el maíz se desarrolló mediante una manipulación genética, y es evidente que quien lo inventó era un genio. El desarrollo de la arquitectura, los regadíos, las matemáticas, la astronomía, fueron tan impresionantes como los de la Grecia clásica. Detrás había hombres, pero no sabemos cómo se llamaban”, afirma Mann.
Pirámide del Sol en Teotihuacán, México, construida entre
los siglos II y III.

Terrazas agrícolas Incas de alta tecnología industrial,
del Valle de Colca, Perú.
Un continente muy poblado y antiguo
Antes de Colón, América tenía entre 40 y 60 millones de habitantes, cifra que va creciendo a medida que avanzan las investigaciones y que puede situarse entre ochenta y cien millones de personas. Estudios recientes apuntan a que los ancestros de los incas entraron por el sur hace más de 35.000 años y que en Suramérica surgió “una de las grandes civilizaciones del mundo, más antigua que las de China o India, que se desarrolló en la misma época que las civilizaciones sumerias, de Mesopotamia y de Egipto”.
Mann señala en su libro las pruebas de que en la ciudad de Aspero, en la costa de Perú, hay restos tan antiguos como los de los sumerios. “Hubo un complejo de ciudades anteriores a la construcción de las pirámides de Egipto. Aún no ha sido excavado hasta sus capas más bajas, pero los primeras pruebas apuntan a que puede ser más antiguo que Sumeria. La ciudad de Caral fue excavada en 2001 y por ello estas teorías son recientes”.
Estas culturas amerindias antiguas construyeron pirámides y plazas públicas en forma de “D”, y desarrollaron notables avances en canalización y transporte de agua desde grandes distancias. Algunas de las urbes se erigieron al borde del mar y en los lagos, lo cual les dio una visión diferente del tiempo, la tierra y la vida. Ante ciertos investigadores esto explica que, conociendo la rueda, la utilizaron para realizar juguetes y no la desarrollaron para el trabajo, pues en los lagos y las zonas altas las ruedas no son útiles, y sin animales de tiro, tampoco.
El libro 1491… ha desatado polémicas en Europa, donde muchos antropólogos e historiadores desprecian los estudios y argumentos de Mann y otros insisten en que “sólo por la mano de Europa, América se desarrolló y entró al mundo”. Pero Mann se cuida de explicar en su obra las investigaciones en favor y en contra de las principales teorías acerca del avance cultural y tecnológico de los pueblos amerindios.
Lo cierto es que el público desconoce los grandes logros de las civilizaciones precolombinas y este libro de Mann, documentado, provocador y en algunos apartes polémico, contribuye a difundir y debatir la nueva historia de América que está por ser reescrita y dictada en los colegios y las universidades. “América era aun más diversa que Europa. Hay más semejanzas entre un finlandés y un español que entre un iroqués y un maya. Además, no olvidemos que no había caballos y la comunicación era mucho más difícil, y el área de control y expansión mucho más limitada. Por eso es absurdo y estúpido usar un término como ´indio´ para referirse a un colectivo tan diverso”, insiste el autor.
La obra enfatiza en que el arma de destrucción masiva de los españoles que acabó con los pueblos indígenas no fueron las espadas ni los mosquetes sino la viruela, la hepatitis, la gripe y el sarampión. “Sin conciencia de epidemia, los indios tampoco aplicaban las prácticas de cuarentena y aislamiento de los europeos, con lo que las enfermedades se propagaban a gran velocidad”. Esto devastó en pocas décadas la enorme población amerindia.
Mann llega a una gran conclusión: “Si hay una lección para tener muy en cuenta es que si queremos pensar como los habitantes originales de estas tierras, no debemos poner nuestra mira en reconstruir un entorno del pasado sino concentrarnos en dar forma a un mundo en el que sea posible habitar en el futuro”.

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