La ofensiva de 1981

La ofensiva de 1981,

según Alejandro Montenegro

Este relato es un avance del libro que el ex comandante guerrillero, que fuera miembro del Estado Mayor del Ejército Revolucionario del Pueblo, está preparando para su próxima publicación en nuestro país. Es un valioso testimonio desde sus inicios en la lucha clandestina, su participación en varias de las más importantes operaciones ejecutadas por el ERP, y finalmente su captura, tortura y confinamiento.

Alejandro Montenegro

redaccion@centroamerica21.com

En la casa que alquilan los dos compañeros a los que cariñosamente les decimos tíos, donde funciona uno de los talleres de explosivos del ERP, y que está ubicado en la periferia norte de Soyapango, me dirijo a uno de los dormitorios, consulto mi reloj y son las 4 y 10 de la tarde.

No me siento nervioso, más bien alegre de que al fin estamos por iniciar los combates. Sin perder más tiempo procedo a ponerme el uniforme que vamos a utilizar los combatientes del ERP: camisa beige manga larga y pantalón de lona azul. Me coloco un cinturón militar verde olivo a la cintura y acomodo en su funda una pistola calibre 9 mm marca browning, luego reviso dos cargadores del fusil M-16 y también los coloco a la cintura, otros dos cargadores los adapto con cinta adhesiva en sentido contrario e introduzco uno de ellos al arma. Me coloco en la cabeza una boina color café oscuro y me encamino a la puerta. Al llegar a la sala veo a Mariana, Clelia, Misael y Pichinte.

Vuelvo a consultar mi reloj, son las 4 y 46 de la tarde. Ya falta muy poco para iniciar los operativos militares en la capital. A las 5 en punto les digo a los compañeros: “Ya es la hora, salgamos a la calle a esperar a la fuerza con la que vamos a asegurar el terreno aquí”. Todos se levantan de donde están y empezamos a salir con las armas en la mano. La gente que en ese momento está en la calle se sorprende al vernos. Algunos de ellos se van corriendo para sus casas y cierran rápidamente las puertas.

La ofensiva ha comenzado

No han transcurrido ni 3 minutos cuando veo que entran los compañeros que van a estar conmigo en esta parte del barrio. Doy órdenes inmediatamente y distribuyo a toda la gente en diferentes posiciones para asegurar la defensa, simultáneamente escucho ruido de bombas y disparos cerca de aquí. “La ofensiva ha comenzado”. Le comento a Mariana, que se ha quedado al lado mío al frente de la casa de la organización. “Sí, empezó todo bien sincronizado”, responde con mucha calma, observando todos los movimientos y sosteniendo una subametralladora UZI en su mano derecha.

Leoncio Pichinte empieza a arengar a la población y a invitar a que se unan a la insurrección armada que se ha iniciado en todo el territorio nacional por las fuerzas del FMLN. Empieza a oscurecer y para este momento las tropas del enemigo combaten en las calles con nuestras fuerzas en varios lugares de Soyapango. Pichinte no se cansa de arengar a la población e incluso ha ido visitando casa por casa con el grupo que pertenece a las Ligas Populares 28 de Febrero, nuestro frente de masas.

Sin embargo, es bien poca la población que nos está ayudando a hacer barricadas. La gran mayoría de la gente se ha quedado encerrada en sus casas. “¿Qué es lo que pasa que la población no se nos une?”, le comento preocupado a Mariana. “No sé, esperábamos que la población nos apoyara”, me responde también preocupada. “Pues sí, nos apoyan, pero no se integran a combatir al lado de nosotros, se han encerrado en sus casas”, le insisto. “Ya te dije, no sé que pasa”, dice ella suavemente.

A pesar de que la población no se nos ha unido masivamente, nosotros en esta parte de Soyapango mantenemos el control militar. Cerca de las 10 de la noche, Mariana me toca el hombro y me dice: “Mirá, llegó Mincho con su gente. “¿Que pasó?”, le pregunto a Mincho de entrada. Los de la RN no atravesaron el tren como vos dijiste. El ejército penetró con sus camiones sin problemas y ya tienen control del bulevar del Ejército”.

-¿O sea que nos han dividido la fuerza?

Claro, el resto de combatientes han quedado al otro lado, incluyendo los que atacan a la Fuerza Aérea, dice Mincho agitado.

-Está bien, con tu gente apoyá para asegurar el terreno aquí y en un rato veremos que hacemos, voy a evaluar la situación.

No hay insurrección

Me aíslo un poco, saco un cigarro de mi camisa, lo prendo y trato de analizar la situación. Las fuerzas de la RN o no pudieron atravesar el tren por causas que desconozco, o era mentira que podían hacerlo. El asunto es que tengo dividida la fuerza militar, lo cual limita mis posibilidades de maniobra y lo más importante es que la insurrección no se ha desarrollado. Estamos peleando ejército contra ejército y nosotros con muy poca ayuda de la población civil.

Llamo a Mariana, Clelia, y Misael y les digo:

-La situación militar no es buena para nosotros en las actuales circunstancias. El hecho político que no se haya desarrollado la incorporación masiva de la población es un asunto que cambia todas las perspectivas de esta maniobra. He decidido que solamente vamos a estar aquí un corto tiempo y luego nos retiramos al norte, buscando Tonacatepeque.

Me parece bien, dice Misael.

Dejo pasar como media hora y después ordeno a todos los mandos que den instrucciones a su gente para retirarnos. Reunimos a toda la fuerza y nos vamos retirando por grupos de manera ordenada hasta que nos convertimos en una inmensa fila de combatientes que camina un poco lento por la oscuridad que nos abraza. Pero pienso que la decisión de retirarnos la tomé en el momento justo porque no estamos siendo perseguidos por tropas del enemigo. Vito, uno de mis mandos medios, se me acerca y dice:

-Alejandro, ya llegamos a Tonacatepeque, en este punto tenemos que desviamos.

¿Y cómo se ve el pueblo?, le pregunto.

Ese lugar está tranquilo, no se ve movilización de tropas ni de civiles, responde.

Tomémonos este pueblo

Me quedo reflexionando unos segundos y pienso: ¿y si en vez de desviamos en silencio tomamos este pueblo?

-Vito, no nos vamos a desviar, vamos a tomarnos el pueblo. Vos encargate con tu fuerza de atacar el puesto de la guardia.

En pocos minutos empieza el ataque al puesto de la guardia y se escucha un combate bien nutrido y prolongado. “Puta, no pensé que los guardias iban a oponer tanta resistencia”, le comento a Mariana. En ese momento se me acerca el compañero Fermán y me dice:

-Alejandro, tenemos que retirarnos porque los tanques del ejército nos vienen siguiendo.

Me paro en todo el medio de la calle para ver una pequeña colina por donde tendrían que aparecer los blindados.

Yo no veo nada, le digo.

-Puta, Alejandro, mirá bien, allá se ven, vienen bajando por la colina.

Me esfuerzo para ver mejor y no veo los tanques que dice Fermán. No existen esos carros de combate, este lo que tiene es un ataque de nervios, pienso en mis adentros. Ya no le hago caso, trato de ponerle cuidado al desarrollo de los combates en el pueblo. Al cabo de unos minutos me doy cuenta que viene acercándose Mariana con una cara que expresa preocupación. Dice al llegar:

-El puesto de la guardia no se pudo tomar y mataron a Vito.

Vámonos de aquí, le digo contrariado.

Bordeamos el pueblo sin complicaciones y seguimos caminando siempre con rumbo norte.

Me siento mal y muy molesto por la muerte de Vito. Recuerdo que antes de iniciar los preparativos de esta ofensiva lo teníamos como candidato para que asumiera la jefatura de operaciones de San Salvador.

La evacuación

Seguimos caminando y yo no dejo de pensar en qué hacer en este momento con toda esta fuerza militar que llevo conmigo, porque es obvio que en la capital no ha habido insurrección y del resto del país estoy desconectado, no tengo por lo tanto la menor idea de lo que está ocurriendo.

Tengo informes que en Guazapa la Resistencia Nacional tienen una pequeña fuerza militar, pero nosotros no contamos con nadie en ese lugar, y además no conocemos el camino para llegar hasta los campamentos.

Al llegar a una zona con bastante vegetación doy la orden de pararnos, llamo a Mariana, Clelia y Misael. Les hablo despacio y muy calmado:

-Pienso tomar la decisión de evacuar a toda la gente desde este punto que nos ofrece un buen camuflaje, porque la ofensiva en la capital no salió como esperábamos y ustedes bien saben que en este momento no tenemos comunicación con el resto del país.

¿Y en Guazapa no se dice que hay fuerzas del FMLN?, pregunta Misael.

-Sí, pero no conocemos el camino y pronto nos sorprenderá el día. Es mejor que nos disgreguemos aquí. De aquí está cerca Quezaltepeque y ahí está don Tito, que tiene una infraestructura con capacidad suficiente para guardar las armas, y además buena cobertura porque es una estación de gasolina. Vamos a proceder en ese sentido y voy a dejar a cargo de la evacuación a Mincho. Que vaya trasladando las armas hacia ahí y que la fuerza militar se traslade para San Salvador poco a poco, como gente común y corriente, en la medida que él vaya trasladando el armamento.

Mando a llamar a Mincho y le explico el plan de evacuación.

Está bien Alejandro, yo empiezo a trabajar en eso y arreglo para que ustedes salgan primero para San Salvador, responde con aplomo.

A pesar de las expectativas que la ofensiva final había despertado en todos nosotros, tomamos algunas precauciones y en nuestras mochilas tenemos ropa normal para confundirnos con la población y poder viajar a la capital con algún mínimo de seguridad.

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