PESCADO ENVUELTO EN HUEVO EN LA CARCEL

PESCADO ENVUELTO EN HUEVO EN LA CARCEL

BRISBANE, Australia, 31 de marzo de 2015 (SIEP) “Siempre para esta época de Semana santa se me viene a la memoria la experiencia que viví a finales de los años setenta Y la historia es la siguiente…” nos comparte Ricardo Martínez, militante revolucionario salvadoreño.

“Un 8 de Marzo de 1977, después de la masacre el 28 de febrero en la Plaza Libertad, fui capturado por hombres “fuertemente armados vestidos de civil” a la altura de la terminal de buses de occidente e inmediatamente me vendaron de los ojos tirándome al piso del vehículo y me dijeron carcajeándose: “al fin caíste pollito, este es tu final, te llegó la hora.”

“Inmediatamente me condujeron hacia el cuartel central de la Policía Nacional y durante las horas del día fui sometido a humillaciones y torturas sicológicas. Al llegar la medianoche siempre vendado me suben a un vehículo con rumbo a una cárcel clandestina muy cerca de la terminal de oriente. En dicho lugar, me tuvieron tres días encadenado de pies y manos, sin alimentos ni agua; pude superar el hambre después de 24 horas no así la sed. Una noche me puse a gritar como un loco pidiendo agua porque se me pegaba la lengua con el cielo de la boca y hacía mucho calor. Abrí la boca me dijo un torturador, y me dejo ir un recipiente lleno de orines, pero era tanta la sed que me los tome y me parecieron deliciosos.”

“En uno de esos días, siempre en la medianoche llevaron a alguien a ese lugar, lo golpean sin piedad y le preguntan: “donde te reunís con los terroristas?” Él respondía a cada momento: yo no me reúno con los terroristas sino en una iglesia evangélica…Ya cansados de golpearlo lo dejan en paz por un instante, y me aseguro ver por un pequeño agujero que tenía en la venda de los ojos que no hubiera nadie alrededor y como estaba tirado en el suelo igual que yo le digo casi al oído: oiga soy Ricardo Martínez de la federación sindical FENASTRAS. Y ante mi sorpresa me responde: soy El Humilde. Se trataba de un conocido, era un compañero de trabajo y entonces le aconseje no responderles nada a los torturadores porque de todas maneras lo iban a seguir golpeando. Entonces el humilde me responde: “ no se preocupe que ahora tengo más valor… porque no estoy solo, cuento con usted.”

“Unos días después y siempre en horas de la madrugada me llevan nuevamente hacia el cuartel de la Policía Nacional, pero esta vez me arrojan al “Palacio Negro” un lugar tétrico, hediondo, llenos de cucarachas y ratones, totalmente oscuro que ni las uñas se podían ver. En otra celda al lado puedo reconocer que estaba Juan José Martell, dirigente juvenil del Partido Demócrata Cristiano, que antes había visto en la Plaza Libertad. Me di cuenta que era él porque yo me estaba quejando del dolor de la apendicitis que en esos días sufría y Martell amigablemente me recomendó defecar aunque sea un poco para vaciar el intestino ya que eso calmaría el dolor, lo cual así sucedió. A los dos días de permanecer en el “palacio negro” me llevan a una celda de los reos políticos con capacidad para 6 personas y habíamos más de veinte, casi la totalidad de los presos eran inocentes capturados en los alrededores del parque (bolitos), otros madrugaban a trabajar y no sabían lo que había ocurrido en el centro de San Salvador y otros por otras causas que nada tenían que ver con los asuntos políticos.”

Allí me encontré con Alfredo Vallecillos, un camarada, comunista ejemplar y fiel luchador por las causas populares. Con Vallecillos organizamos tareas dentro de la celda para sentir menos el tiempo en prisión. A las personas mayores las pasábamos a dormir al fondo de la celda porque todos los días en las madrugadas nos lanzaban agua helada con mangueras; también repartíamos proporcionalmente los desperdicios de la basura que nos llegaban a tirar los bolitos para apaciguar el hambre, limpieza de la celda, contar cuentos, historias y chistes, hora de oración para católicos y evangélicos y alfabetizar a quienes no sabían leer y escribir.

Pedro, un muchacho campesino joven nos decía: “a mí no me entran las letras es por demás que gasten su tiempo conmigo. Maria cuando era mi novia le daba pena que yo fuera analfabeto pues ella había estudiado tercer grado, por las noches trataba de enseñarme a leer y escribir pero en ese entonces ella tenía unas piernas bien torneaditas y un trasero provocador, lo cual me obligaba a invitarla que nos fuéramos a la cama al refuego y me olvidaba de las letras…” Estaba con nosotros Don Angelito, un señor de unos 78 años de edad, él vendía periódicos en Aguilares siendo capturado por equivocación por miembros de la “benemérita” Guardia Nacional. Me acuerdo que estaba a dos celdas de nosotros y gritaba en una madrugada agarrado de los barrotes: “ Sáquenme de aquí por favor porque el diablo no me deja en paz, tengo miedo por favor, ayúdenme”.

Estaba en otra celda Chico, un militante del FAPU. Estaba muy grave ya que el cuerpo se le había inflamado de tantas torturas. “Déjenme morir preocúpense de ustedes” nos decía. Quedamos preocupados cuando lo sacaron libre de la cárcel porque por lo general quienes presentaban estados como los de él los mataban a la salida, y luego nunca supimos nada de Chico. En una madrugada más o menos a las 3 am varios hombres vestidos de civil y armados introducen en una celda a un muchacho joven. Cuando los hombres se van, este joven comienza a decir cosas incoherentes, de una mente trastornada ya que no se le entendía. Insistimos en preguntarle quien era y en un momento de lucidez, dijo estas palabras: “Soy Cristales (el nombre no lo recuerdo) mi mamá es enfermera en el Hospital Rosales, me han torturado en la Guardia Nacional .

A mi salida de la cárcel busque a la enfermera en el Rosales y efectivamente era su hijo “desaparecido” y nunca se supo mas de el. A Cristales lo sacaron nuevamente de la celda a eso de las 5 am y nosotros nos quedamos pensando que lo llevaban a matar. Ricardo y Pedro el campesino a quien mencione arriba fueron capturados en San Juan Nonualco luego que en estado de ebriedad arrancaron un poster del general Romero, alguien los vio y los detuvieron acusándolos de “terroristas”. Cuando salí de la cárcel avise a su familia de la detención de los dos, la familia ya les había hecho la misa de 30 días pensando que habían sido asesinados.

Ricardo sufría de una ulcera, se ponía boca abajo y lloraba cuando no habíamos conseguido desperdicios de la basura que algunos bolitos nos hacían llegar para comer. Al momento de repartir proporcionalmente lo que para nosotros era la comida más rica procurábamos darle a Ricardo un poco mas de los desperdicios. Buenos días señores nos dijo “respetuosamente” una vez el carcelero mas odioso y mal encarado que cuidaba la celda, hoy como ustedes saben es Viernes Santo, es un día de guardar porque nuestro señor Jesucristo murió en la cruz para salvarnos a nosotros. Es un día de paz y de oración.

Entonces, continuo diciendo, hoy a la hora del almuerzo tendrán una comida especial, pescado envuelto en huevo y tal vez, tal vez unas torrejas. Al oír esto desde el fondo de la celda alguien le silbó la vieja y el carcelero se retiró molesto del lugar. Nadie creyó ese ofrecimiento porque estábamos claros que la dictadura y sus esbirros pretendían matarnos a torturas físicas y sicológicas. Sin embargo había alguna expectación de que iba a suceder a la hora del almuerzo. Cabal pasada la una de la tarde nos llegan a tirar los desperdicios que los policías y el personal de ese cuerpo represivo habían comido, efectivamente pescado envuelto en huevo pero solo para ellos. Para nosotros, lo que venía era diferente. Nos repartimos rápidamente dichos desperdicios sacados de la basura, apartamos todo lo que era basura como las servilletas algunas hasta con mocos y nos pusimos a chupar las espinas.

Era delicioso. Estábamos celebrando nuestra semana Santa en la cárcel, por nuestras ideas por nuestras convicciones revolucionarias. Pienso a esta altura de mi vida, a casi cuarenta años de estos acontecimientos que relato, que mi militancia política en el Partido Comunista de El Salvador, nuestro glorioso PCS que se encuentra celebrando su 85 aniversario, fue determinante para soportar el martirio diario en las manos de los torturadores.

Desde el primer minuto de mi captura me dije: hoy inicia una nueva batalla en otro frente de lucha, minuto a minuto debo mantener mi moral en alto a pesar de las adversidades. Sabía que afuera había un montón de gente y organizaciones reclamando mi libertad, cada día que pasaba decía, he subido un peldaño más de la escalera y sigo vivo estoy triunfando. Un día, como es natural., entrada la noche tuve un “bajón”, entonces, Vallecillos vio que mi estado de ánimo estaba caído. Este compañero que siempre mantenía una gran serenidad comenzó a darme animo y entre otras cosas me decia: “célula que no se adapta muere”, palabras sabias que hasta hoy en día me sirven. El día que me liberaron estaba en una celda repleta de gente inocente especialmente campesinos y al momento del anuncio de mi libertad muchos de ellos comenzaron a llorar diciéndome lo siguiente: “Hoy que ya no va estar usted con nosotros si nos van a matar” .

También a mí se me rodaron las lágrimas al vivir ese momento tan duro junto a ellos. Pero al escucharlos sentí que había cumplido mi deber como comunista. Sali de la cárcel pesando alrededor de 40 kilos (más o menos 80 libras) lleno de millones de chichuisas en todo el cuerpo, con varias clases de parásitos y con una debilidad que hasta el viento me botaba. Descanse dos semanas en la casa de unas hermanas y después me incorpore de nuevo a la lucha, esa es otra historia que después se las cuento.

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