María “Chichilco”: me casé con un primo a los 16 años

Entrevista Diario 1, 2013

Chichilco es una montaña con una altura superior a los 300 metros en el departamento de Chalatenango. Una mujer de 1.5 metros de estatura adoptó el nombre de ese cerro durante la guerra civil en El Salvador y hasta ahora lo conserva. Le gusta más que su verdadero nombre: María Ofelia Navarrete.

“María Chichilco” –actualmente viceministra de Gobernación− vivió la opresión política de los años 60, 70 y 80. Se fue un mes a una montaña hondureña a la espera de que pasara un operativo militar en Arcatao, Chalatenango. Después se mantuvo en la clandestinidad. Regresó a vivir a su pueblo después de 26 años.

Durante este tiempo fue combatiente de la otrora guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), encargada de hospitales clandestinos donde curaban a los heridos, coordinadora de logística y un sinnúmero de ocupaciones dentro de las filas subversivas. “María Chichilco” relató para Diario1 sus memorias en las que cuenta su sentir, pensar, cómo se convirtió en guerrillera, el amor de su vida, las ofensivas militares, la firma de los Acuerdos de Paz, su paso por la Asamblea Legislativa como diputada, y a que se dedicará cuando deje de ser viceministra de Gobernación.

Me gusta que me digan María y María Chichilco me gusta más. Chichilco viene de la guerra. Me mandaron para el cerro Chichilco en 1982. Era un cerro donde íbamos a construir un corredor guerrillero. Los compañeros me mandaban correos a nombre de María Chichilco. Después que me fui de ese cerro me quedó siempre María Chichilco, a mi me gustaba tanto.

Nunca estuve largo tiempo en un solo lugar. Una noche dormí aquí, otra allá, en otro lado. Así era mi vida.

Nosotros nos organizamos en la UTC (Unión de Trabajadores del Campo), que surgió en 1974 después del fraude electoral de 1972. Ya no creíamos en elecciones, pero de repente llegó Facundo Guardado a Arcatao con un discurso que a mí me gustaba porque no era electorero. Decía que los pobres teníamos que juntarnos para ayudarnos mutuamente. Yo tenía 24 años de edad.

Anteriormente había trabajado en una tienda, cuando era soltera, y el hijo mayor de la señora donde trabajaba era de oposición, del PDC, y a mí me encantaba el discurso de don Neto. Además, el era valiente, cualidad que tendrá vigencia toda la vida. Era el único hombre en Arcatao que se le paraba a discutir a la Guardia (Nacional). Por supuesto, no lo apaleaban ni lo mataban porque era hijo de la familia más pudiente en Arcatao.

El papá de él era una persona, no tengo palabras para describir su bondad, que se encargaba de un montón de necesidades del pueblo. Entre ellas, si un guardia iba a llegar a Arcatao había que irlo a traer desde la presa 5 de noviembre que son como 5 leguas (20 kilómetros). El se encargaba de mandarlos a traer.

Este hombre miraba eso como un avance dentro la seguridad, para evitar el cuatrerismo. Era una persona noble. Todo eso le valía a don Neto a que no arremetieran contra él. Sin embargo, en una ocasión lo echaron preso porque tuvo una discusión con un sargento. Pero rápido lo sacaron.

Ahí escuché las primeras ideas de lucha por los pobres. Y como yo era de ese pueblo pobre, me pegaba mucho ese discurso. Por tanto, pienso que esa es como la génesis de mi participación en la guerrilla.

Me casé a los 16 años. Muy joven. Amaba la escuela, pero sentía que estaba vedada para los pobres. Un primo comenzó a mentirme que me quería. Me casé con un primo. Al cura que estaba en el pueblo había que pagarle para poderse casar. Yo le decía a mi marido: con eso que pagó ya se paró la sangre, porque ya no éramos parientes.

Aunque no estaba inscrita en el PDC, militaba en forma activa. Me involucraba en elecciones. En las mesas receptoras de votos. Me peleaba con los guardias. Estoy hablando de las elecciones del 68 o 69, no recuerdo bien, pero los diputados y alcaldes hacían un período de 2 años.

En 1972 ganamos las elecciones, pero nos hicieron fraude. Le dieron el poder a Molina (coronel Arturo Armando Molina, del PCN). Entonces pensé que las elecciones eran una burla. Yo me podía la ley electoral de memoria, era joven apasionada, me discutía y sacaba todos los artículos, me los podía todos. Así logré detener en esa elección a un montón de hondureños que venían a votar; les habían dado cédula para que votaran. Conocía a toda la gente, los comencé a parar y entonces me echaron la guardia en Arcatao.

Me puse a discutir con los guardias. Les recordaba que ellos debían estar a tantos metros de las juntas receptoras de votos; y a la gente de honduras la paraba y les decía: miren hoy no van a votar aquí porque ustedes son hondureños, no les guardo rencor, pero cuando hagan elecciones en su país entonces votan. Esos eran los votos que ellos tenían para su candidato. Entonces, hubo una gran pelea y cuando nos hicieron fraude, yo sentí una profunda frustración, una gran desilusión y pensé: las elecciones son una burla para los pueblos, para qué voy a meterme en estas tonteras.

En 1974, llegó Facundo a Arcatao con la plática de la UTC. El era cooperativista, su papá y un montón de gente. Había cooperativistas más despiertos y hubo algunos curas que contribuyeron a que la gente pensara que ayudándonos mutuamente la vida es más fácil. Facundo nos dijo que la UTC era una organización de campesinos, que era terrible que los ricos nos explotaran, pero más terrible que entre nosotros no nos ayudáramos. Un discurso a cuya base estaba la solidaridad. Me encantó como no tienen una idea.

Había que hacer práctica de esto. Empezamos a ayudarnos unos con otros. Yo sentía eso tan rico, tan apasionado, que ya no había más. Recuerdo había compañeros que no tenían dinero para comprar un remedio para los hijos o la esposa que se les enfermaban y todos contribuíamos para comprar el medicamento.

Eso lo miraba muy lindo. Una actitud de esas es muy linda. Y luego la milpa; deshierbar tiene un período específico y si dentro de este no se hace no se saca maíz. La planta no da mazorca. Había compañeros que tal vez no podían hacerlo, entonces todos íbamos a ayudarle y en un par de horas, le limpiábamos la milpa. Y aquel guardaba gratitud para toda la vida.

Eso fue lo que me llevó a organizarme en la UTC. Después conocí un poco a un cura que lo quitaron; no había párroco, llegaban de Chalatenango a dar misa. Y empezamos a escuchar sobre la conformación de las comunidades eclesiales de base. No es mentira, cuando el cuerpo flaquea hay que fortalecer el espíritu.

Yo vivía a la par de la guardia. Esa fue una experiencia indescriptible. Vivir a la par donde torturan a los hombres, oír que los hombres lloran. Gritos por la capucha. Cuando no se tienen facultades para decirles ni siquiera que ya no les peguen, es un terror incomparable. Entonces yo sentía que era necesario luchar para que no siguiéramos igual.

Sentía angustia, impotencia terrible. Lloré un montón de veces, me metía los dedos en los oídos para no oír, pero siempre oía porque solo una pared nos dividía. Por eso soy enemiga de la tortura, porque los hombres amarrados, los seres humanos en general cuando están amarrados, ya están rendidos, no tiene nadie por qué atropellarlos más. Eso lo detesto.

Como miembros de la UTC, veníamos a San Salvador a participar en marchas a pedir que le bajaran los precios a los insumos agrícolas. En las cortas de café que nos hicieran una galera porque nos caían grandes tormentas. También comida, que les dieran arroz y frijoles a los trabajadores. Era una reivindicación pírrica. Pero los poderosos de este país han sido tan ciegos toda la vida lamentablemente. Quizás no se han sentido salvadoreños o más bien pensaban que el país era una finca de ellos y que todos los demás éramos sus peones, porque solo daban una tortilla con un puño de arroz chuco, ni lo limpiaban. Es así como me involucro en una organización popular.

Cuando nos tomamos el ministerio de Trabajo cantábamos una canción que decía: nosotros lo que exigimos es salario de 11 colones y también arroz, tortilla y frijoles.

En la medida que nos organizamos la presión también crecía. Pero nuestro lema era que a más represión más revolución o más lucha, pero juntos, porque individualmente lo llegaban a traer a uno en la madrugada a la casa y lo desgargantaban.

Hubo grandes casos de represión en Arcatao individual y colectiva. Cuando llegó monseñor Romero. En febrero de 1979, durante las fiestas patronales, a las 2 de la madrugada, llegó el Ejército y ordenó a la gente salir del pueblo dentro de las próximas 2 horas. Toda la gente se fue.

Yo me quedé. Tenía alguna relación con los guardias. Conversaba con ellos y mi suegro les prestaba un par de pesos cuando no tenían dinero y no les habían pagado. Manteníamos una relación como de guerra fría porque no nos querían pero tampoco nos agredían tan peladamente.

Después capturaron a unas religiosas mexicanas. Las dieron como desaparecidas un tiempo y luego las fueron a tirar allá por Guatemala.

Y nosotros en ese tiempo, cuando ellas las capturaron, íbamos a la celebración de la Palabra todas las noches. A mí encantaba porque era la comparación de la escritura con la vida. Se puede hacer un parangón con nosotros. Los hombres no se acercaban por miedo a que los mataran, y es que era verdad que los mataban.

Yo asistía todos los días pero no era celebradora porque mi marido nunca me iba a dejar a ir a sacar un cursillo y pasar días fuera de la casa. Tenía que hacer oficio en la casa y no era correcto que una señora casada anduviera por allá. Además, era una esposa sumisa, pues lo amaba tanto, sigo amándolo igual; soy bayunca todavía. El pobre hombre también ha tenido que soportar algunas cosas mías. Ahora tenemos casi 50 años de habernos casado.

Todos estaban atemorizados y acudía a la iglesia a buscar fortaleza. Mi casa estaba a una cuadra de la iglesia y para llegar tenía que pasar por el puesto de la Guardia. Me temblaban las canillas, pero todas las noches regresaba a la casa con más valor. Todos los días me decía mañana no voy a tener miedo, pero volvía a tener miedo.

Algunos guardias me decían: ya viene de cantar Cristo al Servicio de Quien. Les respondía: Fíjese que esa no me la sé, pero me puedo otras.

Después llegó monseñor Romero (Oscar Arnulfo) para dar respaldo a las monjas que se habían quedado. Metieron un operativo como no tienen idea. Fueron tan abusivos que en un retén que estaba a la entrada del pueblo, lo pararon, le hurgaron el carro, le levantaron la sotana.

En la iglesia no cabía ni un alma más. En cada una de las tres puertas de la iglesia se apostaron soldados y llegaron refuerzos de la Guardia. Montaron un operativo muy grande. Mi marido desde entonces ya no volvió a la casa y se fue a esconder a una propiedad de mi suegro. Algunos guardias me decían: porque ya no viene Ovidio, a lo que les respondía: se están robando el ganado y está cuidando. ¡Mentiras, no llegaba por miedo!, a los hombres los colgaban, si tenían suerte, y a otros los desaparecían.

Comencé a tener miedo porque un guardia me dijo: mire, cuando usted oiga hablar de un operativo, váyase porque la van a matar. El que nada debe nada teme, le contesté. Pero el insistió: no la vamos a matar nosotros, van a venir de otro lado.

Y después de eso hubo otro operativo. Había un lengón, gente que brota de la comunidad que se vuelven enemigos de su propio pueblo. Y les gusta ir a mentir para quedar bien con aquel, y también para ensañarse con alguien a quien le deben un par de pesos y así no le pagan.

Alguien les fue a decir al puesto de la guardia que venía la guerrilla. Llegaron refuerzos, y yo me fui. Eso fue el 9 de septiembre de 1979.

Me fui a huir a un cantón de Honduras que está a una hora de Arcatao. Ahí permanecí un mes aproximadamente. Después me mantuve en la clandestinidad. En esa época yo pensé: ya va a pasar y vamos a volver. ¡Ay Dios!, regresé a vivir a la casa en Arcatao en 2005, después de 26 años.

Parte II | Me hubieran dado lo del pasaje a Moscú para comprarle botas a la tropa

Las picadas de los mosquitos en la montaña le provocaron paludismo en nueve ocasiones. Su estado de salud era precario. La guerrilla la sacó del país y la envió a Cuba a recibir tratamiento médico. Después, la idea original era viajar de Nicaragua a Estados Unidos, pero el frente externo de la entonces guerrilla advirtió que la podían reconocer y sería arrestada.

De Managua salió hacia Moscú, donde participó en un congreso de mujeres latinoamericanas. Por insistencia de la esposa de Raúl Castro, María “Chichilco” habló ante unas 10 mil mujeres. Recuerda que dijo: “yo hubiera preferido que me dieran lo que valía el pasaje para comprarle botas a la tropa porque allá la tenemos sin zapatos”.

El 15 de octubre (1979) fue el golpe de Estado, un domingo por la noche. El día anterior mataron al hijo de don Neto Menjívar, hermano de Violeta (actual viceministra de Salud). Una semana antes le había enviado un papelito con un cipote porque leí una lista que la encabezaba Ernesto Menjívar Escalante. Decía: comunistas de Arcatao reciben sueldo de Cuba.

La lista la tenían en la Guardia (Nacional). Le advertía que se fuera porque lo matarían. El me respondió: Véngase, aquí todavía podemos vivir. Lo que hay aquí es una guerra de lenguas.

La siguiente semana mandé al cipote otra vez a que comprara una libra de carne al pueblo, pero era para que fuera a naricear algo. El cipote regresó rápido y me dijo: mataron al hombre aquel, al que usted le mandó el papelito. Y quien le ha dicho eso, le pregunté. No me han dicho, yo lo vi tapado con una cobija blanca, exclamó.

Nos fuimos a un cantón de Arcatao, de mayor altura, a una cañada. Ahí llegó la guerrilla y nos reclutó. Tenía una idea muy romántica de la guerrilla. Pensaba que era gente extraordinaria, y son extraordinarios, pero podía ser cualquiera. Cuando me plantearon la posibilidad de ser guerrillera, yo sentí rico. Adentro, les dije, vamos.

Anduve armada todo el tiempo. Aprendí a usar todo tipo de armas. Primero una 38, que era mía, me la compró mi marido. Después unos compañeros requisaron un checo. Con ese checo nos sentíamos reyes. Cuando teníamos el checo yo dormía lindo. Pensaba: tenemos la fuerza. Es increíble la moral de uno.

Al principio, arma propia solo podía ser una pistola, que la comprara uno. Pero las prestábamos a todos. El que tenía zapatos buenos, los prestaba a quienes los tenían rotos cuando iban a una operación.

Yo siempre estuve en las FPL. Cuando ya había más fusiles, tuve un M-16, pero ya no era combatiente. Lo fui poco tiempo, desde finales del 79 hasta después de la ofensiva del 10 de enero de 1981.

En esa ofensiva, por suerte no nos mataron. Podíamos ser muchos pero pobres en armamento y técnicas guerreras. Ellos también porque nunca habían tenido una guerra interna.

En la ofensiva del 81 me tocó ir a la entrada de Chalatenango. Me mandaron por El Jícaro, por una montañita. Entonces sí ya éramos combatientes. También antes de esa ofensiva porque había que pelear con la gente de Orden. Los de Orden eran aguerridos, defendían su posición hasta que terminaban su último cartucho.

Dejé de ser combatiente porque los jefes de entonces me sacaron de ahí. Me pusieron a coordinar un hospital clandestino. No era enfermera pero sabía inyectar, primeros auxilios, podía poner un suero, detener una hemorragia. Estaba en la Cañada, un cantón de Arcatao, recién pasada la ofensiva.

Me sacaron de ahí, me metieron en una estructura con Germán Serrano (un compa que murió en el 92, de un aneurisma congénito). Era un hombre aguerrido A el lo mandaron a dirigir las tropas. Teníamos 3 campamentos, uno en la Cañada, otro en Chupamiel, y en El Portillo, con 3 pelotones, de masas, porque éramos solo gente apasionada. Estábamos estructurados como guerrilla pero no teníamos armas, uniformes ni zapatos.

Él me sacó del hospital y me puso de jefe político militar del destacamento de fusileros 2. Ahí siempre hacía una cosa y otra, como La chimoltrufia (personaje de televisión cómico). Ese año rugimos de hambre porque por estar preparando la ofensiva del 81 no sembramos maíz.

Me pidieron que organizara el poder popular, era un equipo para administrar la vida en los frentes de guerra, porque en la ofensiva del 81 hubo un montón de gente que se alzó al calor de la ofensiva pero no triunfamos. Había que organizar la vida de esa población. La vida no se acababa, la gente siempre se casaba, tenía niños, comía, dormía, se enfermaba.

Todo oscilaba alrededor de la lucha armada. La organización política y social estaba para fortalecer la lucha armada. Siempre tuve misiones. Por ejemplo, ya no era la jefa de un hospital, pero tenía que ver con todos los hospitales. No era jefe de milicias, pero tenía que ver con todos los milicianos.

En el 81, el jefe militar fue Germán, después la compañera Susana, hermana de Lorena Peña. Después tuvimos a Douglas Santamaría Linares, pero el jefe de todos era Ricardo Gutiérrez. Luego a Dimas Rodríguez, que era el segundo de nuestra organización.

Durante la ofensiva de 1989, se nos encargó la misión de detener al Ejército en Chalatenango para que no fuera a San Salvador, donde era la gran batalla. Yo no fui a la ofensiva de San Salvador.

En Chalatenango, los comandos del norte tuvimos un combate a muerte con el ejército. Había que sostenerlos para que no fueran a reforzar a San Salvador. Esos días fueron más tensos, acalorados.

Antes del 89 estuve en el volcán de San Salvador. Prácticamente no tenía una tarea asignada. Llegué caminando desde Chalatenango. Iba a salir fuera del país a una misión a Estados Unidos. Me sacaron del frente caminando de posición en posición hasta que llegué al volcán. Caminé varias noches.

Estuve varios días en el cerro El Sartén en Joya Grande, de Apopa. Después llegué al volcán. La gente del frente externo quería que fuera a una gira a Estados Unidos. Me iban a arreglar papeles. Logré salir del país y llegué a Managua el 28 de febrero de 1987, y el 8 de marzo mataron a una de mis hijas aquí. Murió en una emboscada. También era combatiente, sanitaria y zapadora, el que sabe poner y quitar minas.

Me mandaron a Cuba porque iba con una gran anemia. En el 85 me dio nueve veces paludismo. Era un paludismo persistente, ya lo tenía en el hígado. Me mandaron a Cuba a recibir tratamiento. Allá me dieron de comer bueno para restablecerme un poquito. De ahí me fui a Managua, de donde saldría hacia Estados Unidos.

Cuando estaba en Managua, hubo una invitación al FMLN para un congreso mundial de mujeres en Moscú y la jefa del frente externo era Lorena Peña. Ella dijo: no hay nadie más representativo del Frente que María; que vaya ella. Imagínense yo saliendo del charral.

Yo sentía que era una pasarela, un montón de gente exhibiendo sus vestidos. Éramos 10 mil mujeres. La esposa de Raúl Castro, que ya murió, dijo: yo quiero que hable María. Quizás Lorena algo le había hablado o supo de mí cuando estuve curándome en Cuba. Y qué puedo hablar yo, le respondí. Di cualquier cosa, me dijo.

Entonces hablé: Imagínense, vengo saliendo del monte. Yo hubiera preferido que me dieran lo que valía el pasaje para comprarle botas a la tropa, porque allá las tenemos sin zapatos.

No contaba con la preparación para ir a un foro de esos, pero tenía el peso que iba del Frente.

Cuando regresé de allá, decidieron no mandarme a Estados Unidos porque dijeron que había como 300 periodistas y más de alguno me iba a conocer y me podían capturar.

Eso fue en el 87. Pero para aprovechar la salida me mandaron a un curso a Vietnam. Ese fue un curso bonito porque era de tácticas guerrilleras. Llegué a Vietnam a finales de agosto y regresé a finales de diciembre.

Durante el proceso de paz los mensajes nos llegaban a la montaña en clave por medio de radio o papeles. Nos decían cómo iban las negociaciones. Llegó Chus a visitarnos para informarnos sobre cómo iba la negociación y nos aseguró que guerra se terminaría. Francamente no creía eso.

En esa visita nos mataron a Chus, cuyo nombre real era Antonio Cardenal, un compañero jesuita nicaragüense que estaba con nosotros.

Para la desmovilización tuve un temor grandísimo porque las tropas estaban concentradas y nos podían bombardear. Pensaba: nos van a matar un montón de tropa y por eso vamos a volver a la guerra.

Después había que destruir los fusiles. Quebrarlos enfrente de la ONUSAL. Yo lloré cuando los destruimos.

Yo no entregué ni un fusil. Yo tenía mi pistola 9 mm, esa no había que entregarla. No usaba fusil porque no me gusta la ostentación. Prefería una pistola 9 mm, esa pistola es buena, pegaba algo bien.

Después de la desmovilización de la tropa, comenzamos a organizar el FMLN en partido político. A finales del 92 era parte de la comisión política del Frente y me asignaron la coordinación en Chalatenango.

En el período 1997-2000 fui diputada de la Asamblea Legislativa. Quedé desilusionada. La experiencia en la Asamblea no me gustó. Yo entendí que ahí todo se hace en función de votos. Puede ser que yo no sirva para hacer ese tipo de lucha.

Asistí a un seminario sobre el aborto desde la visión de salud, religiosa y social. Fue un taller grandioso para mí. Me encantó por estar relacionado con el sentir y pensar de las mujeres. Perdónenme, pero aunque los hombres nos amen nunca sabrán que es un dolor de vientre por una regla. Nunca sabrán eso, gracias a Dios. Por eso no tienen el criterio que tenemos las mujeres.

Pertenecía a las comisiones de la Familia, la Mujer y la Niñez; y en la de Municipalismo, las que no llaman prensa. Como diputado uno va descubriendo eso. Otros se pelean por estar en Hacienda, Legislación. Uno es tontito pero no tanto, esas cosas uno las va captando. Lamentablemente es igual en todos los partidos.

En noviembre, discutimos qué hacer en el día de la no violencia contra la mujer. Propuse la despenalización del aborto terapéutico. Si le dicen que un garrobo tiene en la barriga, es de justicia que se lo saquen.

La gente de la Fundación Sí a la Vida levantó un gran escándalo. Y entonces nosotros tuvimos que votar por Sí a la Vida. Tuve algunas reprimendas de parte de mis compañeros diputados porque me dijeron que no tenía que meterme en esos temas. Y yo pensé: me voy a la chingada de aquí.

No estaba acostumbrada a vivir con tanto pisto. Yo tenía mis trapitos que me los hacían en Guarjila, el cantón donde vivo por ratos. Nunca llegué a la Asamblea vestida de otra forma porque sabía que al salir de ahí seguiría siendo María Chichilco. No me puedo crear un estatus que no lo puedo sostener. Cuando uno reniega de su realidad, se convierte en chipuste pegado con saliva. Uno debe ser feliz de lo que es.

En el ministerio de Gobernación estoy contenta porque se hacen más cositas. Trabajo con los gobernadores. Hay problemas de la gente que se pueden resolver con la ayuda de los ministerios.

Cuando deje de ser viceministra, a partir de junio próximo daré clases. En el 2000 saqué un profesorado, me gradué en el 2003.

Todo funcionario debe ser siempre parte del pueblo. Somos simples mortales. El que se infla se le olvida ese detalle. Después de tres días de muertos, ni nuestra madre nos quiere tener en la casa. La muerte es parte de la vida. Lo que pasa es que uno no quiere aceptarla, porque la vida es amable aunque se aguante hambre.

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