«Díganle a mi hija que morí luchando…»

“Díganle a mi hija que morí luchando”

Recuerdo que esa noche me desperté por los sonidos incesantes, parecían cohetes navideños, pero poco a poco me di cuenta que era algo más. En plena oscuridad mis padres se levantaron y en secreto murmuraban algo, luego nos levantaron y de manera improvisada crearon una especie de refugio dentro de la casa: unieron los colchones de las diversas camas y nos metieron a mi hermano y a mí, luego ellos dos entraron. Así comenzó aquel episodio de mi vida, a mis diez años conocí un personaje del cual había escuchado historias terribles, pero que en realidad no conocía: La guerra.

En noviembre de 1989 vivíamos en un suburbio de Soyapango, al oriente de la Capital salvadoreña. Años después, por mis propios medios investigué y logré conocer que, justamente la noche del 11 de noviembre, columnas de combatientes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que venían de Guazapa y otras zonas del norte del país entraron a Soyapango, por el Río Sucio o el Río Las Cañas, que justamente lindaba con la colonia en la que vivíamos.

En efecto, cuando las balas cesaron (no recuerdo cuánto tiempo pasó) y logramos salir brillaba un sol radiante y en lo alto del pasaje habían personajes extraños, pero muy interesantes para la curiosidad infantil. Todos los cipotes fuimos subiendo hasta la punta del pasaje y nos acercamos, poco a poco, a un amable señor de gran barba y traje verde olivo, sobre su hombro un arma muy larga, junto a él unas jóvenes de pelo alborotado, sonreían muy tranquilas. Conversaron con los cipotes más grandes y a los pequeños nos regalaron dulces, creo que la señora de la tienda, la niña Martha les regaló cosas y ellos compartieron con nosotros. Todo parecía en calma.

Luego de un rato y de satisfacer la curiosidad infantil, de ver “un guerrillero” en vivo y en directo y darnos cuenta que eran jóvenes normales como cualquiera, pasamos a las labores cotidianas. Mi hermano y yo a comprar las tortillas, donde la niña Leti, cuya casa quedaba justo arriba del pasaje. De repente zumbaron las balas, algunas atravesaron las laminas de la humilde tortillería, y todos los que nos encontrábamos ahí instintivamente nos agachamos, yo levantaba la cabeza, porque quería ver qué pasaba.

Pero el señor barbudo nos gritó: “todos al suelo y cúbranse… estos hijos de puta nos están disparando”. Los Hijos de Punta se transportaban en el avión y disparaban contra los combatientes, estuviese, quien estuviese presente. Por suerte, el asunto no paso a más y todos salimos ilesos, por lo menos ese día, y mi hermano y yo salimos en guinda hasta la casa.

No estoy segura cuántos días y noches pasaron, pero tengo la impresión que fueron muy pocos. Entre esos días hubo una noche cruel, sellada con el toque de queda y donde el avión pasó disparando y disparando, zumbaban las balas en los techos. Cuando el avión había cesado su amenaza, a lo lejos, con vos quedita una desesperada voz femenina decía “ayúdenme, déjenme entrar, ando perdida…”, alguien tocaba las puertas y portones, pero creo que nadie abrió.

Cuando amaneció se escuchaba un pesado silencio. Como era lógico los cipotes del pasaje comenzaron a salir de las casas y formamos un grupo grande, yo era la única niña, que recuerde que se unió al grupo. Hasta el pasaje llegaron rumores que habían unos muertos en la entrada de la colonia, cerca del obraje y decidimos ir a ver.
Cuando terminamos de subir la cuesta (Bosques del Río es una colonia de eternas colinas) llegamos y pude ver que había dos cuerpos, una mujer y hombre. La escena era impactante: primero se encontraba un joven, muy joven, casi como nosotros, sin barba y de piel blanca, acostado, como si descansara mirando al cielo, pero estaba inmóvil frente a un sol caliente, su uniforme roto y la mezcla del verde con un café oscuro sobre la tela era una señal de la sangre que brotó hacia horas, debido a los múltiples disparos que había recibido. Su rostro estaba descubierto, la gorra que llevaba estaba zafada, como que si su cabeza hubiese golpeado el suelo sin mayores cuidados, sus ojos y su boca abiertos mirando hacia arriba, pero apagados, sin luz, ni aliento.

A unos metros estaba una joven. Lo primero que me llamó la atención fue su cabello negro totalmente alborotado, salvaje, su uniforme verde, sus botas negras y su pantalón dentro de ellas. Ella se encontraba hincada y recostada sobre sus piernas desangradas y el asfalto, a un costado tenía el fusil, o no sé qué era, pero era un arma grande, casi del largo de su cuerpo (ahora que analizo la escena daba la impresión que estaba en posición de defensa y que ahí habían sido sorprendidos por un ataque aéreo).

A su alrededor y sobre sus piernas habían varias bolsas de sal, parecía que intentaban cubrir la sangre, pero mi mente infantil no comprendía ¿Para qué la sal? Pensé. En ese momento una señora que pasaba por ahí dijo: “niño no dejes que la niña vea esto, se va a traumar” y mi hermano, que era un par de años mayor, intentó infructuosamente taparme los ojos, pero la verdad es que estábamos frente a una realidad que nos tenía absortos y continuamos observando.

De repente, algo llamó mucho mi atención, se trataba de un pedazo de cartón que la joven tenía colocado sobre su pecho y en él había una frase escrita con un color rojo oscuro, casi café, que decía “Díganle a mi hija que morí luchando”. Desde ese instante y con el pasar de los años surgieron miles de dudas o interrogantes ¿Quién era la hija? ¿Qué lucha era esa? ¿Quién era esta joven madre? ¿Por qué murió así? ¿Dónde está esa hija? ¿Se habrá enterado la hija de lo sucedido a su madre? ¿Pudo alguien llevar ese último y sentido mensaje?

Siempre he mantenido esa inquietud de saber quién era esa hija y poderle decir el último mensaje de su madre y contarle que sus restos, junto a los de aproximadamente 20 combatientes, en su gran mayoría jóvenes, fueron enterrados por la comunidad en una fosa común, ubicada en un predio baldío de la Colonia Los Ángeles, frente a la entrada de la Colonia Monte Blanco, de Soyapango.

Años después, en ese mismo lugar se construiría un local para ANTEL, que luego pasó a ser TELECOM, y que fue ahí cuando encontraron y extrajeron los restos, de esos muchachos, luego no sé qué pasaría con ellos.

Hoy, muchos años después, esa frase ha marcado mi corazón y siempre pienso si esa hija conoció el heroico legado de su madre. Quizás justamente por ese mensaje, que no estaba dirigido para mí, pero que de alguna manera me provocó empatía a pesar de mi ignorancia infantil, años después comencé a trabajar en la búsqueda de personas desaparecidas durante la guerra.

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