Maria Guardado

María Guardado

Gabriel Lerner

13 de octubre de 2005

Su foto apareció —el semblante grave, ceñudo— en una portada de La Opinión sobre una manifestación en que pedían mejor trato a los presos de El Salvador. Llamó la atención de varios colegas: esta mujer, dijeron, aparece en todas las protestas y eventos populares. Tiene una historia que contar.

Ésta es la historia de María Guardado. Es semejante, aunque más dolorosa, a la de centenares de miles de angelinos que llegaron de Centroamérica durante “la guerra”.

El relato ya se publicó: la historia de su secuestro y tortura en manos de esbirros inmunes en San Miguel. Su llegada a Los Ángeles.

“Santuario”, un movimiento del fallecido padre Luis Olivares de la placita Olvera, desafiando a las autoridades abrió las puertas de las iglesias a ella y a otros refugiados políticos.

Muchos años después, el cineasta Randy Vásquez documentó en Testimonio, la Historia de María Guardado, el regreso de la mujer a El Salvador en 2001.

En Los Ángeles, Guardado mantuvo una vida sencilla, interrumpida para repetir su testimonio. Llevó “el mensaje de dolor para aumentar la oposición a la ayuda de Estados Unidos a los gobiernos de esos países”. Así, hace 20 años, recorría universidades, iglesias y colegios narrando cómo, el 12 de enero de 1980, fue secuestrada y torturada durante tres días por los escuadrones de la muerte. “Querían nombres y direcciones de los compañeros, me ofrecieron dinero y enviarme a la frontera a cambio”.

La dejaron por muerta. Quedó destrozada, física y mentalmente. La cadera quebrada, la columna y un brazo roto, toda magullada. Las cuerdas vocales dañadas. El espíritu, entero. Quedó sin dientes ni muelas. “Alguien aquí me ayudó a pagar para arreglarlos”.

Pasó más de un cuarto de siglo, pero cuando lo cuenta, se quiebra su voz.

Guardado, una mujer menuda y fuerte de 70 años, personifica a quienes, como ella, arribaron de Centroamérica ya formados, huyendo de un horror casi inenarrable, y que durante lustros soñaron con que mañana regresaban a casa. “Nos decíamos que para qué aprender inglés si ya volvemos. Y como no sé inglés, no activo con los anglos”. Muchos eran refugiados políticos. Otros vinieron por su propia voluntad. Trajeron la visión de una sociedad mejor, igualitaria, hoy lejana, casi de ensueño.

Al mismo tiempo, María Guardado es parte orgánica de Los Ángeles. Vive en una casita rosada en un barrio hispano y popular. En 1997, fue una de las demandantes originales contra la Dirección Metropolitana de Transporte (MTA) que formaron el Sindicato de Pasajeros (BRU) para que se pusieran más autobuses en las calles y se diera mejor servicio. “Conseguimos mucho; antes los buses pasaban llenos y no paraban”.

Es integrante de la Iglesia Unitaria, que “está dedicada a la justicia social”, y dice que “el camarada Cristo nos enseñó a luchar”. Entre otras tareas, es activa en la Coalición de Apoyo a los Sobrevivientes y por la Abolición de la Tortura (TASSC).

Poco después de haber llegado, buscó trabajo. “Pero cuando estaba trapeando me caía y no me podía enderezar, y quedaba corva, porque tenía la cadera y el brazo fracturado. No pude trabajar”.

“En la placita me daban unos trabajitos cuidando niños. Luego me consiguieron ayuda social y finalmente Seguro Social. Así vivo.”

Guardado insiste en enviar un mensaje: al pueblo de Estados Unidos le dice que se solidarice con las luchas de los pueblos pobres que bregan por la justicia social. “Nada se puede conseguir sin la solidaridad del pueblo estadounidense”.

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