La vigencia de la izquierda

Para quienes se habían dejado apabullar por la política real de la clase política mexicana, y mundial, el llamarse de izquierda había pasado a considerarse como una añoranza de un pasado al que supuestamente nadie quería ya volver; era como ostentar la etiqueta de una derrota histórica. La derechización de toda la clase política mexicana, que a lo más que llega es a conceder la centro-izquierda como el ala radical de lo políticamente correcto, parecía que se anotaba un punto en su batalla por eliminar a la izquierda del vocabulario de lo políticamente posible. No contentos con la explotación diaria a la que someten a millones de seres humanos, los dueños del capital saben que parte importante del control del presente es quitar toda esperanza de futuro, robando el pasado. Las luchas de quienes te precedieron, nos dicen, no llegaron más que a construir un muro que ya te cayó encima, olvídate ya de ese pasado, nos remarcan, y mejor acomódate a la única referencia políticamente posible, y correcta: la derecha.

Sin embargo, al igual que en el 94, cuando la ofensiva no sólo política y económica sino también ideológica del capital iba viento en popa, remodelando el país a su imagen y semejanza, el EZLN se presenta de nuevo en escena reivindicando la lucha no sólo de izquierda, sino también anticapitalista. Con la construcción colectiva de lo que se ha llamado la Otra Campaña, el ser de izquierda vuelve a retomarse públicamente como opción política por muchos que se habían sentido apabullados por la derechización dominante. Definirse de izquierda no es más un pecado o un suspiro añorante; vuelve a ser orgullo y esperanza, además de referente para una transformación real del mundo en que vivimos, pero eso sí, referente real siempre y cuando recupere su esencia de luchar en serio contra el capitalismo, es decir, si construye su pensar y actuar con una practica política de nuevo tipo, si se reconstruye pues.

Si la izquierda sigue teniendo como referente principal y único la conquista y el control del Estado, terminará siendo igual a la derecha. Bajo la lógica de que las cosas se cambian desde arriba, jugando siempre en el tablero que el poder mantiene, los principios, el hoy, van dejando lugar a “lo posible”, a la meta alcanzable a toda costa, al actuar puramente defensivo bajo la lógica del mal menor, siempre justificado en aras del bien común. Así, poco a poco nos vamos alejando de la gente común y corriente y adentrándonos en el mundo de la “política real”, y poco a poco también terminamos pensando y actuando al igual que cualquier capitalista que se respete: en aras de la “realidad”, expropiamos a la gente su capacidad de decidir en colectivo. Así, nos autolimitamos cada vez más en nuestro horizonte de lucha y los mecanismos de representación política impuestos por el capitalismo, son los únicos por los que podemos luchar, no podemos salirnos de ese marco, haciendo que nuestra práctica política simplemente ayude a que perduren las relaciones sociales de mando-obediencia, las jerarquías y las castas de los que actúan en nuestro nombre, es decir, terminamos manteniendo uno de los pilares del capitalismo.

Si la izquierda se autolimita a buscar mecanismos más justos para la distribución de la riqueza socialmente generada, cosa que por cierto es imposible de lograr en el sistema capitalista, y se olvida del ámbito de la producción y por lo tanto de las relaciones sociales de producción que el capitalismo genera, entonces la práctica política de la izquierda termina siendo igual a la de la derecha, es decir, termina perpetuando las injustas relaciones sociales de explotación y exclusión en las que se nos mantiene.

Cuando la izquierda, autodefínase como se autodefina, justifica su práctica partiendo de una concepción teórica que establece una supuesta diferencia entre lo que es la lucha anticapitalista y lo que lo es la lucha antineoliberal, en realidad lo que está haciendo es prolongando una práctica que viene desde mediados de los años treinta del siglo pasado y tan cara nos ha costado para llevar adelante una lucha anticapitalista real, en tanto no se entiende que el neoliberalismo no es otra cosa que la forma que el capitalismo asume en ésta época. Como antes fue la libre empresa y luego los monopolios y el imperialismo. Es remitirnos a las prácticas del frente amplio, a la resignación de la mal llamada política de lo posible, que se rinde frente al capital y acepta luchar por pequeños cambios que a la larga no hacen más que mantener al propio sistema capitalista, y las relaciones políticas, económicas, sociales y culturales que éste impone como dominantes. Resignarse a seguir actuando bajo las reglas que marca el Poder, es quedarnos viendo los árboles sin poder ver el bosque, es decir, es pasarnos la vida entera luchando por una u otra demanda concreta, que nunca acaban y son todas muy justas, es cierto, siempre teniendo como referente al Estado capitalista, sin tratar en cambio de construir nuevas relaciones sociales que impliquen ir luchando desde ya contra las relaciones de poder impuestas por el capital.

Cuando la izquierda se justifica a sí misma con el culto a la Historia con mayúscula y se olvida la historia de todos los días, de la gente por la que habla pero a la que pocas veces escucha, no se puede ser un referente para la transformación radical de la sociedad. Si no quitamos de nuestra cabeza la lógica de la ganancia capitalista, de ver como normal que el éxito se mide por demandas conquistadas, y más cuando la demanda principal se ubica en lograr el control del aparato estatal, estaremos reproduciendo esa política que considera que lo importante es llegar a un fin determinado, sin importar cómo se llegue a él. La práctica de la política de la eficiencia pues. Práctica que la mayoría de las veces lo que conlleva en sí misma es muy poco respeto para la gente por la que decimos luchar.

Por eso, la base de una nueva forma de hacer política de izquierda debe ser el respeto a la gente, no decidir, ni pensar o hablar por ella.

Los retos que genera en la izquierda organizada el plantearse sí luchar contra el capitalismo pero no por la toma del poder (concebido éste bajo su concepción tradicional de un espacio político concreto), es decir, luchar no por el poder sino por el cambio en las relaciones sociales que le dan sustento al poder, luchar por trastocar la relación mando-obediencia, luchar por construir relaciones políticas y sociales de abajo hacia arriba, por subvertir por completo el orden establecido al promover la autonomía, la autogestión y el autogobierno desde cualquier espacio social existente, teniendo como marco la necesaria reconstrucción de la Nación desde abajo, todos esos retos, decíamos, no podrán cumplirse si no partimos de construir una práctica política junto con la gente.

Si aceptamos que una de las tendencias dentro del sistema neoliberal es la desintegración de todo tipo de tejidos sociales y políticos, desde el Estado nacional hasta la familia, pasando por el sindicato, el barrio, la cooperativa, la escuela, de todo tipo de colectivo pues, entonces la lucha tiene que ir en sentido contrario de la tendencia, es decir, a buscar rehacer todo tipo de relaciones sociales, pero no para reconstruir las que había en otras épocas, también determinadas por un sistema injusto y excluyente como lo es el capitalista, sino para construirlas de nuevo, desde abajo y en colectivo. Y para eso es fundamental devolver el poder de decisión al colectivo.

Sacar a la organización de la lógica del poder, su espacio y su calendario, implica la posibilidad de plantearte otras preguntas, sobre todo frente al movimiento y ya con el movimiento, frente al tiempo y a otros movimientos. Es la posibilidad real de construir la resistencia a partir de ir generando nuevas relaciones sociales de solidaridad, sin un plazo fijo u objetivo único, es decir, sin atarse a esquemas que se convierten en camisas de fuerza, posibilitando por lo tanto abrir y enlazar infinidad de formas de resistir y de rebelarse, tan variadas como variada es la sociedad en su conjunto. Así, más importante que una conquista material, como fin, es cómo se construye el movimiento social en colectivo. Con esto no queremos decir que luchas específicas por modificar aspectos parciales de la lógica del capital no sean válidas —la lucha por las reformas—, sino que bajo una perspectiva de izquierda esto cobra su sentido real si se cumplen varios aspectos que deben ser vistos como objetivos:

a) Promover que es la movilización social y no la intermediación de la clase política la que logra, ya sea parar proyectos de despojo y de incremento de la explotación, ejerciendo su derecho de veto, o bien promover una serie de modificaciones que permitan aliviar, aunque sea parcialmente, la situación de miseria en que se vive.

b) Favorecer que la energía social que siempre va implícita en toda lucha, ayude a construir una tradición de autoorganización, es decir de confianza en sus propias fuerzas, sin tener que estar volteando siempre hacia distintas facciones de la clase política o el gobierno.

c) No hacer de la negociación con el poder el objetivo fundamental para “solucionar” el conflicto.

d) No poner los criterios de efectividad y éxito por encima de los mecanismos democráticos de consulta y de decisión de los directamente implicados.

e) Entender que ni la felicidad se impone, es decir, respetar la decisión de la gente y no querer pensar, actuar o hablar por ella, aunque sea en su supuesto beneficio.

Un movimiento autónomo y autogestivo, a lo interno y frente al poder, y solidario y en red de resistencia y rebeldía junto con los demás movimientos y pueblo en general, es lo que tendríamos que ir logrando. Así, lo que se buscaría es construir una nueva relación política y social, y que esta construcción se haga con base en verdaderas decisiones colectivas. La seguridad de que estamos ayudando a construir nuevas relaciones sociales, sin suplantar a la gente en la toma de decisiones (ética militante la podríamos llamar, tan absurda para la clase política) nos permite un mayor horizonte para el trabajo político, porque por primera vez el trabajo no depende del calendario del poder, sino del que podamos ir construyendo entre todos los que tengamos decisión de luchar.

Por eso pienso que el EZLN ha puesto tanto énfasis en el concepto de escuchar, durante todos estos primeros pasos que va dando junto con miles en la construcción de lo que ha llamado la Otra Campaña. Con el escuchar a los otros, el EZLN y la Otra Campaña están reivindicando y practicando el respeto a la gente como parte fundamental de la nueva forma de hacer política que se busca construir, para así poder ayudar en la transformación del mundo, desde abajo y a la izquierda.

Por eso, el escuchar como una de las prácticas fundamentales de todos los que quieren construir esta otra campaña, conlleva toda esa práctica del EZLN que desde su inicio no ha aceptado ser una isla, sino que busca siempre ser parte de un archipiélago. Del yo mismo autónomo y separado de los otros, a los pedazos distintos pero que conforman un todo, una guía dinámica para una práctica política interna, siempre relacionada con construir algo más junto con los otros. No queremos ser islas, pero tampoco continentes (fusionarnos en una sola cosa, siguiendo lógicas para hegemonizar y homogeneizar).

Los partidos, el gobierno, el sistema, plantean un mundo jodido de por sí, en el que nada se puede hacer para cambiarlo, más allá de conseguir la satisfacción en lo individual y bajo el modelo mismo que el poder nos impone. Frente al panorama de conformismo y desesperanza que el neoliberalismo pinta, la Otra Campaña plantea la rebeldía y la lucha como ventana hacia un mundo nuevo. Promover la rebeldía es invitar a los grupos que de por sí resisten, a que no sólo busquen sus demandas concretas, sino a que tengan en la mira las demandas de todos (ellos incluidos). Ello no implica desatender sus problemas y demandas en pos de las de los demás; implica integrarse en un modo de lucha que permita, en el ejercicio de una lucha concreta, luchar en otros lugares y por otras causas también; ser el reflejo de otras luchas. Y para esto, es fundamental escuchar a las otras luchas, aprender de ellas y junto con ellas ir construyendo nuevas.

Escuchar, entonces, pero desde la rebeldía y la resistencia colectivas, respetando la historia y la decisión de cada quien, luchando porque todos los que queremos construir un mundo desde abajo y a la izquierda recuperemos nuestra capacidad de decisión, en colectivo, será el aporte más significativo para ir transformando al sistema capitalista desde sus pilares, es decir, desde la transformación de las relaciones sociales basadas en el poder y en la relación mando-obediencia, en relaciones sociales basadas en la solidaridad real y por lo tanto en una lucha frontal contra aquellos que nos oprimen hoy en día. Entonces sí, la izquierda del siglo XXI será un referente para una transformación radical de la realidad.

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