El estado Centroamericano

EL ESTADO CENTROAMERICANO
Por Sarbelio Navarrete (marzo de 1913)

La obra de la independencia de Centro América no fue simplemente una disgregación de la colonia del Gobierno de España; aquel acto trascendentalísimo en la vida de estos pueblos entrañaba necesariamente una revolución. Un nuevo Estado surgía por la virtud de fuerzas hasta entonces desconocidas, pero que en la mente de los emancipadores se traducían en fórmulas políticas, doctrinas filosóficas, credos religiosos, formas de gobierno y aspiraciones comunes de libertad. La Patria no existía; el Estado Nacional no existía; la República de Centro América era una entidad insospechada aún para los mismos padres de la independencia. No había más que el deseo casi unánime en las clases directoras de abandonar la tutela de España y sacudir el yugo de aquel vasto poderío en decadencia. Este era el propósito único y primordial del momento en el alma de la gente criolla; la organización del nuevo Estado y su forma definitiva vendrían después.

Podemos fácilmente, pues son bien sabidas, hacer un compendio de las «ideas-fuerzas» que impulsaron a los espíritus selectos de la época hacia la secesión del antiguo reino de Guatemala, de la Monarquía española, como extremo recurso para conseguir su libertad y soberanía. Los principios de la Revolución francesa se habían propagado como un incendio que amenazase al universo entero; la bandera tricolor daba la vuelta al mundo, y las almas oprimidas se rebelaban al grito de libertad, igualdad y fraternidad. Derechos políticos, derechos del hombre, supremacía de la razón, ley del progreso, religión de la humanidad, contrato social, laicización de los Estados: eran otras tantas ideas fascinantes que germinando en las inteligencias cultivadas, inflamaron los corazones, movieron las voluntades y pusieron el puñal del conjurado en las manos de los insurgentes. Al despertar de la Europa civilizada, la América española se irguió también proclamando sus derechos, después de tres siglos de explotación y servidumbre; y cuando la Madre Patria quiso detener el desmembramiento de sus colonias, era ya tarde, pues ella misma se desmoronaba en el interior acosada por las huestes de Bonaparte. La invasión napoleónica fue, no una causa eficiente, sino ocasional y propicia para la emancipación de los pueblos de la América indo-hispana.

Centro América se declaró independiente, arrastrada por la corriente imperiosa de los acontecimientos que se desarrollaban en el Nuevo Mundo, ilustrados por la heroicidad de los caudillos, y respondiendo al mismo tiempo a la renovación total de las ideas que se operaba entonces, conmoviendo hondamente los espíritus y los viejos sillares del edificio social. El lugar común de que estas provincias habían llegado a la mayor edad, no es más cine una frase como cualquier otra; así como la afirmación retrógrada de que los males que después las han conturbado, ha sido porque no estaban preparadas para la liberad, no vale la pena ni de tomarse en cuenta.

La obra de nuestros próceres, he dicho, implicaba necesariamente una revolución, una doble revolución: la primera sería el implantamiento o adopción de las ideas de la época, y la segunda la organización del Estado centroamericano. Era una doble lucha en que todo iba a ser removido, —instituciones y credos, derechos y costumbres, — para adaptarse a otras formas de evolución más avanzada; y porque se necesitaba además, y antes que todo, darle vida a la Patria naciente, fundar el nuevo Estado Nacional, organizar la flamante entidad política e inscribir su nombre en el escalafón de las naciones civilizadas.

Son tres las fases de toda revolución, según Gioherti: la mayoría del pensamiento (soberanía de la razón, lucha contra el dogma); la constitución de las nacionalidades (fundamento del derecho público moderno), y la redención de las plebes (cuestión social) «Estas capi capitalidades que mueven la revolución», —dice Bovio, y que fueron formuladas por Gioberti en 1851, — «están desde entonces netamente planteadas y continúan subsistiendo». Tal para nosotros el doble aspecto de la revolución a que dio origen la proclamación de la independencia de Centro América, y que corresponde a las dos primeras fases indicadas; la tercera no ha aparecido todavía en ademán revolucionario y por lo tanto no nos interesa en este momento. Alrededor de esta doble revolución gira nuestra historia, como gira la historia de las demás nacionalidades que hicieron su advenimiento en los comienzos de la pasada centuria.

De los principios fundamentales, —religioso, jurídico, político y económico—, que han pretendido y pretenden ser la base organizadora de las sociedades, es sin duda el principio religioso el que aparece predominando desde que tenemos noticia oral o escrita de los principales acontecimientos y de los orígenes de la humanidad, ya que la religión no es más que la explicación provisional, —filosofía y ciencia a la vez, — de los fenómenos cósmicos y humanos. Cuando el Estado hace su aparición en la sociedad, la religión lo envuelve completamente en la inextricable malla de sus dogmas, formando esa secular superestructura teocrática que, a pesar de los desgarros que ha sufrido, se mantiene aún asida a la corteza de las civiles instituciones. No sin fundamento, sociólogos y moralistas eminentes, —entre ellos Kidd, Le Bon, Renán y Quinet, — consideran el factor religioso actuando en primer término en las transformaciones sociales. Pero frente al factor religioso existen los otros principios mencionados, de los cuales el jurídico y político se presentan no menos patentes y virtuales, moviendo los resortes del Estado y dirigiendo su evolución. El factor económico, finalmente, relegado durante largos siglos a la categoría de las cosas secundarias, ha conquistado en la época contemporánea el puesto que científicamente le corresponde, y aún parece disputar a los demás la preponderancia en cuanto es considerado como la fuerza máxima o la única fuerza generatriz de los fenómenos de la vida societaria. Quien quiera, pues, estudiar el origen y desenvolvimiento de esa gran formación histórico-social, como diría Pasquale Rossi, que llamamos Estado, tendrá que tornar en cuenta necesariamente esos factores superorgánicos, inquiriendo las leyes en cuya virtud obran y ponderando su acción en las determinaciones todas de la vida individual y colectiva.

Ante esa gran formación histórico-social, el Estado, parece que se eclipsan los fenómenos cuotidianos (le la vida extra-oficial, o pasan por lo menos inadvertidos bajo la sombra inmensurable que proyectan sus instituciones milenarias. El Estado viene a ser la entidad todopoderosa que absorbe la existencia personal más allá de sus importantes manifestaciones de tal manera, que su desaparición se nos figura un sueño utópico, y hasta tal grado, que juzgamos ilegítimo, falso o sin valor ninguno todo cuanto no lleve su sello, su consagración o su aquiescencia. He aquí de qué modo el Estado, como suprema forma de la vida social, ha constituido durante varios siglos el objeto precipuo, si no exclusivo, de la historia; más todavía, desapareciendo ante él la sociedad, ha llegado a suponérsele como el único autor o productor de la historia. Por eso ha sido ésta eminentemente política; la historia de los hechos humanos no ha sido otra cosa que la narración de las transformaciones estatales; escribir la historia de un pueblo ha sido referir los hechos más salientes de sus gobiernos y gobernantes sucesivos. La historia social, la verdadera historia científica, esbozada en los comienzos del siglo decimonono, se presentó en los últimos años plenamente relevada, aprovechando los elementos de las ciencias naturales y los datos de la sociología.

Es, por consiguiente, sobre el terreno de la historia escrita donde hay que buscar la génesis del Estado y seguirlo en su desarrollo progresivo; vale decir que, para explicar la evolución de un Estado cualquiera, o lo que es igual, de una Nación organizada en Estado, conviene recurrir a los datos que nos suministra la historia de esa nación. Así, pues, en el presente trabajo, en que me propongo hacer nada más que un pequeño ensayo a manera de planificación o prospecto de una monografía acerca del Estado Nacional Centroamericano, tendré que valerme principalmente de los elementos ya contrastados de la patria historia, interpretando dentro de una doctrina sociológica determinada los fenómenos políticos fundamentales que han marcado el proceso de nuestra vida nacional.

Ahora bien, la Historia de Centro América no ha sido escrita aún, no digamos con intenciones científicas, pero ni siquiera siguiendo un señalado sistema o preconcepto filosófico. Las relaciones de nuestros cronistas son meramente expositivas, o político sectarias; refieren con más o menos simplicidad los hechos sucedidos, o los coordinan de tal modo que concurran a la demostración de una tesis partidarista. Nuestra historia ha tenido que presentar indefectiblemente las dos primeras fases, -la narrativa o expositiva y la instructiva o pragmática,-de las tres que Bernheim distingue en el devenir de la historia general; la tercera, —la evolutiva o genética,— que es una integración de ambas, aparecerá cuando los estudios históricos y sociológicos despierten entre nosotros el entusiasmo que han suscitado en otros países. «En un principio simplemente narrativa, —dice Schmoller,— la historia se ha convertido en seguida en pragmática y por fin en genética, es decir, se ha propuesto explicar las relaciones internas y causales de los acontecimientos, la influencia de la naturaleza y de la raza, las ideas tradicionales y los conocimientos nuevos, los grandes hombres y las instituciones».

En las postrimerías del coloniaje, los grupos directores de la comunidad centroamericana, obrando bajo el influjo de sentimientos de libertad, se agitan inconscientes de las fuerzas reales que los empujan fatalmente hacia la emancipación, ignorantes de la transformación radical que este acto de suprema rebeldía iba a producir en las condiciones sociales de su época. «Suponer que los hombres, —dice el eximio sociólogo Antonio Labriola,- siempre y en todos los casos, hayan tenido una conciencia aproximadamente clara de la propia situación y de aquello que más les hubiese convenido racionalmente hacer, es suponer lo inverosímil, mejor dicho, lo inexistente». ¿Quién, sin incidir en temeraria especulación, podría asegurar que por la mente de los optímates de la independencia pasó por un momento siquiera la imagen de los acontecimientos capitales que se han sucedido en nuestra historia, la visión del desastre de la patria común, el cambio completo de instituciones y costumbres, en una palabra, toda la infuturación social y política del nuevo Estado a que dio origen la heroicidad de sus esfuerzos?

Al través de la fraseología que expresa las idealidades colectivas de una época, palpitan latentes las circunstancias materiales que han venido creándose en el transcurso del tiempo. Estimamos buenamente que los hechos reales se efectúan por la virtud de los- idealismos expresados, cuando éstos no son, al contrario, sino los reflejos de la realidad que tiende a patentizarse. Formando en un momento de la evolución el terreno material propicio a la transformación social, tiene ésta por necesidad que verificarse, para lo cual se producen algunas veces esos grandes cataclismos que se llaman revoluciones. «Esas dislocaciones políticas —dice De Greef— coinciden siempre con perturbaciones de la misma naturaleza en las creencias; acompañan, preceden y siguen, y este último caso es el más frecuente, a los antagonismos que nacen en la conciencia colectiva y que, desde entonces, impelen a las diversas partes y unidades del cuerpo social a evolucionar unas frente a otras como elementos hostiles e irreconciliables, para los cuales la vida común se ha hecho imposible.

Sobre el terreno material, pues, de las condiciones ambientes acumuladas por el régimen colonial, se produjeron los antagonismos irreconciliables entre la clase de los criollos y la de los españoles peninsulares, detentadores de la riqueza publica y del poder político. Arrebatar este poder y adueñarse de la riqueza para convertirla en nacional constituía en el fondo las aspiraciones de emancipación; de tales aspiraciones surgió toda una ideología con pretensión a imponerse a las inteligencias populares; del fermento de esas ideas y pasiones combinadas, estallo por fin la catástrofe revolucionaria, y Centro América fue libre e independiente.

El dislocamiento producido en las creencias entonces dominantes, es el fenómeno más saliente que acompaña a nuestra revolución. Las creencias políticas y religiosas, las jurídicas y económicas, fueron sometidas al escalpelo de la crítica racional; y como el principio religioso es la primera envoltura de las sociales instituciones, puede decirse que la tendencia del Estado Centroamericano a convertirse de teocrático en laico, o sea la historia de sus luchas con la omnipotente autoridad eclesiástica, señala el aspecto más importante de su formación y desenvolvimiento. Por sustraerse a esa influencia tradicional teocrática, pugna al mismo tiempo todo el sistema político, jurídico y económico, evolucionando frente a las fuerzas de resistencia que se le oponen; y en medio de esta lucha de encontrados elementos, el Estado Centroamericano tiende a afirmar su personalidad independiente, tomando la forma preparada por las condiciones que precedieron a su aparición, es decir, tiende a equilibrarse y constituirse, fundiendo en su naturaleza aquellos principios evolucionantes, como que son ellos, al fin, la sustancia de su propio organismo.

Investigar el proceso de nuestra revolución desde el punto de vista sociológico, equivaldría a analizar los dos primeros aspectos con que ella se manifiesta: el desgarramiento de la superestructura católico-feudal, que trae por consecuencia la modificación de las ideas e instituciones jurídicas, políticas y económicas, y el hecho culminante de la tendencia de la colonia a constituirse en Estado Nacional. Del movimiento de esos factores, obrando en la psicología del conglomerado social, y tomando en cuenta, además, las condiciones del medio físico y de la raza, surge el Estado Centroamericano, con los caracteres peculiares que en su fisonomía han impreso sus tradiciones y su historia antecedente.

Podemos dar el primer puesto de acción a uno cualquiera de los factores prenominados. Puede demostrarse, según el concepto sociológico que se tenga, que es el principio religioso, o el jurídico, o el político; que ha sido el quebrantamiento del poder de la Iglesia y de las creencias religiosas, o la acción personal de los políticos y de los caudillos, o la obra de juristas y legisladores, lo que ha determinado más que ninguna otra causa el movimiento géneto-evolutivo de nuestro Estado y de su constitución. Inclinado, por mi parte, a conceder la preponderancia al factor económico como subestructura y causa primera de los fenómenos del mundo social, procuraré en este ensayo de sociología centroamericana aplicar la teoría del materialismo histórico al Estado Nacional de forma federativa, a su génesis y evolución, a su organización efímera y a su fraccionamiento final en cinco Estados provinciales de forma unitaria. Intento abordar tan difícil tema sin pretensiones de ahondar en él poco ni mucho, ya que la exigüidad de los elementos de que dispongo y mi escasa experiencia mental casi me inhiben para dar una sola plumada en el asunto. La fundación del Estado Nacional Centroamericano es para nosotros, y lo será mientras no se establezca definitivamente, el problema capitalísimo, ante el cual todo otro es secundario, puesto que significa nada menos que la constitución de la nacionalidad, la existencia de la Patria: el «ser o no ser» de nuestra personalidad independiente y libre. Otras naciones han resuelto ya el problema político; se han constituido de manera más o menos cohesiva y solidaria; en tanto que nosotros nos agitamos estérilmente por resolverlo, si es que no hemos caído en la apatía de los pueblos esclavos.

Reconociendo, pues, la influencia decisiva de los otros factores sociológicos, lo mismo que la del ambiente, de la raza, de la topografía, de los héroes y, sobre todo, de las mil determinaciones psíquicas indefinibles de los individuos y de las muchedumbres; proclamando, precisamente, que la historia científica y la sociología de una nación deben apreciar todos esos elementos, como antes he dicho, y ponderar su acción y su fuerza, quiero dejar consignado que el proceso de la evolución es uno, que todas sus modalidades se engloban en un conjunto unitario, y que si se habla de fases o manifestaciones determinadas, es simplemente como medio de expeditar el análisis. Declaro, en consecuencia, que el criterio doctrinal que sirve de base a mi ensayo, el del materialismo histórico, es un criterio demasiado unilateral y simplista, que no basta a explicar en su totalidad el origen y desarrollo de nuestro Estado, pero que pretende ser su fundamento más sólido y su causa más eficiente. Apasionado por el movimiento científico moderno en los estudios jurídico-sociales, he querido encarar el tema, como una iniciación, con la seguridad de no poder explanarlo. Así es que el presente trabajo, como obra de mero tanteo en el campo de la sociología, no será otra cosa que una visión de perspectiva del Estado Nacional Centroamericano.

II

El Estado es el núcleo central, coercitivo y dirigente de los agregados sociales; producto de las fuerzas orgánicas de una nación, es al mismo tiempo el principio virtual que la constituye y mantiene, evitando su disolución. La tendencia inmanente de todo agregado social humano, como la de los cuerpos orgánicos, con los cuales han sido comparados analógicamente, es la de conservar su unidad al través de las vicisitudes que ocasiona la lucha por la vida. La heterogénea multiplicidad de fuerzas de la psiquis colectiva, convergiendo en un punto común, crean el Estado; el cual será tanto más eficaz y subsistente cuanto mayor sea el poder de las fuerzas que le han dado origen. Este poder eminente constituye lo que llamamos soberanía; de modo que soberanía y Estado son ideas correlativas que se compenetran: no pueden existir separadamente.

En las monarquías el rey es la suma de las fuerzas nacionales; la soberanía encarna en su persona, y así pudo decir Luís XIV: «El Estado soy yo». En las modernas democracias, una ficción de Derecho Político supone que la soberanía reside esencialmente en la universalidad de los habitantes de un país; pero de hecho, es decir, realmente, la soberanía es oligárquica, reside en las clases pudientes que son las directoras, las cuales forman el Estado, o sea el núcleo central, coercitivo y dirigente, que se ensancha hasta tocar los lindes imprecisos del cuarto Estado, el todavía informe de las clases desposeídas, que entre nosotros no dan señales de acción sino como instrumentos pasivos en auxilio de los aspirantes a la cosa que se dice pública. Esta lucha de económicos intereses es el nervio de la historia, la cual, manifestándose altamente en el Derecho y el Estado, viene a ser la suprema concreción de la humana lucha por la existencia, de la explotación del hombre por el hombre; el Estado es el equilibrio sistemático de determinados intereses materiales en un momento dado, y el Derecho la consagración legal de tales intereses. Cuando las fuerzas sociales pugnan por sostener nuevos intereses y organizarlos, el viejo Estado se debilita paulatinamente y concluye por ceder la preeminencia a un nuevo Estado y, por consiguiente, a nuevos derechos.
Hay, pues, una acción recíproca de resistencia entre el Estado que como poder supremo tiende a mantener la unidad y seguridad de los diversos grupos sociales, y cada uno de los individuos cuyas actividades conjuntas lo originaron. Y es porque el Estado, aspirando a ser la prepotencia dominadora, tiene que cohibir necesariamente y a cada paso la autonomía individual, en su afán de dirigirlo todo, de acapararlo todo. De aquí que el Estado, como producto que es de fuerzas antagónicas en equilibrio, estas mismas fuerzas propenden constantemente a destruirlo o modificarlo; y quién sabe si en las
sumidades de la evolución humana desaparecerá por completo para jamás aparecer, como el anarquismo sostiene, o tendrá que revertir a la misma sociedad que lo produjo y transformarse en ella, como pretende el socialismo.

El origen del Estado Centroamericano arranca de la fecha histórica en que las seis provincias del reino de Guatemala proclamaron su independencia. Un momento llegó en que el Estado Ibérico, encarnado en el poder absoluto de Fernando el Deseado, fue impotente para hacer valer su soberanía sobre estas provincias; las cuales, considerándose entonces aptas y fuertes para gobernarse por sí mismas, se separaron de aquel Estado que ya no pudo someterlas, y asumieron la soberanía, aspirando a constituir un Estado aparte.

Sabida es la crisis política que atravesó España en aquellos días nefastos de Fernando VII, en que vio gravemente amenazada su unidad con la invasión de Bonaparte. Por un momento, el Monarca hispano, prisionero de Napoleón en Valencey, dejó escapar de sus manos el cetro que heredara de sus mayores, haciendo periclitar la soberanía nacional, en él personificada. El conquistador penetró violentamente en España invocando el nombre de libertad; más el heroico pueblo español acudió a las armas gritando «muera la libertad!, ¡viva Fernando VII!», -y en un titánico esfuerzo de patriotismo, arrojó al francés intruso y volvió a colocar a su rey en el trono de sus antepasados. La Monarquía estaba salvada y con ella la integridad de la Nación; pero la real soberanía iba a compartirse de allí en adelante con aquel pueblo, que era el efectivo soberano, y el débil Monarca firmó temblando la Constitución liberal de 1812. Todas las subsiguientes tentativas de Fernando VII por abrogar aquella Carta constitucional que le arrebataba el poder absoluto, fueron vanas; tenía que aceptarla o desaparecer, y puesto en semejante alternativa, la juró y sancionó en 1820. Su soberanía era desde entonces una delegación popular; el derecho divino estaba herido de muerte; la realeza constitucional era un producto híbrido enquistado en el organismo democrático.

Estos acontecimientos afectaron profundamente a la colonia centroamericana, que ya desde 1811 se había sentido conmovida por insurrecciones locales, verdaderos pródromos del malestar general, convulsiones de un volcán próximo a irrumpir en la noche del antiguo régimen. Quebrantado, por otra parte, el poder de la Monarquía en las batallas que por la independencia acababan de librarse en México y Sud-América, fue mucho más factible a la colonia emanciparse del dominio de España, la cual pareció no darse cuenta de este hecho, o lo vio al menos como un lógico resultado de la conflagración hispano-americana. La independencia de Centro América aparece en nuestra historia como un acontecimiento natural efectuado pacíficamente y, al parecer, sin ulteriores consecuencias; como la anticipada aceptación por ambos partidos de un hecho que tenía que suceder; como una transacción amistosa entre el Capitán General Gainza, en representación de España y los egregios personajes que suscribieron el Acta Inmortal, en representación de la colonia.

Satisface más al realismo sociológico la concepción materialista mejor dicho experimental, del Derecho y el Estado, que cualesquiera otras que en el campo de las abstracciones intenten definirlos. El verdadero Estado se manifiesta siempre como institución de fuerzas sistemáticamente equilibradas, cuyo órgano más visible es el Gobierno. Quien quiera que se apodere de éste, —hombre o facción, clase o familia,- tendrá en sus manos el poder social dominador. Los intereses de la colectividad, heterogéneos y múltiples, desenvolviéndose en perpetua lucha, imperceptible o violenta, llegan a equilibrar sus fuerzas en un momento de la evolución, y originan el Estado, como la forma permanente de la sociedad en ese momento, y el derecho viene a ser entonces la expresión autoritaria de los intereses que han triunfado» – Bastaría, pues, a nuestro objeto, rastrear el origen y desarrollo de los intereses ingentes de la colonia, puestos a discusión en los años que precedieron a la independencia, para ver de encontrar el móvil latente, el nisus formativus, la verdadera «fuerza vital originaria» de aquel magno suceso, que produjo a su vez el Estado Centroamericano. Esos intereses, creados por la conquista y organizados en provecho de las clases dominadoras, vinieron desenvolviéndose en el lapso del tiempo, hasta que llegó la época en que la forma de organización alcanzada en su trayectoria evolutiva se halló de pronto en contradicción con el régimen colonial imperante.

Es indiscutible que los intereses que privan sobre todos los demás en la sociedad son los económicos, ya que son ellos los que tienen por objeto la inmediata conservación de la especie; de modo que las fuerzas activas del individuo y la colectividad se dirigen en primer término a la organización de tales intereses, es decir, a dar forma estable a la producción de la riqueza, al trabajo y a la explotación material de los elementos de subsistencia. Ahora bien, el fenomenismo que deriva de la economía dinámica, considerado durante varios siglos como un conjunto de hechos secundarios o sin ninguna influencia en las determinaciones de la vida societaria, quedó reducido en la filosofía histórica de la humanidad a una simple derivación de los fenómenos políticos y jurídicos, o hablando con más precisión, se pensó que los hechos económicos eran regidos por la estructura política y jurídica de la sociedad. Más aún, llegó a creerse que esos hechos eran inmutables por naturaleza, y que el arbitrio humano, operando sobre ellos, podían dirigirlos y organizarlos, pero sin destruir el orden preestablecido por la naturaleza misma.

Se sabe, por ejemplo, que la institución de la esclavitud es, en la mente de Aristóteles, un hecho natural, y por natural, necesario; que hay, por lo tanto, una ley inexorable que condena a una parte de la humanidad a ser objeto de apropiación y mercancía de otra parte naturalmente privilegiada. Sin embargo, el genio prodigioso del Estagirita, atreviéndose en las sombras de lo desconocido, llegó a adivinar que la máquina libertaría al esclavo, que la perfección de los instrumentos de producción acabaría por volver innecesaria la apropiación del hombre por el hombre. La explotación, pues, del trabajo y la propiedad, tomaría otro aspecto, y por consecuencia, toda la ideología moral, religiosa, jurídica y política sobre la esclavitud sufriría un cambio profundo, y la estructura de la sociedad se transformaría radicalmente.

Fue preciso que la Economía apareciera como una ciencia fundamental en la categoría de las otras ciencias; fue preciso que la industria y la tecnología alcanzaran su grado máximo de desarrollo, para que las inteligencias pensantes convirtieran su atención a investigar las leyes del orden económico. Se vio entonces que los fenómenos de este orden están sujetos a las leyes de la evolución, y que ejercen, además, una influencia predominante en los acontecimientos de la historia y en la constitución de los Estados. El fenomenismo económico ha llegado, así, a considerarse como la base fundamental o subestructura de las sociedades. Los hombres actúan y se mueven sobre ese terreno material, modificándolo en fuerza de sus actividades productivas; pero las modificaciones que él experimenta reaccionan a su vez sobre la sociedad y determinan las transformaciones sociales. Tal es, en síntesis, la doctrina del materialismo histórico o determinismo económico, intuida por el genial talento de Carlos Marx y reducida a sistema por Aquiles Loria. Esta doctrina, —que es ya una conquista inapreciable en el campo de las ciencias histórico-sociales, y que se ostenta protegida con el blindaje de estudios meritísimos de insignes sociólogos contemporáneos—, si no es una explicación completa, es por lo menos «un hilo conductor en el laberinto de la historia». «Nuestra doctrina, —dice Labriola,- no pretende ser la visión intelectual de un gran plan o designio, pero sí es solamente un método de investigación y de concepción». Su importancia actual es incontestable; porque, habiendo pretendido ante todo explicar el proceso de la historia, ha concluido necesariamente por invadir el real de la sociología, «en la cual, —como dice muy bien el ilustre profesor Guido Villa,-encuentra una justificación mejor que en la historia propiamente dicha».

«Los hombres —dice Jaurés, siguiendo a Marx,- no se mueven por virtud de una idea abstracta del derecho; los hombres se mueven porque el sistema social formado entre ellos en un momento dado de la historia, y por las relaciones económicas de producción, es un sistema inestable, que forzosamente se transforma para ceder el campo a otros sistemas». Pero hay que reconocer también que los hombres se mueven por virtud de los ideales, y precisamente las palabras transcritas fueron pronunciadas por Jaurés en defensa de la integración ideal-materialista de la historia, contra las exageraciones unilaterales en sentido rasamente materialista de algunos de los principales adeptos. Es bueno, por lo tanto, dejar sentado de una vez que la concepción económica no pretende arrumbar por ineficiente el idealismo que impulsa los actos del hombre en particular y, por ende, los grandes acontecimientos colectivos. «La historia entera de la humanidad —dice Ricardo Mella,-se compone de la sucesión ininterrumpida, un poco idealista, un poco materialista, de cambios continuos en el modo de pensar, en el modo de relacionarse, en el modo de vivir. La idea y el hecho tienen un mismo desenvolvimiento: se suponen, se compenetran. Aun cuando aparezcan a veces divergentes, la resultante y la finalidad son siempre de concurrencia por el mejoramiento de la vida, por la elevación del pensamiento, por el dominio de la existencia entera. Imposible escindir lo ideal y lo material».

La prestancia del materialismo histórico sobre los sistemas de Comte y Spencer, es la que señala Asturaro, «de partir de la verdadera base de la pirámide social, de la estructura y de las actividades económicas». Desde este punto de vista el determinismo económico ha venido a encontrarse frente a la sociología contemporánea, todavía en formación, como uno de los conceptos más avanzados de dicha ciencia, como «el representante más perfecto y reciente de la filosofía sociológica”. El citado autor de El Idealismo Moderno, Guido Villa, dice también: «Es indiscutible que la doctrina del materialismo histórico ha proporcionado a la ciencia de la sociedad humana, antes exclusivamente dominada por las concepciones ideológicas y abstractas, el único fundamento real y sólido que hasta ahora se haya podido encontrar». El Dr. Adolfo Posada, por otra parte, resume en las siguientes palabras la importancia científica y la trascendencia social de la doctrina: «El materialismo o realismo histórico, o interpretación económica de la historia, es de un lado una gran fórmula social que se difunde con extraordinaria rapidez, hasta por los medios políticos, merced al socialismo científico, que la ha recibido de su gran teorizador Marx; por otro lado, apenas hay una concepción sociológica hoy que no se conceptúe obligada a definir su posición ante el economismo histórico, y, de un modo más general, que no crea indispensable determinar la naturaleza, el valor, la trascendencia sociológica del fenómeno y del factor económicos. Y, por fin, no cabe duda que entre las tendencias imperantes en la construcción doctrinal de la sociología, hay una que ve el cimiento de la vida social, el hecho social elemental en la relación económica, entendida ya de un modo sencillamente biológico, ya elevándose a una explicación psicológica de la misma».

Partiendo, pues, de la base de la pirámide social centroamericana, nos encontramos con que ella está formada por el sedimento material de la organización económica del coloniaje. Es primeramente la clase de los conquistadores la que se impone y da la ley a la vieja raza subyugada, implantando un régimen de dominación cuyo carácter fundamental es el repartimiento de indios y tierras y la detentación del poder por derecho de conquista. No pudo esta clase, sin embargo, mantenerse por largo tiempo, si bien es cierto que sus prerrogativas le fueron reconocidas sobre las de los españoles que vinieron después a colonizar en concepto de fundadores de pueblos y ciudades. Hay en la primera época del coloniaje marcada rivalidad entre los conquistadores y los elementos eclesiásticos, principalmente los frailes de la orden dominicana, quienes se oponen en abierta lucha contra la tiranía de aquellos señores de horca y cuchillo que al frente de sus mesnadas intentan constituirse como núcleo dirigente, llegando algunos de ellos, en un gesto de suprema ambición, a querer alzar su poderío con independencia de la Corona. Escenas turbulentas, pleitos e intrigas en la Corte, jornadas de sangre, señalan el primer período de la dominación española en Centro América; hasta que abatida la arrogancia de los conquistadores, —sin duda por la muerte de sus grandes caudillos,— desaparecieron con ella sus intentos de prepotencia exclusivista, y una nueva clase vino a imponerse por la fuerza de los acontecimientos.
Son los clérigos regulares quienes se disputan el predominio, amparados bajo la sombra teocrática de la Monarquía, ejerciendo su influjo sobre las autoridades coloniales. Ellos son los fundadores de conventos, con sus grandes propiedades en tierras de cultivo, con sus hermandades y manos muertas, con sus pingües diezmos que se rematan en el mejor postor, En el seno mismo de las comunidades conventuales se suscitan controversias por la preponderancia en los asuntos públicos, de las que se aprovechan los funcionarios seculares y los demás españoles que venían en busca de trabajo y de riquezas, los llamados indianos que regresaban al patrio solar cargados de cuantiosos bienes, o se quedaban afincados en el país centroamericano con pretensiones a figurar en el gobierno de la colonia. Fue poderosa, en verdad, la Monarquía para establecer el orden en medio del caos económico que se produjo a raíz de la conquista, domeñando la heroica estrenuidad de cuantos quisieron alzar el gonfalón de la absoluta independencia, poniendo a raya las pasiones de los descontentos en el reparto del territorio, satisfaciendo en parte la insana codicia de los ambiciosos de fortuna, organizando, en una palabra, un régimen administrativo de acuerdo con las circunstancias. Régimen de triple explotación, —en el justo pensar de un historiador sudamericano,- fue el implantado por la- Monarquía en sus colonias de América: “la primera en favor del gobierno de España, 1a segunda en favor del gobierno colonial y la tercera en favor de los mismos colonizadores”. Este sistema de triple explotación es lo que propiamente se llama el coloniaje.

La lucha de clases dentro del Estado Colonial se mantiene entre las autoridades de la colonia y los mismos colonizadores; quiere decir que las clases más altas de la colonia aspiran a la dirección suprema de sus propios negocios e intereses, para lo cual tienen por necesidad que oponerse a los representantes directos de España. Terminada la lucha entre los conquistadores, unidos los elementos clericales a los funcionarios del gobierno, los colonos pudientes vienen a constituir otra clase de más sólida influencia, puesto que son ellos los principales productores de la riqueza pública. Conocido es el absurdo sistema que empleó España para detener el avance de las corrientes productoras en el Nuevo Mundo, prohibiendo el tráfico con el extranjero y aún entre las mismas colonias, imponiendo onerosas tributaciones fiscales, restringiendo la industria, organizando el monopolio en favor exclusivo de la Corona, abriendo la puerta al contrabando y la piratería.

Detenida fue en sus legítimas pretensiones de dominio esta clase productora, permitiéndosele no obstante, el acceso a los puestos superiores del Estado; pero tan sólo podían llegar a ellos los oriundos de la Península, los vulgarmente apellidados chapetones, quitando toda ingerencia a sus descendientes nacidos en tierra centroamericana. Esta última forma la clase de los criollos, que viene desarrollándose lentamente en el andar de los años y que aparece al cabo con fuerza bastante, con vigorosa organización, a fines del siglo dieciocho y comienzos del diecinueve. Después de su fracaso en las Cortes de Cádiz, cuando perdió toda esperanza de alcanzar la plenitud de sus derechos, se vio empujada hacia la independencia como único recurso para obtener la hegemonía social. Y el hecho de su emancipación originó el Estado Centroamericano.

Baste lo dicho para indicar, aunque sea en esbozo, el plano científico sobre el cual pudiéramos estudiar el proceso de nuestra historia. Sería hermoso seguir paso a paso sobre ese terreno material que forma la base o subestructura de los agregados sociales, el desenvolvimiento de la sociedad centroamericana, de este abigarrado conjunto humano que a raíz de su independencia procuró tener fisonomía constituyéndose en un gran Estado Nacional, y que ha visto desgarrada su unidad, y que se esfuerza aún por conservarla a toda costa. Sería una hermosa tarea analizar desde tal punto de mira la transformación económica que produjo la emancipación; la consiguiente anarquía de los intereses crematísticos que originó el caudillaje, las lides montoneras, los cacicatos y los partidos políticos; las tendencias opuestas de estos partidos al unitarismo centralizador y a la federación regionalista; y hacer la psicología de estos pueblos, que han tenido también sus hombres fásticos o representativos y que han pasado por los mismos o idénticos azares de los otros pueblos de la América que fue de España, en sus anhelos de justicia, en sus movimientos hacia la civilización y en sus tentativas de organización nacional. Pero tamaña empresa de reconstrucción científica de nuestra historia,-o de nuestra sociología, si se quiere,-no es para ser acometida por uno solo, sino por varios. Como en otros países, debe ser la obra co1ectiva de muchos estudiosos que lleven al acervo de la investigación, no opiniones, sino hechos.

La evolución alcanzada por el trabajo y la producción hasta las postrimerías de la decimoctava centuria, y la organización que hasta entonces les habían dado las clases dominantes, no estaban ya en consonancia con los nuevos elementos económicos que se iniciaban en la estructura de aquella sociedad colonial. Los intereses de los criollos eran en aquel estadio histórico los que tendían a sobreponerse; mas, por debajo de esos intereses, fermentaban los de la clase desposeída o de propiedad rudimentaria, que era la mayoría de los centroamericanos, los mestizos, los indios supervivientes, toda la nueva
raza, el pueblo, la nación, para decirlo en una palabra. Son los próceres de nuestra independencia el grupo más escogido de entre la clase de los criollos, que interesan en el movimiento insurreccional a las demás clases sociales, para arrancar el poder político de manos de los representantes españoles y utilizarlo en beneficio propio; pero este llamamiento a las masas populares era ala vez la solemne convocatoria a que participasen ellas también en los asuntos del nuevo Estado.

Dos son, desde luego, los partidos en lucha: el de los criollos, llamado independiente, y el de los anti-independientes o españolistas, adictos a la Madre Patria, formado por los españoles peninsulares y los funcionarios del gobierno. Ambos partidos llevan el cognomento bufo o despectivo con que siempre se apellidan recíprocamente las agrupaciones políticas en efervescencia: el primero es el de los Cacos, y el segundo el de los Gazistas. No es, al principio, la aspiración de los independientes por la emancipación absoluta, sino solamente por conquistar las garantías y la consagración legal de sus derechos, mediante una Constitución; lo que implicaba el reconocimiento de sus prerrogativas para ocupar los primeros lugares en la dirección administrativa y política de los negocios de la colonia, que eran sus propios negocios. «El Editor Constitucional» es el vocero de ese partido, en tanto que «El Amigo de la Patria», vale decir de España, es el representante de los funcionarios públicos, o sea del poder hispano. Habríanse calmado, sin duda, por algún tiempo, los empeños de los independientes, si la Monarquía hubiese accedido a la reforma, si no se hubiese obstinado en perpetuar su absolutismo. El partido de los independientes es el de los impropiamente llamados aristócratas, el de las familias, el de los criollos pudientes; todos ellos constituyen una masa compacta y homogénea, y su primera batalla la libran en el campo electoral contra los españolistas que se atraen a los artesanos y ganan las elecciones por el oro. Se subdivide luego el bando vencido, asociándose una parte a los artesanos, atrayéndose al proletariado; pero en el fondo es un solo partido, que tiende ya derechamente y sin embozo a la independencia absoluta.

En el palacio de los- Capitanes Generales se discuten por última vez derechos de los- independientes, y se vio entonces a muchos criollos que habían protestado cobardes o indecisos su fidelidad a España unirse a los de su clase y coadyuvar a la emancipación, arrastrados por las fuerzas conservadoras de sus comunes intereses. Todo pareció entonces terminado; pero el desequilibrio económico se había producido, y sobrevino en seguida la tempestad política revolucionaria, que en el fondo no era más que la tendencia de los intereses materiales vencedores a recuperar el equilibrio, a organizarse de manera estable, a constituir el nuevo Estado.

Podemos imaginarnos lo que habría sido la suerte de Centro América si inmediatamente después de alcanzada la independencia la riqueza pública se hubiese difundido como por encanto: si se hubiesen abierto vías de comunicación; si una inmigración numerosa hubiese venido a prestar su contingente industrial; si se hubiese hecho el canal de Nicaragua y ofrecido al comercio de las naciones; si la agricultura sé hubiese extendido sobre los vastos terrenos incultos; si la producción y el trabajo, en una palabra, se hubiesen organizado de momento. Semejante exigencia sería, por cierto, un imposible material, un vano ensueño. Sin embargo, los que sólo ven el principio único de nuestra revolución en el carácter levantisco de la raza, en la supina incapacidad para el gobierno propio, los bienhallados que recomiendan el trabajo como antídoto a las conmociones de nuestras democracias, toman el efecto por la causa o solamente ven un lado de la cuestión. No quieren ver que la constitución de los Estados es el equilibrio de los intereses de clase en un momento de la evolución social; que el tipo militante, producto de la descomposición económica, precede al tipo industrial, que a su vez es producto de la regularización en la marcha de los intereses materiales. Un Estado se constituye definitivamente cuando se convierte en lo que debe ser: en potencia económica. Entonces la clase dominante, tiene poder suficiente, gobierno fuerte, para mantener la armonía de la comunidad.

Un observador del estado social de su tiempo, don Manuel Montúfar, —actor él mismo en el sangriento escenario de la Revolución Centroamericana,- escribe en sus Memorias: «Todo el sistema legislativo parecía inventado exprofesamente para poner a los propietarios a merced de los que nada poseían: así la revolución se hizo inevitable a pesar del carácter pacífico del país». . Las clases dirigentes, los criollos propietarios que habían hecho la independencia y asistían a la transformación de la antigua colonia, no podían explicarse la anarquía surgida en el seno de aquella sociedad de tan suaves costumbres: creían que todo el malestar que aquejaba a la República era ocasionado por la ambición de unos cuantos revoltosos, enemigos del orden por el solo espíritu de rebeldía. Sin embargo, la Revolución de Centro América en sus lineamientos fundamentales, no es más que el derrumbamiento del feudalismo colonial, o sea la radical modificación en el sistema explotativo de la propiedad y del trabajo. Pero esa transformación no pudo efectuarse de momento, por el soberano querer de políticos y legisladores; el caos económico no pudo arreglarse sin que la sociedad dejase de padecer hondas perturbaciones. Para llegar a nivelar los intereses desquiciados, para que la riqueza alcanzase un grado de normalidad suficiente a propiciar su desarrollo, fue necesario el desgarramiento de la estructura política del viejo Estado Colonial. Ese dislocamiento es la Revolución Centroamericana, nuestra verdadera Revolución, que se prolonga por más de medio siglo.

El período anárquico de la Revolución de Centro América es también el período de nuestro caudillaje. En medio del desbarajuste económico originado por la independencia, surge el caudillo militar, audaz e inculto, autoritario y violento, imponiendo su voluntad personalísima sobre las leyes y las instituciones. No ha sido estudiado aún ese período del caudillaje en la historia de la América Central; pero puede decirse que en el proceso formativo de nuestra democracia, el tipo del caudillo es un factor predominante que da la nota característica de nuestro modo de ser republicano, quien impone la ley a despecho de las clases poderosas, a pesar de los códigos que formulan los legisladores civiles. Es una clase nueva que se levanta del nebuloso fondo de las masas populares; sus jefes disputan la preeminencia aun a los mismos padres de la Patria, y en ellos buscan apoyo aun los mismos orgullosos propietarios para defender sus intereses. El caudillo es el héroe multánime, sugestionador de muchedumbres; algunos de ellos han encarnado los misteriosos instintos del pueblo, sus ansias de libertad y de grandeza. Su obra responde a las circunstancias del medio y de la época. Puesto que la riqueza pública, completamente desorganizada, está a merced del primer ocupante, el caudillo será quien por el esfuerzo de su brazo contribuya a nacionalizarla. De aquí que los caudillos, colocados por encima de las utopías constitucionales, representan los intereses de las provincias frente a los de las clases conservadoras de Guatemala. No son ellos los autores del federalismo, pero se aprovechan del sistema para contribuir a la consolidación de los intereses locales. El federalismo nace inconsciente de las propias condiciones históricas y materiales de las provincias, y el caudillo es su producto más legítimo.

El Estado Centroamericano, cuyo núcleo central es Guatemala, careció en su génesis de poder bastante para mantener la cohesión y el equilibrio nacionales. Las provincias invocan el predominio de sus propios intereses, y el Estado Nacional se declara por la adopción de la forma federativa. El predominio de los intereses regionales sobre los intereses comunes del Estado Nacional, o más bien, la falta o ninguna significación de esos comunes intereses, lleva a los Estados provinciales a la ruptura de la nacionalidad y a consolidarse como Estados independientes. El período federalista no es más que un paréntesis en el desarrollo de nuestra historia nacional. Para estudiar ese período, no con intenciones políticas sino sociológicas, necesitamos reconstruirlo en sus más simples elementos, para encontrar las direcciones que en su formación y desenvolvimiento ha seguido la nacionalidad de Centro América. Procuraré señalar esos elementos.

III

Nunca en la historia aparecen los pueblos de la América Central formando una nacionalidad solidamente establecida. Cuando los españoles invadieron estas tierras, la raza primigenia alcanzaba la etapa de la barbarie saliendo del salvajismo. Los pueblos aborígenes, en su mayor parte, se agrupaban en tribus guerreras y sedentarias, con caciques por jefes. Algunos, sin embargo, se habían constituido ya u pequeños estados monárquicos, de los cuales el más poderoso y que tuvo una civilización elemental de que nos quedan notables vestigios, era el reino del Quiché, fundado por Gucumatz, el mago proteico, y consolidado por Quicab el grande, de quien dice el Popol Vuh: «No se pudo ni matarlo ni vencerlo; verdaderamente era un héroe y todas las naciones le llevaban su tributo. Pero la influencia dominadora del Quiché no se extendió más allá de lo que hoy es el territorio guatemalteco, como tampoco llegó hasta Centro América la soberanía del imperio de Moctezuma. Así es que estos pueblos se encontraban completamente desunidos y perturbados, además, por guerras intestinas.
El reino del Quiché fue, por consiguiente, el más fuerte propugnáculo contra el español aventurero. Los demás pueblos sucumbieron, es verdad, heroicamente; pero la resistencia organizada la presentó el Quiché, acaudilladas sus huestes por Tecum-Umán, quizás con el mismo empuje con que los aguerridos ejércitos aztecas resistieron
a Cortés. Vencido el reino, destruida su gran capital, los demás pueblos tenían que oponer a los invasores una resistencia desesperada, sin cohesión ni plan, y caer fieramente en la desigual contienda. La falta de unidad política, lo rudimentario de sus armas, el grado inferior de su evolución respecto a los castellanos, en una palabra, les hicieron caer por fin aniquilados o sometidos, en esa guerra de la conquista, que no es más que un episodio en la historia general de la lucha de razas.

La provincia que fue el reino del Quiché vino a ser desde entonces, y por necesidad histórica, el núcleo de la Capitanía General, el emporio de la colonia, que se llamó Reino de Guatemala por el recuerdo de la vieja monarquía autóctona hundida en las ruinas humeantes de Cumarcah para no levantarse más. Toda la civilización que alcanzó la colonia tenía que centralizarse en la metrópoli guatemalteca, que era la representante de la dominación hispana, e irradiar de allí a las demás provincias; pero éstas hubieron de conservar siempre el sello de su antigua independencia; y ni el propio Don Pedro de Alvarado, a quien tocó ser la más alta figura entre los conquistadores de Centro América, y que logró someter el pequeño reino de Cuscatlán hasta Chaparrastique, pudo incorporar definitivamente la provincia de San Salvador a la de Guatemala, borrando con la punta de su tizona los viejos linderos comarcanos. Ni mucho menos pudieron los otros capitanes, que como aves de presa cayeron sobre Honduras, Nicaragua y Costa Rica, desde luego que actuaban separadamente y por cuenta propia, juntar en un solo haz las provincias conquistadas para unirlas al resto de la colonia, haciendo de pueblos divididos una sola nación. El germen, pues, del llamado provincialismo es secular; y, si el régimen absoluto del coloniaje logró acallar las aspiraciones localistas, esas aspiraciones despertaron al fin de su sueño de siglos cuando los primeros conatos de independencia y se manifestaron en la plenitud de su egoísmo al desatarse el huracán de la revolución.

España, por otra parte, no podía extender hasta América toda la fuerza de su poderío, de aquel enorme poderío que alcanzó la cumbre zenital bajo Carlos V y Felipe II, para formar con sus colonias un solo reino, unido por indisolubles vínculos nacionales, ya que ella misma había logrado apenas reconquistar su unidad política, lentamente, trabajosamente, casi agotándose en la magna empresa, después de ochocientos años de continuo batallar, desde Covadonga hasta Granada. Su soberanía se extendió sobre América, ciertamente, pero sin jamás intensificarse en ella; ni era dable que pensase en instituir de este lado del Atlántico nacionalidades bien conformadas, puesto que en el interior se encontraba aún seriamente empeñada en fortificar más y más los cimientos del Estado monárquico o, lo que es igual, fundando su propia nacionalidad. La conquista fue, pues, no la obra consciente de ejércitos disciplinados, de jefes que operaban en nombre y por mandato de una nación vigorosamente constituida, sino la irrupción desordenada de gente aventurera, de oscuro linaje en su mayoría, sin más ley que sus bríos ni más idealidad que el hambre de riquezas. De aquí que el coloniaje, es decir, el régimen de dominación implantado por tales aventureros, tuviese que ser necesariamente una secuela inmediata de la conquista: la explotación económica en masa, el saqueo colosal de América erigido en sistema.

La Monarquía toleró en beneficio propio el régimen colonial y le dio su sanción en las leyes. Dejó que conquistadores y gobernantes se arreglaran aquí como pudieran, en cambio del oro con que abastecían las arcas fiscales. De modo que el territorio americano, desde México hasta el Plata, no fue otra cosa que una serie de feudos, grandes los unos, pequeños la mayor parte y sin cohesión ninguna, que explotaron a su sabor virreyes, capitanes generales, intendentes, corregidores, curas, frailes, encomenderos y cuantos venían de España en busca de mejor fortuna. El reino de Guatemala fue, pues, una reunión de seis pequeños feudos, dependientes en lo político de la Capitanía General, pero independientes entre sí por las circunstancias históricas ya
referidas. Cada conquistador hizo de su provincia un señorío aparte, con intereses económicos particulares; mas, por virtud de la autoridad central y por su posición geográfica, sobre todo, fueron uniéndose aunque débilmente en el transcurso del tiempo, sin perder en su totalidad su propia fisonomía y conservando siempre sus antiguas demarcaciones.

Historiadores y publicistas nuestros han estudiado el régimen económico de la colonia centroamericana, que fue ni más ni menos como el de las otras colonias de la América española, y lo han descrito detalladamente con todas sus lacras y monstruosidades, pero también en sus aspectos beneficiosos; así es que no me detendré a hacer una reseña de él en estas páginas ligeras, y sólo diré que ese régimen de explotación de la propiedad y del trabajo humanos fue la esencia, o la base, si se quiere, de la esclavitud americana, de la servidumbre feudal entre nosotros, y que respondió al grado evolutivo que España había alcanzado en su manera de producción, muy inferior al de Inglaterra, que alcanzaba entonces el período industrial, franqueando los límites del feudalismo. Jamás pudieron los españoles ser, como los ingleses en el Norte de América, excelentes colonizadores, por los motivos ya conocidos de las circunstancias en que ambos arribaron al Continente y por el carácter aventurero de los unos y práctico de los otros; pero, quien quiera hallar una causa más profunda de la disparidad en los sistemas de colonización material que implantaron iberos y anglo-sajones, tendrá que reconocer como la más fundamental la diferencia de su evolución económica.

Es de todo punto inexacta, o simplemente un tropo de retórica declamativa, la afirmación aquella de que España «agotó su savia por dar vida a estos desiertos de América». Todo lo contrario: ni América era un desierto, sino una tierra ubérrima cual ninguna, ni España era una nación pujante, sino exhausta, que pudo mantenerse precisamente nutriéndose con la savia riquísima del suelo americano. Al cabo de ocho siglos de incesante guerra, y providencialmente en el año mismo en que arrebataba a los moros el último baluarte, España tuvo la buena suerte de que el genio de Colón encontrase un nuevo mundo, pletórico de opulenta vitalidad; país en donde pudo, por espacio de trescientos años, tonificar las agotadas fuerzas y amedrentar a Europa con el grandioso fantasma de dominación universal. Pero es opinión, reconocida ya, que tan ventajosa posición de España era solamente una brillante apariencia, que entrañaba un principio de profunda degeneración nacional, toda vez que, manteniéndose a expensas de la riqueza americana, sin poder dar de su parte un solo elemento económico de vida, venía a colocarse en la condición misérrima de nación parásita de otra nación, y por consiguiente, el término de su dominio en América era inevitable más o menos pronto.

Y llegó la emancipación de las colonias, como había llegado también la de los Estados norteamericanos; pero este acaecimiento no fue para Inglaterra de tan desastrosos resultados como lo fue para España la pérdida de sus inmensas posesiones coloniales. Puede decirse de una vez que la independencia de los Estados Unidos no afectó en nada la vitalidad de la Monarquía británica; en cambio, la independencia de la América Latina marca en la historia el período más agudo de la decadencia de la Monarquía española. Al perder sus feraces territorios, al desprenderse del tronco robusto que por tantos años había alimentado su existencia parasitaria, España se encontró nuevamente encerrada dentro de sus antiguos límites peninsulares, completamente empobrecida, y amenazada, además, con el desgarramiento de su unidad interior.

Mientras que Inglaterra y los Estados americanos del Norte siguieron paralelamente la trayectoria de su avanzadísima evolución industrial, hasta penetrar de lleno en la suprema etapa de la producción, el capitalismo, España y sus colonias pugnaban por abatir el régimen feudal, acercándose apenas a un embrionario industrialismo e iniciando la sustitución de la servidumbre por el moderno salariado. Una simple cuestión de impuestos provocó la insurrección americana; pero su independencia no fue propiamente una revolución en el más amplio sentido de la palabra, como lo fue para los pueblos de la América española. Los Estados Unidos habían conquistado ya su libertad religiosa y su manera de producción había entrado en un período de actividad normalizada; de modo que la comunidad de intereses les llevó fácilmente a federarse y a constituir su nacionalidad sin agresiones ni violencias. Solamente más tarde, cuando la cuestión de la esclavitud, —anacrónica supervivencia en aquel medio eminentemente industrialista—, concitó una sangrienta guerra entre los Estados del Norte y del Sur, la Unión Americana estuvo en peligro de fraccionarse; y quién sabe si no tendrá que pasar de nuevo otra crisis política semejante ahora que su progreso capitalista ha llegado con los trusts al más alto grado de desenvolvimiento, creando intereses enormes que se encuentran en manifiesto antagonismo.

Estaban ya constituidos, puede decirse, los Estados norteamericanos cuando alcanzaron su independencia; no. necesitaron más que seguir desarrollando sus materiales elementos de vida, al amparo de su libertad tradicional, para convertirse en república esencialmente democrática. Fue, en cambio, la emancipación indo-hispana, la abolición de todo un régimen teocrático-monárquico, de explotación económica, de servidumbre feudal; fue la constitución de estados rudimentarios y el advenimiento de indefinidas nacionalidades. Esta obra de política organización abarca un largo período de incertidumbre y de «civil barbarie»: verdadero estado caótico en que los pueblos latinoamericanos, recién salidos de la esclavitud e ignorando los rumbos que debían seguir hacia la libertad, se encontraron de pronto completamente desorientados y entorpecidos en su marcha, para caer muy luego en la vorágine del caudillismo y la anarquía. Centro América no pudo sustraerse a esta ley fatal de los pueblos en formación, y al igual que sus hermanas las otras nacionalidades de Hispanoamérica, ha tenido que hacer ineludiblemente el mismo camino de constantes desaciertos y de escandalosos motines colectivos, también como ellas en la médula de su propio organismo todos los vicios de la raza.

Hemos visto el proceso genético de las colonias provinciales centroamericanas, cuya reunión política y administrativa formó una sola colonia con el nombre de reino de Guatemala, bajo la dependencia de una Capitanía General. Sometidos a sangre y fuego los primitivos pobladores de estas comarcas, los conquistadores se repartieron el cuantioso botín de sus militares aventuras, para lo cual hubieron de sostener entre ellos mismos, sobre todo en Honduras y Nicaragua, una serie de sangrientas refriegas, en las que cada jefe, seguido de sus parciales, disputaba a otro el dominio y la jurisdicción sobre el territorio conquistado. El Gobierno de España tuvo que imponer su autoridad en medio de aquellas divisiones y contiendas, viniendo a quedar por último fijados los límites de las provincias como señoríos independientes entre sí, aunque reconociendo el poder central de la metrópoli guatemalteca. En los albores del siglo XIX, los primeros movimientos de emancipación política son las tendencias de la colonia que quiere convertirse en nación, de la nación que quiere organizarse en Estado; y como cada provincia, en cierto modo, era una pequeña nacionalidad, y cada nacionalidad era un pequeño Estado, la lucha constitucional de Centro América vino a ser la lucha por unir o fundir aquellos Estados y nacionalidades embrionarios en un solo Estado y en una sola nacionalidad.

Fusión de castas, comunidad de origen étnico, mezcla de las razas española e indígena, cuyo producto es una nueva raza, la hispanoamericana; un mismo idioma y una misma religión; criollos que se identifican en ideas y sentimientos y que se confunden con indios y mestizos para formar un solo pueblo; situación geográfica perfectamente delimitada, y una tradición y una historia comunes de tres siglos, son los elementos primarios de nuestra nacionalidad, los caracteres que ligeramente esbozados ofreció la colonia al querer transformarse en nación. Pero bajo estos caracteres generales de nacionalidad centroamericana, había cada provincia con fisonomía propia e intereses particulares, que eclipsaron parcialmente el espíritu de unión y solidaridad en el momento mismo en que el reino de Guatemala proclamaba su independencia. Chiapas, Honduras, Nicaragua y Costa Rica se separaron de la metrópoli colonial, asumiendo la soberanía absoluta o incorporándose a México; sólo San Salvador y Guatemala quedaron frente a frente manteniendo indecisas la sustantividad de la nueva nación, sin pensar que muy pronto iban a ser el eje de las discordias civiles que produjeron el fracaso de Centro América. Al sacudir el yugo que la sujetaba a la Madre Patria, la colonia se desmembró en sus provincias y aún dentro de las mismas provincias; las patrias chicas y locales aparecieron con tendencias disolventes. El período que va de 1821 a 1824 fue un período de confusión inorgánica, de incertidumbre constitucional; y, cuando en el año último dicho se trató de fundar sólidamente la república, las tendencias separatistas se disfrazaron con el nombre de Federación, para reaparecer en seguida con más fuerza hasta llegar al fraccionamiento definitivo de la unidad nacional.

¿Está por hacer, pues, la nacionalidad centroamericana? Está por hacer, sin duda. El problema de la Patria Grande permanece planteado tal como en los primeros años de la independencia, es decir, en su forma política: República Federal o Unitaria. Pero las formas políticas no son la nacionalidad, sino las concreciones de ésta en el momento de su constitución. El sentimiento nacional, la idea de nacionalidad, están muy por encima de los partidos y de los gobiernos; no pueden ser jamás el patrimonio o el programa exclusivo de una fracción banderiza o de un sistema político determinado. «La íntima esencia de la nacionalidad —dice Chiapelli— debe buscarse en algo que proceda generalmente de la descendencia de estirpe y prepara el terreno para la integración de una sociedad política en un Estado; debe buscarse en aquella unidad de espíritu y de carácter, que hace que los hombres se unan íntimamente, formando un pueblo como
miembros de un mismo organismo, siendo los coeficientes de este espíritu múltiples y variadísimos. El fondo lo forma la común descendencia que engendra con la afinidad física un cierto parentesco en las aptitudes y tendencias. Después se va añadiendo toda la historia, toda la vida del pueblo, formándose poco a poco el patrimonio de sus tradiciones, hábitos, derecho, ideas religiosas, cultura, todo aquel conjunto de elementos, de los cuales se deriva y por los cuales se define el carácter nacional».
Un estudio de nuestra nacionalidad, en este sentido, sería de utilidad incontestable mucho más que las declaraciones de los partidarios. He querido, por de pronto, esquiciar aquí los contornos de esa nacionalidad, ya que ella, es la materia prima del Estado, o ese algo que «prepara el terreno para la integración de una sociedad política en un Estado». Si éste, como antes he dicho, no es más que el producto de las fuerzas nacionales, tenemos ya un bosquejo de Centro América como nación; podemos ahora analizar sus fuerzas, investigando los factores que actuaron en la organización del Estado Nacional Centroamericano. Digamos de una vez que esas fuerzas fueron debilísimas, casi nulas, puesto que tenemos el hecho de cinco Estados que, acentuando en el decurso del tiempo sus rasgos peculiares, han afirmado cada vez más su autonomía interior, y que, constituidos hasta la fecha en Repúblicas soberanas, y considerándose como naciones distintas, parece que se alejaron por completo del gran ideal de una Patria común, solidaria e indivisible, como si en su egoísmo raquítico fuesen impotentes para elevarse hasta donde llegan los pueblos que incrustan su personalidad en la historia.

IV

He dicho que las tendencias separatistas se disfrazaron con el nombre de Federación; debí decir, más bien, que las provincias, autónomas por tradición e historia, adoptaron en el momento de su constitución independiente el sistema federativo como el que mejor cuadraba a sus sentimientos de autonomía frente al poder central de la metrópoli guatemalteca. Y lo adoptaron, no por obra de los políticos ni tampoco sabiendo a ciencia cierta lo que significaba aquel sistema, sino llevadas por sus impulsos autonómicos —provinciales y aún locales— que se traducían más visiblemente en profunda animadversión al poder colonial representado por Guatemala.

Marure nos ha dejado en páginas de su «Bosquejo Histórico» una síntesis perfecta de las opiniones de los dos bandos, unitario y federalista, que en el campo de las teorías políticas se disputaron la empresa de organizar el Estado Centroamericano. En la esencia íntima de las opiniones de ambos bandos, hay, por parte de los unitarios, la pretensión manifiesta de conservar la preponderancia del gobierno guatemalteco so pretexto de mantener la unidad nacional, y por parte de los federales, la de sostener ante todo y por todo la independencia de las provincias, fuera del tutelaje de aquel gobierno, so pretexto de hacer una República Federal a la manera norteamericana. Por una parte, la unidad se mantenía firme y segura, pero a costa de la libre expansión de las provincias; por otra, la independencia autonómica se favorecía, pero con perjuicio de la integridad de la nación. De aquí que el partido tradicionalista o conservador haya sido unitario y federalista el liberal. Al menos, para Centro América, fue ése el fondo del problema constitutivo, en el breve período de quince años que duró el simulacro de federación. Después de la ruptura del pacto,-si es que lo hubo,-y cuando los Estados se desligaron provisionalmente para organizarse como mejor les conviniese, el liberalismo nacionalista adoptó el sistema unitario para reconstruir la antigua Patria, en tanto que el conservatismo histórico se ha inclinado más al statu quo, es decir, a mantener la separación de las Repúblicas, procurando no aventurarlas en empresas de unión o federación a ultranza.

Son puramente deductivas, como puede verse en Marure, las consideraciones que hacían los federalistas para justificar la conveniencia de su sistema; pero luego descendían a la realidad y en este terreno sus apreciaciones son tan terminantes como verdaderas. Dejando aparte sus reflexiones especulativas, se expresaban de este modo, según dice el historiador citado: «Mas, añadían, cualquiera que sea la importancia que se dé a estas reflexiones, no podrá desconocerse que las provincias todas repugnan el que se mantengan acumuladas en la capital las supremas autoridades y reunidas en ella los elementos de prepotencia y dominación: que desde el momento de la emancipación todas ellas se han manejado independientes unas de otras, han creado sus gobiernos particulares y han podido sostenerlos sin sujeción a la metrópoli. Su voluntad, en esta parte, es decidida, y está consignada del modo más claro en las instrucciones de la mayoría de los representantes: quieren vivir federadas y no sometidas a la antigua capital del reino».

En el fondo, pues, no encierra una paradoja mi afirmación de que el federalismo fue el disfraz aparatoso del egoísmo regionalista. Proclamando la autonomía local; combatiendo la sujeción a la antigua capital del reino y, por consiguiente, a todo otro poder o núcleo central común; laxando los vínculos de unión, bajo pretexto de un sistema cuya significación estaban los pueblos muy lejos de comprender, se fomentaba de hecho la separación, se le daba forma visible al espíritu separatista, y los Estados caminaban derechamente a consolidar, unos frente a otros, su independencia y soberanía absolutas. Unitarios y federales quisieron imponer sus teorías; pero bajo todas ellas estaba latente la verdadera realidad social, que se impuso y que se habría impuesto a pesar de las pretensiones del unitarismo y de los idéales del federalismo. Por eso fue, en mi concepto, el sistema federal el que mejor respondió a la realidad del «provincialismo»; mas respondió por de pronto, como teoría política al fin, ya que había necesidad de darle forma a la nación que se inauguraba. Esa forma constitucional, respondiendo en el nombre al magno ideal de federación, -que es unión solidaria, integral y diferenciada a la vez,-fue la tentativa ficticia, y, por ende, pasajera, de la fusión de la sociedad centroamericana en un solo Estado Nacional. La federación no existió jamás; fue solamente una sombra.

Federación, unitarismo: estas dos grandes palabras, inscritas en las banderas de los partidos que se formaron en Hispano-América inmediatamente después de conquistada la emancipación, polarizan las tendencias de las nacionalidades que advinieron, en el momento histórico-sociológico de organizarse, de adquirir personalidad. Cuestión debatida por los políticos doctrinarios, con ardimiento e iracundia, en el revuelto período de las lides constitucionales; piedra de escándalo después, causa de mutuas recriminaciones, cuando, retirada la marea revolucionaria, se vio el dislocamiento producido en antiguas colonias que, oponiéndose en abierta rebelión contra todo poder centralizante, como herederas, al fin, de la heroica raza de los fueros y de las germanías, se disgregaron en su unidad interna para fundar nuevos Estados y naciones, -fue también para Centro América el problema ése de la federación, tópico de candentes controversias, motivo de acerbas recriminaciones, y, por último, rectificación sincera o ingenuo arrepentimiento de federalistas bien intencionados que atribuyeron a la adopción de su sistema el desgarramiento y la anarquía de la Patria.

En la Argentina, Mitre, el gran unitario, fulmina sus anatemas contra el federalismo, acusándolo de haber ocasionado la separación del Paraguay y del Uruguay, de las Provincias del Plata. La sola palabra federación exalta en indignaciones sus sentimientos nacionalistas. «Esta palabra es Federación -dice. Pronunciada por la primera vez por Moreno, el numen de la Revolución de Mayo, en 1810, los diputados nombrados para formar el primer Congreso Nacional, la renegaron, falseando su mandato. Repetida por el Paraguay, por espíritu de localismo, y aceptada solemnemente por un tratado público, la segregación de esta provincia fue el primer golpe dado a la antigua unidad colonial. Adoptada, sin comprenderla, por Artigas y los suyos, se convirtió en sinónimo de barbarie, tiranía, anti-nacionalismo, guerra y liga de caudillos contra pueblos y gobiernos». Así fue que la dilatada y sangrienta contienda entre unitarios y federales, en la Argentina, señala el período más agitado y calamitoso de su vida independiente; así también esa misma lucha en las demás Repúblicas de origen hispano, en donde la gémula localista brotó espontánea como impulsión disociadora, como fenómeno de involución más bien que de progreso. Sería, en verdad, un estudio interesante para la historia de la formación de nuestras nacionalidades, determinar las causas que influyeron para que el federalismo triunfase, por ejemplo, en la Argentina, Brasil, México, Venezuela, y para que fuese abatido en la Nueva Granada; por qué Chile, Perú, Bolivia, Cuba, Ecuador son unitarios, y por qué fue sólo un hermoso proyecto la Gran Colombia de Bolívar.

En Centro América, como en los países precitados, se oyeron reconvenciones semejantes contra el federalismo en la época revolucionaria. Los mismos que preconizaron el sistema se asustan de su propia obra; ningún Estado quiere acoger en su seno los poderes federales; y, cuando la Nación, arrastrada en e1 torbellino de las guerras civiles, fue a estrellarse despedazada contra el egoísmo regionalista, todos inculparon al federalismo de haber sido la causa del fracaso. Arce se indigna contra los que aseguran que fue San Salvador de donde surgió la idea de federación; Barrundia concluye por aceptar y reconocer como un hecho consumado la República de Guatemala; y acaso Morazán, el más alto paladín de la causa federalista, aluda a ella en el trance supremo de sellarla con su sangre en el cadalso, al escribir estas palabras en su testamento: «Cuando había rectificado mis opiniones en política, en la carrera de la revolución, se me quita la vida injustamente». «Una sola Patria —dice más tarde Máximo Jerez— una sola Patria y un solo Gobierno, es lo que queremos, es lo que
necesita Centro América; el federalismo sirvió sólo para abreviar el día de su fraccionamiento».

La reversión al unitarismo jacobino, como sistema político para organizar nuestra nacionalidad, después del desastre del federalismo, es la segunda etapa, tal vez la más importante por la magnitud del esfuerzo, de la aspiración a constituir el Estado Centroamericano. Quedan todavía ensayos parciales de pactos federativos, de convenciones protocolarias entre algunos Estados, sin otra eficacia positiva que mantener enhiesto el ideal de la Patria común; pero la propaganda nacionalista se orienta con mayor decisión hacia el rumbo francamente unitario, y, convertida de idea en acción, se manifestó violentamente en la audacia agresiva de Justo Rufino Barrios, proclamado Jefe Supremo de Centro América, yendo él mismo, arriscado y soberbio, a pagar con su propia vida la grandiosidad de su propósito ante las fortificaciones de Chalchuapa. Tocó esta vez a El Salvador, a la morazánica tierra del federalismo, abatir en el polvo el estandarte unionista; pero puede con toda certeza asegurarse que el triunfo del general Barrios sobre El Salvador no habría significado jamás el sometimiento del resto de Centro América a Guatemala, el afianzamiento definitivo de la unión bajo el régimen central unitario. Nuevas luchas se habrían empeñado, quizá más desastrosas y sangrientas, con resultados tal vez de mayor trascendencia para la vida de estos pueblos. Los Estados habrían invocado con más pujanza los derechos de su personalidad autonómica, y el federalismo habría sido otra vez, y entonces más que nunca, el símbolo perfecto de esa autonomía, la única forma factible de unión.
Hay toda una literatura combativa en la historia constitucional de las naciones hispanoamericanas, en la cual pueden verse las encontradas opiniones de políticos prominentes acerca de la conveniencia de las formas unitaria y federal, y las sangrientas escisiones ocasionadas por la adopción de uno u otro sistema. Entre el cúmulo de teorías, pareceres y proyectos constitutivos, por encima de arreglos arbitrarios de fronteras, de fraccionamientos y adiciones territoriales, las antiguas colonias siguieron la corriente natural dinámica de sus propios intereses, de sus afinidades colectivas, de su situación histórico-geográfica, para organizar su nacionalidad, siendo unitarias o federales según las condiciones en que aparecieron a la vida independiente, según las leyes sociológicas que precedieron a su formación. A investigar esas leyes y determinar esas condiciones, se consagran en la actualidad distinguidos publicistas de nuestra América indo-española, en la región serena de los estudios histórico-sociales, muy lejos ya del campo de lucha en que encendieron sus odios implacables los antiguos bandos políticos. «El hombre de partido —dice Renán— quiere imponer sus iras al porvenir, sin pensar que el porvenir no tendrá cóleras contra nadie».

Para nosotros ha sido más funesta aún la cuestión del federalismo, no porque él sea incompatible con el ideal nacionalista, ni porque la tentativa de su implantamiento haya ocasionado la desintegración centroamericana, sino porque un error de apreciación histórica, cristalizado en creencia generalmente admitida, ha hecho de sus primeros partidarios los únicos mantenedores de la unidad nacional, contribuyendo esta creencia a ahondar más todavía el viejo cauce de las divisiones sectarias. Alrededor de la idea de unión centroamericana se ha formado un ambiente de erróneos conceptos y de pasiones mezquinas. Es, en la apariencia, un ideal excelso del más puro patriotismo; pero en el fondo no es más que objeto de explotación de nuestros histriones políticos, pretexto para discursos altisonantes de patriotería barata: ¡ut declamatio fiat! En la entraña de todas nuestras aspiraciones de reconstrucción nacionalista se esconde el localismo tradicional, más acentuado aún que en épocas pasadas.

Se ha prolongado hasta el presente, con el mismo espíritu de hermético partidarismo, el debate inmisericorde entre las fracciones políticas que se disputaron el poder en los tiempos de Arce y Morazán. Como fue el régimen federativo la forma primera de organización que adoptaron las provincias, y como el fracaso del sistema trajo por consecuencia el establecimiento de las repúblicas soberanas e independientes, o sea la ruptura de la unión nacional, se ha hecho del federalismo la sustancia de nuestra nacionalidad, inculpando de haber sido los causantes del desastre, los factores de la desunión, precisamente a quienes quisieron, al menos en teoría, mantener la unidad histórica del antiguo reino de Guatemala. Al menos en teoría; pues conviene observar que la Constitución Federal se aceptó sin mayor resistencia por el partido centralista unitario, respetando la autonomía de las provincias, pero reconociendo siempre la supremacía de Guatemala. No hubo jamás contiendas de hecho entre unitarios y federales, como en otros países, por el predominio o implantamiento del primero de dichos sistemas.

La ruptura de la nacionalidad, digámoslo de una vez, se debió a ese espíritu autonomista de los Estados provinciales ante las pretensiones centralizadoras de la metrópoli guatemalteca; espíritu rayano, indudablemente, en localismos, pero fecundo en obras de libertad. Es inútil hablar de empeños separatistas por parte de la fracción conservadora, cuando el separatismo estaba, de hecho, implícito en las tendencias regionales de los Estados. Todos ellos se apresuran a constituirse independientemente de Guatemala, a desligarse por completo de la unión histórica colonial y a desconocer la supremacía guatemalteca como si fuera siempre la soberanía de España. Si es cierto que se proclama la idea de unidad común: —Dios, Unión, Libertad, Provincias Unidas del Centro de América,- puede asegurarse que en el ardor de las pasiones políticas desencadenadas, en medio de la vorágine de la revolución, no prevaleció jamás el ideal de una Patria Grande, sino que cada Estado tendió a consolidar su independencia propia, siguiendo el impulso de sus intereses locales. En los momentos de tregua de la guerra civil, cuando se vio que el separatismo era una realidad, los bandos luchadores inculpáronse mutuamente del naufragio de la república, y la Constitución Federal vino a ser, en opinión de los conservadores unitarios, una especie de caja pandórica de donde habían escapado todos los males que afligían a Centre América, de los cuales era el mayor el desmembramiento nacional, en tanto que los federalistas se empeñaban en sostener la perfección de su obra constitucionaria, achacando al conservatismo el ser enemigo de ella por el solo intento maléfico de ocasionar la desunión de los Estados.

Juzgada quedó ya la Constitución de 1824. Documento respetable para la historia política de Centro América, lo es también para el sociólogo que sin prejuicios de bandería quiera estudiar en sus páginas el primer ensayo de organización de nuestra nacionalidad. Pero es inútil seguir comentando sus defectos, hacer punto de tema sobre la que debió haber consignado o suprimido; quiero decir que es vana tarea hacer de ese código político el fundamento de la nacionalidad centroamericana, la base única de su organización, como si Centro América fuese algo petrificado, como si las leyes no fueran la expresión de las condiciones sociales del momento, sujetas, por lo mismo, a las adaptaciones de la vida en evolución. No hay que buscar en la histórica Constitución del 24 la causa generadora del federalismo centroamericano, ni tampoco del fraccionamiento de la nación. El fenómeno federalista apareció en nuestra historia como inmediata consecuencia del provincialismo, y fue el predominio de los intereses localistas sobre los nacionales la fuerza disociadora que produjo la separación de los Estados.

Paréceme que el prócer don Manuel José Arce no está en lo cierto cuando dice: «Nuestros Estados son solamente una emanación, un efecto, un resultado de la Constitución de 1824; a ella deben su ser; sin ella estarían en la nada». . . Antes que se promulgara la Constitución Federal, ya San Salvador se había dado la suya propia, y era tendencia general en las demás provincias a decretar su organización interna de acuerdo con sus sentimientos de independencia y soberanía. La Constitución fue, por un momento, la expresión legal de las aspiraciones autonómicas regionalistas, —«una ley de circunstancias»,— en opinión del doctor Lorenzo Montúfar, pero luego quedó convertida en letra muerta, mientras los Estados caminaban aceleradamente a constituirse, con desconocimiento absoluto de todo poder común, con oposición sistemática a cualquier otro poder centralizante. Tenían personalidad propia las provincias, como verdaderos Estados en formación; y esa personalidad fue reconocida y respetada desde el tiempo del coloniaje, en el acto de proclamar la independencia, cuando se trató de la anexión al efímero imperio de Iturbide y en el momento de organizar la república de Centro América. Verdad sí es que la Constitución Federal abría camino para la formación de nuevos Estados: el de Los Altos fue producto artificial de esa disposición, como lo hubieran sido los «partidos» de Santa Ana y Sonsonate, Totonicapán y Sololá, que también intentaron hacerse independientes. Hay quienes piensan todavía que, para evitar la desunión, habría sido conveniente fraccionar a Centro América, creando más Estados, con el objeto de contrabalancear la preponderancia de todos entre sí, principalmente de Guatemala; pero se cae de su peso que el fraccionamiento más bien precipita que impide la desunión, y que no pueden improvisarse Estados por el sólo arbitrio de una ley sin que precedan fuerzas sociales que contribuyan a formarlos.

El famoso sofisma del doctor Aycinena: salir de la federación para volver a entrar en ella, —sofisma forjado con la arteria propia de los partidos conservadores y que influyó poderosamente a acelerar el desenlace de la unión federal,- apareció en tiempo oportuno, cuando los Estados, cansados ya del flagelo de las guerras civiles, querían desligarse de todo pacto o compromiso para organizarse de conformidad con sus particulares intereses. No habiendo podido Morazán mantener la federación, Carrera se presenta como sostén de las clases directoras de Guatemala, de los intereses de aquel Estado, el cual se limita también a organizarse, reincorporándose Los Altos, que le había arrebatado la federación. «Sucedió, pues, —dice Arce— que el edificio se desplomó: salió de sus quicios; y sólo la nación misma con la omnipotencia de su poder podrá llevarlo de nuevo a sus niveles».

Federalismo no es sinónimo de antinacionalismo o de anarquía, como no lo es tampoco el régimen centralista unitario de tiranía o estagnación de las actividades nacionales. Si, como dice Valenti Camp, «el centralismo tuvo razón de ser antes de nuestro siglo, para organizar de un modo embrionario la estática social y dar existencia propia a las nacionalidades»,—en el caso de Centro América no creo que el unitarismo habría contribuido a elidir las impulsiones internas de autonomía en las provincias, a consolidar nuestra nacionalidad; todo lo contrario: cualquiera tentativa de centralización unitaria habría traído como única fórmula aceptable el federalismo, o la desintegración completa, en virtud de las condiciones históricas y de las fuerzas sociológicas que he procurado esbozar en este trabajo.

Ahora, en el asunto de nuestra nacionalidad, se ha verificado la ley que señala Spencer, de que «las naciones formadas por la reunión de pequeños grupos sociales, desaparecen o se debilitan una vez que desaparece el poder central que unía a las partes, produciéndose el fenómeno inverso de desintegración, aunque manteniéndose siempre en relación de esa fuerza, los vínculos sociales que las unían; que, cambiadas las circunstancias, vuelven a unirse las partes, produciéndose el fenómeno de reintegración, formado nuevamente el todo». Desaparecido el poder unitario de la Capitanía General, por el hecho de la emancipación, se produjo el desmembramiento del reino de Guatemala. ¿Habrá de efectuarse la reintegración de las partes disueltas? Esperemos. «Cuando se forma parte, —dice el Marqués de Dosfuentes,- de un todo orgánico cualquiera, y, en consecuencia, se es integración de él, no se puede prescindir de ese organismo sin condenarse de antemano al fracaso».

El período federalista, he dicho, es un paréntesis en nuestra historia; un fenómeno sociológico que se presentó por las circunstancias apuntadas y que tuvo su expresión tangible en la primera Constitución de Centro América; un movimiento embrionario de organización nacional. Fue ese federalismo, por ser elemental, más bien un fenómeno de involución; pues, de acuerdo con la opinión de un distinguido profesor de sociología, «Se puede decir que el federalismo significa siempre atraso y el unitarismo significa progreso; que la evolución consiste en pasar de un federalismo -elemental a un federalismo más complicado». Esta última organización, la más perfecta posible, es la integración complementaria de elementos unitarios y federales.
Dentro de la doctrina del determinismo económico, las fuerzas que propendieron a la formación del Estado Nacional Centroamericano fueron débiles por la falta casi absoluta de intereses comunes materiales. No había riqueza nacional, propiamente hablando, sino provincial. Fue ésta la que tendió desde luego a desarrollarse y constituirse egoístamente en cada Estado, quedando, en consecuencia, el Poder Federal como un simple simulacro, sin elementos bastantes para mantener la cohesión de Centro América.

Podemos figurarnos las condiciones materiales de aquella época, en que la fuerza ejecutiva del gobierno común era impotente para hacerse sentir sobre las provincias desorganizadas, compuestas en su mayor parte de míseros poblachos, sin vías ni medios de comunicación, aisladas casi unas de otras y con sus intereses abandonados a las audacias del caudillaje personalista y a las menudas intrigas de campanario. Tales condiciones eran, sin duda, producto de la descomposición económica y del escaso desarrollo de la riqueza pública. No habiendo intereses propiamente nacionales, sino locales, tuvieron que prevalecer necesariamente las fuerzas generadoras de los Estados provinciales sobre las que tendían a la formación del Estado Nacional Centroamericano. Cuando los intereses ingentes de las repúblicas sean comunes, cuando haya grandes intereses que afecten a toda la Nación Centroamericana, el Estado Nacional resurgirá poderoso, unido en federación íntima y solidaria, sobre la base real en que se sustentan las sociedades que tienen personalidad bien definida.

No quiero decir que el gran problema de nuestra nacionalidad sea un asunto esencialmente económico; he señalado tan sólo uno de sus datos más fundamentales desde el punto de mira en que me propuse estudiarlo. El asunto de nuestra nacionalidad, mucho más serio y complejo de lo que se piensa, es no solamente económico, sino también histórico y político, jurídico y sociológico. Más que todo esto, es un problema de vida social; un mundo de aspiraciones que hay que buscar en las profundidades de la conciencia colectiva para ver si en ellas alienta todavía el alma de Centro América. Desde algún tiempo a esta parte se han enderezado en este sentido el pensamiento y la propaganda de las nuevas generaciones. Una corriente generosa de entusiasmo ha venido a extenderse sobre el estéril campo de recelos e indiferencia en que se agitan los intereses egoístas de los gobiernos centroamericanos. El nacionalismo ha dejado de ser una cuestión batallona de política intransigente. Necesitamos ahora recoger con amor la herencia de nuestros antepasados, no renegar de ella un sólo instante, y procurar engrandecerla con nuestro patrimonio, dirigiéndonos a investigar las cuestiones palpitantes que afectan directamente a Centro América, todas sus vicisitudes y caídas, sus esfuerzos todos por conservar su existencia como nación. El verdadero nacionalismo necesita ser la vibración amplia y serena del alma nacional. Tengamos fe en esa alma, en el poder de su vitalidad. Empeñémonos en creer que Centro América quiere vivir. La negación anticipada de la vida, en los individuos como en las sociedades, es síntoma de agotamiento.

29 de marzo de 1913.

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