De revolucionarios, partidos y utopismos. Algunas reflexiones en torno a la izquierda mexicana

De revolucionarios, partidos y utopismos. Algunas reflexiones en torno a la izquierda mexicana
Alejandro González Gutiérrez*

Polít. cult. no.43 México mar./jun. 2015

Transformaciones culturales e ideológicas

De revolucionarios, partidos y utopismos. Algunas reflexiones en torno a la izquierda mexicana

Alejandro González Gutiérrez*

  • Licenciado en historia, Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), México. [erebo2403@gmail.com].

Resumen
En este ensayo se hace un análisis histórico sobre la política, la ideología y la postura de la izquierda comunista mexicana frente al Estado a lo largo del siglo XX. A partir de la experiencia del Partido Comunista Mexicano, el objetivo es arrojar una luz sobre la naturaleza histórica del sistema político mexicano a fin de comprender que la contención de las oposiciones políticas se logró mediante un complejo mecanismo de concesión y coerción.
Fue gracias al empleo de ese mecanismo dual que el régimen logró afianzar su proyecto político en detrimento de otras propuestas como fue el caso de la izquierda. Frente a la imposición del neoliberalismo, este ensayo busca abrir espacios de reflexión sobre los retos, límites y alcances de la izquierda en el pasado y el presente.
Palabras clave: izquierda mexicana, Partido Comunista Mexicano, Internacional Comunista, sistema político mexicano, régimen priista.

El objetivo de este trabajo es elaborar una serie de reflexiones que nos ayuden a comprender la naturaleza histórica del sistema político mexicano, al recorrer los caminos, en ocasiones fructuosos a veces sinuosos, de la izquierda comunista que se formó en este país en la segunda década del siglo XX. Dicha empresa no pretende realizarse sobre la ya conocida sentencia rankeana, donde “el historiador sólo debe mostrar lo que realmente ocurrió”,1 sin recurrir a sus afectaciones e intereses personales.
Invitación a la objetividad pura que se evidencia pronto en falacia, pues la no-postura es, por sí misma, una toma de partido que deviene de intenciones determinadas por la subjetividad de aquel que emite tal juicio. A lo largo del siglo XX no fueron pocos los historiadores que desdeñaron la identificación del historiador con un científico que, sin piel ni alma, se dedica a develar los misterios ocultos en los muchos hechos del pasado mediante la abstracción de su propio presente.
En la órbita de subvertir aquel posicionamiento erudito, el ya clásico Marc Bloch advertía que en una investigación “el conocimiento del presente es directamente más importante todavía que la compresión del pasado”.2 En la misma tónica, Lucien Febvre admitía que la realidad habla sólo mediante la existencia de un sujeto que está ahí para interrogarla, que actúa en función de volver la historia un problema que intenta resolver para después elaborar nuevos problemas.3 Historia problema que trata de fundamentar un discurso científico lleno de vida y de afectación constante, donde el historiador marca las pautas a descubrir a partir de recuperar los intereses de su propio tiempo.
Aún más allá de este escenario enfocado en el oficio mismo del historiador que surge de las aportaciones metodológicas de Annales, Jean Chesneaux recurría a la reflexión de la relación colectiva que los sujetos tienen con el pasado para recuperar la historia como necesidad praxiológica. En su perspectiva, el acceso al pasado cobra sentido no sólo si parte de un presente en marcha, sino que además de ayudarnos a “comprender mejor la sociedad en que vivimos hoy”, sirve para saber “qué defender y preservar, saber también qué derribar y destruir”.4
Difícil es sostener que la historia, incluso cualquier ciencia, puede gozar de neutralidad así sin más; sólo como mudas observadoras del cumplimiento teleológico de aquel progreso prometido por los próceres de la modernidad en la Europa decimonónica. Como bien decía Walter Benjamin, a propósito de su objeción al historicismo, el rostro oculto de la objetividad deviene en un procedimiento de empatía con el statu quo impuesto por los hombres que dominan hoy bajo la herencia de aquellos que vencieron alguna vez.5
Así pues, a decir también de Josep Fontana, el reto consistiría en recuperar la historia como interpretación de lo real, como proyecto “de arrancarla a la fosilización cientificista para volver a convertirla en una técnica: en una herramienta para la tarea del cambio social”.6
El referente inmediato para elaborar nuestro análisis sobre la izquierda mexicana y de ahí al sistema político en su conjunto, será la obra del historiador británico Barry Carr, La izquierda mexicana a través el siglo XX.7 Al igual que Carr, cuando hablamos de izquierda nos referimos principalmente a aquellos hombres y mujeres que se organizaron en torno al Partido Comunista Mexicano (PCM).
Con ello no queremos decir que el PCM fue el único espacio donde se aglutinaron todos aquellos que consideraban la igualdad económica de las clases populares como el leitmotiv de sus proyectos y expectativas sociales. A lo largo del siglo XX muchas agrupaciones volcadas a la zurda nacieron y desaparecieron: partidos (trotskistas, comunistas, marxistas, socialdemócratas, maoístas y otros tantos istas), guerrillas, confederaciones obreras, organizaciones campesinas, movimientos urbano-populares independientes, pintaron el gran mosaico político que, ya sea por dentro o por fuera del mito oficial de la Revolución de 1910, pusieron en entredicho la teleología del proyecto histórico hegemonizado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y cuestionaron el absolutismo del régimen en la búsqueda de nuevos espacios democráticos que permitieron la transformación constante del sistema.
Sin embargo, la importancia del PCM es que, dentro de todos estos actores, fue el único que se mantuvo con vida la mayor parte del siglo pasado desempeñando un papel que, a veces de vanguardia, la mayoría de las veces marginal: “con sus propias particularidades y su aguerrida y persistente actividad, en muchos momentos incidió de manera importante en el curso político del país”.8
En su historia de la izquierda mexicana, Carr articula cinco ejes temáticos9 clave para comprender los límites y alcances de la tradición política comunista. En el presente trabajo sólo retomaré aquellos que conciernen a la ideología, a la política, al Estado y al poder, por ser éstos los que nos brindaran mayores elementos para arrojar una luz sobre la naturaleza histórica del sistema político mexicano.
Una hipótesis es que el régimen que nació de la Revolución Mexicana no puede catalogarse simplemente como autoritario en lo que a la “oposición“10 política se refiere. De acuerdo con Lorenzo Meyer, históricamente el sistema político mexicano debe ser descrito con base en la relación de términos antitéticos11 que dan como resultado un escenario de poder contradictorio donde represión/negociación, democracia/autoritarismo, conviven sin rechazarse mutuamente. En relación con ello conviene rescatar la idea de Estado que Herbert Marcuse retoma de Hegel para tratar de explicar que en México cierta racionalidad mantuvo intacta la hegemonía del PRI durante poco más de siete décadas.
Según Marcuse, en Hegel no puede rescatarse la idea de un Estado autoritario, porque si lo fuese negaría su cualidad racional al prescindir de la libertad individual y social para lograr legitimarse. El Estado es una unidad suprema que se encarga de efectuar una regulación consciente de “los antagonismos sociales, mediante una fuerza situada por encima de los intereses particulares y que no obstante los salvaguarda” para fundar una “ley universal y racional“12 que garantice la continuidad del todo. Para ello Hegel vislumbra un gobierno precedido por un cuerpo burocrático estable que, alejado lo más posible de la competencia que se da entre los negocios privados,13 es capaz de mantener la soberanía mediante la organización racional del cuerpo social bajo una teleología precedida por el absoluto.
En México tal recurso universalizarte surgió de la idealización de la Revolución Mexicana como una fuerza que daba razón de ser al proyecto de la sociedad en su conjunto, y cuyo cumplimiento dependía en mayor medida del Estado como heredero de aquel movimiento libertario. La hegemonía del régimen no se logró mediante simple manipulación ideológica: [sino que] se sustenta en los indudables logros de un sistema, sin duda autoritario pero que repartió tierras, proporcionó servicios básicos a la mayoría de la población y hasta los ochenta del siglo pasado logró un crecimiento sostenido, ciertamente disparejo en términos regionales y de clase, pero con cotas ascendentes y generalizadas de bienestar social.14
Así pues, el PCM fue una organización de izquierda que se enfrentó a un régimen que tenía amplia capacidad de mutar y moverse entre las diversas posturas del abanico político según la situación lo ameritara, a la vez que podía reprimir y dar cobijo a las demandas populares; siempre al amparo del nacionalismo revolucionario.
Tras recuperar algunos elementos de la experiencia histórica del Partido Comunista Mexicano, pretendemos abrir una serie de cuestionamientos sobre los horizontes de posibilidad de la izquierda frente a la plataforma ideológica que supone al neoliberalismo como el “fin de la historia”. En la sociedad contemporánea existe un marcado desencanto por los proyectos que recuperan la política desde un punto de vista trascendental.
Tras la caída del muro de Berlín, los grandes programas emancipadores sucumbieron víctimas de la visión estrecha y factualista de la sociedad contemporánea cuya principal característica “radica en mostrar nuestra total incapacidad para imaginar un futuro tal nuestro encarcelamiento en un presente no utópico sin historicidad ni futuralidad a fin de revelar el cierre ideológico del sistema en el que de algún modo nos encontramos atrapados y confinados”.15
Así, si “hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo“16 tal como sentencia el filósofo Slavoj Zizek, las izquierdas tienen el reto de volver a aparecer en el escenario político como alternativas viables al neoliberalismo. Es ante este escenario que pretendemos construir una serie de reflexiones sobre la izquierda comunista con la finalidad de abrir espacios de análisis que nos ayuden a dilucidar qué izquierda tenemos pero, sobre todo, qué izquierda queremos que haga frente a los problemas de la sociedad de hoy de cara a los que se abrirán en el porvenir.

LAS ANTINOMIAS DE LA IZQUIERDA COMUNISTA
En su introducción a La izquierda mexicana a través del siglo XX, Barry Carr advierte que para tener una comprensión más adecuada del comunismo mexicano, es necesario no dejarse caer en el embrujo de “presentar a la historia del PCM como una serie de incidentes en que éste responde pasivamente a los agentes del Comintern y al oro de Moscú”.17
Su llamamiento a la cautela tiene que ver con el hecho de que para él, el PCM fue una organización que si bien recibió influencia constante de la Internacional Comunista (COMINTERN), sus estrategias e ideas tienen un carácter más bien nacional, pues según Carr, “el papel jugado por los extranjeros no debe impedirnos ver el hecho central de que el nacimiento del Partido Comunista de México fue, en lo fundamental, una respuesta de los mexicanos a la situación del movimiento obrero local y de la sociedad y la política mexicana”.18
Con la anterior advertencia, Carr trata de establecer un contrapunto a la afirmación de Jean Meyer, quien presenta al PCM como “un partido totalmente artificial, inventado desde arriba y dirigido por extranjeros”.19 Si tomamos como comparativo la valoración de Meyer, Carr está en lo correcto en la medida que los comunistas mexicanos trataron de elaborar respuestas basadas en los conceptos ideológicos y políticos de la Internacional Comunista, a los conflictos locales que experimentaron en su relación con el movimiento sindical y agrario mexicano.
Sin embargo, el acento que Carr coloca en el plano nacional deja de lado el hecho de que para el Comintern la relación con los partidos comunistas no se remitía a una simple expresión de voluntades autónomas. Desde su fundación en 1919, pero sobre todo con Stalin, la vigilancia del Comintern con los partidos adheridos a ésta era activa.
La adopción de una línea táctica y estratégica no se hacía sobre el análisis de los problemas particulares de cada país; surgían de la perspectiva soviética del desarrollo del capitalismo europeo y de las ideas generales que los bolcheviques tenían del deber ser revolucionario. Las decisiones tomadas en los congresos de la Internacional Comunista eran el faro que iluminaba el camino que debían seguir todas las organizaciones comunistas.
Para el PCM, así como para el partido comunista de China, Alemania, España, Italia, Argentina o Estados Unidos, el seguimiento de las oscilantes consignas soviéticas era un imperativo que, de no llevarse a cabo, culminaba en la purga de sus direcciones para que fueran sustituidas por cuadros más abnegados. A propósito de esto, Revueltas comentaba que en la organización comunista “se estableció el sistema de las purgas, imitando también en esto al Partido Comunista Ruso […] cualquier compañero que tenía una ligera desviación, una ligera discrepancia, era expulsado del partido”.20
La característica más significativa del Comintern, en sus primeros dos años de existencia, fue su gran paroxismo revolucionario y la construcción sistemática del ser comunista forjado en la lealtad y la disciplina. El centralismo democrático fue la medida organizativa que imponía el carácter decisivo de toda organización comunista en sus órganos centrales.
El Partido comunista sólo podrá desempeñar su papel si está organizado del modo más centralizado posible, si es mantenida una disciplina de hierro quasi militar y si su organismo central está unido de amplios poderes, ejerce una autoridad incuestionable y cuenta con la confianza unánime de los militantes.21
Los partidos debían tener en su seno a verdaderos soldados proletarios; ser comunista implicaba devoción, compromiso, obediencia, convicción revolucionaria e internacionalismo férreo; el fraccionalismo y el divisionismo serían los elementos más nocivos y por ende reprochables en todo momento.
De esta manera se definían las características particulares de los adalides de la revolución mundial.
En investigaciones más recientes, Daniela Spenser encontró, a partir de la recuperación de documentos provenientes del Archivo Estatal Ruso de la Historia Social y Política (RGASPI),22 que la relación del Comintern con el PCM no fue de un “amplio margen de flexibilidad, sino de autonomía“23 como Carr sugiere.
La presencia de una buena cantidad de emisarios soviéticos como Mijail Borodin, Sen Katayama, Louis Fraina, Alfred Stirner, Vittorio Codovilla, Earl Browder, Ricardo Martínez, Bertram Wolfe o William Ford, nos habla más bien de una liga de subordinación del PCM hacia la Internacional Comunista. Existen múltiples ejemplos que ilustran que los comunistas mexicanos fueron conminados por estos agentes para virar su estrategia política e ideológica aun en contra de sus objeciones personales.
Por dar uno de ellos, en 1928 el PCM fue obligado por el enviado soviético Orestes a cambiar su rumbo táctico para sintonizarse con el radicalismo que inundó al Comintern a raíz de su VI congreso. Debido a la negativa del entonces secretario general Rafael Carrillo para adoptar la nueva estrategia, a finales de 1929 fue sustituido por Hernán Laborde, quien había sido afín al viraje de izquierda y quien junto con Siqueiros, Valentín Campa y Miguel Ángel Velasco, habían impulsado la creación de la Central Sindical Unitaria de México y el Bloque Obrero y Campesino para competir en los comicios de 1929, y así evitar la permanencia del régimen ahora considerado como fascistizante y claudicante ante el imperialismo.
El interés soviético sobre el país de Francisco Villa y Emiliano Zapata tiene su origen “cuando llegó a Rusia Soviética la noticia de que al sur de Estados Unidos ocurrió una explosión social agraria y antiimperialista, que despertó la curiosidad en los bolcheviques para averiguar si existían las condiciones para establecer nexos con México”.24
De acuerdo con la teoría de Lenin, el movimiento del proletariado no podía quedar confinado en los límites del antiguo imperio zarista; por el contrario, debía alcanzar una escala global si quería terminar con la sociedad burguesa. Ello explica por qué Lenin envió a Mijail Borodin al nuevo continente a formar partidos comunistas que dirigieran la revolución mundial.
Además, no sería aventurado sostener la hipótesis de que México tiene cierta relevancia estratégica debido a su cercanía con el entonces emergente coloso del capitalismo mundial: Estados Unidos. De acuerdo con la óptica de Spenser, el PCM nació estrechamente vinculado a Moscú como parte de su proyecto político planetario y no de la mera intención de los socialistas mexicanos por formar un partido comunista.
De hecho, si retomamos los trabajos de Carlos Illades podemos concluir que el movimiento obrero mexicano tenía una larga historia de lucha y organización bajo la influencia de corrientes como el mutualismo, el anarquismo, el anarcosindicalismo y el socialismo utópico,25 más que del marxismo que se inscribió tardíamente en México por el ecléctico entusiasmo que despertaron las pocas noticias que llegaron de la Revolución de octubre en 1917. El Congreso Socialista organizado por Adolfo Santibáñez en 1919 no tuvo el objetivo de formar un partido comunista como comúnmente se argumenta.26 Fue por influencia de Borodin quien tras bambalinas27 instruyó a Manabendra Nath Roy, Charles Phillips y José Allen que se fundó el PCM con la intención de adherirlo a la Internacional Comunista en su Segundo Congreso de 1920.
Las experiencias de los comunistas mexicanos en la década de 1920 fueron difíciles y no estuvieron exentas de un sinnúmero de contradicciones. Las primeras de ellas se relacionan con el complejo proceso de construir la identidad bolchevique en el seno de la organización que pronto llevó a la ruptura con los anarquistas de la Confederación General de Trabajadores (CGT) en 1921.
El conflicto se desató no por la política antiparlamentaria que ambas tendencias compartían, sino por el problema de la afiliación sindical a un partido político que si bien es la esencia del vanguardismo soviético, para los anarquistas es considerado como una medida para usurpar el poder obrero.28 Otro problema que los rojos mexicanos tuvieron que afrontar durante la mayor parte de la vida del PCM fue que México no correspondía a la clasificación bolchevique del capitalismo semicolonial, ni a la relación que el Estado tenía con el impulso de la sociedad burguesa mediante el apoyo de los grandes trusts y monopolios.
Los militantes del PCM históricamente tuvieron grandes dificultades para descubrir la naturaleza política y económica del régimen, pues difícilmente comprendieron cómo era que el gobierno hablaba de socialismo, establecía estrechas relaciones con el mundo sindical, brindaba seguridad social e impulsaba la reforma agraria, al mismo tiempo que desarrollaba el capitalismo como proyecto económico de fondo.
Al respecto, Carr señala que:
Durante sus primeros cincuenta años el comunismo mexicano tuvo grandes dificultades para elaborar una visión compleja y matizada de la Revolución Mexicana, los proyectos sociopolíticos que ésta articuló y su relación con los objetivos socialistas. En la práctica, el partido osciló violentamente entre dos posiciones extremas: una posición acrítica del potencial anticapitalista de la Revolución Mexicana y de los gobiernos asociados a ella y una tajante e indiferenciada de estos gobiernos como despóticos, burgueses, claudicantes frente al imperialismo, etcétera.29
Cuando hablamos de que la relación del Comintern con el PCM fue sumamente activa, no pretende aceptarse que el partido era simplemente una organización artificial ni que sus militantes eran actores pasivos de un proceso que se les imponía desde fuera. Tampoco resulta muy plausible sostener que los comunistas mexicanos actuaban con profunda autonomía para elaborar sus tácticas políticas y sus programas ideológicos con base en la sistemática observación fundamentada en la teoría marxista de la realidad mexicana.
Más provechoso resulta captar la esencia de la propuesta de Hobsbawm donde nos invita a entender que “cada partido comunista fue el producto del matrimonio de dos consortes de difícil avenencia, una izquierda nacional y la Revolución de octubre. Este matrimonio se fundaba a la vez en el amor y en el interés”.30 Así, no resultaría exagerado traer a cuento que la configuración ideológica del PCM debe entenderse como una constante antinómica que resulta de la relación de dos grandes proyectos históricos que provienen de dos revoluciones distantes entre sí: la mexicana por un lado y la bolchevique por el otro.
Dicha relación se revela como una constante contradicción en la ideología política de dicha organización. La revolución bolchevique se fundamentaba en una concepción universal donde la teleología histórica recaía en una utopía racionalmente dirigida sobre la base del materialismo dialéctico y la lucha de clases. La Revolución Mexicana fue más bien de carácter nacional, local y profundamente heterogénea, de donde más tarde surgiría un proyecto de modernización capitalista cuya base de legitimidad recayó en la recuperación estatal de las reivindicaciones de las masas populares.
Pero así como estas diferencias surgen profundas e insalvables, las semejanzas son también significativas. En su Marxismo soviético Herbert Marcuse sostiene que el marxismo-leninismo, como corriente oficial del comunismo de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), se configuró con base en dos factores fundamentales: “a) el intento de hacer entrar al campesinado en la órbita de la teoría y la estrategia marxistas, y b) el intento de definir de nuevo las perspectivas del desarrollo capitalista y revolucionario en la era imperialista”.31
Estas dos características coincidieron ampliamente con el espíritu del proyecto que el Estado utilizó para homologar a las distintas revoluciones mexicanas para lograr obtener su legitimidad social y mantener la soberanía nacionalista frente a Estados Unidos. Todo ello mediante el empuje de “una línea de masas cuyo objetivo esencial era conjurar la revolución social manipulando a las clases populares mediante la satisfacción de demandas limitadas (tierra para los campesinos, mejores niveles de vida para los trabajadores urbanos)”.32 Estas coincidencias resultaron en una configuración bastante contradictoria en lo que a la política del PCM se refiere, pues mientras que dentro de la tradición bolchevique es el partido de élite del proletariado el que guía a obreros y campesinos en el proceso histórico hacia la emancipación, en México ese camino había sido hegemonizado por el Estado sin que su objetivo fuese la anulación de las clases en una sociedad comunista.
En su análisis sobre la formación del Partido Comunista Mexicano, Paco Ignacio Taibo II parte de una aseveración que resulta bastante plausible para el presente análisis. En México los comunistas fueron un grupo de militantes que, con un marxismo precario pero con un fervor revolucionario arraigado, pretendieron crear una organización que pudiera servir como guía y vanguardia del movimiento obrero. La ironía capital, que Paco Ignacio reitera, es que a pesar de su sincero interés, salvo en efímeros momentos, jamás lo lograron.
Nunca pudieron convertirse en una tendencia de importancia que rescatara los intereses de la clase trabajadora mexicana. “Los comunistas mexicanos vivieron en crisis; la crisis fue su fiel compañera. Nunca se pudieron despegar de ella”.33 A partir de lo anterior considero útil retomar la categoría de contradicción como principio de inadecuación entre la forma y la sustancia para comprender la manera como se desenvolvió la ideología política del PCM frente al Estado mexicano.
Según Bolívar Echeverría, esta inadecuación genera una reiterada inestabilidad en un sistema ubicado por él en el seno de la modernidad capitalista que da como resultado una normatividad donde la forma y la sustancia nunca llegan a estabilizarse y por el contrario conviven en constante conflicto.34 En este proceso la forma es la figura que subsume constantemente a la sustancia mediante mecanismos cada vez más totalitarios y represivos a fin de que ésta responda correctamente a los requerimientos que aquélla emana.
En nuestra propuesta consideramos a los dirigentes del PCM como sujetos determinados por la experiencia de lucha sindical y agraria en el marco de la posrevolución mexicana. Esta condición cultural, histórica, ideológica y política ocupa el lugar de la sustancia. La forma viene de su nomenclatura: “comunistas” y, por ende, de la relación tan determinante que tejieron primero con la Internacional Comunista y, luego de su disolución de 1943, con el paradigma soviético marxista-leninista en su conjunto.
La Revolución Mexicana había politizado a los sectores populares e insertado su propia dinámica histórica en expectativas y referencias regionales diversas. El comunismo parecía una buena promesa pero, en realidad, alejado de las tradiciones y sentidos de los trabajadores mexicanos. En el contexto nacional las masas populares tenían ya una larga historia de lucha contra sus opresores. Estos sectores sociales no necesitaron que una postura política viniese a radicalizarlos con promesas de libertad; su propia historicidad lo había logrado. Para las masas populares, la Revolución Mexicana aún no terminaba de cumplir sus promesas; por ello, otra dinámica revolucionaria era ajena e innecesaria. Justo es esta contradicción constante por la que atravesó el partido; una confrontación irresoluta entre la forma (comunista) y la sustancia (su ser mexicano). Como bien dice Carlos Monsiváis:
De 1919 a 1988 la izquierda partidaria conoce triunfos, crecimiento, sectarismos atroces, generosidad, espíritu de sacrificios, dogmatismo, reducción numérica, influencia y pérdida de influencia, clandestinidades, persecución, climas de Guerra Fría, devoción irracional por la URSS, heroísmo, mezquindad doctrinaria. Acercarse a este proceso es importante por lo que revela de los aciertos y los extravíos de la mentalidad revolucionaria, por lo que exhibe de la fuerza y los poderes de asimilación del régimen de la Revolución Mexicana, y por el cúmulo de líderes, héroes, “comisarios del pueblo”, marxistas talmúdicos y arrepentidos, que la izquierda genera.35
La constante antinómica del PCM volvió difíciles las relaciones del partido con los sectores populares vinculados a lo que Friedrich Katz llamó “la revolución desde abajo”.36 Sin embargo, en el país este problema resulta más complejo si tomamos en cuenta las particularidades del oficialismo de la “revolución inspirada desde arriba -aunque con mucho apoyo de abajo”.37 En México las revoluciones mexicanas38 fueron expresión de una gran diversidad de sentidos, de proyectos gubernamentales, nacionales y de esfuerzos que realizaron diversas capas de la sociedad campesina, obrera y clases medias contra el régimen de privilegios del porfirismo.
Esta heterogeneidad bien pronto fue amalgamada por los regímenes posrevolucionarios en un discurso homogeneizante cuya intención era legitimar al Estado ante las masas. Convertida en mito, la mencionada pluralidad, en la Revolución Mexicana escrita así con mayúscula devino en discurso indistinto. Su curso parecía obedecer a la concreción de un plan mayor cimentado en el futurismo y el progresismo del gran Estado que se consolidaba, y cuyo resguardo fue acaparado por los epígonos del movimiento de 1910.
La intención primera y más importante de la tradición revolucionaria consistió en reforzar el poder de la élite y con ella la unidad política nacional, para establecer un fundamento histórico sólido sobre el cual unificar a todas las facciones revolucionarias pasadas y presentes.39
Dentro de este proceso, el cardenismo se levantó como el puntal de la organización de las demandas de las masas, fungiendo como fundamento para fortalecer el presidencialismo y el Estado.
Políticamente no puede haber duda de que consolidó el régimen revolucionario y, dentro de éste, el papel de la presidencia y del partido oficial. Lo hizo, en parte, al superar con audacia los retos el callista, el cedillista, pero también, y más decididamente, al fortalecer los lazos entre el Estado y la sociedad civil.40
Para el sistema político posrevolucionario, una de las claves ideológicas fue considerar a la revolución como un fenómeno abierto; sin embargo, a partir del sexenio de Manuel Ávila Camacho la revolución dejó de ser fuerza real para convertirse en recuso mítico de legitimidad mediante la “conversión del hecho revolucionario mismo en un presente continuo y un futuro simple promisorio”.41 La construcción del paradigma de la Revolución Mexicana fue un recurso sumamente poderoso ya que el Estado monopolizó su lugar como fiel guardián de un proceso que se suponía ininterrumpido, y cuya marcha constante traería paz y progreso para la nación en su conjunto. Al respecto, Armando Bartra asegura que:
México ingresó al siglo XX con una revolución campesina triunfante que a la postre benefició al pueblo llano pero le complicó la vida a la izquierda doctrinaria, y es que la de 1910 fue una insurrección justiciera y democrática cuyo liderazgo hecho gobierno no sólo impulsó la reforma agraria, también reconstruyó el Estado y desde ahí reordenó la sociedad. Así por más de setenta años los sucesivos gobiernos se proclamaron de izquierda, pues se consideraban herederos de la revolución. La revolución era patrimonio histórico que le daba identidad a las instituciones del Estado, al partido casi único, a las grandes corporaciones gremiales y al discurso político de la llamada familia revolucionaria, pero también el arte público, los rituales cívicos, los libros de texto, la parafernalia nacionalista y la cultura política de los mexicanos rasos.42
La consolidación de la hegemonía del Estado mexicano bajo el principio mesiánico de la revolución como un proceso abierto, coincidió con la edificación del stalinismo en la Unión Soviética, con la reestructuración de la Internacional Comunista, con el aumento del centralismo y la subordinación de las organizaciones comunistas internacionales a los designios del centro.
Las tácticas decretadas durante la dictadura de Stalin tuvieron fuertes repercusiones en la política y la ideología del PCM. Hacia 1935 los comunistas mexicanos fueron obligados a dejar de lado su radicalismo revolucionario, que correspondía a la línea “clase contra clase”, para sustituirlo por el “Frente Popular” como nueva postura de alianzas con otras fuerzas de izquierda y con el gobierno de Lázaro Cárdenas.
Así, en el caso de la dirección del PCM, luego de ser obligada por el secretario general del Partido Comunista de Estados Unidos, Earl Browder, a adoptar la línea “unidad a toda costa” como consecuencia de las desavenencias entre los comunistas, Vicente Lombardo Toledano, Fidel Velázquez y tras de él los cinco lobitos en el IV Consejo de la CTM de 1937, el partido entraría en una nueva etapa contradictoria al amalgamar su identidad política en el espectro revolucionario que se erigía en las manos del régimen.
A partir de este momento el PCM quedaría a la zaga del paradigma de la Revolución Mexicana, pues la unidad significaba asumir la defensa del Estado y, con él, el proyecto revolucionario. De este modo, “la política reformista del frente popular limitó el campo de acción del PCM a las premisas constitucionales de 1917 y lo subordinó a los intereses del Estado mexicano”.43
El PCM, en la voz de su dirección, comprendía que la característica fundamental de México era el atraso y la pobreza. La estructura económico-social permanecía estancada en una etapa semicolonial debido a las relaciones de dependencia respecto al imperialismo estadounidense. A su vez, la falta de desarrollo de las fuerzas productivas había logrado que el modo de producción nacional mantuviera relaciones sociales de corte semifeudal, en las que el campesinado aún prevalecía sobre el proletariado de una incipiente industria.
Esta forma de definir al país era consecuente con la lógica del materialismo ontológico o más propiamente de la concepción evolutiva del desarrollo histórico universal desarrollada por el estalinismo, donde “las sociedades humanas debían seguir fatalmente diferentes etapas (primitivismo, feudalismo, capitalismo, socialismo y comunismo)”.44 En este sentido, la misma teoría subordinaba la conciencia del partido. Se establecía, como premisa básica de sus objetivos, desarrollar el capitalismo a partir de concretar los objetivos de una revolución democrático burguesa. Como bien señaló Valentín Campa: “con su línea unidad a toda costa, descartó la posibilidad del desarrollo en un sentido no capitalista y, por lo tanto, todo desarrollo fue ya en sentido capitalista”.45 Ese era su paradigma; el escenario lo era ya la propia Revolución de 1910.
A partir de 1937 los dirigentes comunistas también consideraron a la Revolución Mexicana como un proceso no concluso. Su marcha se distinguía por llevar a cabo una lucha constante por la independencia nacional, contra el imperialismo, por la democracia y la mejoría de las condiciones de vida inmediatas del proletariado y el campesinado. Según Hernán Laborde, “todo esto es la Revolución Mexicana en marcha, que el pueblo mexicano está defendiendo ahora. Para defender su revolución […] tiene un arma invencible, la unidad del pueblo mismo”.46
El llamamiento a la cohesión de clases, como medida para fortificar el sentido progresista que el gobierno llevaba a cabo, se convirtió en la consigna central mediante la cual los dirigentes comunistas guiaban al partido. Ello resultaría en una postura acrítica para con el régimen y de a poco se convertiría en una contradicción de importantes dimensiones al evidenciarse que el PCM, en materia de vanguardia, se había vuelto débil y transigente. Al respecto conviene recordar la crítica de José Revueltas en su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza:
Aquí es donde hacen su aparición, frotándose las manos de contento, los ideólogos mexicanos del demo-marxismo. Como la tarea del proletariado, en la presente etapa del desarrollo, no es la lucha por el socialismo, sus propósitos deben cifrarse, en consecuencia, en el impulso del desarrollo democrático-burgués, o para decirlo con su propia formulación, en el impulso de la Revolución Mexicana hacia delante. Dicho impulso deberá expresarse, desde el punto de vista práctico, en sus términos generales, a través de la lucha por la aplicación de la reforma agraria en gran escala; la industrialización del país y, por ende, la liberación de la economía nacional respecto al yugo imperialista. El instrumento para llevar a cabo este impulso es la formación de un frente único de las clases interesadas en el problema, un frente patriótico o un frente democrático de liberación nacional, donde esté incluida la burguesía progresista. Tal es, en resumen, la posición ideológica del demo-marxismo mexicano.47
La línea “unidad a toda costa” y con ella el reconocimiento del Partido de la Revolución Mexicana como un frente popular ya formado, fue dada a la dirección Laborde/Campa por Browder y el argentino Vittorio Codovilla.48
A pesar de ello, en febrero de 1940 ambos dirigentes fueron cesados de sus funciones en el Secretariado, y en marzo fueron expulsados del PCM por la Comisión Depuradora que se formó al mando de Codovilla y el comunista español Andrés García Salgado.49 El pretexto fue que aquella dirección, a la vez que permitió la penetración de elementos trotskistas en el partido, deformó la política del Frente Popular al subordinar acríticamente a la organización al gobierno de Cárdenas.50 La verdadera razón se debió a la negativa de ambos líderes a participar en el asesinato de Lev Trotsky51 que por entonces radicaba en México y quien, en agosto de 1940, fue asesinado por Ramón Mercader del Río en su casa de Coyoacán.
Por iniciativa de Diego Rivera, el gobierno mexicano decidió conceder el asilo político al perseguido Trotsky, quien arribo al país a inicios 1937. La decisión de Cárdenas para acoger al viejo líder del ejército rojo fue como un golpe certero de mangual que al azotar clavó todos sus pinchos con un solo movimiento de mano. Para Cárdenas y Francisco Múgica, traer a alguien de la talla de Trotsky tenía un significado político amplio. El Estado daba un mensaje sobre la fortaleza y la estabilidad del gobierno tanto hacia el interior como al exterior; de acuerdo con Olivia Gall, en el fondo se trató de un tema de soberanía nacional y de solidaridad internacional que se logró demostrar gracias al asilo político y el apoyo hacia los exiliados de la República española.52
Además, si el gobierno se congratulaba de ser emanado de un movimiento revolucionario, qué mejor muestra de ello que atraer a uno de los más connotados dirigentes de la revolución bolchevique para solidificar la imagen izquierdista que el régimen estaba construyendo.
Cuando Trotsky llegó a México, en la URSS el proceso de consolidación del estalinismo se tornó en una sombría cara de terror y muerte. La guerra contra el trotskismo se agudizaba, el gran hermano perseguía sin piedad a los disidentes; el imperio del Gulag se extendía como la más firme muestra de la represión. Los llamados procesos de Moscú de 1936, 1937 y 1938 arrebataron la vida a los antiguos líderes bolcheviques y oficiales del ejército rojo. Fue el adiós definitivo para Kamenev, Zinoviev, Radek, Piatakov y Bujarin; fue el saludo de la sentencia para un Trotsky que llegaba en enero de 1937 a un país cuya izquierda daba fe y resguardo total al estalinismo.
Si Vicente Lombardo Toledano y el PCM eran la izquierda estalinista por excelencia en México, no es de extrañar que a ambas les tocara desempeñar un papel en la persecución del veterano bolchevique. Desde el principio ninguno ocultó su desdén por la iniciativa cardenista: para ambos Trotsky era el enemigo a vencer. La diferencia fundamental en la estrategia que jugaron ambas izquierdas estalinistas radica en la ferocidad de las acusaciones y las calumnias. Mientras Lombardo esgrimía sus ataques tras bambalinas escudándose en la Central de Trabajadores de México y sin llegar a mostrar oposición contra Cárdenas, el PCM actuó abiertamente como el portavoz oficial y directo de Stalin contra Trotsky.
Sin embargo, para Stalin y el Comintern la guerra contra Trotsky iba más allá de la calumnia, pues para ellos era un asunto de vida o muerte y más temprano que tarde, utilizando el resguardo que el régimen cardenista daba a refugiados españoles, se comenzaron a colar agentes de la policía secreta soviética (GPU) que venían expresamente a consolidar la liquidación del viejo bolchevique. Es así como se jugaron las cartas:
En la guerra contra Trotsky, todo parece indicar que se utilizó al PCM sin miramientos y sin importar las graves consecuencias que esto tendría en su vida e influencia como partido, pero con el cuidado de no dañar la imagen ni el poder de Lombardo, ni tampoco el movimiento del Frente Popular en su conjunto. En síntesis, con Lombardo como instrumento operativo y con la GPU como instrumento policiaco, el Kremlin y la Comintern fueron montando progresivamente, desde diciembre de 1936, el andamiaje necesario para el asesinato de Trotsky.53
La ira de Stalin hacia Trotsky crecía en la medida que su estancia en México le permitía denunciar los horrores estalinistas. Además, el contra proceso que se llevó a cabo en 1937 había puesto sobre la mesa la farsa de las purgas y acusaciones que se efectuaban desde Moscú. Hacia finales de la década de 1930 las presiones hacia el PCM aumentaron considerablemente. Según el testimonio de Valentín Campa, el momento cumbre de la lucha del partido contra Trotsky ocurrió en 1938, cuando un enviado del Comintern dio la instrucción expresa a Laborde de matar a Trotsky.54 La respuesta negativa de los miembros del Comité Central del PCM y su secretario general llegaron a manos de Browder, quien dio comienzo a los movimientos depuracionistas del Partido Comunista Mexicano a fines de 1939.
Luego de la depuración, Dionisio Encina asumió la dirección del PCM y mediante un telegrama ratificó su “cariño inalterable URSS, gran Stalin continuador obra Lenin, constructor socialismo, guía pueblos oprimidos”.55 Más adelante Encina declaró que en la coyuntura electoral de 1940 la Revolución Mexicana se encontraba en una encrucijada: o tomaba un camino contrarrevolucionario o uno revolucionario. Aun después de clausurado el Congreso de 1940, el objetivo del PCM era ingresar al PRM con el fin de encaminarlo a la izquierda para no detener su potencial progresista, y así formar un gran frente popular antiimperialista que incluyera al PRM-PRI, la Central de Trabajadores de México y la Central Nacional Campesina,56 con la finalidad de participar en la modernización del país y lograr su independencia del imperialismo estadounidense.
Lo paradójico de tal estrategia es que a partir de 1940 el Estado dio un giro a la derecha en comparación con la línea de concesiones sociales inscrita en el sistema político desde el ascenso de los sonorenses al poder y potencializada durante el cardenismo. El gran proyecto del régimen fue convertir a aquel país todavía predominantemente agrario en una nación industrializada y moderna en el plano económico, sin que la modernidad llegara a realizarse mediante la alternancia democrática y pusiera en peligro la hegemonía del partido oficial.
[A pesar de ello los comunistas trataron de] convencer al proletariado para que se solidarizara con el desarrollo capitalista y democrático patrocinado por la revolución; el apoyo a la burguesía nacional y al Estado se originaba en el ideario de la Revolución Mexicana, el cual sintetizaba las aspiraciones del partido que en cierta forma se identificaba con la familia revolucionaria en los ámbitos de su ideología y de parte de su práctica política.57
Como bien puede apreciarse, el problema de la izquierda comunista es que yacía cautiva en un discurso dogmático que mezcló las categorías del stalinismo con el lenguaje oficial del régimen. De esta manera la Unidad Nacional y la Revolución Mexicana fueron el complemento idóneo a la concepción estalinista de la revolución por etapas.
Si la Revolución Mexicana era la fase democrático-burguesa etapa previa al socialismo cuya dinámica es impulsada por la burguesía progresista y el Estado representaba los intereses de dicha revolución, lo más lógico para la izquierda era brindar su apoyo al programa de modernización industrial del régimen. En su óptica, la alianza entre el gobierno, la burguesía nacional y la clase obrera era la mejor medida para profundizar el desarrollo del capitalismo; esa era la prioridad. De su avance dependía que México dejara atrás su configuración semifeudal y eliminara su condición semicolonial al suprimir su subordinación al imperialismo estadounidense.
No fue sino hasta 1960 que una nueva generación de jóvenes comunistas ganó terreno dentro del PCM para modificar la política oficialista y las prácticas stalinistas que habían caracterizado a la gestión de Encina. El proceso de desestalinización dado a conocer por Nikita Kruschev en el XX congreso del PCUS de 1956, el ascenso de la Revolución Cubana y la efervescencia de los movimientos obreros de finales de la década de 1950 en México, provocaron el desencanto de los comunistas hacia el régimen declarado por sí mismo heredero de la Revolución.
En el XIII Congreso del PCM, Encina fue relegado de sus funciones en la Secretaría General para pasar a manos de Arnoldo Martínez Verdugo en 1963. Tras el XIII congreso los comunistas dejaron de considerar al país como semifeudal, además de disolver la idea de que en México el régimen era progresista al servicio de una revolución aún en proceso. El viejo paroxismo de la Revolución Mexicana vinculada con el Estado dejó de ser un referente para la izquierda comunista.
Con ello el PCM pudo concebir su propia revolución; una nueva “revolución democrática de liberación nacional” que de igual forma recuperaba el espíritu nacionalista de la gesta de 1910 pero dirigida por la clase obrera y ya no mediante alianzas con el régimen.
Pese a los intentos del PCM por recomponer lo destruido para convertirse en un gran partido de masas, su influencia con los sectores populares, no obtuvo una considerable mejoría. Con una militancia oscilante entre los mil y mil quinientos miembros58 la organización comunista yacía en un estancamiento provocado por el anticomunismo difundido por el régimen tanto como por la creciente diversificación y radicalización que la izquierda experimentó a partir de 1957-1960. Las décadas de 1960 y 1970 fueron una buena época para lo grotesco, el aquelarre, la sátira y el carnaval,59 pero no para la ortodoxia casi religiosa de las doctrinas que movían a los partidos tradicionales de izquierda.
Influenciados por experiencias prácticas de las guerrillas latinoamericanas o por obras de filósofos iconoclastas como Marcuse, Jean-Paul Sartre, Michel Foucault o Gilles Deleuze, miles de jóvenes mexicanos salieron a las calles desafiando a las figuras tradicionales de autoridad en la búsqueda por democratizar a la sociedad. Este clima luciría idóneo para que el PCM tomara las riendas del descontento social; sin embargo, la paradoja es que la izquierda partidista parecía aislarse cada vez más de las expectativas de las masas mexicanas. De acuerdo con Bartra:
La historia de los grupos de izquierda en el periodo de 1961 a 1968 es la historia del movimiento de las ideas en lucha consigo mismas, es la historia de una corriente ideológica desarraigada que se mide y se juzga a partir de sí misma definiéndose por sus tesis y no por sus actos. La intelectualidad pequeño burguesa revolucionaria realiza un esfuerzo desesperado por encontrar dentro de sí misma los recursos que le permitan superar sus limitaciones y deformaciones de clase en un intento por salir de agua tirando de sus propios cabellos.60

El breve periodo de radicalismo que inundó al PCM luego de la masacre de Tlatelolco, terminaría por diluirse al sustituir la actividad militante semiclandestina por el parlamentarismo luego que obtuviera su registro oficial como partido tras la reforma política impulsada por José López Portillo en 1977.
Según Massimo Modonesi, el PCM fue el principal destinatario de la propuesta democrática impulsada por el régimen. Para los comunistas fue una oportunidad dorada, pues posibilitó ampliar la influencia del socialismo a la vez que permitió eliminar los resabios de dogmatismo y doctrinarismo.61 Tras la legalización, la izquierda comunista retomó el principio de unidad como estrategia de fortalecimiento a la vez que abandonó su anterior bagaje de ortodoxia comunista cuando “los delegados del XX Congreso del PCM votaron, por un estrecho margen, aceptar la propuesta de la dirección en el sentido de sustituir el término dictadura del proletariado por el de poder democrático obrero”.62
Tras la fusión de varias organizaciones de izquierda en 1981, el PCM dejó de existir para dar paso al Partido Socialista Unificado de México (PSUM), que más tarde se convertiría en el Partido Mexicano Socialista (PMS).
Los intentos de unificación llevados a cabo por la izquierda obedecieron a un conjunto de causas históricas objetivas en lo que se refiere a las constantes crisis internas de cada organización y en la posibilidad de desempeñar un papel importante en la política nacional.63 Sin embargo, los intentos de homologación no lograron dirimir los desacuerdos entre la vasta izquierda política y los movimientos urbanos populares que, por entonces, eran sumamente hostiles a la intervención de los partidos políticos en sus asuntos internos.64 Asimismo, los sectores más radicales de la izquierda criticaron la postura electoral adoptada por los comunistas, pues ello significaba subordinar “la lucha de clases a las luchas electorales y, por lo tanto, prolongar la agonía del capitalismo mexicano a costa de los sectores populares”.65
La reforma política de López Portillo logró mantener una constante en lo que al manejo político de la izquierda se refiere, como dice Jo Tuckman:
[…] durante varios años, dichos partidos sirvieron como una especie de válvula de escape para atajar la organización disidente; sus líderes fueron controlados mediante una hábil combinación de cooptación-represión que atizó sus propias batallas sectarias.66
A lo sumo, el proyecto de izquierda de los partidos políticos tradicionales terminaría por diluirse en el vasto movimiento que encabezó Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y que más tarde culminaría en la formación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), cuya lógica estaría lejos de reincorporar el socialismo como proyecto político para concentrar sus esfuerzos en la búsqueda de un sistema democrático, en lo que a la alternancia política se refiere, y que aún es deuda pendiente para los mexicanos.
POR FUERA DEL LIBRETO. REFLEXIONES FINALES
En la segunda década del siglo XXI el objetivo de recuperar la historia de la izquierda como proyecto social, más que como reflexión meramente académica, cobra especial relevancia. La sociedad industrial avanzada67 de hoy es altamente tecnologizada. En ella el hombre parece depositar sus esperanzas; le cede el destino de su salud, de sus necesidades alimentarias, de su ámbito cognoscitivo e incluso de la satisfacción de sus pulsiones pasionales que parecen, ya cada vez menos, resolverse en las relaciones intersubjetivas para desplegarse en lo virtual y lo intangible.
En efecto, producimos más bienes de consumo que ninguna otra sociedad en la historia, tenemos amplia capacidad para curar enfermedades que antes culminaban indefectiblemente en la muerte, el acceso a la educación se ha ampliado de manera considerable, y las distancias espaciales, e incluso temporales, las hemos reducido a sólo unos cuantos clics. Sin embargo, las contradicciones se revelan como la norma dentro de las aparentes ventajas.
El tope del amplio acceso a la alimentación se encuentra en la masificación de la obesidad y la diabetes, la especialización de la educación no encuentra cauces para realizarse; el desempleo la detiene. Gracias al internet sabemos más de todo sin saber en realidad de casi nada. Las posibilidades de acuerdo y horizontalidad en la argumentación de los sujetos diversos, que Jürgen Habermas creía ver concertada en su teoría de la acción comunicativa,68 se topa con pared ante los juegos de la política hegemónica: ausencia de democracia efectiva, creciente polarización social, inoperancia estatal, intolerancia, elitismo político y afinidad privatizadora, son sólo algunos ejemplos de su desrealización objetiva; todas ellas auspiciadas por la política que da sostén al capital neoliberalizado.
En suma hablamos de una sociedad que tiene muchos motivos para temer pero de los cuales ignora su real procedencia, donde cunde el pánico cimentado en la sospecha y en la dificultad de hallar respuestas precisas.
Miedo es el nombre que damos a nuestra incertidumbre: a nuestra ignorancia con respecto a la amenaza y a lo que hay que hacer a lo que puede y no puede hacerse para detenerla en seco, o para combatirla, si pararla es algo que está ya más allá de nuestro alcance.69
Quizá la carencia de repuestas futuras que culminan en la aceptación del orden establecido, motivado por el espanto al porvenir, encuentre su fundamento en los muchos discursos desencantados que cobraron relevancia a partir del desgaste del comunismo como alternativa viable. En el contexto de la caída del bloque soviético -y el presente como resultado de ese colapso-teoría y praxis se unieron; el sistema capitalista en su etapa neoliberal se volvió la panacea de la política y de no pocas filosofías.
Francis Fukuyama reasumió la teoría de Hegel para fundamentar el triunfo de la racionalidad en la democracia estilo Wall Street; el progreso del absoluto diagnosticaba el fin de la historia. Pero como buen dialectico, Fukuyama no negó que existían contradicciones como es el caso de los fundamentalismos religiosos, el nacionalismo o las desigualdades sociales que aún tenían que resolverse; sin embargo, su respuesta no estaba fuera de los marcos de la democracia occidental.70 En la era del absoluto consumado, lo único que había de esperar era que el mismo sistema liberal terminara por resolver dichas antinomias. Con esta argumentación cerraba la puerta a otras propuestas sociales ajenas al neoliberalismo.
En otro escenario quizá menos apologético del neoliberalismo pero que de igual manera culmina en la imposibilidad de ir más allá de la facticidad, en este caso lingüística Jean-Francois Lyotard sostenía que, tras la muerte de las metanarrativas, las formas tradicionales de hacer política sustentadas en grandes proyectos nacionales fenecerían para dar paso a la hegemonía de los jefes de empresa: “la verdad argumenta es que los antiguos polos de atracción constituidos por los Estados-nacionales, los partidos, las profesiones y las tradiciones históricas pierden su atracción”.71
Ante el descenso de los grandes relatos “sigue eso que algunos analizan como la disolución del lazo social y el paso de las colectividades sociales al estado de una masa compuesta de átomos individuales lanzados a un absurdo movimiento browniano”.72 Como se ve, el discurso político que surge de la posmodernidad plantea que la gestión efectiva de libertades sólo puede realizarse si se hace abstracción del concepto de realidad relacionada con un sujeto histórico capaz de transformar la sociedad a partir de un conjunto de acciones dirigidas para hacer frente a los problemas objetivos mediante el despliegue de un proyecto social determinado.
Bajo la lógica de la atomización es inevitable que el posmodernismo mire de forma negativa no sólo cualquier posibilidad de organización revolucionaria, sino cualquier alternativa política fundamentada de manera racional. En su lugar, lo que surge de esta visión es un profundo nihilismo que, en algunos casos, llega a autodefinirse como verdaderamente libertario en la medida que entiende que la verdadera realización del ser humano radica en la carencia de todo sentido y verdad. De tal suerte que al no haber referentes, ni fundamentos, ni sentido en la historia, lo que en ésta se despliega es una “pluralidad de racionalidades locales“73 cuya finalidad recae sólo en el respeto y la tolerancia a la diferencia sin ir más allá. La lucha parecería desplegarse sólo en la medida de no subordinar lo inconmensurablemente diverso a una “forma de humanidad verdadera, digna de realizarse con menoscabo de todas las peculiaridades”;74 por tanto, la emancipación encontraría su concreción en la simple expresión de la diferencia, en “la oscilación, la pluralidad y, en definitiva, la erosión del mismo principio de realidad”.75
La anterior reflexión nos conecta a un problema concreto por resolver que surge de la relación que tiene la política neoliberal con el discurso filosófico o, más preciso, de la política como reflejo de esa filosofía y en mayor medida de la filosofía como reflejo de aquella política. De acuerdo con David Harvey, el neoliberalismo es una teoría que sustenta que el bien del ser humano es realizable mediante las ventajas que surgen de la no restricción “del libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercados libres y libertad de comercio”.76
Así, los grandes proyectos nacionales terminaron por colapsar en la hegemonía de la ruleta del mercado privado. La producción desmedida y el consumo masivo y de ahí a la suma creciente de capitales se volvieron amalgama de la política al servicio del dinero. La búsqueda de beneficio se revela a lo sumo en lo inmediato; del futuro ya no nos queda casi nada. La dignidad y libertad individual, como piedras angulares de los altos valores civilizatorios,77 se resuelven en la mera contingencia del beneficio fáctico, en la carencia de seguridad y beneficios sociales a largo plazo. En resumen, hablamos aquí de un problema que surge a raíz de un sistema donde se conecta una concepción de la realidad desencantada de los grandes proyectos de sociedad con una política de Estado debilitado al servicio de los beneficios inmediatos de la individualidad mercantil y el gran capital.
En el caso de México este escenario no es para nada ajeno. De la mano de Miguel de la Madrid el Estado asumió el proyecto neoliberal que había llegado para quedarse. Con este volte face el régimen concluyó la apuesta por:
[…] un modelo económico que tenía como meta, a un plazo entre mediano y lejano, hacer de nuestro país una sociedad basada en su propio mercado interno, en su industria: una modernización que se nutrió de la visión nacionalista que tenía la clase política mexicana a partir de Lázaro Cárdenas y la segunda posguerra mundial.78
Tras el rompimiento del recurso estatista de corte keynesiano, el ogro filantrópico79 cayó ante la primicia de la modernización fundamentada en la privatización antes que en el recurso del bienestar social. Por otro lado, es en el sistema político donde podríamos encontrar el mayor síntoma de la afectación posmoderna. El gran proyecto de Estado, que surgió a raíz del movimiento revolucionario de 1910, concluyó para ver el nacimiento de una nueva política donde la incertidumbre y los proyectos parciales dominados por las iniciativas a corto plazo dominan el escenario que disputan los partidos políticos sin que se dibuje en el horizonte una verdadera democracia de donde asirse.
En el año 2000 el cambio presidencial del PRI al PAN y en el 2012 del PAN al PRI nuevamente, dejó un sabor de boca lo suficientemente amargo como para mantener la desconfianza que el mexicano expresa al hablar de democracia. Pues la permanencia de la apuesta neoliberal demostró que la alternancia se mantenía en mera apariencia. Como bien dice Carlos Fuentes: “estamos en un país que tiene una pluralidad real, social, política, económica, intelectual que no se refleja en la vida política”.80 Democracia interrumpida, atorada o fallida son sólo algunos de los adjetivos que tratarían de expresar las profundas dificultades a las que se enfrenta nuestro sistema que se mantiene estacionado en el vacío que deviene en la ausencia de una utopía.
A casi tres décadas de nuestro andar errante por la senda del neoliberalismo, los balances aparecen en el horizonte como poco prometedores, como señala Armando Bartra:
México tiene problemas enormes y apabullantes: sequías saharianas e inundaciones bíblicas, una economía pasmada cuyo estancamiento incuba pobreza y desempleo; crisis agrícola que ocasiona escasez y carestía de alimentos básicos; creciente exclusión social que se añade al sexismo, el racismo y el clasismo crónicos; las canalladas del narcotráfico; autoritarismo; represión; ejecuciones; desapariciones, desplazamientos forzados, mortandad, llanto, miedo […] Pero el problema mayor es la extendida creencia de que esos grandes quebrantos no tienen solución.81
De acuerdo con Héctor Aguilar Camín, uno de los principales retos de la izquierda contemporánea es elaborar un proyecto de cambio, de gobierno y de sociedad que sea cualitativamente distinto al programa neoliberal.82 Si la matriz histórico-ideológica que daba razón de ser a la izquierda, en su vertiente socialista y comunista, era la superación del capitalismo en favor de un nuevo sistema donde la libertad, la igualdad y la fraternidad pudieran cumplirse cabalmente, entonces es necesario repensar hoy la praxis política como posibilidad utópica.
Pero para ello es necesario que la izquierda reflexione de manera amplia sobre sus propias experiencias históricas. En este ensayo retomamos algunos problemas que el Partido Comunista Mexicano tuvo que sortear a lo largo del siglo XX y que, en buena medida, aún hoy son tendencias y dinámicas en proceso de resolverse.83 Si el actual modelo económico ya demostró sus irregularidades al acentuar la polarización social, las crisis económicas, la explotación, la inestabilidad social y el beneficio desmedido para unos cuantos,84 es importante que la izquierda retome su papel en la lucha por el bien de las masas populares.

Para ello es necesario volver a poner en el centro de la mesa temas como la relación entre el capital y el trabajo, la distribución de la riqueza, la relación entre mercado y Estado, así como buscar aperturar nuevos canales democráticos que impulsen la participación social de una manera más inclusiva.

Notas
1 Sonia Corcuera de Mancera, Voces y silencios en la historia. Siglos XIX y XX, México, Fondo de Cultura Económica, 2005, p. 124. [ Links ]
2 Marc Bloch, Introducción a la historia, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, p. 39. [ Links ]
3 Cfr. Carlos Antonio Aguirre Rojas, La “escuela” de los Annales. Ayer, hoy, mañana, México, Contrahistorias, 2005, p. 81. [ Links ]
4 Jean Chesneaux, ¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de la historia y de los historiadores, México, Siglo XXI Editores, 2005, p. 22. [ Links ]
5 Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, Tesis VII, México, Contrahistorias, 2005, p. 21. [ Links ]
6 Josep Fontana, Historia: análisis del pasado y proyecto social, Barcelona, Crítica, 1999, p. 261. [ Links ]
7 Barry Carr, La izquierda mexicana a través del siglo XX, México, ERA, 2000. [ Links ]
8 Elvira Concheiro, “Los comunistas mexicanos entre la marginalidad y la vanguardia”, en Elvira Concheiro, Massimo Modonesi y Horacio Crespo (coords.), El comunismo: otras miradas desde América Latina, México, UNAM, 2007, p. 530. [ Links ]
9 Los ejes temáticos que retoma Carr son: 1) ideología y política, 2) Estado y poder, 3) relaciones con organizaciones políticas, 4) internacionalismo y 5) sociología del PCM. Barry Carr, La izquierda mexicana a través del siglo XX, op. cit., pp. 17-28.
10 El término oposición política referida al PCM debe entrecomillarse pues históricamente los comunistas no siempre fueron una organización opositora al régimen.
11 Lorenzo Meyer, Nuestra tragedia persistente. La democracia autoritaria en México, México, Debate, 2013, p. 33. [ Links ]
12 Herbert Marcuse, Razón y revolución. Hegel y el surgimiento de la teoría social, Madrid, Altaya, 1995, p. 180. [ Links ]
13 Ibid., p. 174.
14 Armando Bartra, La utopía posible. México en vilo: de la crisis del autoritarismo a la crisis de la democracia (2000-2008), México, La jornada ediciones, 2011, p. 86. [ Links ]
15 Carlos Illades, Las otras ideas. El primer socialismo en México, México, ERA, 2008, p. 14. [ Links ]
16 Slavoj Zizek, “El espectro de la ideología”, Revista Observaciones Filosóficas [http://www.observacionesfilosoficas.net/elespectrodelaideologia.html].
17 Barry Carr, La izquierda mexicana a través del siglo XX, op. cit., p. 23.
18 Barry Carr, “Temas del comunismo mexicano”, Nexos [http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=266511].
19 Idem.
20 Entrevista a José Revueltas, en Arturo Anguiano, Guadalupe Pacheco y Rogelio Vizcaíno, Cárdenas y la izquierda mexicana, México, Juan Pablos Editor, 1975, p. 190. [ Links ]
21 “Condiciones de admisión de los partidos en la Internacional Comunista”, en Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista [http://www.marxismo.org/?q=node/1549], p. 132. [ Links ]
22 Cfr. Daniela Spenser, Los primeros tropiezos de la Internacional Comunista en México, México, CIESAS, 2009; [ Links ] Daniela Spenser y Rina Ortiz Peralta, La Internacional Comunista en México: los primeros tropiezos Documentos 1919-1922, México, INEHRM, 2006; [ Links ] Daniela Spenser, El triángulo imposible. México, Rusia Soviética y Estados Unidos en los años veinte, México, CIESAS, 1998; [ Links ] Daniela Spenser (coord.), Espejos de la guerra fría: México, América Central y el Caribe, México, CIESAS, 2004; [ Links ] Daniela Spenser, “Unidad a toda costa”: la Tercera Internacional en México durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, México, CIESAS, 2007. [ Links ]
23 Barry Carr, “Temas del comunismo mexicano”, op. cit.
24 Daniela Spenser, Los primeros tropiezos, op. cit., p. 69.
25 Carlos Illades, Las otras ideas, op. cit., pp. 14-43.
26 Barry Carr, La izquierda mexicana, op. cit., p. 41; Arnoldo Martínez Verdugo (ed.), Historia del comunismo en México, México, ERA, 1985, pp. 24-27. [ Links ]
27 Daniela Spenser, Los primeros tropiezos, op. cit., p. 93.
28 Ibid., p. 189.
29 Barry Carr, La izquierda mexicana, op. cit., p. 52.
30 Eric Hobsbawm, Revolucionarios, Barcelona, Crítica, 2003, p. 13. [ Links ]
31 Herbert Marcuse, El marxismo soviético, Madrid, Alianza, 1984, p. 34. [ Links ]
32 Arnaldo Córdova, La ideología de la Revolución Mexicana, México, ERA, 2005, p. 34. [ Links ]
33 Paco Ignacio Taibo II, Bolcheviques. Una historia narrativa del origen del comunismo en México (1919-1925), México, Ediciones B, 2008, p. 13. [ Links ]
34 Bolívar Echeverría, “Prologo”, en Pedro López Díaz, Capitalismo y crisis la visión de Karl Marx, México, Ítaca, 2006, p. 13. [ Links ]
35 Carlos Monsiváis, “La izquierda mexicana: lo uno y lo diverso”, Fractal, núm. 5, abril-junio, 1997, año 2, volumen II, pp. 11-28. [ Links ]
36 Friedrich Katz, “El papel del terror en la Revolución Rusa y en la Revolución Mexicana [http://www.istor.cide.edu/archivos/num_13/dossier4.pdf] [ Links ].
37 Idem.
38 Cfr. Alan Knight, La Revolución Mexicana. Del porfiriato al nuevo régimen constitucional, México, Fondo de Cultura Económica, 2010; [ Links ] Jean Meyer, La Revolución Mexicana, México, Tusquets, 2010. [ Links ]
39 Thomas Benjamín, La Revolución Mexicana. Memoria, mito e historia, México, Taurus, 2010, p. 42. [ Links ]
40 Alan Knight, “Lázaro Cárdenas”, en Will Fowler (coord.), Gobernantes mexicanos, tomo II: 1911-2000, México, Fondo de Cultura Económica, 2008. [ Links ]
41 Héctor Aguilar Camín y Lorenzo Meyer, A la sombra de la Revolución Mexicana, México, Cal y Arena, 2010, p. 189. [ Links ]
42 Armando Bartra, La utopía posible, op. cit., p. 81.
43 “La izquierda y la política de Cárdenas”, en Arturo Anguiano, Guadalupe Pacheco y Rogelio Vizcaíno, Cárdenas y la izquierda mexicana. Ensayo, testimonios, documentos, México, Juan Pablos, 1975, p. 35. [ Links ]
44 Samuel Arriarán Cuellar, Marxismo más allá de Marx, México, UPN, 2004, p. 108. [ Links ]
45 “Entrevista a Valentín Campa”, en Arturo Anguiano et al., Cárdenas y la izquierda mexicana… , op. cit., p. 152.
46 Discurso de Hernán Laborde en la Convención del Partido Comunista de Estados Unidos, Nueva York, 31 de mayo de 1938, RGASPI, fondo. 495, reg. 108, exp. 203, en Daniela Spenser, “Unidad a toda costa”: la Tercera Internacional…, op. cit., p. 337.
47 José Revueltas, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, México, ERA, 1980, p. 183. [ Links ]
48 G. Pérez, probablemente Vittorio Codovilla, Moscú, 28 de marzo de 1938. RGASPI, fondo 495, reg. 108, exp. 202, en Daniela Spenser, “Unidad a toda costa”…, op. cit., p. 311.
49 Andrés Gracia Salgado, presidente de la Comisión Depuradora de Control del Partido Comunista Mexicano, Nueva York, 28 de febrero de 1940, RGASPI, fondo 495, reg, 17, exp. 234, Ibid., p. 498.
50 Vittorio Codovilla, intervención en los trabajos preparativos para organizar el Congreso Extraordinario del PCM, México, 14 de diciembre de 1939, enviado al Comintern, RGASPI, fondo 495, reg. 17, exp. 122.
51 Valentín Campa, Mi testimonio. Memorias de un comunista mexicano, México, Ediciones de cultura Popular, 1985, p. 161. [ Links ]
52 Cfr. Olivia Gall, “El papel del PCM y de Lombardo en la guerra del Kremlin, la Comintern y la GPU contra Trotsky. México 1936-1940”, en Elvira Concheiro, Massimo Modonesi y Horacio Crespo (coords.), El comunismo: otras miradas desde América Latina, op. cit., pp. 615-651.
53 Ibid., p. 644.
54 Cfr. Valentín Campa, Mi testimonio…, op. cit., p. 161.
55 Dionisio Encina, Respuesta del Partido Comunista Mexicano. ¡Fuera imperialismo y sus agentes!, México, Edición Popular, 1940, p. 150-151, [ Links ] citado por Gerardo Unzueta, “Crisis en el partido, crisis en el movimiento”, en Arnoldo Martínez Verdugo (ed.), Historia del comunismo en México, México, Grijalbo, 1985, p. 189-190. [ Links ]
56 Cfr. Encarnación Pérez, “En el sexenio de Cárdenas”, en Arnoldo Martínez Verdugo, (ed.), Historia del comunismo en México, México, Grijalbo, 1985, p. 187. [ Links ]
57 Antonio Rousset, La izquierda cercada. El partido comunista y el poder durante las coyunturas de 1955 a I960, México, Instituto de Investigaciones “Dr. José María Luis Mora”, 2000, p. 69. [ Links ]
58 Barry Carr, La izquierda mexicana, op. cit., p. 252.
59 Armando Bartra, Hambre/Carnaval. Dos miradas a la crisis de la modernidad, México, UAM-Xochimilco/MC Editores, 2013, p. 36-53. [ Links ]
60 Ibid., p. 282.
61 Massimo Modonesi, La crisis histórica Juan Pablos Editor, 2003, p. 29. [ Links ]
62 Barry Carr, La izquierda mexicana, op. de la izquierda socialista mexicana, México, cit., p. 285.
63 Max Ortega y Ana Alicia Solís de Alba, La izquierda mexicana, una historia inacabada, México, Ítaca, 2012, p. 31. [ Links ]
64 Barry Carr, La izquierda mexicana, op. cit., p. 283.
65 Massimo Modonesi, La crisis histórica de la izquierda socialista mexicana, op. cit., p. 30.
66 Jo Tuckman, México, democracia interrumpida, México, Debate, 2013, p. 355. [ Links ]
67 Cfr. Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, Barcelona, Planeta De Agostini, 1993, p. 32. [ Links ]
68 Cfr. Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa. Racionalidad de la acción y racionalización social, Madrid, Taurus, 1999. [ Links ]
69 Zygmunt Bauman, Miedo líquido: la sociedad contemporánea y sus temores, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 10. [ Links ]
70 Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, México, Planeta, 1992, p. 208. [ Links ]
71 Jean-François Lyotard, La condición posmoderna, Barcelona, Planeta-Agostini, 1993, p. 42. [ Links ]
72 Idem.
73 Gianni Vattimo et al., En torno a la posmodernidad, Barcelona, Anthropos, 2003, p. 17. [ Links ]
74 Idem.
75 Ibid., p. 15.
76 David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Madrid, Akal, 2007, p. 6. [ Links ]
77 Ibid., p. 11.
78 Carmen Aristegui y Ricardo Trabulsi, Transición. Conversaciones y retratos de lo que se hizo y se dejó de hacer por la democracia en México, México, Grijalbo-Proceso, 2013, p. 252. [ Links ]
79 Cfr. Octavio Paz, El ogro filantrópico [http://sistemapoliticomexico.files.wordpress.com/2012/11/el-ogro-filantrc3b3pico.pdf] [ Links ].
80 Carmen Aristegui y Ricardo Trabulsi, Transición…. , op. cit., p. 253.
81 Armando Bartra (coord.), Los grandes problemas nacionales. Diálogos por la regeneración de México, México, Ítaca, 2012, p. 9. [ Links ]
82 Héctor Aguilar Camín, “Caminos de la izquierda democrática”, Nexos, México, junio de 2014 [http://www.nexos.com.mx/?p=21291] [ Links ].
83 Me refiero particularmente al faccionalismo, al centralismo, la personalización del poder, la ausencia de democracia entre sus militantes y la importación acrítica de modelos políticos que no necesariamente responden a los problemas de la sociedad mexicana.
84 Cfr. José Woldenberg, “La izquierda que llegó para quedarse”, Nexos, México, junio de 2014 [http://www.nexos.com.mx/?p=21286] [ Links ].

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