Dos batallas guerrilleras estratégicas

Dos batallas guerrilleras estratégicas narradas por el comandante Claudio Armijo del ERP.

Después de intensos combates en la periferia de San Salvador, las fuerzas guerrilleras empiezan el repliegue, este movimiento fue interpretado por el ejército como una retirada.

Sin embargo, para los guerrilleros era nada más un reacomodo. Los guerrilleros se concentraron en las faldas del volcán de San Salvador, para reiniciar los combates en la Colonia Escalón, y con un objetivo concreto: tomarse el hotel Sheraton.

El hotel por su altura era un objetivo estratégico, que al final redituó beneficios políticos, gracias a los inesperados ocupantes que encontraron en él.

Lunes 23 de julio de 2007
Entrevista y edición Geovani Galeas y Berne Ayaláh (Tercera y última entrega)
redaccion@centroamerica21.com

Claudio Armijo, comandante de las fuerzas militares del ERP durante la ofensiva de 1989.

Para nosotros, como fuerza del ERP y desde el punto de vista militar, el momento más difícil de toda la ofensiva Al Tope fue en la colonia Zacamil.

Recuerdo que un compañero del mando me dijo que enviáramos un mensaje a nuestro comandante, Joaquín Villalobos, explicándole que la situación era ya tan crítica que habíamos llegado al punto de proclamar vencer o morir. Yo le respondí que para morir faltaba mucho; esa misma noche rompimos el cerco y salimos hacia el volcán.

Hay momentos en que, como jefe militar en el terreno, sabes que la situación es muy difícil, pero por eso debes saberte conducir y no delatar tus preocupaciones. Eso te hace ver un poco más allá, esforzarte, hacer más sacrificio. El rostro del jefe y su actitud frente al combate puede decidir una batalla, los combatientes están pendientes de ti.

Existe una gran diferencia entre la batalla del Moscarrón y la de la Zacamil: allá nosotros llevábamos la ventaja y aquí éramos nosotros quienes estábamos cercados. Aunque es importante decir también que el enemigo estaba un poco desordenado. Lo que sí nos complicaba era la ametralladora cincuenta que rompía las paredes y de nada te servía cubrirte en ellas. Eso psicológicamente es de un gran impacto para cualquier combatiente.

Cuando ingresaron las tanquetas a la zona, nosotros concentramos el fuego, entonces escuchamos por radio que habíamos superado el blindaje y que ellos tenían heridos. Los blindados no significaron mayor problema. El problema fue el bombardeo y el roqueteo desde los helicópteros.

El ejército logró articular una respuesta a la ofensiva el día 16 de noviembre, fecha en que mataron a los sacerdotes Jesuitas. La idea de ellos era retomar todas las posiciones, porque ese día en la madrugada combatimos fuerte y le hicimos varias bajas al batallón Bracamonte. No pudieron sacarnos de nuestras posiciones.

Tampoco tenía el ejército un cerco cerrado, pues la ofensiva los sorprendió. Ellos fueron pasando de la esperanza de que ya nos íbamos a ir hasta que, al fin, se decidieron a pedir el apoyo aéreo debido al posicionamiento de la guerrilla en la capital.

El ejército decidió utilizar la aviación en un momento de desesperación, pues lo que querían era sacarnos de la ciudad a toda costa. Las colonias Zacamil y Emmanuel fueron atacadas y bombardeadas con todo su poder de fuego.

En esas condiciones debíamos comenzar a replegarnos para evacuar a los heridos y reabastecernos. El desgaste y la presión militar del momento así lo exigían. Como he dicho, si nos hubiésemos quedado ahí nos habrían hecho más bajas y capturas o nos habrían matado a todos. Así de sencillo
El comandante Facundo Guardado, con sus tropas de las FPL, también se retira de Mejicanos y se reúne con nosotros. Ambas fuerzas nos movimos en dirección del volcán de San Salvador.

El ejército interpretó ese movimiento como si nosotros, ya derrotados, habíamos optado por una retirada definitiva. Ese fue su error. Nuestra intención y nuestra decisión era otra: al replegarnos lo que hicimos fue salirnos de una situación crítica para acomodar nuestra maniobra ofensiva en un sector de mayor importancia. Se trataba de una readecuación estratégica de toda la maniobra ofensiva. En las faldas del volcán realizamos las coordinaciones para una nueva incursión.

La toma del Sheraton

Como lo expliqué antes, nosotros ya contábamos con un plan preciso de la operación Sheraton. Tomar ese hotel, situado en una zona poblada por familias adineradas, y cercana a la Residencia Presidencial, significaba darle continuidad a la maniobra general de la ofensiva, pero además nos permitiría hacer resonar nuestra acción en todo el mundo, lo que implicaba traducir en beneficio político el uso de la fuerza.

Las experiencias acumuladas en los días anteriores eran importantes, pues nunca hasta ese momento habíamos estado más de un día dentro de la capital. Mientras nosotros realizábamos ese movimiento, en otros sectores de San Salvador, como en Ciudad Delgado y Soyapango, las otras fuerzas de la guerrilla continuaban los combates.

Nuestro desplazamiento abarcó parte de la 75 Avenida Norte y el final de la Juan Pablo II. Fue un amplio sector donde las tropas guerrilleras se posicionaron, de cara a amplios sectores de residencias que bordeaban el hotel. El objetivo de toda esa maniobra consistía en apoyar la toma del hotel, que era la operación principal.

Sorpresas en el hotel

Cuando nuestros comandos entraron al Sheraton no sabíamos que ahí estaba Joao Baena Soares, secretario general de la OEA, y tampoco conocíamos de la presencia de los marines norteamericanos. Lo que nos interesaba era la posición, porque se trataba de una altura y además estaba pegada a nuestro corredor de posibles retiradas y de maniobras militares.

La situación se volvió más tensa cuando Joaquín Villalobos y Ana Guadalupe Martínez nos avisaron, desde el exterior, que Baena Soares y los marines estaban ahí.

Yo tenía mi puesto de mando en la Escalonia, en las afueras del hotel. Las fuerzas de las FPL entraron por el redondel Artiga y por el Crucero. En ese momento teníamos total control del hotel y de sus alrededores.

Militarmente los marines estaban en nuestras manos, podíamos aniquilarlos perfectamente, pero la orden fue no hacerlo. A ellos los salvó la evaluación política de lo que sus muertes hubieran implicado en términos de un conflicto internacional.

Tiempo después, durante las negociaciones para la firma de la paz, un importante funcionario norteamericano nos confirmó algo que en aquél momento ignorábamos: una unidad de la Fuerza Delta del Ejército de Estados Unidos había despegado con el objetivo de rescatar a los marines.

En medio se esa situación tan tensa se realizaron negociaciones. Nosotros nos comprometimos a evacuar la zona para que pudieran salir tanto Baena Soares como los marines. Fue un gesto político de nuestra parte.

Salimos del hotel el 22 de noviembre con dirección hacia el volcán, pero tampoco en esa ocasión se trataba de un repliegue definitivo, aunque las fuerzas de las FPL que nos habían acompañado si se retiraron debido al cúmulo de heridos que tenían.

Yo esperé en el volcán a la fuerza del partido comunista. Nos reunimos el 28, y el 29 entramos juntos a la colonia Lomas Verdes, mientras otras unidades del PC y las FPL incursionaron a la colonia Escalón en diferentes momentos.

El repliegue

Luego de esas incursiones se comienza a dar el agotamiento. Éramos una fuerza que venía de combatir, que tenía heridos y que necesitaba reabastecerse. Todo eso, el cansancio, el cúmulo de heridos, la perdida de capacidades logísticas, la reducción de nuestra capacidad para maniobrar en el terreno y la toma de la contra ofensiva por parte del ejército nos obligaron a retirarnos.

Entonces comenzamos a salir definitivamente del asedio a la capital. En todos esos días de combate dormimos muy poco a nada, y el estrés se acumula. Uno lo supera durante un tiempo, pues el ser humano enfrentado a situaciones difíciles suele comportarse de manera increíble, la forma cómo se pueden sacar energías prácticamente de la nada es extraordinaria.

En una batalla como la ofensiva Al Tope no había seguridad de encontrarte fuera del alcance del fuego enemigo, aunque estuvieras en el puesto de mando, pues la batalla era dirigida desde allí mimo, a pocos metros.

En toda la operación de la ofensiva no hubo un momento en el cual no estuviera dando indicaciones, siempre había actividad permanente. El fuego enemigo más cercano fue el de la ametralladora cincuenta y el de los roquetazos que nos caían encima de las posiciones.

Nosotros logramos articularnos bien y evadir. El ejército mostró una serie de confusiones y de movilización de tropas de diferentes guarniciones.

En síntesis: la ofensiva de 1989 consistió en la penetración de toda la zona norte de la capital, especialmente en los barrios populares; luego de ahí se le da continuidad con otras operaciones de incursión al Hotel Sheraton y a las residencias de sus alrededores, donde los combates pasan a ser mayoritariamente ventajosos para la guerrilla.

Los combates en la zona de la colonia Escalón desestabilizaron al ejército pues no era lo mismo combatir en las colonias populares que en las grandes residencias, donde viven personas de influencia en el gobierno, eso desestabiliza pues es la zona más estratégica.

La ofensiva de 1989 ha sido la operación guerrillera urbana más importante en la historia moderna de América Latina; fue a la vez el signo de una época en la cual cristalizaron los esfuerzos conjuntos de todas las organizaciones del FMLN.

La incursión a las residencias de personas acaudaladas y al mismo Hotel Sheraton significó un quiebre en el curso de la guerra; fue a partir de esa acción militar que la negociación pasó a ocupar el lugar primordial en la estrategia tanto de la guerrilla como del gobierno

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