Semana Santa en Chalchuapa

Lunes, 25 de Abril de 2011 / 09:49 h
Semana Santa en Chalchuapa

Dagoberto Gutiérrez
Todo pareciera como si durante todo el año, toda la ciudad se estuviera preparando para la semana santa, aunque también podría ser que la semana santa se estuviera preparando para la ciudad. Esta es una fervorosa relación bien cuidada y conservada en las esquinas mas recónditas del tiempo, en aquellas donde las telarañas se tejen con hilos celestes de cielo, de nubes y de sentimientos y todos los hilos mecen y estremecen los ojos de la historia. Así es Chalchuapa, un lugar con mucha historia que es, en sí misma, una historia. Asiento de civilizaciones anteriores a la invasión criminal de criminales europeos, después un pueblo rodeado de cafetales, influido por las fronteras cercanas de Guatemala, bañado en sangre en los tiempos de acero de la guerra popular, cuna de héroes y mártires y hoy, una ciudad que se extiende por todas sus orillas, que crece en pobreza pero también en sueños irrenunciables, que parece saber, que no todo lo nuevo es bueno ni todo lo antiguo ha dejado de ser bueno.

Es cierto que entre la Semana Santa y las pirámides del Tazumal y de la Casa Blanca hay una confrontación histórica porque la primera habla de la religión de los invasores y la segunda hablan nosotros. Esto es muy cierto, tan cierto como la luz del amanecer; pero también es cierto que las tradiciones suelen ser adoptadas y hasta adaptadas a los gustos, los colores, los sabores y los olores de los pueblos que han tenido que aceptar, a sangre y fuego, determinadas visiones del mundo y de la vida tras ser derrotados militarmente.

Así ocurre con el cristianismo globalizado por el genio de Pablo de Tarso, que tiene en su Semana Santa una expresión concentrada de los últimos días y horas de su figura central: Jesucristo.

Desde niño me impresionó este personaje, por justo por claro por sencillo y por determinado a cumplir su misión, muy temprano, aún estudiando la primaria en la escuela Francisco Ignacio Cordero, supe que lo había matado el imperio Romano, y aprendí a odiar a todos los imperios, supe también, que siendo judío había sido condenado a muerte por su propia gente organizada en un consejo llamado Sanedrín, este Sanedrín era aliado del Imperio Romano y aseguraba , mas allá de las legiones romanas, el sometimiento del pueblo judío al poder imperial. Eran, en pocas palabras, traidores al pueblo, entendieron que Jesús ni era comprable ni era de este mundo, es decir no era del mundo de los romanos, sino de otro mundo, es decir del mundo de la Libertad y de la independencia, del mundo del pueblo judío libre de cadenas. Este es el drama que se presenta y representa en la Semana Santa, y por supuesto que combina el fervor religioso y la fe en un dios justiciero que aparece derrotado.

Hay una contradicción en esta trama, porque la Semana Santa es la Semana en la que el imperio Romano muestra su poder, el Sanedrín muestra su traición, el pueblo judío muestra su desconocimiento sobre Jesús, y, finalmente, aparece la cruz como expresión de poder y derrota.

En Realidad la Semana Santa, no enfatiza ni desarrolla la figura de la resurrección y resulta que el pueblo es convocado al entierro del crucificado y condenado, pero no es convocado a la victoria de la resurrección, esta, la resurrección, queda al final y en silencio y sin pueblo y sin fe, como si la Semana Santa culminará el viernes Santo y se celebrará la derrota a manos de la traición del Sanedrín y del poder del imperio.

Chalchuapa, aprendió a celebrar la Semana Santa y a combinar muy bien la conmemoración con la celebración, por eso conmemora, la muerte del más justo, del maravilloso y del más humano de los dioses: Jesucristo, y celebra la victoria de la vida sobre la muerte, porque la resurrección es, una victoria de la fe y la confianza de la justicia en el justo, porque la justicia no puede morir, aunque el justo muera, esa resurrección es la resistencia de un pueblo sojuzgado frente a un imperio sojuzgador, y es la vida de un pueblo burlando la muerte del opresor.

Siempre estuve cerca de gente dueña de mucha fe, pero siempre busqué, desde muy pequeño, la relación entre la fe y la persona de carne y hueso que tenía fe.

En verdad cuando iba a misa los días domingo a la parroquia del patrón Santiago, no me impresionaba el lugar físico, sino una cosa rara, una especie de sentimiento abarcante, como una espiritualidad que flotaba en el ambiente, y me intrigó siempre la tenaz confrontación entre el mensaje justiciero del cristianismo y la injusticia reinante en una sociedad cuyos miembros decían ser hijos de Jesús.

Chalchuapa se prepara febrilmente para la Semana Santa, se forman comités, se hace acopio de los materiales, se discute y se decide el diseño de las alfombras, se reúnen febrilmente los que van a ser cargadores el Viernes Santo, se preparan los que participaran en la lavada el día lunes y llevaran las ropas sagradas desde la parroquia hasta el trapiche, portando la ropa en bateas, que portan los hombres seleccionados. Mientras el calor de la época entrega días luminosos, tardes calurosas y noches con estrellas.

Yo aprendí a saborear la Semana Santa en Chalchuapa y también aprendí, allí mismo, a pensar la Semana Santa, a sentirla con el corazón y a pensarla con el cerebro. Allí capturé, sus reverberaciones religiosas y empecé a asumir sus implicaciones ideológicas, por eso es que Chalchuapa es, para mi corazón, un perfume con todos los olores y para mi cerebro una idea con todas las razones.

Hay que ir a Chalchuapa esta Semana Santa para ver esas alfombras y a esa gente tan divina, hay que ir al Tazumal, a las ruinas de Casa Blanca, a la laguna de Cuzcachapa, a comer yuca con chile y chicharrón, hay que ir a bañarse a Galeano y al Trapiche, a visitar los templos de la parroquia y el calvario, y a entender que los pueblos siguen resucitando históricamente a través de sus mártires y sus héroes.

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