PCS: 35 AÑOS DE LUCHA HEROICA

(El 35 aniversario del Partido Comunista de El Salvador) Por Alberto Gualán*

Los 35 años de existencia del Partido Comunista de El Salvador han sido años de lucha heroica tenaz contra el imperialismo extranjero y la reacción interna; de grandes éxitos y de serias derrotas; de difícil pero inquebrantable formación de un autentico partido proletario, de un partido revolucionario capaz de ser el dirigente reconocido y prestigioso de las masas populares de nuestro país.

I. El Partido Comunista de El Salvador nació en los agitados años de la crisis de 1929-1933 que provocó un auge del movimiento revolucionario en muchos países de América latina. A poco de su fundación (marzo de 1930) el PCS dirigido por Farabundo Martí, compañero de lucha de Sandino, se convierte en uno de los partidos políticos más influyentes de la nación. A comienzos de 1932 encabezó a insurrección de los trabajadores salvadoreños contra la dictadura reaccionaria del general Martínez. Esta fue la acción revolucionaria más importante de la década del treinta en Centroamérica.

A pesar de la gran amplitud del movimiento y de los éxitos iniciales de los sublevados, la contrarrevolución contó con fuerzas superiores. Valiéndose de los errores militares y políticos cometidos por la joven dirección del Partido, el ejército reaccionario aplastó la rebelión. Después vino una bárbara matanza. Fueron brutalmente asesinados más de 20,000 obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales. Pereció casi toda la dirección del PCS. Esta represión, sin precedentes por su ferocidad, asestó un fuerte golpe al movimiento revolucionario en toda América Central. En El Salvador la masacre hizo posible el afianzamiento del régimen de tiranía militar, que, con ciertas intermitencias, dura ya un tercio de siglo. Varias veces han cambiado las figuras que lo encabezan, pero su esencia reaccionaria sigue invariable. Sus métodos se suavizan durante algunos periodos, pero se hacen duros y feroces cada vez que la ola revolucionaria crece.

Sin embargo, las represiones no han podido hacer desaparecer al Partido Comunista de El Salvador. En marzo de 1965 se han cumplido de su ininterrumpida existencia llena de dificultades. Durante todos estos años el PCS ha participado activamente en las luchas de nuestro pueblo, aunque no siempre en condiciones de dirigirlas. La extrema pequeñez a que se vio sometido por la matanza, el constante acoso por parte del enemigo, la insuficiente experiencia revolucionaria y la enorme deficiencia teórica condujeron al Partido por un periodo de fraccionamiento. Surgieron el “·obrerismo” y el “intelectualismo” como corrientes ideológicas que minaban su unidad y nutrían al fraccionalismo. Aparecieron también en su seno concepciones erróneas acerca de los vínculos con las masas y del papel de esos vínculos para su propio desarrollo. Se consideraba que divulgar la existencia del Partido e impulsar, sobre esta base, la lucha de los trabajadores, equivalía a “provocar” al enemigo, “capaz de aplastar al PCS en cualquier momento.” Tales concepciones constituían el núcleo de la línea táctica que predominó de hecho durante la mayor parte de su vida. Esa línea tenía su expresión concreta en el silencio absoluto de la propaganda del Partido, en la no circulación fuera de las filas partidarias del periódico del CC (cuando este se imprimía, que no era siempre). Y lo que es peor esta línea influyó de manera perniciosa a la hora de elaborar las fórmulas necesarias para abordar las diversas tareas del partido entre las masas. He aquí dos ejemplos:

1) “Lo primero es fortalecer al Partido. Una vez que este sea fuerte, se podrá divulgar su propaganda e impulsar la lucha de masas.” Esta formulación, que resumía todas las tesis tácticas enunciadas en el periodo siguiente al aplastamiento de la insurrección de 1932, reaparecía cada vez que pasaba una nueva represión.

2) “Primero organización y después huelgas.” Esta fórmula, elaborada para normar la actuación del Partido en el movimiento sindical entre 1947 y 1951, a continuación del gran auge huelguístico de 1945, bárbaramente reprimidos por el Gobierno del general Salvador Castaneda Castro, sirvió de hecho para frenar los marcados impulsos a las huelgas que mostraban las masas.

Así, el nexo dialéctico entre la lucha de masas y el desarrollo del Partido estaba roto. De aquí que los vicios frecuentes en el desarrollo inicial de todo partido comunista se prolongaran durante decenios en el PCS; el trabajo “artesanal” en organización y conspiración, el sectarismo, los bandazos de izquierda a derecha y viceversa; el estancamiento casi absoluto en crecimiento numérico, la formación espontanea de los cuadros, el pobre conocimiento del marxismo-leninismo, la falta de un centro dirigente proletarizado y experimentado, etc.

Exceptuando algunas ocasiones y breves periodos, durante los cuales la prensa y los pronunciamientos partidarios llegaron al pueblo, la participación del Partido en la lucha de masas se realizaba solamente a través de las actuaciones de algunos de sus miembros. La línea y las direcciones de Partido en cada caso eran desconocidas.

Algunos comunistas conquistaron así fama personal, autoridad y prestigio. Como el Partido era débil y la extracción social de su membrecía era predominantemente pequeñoburguesa, la formación comunista de sus miembros vagaba por los caminos de la espontaneidad. Este “personalismo” condujo a menudo a consecuencias dolorosas. Destacados militantes se descompusieron bajo la influencia enemiga y terminaron pasándose a su lado, o sumiéndose en la placida inactividad. En tales condiciones se retrasó durante más de 20 años la formación de un núcleo dirigente proletarizado. El proceso normal d acumulación y sintetización de la experiencia revolucionaria se vio obstruido por las mismas causas.

II. El estancamiento en el desarrollo del partido y su aislamiento de las masas se veían quebrantados durante los periodos de auge en la lucha de clases. En esos tiempos un mayor numero de miembros y organismos se ligaban a las masas y recibían su bienhechora influencia. Asimismo, algunos combatientes proletarios y populares en general, destacados y seleccionados por la lucha llegaban a las filas comunistas. Tales influencias de la lucha de clases sobre el Partido iban abriendo gradualmente el camino a vínculos más variados y estables con las masas y preparando las condiciones para que, por fin, se rompiera el viejo estilo tímido de trabajo, el fraccionalismo, el encerramiento y otras debilidades. Por ello, la inactividad del Partido en estos periodos debe ser analizada más detalladamente.

El 2 de abril de 1944 estalló una insurrección militar y popular contra el Gobierno del general Martínez que ya llevaba 13 años ejerciendo su sangrienta tiranía. Los errores políticos y militares de los cabecillas burgueses permitieron que el tirano se impusiera después de algunos días de combate. A continuación de la derrota vino el terror de los fusilamientos y la cacería en las calles. Pero la respuesta de las masas al terror fue el redoblamiento de su combatividad y, así, de la derrota de la insurrección se pudo pasar a la huelga general política que el 9 de mayo precipitó la huida de Martínez.

La influencia de las luchas del 44 en el PCS consistió principalmente en que sellaron su unidad interna, acabando así por completo con el espíritu fraccional que dominaba hasta entonces, pese a que ya se había alcanzado la unificación formal de las fracciones a comienzos de 1940, con la formación de un solo Comité Central.

Ejerció también gran influencia en el desarrollo del Partido el intenso movimiento huelguístico de 1946, que sentó las premisas para el trabajo de reorganización del movimiento sindical emprendido en los años siguientes. Este trabajo tuvo que realizarse clandestinamente hasta diciembre de 1948. Al cambiar las condiciones políticas por un nuevo golpe militar a mitad de este mes, el partido orientó a los organismos sindicales clandestinos a salir a la luz pública para plantear de manera abierta la lucha por la legalidad de los sindicatos y por otras conquistas en el terreno del derecho laboral. El resultado fue que en poco tiempo el PCS pudo ocupar posiciones dirigentes en el creciente movimiento sindical.

Las nuevas condiciones d e la lucha hicieron cambiar poco a poco los métodos del trabajo del Partido. La activación de la labor sindical planteó la necesidad imperiosa de transformar la estructura de las células. A las filas del PCS llegaron muchos nuevos miembros (aunque pocos en comparación con las magnificas posibilidades), reclutados entre los más destacados huelguistas y organizadores. Así, pues, en el periodo de luchas y organización de la clase obrera (1946-1952) se reforzaron los vínculos orgánicos del Partido con las masas. Estos progresos crearon las condiciones para que comenzara a romperse el silencio de tantos años en la propaganda del Partido. En 1951 se inicia la publicación regular del periódico La Verdad, así como la distribución frecuente de pronunciamientos del CC del PCS sobre los más importantes hechos de la vida nacional e internacional.

Pero la nueva ola de represión brutal que en septiembre de 1952 se lanza contra el PCS, dio comienzo a un nuevo periodo de debilidad del Partido y de retorno a los viejos esquemas tácticos. Cesó de publicarse el periódico y dejaron de aparecer los pronunciamientos.

La fuerza de las concepciones tácticas del encerramiento consistía en que la práctica las confirmaba aparentemente, siempre partiendo de un análisis superficial. Durante mucho tiempo se sostuvo en el Partido la opinión de que su debilidad era la consecuencia irremediable y objetiva de las reiteradas represiones sufridas desde el año 1932. La nueva ola de terror del año 1952 constituyó un argumento “práctico” más a favor de los planteamientos sectarios. Pero años más tarde la vida puso de manifiesto la inconsistencia de esas tesis aislacionistas. Durante los años 1960-1963, el PCS soporto una represión muchas veces más prolongada, más extensa y más dura que la de 1952 y, sin embargo, no solo no fue debilitado, sino que pudo crecer como nunca antes y multiplicar sus vínculos y su influencia entre las masas. Esto fue así porque el auge revolucionario prolongado (1958-1962) y las nuevas características de la situación internacional permitieron romper con las antiguas concepciones tácticas heredadas de la gran masacre y alimentadas por las reiteradas represiones. Lo que en 1952 permitió al enemigo debilitar tanto al Partido e imponerle tan grandes retrocesos fue precisamente el hecho que esas concepciones tácticas no hubieran sido superadas totalmente, aun cuando se habían dado ya importantes pasos prácticos encaminados hacia la elaboración de una nueva política. En particular fue extraordinariamente funesto a la hora de la represión el no haber contado con un número mayor de miembros del Partido y un número mayor de cuadros. La influencia que habían ganado los comunistas con su abnegado trabajo e reorganización del movimiento sindical no se había traducido en un considerable crecimiento de las filas del Partido. De modo que bastó que la policía hiciera presos a unas cuantas decenas de camaradas para que el Partido quedara aislado de las masas y sus organismos sumamente debilitados.

III Desde 1958 comenzó a perfilarse un nuevo y prolongado flujo revolucionario en El Salvador, llamado a ejercer una profunda influencia en el desarrollo del Partido Comunista. Este flujo venia determinado objetivamente por el inicio de una crisis económica, a partir de la caída de los precios internacionales del café (que para El Salvador representaba el 85% de sus exportaciones). La crisis se prolongó hasta fines de 1962 y tuvo su punto más profundo durante la segunda mitad de 1960 y todo 1961.

Los principales factores que ayudaron al desarrollo de ese flujo revolucionario provenían de la arena de la lucha de clases al interior del país y en escala mundial.

En lo nacional se destacaron los siguientes factores, y en gran medida también efectos, del auge:

1. Los progresos alcanzados en la organización y unidad del movimiento sindical, que permitieron crear una Central Única en 1957 (esta Central fue dividida más tarde por los agentes del imperialismo).

2. El incremento de la lucha reivindicativa de la clase obrera a fines de 1958 y todo el 59, que se fue convirtiendo en lucha contra el Gobierno, en lucha política.

3. Los progresos hacia la izquierda en el movimiento estudiantil universitario que se dejaban sentir por medio de su agitación de calle.

4. La creación de nuevas organizaciones democráticas: una de mujeres en 1956 y otra de la juventud en 1958. Estas organizaciones contribuyeron en medida importante a despertar y a educar políticamente a numerosos activistas y cuadros que más tarde jugaron y continúan jugando un papel de primer orden en la lucha popular.

5. La organización de un partido progresista de masas durante lo años de 1959-1960 que educó políticamente a masas amplísimas en todo el país.

6. La frecuenta realización de concentraciones y manifestaciones populares promovidas por las diversas organizaciones democráticas en solidaridad con las luchas de muchos pueblos latinoamericanos y del resto del mundo.

Desde la palestra internacional nos llegó la inapreciable influencia de los éxitos de los países socialistas, de la victoriosa lucha de liberación nacional en África y Asia, del despertar de los pueblos de América Latina a la lucha masiva contra el imperialismo yanqui. Profunda repercusión y fuerza orientadora tuvo en nuestro país el triunfo de la revolución Cubana y su impresionante progreso hacia las posiciones antiimperialistas radicales y, posteriormente, hacia las posiciones del socialismo.

En lo que se refiere a la organización y dirección de la lucha de los trabajadores, el papel principal correspondió, sin duda, a nuestro Partido. Pero al principio su trabajo siguió adoleciendo de antiguas debilidades: nos e lograba incorporar a la actividad práctica más que a una parte reducida de los organismos y miembros de base, los cuales continuaron en su mayoría haciendo vida hacia adentro; no se publicaba el periódico del CC, ni se distribuía una sola hoja de propaganda calzada con su nombre, no se traspasaban los limites “prudentes” en la dirección del movimiento sindical, limitándose en gran medida a orientar los conflictos laborales que habían madurado espontáneamente.

Hacia fines de 1960, al agravarse la crisis económica y al llegar a lucha de masas a cierto grado de organización, combatividad y extensión, el país desembocó en una crisis política de larga duración que en sus momentos de mayor agudeza llegó a configurar una situación revolucionaria.

Una salida popular y democrática para la crisis económica habría exigido radicales reformas a la estructura agraria semifeudal; un régimen tributario que recortara a fondo las exuberantes ganancias de los grandes burgueses nacionales y extranjeros; la eliminación de todos los privilegios al capital monopolista yanqui; una progresiva industrialización de contenido nacional liberador; un comercio internacional libre de barreras; asentado en grandes negocios con los países socialistas; una reforma jurídica orientada a asegurar el respeto y la ampliación de las libertades y derechos democráticos. Pero el Gobierno del coronel José María Lemus, entonces de turno, representaba a la gran burguesía intermediaria y era lacayo de los imperialistas norteamericanos. Por eso, en ves de aplicar una política como la esbozada, caminó por la dirección contraria, y lo hizo además muy torpemente.

Como todas las medidas del Gobierno en vez de mejorar la situación de las masas, la agravaban y consiguientemente, en vez de rebajar su movilización y combatividad, la encendían, Lemus decidió lanzarse francamente por el camino de la represión masiva (agosto-septiembre de 1960).

La respuesta a la represión fue una súbita crecida de la movilización popular de calle, los choques con la policía, el reforzamiento de la unidad de acción entre todas las fuerzas opositoras.

El sector derechista de la oposición, representativo de las capas medias dela burguesía agraria y de ciertos grupos de latifundistas, asustados por la perspectiva de una victoria a lo Cuba (sobrestimando, por cierto, la existencia de tal posibilidad inmediata) se orientó a conseguir a toda costa un golpe militar “preventivo” contra Lemus, para instalar un Gobierno que hiciera algunas concesiones democráticas y abriera así la salida a la crisis política sin riesgos revolucionarios. En sus trabajos conspirativos, este sector logró arrastrar a ciertos núcleos pequeñoburgueses muy activos, incluyendo una parte del movimiento estudiantil universitario. En estos grupos había elementos avanzados partidarios de las alianzas con los comunistas. El golpe militar se produjo el 26 de octubre con todo éxito, prácticamente si disparos y sin derramamiento de sangre. Ese día quedo instalada de la Junta de Gobierno Cívico Militar compuesta por tres elementos civiles y tres militares.

El PCS desempeñó un papel central durante todo el periodo de batallas populares contra el Gobierno Lemus. Fue nuestro partido el que más contribuyó a la unidad de las fuerzas opositoras, y fue su orientación táctica y la aplicación de ella, en condiciones que imponían riesgos enormes a cada militante, lo que más ayudó a que se realizaran las incontables manifestaciones y concentraciones que, una y otra vez, chocaban con los cuerpos represivos. Esto hizo imposible que el Gobierno recuperara el dominio completo de la situación. Además, toda aquella enorme movilización de masas fue posible, en gran parte, porque durante los tres años anteriores nuestro Partido había aplicado una línea correcta al crear o contribuir a crear organizaciones democráticas, que asumieron la tarea de orientar al pueblo en las innumerables acciones de calle.

La gran lucha popular contra Lemus ejerció una fuerte influencia dentro del Partido, significó un nuevo y poderoso impulso al proceso de superación de sus debilidades. Las lucha de los meses y años siguientes profundizaron esa tendencia. Las luchas contra Lemus comenzaron a sacar a la luz nuestra propaganda y a abrir nuestra puerta al reclutamiento. El rompimiento con as antiguas tácticas no era todavía, empero, ni completo ni consciente.

IV. El derrocamiento del Gobierno Lemus significó que la crisis política entraba en una nueva fase cuyos rasgos característicos eran: una fuerte agudización de la crisis económica, provocada por la fuga de capitales al extranjero; la conspiración de los círculos militares, de la embajada norteamericana y de la oligarquía contra el nuevo Gobierno; la continuación de la lucha de masas, orientada ahora principalmente contra los conspiradores, por la ampliación de los derechos democráticos y por la liquidación del viejo aparato de la tiranía militar. El papel objetivo y l actividad práctica del nuevo Gobierno eran contradictorios. De un lado, ese Gobierno surgió en el transcurso de la lucha popular y se vio obligado a prometer a las masas que aplicaría una política democrática. Y, de otro lado, en el predominaban los representantes de los grupos de la burguesía agraria que habían organizado el complot, mientras la dirección de las fuerzas armadas quedaba en manos del ex presidente coronel Osorio.

La Junta Cívico Militar no estuvo en el Poder el tiempo suficiente para destruir por completo el equilibrio entre estas dos tendencias contradictorias.

La posición de nuestro Partido frente a esta Junta Cívico Militar fue la de llevarle apoyo popular ante la conspiración de la reacción, al mismo tiempo que hacia enormes esfuerzos para organizar y movilizar a las masas rurales y apoyaba activamente la sentida demanda democrática de la población de todos los municipio del país por un cambio de alcaldes y cuerpos edilicios (los cuerpos municipales en ejercicio habían sido impuestos por el fraude de Lemus en las elecciones de abril de 1960).

Los sectores centristas y derechistas que lucharon contra Lemus exigían el cese de nuestras actividades en el campo y en las localidades. Las discrepancias en torno a este problema terminaron rompiendo el frente único formado en 1959. Ciertamente, lo unidad no se rompió en la fundamental a causa de nuestros errores, sino de los intereses de clase que estaban en juego. La ruptura del frente único era inevitable porque en el se encontraban representados determinados grupos de latifundistas y burgueses agrarios, irreconciliablemente enemigos de la organización de los campesinos y asalariados del campo. Pero un trabajo más flexible y agudo de parte nuestra habría permitido aislar a los sectores derechistas y atraer o conservar neutrales a los centristas. Todo ello habría permitido enfrentar el golpe militar en mejores condiciones.

Por su parte, el Gobierno, tratando de salvarse de la conspiración, comenzó a virar hacia posiciones más francamente derechistas y anticomunistas. Esto se vio claramente después de la ruptura del frente único. Los hechos demostraron que los imperialistas norteamericanos exigían, más que un Gobierno acomodaticio y dócil, un puño militar directamente bajo su control, que no vacilara en reprimir en toda la línea al crecido movimiento popular. No es casual, por tanto, que el 25 de enero de 1961 se produjera el golpe cuartelario al gusto y medida de la Misión Militar de los EE. UU. Y bajo su dirección. En lugar de la Juta de Gobierno Cívico Militar apareció el Directorio Cívico Militar, compuesto por representantes de la oligarquía y testaferros directos del imperialismo norteamericano. (Pocos meses más tarde se rompería este aparente idílico matrimonio entre el imperialismo y la oligarquía bajo los golpes de la demagogia reformista de la política kennedina de la Alianza para el Progreso. A partir de entonces, el Directorio Cívico Militar quedo exclusivamente formado por agentes del imperialismo.)

Pero los propósitos de los conspiradores de colocar a las masas populares frente al hecho consumado fracasaron. Miles de trabajadores, centenares de estudiantes y otros elementos de las capas medias se lanzaron el 25 de enero a las calles de la capital intentando reponer en el Poder al gobierno derrocado. Llegaron hasta las puertas del único cuartel que parecía no haberse decidido aun en favor de los golpistas y durante horas reclamaron allí inútilmente armas para combatir. El ánimo insurreccional se respiraba por todas partes en la capital. De nuevo la pequeñez del Partido y la antigua estrechez de su táctica demostraron ser el obstáculo mayor para asegurarle la dirección de la lucha y darle a esta posibilidades de victoria.

Sin embargo, inmediatamente después de la victoria de la reacción quedo claro que los únicos que podían permanecer siempre fieles a las masas, aun bajo el terror desplegado de la tiranía militar, éramos los comunistas y las organizaciones orientadas por nosotros. Todos los demás partidos y grupos políticos dieron la espalda a las masas y se dedicaron a demostrar que eran anticomunistas y que, por lo tanto, no debían ser reprimidos.

Participaron una y otra vez en las maniobras que el Gobierno ponía en práctica para dar fin a la crisis y conseguir su estabilidad (en los llamados “Consejos Consultivos”). Una tras otra fueron fracasando estas maniobras y los partidos que se prestaban a ellas perdían más y más su ya menguado prestigio.

El PCS y el movimiento democrático orientado por él, en cambio, denunciaban y desenmascaraban firmemente la táctica del Gobierno, descubrían detrás la mano del imperialismo yanqui y llamaban al pueblo a realizar en su contra una lucha resuelta. Poco a poco las masas fueron aceptando la orientación del Partido, apoyando su trabajo organizativo y engrosando las filas de las nuevas organizaciones, fundamentalmente clandestinas, que de acuerdo a las directrices del CC se construían en todos los frentes de lucha por los comunistas y los activistas sin partido más cercanos. Ya a fines de 1961 el partido dirigía toda la lucha contra la tiranía militar, y el movimiento por él orientado era ya la fuerza de masas más grande.

Al entrelazarse la crisis económica con la crisis política durante las luchas decisivas contra Lemus; al complicarse y profundizarse las contradicciones en el seno de las clases dominantes, como resultado del derrocamiento de dos gobiernos en el espacio de 82 días, y, después, como consecuencia de la inauguración de la Alianza para el Progreso, con toda su demagogia antilatifundista; al extenderse entre las masas el ánimo insurreccional, se configuró una situación revolucionaria que se prolongó con altos y bajos hasta 1962.

Nuestro Partido ajustó su línea táctica a la nueva situación creada con el golpe del 25 de enero. La tarea principal de la nueva línea fue la consigna de prepararse para la insurrección popular, y con tal fin se crearon nuevas organizaciones en el terreno clandestino.

La adopción de esta consigna fue plenamente justa. Puso al Partido a tono con el espíritu de las masas y le permitió dar enormes pasos en su crecimiento y en su desarrollo cualitativo. Por primera vez, desde 1932, se planteaba el problema del Poder y elaboraba en esa dirección su estrategia y su táctica. Este hecho (aun cuando vino unido a determinados errores de infantilismo izquierdista) era la culminación del proceso del cambio en las concepciones tácticas formadas después de la masacre de 1932.

A partir de la ruptura con los viejos esquemas tácticos tomó gran fuerza el proceso de superación de otras debilidades. Fue desmontada la tranca que mantenía cerrada la puerta del Partido para la llegada de nuevos miembros y en 6 meses pudo doblarse el número de sus militantes. Ya a mitad de 1962 ese número era superior en tres veces al de enero de 1961. La propaganda del Partido comenzó a circular en muchos miles de ejemplares. Todo el pueblo supo de su existencia y de su línea. La propaganda de las demás organizaciones democráticas y revolucionarias cobró, asimismo, un gran volumen. A menudo se distribuían octavillas por cientos de miles y se pegaban carteles en las paredes por millares. Las concentraciones y manifestaciones populares se hicieron una práctica casi cotidiana. Hubo meses con tres o cuatro actos de esa clase.

Otra debilidad acometida entonces fue la de la falta de un programa del Partido. Durante décadas pudo pasarse sin programa y esto no podía apreciarse como una gran debilidad. Pero esa situación cambió radicalmente en el periodo de auge revolucionario y de la transformación del Partido en una fuerza política influyente. La tarea de elaborar los documentos programáticos quedo así planteada en términos perentorios. El Pleno ampliado del CC, reunido en marzo de 1961, conoció ya un breve esquema del futuro programa, y a base del mismo se elaboraron y entregaron a la discusión de todo el Partido, en 1962 y 1963, un proyecto de Programa General y un Proyecto de Programa Agrario.

La debilidad teórica del todo el Partido y de su dirección se mantuvo más resistente a los cambios. Esto se debía ala composición no proletaria del Partido, así como también al rápido crecimiento de sus filas, y la inexperiencia y juventud de la mayoría de sus miembros. Baste decir que en 1962 dos tercios de su membrecía estaba formada por compañeros con menos de un año de antigüedad y una gran parte con menos de seis meses.

Todo esto condujo en 1961-1962 a una especie de fiebre izquierdista en la táctica del Partido, que le dio un carácter despreciativo de las formas económicas, legales y abiertas de lucha, y mucho más despreciativo del trabajo de frente único.

Especialmente perjudicial fue el manejo izquierdista de la línea de prepararse para la insurrección popular, que se había trazado. Se hablaba y se amenazaba con la insurrección en la plaza pública y en la propaganda escrita. Esto creaba entre las masas la idea de que las batallas decisivas por el Poder estaban a plazo inmediato. La verdad objetiva era otra. Las acciones decisivas no estaban aun maduras. La presencia de la situación revolucionaria no encierra por si sola la posibilidad real de la toma del Poder. Para ello hace falta, además, que exista un Partido de vanguardia, maduro orgánicamente, capaz de enfrentar con éxito la compleja tarea de la dirección del proletariado y el pueblo en general. Sin embargo, pese a sus grandes progresos de entonces, nuestro Partido no era lo suficientemente maduro, fuerte e influyente como para encabezar con éxito la toma del Poder. El resto de las organizaciones democráticas y revolucionarias eran demasiado jóvenes a contrapelo de su enorme fervor y combatividad. Para tomar el Poder hace falta contar con el apoyo de las masas rurales, que en El Salvador están formadas en su mayoría por asalariados de las plantaciones de café, algodón y caña de azúcar. Nuestro trabajo en este aspecto apenas había comenzado y era tan insignificante que hubiese sido prematuro esperar una gran aportación de esta categoría de trabajadores en la lucha revolucionaria de las masas en la capital. El enemigo, en cambio, cuenta con una gran influencia entre los asalariados agrícolas, que forman la reserva del ejército y ejercen funciones de control permanente en patrullas civiles. Mientras la revolución no podía movilizar en su favor a las masas rurales, el enemigo podía utilizar a una gran parte de esas masas para aplastar la revolución. Estos y otros momentos negativos crearon serios obstáculos en el desenlace exitoso de la existente situación revolucionaria. El error del PCS y d las organizaciones orientadas por él consistía en que en su agitación y propaganda partían de la incorrecta apreciación d que aquella situación revolucionaria contaba con posibilidades de éxito a un plazo más o menso inmediato.

La línea de prepararse para la insurrección era justa entendida en el sentido de preparar al Partido y a las masas para hacer uso de la forma armada de lucha si el proceso lo exigía. Y fue aun más justo el hecho que el CC hubiera adoptado esa línea en momentos en que la tiranía militar, pelele del imperialismo y la oligarquía intermediaria, acometía bárbaramente sobre las masas ansiosas de combatir. Las consecuencias positivas de ese acierto ya han sido analizadas. Pero entre esto y convertir el tema de la insurrección en tema de la agitación y la propaganda, entre esto y la idea de una victoria revolucionaria a corto plazo, media la distancia que hay entre la ciencia leninista de la táctica y el izquierdismo romántico. En un principio el CC distinguía, aun cuando sin la suficiente claridad y profundidad, entre estos dos aspectos vitales de la línea que había trazado, pero en la medida en que le error se fue generalizando también él fue naufragando en sus aguas. Este error no nos llevo, ciertamente, a reveses catastróficos, pero sus consecuencias se dejaron sentir más tarde, a finales de 1962.

V En el mes de noviembre de 1962 se inició bruscamente el reflujo del movimiento revolucionario. La crisis económica, que había servido de base material al flujo iniciado en 1958, evolucionaba ya hacia su salida. En esa época de 1962 se habían abierto paso los factores de la reanimación que sentarían las premisas del auge posterior, alcanzado durante 1964. Las masas desocupadas iniciaban su retorno a la producción. Por otra parte, habían aparecido algunos factores que presionaban hacia el flujo revolucionario.

La insuficiente formación teórica marxista-leninista del CC no le permitió ver en un comienzo más que las causas políticas del reflujo, y sobretodo sus propios errores tácticos. Al unilateralizar el análisis en el sentido del señalamiento casi exclusivo de los propios errores como la causa única del fin del auge y el paso al reflujo, se crearon nuevos factores subjetivos que ayudaron a profundizar el descenso. Sin embargo, el CC pudo realizar un análisis más acabado de la situación del país, que fue completado y adquirió profundidad más tarde, en los documentos presentados al V Congreso del Partido.

El Informe del CC al V Congreso puso de manifiesto que durante los años transcurridos desde la terminación de la segunda guerra mundial, y particularmente desde 1950, había tenido lugar un aceleramiento del desarrollo del capitalismo en el campo y en la ciudad. Se trata, desde luego, de un desarrollo capitalista deformado, que conserva fuertes remanentes feudales que refuerza la condición dependiente de la economía nacional, tanto porque se produce con una creciente penetración del capital monopolista extranjero ante todo norteamericano, como porque solamente hace progresar en la agricultura la producción destinada la exportación (café, algodón, azúcar) condenando a ramas enteras de la economía al estancamiento y al retroceso, e impone una industrialización a base de materias primas importadas, que se limita la refinado, acabado, mezcla y envase de productos inicialmente procesados en los EE.UU. u otros países capitalistas desarrollados. Con todo su carácter deforme y dependiente del imperialismo, el desarrollo capitalista habido en el país es la causa de grandes transformaciones en la composición social de la población. El fruto más característico de ese proceso ha sido la formación de un proletariado agrícola e industrial, que en conjunto forma más de las dos terceras partes de la población económicamente activa de El Salvador.

Partiendo del análisis del desarrollo capitalista y de la transformación de la composición de clases de la población, el informe del CC descubrió la raíz mas honda de la prolongada debilidad del Partido; su aislamiento del proceso de cambios socio-económicos en el país.

El proletariado agrícola comenzó a formarse durante el siglo pasado, primero en las plantaciones de añil, y después, más desplegadamente, en las de café. Era un proletariado surgido en unidades económicas de un bajísimo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, con predominantes restos de la servidumbre. Pero al extenderse la utilización del trabajo asalariado se ampliaron los pequeños talleres artesanos de las ciudades y aldeas, transformándose en centros de producción mercantil capitalista. Los pequeños talleres fueron sustituidos por talleres grandes que contaban hasta cien y más obreros asalariados. La construcción de ferrocarriles a comienzos del siglo XX aceleró la formación del mercado nacional y creo mejores condiciones para el crecimiento de la producción mercantil manual y la extensión de las relaciones capitalistas a las ramas fundamentales de la producción agrícola.

El PCS surgió y se constituyó en partido político independiente en el periodo inicial del desarrollo capitalista de nuestro país. De las filas proletarias del sector artesanales salió la mayoría de sus activistas.

Los talleres grandes continuaron existiendo y hasta robusteciéndose durante toda la primera mitad de nuestro siglo. Pero la producción se vio enfrentada a la liquidación al terminar la segunda guerra mundial cuando la elevación de los precios del café en el mercado mundial hizo aumentar el volumen de las importaciones. Los talleres grandes han desparecido prácticamente. En su lugar han aparecido millares de tallercitos con un promedio de tres obreros. El proletariado manual, aunque continua creciendo en número, es ahora una masa diseminada, atomizada. Y el vigor de su lucha de clases de antaño, que todavía en 1932 e incluso en 1946 conmovió profundamente la estabilidad del poder de la oligarquía y el imperialismo, se ha ido apagando. Su movimiento sindical, antes de gran vitalidad, ha venido a menos.

Paralelamente al incremento de las importaciones, después de la segunda guerra mundial comenzaron a crearse nuevas empresas industriales. Este proceso tiene por base, de una parte, la rápida acumulación de capital de la burguesía salvadoreña, como resultado del ascenso del precio del café y, d otra parte, la creciente inversión de capital monopolista yanqui en empresas fabriles en nuestro territorio nacional. La ya maltrecha posición de la producción manual se ha visto así agravada por la competencia de la industria interna. El proletariado industrial y el valor de la producción de la industria son ya varias veces mayores que el proletariado y el valor de la producción manual.

Ahora bien nuestro Partido había quedado reducido a un pequeño puñado de combatientes heroicos después de la masacre de 1932, y aislado por el sectarismo y las demás debilidades a que nos hemos referido. En tales condiciones pudo conservar vínculos con el proletariado manual y continuó nutriéndose escasamente de sus filas. Así, marginado de los cambios en la producción y en la composición social de la población, por las reiteradas represiones y por sus propias concepciones tácticas estrechas, no pudo crecer al compás del torrente de la vida y permaneció durante muchos años unido al sector del proletariado que lo dio a la luz. La baja composición obrera de su membrecía, condicionante de algunos errores de izquierda, lo mismo que sus demás debilidades, tienen sus raíces profundas en este fenómeno.

El V Congreso, apoyándose en este análisis, trazó la tarea central del Partido: vincularse al proletariado industrial y ligarse al proletariado agrícola (en el campo hay más de 300,000 asalariados en las plantaciones de café, algodón, caña de azúcar, etc.) El Partido deberá crecer preferentemente con reclutamientos en el proletariado nuevo; pero sin abandonar sus vínculos con el sector manual, de cuyas filas han salido los cuadros más experimentados y desarrollados del movimiento obrero.

El V Congreso examinó dos documentos programáticos: los proyectos de Programa General y de Programa Agrario. Por sugerencias del anterior CC, el Congreso aprobó esto documentos no definitivamente, sino conservando su carácter de proyectos y llamó al Partido, a la clase obrera y a todo el pueblo a discutirlos. El próximo Congreso ordinario o uno extraordinario les dará aprobación final.

El V Congreso aprobó también un nuevo Estatuto que asegura ampliamente la democracia interna, el centralismo, la dirección colectiva y todas las demás normas leninistas de vida. En él se incorporo la síntesis de nuestra propia experiencia y la de otros partidos hermanos. El V Congreso representó en la historia del PCS un importante salto de calidad, pues en él se hizo un análisis profundo y objetivo del proceso de desarrollo del Partido (particularmente durante los últimos 14 años, que han sido decisivos para la formación de sus cuadros dirigentes), dando así un importante paso hacia la superación de sus antiguas debilidades.

Asimismo, el informe del CC y los proyectos de Programa General y Programa Agrario presentaron al Partido, por primera vez, un cuadro más o menos completo de la economía nacional, de sus principales tendencias y rasgos de desarrollo, de la perspectiva y las tareas inmediatas y estratégicas que se desprenden de los cambios operados en la estructura económica, social y política. La línea trazada por el V Congreso cuenta, de este modo, con un fundamento científico, y el unilateral análisis político de la situación, que indujera al Partido en los años recientes a cometer errores, ha cedido el paso a una elaboración de la línea a la manera marxista-leninista.

Después del V Congreso todo el Partido ha entrado en una gran actividad y la influencia del nuevo grado de madurez alcanzado ya se deja sentí en el movimiento sindical, en el movimiento estudiantil, en el movimiento juvenil y femenino, en a actividad interna de nuevo estilo, en el funcionamiento de los nuevos organismos del Partido.

En el último tiempo, la situación nacional apunta momentos de agudez. Los precios de las tres materias primas de exportación (café, algodón y azúcar) han comenzado a declinar a consecuencia de las maniobras yanquis contra todas las materias primas latinoamericanas, dese los últimos tres meses del año pasado. La penetración del capital monopolista extranjero, en primer lugar yanqui, alcanza proporciones muchas veces superiores a los niveles de 1960 y provoca el surgimiento de nuevos nudos de contradicciones. La deuda pública externa ha crecido de manera descomunal bajo los auspicios de la Alianza para el Progreso, y los vencimientos de los primeros pagos comenzaran a presentarse precisamente cuando los ingresos fiscales se vean estrangulados por la caída del precio de las exportaciones. Una nueva crisis económica y política se dibuja en el porvenir cercano. La tesis de nuestro Partido de que bajo la dependencia del imperialismo y la explotación, el progreso nacional se produce inevitablemente de una manera irregular, en medio de deformaciones que son la causa de los sufrimientos de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo, queda confirmada por la vida.

No cabe duda que nuestro Partido enfrentara las tareas que planteará la vecina crisis mejor pertrechado teóricamente, más unido al proletariado, con más influencia en el devenir político nacional. (El análisis de la política de nuestro Partido en la etapa contemporánea y de sus planteamientos tácticos y estratégicos, elaborados por el V Congreso, tiene una gran importancia y constituye tema para otro artículo).

La experiencia del PCS demuestra una vez más que el surgimiento y desarrollo de los partidos del proletariado no tiene nada de idílico ni son un ascenso vertical, sin vicisitudes, sin contratiempos, sin retrocesos. Largo han sido ese complejo camino para nosotros, mucho más largo que para otros partidos hermanos. Y aún hoy no estamos al final de la jornada de maduración del partido, Simplemente se ha iniciado el asalto final de ese grandioso objetivo.

La vanguardia del proletariado es indestructible como el proletariado mismo. Sus 35 años de edad encuentran al PCS lleno de vigor y en crecimiento.

*Artículo parecido en la edición de agosto de 1965 de la Revista Internacional, con sede en Praga, Checoslovaquia, órgano de información del Movimiento Comunista Internacional.

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