Cuba, Estados Unidos y la bandera invicta

Cuba, Estados Unidos y la bandera invicta
agosto 18, 2015 Voces Comentar
Publicado en: Actualidad, Contracorriente – Dagoberto Gutiérrez, Foro de opiniones, Voces Ciudadanas

Dagoberto Gutiérrez

Más de 50 años después del triunfo de la Revolución Cubana y la derrota estadounidense en impedir y sabotear esa revolución, se informó, para sorpresa y desagrado de algunos, alegría de muchos y preocupaciones realistas de otros, de negociaciones entre los dos gobiernos.

Sabemos muy bien que la negociación es una confrontación continuada que se corresponde con una correlación que la hace inevitable, necesaria y posible. Esto es así porque resulta que solo los fuertes negocian y esta aparece cuando ninguna parte puede vencer a la otra en otros terrenos.

Es cierto que el Papa Francisco también tejió, con sus hilos finos y sabios, parte de este tejido de relaciones diferentes entre los dos países y gobiernos; pese a lo cual, el nervio de la situación lo constituyen las condiciones materiales, reales, del imperio estadounidense y de la misma revolución cubana.

Se trata de la confrontación continuada y llevada al terreno propio de los dos países, porque las relaciones diplomáticas, que es de lo que se trata en estos momentos, no implica la normalización de las relaciones, y en realidad, el núcleo del asunto parece estar en la posibilidad de esa normalización, porque aquí, en este terreno, está situado el fin del bloqueo, el fin de Guantánamo como territorio estadounidense enclavado en Cuba, el fin de las intervenciones abiertas o solapadas contra la revolución, y esto, al mismo tiempo, significa el verdadero reconocimiento estadounidense al hecho, que hasta ahora es amargo, de que Cuba, estando en el área natural de influencia del imperio, es independiente y se gobierna por sí misma.

Suponiendo que esta normalización se alcanzara, lo que es un supuesto, en realidad, se estaría abriendo una especie de capítulo decisivo de una misma confrontación histórica, en donde la revolución cubana enfrentará en su propia casa, en su propio dormitorio y su sala de estar, al enemigo histórico, dispuesto a batir en el terreno ideológico y económico a ese enemigo terco que insiste en mantenerse en pie y en actualizarse, que se llama socialismo.

Para Cuba, la confrontación aparece situada en el terreno de la sociedad, y es una especie de prueba de fuego en donde la conciencia se enfrentará al mercado con sus perfumes exóticos, sus atrayentes mercancías y su consumo, ocultando las necesidades. En este terreno, el mercado sabe cómo hacer de cada persona un simple consumidor, es decir, un animal que se preocupa por adquirir lo que desea y no lo que necesita, y un ser humano, cuyo valor depende de las cosas que adquiere, es decir, un ser humano sin humanidad. En este escenario, todo cubano se enfrentará al capital, al mercado y a la propiedad privada de los medios de producción. Es el capitalismo con sus trajes atrayentes el que desfilará por las calles de La Habana.

Esta confrontación, inevitable, requiere de la dirigencia cubana la mayor de sus firmezas y sabidurías, la mayor flexibilidad sin rendiciones, la mayor ausencia de concesiones ideológicas, la mayor vinculación con el pueblo y su conciencia, el mayor conocimiento del pálpito subjetivo de cada cubano y cubana, y del mayor conocimiento del escenario estadounidense. Porque hemos de saber que el discurso que el Canciller Kerry dio en La Habana, en ocasión de izar su bandera en su embajada, no fue para Cuba ni para los cubanos, más bien fue para los republicanos y demócratas de su propio país.

Es bueno saber que en esta coyuntura, el imperio se encuentra dividido y debilitado, tanto geopolíticamente como psicológicamente, como nación. Y Cuba es un tema sangrante que divide y mortifica al imperio. No olvidemos que Cuba es para Washington, algo parecido a lo que Cartago significó para el Imperio Romano en su época. Pues bien, los republicanos han anunciado que de ganar las elecciones venideras, desvanecerán todo lo hecho en La Habana hasta ahora. Y es que saben que para Obama, la normalización de las relaciones con Cuba es una especie de legado histórico de su gestión, es como lo último y quizá lo único, que este presidente débil y fiel puede atesorar en su vida política. Por supuesto que sus enemigos no se lo permitirán fácilmente. Frente a esta división y debilidad imperial, Cuba aparece unida, más cohesionada, pero también con más expectativa y expectante, pareciendo saber que ese mercado que inundará sus calles de mercancías, que romperá las ventajas de Cuba en el mundo, que destruirá su ambiente, su oxigeno, que colgará televisores en sus palmeras y regará sus avenidas con perfumes.

Ese mercado que lleva cuchillos en sus luces, también lleva la libertad y la democracia del capitalismo, que es la libertad del mercado por encima de la del ser humano, y la democracia capitalista, que es la dictadura de una minoría, dueña de toda la riqueza y el poder, frente a una mayoría dedicada a rumiar y a consumir la esclavitud ante las cosas.

Claro que la Casa Blanca responde a las presiones y pulsaciones de su economía, porque en el planeta aparecen otros centros de poder que pugnan por un mundo multipolar, con fuerza y prestigio, y ya no es Washington el único poder. Cuba se ha desconectado del bloque imperial y se ha conectado a este bloque nuevo, al camino que lleva a la multipolaridad, y por eso es que la clave parece estar en las negociaciones decisivas y determinantes, situadas en el terreno de la normalización. Aquí están los temas que siguen siendo amargos y siguen siendo las claves de una nueva relación.

Para el imperio es traumático reconocer a Cuba y su revolución; para Cuba es una victoria y una continuación de la lucha en momentos particularmente peligrosos para la paz mundial, cuando todo está dispuesto para confrontaciones que pueden ser las últimas. En estos momentos es cuando se abre para la revolución este escenario lleno de riesgos y de posibilidades, en donde se camina sobre brasas encendidas, cubiertas de aserrín en algunos tamos, y en donde la mayor firmeza de la revolución es el requisito minino para remontar con victoria este tramo, porque aun cuando los demócratas fueran derrotados por los republicanos en sus próximas elecciones presidenciales, deshacer lo hecho por Obama, no será una derrota para Cuba. Pero, aún en medio de la provisionalidad de lo actuado hasta ahora, la dignidad de la revolución, su firmeza, su flexibilidad, ha de garantizar su seguridad. Porque toda aquella fuerza imperial que eche para atrás lo hecho por esta administración de Obama, tendrá que hacer algo diferente que sustituya la espectacularidad de un anuncio que para los estadounidenses significa que Cuba vuelve a ser de ellos. Así interpretarán muchos ciudadanos de ese país el anuncio de la apertura de relaciones diplomáticas. Y pensarán, al mismo tiempo, que es Cuba la que necesita regresar al redil para sobrevivir.

Todos estos factores están en juego en la coyuntura y este es el momento más crucial de cruz de caminos, donde distinguir entre el rumbo y la dirección es determinante, porque el rumbo es el norte que te guía, es la montaña azul que se mira en la distancia y es para dónde vas y a donde te diriges, y la dirección son los caminos diferentes que te conducen a ese rumbo, pero en esa bifurcación de direcciones puedes perder el rumbo, y todo esto está en juego en todo momento, y mucho más, en los actuales, donde se construye, ni más ni menos, que un nuevo mundo multipolar que se enfrenta a la unipolaridad imperial.

Estamos seguros que Cuba sabrá remontar el fulgor de las luces, la humedad del camino y el temblor del riesgo inevitable.

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