Llegada a Coronda

Nos bajaron a patadas del camioncito de transporte de presos.

El milico gritó que bajáramos la cabeza hasta las rodillas, pusiéramos una mano en la nuca y la otra, sosteniendo el mono (1), en la panza. Y empezáramos a correr.

Yo corrí todo lo que pude, pero enseguida me empecé a cansar.

Como me había sacado los lentes para protegerlos, veía poco y nada. Y no aguantaba correr doblado, con la cabeza mirando el suelo, porque me mareaba y tropezaba a cada paso.

Me dejé caer.

En el suelo recibí una patada en la espalda, y de los pelos me volvieron a levantar. Volví a correr.

Sabía que al fin había llegado a la cárcel de Coronda pero no terminaba de entender por donde corríamos. Miraba desde el suelo para los costados y sólo veía unos largos, larguísimos, corredores que no terminaban nunca. De cuando en cuando atravesábamos portones con rejas.

Me dio rabia.

Cuantas veces, cuando en la Cuarta me ponían la capucha, había soñado con estar con la cabeza al aire libre y ahora, que no la tenía puesta, igual no podía ver por donde me llevaban.

No aguanté más la carrera y me volví a dejar caer. Otra vez las patadas y otra vez a correr; pero me había salido con la mía: en el suelo había ganado unos segundos y había recuperado algo de aliento.

Seguí corriendo, y seguimos pasando rejas.

Al fin llegamos hasta lo que parecía el final del pasillo. Me dejaron levantar la cabeza y un guardiacárcel sentado en una mesa me tomó los datos en un cuaderno escolar. Después me dio un número y me advirtió que desde ese momento era el interno 1794.

Que debía responder cuando así me llamaran, con las manos a la espalda y la cabeza gacha.

Me llevaron hasta una celda, abrieron la puerta de metal maciza, corrieron la traba y luego hicieron lo mismo con la barra que atravesaba todas las puertas de las celdas, la que se activaba desde afuera del pabellón, desde la jaula (2) de los guardias.

Me empujaron suavemente y entré a la celda.

Había una cucheta, un inodoro, una pileta, una mesita chiquita, un colchón y una almohada.

Nada más. Y estaba solo.

La celda era estrecha y no muy larga. Calculé que unos dos metros por tres. La puerta era maciza y al fondo había una ventana.

Al lado de la ventana un espacio en la pared con dos tablitas metálicas funcionaba como alacena para los enseres domésticos y como ropero para la poca ropa que teníamos.

La ventana tenía rejas; gruesas, por supuesto. Por la ventana se veía el cielo, que no es poco. Y más abajo una muralla. Por la muralla caminaban unos milicos (más tarde supe que aquellos verdes eran gendarmes).

Empecé a caminar y a pensar.

Ensayé acordarme Reportaje al píe del patíbulo (3) . Me había comprometido a guardarlo en la cabeza. Igual que en aquel cuento de Bradbury, Fahrenheit 451 (4), nos proponíamos conservar algunos libros en nuestra memoria.

Estaba en eso, en la parte que a Fucik lo llevan a torturar por enésima vez y vuelve destruido, cuando se oyó un ruido metálico. No me había dado cuenta pero la puerta tenía una especie de ventanita en su centro. Se abría para adentro y quedaba como una bandejita.

Por el agujero, se asomó un preso sonriente que llevaba una olla gigantesca montada en un carrito, y un cucharón enorme.

Me preguntó: -¿Vos sos Schulman, el del Pece de Santa Fe?

Ilusionado contesté rápido que sí, entonces el fajinero me dijo que -ahí mandaban los Montos y que a los del Pece no les daban ni de comer. Y completó la frase con fuerza -Jodete por ser bolche cerrando la ventanita con una carcajada.

Asustado, confundido, sin poder aceptar lo que se presentaba evidente, empecé a caminar en diagonal de un lado a otro de la celda hasta que la ventanita se volvió a abrir y el fajinero asomó la cara, más sonriente que antes. -No se asuste compañero, dijo.

-Yo también soy del Pece, soy Grafito el hijo de Rodolfo, el ferroviario de Villa Constitución; y te quiero decir que estamos muy contentos de tenerte con nosotros.

-¿Qué?, ¿que quiénes somos nosotros? Sencillo, la célula del Pece del pabellón seis y te vamos a ayudar en todo lo que podamos. Arriba tuyo hay otro camarada, el Chino del Swift de Rosario, pero ahora está castigado y se tiene que cuidar. Después te va a hablar por el caño del inodoro.

Puso un plato y me sirvió doble ración del rancho (5) de la noche: albóndigas con arroz. Me dio un jarrito, una cuchara, un tenedor y un cuchillo de latón. También un pan.

Me puse a comer y empecé a llorar de emoción: les había vuelto a ganar.

No éramos sólo un número. Seguíamos siendo militantes populares resistiendo en la trinchera que nos tocaba defender, la de nuestra propia identidad.

Y todavía estaba por verse quien ganaba esa partida.

Notas

(1) Atado de ropa .

(2) Recinto del pabellón, aislado de los presos por rejas.

(3) Julios Fucik fue un escritor comunista checo, que en la cárcel donde esperaba su ejecución escribe un cuaderno con relatos sobre los presos políticos bajo la dominación hitlerista de Europa Oriental que son salvados por un guardia y publicados póstumamente bajo el nombre de Reportaje al pie del patíbulo.

(4) El cuento de ciencia ficción de Bradbury relata las peripecias de un grupo de resistencia que intenta salvar algunos libros de las llamas de los bomberos encargados de quemarlos en una sociedad del futuro, dominada por una dictadura absoluta.

(5) Alimento de los soldados o presos.

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