El marxismo de Trotsky

Por Nicolas Krassó

Durante muchos años, Trotsky constituía un anatema que un marxista no podía abordar. La lucha que tuvo lugar dentro del Partido Bolchevique en la década de los años veinte produjo una polarización tan violenta de su imagen dentro del movimiento obrero internacional que cesó toda discusión racional acerca de su persona y de sus obras. El anatema pronunciado contra él por Stalin convirtió a su nombre en sinónimo de traición para millones de militantes de todo el mundo.

Pero al mismo tiempo una minoría consagrada y selecta veneraba su memoria y creía que su pensamiento era el “leninismo de nuestro tiempo”. Y aún hoy, treinta años después de su muerte y una década después de la muerte de Stalin, pesa todavía un tabú sobre toda discusión acerca de Trotsky dentro del movimiento comunista. Aún persisten las actitudes mágicas hacia su figura, lo cual constituye un sorprendente anacronismo en el mundo actual.

La única excepción a esta regla es, por supuesto, la biografía en tres tomos de Isaac Deutscher, que es sólo una parte de un corpus mayor. Pero, paradójicamente, la grandeza del logro de Deutscher parece haber abrumado a los otros participantes potenciales de un debate – dentro del ámbito del marxismo – acerca del verdadero papel histórico de Trotsky.

Resulta sin duda significativo que no se haya hecho nunca una apreciación marxista de la obra de Deutscher que esté a la altura de la obra misma. El estudio de Deutscher se adelantó tanto a las actitudes contemporáneas que todavía no ha sido correctamente asimilado y, por lo tanto, debatido. Sin embargo, sus implicaciones sólo serán asimiladas por medio de una permanente discusión que examine diferentes aspectos de la historia soviética y en la cual se sostengan puntos de vista divergentes. Sería un error no referirse a problemas específicos por temor a no poder enfrentarse con toda la epopeya revolucionaria o con su historiador.

Este ensayo se propone abordar el siguiente problema: ¿Cómo debemos juzgar a Trotsky como marxista? Esto significa compararlo con Lenin (más bien que con Stalin) y tratar de descubrir cuál es la unidad específica que existe entre sus escritos teóricos y su actuación política. Con este propósito, la vida de Trotsky se divide en cuatro fases diferentes: 1879-1917, 1917-21, 1921-29, 1929-40. La tesis de este ensayo será que los cuatro períodos se entienden mejor dentro del marco de un solo problema: la relación de Trotsky con el partido como organización revolucionaria, y sus subyacentes fundamentos teóricos latentes. Se tratará también de demostrar que este enfoque ilumina todas las características básicas (los vicios y las virtudes) del pensamiento de Trotsky como marxista, y explica las vicisitudes de su carrera política.

1879-1917

De “Garrote de Lenin” a miembro fundador del menchevismo

Antes de la Revolución de Octubre, Trotsky no fue miembro disciplinado de ninguna facción del Partido Socialdemócrata Ruso, bolchevique o menchevique. Este hecho puede explicarse en parte por los desacuerdos políticos producidos, en diferentes coyunturas, con los bolcheviques y los mencheviques; pero es indudable que reflejó también una opción teórica más profunda, que rigió sus actos en este período.

Según Deutscher, uno de sus primeros escritos conocidos fue un ensayo sobre la organización del partido, escrito en Siberia. En este trabajo, Trotsky abogaba por un despiadado control disciplinario, ejercido por un fuerte Comité Central: “El Comité Central suspenderá sus relaciones con la organización indisciplinada y por consiguiente aislará a esa organización del resto del mundo revolucionario”.[1]

Consecuente con este criterio, Trotsky, al dejar Rusia en 1902, habría abogado inicialmente por un sistema disciplinario férreo, en la disputa suscitada entre Iskra y los economistas en el Tercer Congreso del POSDR, realizado en Bruselas en julio de 1903. Los estatutos del partido, sostenía Trotsky, deben expresar  “la desconfianza organizada de la dirección” hacia los miembros, desconfianza ejercida por medio de un control vigilante y vertical sobre el partido.

El espíritu de esta formulación es visiblemente diferente de lo que puede encontrarse en ¿Qué hacer? En esta etapa, Trotsky, recién salido de su exilio y nuevo para el movimiento revolucionario nacional, era conocido como ”el garrote de Lenin”; pero si comparamos los escritos de ambos en este periodo, se hace evidente – como veremos – que la etapa ”proto-bolchevique” de Trotsky se limitó a reproducir los aspectos exteriores y formales de la teoría de la organización del partido de Lenin, sin su contenido sociológico, caricaturizándola, por lo tanto, como una jerarquía de mando militarizada, concepción ésta totalmente ajena al pensamiento de Lenin.

Dado que no se basaba en una teoría orgánica del partido revolucionario, nada hay de sorprendente en el hecho de que Trotsky, en el mismo Congreso, se deslizara súbitamente hacia el extremo opuesto, llegando a denunciar a Lenin como “desorganizador del partido” y arquitecto de un plan para convertir al POSDR en una cuadrilla de conspiradores más que en el partido de la clase obrera rusa.

               Así, hacia fines de 1903, “el garrote de Lenin” se convirtió en miembro fundador del menchevismo. En abril de 1904, Trotsky publicó en Ginebra Nuestras tareas políticas, ensayo dedicado al menchevique Axelrod. En este trabajo, rechazaba frontalmente toda la teoría de Lenin acerca del partido revolucionario, negando explícitamente la tesis fundamental de Lenin: que el socialismo como teoría debía ser llevado a la clase obrera desde el exterior, a través de un partido que incluyera a la intelectualidad revolucionaria.

Trotsky atacó esta teoría llamándola ”sustitutismo” y la denunció enérgicamente: ”Los métodos de Lenin conducen a esto: la organización del partido sustituye al partido en general; a continuación el Comité Central sustituye a la organización ; y finalmente un solo ”dictador” sustituye al Comité Central”. Llegó también a denunciar a Lenin por su “suspicacia maliciosa y moralmente repugnante”[2].

Partido y clase

Su propio modelo del Partido Socialdemócrata fue tomado del partido alemán e implicaba un partido coexistente con la clase obrera. La crítica que – desde una perspectiva marxista – resulta obvio hacer a semejante formulación, es que los verdaderos problemas de la teoría revolucionaria y las relaciones entre partido y clase no pueden ser examinados científicamente con el concepto de “sustitución” y su opuesto implícito, “identidad”.

Partido y clase pertenecen a diferentes niveles de la estructura social y la relación entre ellos es siempre de articulación. No es posible entre ellos cambio alguno (”sustitución”), de la misma manera que tampoco es posible una identidad, porque partido y clase son necesariamente instancias diferentes de un conjunto social estratificado y no expresiones comparables o equivalentes de un nivel dado del mismo.

Los conceptos especulativos de “sustitución” o “identidad” impiden, ab initio, toda comprensión correcta de la naturaleza específica de la acción del partido revolucionario sobre la clase obrera (y dentro de ella), tal como lo teorizó Lenin. Estos conceptos implican una radical imposibilidad de comprender el papel inevitablemente autónomo de las instituciones políticas en general y del partido revolucionario en particular, autónomo en relación a las fuerzas de las masas dentro de una formación social que está determinada, en última instancia, desde luego, por la economía. [3]

Su fracaso en captar la especificidad de las organizaciones políticas y el papel del partido revolucionario – en otras palabras, la carencia de una teoría del partido – explica los súbitos y arbitrarios cambios de actitud de Trotsky hacia la organización del partido en aquellos años. Estos cambios tenían un significado meramente psicológico, eran expresiones de una ambivalencia entre las actitudes  “autoritarias” y las  “libertarias” (reproducidas más tarde en los súbitos cambios desde sus actitudes hacia el comunismo de guerra hasta el papel que desempeñó en el ataque a la ”burocracia”) cuya oposición abstracta indicaba un problema pre-marxista. No expresaban una verdadera posición teórica y, además, revelaban una ausencia, una zona vacía en el pensamiento de Trotsky.

No obstante, esta ausencia estaba unida a una intuición particularmente intensa de las fuerzas sociales de las masas como tales.

Hacia fines de 1904, Trotsky se separó de la facción menchevique y se asoció intelectualmente con Parvus, un emigrado ruso perteneciente al partido socialdemócrata alemán. Ello confirmó rápidamente la extrema inestabilidad de sus vinculaciones con toda agrupación organizativa.

Fue sin embargo esta posición inestable la que, paradójicamente, posibilitó su meteórico ascenso en la Revolución de 1905, erupción espontánea sobre la cual ninguna organización revolucionaria tuvo tiempo de lograr un control efectivo antes de que perdiera su oportunidad y fuera derrotada. La Revolución tomó por sorpresa tanto a los bolcheviques como a los mencheviques, y sus dirigentes llegaron a Rusia con cierto retraso.

Trotsky, que estaba en San Petersburgo desde el comienzo, se adaptó mucho más rápidamente a la insurrección popular de octubre – que no había sido estructurada según la orientación política de partido alguno – y no tardó en asumir la dirección del Soviet de San Petersburgo.

Deutscher señala, con razón, que precisamente con este éxito ”él encarnó la inmadurez del movimiento”. Por supuesto, esta falta de madurez produjo, cinco meses después, la rápida y decisiva derrota de la revolución, que fue, por así decirlo, el funeral de la espontaneidad en la historia del movimiento de la clase obrera rusa.

Balance y perspectivas

Sin embargo, esta experiencia sirvió de base a Trotsky para redactar el primero y más importante de todos sus trabajos: Balance y perspectivas, escrito en 1906, en la cárcel. Este trabajo contiene todos los elementos de los puntos de vista que él expondrá más tarde en un folleto polémico de 1928, La revolución permanente, pero es también mucho más que eso. Se trata, indiscutiblemente, de una brillante prefiguración de las principales características clasistas de la Revolución de Octubre de 1917. “En un país económicamente atrasado, el proletariado puede tomar el poder antes que en un país donde el capitalismo está desarrollado… La Revolución Rusa produce condiciones en las que el poder puede… pasar a las manos del proletariado antes de que los políticos del liberalismo burgués tengan la oportunidad de mostrar plenamente su genio de estadistas… El proletariado en el poder aparecerá ante el campesinado como su “libertador”.[4]

La revolución permanente

Trotsky predijo – correctamente – que la atomización del campesinado y la debilidad de la burguesía en Rusia harían posible la toma del poder por parte de la clase obrera, a pesar de que ésta era todavía una minoría en la nación. Una vez en el poder, tendría que ganar a toda costa el apoyo del campesinado y se vería obligada a pasar sin transición de las medidas”democráticas” a las ”socialistas”.

Trotsky llamó a este proceso “revolución permanente”, designación inapropiada que indica la falta de precisión científica de que adolecían aún sus   ideas más profundas. Al evocar la idea de una conflagración continua en todo tiempo y lugar – una suerte de carnaval metafísico de la insurrección – el término se prestaba a ser distorsionado en la polémica, tanto por los opositores de Trotsky como por sus partidarios. Aun en aquel momento, el carácter romántico-idealista de la fórmula generaba inevitablemente errores críticos en los propios pensamientos de Trotsky.

Sobre todo, esta fórmula confundía los dos problemas, completamente diferentes, del carácter de clase de la inminente revolución rusa (progresión ininterrumpida de las demandas democráticas a las socialistas) por una parte, y de la capacidad de esa revolución para mantenerse internacionalmente, por la otra. Porque en este ensayo Trotsky proclamaba, reiteradamente, la imposibilidad de que la revolución rusa pudiera resistir el asalto contrarrevolucionario sin la ayuda de revoluciones simultáneas en Europa occidental.

La ”lógica” de esta suposición derivaba del confuso verbalismo de la ”revolución permanente”, fórmula que permitió a Trotsky pasar del carácter nacional de la revolución en Rusia a las condiciones internacionales de su supervivencia, como si se tratara de otros tantos peldaños en una escalera que ascendiera ”permanentemente”. La naturaleza ilegítima de este procedimiento es demasiado evidente, y vició las tesis fundamentales de Trotsky. Ello no disminuye la magnitud de su acierto al predecir correctamente la naturaleza básica de la Revolución de Octubre once años antes de que ocurriera, cuando ningún otro dirigente ruso había rechazado las predicciones clásicas de Plejanov: simplemente, lo sitúa dentro de las coordenadas específicas del marxismo de Trotsky.

La ausencia del partido

Balance y perspectivas es un extraordinario ensayo por su análisis de las fuerzas sociales, pero no lo es menos por su falta de todo análisis del papel de la organización política en la lucha socialista. Una vez más, el partido está ausente del escenario construido por Trotsky para la revolución rusa. Cuando analiza los requisitos previos del socialismo (producción planificada, predominio de las fábricas en gran escala y dictadura del proletariado) no menciona en absoluto al partido o al papel que éste debe desempeñar. Ataca a los blanquistas y a los anarquistas, pero se limita a expresar: ”Los socialdemócratas hablan de la conquista del poder como la acción consciente de la clase revolucionaria”.[5] Su vanguardia ha sido olvidada.

La única discusión acerca de los partidos en todo el ensayo – de cien páginas – es una perspicaz crítica de los partidos socialdemócratas de occidente, que fue un acertado comentario sobre estas organizaciones pero cuya aplicación general implicaba una completa hostilidad a la existencia misma de un partido revolucionario. En realidad, cuando Trotsky escribe acerca de la lucha política en Rusia, no se refiere nunca al papel de las organizaciones revolucionarias: sólo habla de fuerzas sociales.

Es necesario hacer aún otro comentario sobre este trabajo premonitorio. Hay en él un evidente desconocimiento del problema del partido en sí. Por el contrario, Trotsky demuestra poseer una gran conciencia del Estado como aparato burocrático y militar.

Trotsky incluye una extensa y gráfica relación del papel histórico del Estado ruso en la formación de la sociedad rusa moderna. Trotsky tomó gran parte de este análisis del historiador liberal Miliukov, y de su socio Parvus. Pero la elocuencia de esta digresión contrasta agudamente con su paralelo silencio sobre el partido. Esta polaridad no era accidental y resurgió en un contexto práctico crucial, en una fase posterior.  

Sin embargo, las consecuencias inmediatas de esta crítica ausencia en el pensamiento de Trotsky se evidenciaron concretamente después de su salida de la cárcel. Entre 1907 y 1914, la actuación política de Trotsky consistió en una serie de esfuerzos intermitentes e infructuosos  por unificar las facciones socialdemócratas opuestas y con ese propósito formó el efímero Bloque de Agosto, agrupación carente de principios. Tampoco desempeñó papel alguno en la decisiva tarea de construir el Partido Bolchevique, que Lenin emprendiera por aquellos años. Por lo tanto, no adquirió experiencia de la vida de partido, a diferencia de sus contemporáneos Stalin, Zinoviev y Bujarin, que sí acumularon esa experiencia durante este período formativo. Deutscher comenta, acertadamente: ”Los años de 1907 a 1914 constituyen en su vida un capítulo singularmente exento de logros políticos … Sus escritos… consistieron en brillantes trabajos periodísticos y de crítica literaria, sin incluir un solo texto significativo de teoría política … En esos años, sin embargo, Lenin, con la ayuda de sus seguidores forjaba su partido, y hombres como Zinóviev, Kámenev, Bujarin y más tarde Stalin iban alcanzando una estatura que les permitió desempeñar papeles destacados en el Partido en 1917. A la estatura que Trotsky había alcanzado en 1904-6, el presente período añadió poco o nada”.

La intelectualidad y el socialismo

Sería un error, sin embargo, pensar que Trotsky no produjo escritos importantes en este largo intervalo. Escribió un ensayo decisivo, que expresa con singular claridad la médula de su pensamiento político. Se trata de La intelectualidad y el socialismo, escrito en 1910.

En este trabajo Trotsky demuestra una amarga hostilidad hacia los intelectuales, dentro y fuera del movimiento socialista. Esta hostilidad era una expresión de sus ideas acerca de la intelectualidad. Es evidente, a través de sus escritos, que Trotsky veía a los intelectuales de una manera totalmente preleninista, como individuos de origen burgués, preocupados por las ”ideas” o la ”literatura” y esencialmente divorciados del proletariado y la lucha política.

En su obra, la imagen básica del intelectual es siempre la del literato de salón. Ahora bien, esta imagen es precisamente la que fue cultivada por la burguesía misma, que había separado el ”arte” y el ”pensamiento” de las actividades ”mundanas” (tales como la economía y la política) difundiendo el ideal del intelectual como un individuo consagrado a la vaga y esotérica búsqueda de ese arte y de ese pensamiento.

Además, el anti-intelectualismo vulgar de una clase obrera laborista u obrerista es un mero reflejo de esta concepción burguesa: el término ”intelectual” se convierte en una categoría peyorativa, que designa a los dilettantes, parásitos o renegados.

Desde luego, esta serie de concepciones nada tiene que ver con el marxismo, pero explica por qué fue tan formal y externa la aparente aproximación de Trotsky a la posición de Lenin sobre la organización del partido en 1903. Porque la teoría de Lenin sobre la organización del partido en ¿Qué hacer? era inseparable de su teoría sobre la función y naturaleza de los intelectuales en un partido revolucionario.

La esencia de ésto era que: I) los intelectuales de origen burgués son indispensables para la constitución de un partido revolucionario, porque sólo ellos capacitan a la clase obrera para dominar el socialismo científico; II) el trabajo del partido revolucionario elimina la distinción entre ”intelectuales” y ”trabajadores” dentro de sus filas.

Naturalmente, Gramsci desarrolló la teoría de Lenin en su famoso análisis del partido revolucionario como el ”moderno Príncipe”, cuyos miembros se convierten en intelectuales de un tipo nuevo.

Esta compleja concepción contrasta con la aceptación de Trotsky de las categorías tradicionales y los prejuicios que las acompañaban. Al escribir sobre los intelectuales, él pensaba en los esotéricos círculos literarios de Moscú a los cuales atacaría más tarde en  Literatura y Revolución y no en los nuevos intelectuales forjados en y por el Partido bolchevique, del cual eran miembros.

En una palabra, Trotsky carecía de una teoría marxista sobre los intelectuales y su relación con el movimiento revolucionario, y por ello se quedó meramente en las actitudes. En su ensayo de 1910, afirma lisa y llanamente que, a medida que el movimiento socialista crece en Europa, son cada vez menos los intelectuales que se le unen. Esta ley es aplicable también a los estudiantes: ”A lo largo de su historia… los estudiantes de Europa han sido meramente el barómetro sensible de las clases burguesas”.[6]

El meollo de su análisis de la relación entre los intelectuales y la clase obrera es una abrumadora negación de lo anterior, lo cual demostró el alcance de su incapacidad de asimilar ¿Qué hacer? [7]

Al respecto, escribe: ”Si la verdadera conquista del aparato de la sociedad dependiera del advenimiento previo de la intelectualidad al partido del proletariado europeo, las perspectivas del colectivismo serían por cierto bien miserables”. Dado este punto de vista general, resulta evidente el por qué su breve ”centralismo” de 1903 fue mecánico y deleznable. Fue una parodia del leninismo, una imitación militarizada de su disciplina, sin su significado interno: la transformación de ”obreros” e ”intelectuales” en revolucionarios por medio de una acción política unificada. El único papel político que Trotsky otorgó a los intelectuales fue el de ”sustitutismo”, en un ensayo dedicado específicamente a la intelectualidad rusa.[8]

Los decembristas, narodnikis y marxistas fueron condenados indiscriminadamente como grupos que reemplazaban a las clases sociales que afirmaban representar, en lo que Deutscher llama una ”sombría revisión” de la historia rusa. Una vez más, la falta de una teoría de las instancias o niveles diferenciados de la estructura social conduce a la idea de un intercambio horizontal entre ”intelectuales” y ”clases”, en el cual se hace posible una sustitución de unos por otros.

Así, la única posibilidad de los intelectuales para ingresar a la política es, necesariamente, una usurpación, dado que sólo puede realizarse a expensas del proletariado. Falta, una vez más, la idea del partido como estructura autónoma que combina y transforma dos fenómenos diferentes: la intelectualidad y la clase obrera. Dentro de esta concepción, no tiene sentido hablar de ”sustituir” un elemento por otro, ya que no son conmensurables para ser intercambiables. Son modificables, en una nueva acción política o sea, en un partido revolucionario.

Por lo tanto, la historia de Trotsky antes de 1917 puede asumirse de la siguiente manera: fue siempre un francotirador, fuera de las filas organizadas del movimiento de la clase obrera. Demostró poseer una singular comprensión intuitiva del carácter de clase de las fuerzas que estaban agrupándose para la Revolución Rusa. Pero ello iba acompañado de una profunda y consecuente falta de comprensión de la naturaleza y el papel de un partido revolucionario, falta ésta vinculada a su concepción pre-marxista de la teoría relativa a las organizaciones.

Aún en 1915, sus escritos evidencian la creencia de que el partido era un epifenómeno arbitrario en la lucha de clases: ”Entre la posición de un partido y los intereses del estrato social en que se apoya puede haber una cierta falta de armonía, que más tarde puede convertirse en una profunda contradicción. La conducta de un partido puede cambiar bajo la influencia o el temperamento de las masas. Esto es indiscutible. Tanto mayor es, por ende, nuestra razón, en nuestros cálculos, para dejar de depender de elementos menos estables y menos dignos de confianza, tales como las consignas y las tácticas de un partido.  Y para  recurrir a factores históricos más estables: la estructura social de la nación, la relación de las fuerzas de clase y las tendencias de desarrollo.” [9]

Esta incomprensión del papel del partido leninista explica que Trotsky se abstuviera de toda participación en la crucial formación del Partido Bolchevique de 1907 en adelante. Él mismo caracterizó más tarde su actitud durante esta etapa, con gran honradez y exactitud: ”Nunca me esforcé por crear un grupo sobre la base de las ideas de la revolución permanente. Mi postura interpartidista era conciliatoria, y cuando en ciertos momentos me esforcé por la formación de grupos, fue precisamente sobre esta base. Mi espíritu conciliador surgió de una especie de fatalismo socialrevolucionario. Yo creía que la lógica de la lucha de clases obligaría a ambas facciones a seguir la misma línea revolucionaria. La gran significación histórica de la política de Lenin era todavía confusa para mí en aquel entonces, su política de demarcación ideológica irreconciliable, y de división, cuando fuese necesario, con el propósito de unificar y templar el corazón del partido revolucionario, verdaderamente revolucionario… En todos los casos más importantes, cuando me puse en contradicción con Lenin, táctica y organizativamente, la razón estaba de su parte”.[10]

Ahora es posible ubicar la desviación teórica específica que está latente en el pensamiento de Trotsky. Tradicionalmente, el marxismo ha estado constantemente sujeto a la deformación llamada economicismo. Ello consiste en reducir todos los otros niveles de una formación social al movimiento de la economía, que se convierte así en una ”esencia” idealista, de la cual los grupos sociales, las instituciones políticas y los productos culturales son meras ”manifestaciones”.

Esta desviación, con todas sus consecuencias políticas prácticas, se difundió en la Segunda Internacional. Fue característica de la derecha, que predominaba en la Internacional. Lo que se ha advertido menos es que la izquierda de la Internacional exhibía a menudo una desviación análoga. Podemos llamar a ésto, por razones de conveniencia, sociologismo. No es la economía, sino las clases sociales las que son separadas de la compleja totalidad histórica e hipostasiadas, de manera idealista, como los demiurgos de cualquier situación política dada.

La lucha de clases se convierte en la “verdad” interna e inmediata de todo acontecimiento político y las fuerzas de las masas en los únicos agentes históricos. El economicismo conduce naturalmente a la pasividad y al taoísmo ; el sociologismo, por el contrario, tiende a conducir hacia el voluntarismo. Rosa Luxemburgo representa la lógica extrema de esta tendencia dentro de la Segunda Internacional, donde asume la forma de una explícita exaltación de la espontaneidad.

Trotsky representa una variante diferente de esta corriente, pero el principio rector es semejante. Sus escritos presentan a las fuerzas de las masas dominando constantemente a la sociedad, sin organizaciones políticas o instituciones que intervengan como niveles permanentes y necesarios de la formación social. El marxismo de Lenin, por el contrario, se define por la noción de una totalidad compleja, en la cual todos los niveles – económico, social, político e ideológico – son siempre operativos y hay entre ellos un intercambio del eje principal de las contradicciones. La extrapolación que hizo Trotsky de la fuerza de las masas, al aislarlas de esta compleja serie de niveles, constituyó el origen definitivo de sus errores teóricos, tanto antes como después de la Revolución.[11]

1917-21

Estadista

El estallido de la Revolución de febrero transformó las relaciones políticas dentro del movimiento socialdemócrata ruso. La nueva situación liberó súbitamente a Trotsky de su pasado. Al cabo de pocos meses, había abandonado a sus asociados mencheviques y se había alineado en las filas del bolchevismo. Surgía ahora como un gran revolucionario. Esta fue la etapa heroica de su vida, cuando cautivó la imaginación mundial como arquitecto de la insurrección de octubre y jefe militar de la Guerra Civil.

Más aún: se convirtió en el orador supremo de la revolución. Encarnaba tanto a Danton como a Carnot, era el gran tribuno del pueblo y el gran dirigente militar de la Revolución Rusa. Como tal, Trotsky era exactamente la clase de hombre que los observadores del exterior, benévolos u hostiles, creían que un revolucionario debía ser. Parecía la encarnación de la continuidad entre las revoluciones francesa y rusa.

Lenin, el cambio, era un hombre aparentemente prosaico, totalmente diferente a los declamatorios héroes de 1789. Representaba un nuevo tipo de revolucionario. La diferencia entre los dos hombres era fundamental y se advierte a lo largo de todo el período en que ambos trabajaron juntos. Trotsky nunca se aclimató totalmente dentro del Partido bolchevique.

En julio de 1917 descendió como en paracaídas sobre la cumbre de la organización bolchevique, el Comité Central, sin experiencia alguna de actuación o de vida partidista. Por eso, se le veía de manera muy diferente dentro de las filas del partido que fuera del mismo. Su imagen internacional no coincidió nunca con la que el partido tenía de él; en alguna medida, siempre se sospechó de él como advenedizo e intruso. Resulta significativo que en 1928, en medio de la lucha interna del partido, su colega y aliado Preobrazhenski pudiera hablar de ”nosotros, los viejos bolcheviques”, para distinguir su posición de la de Trotsky. Sin duda, los viejos bolcheviques no le aceptaron nunca como unos de los suyos. Ésta marginación se evidenció durante la Revolución y hasta en la Guerra Civil. Trotsky fue el dinamizador del Estado bolchevique militarizado en pie de guerra. Por aquellos años, no era un hombre de partido ni tenía responsabilidad alguna en el funcionamiento y movilización de la organización del partido. Fue criticado por muchos bolcheviques a causa de ciertas acti-tudes, tomadas dentro del ejército, que fueron verdaderamente hostiles al partido como tal. Así, Trotsky se decidió a fortalecer el poder de los oficiales de carrera con pasado zarista dentro del Ejército Rojo y se opuso a que fueran controlados por comisarios políticos desig-nados por el partido. La disputa acerca de esta cuestión – en la cual Trotsky chocaba ya con Stalin y Voroshilov – constituyó una importante controversia en el VIII Congreso del Partido, celebrado en 1919. Lenin apoyó a Trotsky, pero el resentimiento del partido contra éste se hizo evidente en las instrucciones secretas pasadas al Congreso. La exclamación de Mikoyan en el VII Congreso refleja fielmente la imagen que tenían de él los miembros permanentes de la dirección del partido: ”1 Trotsky es un hombre de Estado, no de Partido!”.12

El talento oratorio de Trotsky complementaba su talento como jefe militar, y ninguna de estas dos cualidades se vinculaba a una actuación específicamente partidista. El organizador de un partido político debe persuadir a individuos o a grupos de que acepten los planes de acción que propone así como su autoridad para llevarlos a cabo. Ello requiere gran paciencia y habilidad para maniobrar inteligentemente dentro de una compleja lucha política, en la cual los actores están igualmente equiparados para discutir como para actuar. Esta capacidad es totalmente diferente de la de un orador de masas. Trotsky estaba extraordinariamente dotado para la comunicación con las multitudes. Pero la índole de su atractivo era necesariamente 9

emocional, se basaba en una gran transmisión de urgencia y de militancia. Como orador, sin embargo, disfrutaba de una relación completamente unilateral con las multitudes: las arengaba para conducirlas hacia determinados fines, para movilizarlas en la lucha contra la contrarrevo-lución. Su don militar tenía características similares. No era un organizador de partido, no tenía experiencia en cuanto al verdadero funcionamiento de un partido, y tampoco parecía interesarse especialmente en esas cuestiones. Sin embargo, realizó la hazaña de crear un Ejército Rojo de cinco millones de hombres en dos años, sacándolos prácticamente de la nada, y de llevarlo a la victoria contra los ejércitos blancos y sus aliados extranjeros. Por lo tanto, su capacidad organizativa era de carácter esencialmente voluntarista. Tuvo autoridad ab initio para organizar el ejército; como Comisario del Pueblo para la Guerra contó con el respaldode todo el prestigio de Lenin y del Estado soviético. No tuvo que ganarse esta autoridad en el terreno político, convenciendo a sus iguales de que lo aceptaran. Era el jefe del comando militar y tenía autoridad para imponer estricta obediencia. Así, la afinidad entre el jefe militar y el tribuno popular se explican completamente. En ambos casos, el papel de Trotsky fue implícitamente voluntarista. Como orador público tenía que apelar a llamamientos emocionales para movilizar a las masas con propósitos definidos; como pilar del Estado soviético, tenia que dar órdenes a sus subordinados, también con propósitos definidos. En ambas tareas su función consistía en asegurar los medios para un fin previamente determinado. Esta tarea difiere de la de lograr que un nuevo fin prevalezca entre varias opiniones competitivas en una organización política. El voluntarista está en su elemento cuando se trata de arengar a multitudes o de mandar a la tropa, pero estas funciones no deben confundirse con la capacidad para dirigir un partido revolucionario.

De los problemas militares a los económicos

En 1921, la Guerra Civil había sido ganada. Con la victoria, el Partido bolchevique tuvo que desviar toda su preocupación, de los problemas militares a los económicos. La reconstrucción y reorganización de la economía soviética constituía ahora su principal objetivo estratégico. La adaptación de Trotsky a la nueva situación reveló cuán consecuente había sido toda su actuación política durante esta etapa. Simplemente, propuso la adopción de soluciones militares para los problemas económicos, reclamando un comunismo de guerra intensificado y la introducción del trabajo obligatorio. Este extraordinario episodio no fue sólo un paréntesis o una aberración en su carrera, sino que tenía profundas raíces teóricas y prácticas en su pasado. Su función de Comisario de guerra lo predisponía hacia una política económica concebida como una movilización estrictamente militar y, al defenderla, Trotsky estaba simplemente prolongando su actuación anterior. Al mismo tiempo, su propensión a una solución ”de mando” reflejaba su incomprensión del papel específico del partido y su consecuente tendencia a buscar soluciones políticas a nivel del Estado. Su consigna en el debate sindical de 1921 propugnaba, explícitamente, la ”nacionalización” de los sindicatos. Trotsky abogó también por una burocracia competente y permanente, con ciertos privilegios materiales; a causa de ello, Stalin le llamaría más tarde ”corifeo de los burócratas”.

Además Trotsky no justificó el trabajo obligatorio como una lamentable necesidad impuesta por la coyuntura política, como el resultado temporal de una emergencia. Trató, por el contrario, de legitimarlo sub specie aeternitatis, explicando que en todas las sociedades el trabajo era obligatorio, y que lo único que variaba era la forma en que se ejercía la compulsión. Combinaba esta abierta defensa de la coerción con una exaltada mística de la abnegación social, incitando a las brigadas de trabajo a entonar himnos socialistas mientras trabajaban. ”Desplegad una incansable energía en vuestro trabajo, como si estuviérais en marcha o en combate… Un desertor del trabajo es tan despreciable y tan indigno como un 10

13 El profeta armado, p. 413. Esta imagen recuerda al jesuita del Paraguay. Trotsky escribiría luego que la razón por la cual los filisteos burgueses detestaban tanto a los jesuitas residía en que éstos eran los soldados de la Iglesia, mientras que la mayoría de los presbíteros eran sus mercaderes. Lo cierto es, desde luego, que no existe razón alguna para hacer una discriminación entre ambos. Trotsky, sin embargo, parece haber preferido a los jesuitas. Es evidente que en un período revolucionario un militante socialista .ha de estar más cerca de un soldado que de un mercader, en sus puntos de vista. Pero ¿debe ese estado temporario de cosas hacer que un socialista olvide que la concepción militar es un producto de la sociedad de clases tanto como la mercantil?

desertor del campo de batalla. ¡ Severo castigo para ambos !.. . Comenzad y completad vuestro trabajo, dondequiera que sea posible, al son de himnos y canciones socialistas. Vuestro trabajo no es trabajo de esclavos, sino un elevado servicio a la Patria socialista”.13

Esta contradictoria amalgama era posible, por supuesto, gracias al idéntico voluntarismo de ambas nociones: la economía como imposición coercitiva o como servicio místico.

Al comienzo, Trotsky pudo ganar el apoyo de Lenin para sus planes de militarización del trabajo. Pero después del gran debate de los sindicatos en 1921 y al finalizar la guerra polaca, su propuesta de purgar en gran escala a los representantes electos en los sindicatos fue ásperamente repudiada por Lenin. El Comité Central del Partido denunció públicamente las formas de trabajo ”militarizadas y burocráticas”. Así, los planes de acción de Trotsky fueron rechazados por los bolcheviques, en medio de una reacción general en su contra, como ideólogo del comunismo de guerra. El resultado del debate económico evidenció la diferencia entre la idea de Lenin de un partido altamente disciplinado y la defensa de Trotsky de un estado militarmente organizado.

1921-29

Oposicionista

La lucha interna del partido durante los años veinte fue, evidentemente, la fase central de la vida de Trotsky. Durante algunos años, se produjeron hechos que fueron decisivos para la historia mundial en las décadas siguientes. Las decisiones fueron tomadas por muy pocas personas. No es frecuente que tales decisiones obtengan significación universal. ¿ Cuál fue el papel de Trotsky en el funesto drama de los años veinte?

La lucha por la supremacía dentro del Partido bolchevique debe ser separada, en alguna medida, de las cuestiones políticas que la provocaron. Durante la mayor parte del tiempo, el conflicto suscitado dentro del partido se concentró en el ejercicio del poder como tal, dentro del contexto, naturalmente, de las disputas ideológicas de los grupos antagónicos. Se advertirá, en efecto, que uno de los más graves errores teóricos y políticos de Trotsky fue una interpretación excesivamente ideológica de la situación interna del partido. Será conveniente, por lo tanto, considerar la cuestión de la década de los años veinte a dos niveles: el de la lucha político-táctica propiamente dicha y el del debate ideológico y estratégico sobre el destino de la Revolución.

La lucha político-táctica

A partir de 1921, Trotsky fue aislado en la cúpula del Partido bolchevique. Importa enfatizar aquí que la lucha contra Trotsky fue inicialmente una resistencia llevada a cabo virtualmente por toda la vieja guardia bolchevique contra la posibilidad de que Trotsky sucediera a Lenin. Esto explica la unanimidad con que todos los demás dirigentes del Politburó – Zinoviev, Kamenev, Stalin. Kalinin y Tomski – se opusieron a él aún en vida de Lenin. Trotsky parecía ser el dirigente revolucionario más destacado después de Lenin. Sin embargo, no era un miembro histórico del partido, dentro del cual se desconfiaba mucho de él. Su Preponderancia 11

14 Véase El profeta desarmado, p. 404.

militar y su papel en los debates sindicales parecía arrojar una sombra de bonapartismo potencial a través del panorama político. Fue esta situación la que permitió a Stalin en 1923. último año de la vida de Lenin, apoderarse del control del aparato del partido y, con ello, de todo el poder político de la URSS.

Evidentemente, Trotsky no advertía lo que esteba sucediendo en aquellos años. Creía que Zinoviev y Kamenev era más importantes que Stalin y no comprendió la significación del nuevo papel del Secretario General. Esta extraordinaria falta de lucidez puede ser comparada con la aguda conciencia que tuvo Lenin, aún enfermo, del curso de los acontecimientos. En diciembre de 1922 Lenin redactó sus notas sobre la cuestión de las nacionalidades. en las cuales denunciaba. con una violencia sin precedentes, a Stalin y Dzerzhinski por la represión que habían realizado en Georgia. Lenin dirigió estas notas a Trotsky con instrucciones específicas de forzar al Comité Central a tomar una resolución decisiva sobre la cuestión. Trotsky ignoró este pedido: creyó que Lenin había exagerado extremadamente el asunto. Un mes después Lenin redactó su famoso ”testamento”, en el cual se advierte claramente que él comprendía la significación del ascenso de Stalin y preveía que el partido podría dividirse entre los ”dos miembros de más talento” del Comité Central: Trotsky y Stalin. En aquel momento, Trotsky no advirtió nada de todo ésto. No luchó por la publicación del testamento cuando Lenin murió, un año después. No se sabe con certeza cuáles fueron sus razones para asumir esta actitud. No obstante, el testamento no era un documento muy halagador para ninguno de los dirigentes bolcheviques. Criticaba ásperamente a Stalin y trataba con muy poca ceremonia a Trotsky, (métodos administrativos) y también a Bujarin (falta de comprensión de la dialéctica). Nadie en el Politbur6 tenía un motivo poderoso para publicar este sombrío documento, con su virtual advertencia de desastres futuros. Lenin, arquitecto y líder del Partido bolchevique, demostró así tener plena conciencia de lo que estaba sucediendo dentro de él, demostró – un año antes de morir – que denunciaba en profundidad su situación interna. Para Trotsky, que tenía poca experiencia en la vida de partido y que nunca había reflexionado acerca de la naturaleza o el papel específico del partido, esta situación le pasó inadvertida.

Después de la muerte de Lenin, Trotsky se encontró solo en el Politburó. De allí en adelante, cometió un error tras otro. Desde 1923 hasta 1925 concentró su ataque sobre Zinoviev y Kamenev y. valiéndose del papel desempeñado por éstos en 1917, ayudó a Stalin a aislarlos más tarde. Pensaba entonces que Bujarin era su peor enemigo y dedicó todas sus energías a combatirlo. En 1927, Trotsky todavía consideraba la posibilidad de una alianza con Stalin contra Bujarin. No advirtió que Stalin estaba decidido a expulsarlo del partido y que la única manera de evitarlo consistía en crear una alianza de la izquierda y la derecha contra el centro. Bujarin se dio cuenta de ello en 1927, y dijo a Kamenev: ”es mucho más lo que nos separa de Stalin que lo que nos separa mutuamente”.14 En efecto, en 1923, organizativamente considerado, Stalin era ya el amo del partido. De allí entonces que gran parte de la lucha interna en el partido fuese como pelear con su propia sombra. Lo único que podría haber derrotado a Stalin era la unidad política de los otros viejos bolcheviques contra él. Zinoviev, Kamenev y Bujarin lo advirtieron demasiado tarde. Pero Trotsky, a causa del carácter teórico de su marxismo, no llegó a comprender jamás la verdadera situación. En este punto, su constante subestimación del poder autónomo de las instituciones políticas y su tendencia a subordinarlas a las fuerzas de las masas, que eran su presunta ”base social”, fueron su némesis. Porque a lo largo de toda la lucha interna del partido, interpretó siempre las 12

15 El nuevo curso. El subrayado me pertenece.

posiciones políticas adoptadas por los diversos participantes como meros signos visibles de tendencias sociológicas ocultas dentro de la sociedad soviética. Así, la derecha, el centro y la izquierda del partido se convirtieron, en los escritos de Trotsky, en categorías básicamente idealistas, divorciadas de la política como tal, es decir, alejadas del verdadero campo del poder y las instituciones. De este modo, a pesar de las advertencias de Lenin acerca de la importancia de Stalin y del alarmante poder organizativo que estaba acumulando, Trotsky siguió viendo en Kamenev y Zinóviev como la principal amenaza que existía contra él dentro del partido, dado que ellos eran los ideólogos del triunvirato que hablaban en el lenguaje convencional de las ideas. Esta constante correlación entre las ideas y las fuerzas sociales – con su falta de una teoría intermedia acerca del nivel político – condujo a Trotsky a cometer desastrosos errores en la prosecución de su propia lucha.

La publicación de la serie de artículos que forman El nuevo curso constituye un ejemplo especialmente claro de este hecho. En esos artículos (1923) declara explícitamente: ”Las diferentes necesidades de la clase obrera, del campesinado, del aparato estatal y sus miembros, actúan sobre nuestro partido, a través del cual tratan de encontrar una expresión política. Las dificultades y contradicciones inherentes a nuestra época, la discrepancia temporal de intereses en las diferentes capas del proletariado o del proletariado en su conjunto y el campesinado, actúan sobre el partido mediante las células obreras y campesinas, el aparato estatal y la juventud estudiantil. Incluso las diferencias episódicas de criterio y matices de opinión pueden expresar la remota presión de distintos intereses sociales…”.15

Se hace evidente aquí el anverso de la idea del ”sustitucionismo”, es decir, la hipótesis de una posible ”identidad” entre partidos y clases. El uso de este binomio oscurecía el hecho evidente de que las relaciones entre estos dos términos no pueden nunca simplificarse a uno solo de estos polos. En cierto sentido, un partido es siempre un ”sustituto” de una clase, en el sentido de que no coincide con ella – si coincidiera, no habría necesidad de un partido – y sin embargo actúa en su nombre. En otro sentido, nunca la ”sustituye” porque no puede abolir la naturaleza objetiva del proletariado y la relación global de las fuerzas de clase, que no cesan de existir ni siquiera cuando el proletariado está disperso y debilitado, como después de la Guerra Civil, o actúa en contra de los intereses inmediatos de la clase obrera como lo hizo durante la Nueva Política Económica. Las relaciones entre partido y clase forman un espectro de cambiantes y complejas posibilidades, que no son intercambiables con estas descripciones bipolares. Se pudo advertir, entonces, que la noción de ”sustitucionismo” no sirvió para esclarecer la conducta de Trotsky en la lucha interna del partido, precisamente en una etapa en la que la importancia de los aparatos políticos – el partido – había aumentado enormemente con relación al de la fuerza social de las masas (aunque sin abolirlas). Él fue el último en advertir lo que estaba sucediendo, a pesar de su percepción polémica. En efecto, dado que su opuesto implícito – la ”identidad” – era para él una noción reguladora, cometió gravísimos errores políticos toda vez que trató de determinar las relaciones entre partido y clase en esta etapa. El mismo Nuevo curso representa un ejemplo particularmente claro de este hecho. El credo del sociologismo citado anteriormente estuvo acompañado de una altisonante petición de proletarización en la composición del partido y de rejuvenecimiento por medio de la afluencia de la juventud. Esta confianza en las categorías sociológicas, idealísticamente concebidas, tuvo una consecuencia irónica. La política misma que Trotsky defendió para la renovación del partido y su desburocratización fue implantada por Stalin con resultados diametralmente opuestos. El reclutamiento realizado por Lenin en 1924 afirmó decisivamente 13

16 El mismo Trotsky habló con frecuencia de ”optimismo revolucionario” en los años posteriores. Optimismo y pesimismo son, por supuesto, actitudes emocionales que poco tienen que ver con el marxismo. La ideología burguesa (Weltanschauung) se ha empantanado tradicionalmente en tales categorías. El adjetivo ”revolucionario” no hace del ”optimismo” una categoría más profunda que la que el adjetivo ”heroico” hizo del ”pesimismo”.

el control de Stalin sobre el partido, al empantanar los viejos cuadros bolcheviques con una enorme masa de obreros manejables y carentes de formación política. Nació así la composi-ción proletaria del partido. El error de creer que las fuerzas sociales son inmediatamente ”transportables” a las organizaciones políticas era, por supuesto, inconcebible dentro de la teoría leninista del partido. No obstante, Trotsky nunca lo abandonó en estos años. En 1925, cuando la troika se escindió, él se mantuvo apartado, considerando a la lucha entre Stalin y Zinoviev como una vulgar disputa, en la cual no estaba en juego ningún principio. Cuando Zinoviev y Stalin se atacaban políticamente por medio de las respectivas organizaciones del partido de Leningrado y de Moscú, Trotsky escribió sarcásticamente a Kamenev: ” ¿Cuál es la base social de dos organizaciones obreras que se injurian mutuamente?”. Naturalmente, el abstencionismo en esta posición fue suicida. En cierto sentido, Trotsky nunca luchó en el plano político, a diferencia de Zinoviev, por ejemplo. Su preparación teórica no lo capacitaba para hacerlo. Su conducta en la lucha interna del partido fluctuó entre una truculencia agresiva (un gran dake, en el sentido judío del término), y una profunda pasividad (la única salvación de Rusia era la posibilidad de las revoluciones en el extranjero).16 Por ello, su conducta no adquirió nunca coherencia política táctica. El resultado fue que estuvo constantemente en manos de Stalin. Al presentar una amenaza sin fundamento sólido alguno, institucional o político, sólido, y con gran despligue de actitudes públicas, Trotsky proporcionó precisamente lo que el gobierno y Stalin, como su más destacado representante, necesitaban para convertir al partido en una máquina burocrática y autoritaria. Casi se podría decir que si Trotsky no hubiera existido, Stalin hubiera tenido que inventarlo (y, en cierto sentido, lo inventó).

La lucha ideológica y estratégica

Hasta aquí, hemos expuesto la lucha político-táctica dentro del Partido bolchevique. Es necesario considerar ahora en qué medida las grandes disputas ideológicas – acerca de las opciones estratégicas de la Revolución – reflejaron la misma constelación teórica en el pensamiento de Trotsky. Se advertirá que el paralelismo es, en realidad, muy próximo. Esto se evidencia en las dos controversias más importantes de estos años.

El socialismo en un sólo país contra la revolución permanente

La disputa sobre esta cuestión dominó los debates ideológicos de la década de los años veinte. Lenin había establecido una posición que, indudablemente, era correcta en la época de Brest-Litovsk. Él afirmaba que los bolcheviques debían pensar siempre en posibilidades variables y no en falsas certezas. Era ingenuo especular acerca de si se producirían o no revoluciones en occidente. La estrategia bolchevique no debía estar basada en la presunción de que se produjeran revoluciones en Europa, pero tampoco debía descartarse dicha posibilidad. Sin embargo, después de la muerte de Lenin esta posición dialéctica se desintegró en posiciones opuestas, polarizadas dentro del partido. Stalin descartó efectivamente la posibilidad de las revoluciones internacionales e hizo de la construcción del socialismo en un solo país la tarea exclusiva – necesaria y posible – del Partido bolchevique. Trotsky declaró que la Revolución de Octubre estaba condenada, a menos que las revoluciones internacionales vinieran en su ayuda, y predijo que estas revoluciones ocurrirían sin duda. La tergiversación de la posición de Lenin es evidente en ambos casos. 14

17 En un pasaje extraordinario. Trotsky dice realmente que si el socialismo fuera posible en Rusia, la revolución mundial sería innecesaria, porque Rusia era tan grande que el éxito de la construcción del socialismo en la URSS sería equivalente a la victoria internacional del proletariado mundial. El ejemplo de un país atrasado, que en el curso de varios planes quinquenales fuese capaz de construir una poderosa sociedad socialista con sus propias fuerzas, significaría un golpe mortal para el capitalismo mundial y reduciría al mínimo, si no a cero, los costos de la revolución proletaria mundial. Claro está que éste es precisamente el criterio defendido por Jruschov a principios de la década del sesenta. Su utilización en este caso demuestra cuán débil era la argumentación de Trotsky en La revolución permanente. Lo que argumentaba Trotsky contra el socialismo en un solo país no era que un socialismo auténtico fuese imposible en una sociedad con un nivel tan bajo de fuerzas productivas y acumulación cultural, sino que la Unión Soviética no podía sobrevivir a un ataque externo, tanto económica como militarmente. La calidad del socialismo soviético no era lo que interesaba en este caso. La cita demuestra que Trotsky aceptaba en el debate una ecuación sumaria entre el socialismo y el desarrollo económico soviético.

Puede argüirse que Stalin, al descartar la posibilidad de revoluciones europeas exitosas, contribuyó efectivamente a su eventual derrota, acusación ésta que se le ha hecho a menudo, a propósito de su política hacia Alemania y España. Había, por cierto un elemento de satisfacción de las propias necesidades en la predicción del socialismo en un solo país. Sin embargo, dado este juicio crítico – que es precisamente que la política de Stalin representó una falsificación de la estrategia de Lenin – la superioridad de la perspectiva de Stalin sobre la de Trotsky es innegable. Ella forma todo el contexto histórico-práctico dentro del cual se desarrolló la lucha por el poder descrita más arriba. Por fuerte que hubiese sido la posición de Stalin dentro del aparato estatal, ello le habría servido de poco si su línea estratégica básica hubiese sido invalidada por el curso de los acontecimientos políticos. Pero esa línea estratégica fue, por el contrario, confirmada por la historia. En ello radicó la definitiva e inconmovible fortaleza de Stalin en la década de los años veinte.

La concepción de Trotsky

¿Cuál fue, en cambio, la concepción estratégica de Trotsky? ¿Qué quería decir con ”revolución permanente”? En su folleto de 1928, así titulado, incluía tres nociones totalmente separadas dentro de la misma fórmula: la continuidad inmediata entre las etapas democrática y socialista de la revolución en cualquier país ; la transformación permanente de la revolución socialista misma, una vez victoriosa y la inevitable vinculación del destino de la revolución en cualquier país con el de la revolución mundial en todas partes. La primera habría de implicar una generalización de su punto de vista sobre la Revolución de Octubre, que ya hemos analizado y que ahora se proclama como una ley en todos los países coloniales. La segunda era trivial e indiscutible: a nadie se le ocurría negar que el Estado soviético sufriría cambios incesantemente. La idea decisiva era la tercera: que la supervivencia de la revolución soviética dependía de la victoria de las revoluciones en el extranjero .Los argumentos de Trotsky para esta afirmación, base sobre la cual descansaba toda su posición política, eran asombrosamente débiles. Propone, en efecto, sólo dos razones por las cuales el socialismo en un solo país no era practicable. Ambas son extremadamente vagas: parecen afirmar que la inserción de Rusia en la economía mundial la tornaría inevitablemente vulnerable al bloqueo económico y a la subversión capitalista. Las ”rígidas restricciones del mercado mundial” son invocadas sin tener absolutamente en cuenta cuál sería el impacto preciso que tendrían sobre el naciente Estado soviético.17 En segundo lugar, Trotsky parece sostener que la URSS era militarmente indefensa y se derrumbaría ante una invasión externa, a menos que las revoluciones europeas acudieran en su ayuda. Es evidente que ninguno de estos argumentos se justificaba en su momento y que ambos fueron desmentidos por los hechos. El comercio exterior soviético fue el motor del desarrollo económico ; no un factor de regresión y capitulación sino un factor de progreso en la rápida acumulación de las décadas de los años veinte y treinta. Tampoco la 15

18 Trotsky sostuvo siempre que puesto que la contradicción entre capitalismo y socialismo era más fundamental que la existente entre los paises burgueses, éstos estaban llamados a unirse en un ataque contra la Unión Soviética. Este es un ejemplo clásico de la confusión central entre la contradicción determinante en última instancia y la contradicción dominante en una coyuntura determinada.

19 Gramsci comentaba sagazmente el internacionalismo de Trotsky, algunos años después : ”Es necesario ver si la famosa teoría de Trotsky sobre la permanencia del movimiento no es el reflejo político de la teoría de la guerra de maniobra … en última instancia, el reflejo de las condiciones generales económico-cultural-sociales de un país en el que los cuadros de la vida nacional son embrionarios y desligados y no pueden transformarse en ”trinchera y fortaleza”. En este caso se podría decir que Trotsky, que aparece como un ”occidentalista”, era en cambio un cosmopolita, es decir superficialmente nacional y superficialmente occidentalista o europeo. En cambio Lenin era profundamente nacional y profundamente europeo”. Notas sobre Maquiavelo. Lautaro, Buenos Aires, 1962, p. 95.

No había, por lo tanto, fundamentos válidos para la tesis trotskista de que el socialismo en un solo país estaba condenado al aniquilamiento. burguesía mundial se arrojó al unísono sobre la Unión Soviética ni envió ejércitos supranacionales sobre Moscú. Por el contrario, las contradicciones intercapitalistas fueron tales que retardaron el ataque imperialista a la URSS durante veinte años después de la guerra civil. Cuando Alemania invadió eventualmente a Rusia, el Estado soviético, industrializado y armado bajo el régimen de Stalin y ayudado por sus aliados burgueses, fue capaz de rechazar triunfalmente a los agresores.18

El error teórico

Lo que es importante aislar es el error teórico básico que subyacía bajo toda la idea de la revolución permanente. Trotsky partió, una vez más, desde un esquema de la fuerza social de las masas (hipostasiadas) – la burguesía contra el proletariado en alianza con el campesinado pobre – en un solo país, hacia una universalización de esta ecuación a través de su transposición directa en escala mundial, donde la burguesía ”internacional” se enfrenta al proletariado ”internacional”. La simple fórmula ”revolución permanente” efectuaba este enorme salto. Lo único que se omitía era la institución política de la nación, es decir, toda la estructura formal de las relaciones internacionales y el sistema que las mismas constituyen. Una ”mera” institución política – burguesa en este caso – se esfumaba como tantas otras fosforecencias ante la descomunal confrontación de clases dictada inexorablemente por las leyes sociológicas. El negarse a respetar la autonomía del nivel político, que había producido previamente un idealismo de acción de clase ajeno a toda organización partidista, producía ahora una coordinación (Gleichsaltung) global: ”una estructura social universal, que se cierne por encima de sus manifestaciones en cualquier sistema internacional concreto”. El nivel intermedio – partido o nación – simplemente se omite en ambos casos.

Este idealismo no tiene nada que ver con el marxismo. La idea de ”revolución permanente” no tenía un contenido auténtico. Era un concepto ideológico destinado a unificar problemas disimilares dentro de un mismo ámbito, al margen de una apreciación correcta de cada uno de ellos. La esperanza de que las revoluciones triunfantes fueran inminentes en Europa fue la consecuencia voluntarista de este monismo. Trotsky no fue capaz de comprender las diferencias fundamentales entre las estructuras sociales rusas y las de Europa occidental. Para él, el capitalismo era uno e indivisible y la agenda de la revolución era también una e indivisible, a ambos lados del Vístula. Este internacionalismo formal (que recuerda al de Rosa Luxemburgo) abolía de hecho las diferencias internacionales concretas entre los diversos países europeos.19 La instintiva desconfianza de Stalin hacia el proletariado de Europa occidental y su confianza en la individualidad rusa demostraban que tenía una conciencia más aguda – aunque estrecha y acrítica – de la naturaleza fragmentaria de Europa en los años veinte. Los hechos justificaron su creencia en la importancia permanente de la nación como 16

20 Lucio Magri comenta esto en ”Valori e lirniti delle esperienze frontiste”, Critica marxista, mayo-junio de 1965. Debe señalarse que la concepción posterior de Stalin acerca de la guerra fría como simple ”lucha de clases a nivel internacional”, igualando efectivamente a los Estados con las clases, representó un error opuesto pero idéntico al de Trotsky de los años veinte.

unidad que demarcara una estructura social de otra.20 Las agendas políticas no eran intercambiables a través de las fronteras geográficas en la Europa de Versalles. La historia señalaba momentos diferentes en París, Roma, Londres y Moscú.

Colectivización e industrialización

El segundo tema – subordinado al primero – que dominaba los debates ideológicos de la década de los años veinte era la política económica de la propia Rusia. Lo esencial de la disputa era la política agraria. Lenin había trazado una línea estratégica general para el sector agrario de la Unión Soviética. Él consideraba la colectivización como una política necesaria a largo plazo, que sólo tenía sentido, sin embargo, si iba acompañada por la producción de maquinaria agrícola moderna y por una revolución cultural en el campesinado. Pensaba que la competencia económica entre los sectores colectivo y privado era necesaria, no sólo para evitar el antagonismo del campesinado, sino también para asegurar que la labranza colectiva fuese eficiente. Defendía la experimentación con diferentes formas de agricultura colectiva. Estos proyectos piloto eran, por supuesto, la antitesis de la colectivización stalinista, en la cual se establecían plazos para la colectivización de determinadas provincias y la ”emulación socialista” estaba distribuida entre las organizaciones del partido de las diferentes zonas, para alcanzar sus metas antes que sus vecinos. Con la muerte de Lenin, sin embargo, se desintegró su estrategia dialéctica, para polarizarse en extremos opuestos. Bujarin abogaba por una polí-tica ultraderechista, de enriquecimiento privado de los campesinos, a expensas de las ciudades: ”Iremos hacia adelante con pasos lentos, muy lentos, empujando a nuestra zaga el gran carro de los campesinos”. Preobrazhenski urgía la explotación del campesinado (en el sentido económico técnico) a fin de acumular un excedente con miras a la industrialización rápida.

Estas fórmulas violentamente contradictorias ocultaban una complementación necesaria, que los planes de Lenin proyectaban precisamente proteger. Porque mientras más pobre fuese el campesinado, tanto menor sería el excedente para su propio consumo y tanto menos ”explotable” sería para la industrialización. La conciliación de Bujarin del campesinado con el proletariado y la contraposición de Preobrazhenski entre ambos eran, por igual, distorsiones de la política de Lenin, que pensaba colectivizar al campesinado pero no aplastarlo, no declararle la guerra. Ambos profesaban un marxismo vulgar que era endémico en muchos de los bolcheviques de la vieja guardia. Preobrazhenski insistía en que la acumulación originaria socialista era una férrea e inevitable ”ley” de la sociedad soviética. Acusaba a Bujarin de lukacsismo cuando proclamaba que la política económica de la Unión Soviética estaba sujeta a la elaboración de decisiones políticas. Bujarin, por su parte, escribió por entonces en su Manual de materialismo histórico que el marxismo era comparable a las ciencias naturales porque era potencialmente capaz de predecir acontecimientos futuros con la precisión de la física. La enorme distancia que existe entre formulaciones de esta índole y el marxismo es evidente. (Por supuesto, Lenin era el único dirigente bolchevique que había estudiado, desde el punto de vista de El capital, a Hegel, Feuerbach y al joven Marx, en Suiza durante la guerra).

Dada esta desintegración del leninismo no hay duda, sin embargo, de que – tal como en la controversia acerca del socialismo en un solo país – un criterio era superior al otro. En este 17

caso fueron, por supuesto, Preobrazhenski y Trotsky los que tuvieron razón al enfatizar la necesidad de contrarrestar la diferenciación social en el país y poner el excedente agrícola bajo control soviético. Preobrazhenski y Trotsky vieron la urgente necesidad de una industrialización rápida mucho antes y con más claridad que ningún otro miembro del partido. Ello constituyó su gran mérito histórico de aquellos años. Trotsky propuso la industrialización planificada y la acumulación socialista originaria ya en el XII Congreso del Partido, celebrado en 1923. La audaz previsión de su actitud contrasta con la adaptación de Bujarin a tendencias económicas retrógradas y con las vacilaciones de Stalin por aquellos años. La historia posterior de la Unión Soviética confirmó la relativa justicia de las medidas que él defendió entonces. ¿Cuál es la relación que existe entre sus méritos en el debate económico y sus errores en el debate acerca del socialismo en un solo país? ¿Se trata sólo de una relación contingente? La respuesta parece ser que mientras el debate sobre el socialismo en un solo país tenía que ver con las coyunturas políticas internacionales de la revolución, el debate económico se vinculaba a las opciones administrativas del Estado soviético. En esta ocasión Trotsky demostró sus dotes de administrador, que Lenin ya había advertido, y su especial sensibilidad hacia el Estado, que ha sido analizada anteriormente. Su lucidez en el debate económico estaba, entonces, en consonancia con el alcance general de su marxismo: tuvo plena conciencia de la aptitud económica del Estado Soviético, en un momento en que los otros bolcheviques se encontraban meramente preocupados con los problemas cotidianos de la Nueva Política Económica. No obstante, una estrategia económica para la URSS exigía algo más que una decisión administrativa por parte del Estado soviético. Su ejecución requería un adecuado plan de acción político del partido hacia las diferentes clases sociales: lo que después Mao llamaría, sugestivamente, ”manejo de las contradicciones en el seno del pueblo”.

Trotsky no pudo ofrecer en este caso un punto de vista coherente. Su falta de comprensión de los problemas del partido hizo que ello fuera prácticamente inevitable. El resultado fue que la ejecución efectiva de sus planes fue dispuesta – y desnaturalizada – por Stalin. Después de derrotar a Trotsky y a la izquierda, Stalin se volvió contra la derecha y puso en práctica la política económica de la oposición. Pero lo hizo con tal torpeza y violencia que precipitó una crisis agraria permanente, a pesar de los enormes logros de los Planes Quinquenales. Trotsky no se había enfrentado nunca concretamente al problema de la implementación política de sus planes económicos. Stalin resolvió el problema dándole una respuesta política concreta: la catástrofe de la colectivización forzosa. Trotsky, por supuesto, retrocedió horrorizado ante las campañas de colectivización y denunció a Stalin por llevar a cabo sus planes de manera totalmente opuesta a la concepción que él tenía de los mismos. Sin embargo, la semejanza era innegable. Esta relación se repitió en varias ocasiones. El reclutamiento leninista, ya citado, fue una de ellas. Más tarde, según comenta Deutscher, Stalin parece haber tenido muy seriamente en cuenta las constantes advertencias de Trotsky acerca del peligro de una restauración burguesa basada en el campesinado o de un golpe militar burocrático. Las medidas que adoptó para combatir estos peligros fueron campañas de asesinatos. Parecía en aquel momento que Stalin hiciera frente a Trotsky como Smerdiakov a Iván Karamazov, no precisamente en el sentido de que desnaturalizase la inspiración original al ponerla en práctica, sino en que la propia inspiración tenía fallas originales que hacían ésto posible. Ya hemos visto cuáles eran estas fallas. El hecho es que, en la década de los años veinte, el leninismo desapareció con Lenin. De allí en adelante el Partido bolchevique fue constantemente arrastrado de un extremo a otro por la lógica de los hechos, de suerte que, para manejarla, ningún líder o grupo tuvo la comprensión teórica necesaria. Una vez desintegrada la estrategia dialéctica de Lenin, las líneas políticas de la izquierda y de la 18

derecha se separaron de ella pero siguieron combinándose constantemente por las necesidades de la historia misma. Así, el socialismo en un solo país fue llevado a cabo, finalmente, con el programa económico de la oposición de izquierdas. Pero como éste no era más que una combinación de los planes de la izquierda y la derecha, y no una unidad dialéctica de estrategia, el resultado fue el crudo pragmatismo ad hoc de Stalin y los innumerables y costosos zig-zags de su política interior y exterior. La historia de la Comintern está particularmente colmada de estos cambios violentos, en los cuales las nuevas torpezas se agregaban simplemente a las torpezas anteriores, en un esfuerzo por superarlas. El partido se abrió paso a través de estos años valiéndose del elemental pragmatismo político de Stalin y de su habilidad para adaptarse y desviarse cuando las circunstancias cambiaban, o algo después. El hecho de que este pragmatismo triunfase no hace más que destacar cuán violenta fue la caída del marxismo bolchevique después de la desaparición de Lenin.

La tragedia de esta decadencia radicó en sus consecuencias históricas. Después de la revolución rusa, hubo una situación en la cual la comprensión teórica de un reducido grupo de dirigentes podría haber significado una inconmensurable diferencia para todo el futuro de la humanidad. Ahora, cuatro décadas después, podemos percibir en parte los frutos del proceso que tuvo lugar entonces, pero las últimas consecuencias están aún por verse.

1927-40

El mito

Trotsky había comenzado su vida política como francotirador, fuera de los destacamentos organizados del movimiento revolucionario. Durante la revolución, surgió como el gran tribuno popular y organizador militar. En la década de los años veinte fue el dirigente fracasado de la oposición en Rusia. Después de su derrota y su exilio, se convirtió en un mito. El último período de su vida estuvo dominado por su simbólica relación con el gran drama de la década anterior, que para él se había convertido en un trágico destino. Sus actividades se tornaron sumamente insignificantes. Era completamente ineficaz: dirigente de un imaginario movimiento político, indefenso mientras sus allegados eran exterminados por Stalin, detenido en dondequiera que se encontrase. Su principal función objetiva durante estos lamentables años consistió en proporcionar el centro negativo imaginario que Stalin necesitaba en Rusia. Cuando ya no existía oposición alguna en el seno del Partido bolchevique, después de las purgas de Stalin. Trotsky continuaba publicando su Boletín de la Oposición. Fue el principal acusado en los procesos de Moscú. Stalin instaló su férrea dictadura movilizando el aparato del partido contra la amenaza ”trotskista”. El mito de su nombre era tal que las burguesías de Europa occidental estaban constantemente temerosas de él. En agosto de 1939, el embajador francés Coulondre dijo a Hitler que en el caso de producirse una guerra europea, Trotsky podría ser el vencedor definitivo, a lo cual Hitler replicó que esa era una razón por la cual Francia y Gran Bretaña no debían declararle la guerra.

Esta etapa de la vida de Trotsky puede ser discutida a dos niveles. Sus esfuerzos por forjar organizaciones políticas – una Cuarta Internacional – estaban destinados al fracaso. Su desconocimiento de las estructuras socio-políticas de Occidente – ya evidente en el debate sobre la revolución permanente – . lo llevaron a creer que la experiencia rusa de la primera década del siglo veinte podría ser reproducida en Europa occidental y en los Estados Unidos en la década del treinta. Este error estaba vinculado, desde luego, a su paralela falta de comprensión de la naturaleza de un partido revolucionario. En su vejez, Trotsky llegó a pensar que su gran error había sido subestimar la importancia del partido, que Lenin había advertido. Pero él no había aprendido de Lenin. Una vez más, su tentativa de reproducir la construcción 19

21 Véase Historia de la Revolución Rusa, Tilcara, Buenos Aires, 1962

22 En La revolución traicionada [hay edic. en esp.].

del partido de Lenin condujo meramente a una caricatura de éste. Fue una imitación externa de sus formas organizativas, sin comprensión alguna de su naturaleza intrínseca. Inseguro acerca del carácter de las nuevas sociedades en que se encontró, y desconocedor de la relación necesaria entre partido y sociedad, según teorizó Lenin, sus aventuras organizativas cayeron en un voluntarismo fútil. Por una suprema ironía, al final de su vida se encontró con frecuencia precisamente entre aquellos intelectuales de salón, antítesis del revolucionario leninista, que siempre había detestado y despreciado. Porque muchos de ellos fueron reclutas de su causa, especialmente en los Estados Unidos: los Burnham, Schachtman y otros. Fue verdaderamente patético que Trotsky haya entrado en debates serios con seres como Burnham. Hasta su vinculación con ellos constituía una evidencia palpable de hasta qué punto se encontraba perdido y desorientado dentro del contexto extraño de Occidente.

Los escritos de Trotsky en el exilio tienen naturalmente más importancia que sus desafortunadas aventuras. No agregan nada fundamental a la constelación teórica ya descrita, pero confirman la estatura de Trotsky como pensador revolucionario clásico, atascado en una insuperable dificultad histórica. Su característica intuición de la fuerza social de las masas es la que – a pesar de su vaguedad – da mérito a sus últimos escritos. Tal como se ha señalado con frecuencia, La Historia de la Revolución Rusa es sobre todo un brillante estudio de la psicología de las masas y su opuesto complementario, el bosquejo individual. No es tanto una explicación del papel del Partido bolchevique en la revolución como una epopeya de las multitudes que dicho partido condujo a la victoria. El sociologismo de Trotsky encuentra aquí su más auténtica y poderosa expresión. El idealismo que necesariamente entraña produce una visión de la revolución que rechaza explícitamente la permanente importancia de las variables políticas o económicas. La psicología de la clase, combinación perfecta de los dos miembros del permanente binomio – fuerzas sociales e ideas – se convierte en la instancia determinante de la revolución:

”En una sociedad sacudida por la revolución, las clases están en conflicto. Está, perfectamente claro, sin embargo, que los cambios introducidos entre el principio y el fin de una revolución en las bases económicas de la sociedad y su sustrato social clasista, no son suficientes para explicar el curso de la propia revolución, que en un corto intervalo puede derribar viejas instituciones, crear otras nuevas y derribarlas nuevamente también. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios está directamente determinada por los rápidos, intensos y apasionados cambios en la psicología de las clases, formadas ya antes de la revolución”.21

Los ensayos de Trotsky sobre el fascismo alemán son una verdadera patología de la naturaleza de clase de la pequeña burguesía desposeída y sus paranoias. Estos ensayos, con su tremendo presagio, se destacan como los únicos escritos marxistas de estos años que predicen las consecuencias catastróficas del nazismo y lo desatinado de las medidas políticas tomadas en el Tercer Período de la Comintern. La obra posterior de Trotsky sobre la Unión Soviética fue más seria que lo que el demagógico título bajo el cual se la publicó parecía indicar.22 En ella, el sociologismo sustentado durante toda su vida constituyó un acierto.

En la lucha política práctica, antes y después de la Revolución, su subestimación de la eficacia específica de las instituciones políticas le llevaría de error en error. Pero cuando finalmente trató de enfrentar el problema de la naturaleza de la sociedad soviética bajo el régimen de Stalin, esta subestimación lo salvó del escollo de juzgar a Rusia según los cánones de lo que después se convertiría en ”kremlinologia”. Cuando muchos de sus partidarios fabricaban a su 20

antojo nuevas ”clases dominantes” y ”restauraciones capitalistas” en la Unión Soviética, Trotsky recalcó, por el contrario, en su análisis del Estado soviético y el aparato del partido que éste no era una clase social.

Tal fue el marxismo de Trotsky. El constituye una unidad característica y consecuente, desde su juventud hasta su vejez. En la actualidad, Trotsky debiera ser estudiado junto con Plejanov, Kautsky, Luxemburgo, Bujarin y Stalin, porque la historia del marxismo no ha sido reconstruida nunca en occidente. Sólo entonces será asequible la estatura de Lenin, el único gran marxista de aquella época. 21

23 Para ser justos con Trotsky, conviene añadir que, antes de 1917, también Lenin había rechazado la necesidad de adoptar como objetivo estratégico de la revolución rusa que se avecinaba el establecimiento de la dictadura del proletariado. La victoria de la Revolución de octubre fue el resultado de una combinación histórica de la teoría y de la práctica leninistas del partido de la vanguardia revolucionaria con la teoría y la práctica trotskistas de la revolución permanente.


[1] Véase Isaac Deutscher, El profeta armado, Era, México, 1966, pp. 54-55. 

[2] Ibid., p. 94 y 95.

[3] Balance y perspectivas. [Véase Deutscher, op. cit., p. 149 y 150].

[4] Ibid.

[5] El profeta armado, p. 169.

[6] La intelectualidad y el socialismo. [Véase Deutscher, op. cit., p. 179].

[7] La teoría de Lenin sobre el partido revolucionario no estaba completamente desarrollada en ¿Qué hacer? La madurez de su teoría cristalizó poco después de la Revolución de 1905, en la práctica de la construcción del partido.

[8] Véase El profeta armado, p. 181.

[9] La lucha por el poder (el subrayado me pertenece). La actitud de Trotsky hacia el partido durante aquellos años puede ser comparada con la de Rosa Luxemburgo. Ésta fue consciente del revisionismo del partido alemán mucho antes que Lenin, pero no pudo dividir al partido socialdemócrata y retrasó con ello la tarea de construir un partido revolucionario. Las consecuencias fueron fatales: la derrota de la insurrección espartaquista en 1918. Tanto Trotsky como Luxemburgo confiaban en el entusiasmo de las masas y por ello dejaron de considerar el problema de su movilización desde una organización revolucionaria.

[10] La revolución permanente [hay varias edic. en esp.].

[11] El profeta desarmado, Era, México, 1968, p. 43.

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