El Salvador: una democracia cafetalera

ABEL CUENCA

EL SALVADOR
UNA DEMOCRACIA CAFETALERA

1962

ARRCENTRO EDITORIAL

DE LOS EDITORES
“En algunos pueblos de América Latina El Salvador entre otros el atraso es tal, que las masas populares e incluso sus dirigentes políticos no conocen a sus amigos ni logran distinguirlos de sus enemigos. Los pueblos más aptos para enfrentar estas luchas, cada día en creciente complejidad, serán aquellos que hayan logrado elaborar un estudio a fondo de sus problemas básicos y un balance científico de sus posibilidades tácticas.
“En las luchas políticas no basta querer. Es preciso poder y saber hacer. No basta entender que la Historia está de nuestra parte, es preciso crear las fuerzas sociales y políticas, de las cuales la Historia se sirve para realizar sus fines.”
(Del libro `Introducción al Ala Revolucionaria Radical”, México, 1961)
Retorciendo el sentido del párrafo que sirve de epígrafe a esta nota, algunas mentes torcidas por la chatura intelectual o por la pasión política, han pretendido encontrar allí un sentido aristocratizante. Nada más lejos de la verdad. Nosotros creemos en el Pueblo, en su sensibilidad democrática, en su amor a la Justicia y a la Libertad. Pero ¿por qué sus dirigentes de hoy se han convertido en sus traidores de mañana? Porque el pueblo, desgraciadamente, ha confiado en hombres y no en ideas. La circunstancia política ha creado figuras, que se desvanecen al primer soplo, porque se han representado a sí mismas y no han encarnado un ideal con base científica.
Al fundarse el “Ala Revolucionaria Radical”, comprendimos este vacío y la Comisión de Estudios se dio a la tarea de reunir datos, documentos, estadísticas y estudios. Hacer la teoría revolucionaria salvadoreña era su primera y más urgente tarea.
Los integrantes de la Comisión de Estudios hemos sido los primeros en reconocer los yerros que contiene nuestro pronunciamiento previo. Decidimos ser cautos. Observar, analizar, estudiar a conciencia. Por primera vez en el país, se observa el fenómeno de una dictadura que, cambia su tono tradicional del statu quo y se dedica a la “reforma social”. Esto ha creado una confusión mayor. Confusión que parte fundamentalmente, de dos puntos:
1° No entender el papel que juega el Directorio militar, porque a la dictadura tradicional de “garrote sin pan” se pretende erigir la del “pan con garrote”.
2° No haber comprendido todavía cuál es y debe ser la esencia de la Revolución Salvadoreña. Quererla a la mexicana o a la cubana es no haber comprendido que nos desplazamos en un ambiente de muy especiales circunstancias.
La Comisión de Estudios se encontró con la necesidad de crear un ambiente de amplísima discusión científica, de ampliar al máximo el debate político y por esa razón creó la “Colección Documentos”, con la finalidad de dar a conocer, en sensible escala, estudios, ensayos y trabajos, de diversos matices ideológicos. Estas obras llevan como finalidad crear un ambiente de debate serio, recoger la esencia de la discusión y ver si es posible trazar un programa revolucionario. Si logramos determinar cuál debe ser la Revolución Salvadoreña, sabremos también cuál debe ser la táctica justa para realizarla. En nuestra Colección caben diversos pensamientos políticos. A veces, el tema será exclusivamente salvadoreño. En otras ocasiones la temática será centroamericana, porque estamos íntimamente vinculados no sólo por la aspiración unitaria, sino por la cuna común. Queremos crear debate y nos comprometemos en nuestra Colección incluir todos los trabajos serios que nos concedan quienes desde nuestra fundación nos han dado su apoyo y quienes, también desde entonces, nos combaten.
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Ahora, unas palabras sobre la primera obra de nuestra Colección. Hemos escogido “El Salvador, una Democracia cafetalera”, de Abel Cuenca, tanto en razón a la obra, como en razón a su autor. La obra de Cuenca fue escrita en 1957 y enviada al Certamen Nacional de Cultura, de patrocinio gubernamental. Obtuvo uno segundo previo y el Estado contrajo la obligación, de acuerdo a las bases del Concurso, de editar la obra. No se editó, pues un régimen como el de Lemus, temía ofender a la oligarquía. Amigos del autor, realizaron una pequeña edición mimeográfica que circuló semiclandestinamente. Se hicieron grupos de estudio, se avivó el entusiasmo serio por el debate y cumplió una función feliz, aunque de reducido radio de acción, por lo exigua de la edición.
No es necesario insistir que no estarnos de acuerdo con todas las conclusiones que se derivan del libro de Cuenca. Para nosotros es un documento importante que nos puede llevar a un estudio más serio de la situación nacional. Al editar esta obra se publica tal como se escribió en 1957, con excepción del último capítulo escrito por el autor en junio de 1960 con la intención de servir como material básico para una discusión de los problemas políticos del país en aquel momento.
Afirmamos también tener razones en relación al autor. Una breve incursión biográfica y diga el lector si su vida no merece nuestro homenaje, aunque tengamos con el autor diferencias ideológicas que nos ubiquen en diferentes campos políticos.
Abel Cuenca, nació en el pueblo de Tacuba, Departamento de Ahuachapán, El Salvador, en 1909. A muy temprana edad se fue a estudiar Leyes a la Universidad de San Carlos en Guatemala. Sus estudios los realizó de 1927 a 1931 y en este último año llega Ubico al poder, estrenándose como dictador, al disolver el Movimiento de Reforma Universitaria. Cuenca es expulsado de Guatemala y llega a El Salvador, donde tiene participación militante en la insurrección campesina de 1932. El general Martínez sofocó la revuelta con un saldo de más de 20,000 muertos. El padre del autor, don Leopoldo Cuenca, fue fusilado en el pueblo de Nahuizalco. Sus hermanos Alfonso y Leopoldo, también fueron fusilados, el primero en Ashapuco y el Segundo en Tacuba. La corona trágica se remató con un tercer hermano, Efraín, ahorcado en el campanario de la Iglesia del pueblo natal de los Cuenca, ya citado.
En 1937, Abel Cuenca ingresa por sus ideas políticas a la penitenciaría de Tegucigalpa, Honduras, lugar en el cual la dictadura de Carías Andino lo retiene por más de cinco años.
A Guatemala regresa para prestar durante diez años, una militancia activa a la Revolución de Octubre, tan sólo interrumpida cuando el Gobierno de Guatemala lo envía como Agregado de Prensa a Costa Rica, cargo que renunció para dar su colaboración a las fuerzas que combatieron contra Pepe Figueres y su Legión del Caribe. De nuevo en Guatemala, a la caída de Arbenz, inicia un nuevo exilio hacia Chile, para volver a su tierra natal después de un exilio de 25 años interrumpido brevemente en 1944. Su regreso fue en enero de 1957 y en ese mismo año tenía redactada la obra que ahora editamos. La dictadura de Lemus lo mandó a un nuevo exilio en agosto de 1960, logrando asilo territorial en México, donde reside actualmente.
Cerramos esta breve nota, repitiendo que nuestra Colección se inicia con la obra de Cuenca, en atención a la calidad polémica del ensayo y en homenaje al temple de su autor.
Comisión de Estudios del “Ala Revolucionaria Radical”.
INTRODUCCIÓN
EN LOS últimos treinta años El Salvador ha vivido uno de los períodos más turbulentos y más ricos en experiencias sociales y políticas. Acontecimientos de la mayor significación insurrecciones populares, huelgas, huelgas políticas de masas, “luchas de calle”, golpes de Estado, etc., han ocurrido en calidoscópica sucesión en el marco geográfico de este diminuto país, en el que un pueblo empobrecido hasta la miseria pero tenaz y laborioso, lucha con heroísmo y esperanza, aunque en vano todavía, por encontrar solución justa, progresiva y democrática al problema de su atraso.
El simple enunciado del problema en tales términos nos lleva al estudio de las siguientes cuestiones principales:
1º.Si con tanta diligencia y sacrificio el pueblo salvadoreño viene buscando el mejoramiento de sus condiciones de vida materiales y espirituales, sin lograrlo ¿a qué debemos atribuir su fracaso? ¿cuáles son los obstáculos que se alzan en el camino de su felicidad?
2º.Si tales obstáculos existen ¿cuáles son su naturaleza y carácter ? ¿se trata de fuerzas naturales ingobernables, congo decir el clima, la idiosincrasia, la geografía, el mestizaje, el ancestro, que por “mandato inexorable del Destino” graviten sobre el devenir salvadoreño, o bien se trata de fuerzas sociales y políticas históricas, susceptibles de ser controladas y vencidas?
Si en el examen de este breve y elemental esquema de la problemática salvadoreña, tomamos como punto de partida la premisa que afirma que las fuerzas que retienen el progreso del pueblo son del orden natural, extrasocial, surge obligada-mente una cuestión nueva, a saber: ¿cómo se produce y hasta dónde llega el poder de la influencia ciega y perturbadora de estas fuerzas?
En cambio, si admitirnos que tales fuerzas son del orden social y político las cuestiones nuevas que surgen son dos: la primera exige que se establezca concretamente cuáles son estas fuerzas, dónde se originan, cómo están organizadas y cómo funciona su mecanismo de retención, y la segunda consiste en determinar la razón por la cual el hombre salvadoreño no ha logrado aún triunfar de tales fuerzas.
Es presumible que algunos estudiosos, por principio o por mera comodidad crítica, nieguen este deslinde de criterios y sostengan que las causas de la miseria económica y del atraso social y político en El Salvador, radican en el campo de las condiciones naturales del país, tanto como en el plano de las situaciones políticas y sociales.
¿Qué valor tiene esta tercera posición conciliatoria, eclética?

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He aquí someramente bosquejado un complejo de cuestiones teóricas que es preciso investigar cuidadosamente, a fin de dar al hombre salvadoreño una explicación racional de su avatar y de las leyes objetivas que presiden actualmente su desarrollo histórico.
Las páginas que siguen aspiran a ser una contribución al esclarecimiento de tan cardinales cuestiones, y el favor de los salvadoreños las habrá premiado con creces si las tesis que les sirven de base llegasen a ser el punto de partida de una discusion anplia en la qué el pueblo salvadoreño en general, y las masas trabajadoras especialmente, aprenda a desarrollar conscientemente, sus luchas futuras por la elevación de su nivel de vida, por la independencia y la libertad.
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Las tesis a que hemos aludido pueden ser enumeradas así:
a) El proceso histórico se realiza a través de la contradic-ción que surge, de modo natural, entre los intereses económi-cos de las diversas clases que componen la sociedad. Tal contradicción proviene de la incompatibilidad que existe entre el crecimiento de las fuerzas productivas, que es esencialmente dinámico, y el carácter esencialmente rígido o estacionario de las relaciones de producción.
b.) Entre las contradicciones económico- sociales que generan el proceso histórico hay generalmente una, la más importante y decisiva en un momento dado, que las expresa a todas ellas y que exige ser resuelta primero para despejar la marcha del proceso.
c.) En línea con las causas más generales y profundas ; que impulsan el proceso histórico universal, y actuando de consuno con ellas, están las causas económico – sociales, históricamente concretas, de cada pueblo, las cuales imprimen una modalidalidad especial a su particular desarrollo histórico.
d.) En El Salvador la contradicción clave hoy día, la más dinámica, la que parece condensar y aglutinar a todas las demás, no es la que subsiste aún, vieja y declinante, entre los “mozos colonos” (semisiervos) y los latifundistas; ni es taropoco la nueva y en auge del proletariado contra la burguesía industrial, ni la de los obreros agrícolas contra los terratenientes, ni la, que existe entre la situación semicolonial del país y el Imperialismo Norteamericano.* Con ser todas ellas im portantes, coadyuvantes e influyentes en el proceso histórico ninguna de estas contradicciones refleja por sí misma, ahora, la rivalidad principal entre las viejas relaciones de producción y las nuevas fuerzas productivas en nuestro país.
La contradicción de turno en El Salvador, la que ha madurado ya hasta el punto de haberse convertido en una lucha diaria y sin cuartel por el control del poder del Estado; la contradicción que excita y pone en movimiento en torno suyo el interés de la totalidad de las clases sociales, la que actual mente expresa la lucha entre las viejas relaciones de producción y las nuevas fuerzas productivas, es la contradicción, pasajera pero aguda, que se desarrolla ante nuestros ojos entre el capitalismo agrario de exportación el café, de un lado, y el capitalismo industrial industria nacional de transformación, de otro. El desarrollo del capitalismo industrial está retenido por el capitalismo agrario, de tal manera que sin romper o desarticular esa resistencia, el proceso histórico salvadoreño, su progreso económico-social y politico, seguirá virtualmente paralizado.
f.) Para que las masas populares puedan ser protagonistas conscientes y beneficiarias de su proceso histórico, es indispensable que tales masas conozcan la existencia de esa contradicción y el mecanismo de la ley que la rige.
Capítulo I
TREINTA AÑOS DE HISTORIA PATRIA
Carácter “espontaneo” del proceos histórico salvadoreño-Desconocimeint d elas causas que lo determinan-Consecuencias sociales y políticas de esta ignorancia-“La traició d elso intelectuales” Cuestiones que plantea el proeos histórico en El salvadoe en este período
HASTA este momento la historia de El Salvador, en general, y especialmente la de los últimos treinta años, ha sido sólo un flujo desordenado y confuso de acontecimientos sociales y políticos aparentemente desconectados entre sí, en los que el hombre salvadoreño aparece caminando a tientas, como llevado por la mano de la fatalidad o arrebatado por un torbellino de pasiones sin control.
En nuestro país los acontecimientos históricos se suceden unos a otros aparentemente desprovistos de continuidad lógica, sin nexos visibles de causalidad y sin explicación racional alguna. En nuestro pequeño país todo discurre históricainente en el reino de la arbitrariedad y el caos, y las opiniones mismas sobre tales acontecimientos no responden todavía a un ordenamiento sistemático, científico, de las ideas. Entre nosotros la historia parece fluir,espontáneamente de la “naturaleza de las cosas”, como en los campos la flor silvestre, sin quien la siembre como no sea el azar, y sin quién recoja el fruto como no sea el primero que pasa, el más audaz o el más codicioso. Las causas que determinan y configuran básicamente la historia en El Salvador, en lo que va de este siglo por lo menos están extrañamente ocultas en los pliegues del acontecer histórico; el pueblo no conoce estas causas y de consiguiente nada ha podido hacer aún para influir sobre ellas en forma provechosa, ni para llevar a su historia más allá de los límites de lo fortuito.
El estado de ignorancia en que el pueblo ha vivido con respecto a la dinámica de su historia, bien pudiera ser consecuencia de meros defectos técnicos en la concepción y aplicación de los sistemas docentes en uso; pero puede ser también la resultante de una determinada actividad política, deliberadamente concebida para mantener in-statu-quo los altos niveles de ignorancia del pueblo. ¿De qué se trata, pues, de un fenómeno pedagógico o de un fenómeno político?
Quienes adoptan un criterio pedagógico en el examen de este problema generalmente refuerzan sus puntos de vista invocando factores de alto rango psicológico y moral, tales como “las taras congénitas del pueblo salvadoreño”, su pretendida inclinación al vicio, “su abulia y despreocupación por las cosas de la cultura”, el mestizaje, la gravitación, en general, de su sino ontológico. Para las gentes que defienden este punto de vista, el problema del atraso subdesarrollo de El Salvador no es más que un problema de abecedario. Estas gentes creen, a veces sinceramente, que todo puede resolverse con campañas intensivas de alfabetización y a ellas se entregan con infantil entusiasmo, sin comprender nada de la naturaleza político clasista del problema.
En cambio, quienes examinan la cuestión con criterio social y político consideran que la ignorancia de las causas que determinan la historia en El Salvador, más que casual, más que derivada de factores generales y abstractos, es consecuencia de una determinada política de las clases dominantes, la cual cumple determinados fines y sirve determinados intereses de tales clases.
Quienes adoptan este último punto de vista parten de la premisa, objetivamente comprobable, de que en El Salvador, en los últimos treinta años, el sector social más poderoso, en lo económico y en lo político, ha sido el sector cafetalero de la burguesía salvadoreña.
En El Salvador de los cafetaleros las causas que determinan la historia salvadoreña se mantienen celosamente guardadas y precintadas con marchamos especiales culturales, religiosos, jurídicos, policíacos, etc. para impedir que el pueblo las conozca y para anular a éste su capacidad de exigir o forzar cambios en la estructura económica y política en que se asienta el privilegio y el poder de los cafetaleros.
Cuando se aborda el problema con criterio social y político resulta verdaderamente revelador el hecho de que, en El Salvador, la Escuela, la Universidad, la Prensa, la Radio, la Iglesia, las leyes, y por lo general todas las instituciones del Estado, no sólo son indiferentes o reacias a la investigación de las fuentes del acontecer histórico, y remisas a la explicación de cómo este acontecer se realiza, sino que, a manera de glándulas endocrinas del organismo social, segregan constantemente elementos de confusión que hacen de la verdad histórica un misterio inaccesible a las masas del pueblo.
Los pensadores salvadoreños sin excepción— pedagogos, periodistas, historiadores, políticos, sociólogos, etc.,— encargados de “forjar la opinión pública” y de dar orientación a las instituciones oficiales, trabajaron siempre, en sus respectivas especializaciones, con retazos de la realidad externa, con la corteza de los acontecimientos y de los fenómenos sociales, con partículas aisladas de tales acontecimientos y fenómenos. El resultado de este tipo de trabajo nunca puede ir más allá de la simple elaboración de monografías sobre aspectos aislados del proceso histórico, impropias para reflejar por sí mismas los problemas.
(…) La Conquista, la Colonia, la Independencia, la República Federal, la ruptura de la Federación, la guerra, la paz, etc., que en progresiva sucesión no son sino estadios o momentos sociales y Políticos distintos, cuyo incesante cambio deja entrever nuevas, necesarias y más altas transformaciones históricas en el futuro.
Estas ideas, esencialmente dinámicas, constituyen la base de la moderna ideología revolucionaria de los pueblos, y de acuerdo con ellas no hay razón para suponer que el proceso histórico salvadoreño estará detenido indefinidamente.
Cuando se examina de cerca el proceso histórico salvadoreño es posible ver con claridad cómo, después de haber cubierto muchas y diferentes etapas en el pasado, al llegar a las primeras décadas del siglo XX, el desarrollo histórico del país ha desembocado, en lo económico, en la introducción del cultivo masivo del café en la Economía Nacional; en lo social, en la transformación y consolidación de la burguesía cafetalera como clase dominante; y en lo político, en la promoción de esta burguesía al poder político, y en la instauración de un régimen “democrático” a su medida: !LA DEMOCRACIA CAFETALERA!
Es natural que la burguesía cafetalera y su cohorte de intelectuales (ahogados, publicistas, empresarios de periódicos, políticos, artistas, clérigos), que extraen su bienestar y privilegio de tal estado de cosas, opinen que esa “democracia” es el mejor de los mundos y que la situación existente no debe ni puede cambiarse, porque es la única que se aviene con la “naturaleza de las cosas”, con la tradición y el derecho y con la voluntad de la Divina Providencia…
Este concepto es, en El Salvador, la base de la ideología reaccionaria dominante y en torno suyo gira todo el pensamiento oficial, social y político, de los últimos treinta años. ¡Ay, de quien se sienta a disgusto en este paraíso de los cafetaleros! ¡Ay, de quien se atreva a desafiar el designio de tales ideas!
Ahora bien, para que esta ideología pudiera concluir a cabalidad su misión deformadora del espíritu, era preciso difundirla entre las masas de la población ocultándole su contenido ideológico de clase, su esencia oligárquico-cafetalera, con toda especie de maquillajes líricos, jurídicos, religiosos, filantrópicos, artísticos, etc. Esta y no otra ha sido la tarea que la oligarquía cafetalera tenía reservada a sus intelectuales: el poeta-agente cantaría “la nieve inmaculada de la cafetos en flor…”; el pintor agente suplantaría el gris letal de la realidad social salvadoreña con bermellones vitales; el maestro agente haría de su cátedra un vivero de ideas falsas; el abogado-agente sentenciaría hierático y solemne: “¡La propiedad privada es inviolable!”; el cura-agente haría la descripción de los infiernos de la condenación eterna para los inconformes, mientras el gendarme y el soldado cuidan de la sacrosanta institucionalidad cafetalera.
¡Engañar a las masas, he ahí la benemérita función de la intelectualidad cafetalera!
Resumiendo, pues, podemos decir que hay dos maneras conceptuales distintas, dos estilos críticos excluyentes, de enfocar el problema del desarrollo histórico en El Salvador. De un lado la minoría de la población el 8 por ciento dicen los técnicos de las Naciones Unidas, “las veinte familias” dice “Opinión Estudiantil”, los “Catorce Grandes”, dice TIME asegura que la situación del país es próspera y que debe ser conservada a toda costa. Esta es la manera oligárquico conservadora de encarar la cuestión. De otro lado, en cambio, la mayoría de la población, el 92 por ciento restante, opina que la situación es desastrosa, incongruente, artificial y afrentosa y, aunque no sabe aún como producirlo siente con verdadero apremio la necesidad del cambio. Pese a su empirismo ésta es, en germen, la manera progresista, democrática y revolucionaria de ver el problema.
En la base de estas dos concepciones diferentes de la realidad salvadoreña, actúan las causas determinantes (el modo de producción) y las fuerzas motrices (las clases sociales) del proceso histórico, el cual rige sus cambios, según los modernos patrones del pensamiento dialéctico, por leyes económicas tan objetivas como las leyes de la naturaleza, independientes y de superiores a la voluntad de los hombres.
De lo dicho se desprende que el proceso histórico en El Salvador es febrilmente dinámico y que no interrumpirá su curso sólo porque así lo deseen las clases dominantes, sino que marchará adelante en tal o cual dirección (más miseria o mayor bienestar, más libertad política o más opresión, más independencia o más sujeción colonial) según sean las influencias que sobre él puedan ejercer tales o cuales fuerzas sociales y políticas.
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El pueblo salvadoreño no ha estado nunca, pero particularmente no lo ha estado en los últimos treinta años, en condiciones de intervenir conscientemente en la dirección del proceso histórico de su país; hasta hoy su participación ha sido marginal y empírica, y por esa razón no ha podido conocer ni la motivación causal, ni el trasfondo político, ni el mecanismo de clase, ni la proyección histórica de los acontecimientos correspondientes a este período.
Es así como el pueblo salvadoreño desconoce aún la circunstancia, el cómo y el por qué, que rodeó la llegada del general Maximiliano Hernández Martínez al poder en diciembre de 1931, y la estrecha relación que existe entre este hecho y los graves acontecimientos del Año Sangriento (1932). Así es también cómo el pueblo desconoce el verdadero carácter de la insurrección campesina de aquel año y la naturaleza clasista de la bestial masacre de que fueron víctimas los trabajadores del campo.
¿Fue esta represión un acto de locura genocida del general Hernández Martínez, o fue expresión de la conducta natural política de la Oligarquía Cafetalera? ¿Fue el general Hernández Martínez un hombre “providencialmente” empujado al poder por mero azar de los acontecimientos políticos, o fue el ejecutor implacable de inconfesables designios de la clase dominante, deliberadamente escogido por la Oligarquía para “acabar con el comunismo” y para poner a salvo sus intereses, sus privilegios y la santidad de las instituciones de su democracia?
¿Cómo fue posible que éste régimen de terror y látigo se prolongara a lo largo de trece años?
¿Cómo, porqué y en qué circunstancias surgió el vigoroso movimiento popular (“Romerista”) de abril y mayo de 1944 que puso fin a la dictadura de Martínez?
¿Cómo y por qué surgió el contragolpe policíaco del coronel Osmín Aguirre y Salinas (octubre de 1944), que aseguró la continuidad del régimen de dictadura, aunque ya sin la presencia de Martínez? Y si la dictadura no se interrumpió después de la deposición de H. Martínez ¿no es esto indicio claro de que su dictadura era un fenómeno impersonal e independiente de la formación moral, religiosa, cultural o ideológica del general Martínez?
¿Qué nuevos o viejos intereses de clase representaba Osmín Aguirre y Salinas, ese obscuro coronel que surgió de la moche al amanecer como una tromba sobre las aspiraciones democráticas del pueblo salvadoreño? ¿Qué relación de clase existió entre este golpe de Estado y la “elección” presidencial del general Salvador Castaneda Castro, quien apareció más tarde como beneficiario del golpe?
¿Cómo, por qué y en qué circunstancias fue derribado el gobierno de Castaneda Castro en diciembre de 1948? ¿Qué fuerzas económicas nuevas estaban en la base del “movimiento cívico militar” de aquel año, que sin respaldo organizado en el pueblo y sin apoyo decisivo en el Ejército se atrevió a desafiar el tremendo poder de la Oligarquía Cafetalera? ¿Hubo o no hubo revolución en diciembre de 1948? ¿Qué de nuevo y progresista incorporó este Movimiento al acervo histórico salvadoreño? ¿Qué peligros existen actualmente y de qué lado amenazan la estabilidad de la situación emanada del 48?
Este incesante y volcánico acaecer político y social, que tiene por escenario a nuestro pequeño país, es una incógnita por despejar, un jeroglífico que aún no ha sido descifrado.
¿Qué fuerzas desconocidas se han movido y se mueven y en qué dirección en el subsuelo de estos acontecimientos? ¿Qué relación o hilo causal los une y explica? ¿Tienen estos hechos justificación racional alguna, y si la tienen, cuál es? ¿Qué ley desconocida rige este fluir y refluir de la historia salvadoreña de los últimos treinta años?
De todo este complejo de cuestiones no resueltas todavía se desprende que el hombre salvadoreño está necesitando con urgencia una teoría racional que las explique, una teoría que eduque al pueblo y que le sirva de guía.
En esta breve exposición no se pretende, ni mucho menos, dar respuesta a todas las cuestiones que plantea el proceso histórico salvadoreño, que son muchas y complejas.
Se comprende que las cosas de la Historia, aun cuando se trate de un breve período, no son simples, y que es pedantería el querer convertirlas en un esquema de dos líneas, cuando, bien se sabe, la historia es como un intricado complejo geométrico de muchas y diferentes líneas que se cruzan y actúan entre sí. No pretendemos, por ello, dar con estas nociones una visión acabada y redonda de la historia salvadoreña, del mismo modo que estimamos que el abecedario no basta por sí sólo para dar idea de las altas formaciones de la literatura. Se trata simplemente de enseñar a nuestro pueblo el abecedario de su acción política, de fijar un índice a su actividad histórica y de darle una teoría comprensible de los intereses sociales y económicos básicos que entran en juego en su proceso histórico, a fin de que su participación en la política la política es historia en formación sea en el futuro el producto de un acto deliberado y consciente, tanto más consciente cuanto más deliberado.
El proceso histórico salvadoreño, como el de cualquier otro país, es muy complejo; sin embargo tiene, debe tenerlo, entre todos sus fenómenos, entre todas sus relaciones e interferencias internas, un nexo que los una a todos. Ahora bien, entre las muchas líneas primarias y secundarias en que se divide y subdivide el curso de la historia salvadoreña, ¿dónde está la línea mayor, la línea gruesa y clave que en nuestro país y en esta etapa las eslabona a todas ellas entre sí y las hace actuar en una sola dirección?
Es esta la cuestión cardinal de toda teoría histórico-política en El Salvador, la cuestión que debe ser despejada y resuelta, previamente, si es que hemos de llevar un poco de orden y claridad a las ideas económicas, políticas, sociales y jurídicas del hombre salvadoreño.
Capítulo II
IMPORTANCIA DE LA TEORÍA HISTÓRICA
Caos intelectual en El Salvador. Una “filosofía de la realidad concreta”. Los factores naturales y supra-estructurales como marco del proceso histórico, y los factores socio-económicos y políticos como fuerza matriz de ese proceso.
HEMOS dicho que en nuestro país hay ignorancia completa de las causas que determinan el proceso histórico salvadoreño, y hemos afirmado que tal ignorancia es producto de una determinada política de clase; hemos enumerado los acontecimientos sociales y políticos más importantes de los últimos años, y hemos preguntado cuál podría ser la causa determinante y cuál el nexo— la ley— que los encadene y explique.
Frente a estas cuestiones no hay en El Salvador un pensamiento uniforme y sistemático. Las más diversas y peregrinas interpretaciones de nuestro existir social y político proliferan y ganan adeptos; charlatanes y predicadores de obscurantismo han invadido la cátedra, la tribuna, el periódico, el púlpito, y van de arriba a abajo, por lo ancho y lo largo del país, sembrando gérmenes de incomprensión, de conformismo y pesimismo, con la complacencia de las clases dominantes y con patente de impunidad, como si el suyo no, fuera el más repugnante de los crímenes contra la salud material y espiritual del pueblo salvadoreño. La confusión reina. Una Babel de juicios y pre-juicios ensombrece las conciencias. Como una nueva divinidad y desde el Olimpo de su poderosa “Asociación Cafetalera”, la Oligarquía ha decretado la confusión de nuestras lenguas; nadie entiende lo que otros dicen, nadie sabe por dónde camina.
Bien pudiera pensarse que tal embrollo en las conciencias es privativo de las clases trabajadoras y que su influencia no alcanza a contagiar a los círculos de la intelectualidad. Pero esta creencia es errónea. La dispersión ideológica es total, reina en todas partes, penetra en todos los rincones y obstruye todos los intersticios por donde pueda filtrarse un haz de claridad. Los intelectuales mismos son convictos de atolondramiento, unas veces porque lo confiesan francamente, y otras, las más, porque su desorientación va implícita en la calidad misma de su producción intelectual. Ya un poeta salvadoreño, Julio Enrique Ávila, caracterizó certeramente esta ausencia de orientación de nuestros intelectuales, bautizando un poemario suyo con el sugestivo título El Vigía Sin Luz.
Por su parte el pueblo, que aspira a un ordenamiento menos arbitrario de su existencia social no sabe cómo obtenerlo, se siente confundido y desmoralizado, las paradojas de su existencia lo abruman y exasperan: elige presidentes y diputados, deposita en ellos fe y esperanza, pero sus elegidos lo defraudan y traicionan. Desde el punto de vista “constitucional” el pueblo salvadoreño vive en un país democrático, en el que la Constitución le garantiza el ejercicio de toda clase de derechos, pero sin dificultad el pueblo comprueba que entre la letra de la Ley Constitucional y el ejercicio práctico del derecho constituido, positivo, hay diarias y violentas incongruencias. Se le dice que las instituciones del Estado han sido organizadas para velar por “el fiel cumplimiento de las leyes de la República” y para hacer que se respete la voluntad de la mayoría, pero lo que el pueblo comprueba constantemente es que tales instituciones encubren y cohonestan la transgresión de la norma moral de ese mandato.
Impotente el pueblo para explicarse por sí mismo el rigor de su “mala suerte” y la arbitrariedad aparente de su acontecer histórico, vuelve angustiado sus ojos a sus intelectuales y los interroga, ¿Por qué, pregunta el pueblo, los hombres que ayer no más, cuando jóvenes, en la Universidad, se significaron por su decisión y valentía en las luchas por la defensa de los derechos del pueblo, reniegan de sus ideas, capitulan y traicionan, cuando apenas obtienen el título académico o suben el primer escaño de la figuración oficial? ¿Dónde está el origen del mal que bastardea la esencia del Estado Democrático y vulnera los sentimientos más nobles del ser humano?
Los intelectuales no son insensibles al requerimiento del pueblo y se esfuerzan, a veces noblemente, por desentrañar el misterio. Algunos de ellos atribuyen el origen de nuestros males a “mala levadura” de la naturaleza humana, otros a taras congénitas provenientes del mestizaje, los de más allá lo adjudican al clima o a la “falta de moralidad”, aquellos al Destino y estos a las más peregrinas razones de orden teológico. Total, ¡la debacle!
Pese a la cuna ilustre de estas ideas —Montesquieu decía que “la pusilanimidad de los pueblos de los climas cálidos los ha conducido casi siempre a la esclavitud, al paso que la valentía de los pueblos de los climas fríos los ha mantenido en el disfrute de su libertad“1; pese al abolengo de sus nociones históricas, los intelectuales salvadoreños no han logrado formular aún la explicación racional de los problemas que afligen y extravían al hombre salvadoreño, ni señalar el camino que el pueblo necesita para salir de su laberinto. 1. Del espíritu de la leyes. Montesquieu.
En esta afanosa búsqueda acaso sea Alberto Masferrer el pionero de más visión. Sin embargo, su trabajo sólo alcanzó altura por la nobleza de la intención que lo inspiró, por la punzante ironía, viril y honrada, con que golpeaba a los poderosos, y, para algunos de sus críticos, por las esencias morales y místicas—neocristianismo—, de su prédica. Masferrer conoció las manifestaciones externas de la miseria económica del pueblo y sus derivaciones morales, y luchó contra ellas; él se levantó como un acusador enérgico de la sociedad en que vivía, apostrofándola y sacudiéndola en sus andamios morales, señaló sus vicios, sus injusticias y extravagancias, y soñaba, al estilo de los viejos socialistas utópicos, con un régimen social distinto, progresivamente mejorado a través de un proceso de regeneración moral, el cual habría de lograrse mediante una “labor de convencimiento de los ricos” acerca de la inmoralidad de la explotación de que hacen víctimas a sus trabajadores. Mas, como Masferrer no acertó nunca a encontrar las causas económico-sociales de la miseria en su país, las soluciones que él propuso para mejorar las condiciones morales y espirituales del pueblo, sólo ocasional y formalmente se aparejan con la realidad.
Fue así como Masferrer, con todo “el poder de su enseñanza”, no logró explicar la esencia de la servidumbre semifeudal ni de la “esclavitud asalariada” en El Salvador, ni descubrir las leyes que rigen el proceso histórico salvadoreño, ni encontrar la fuerza social capaz de convertirse en creadora y propulsora de la sociedad con que él soñaba. Por esta misma razón toda su obra, incluyendo “El Mínimum Vital”, que ha sido considerado como el aporte más valioso de Masferrer, no alcanzó a ser sino un grito desesperado y sin resonancia en el desierto de la Democracia Cafetalera.
Sería larga y por demás ingrata la faena de puntualizar uno a uno los casos en que los intelectuales salvadoreños fueron incapaces de alzarse a la altura de los problemas de su país, o los casos en que, siendo capaces, le volvieron la espalda al pueblo en los momentos más críticos. Sin embargo, es preciso que nos detengamos un poco más en el examen de este aspecto del asunto.
Pruebas más recientes del estado de incertidumbre que domina a nuestros intelectuales, así como de su afán por encontrar una interpretación satisfactoria de la realidad que los asfixia, la encontramos en los siguientes conceptos de una publicación reciente:
“La crisis actual del pensamiento político ha tenido graves consecuencias en la formación del Estado Democrático Moderno. La democracia en nuestro país ha recorrido una suerte miserable: no se ha tenido nunca una idea exacta de lo que ella significa, no se le ha dado una base sólida para que se institucionalice. Por el contrario, ha existido siempre una ruptura de relaciones entre el plano teórico y práctico. En El Salvador se ha antepuesto el cuartelazo, y la barricada que nada tienen que ver con la evolución histórica de los pueblos. La ausencia de una filosofía que interprete nuestra realidad es lo que ha entorpecido el proceso político. Por falta de esta filosofía hemos cogido a la democracia por su sombra. Ya no es posible atenemos a una doctrina universal y abstracta, porque no tiene vigencia en nuestra realidad. Entre nosotros, cuando se habla de democracia, se hace partiendo de una mala copia de principios universales, sin tener en cuenta nuestra realidad concreta: la historia, la geografía, las costumbres, la tradición, la idiosincrasia, etc.” 2 El subrayado es nuestro. 2. Filosofía y democracia, por Carlos Sandoval, catedrático de la Facultad de Humanidades de la Universidad nacional de El salvador. “La Prensa gráfica” 28 de junio de 1957
Es conveniente detenerse en el examen de estas ideas no sólo porque traducen fielmente, pese a su formulación apresurada, el estado de inquietud reinante en los círculos intelectuales salvadoreños, sino también porque pueden ser consideradas como las ideas “tipo” de todo el estilo del pensamiento actual de la intelectualidad salvadoreña. El autor de nuestra cita, que bien podría ser cualquiera de los publicistas que a diario abordan en El Salvador estos temas, se lamenta de los males que sufre nuestra democracia y se afana por señalar un camino; pero he aquí que para rehabilitarla en su dinamismo y en su contenido conceptual únicamente se le ocurre elaborar “una filosofía que interprete nuestra realidad concreta”, que tenga “en cuenta la historia, la geografía, las costumbres, la tradición, la idiosincrasia, etc.”; es decir una filosofía de la realidad concreta del país elaborada con los ingredientes más abstractos de esa realidad… Dominado por esa idea gaseosa nuestro autor niega toda importancia al “cuartelazo y la barricada”, por considerar que tales fenómenos “nada tienen que ver con la evolución histórica” del pueblo salvadoreño, y porque, según se desprende de su exposición, no forman parte de “nuestra realidad concreta”.
La inconsistencia teórica de estas proposiciones es obvia, no sólo porque no se puede afirmar que la barricada no tiene nada que ver con la evolución histórica, sin olvidar -¡oh la Bastilla! que la barricada fue en su época una de las principales formas de la lucha revolucionaria de los pueblos, sino, además, porque, en el caso particular de El Salvador “el cuartelazo” ha sido a lo largo de ochenta años, la forma típica del existir político en nuestro país.
Un juicio más ponderado sobre estos fenómenos de la sociología salvadoreña el cuartelazo y la barricada tendría que considerarlos más bien como formas expresivas particulares y directas de las luchas que libran entre sí las clases sociales en El Salvador en determinados momentos de crisis de su desarrollo histórico.
¿Por qué se produce el cuartelazo en El Salvador, de dónde proviene, quién lo instiga y dirige, qué resultarlos políticos y económicos produce, qué grupos o clases sociales se benefician con él, a qué clases y grupos sociales daña? He aquí algunas de las cuestiones que elemental y espontáneamente fluyen del problema, las cuestiones que los estudiosos, historiadores y sociólogos salvadoreños, debieran investigar con seriedad en vez de hacerlos a un lado con el pretexto anticientífico de que “el cuartelazo y la barricada nada tienen que ver con la evolución histórica de los pueblos”.
La historia de El Salvador de fines del siglo pasado y de lo que va corrido del presente, es la historia de los cuartelazos; en la retorta de su alquimia se diluyeron unos gobiernos y se formaron otros, con triunfo o derrota, con beneficio o perjuicio para tales o cuales clases sociales.
Todo esto parece ser disquisición vulgar, sin embargo, de ella se desprende una cuestión de innegable jerarquía teórica, a saber: ¿hubo alguna vez en El Salvador un golpe de Estado, un “cuartelazo”, uno sólo que se realizase en nombre de los intereses de clase de los obreros y de los campesinos, un cuartelazo que fuera favorable a estas clases económicamente y que se tradujese en libertad social y política para ellas?
No. Evidentemente un hecho semejante no se ha producido en El Salvador; los campesinos y obreros salvadoreños nunca han participado ni como autores ni como beneficiarios en tales exabruptos políticos, y está sola circunstancia debiera inducir a nuestros intelectuales a afinar y ahondar sus investigaciones sobre el significado y contenido verdaderos de tales fenómenos de la sociología salvadoreña.
En segundo lugar, y por lo que se refiere a la proposición de elaborar una filosofía de nuestra realidad concreta con base en consideraciones de orden geográfico, histórico, idiosincrásico, etc., conviene señalar que en esta proposición anida el peligro de que tal filosofía se convierta, como por arte de magia, en un nuevo servicio de los intelectuales salvadoreños a la Oligarquía Cafetalera. Veamos.
¿Qué ayuda puede ofrecernos la “historia salvadoreña” en la elaboración de una teoría interpretativa de nuestra realidad actual?
Si la historia salvadoreña no fuera el simple relato cronológico de acciones de hombres más o menos eminentes, que todos conocemos, calcado en la concepción positivista de la historia, que limita la tarea del historiador a la mera localización de hechos en el tiempo y el espacio, para luego relatarlos coherentemente; si la historia salvadoreña no estuviera deformada por la limitación cultural de nuestros historiadores, bien podría servirnos como un hilo de Ariadna para encontrar en el pretérito nacional el sentido de nuestra realidad histórica actual. Pero no. Los elementos de juicio que la historia salvadoreña al uso ofrece, son de poca utilidad al investigador, como podría serlo para un caminante del desierto una brújula perturbada. Y si no ¿Acaso no se ha escrito ya, con carácter historiográfico, que la gran insurrección campesina de 1932 fue el resultado de consignas exóticas traídas al país por agentes venidos del otro lado del mundo?
Por otra parte es conveniente indicar que cada clase social, cada grupo, e incluso cada intelectual, tienen de la historia conceptos diferentes y que su particular interpretación de la realidad concreta varía según esa diferencia; de manera que la importancia de nuestra “historia” como ingrediente para elaborar una filosofía de la realidad concreta en El Salvador, resulta muy relativa y precaria.
Con la geografía ocurre otro tanto. En efecto, ¿cómo explicar por medio de la influencia geográfica las diferencias sociales, económicas y políticas existentes en la sociedad salvadoreña, siendo que la geografía, en su maravillosa ecuanimidad, influye por igual sobre todos los habitantes? ¿Cómo explicar la Insurrección Campesina de 1932 con ayuda de factores tan subjetivos como la “costumbre y la idiosincrasia”? ¿Sería lógico invocar estos mismos factores para explicar las desdichas económicas, las indignidades sociales y los traumatismos políticos que actualmente sufre nuestro pueblo?
Desde luego, no puede negarse la influencia de los factores generales o naturales en el desarrollo económico-social; pero, si hemos de admitir estos factores en el estudio de las cuestiones de la superestructura, ha de ser a condición de que se les tenga únicamente como factores necesarios y constantes, como marco, mejor dicho, de los cambios que se operan en la sociedad, ya que los cambios que tales factores suscitan se producen, independientemente de la voluntad del hombre, en espacios y tiempos demasiados abiertos continentes enteros y miles y millones de años a diferencia de los cambios históricos que requieren para producirse plazos más breves y ritmos considerablemente más acelerados. Por su propia naturaleza aquellos factores generales o naturales actúan desde planos tan remotos, que es forzoso admitir que su influencia está regida más por la fatalidad que por la voluntad de los hombres, y que, de ser tomados en cuenta como factores determinantes del proceso histórico, la suerte de la humanidad quedaría sujeta al arbitrio de lo fortuito, y no a la capacidad propia de los pueblos de ser ellos mismos los forjadores de su historia.
De lo dicho se desprende que no impugnamos la elaboración de una filosofía de nuestra realidad en la que se consulten las influencias de todos los factores naturales e históricos, ya que su estudio siempre resultará útil para fijar las causas primeras y los objetivos finales de la actividad política del hombre salvadoreño. Lo que impugnamos es el filisteísmo liberal que deriva de tales criterios (la anteposición de los factores naturales y generales), cuando se los emplea en el examen de las cuestiones sociales; lo que no es admisible es el olvido del hombre salvadoreño y de sus necesidades, porque, si lo que se desea es que nuestro pueblo se libere de las fuerzas sociales, económicas y políticas que lo sujetan a la miseria, si lo que se quiere es promoverlo a planos más altos de desarrollo en todos los dominios de la vida humana, mediante la organización de una economía que suministre lo necesario para una existencia digna, en donde la salud, el bienestar, la cultura y la Democracia no sean simples palabras, la lucha debe comenzar, ciertamente, con la elaboración de una teoría política de las fuerzas sociales y económicas opuestas al progreso del pueblo, para combatirlas y anularlas, y de aquellas otras que lo impulsan hacia adelante para unirlas y estimularlas. ¿Dónde radican y cómo actúan estas fuerzas?
Esta es la cuestión que debemos plantear a toda filosofía de la “realidad concreta”— la que vivimos actualmente, si es que en verdad se quiere que tal filosofía pase de ser algo más que una especulación huera, al gusto y medida de los intereses de la Oligarquía.
Capítulo III
FORMACIÓN ECONÓMICO-SOCIAL DE EL SALVADOR
Clases y sectores sociales que la componen. Reivindicaciones de cada clase o sector. Clases conservadoras y clases progresistas. Incorporación del Café a la Economía Nacional. El Café como factor de progreso, primero, y de reacción después en la historia contemporánea de El Salvador.
TODO lo que ha ocurrido y ocurre históricamente en nuestro país no fue nunca producto de la fatalidad, sino resultado del juego— afinidad o choque—, más o menos consciente, de los intereses económicos de las diversas clases que componen la sociedad salvadoreña. En la órbita de tales intereses se mueven, es cierto, fuerzas de otra naturaleza culturales, religiosas, morales, jurídicas, literarias, etc., que confluyen e influyen en la composición, ritmo y dirección del proceso histórico; pero ya sabemos que antes de pensar en el arte, en la moral, en el derecho, el hombre necesita primariamente existir, esto es, alimentarse y abrigarse, y que, de consiguiente, estas fuerzas no sólo no son determinantes de la realidad económica, sino que, a la inversa, están determinadas por esta realidad, aun cuando, en una etapa más alta del proceso, ella sea transformada a su vez por la acción de lo jurídico, lo moral, etc.
Por esta razón, quien pretenda elaborar una filosofía de la realidad histórica salvadoreña debe colocar, en la base de su estudio, no los factores naturales y supraestructurales (el clima, la geografía, la idiosincrasia, la religión, el arte), sino las estimaciones objetivas del proceso económico. Esta disposición metodológica ofrece, entre otros, dos estímulos importantes: de un lado, la inestimable ventaja de que el factor económico, siendo el que más directamente afecta la existencia de cada uno de los habitantes, será más fácilmente comprendido por ellos, y, de otro lado, el incentivo de que el factor económico, a diferencia de los factores de la naturaleza y de la superestructura, es susceptible de ser comprobado o rectificado científicamente. Unas y otra ventajas contribuyen, por otra parte, a capacitar políticamente al pueblo para que aprenda a adaptar los procesos económicos a las necesidades de su desarrollo.
Se puede discurrir, en efecto, para satisfacción de los gustos intelectuales de la Oligarquía, sobre la “modalidad del carácter” del hombre salvadoreño, sobre su idiosincrasia y sus congénitas o adquiridas calidades ontológicas, sobre las influencias que sobre él puedan ejercer la geografía y hasta los duendes de la Mitología Pipil, etc., y de ello se ha hablado, abundantemente, a lo largo de muchos años, en la cátedra, en el libro, en los periódicos, sin que hasta hoy se haya producido todavía el saldo teórico apropiado para orientar conscientemente la actividad histórica de las masas. En cambio se ha olvidado el estudio del factor económico que está en la raíz de las preocupaciones diarias de la sociedad salvadoreña: la producción de bienes materiales para la subsistencia, el jornal, los alquileres, el salario, “los censos”, el vestido, la vivienda, los instrumentos de producción, etc., cuya ductilidad o plasticidad científica lo individualiza como el factor más idóneo para elaborar una teoría menos “elevada” pero más firme, menos elegante pero más exacta de la realidad concreta y del proceso histórico.
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La realidad nos enseña que cada país tiene una particular “formación económico – social” que es la resultante de su pasado y la base de su futuro históricos. De ahí que el estudio de la formación económico-social de un país, en un momento dado, no sólo alumbra el camino ya recorrido por su pueblo, sino que es ya el inventario de las posibilidades históricas reales que este pueblo posee para enfrentarse con el porvenir. Una sociedad contemporánea cualquiera, a excepción de aquellas muy primitivas que aún subsisten en el mundo, está invariablemente formada por clases sociales más o menos diferenciadas entre sí, por sectores y grupos sociales con intereses económicos propios y funciones específicas dentro de su particular formación económico-social. Cuando los intereses de estas clases, sectores o grupos, son afines entre sí, la afinidad determina ciertas simpatías o alianzas potenciales entre ellas; y a la inversa, cuando tales intereses son discordantes, antagónicos o excluyentes, la discrepancia determina potenciales enconos o abiertas rivalidades entre las clases o grupos. Al hacerse un estudio de la formación económico social salvadoreña, no podría prescindirse de ninguna de las siguientes fuerzas sociales que la componen:
a.) Los Latifundistas. Son propietarios de tierras trabajadas por “mozos colonos” (semiservidumbre), o por arrendatarios que pagan el arrendamiento con trabajo, en especie o en dinero, pagos todos ellos que son, exceptuando el pago en dinero, modalidades de las viejas formas semifeudales de explotación en el campo. Estas tierras, propiamente llamadas latifundios, son dedicadas preferentemente al cultivo de cereales. En esta época, en que el área de las tierras cerealistas ha sido restringida por el ensanchamiento de nuevas plantaciones de café, algodón y henequén, y en que a causa de su escasez el precio de los cereales ha subido mucho, los latifundistas han procedido a elevar tan exorbitantemente los precios del arrendamiento, que el valor de las cosechas no alcanza ya a cubrir los altos niveles del nuevo canon. Los mozos colonos y los campesinos pobres, que antes pagaban al latifundista renta en especie (a veces la mitad de la cosecha y de allí su nombre de “medieros”), o renta en trabajo (a veces el de toda la familia), caen luego en insolvencia y son expulsados de las tierras del patrón1, para dar paso a un nuevo tipo de arrendatario el arrendatario capitalista, que paga renta en dinero, que paga salarios a sus trabajadores y que hace producir la tierra con técnicas modernas de cultivo (abonos químicos, recolectoras mecánicas, tractores, etc.)
De lo dicho se infiere que las demandas o reivindicaciones de los latifundistas salvadoreños son dos principalmente, a saber: una, obtener el más alto canon de arrendamiento, y otra, desalojar a los campesinos pobres y mozos colonos insolventes, asentados en sus tierras.
Para hacer efectiva esta última demanda los latifundistas cuentan con la ayuda de sus abogados, sus leyes, sus jueces y con el apoyo de las fuerzas de policía del Estado.
Estos cambios suponen una transformación acelerada y profunda de las viejas relaciones de producción correspondientes a la estructura económico campesina del país, con los siguientes resultados: a) descomposición rápida de los grupos tradicionales de la familia campesina,2la cual es violentamente dispersada por la invasión de las máquinas; b) creación de grandes contingentes de mano de obra barata o “fuerza trabajo” de reserva; c) abaratamiento catastrófico de salarios y jornales, y d) éxodo en masa de los campesinos hacia los centros urbanos.
b.) Los “mozos colonos”. Estos viven y trabajan en los latifundios y fueron un tiempo la base de la economía nacional. Hoy día estos labriegos no son ya el más numeroso pero sí el más miserable y más explotado de los sectores del campesinado nacional, el más hambriento y el más ignorante de todos los grupos sociales de la sociedad salvadoreña. El dueño de la tierra lo retiene en ella dándole una parcela a cambio de una parte de lo que en ella coseche y de prestaciones gratuitas en “la hacienda”. Las reivindicaciones principales de este sector hostigado por las deudas (“habilitaciones”) y por las autoridades, y embrutecido por el fanatismo religioso y el aguardiente, se desprenden de su particular situación económica y consisten en demandas como las siguientes: libertad de organización, supresión del “pago en trabajo”, indemnización por años de servicio en casos de desalojo, disminución de la renta en especie, y adquisición de la tierra en propiedad (Reforma Agraria Democrática), que las resume a todas.
c.) Los Terratenientes. Son dueños de grandes plantaciones agrícolas, principalmente de café, trabajadas por obreros agrícolas estacionales retribuidos con salario, y, en parte, por trabajadores que viven dentro de la finca (semicolonos). Estos últimos reciben raciones alimenticias, algunas medicinas, excepcionalmente escuelas para sus hijos y, en ocasiones, pequeñas parcelas de terreno a través de las cuales quedan orgánicamente ligados a la plantación; éstos tienen a su cargo el trabajo de carácter permanente dentro de la plantación (deshierbos, podas, etc.), por el que devengan salarios disminuidos en la cuantía de aquellas prestaciones.
Haciendo reserva de las diferencias notables que existen entre ellos por su especial ubicación dentro de la Economía Nacional, en este mismo rubro de “terratenientes” debe incluirse a los azucareros, algodoneros y henequeneros, cuyas tierras son trabajadas por obreros agrícolas libres, retribuidos con salario.
Este proceso de desalojo y despojo, es la modalidad burguesa liberal de la Reforma Agraria, a través de la cual se realiza la liquidación de las relaciones de producción serviles en el campo. La Reforma Agraria Democrática, en cambio, rompe esas mismas relaciones mediante la expropiación y parcelación de los latifundios y la entrega de las parcelas en propiedad a los mozos colonos que las trabajan. A medida que se acentúa este proceso de empobrecimiento general en el campo, agudizado hoy día por el nuevo ciclo de baja en los precios del café, están apareciendo en el país gentes que quieren combatir “la vagancia” (así se le llama a la desocupación) y la delincuencia que de ella se deriva, con seminarios y sermones, con la entrega de la educación pública a la Iglesia Católica, y, por supuesto, con la promulgación y aplicación de enérgicas leyes represivas contra los “vagos”.
Las demandas de los terratenientes son muy amplias y van desde el crédito barato y a largo plazo, hasta el control del poder político del Estado para ponerlo al servicio de sus intereses (bajos impuestos de exportación y de la renta, política de bajos salarios, leyes represivas para los trabajadores, ilegalización de la “organización campesina”, etc.)
d.) El Proletariado. Este se compone de trabajadores de la ciudad y del campo que laboran en empresas industriales y plantaciones agrícolas y cuyo trabajo es retribuido con salario. Las reivindicaciones de los obreros agrícolas e industriales y del semiproletariado rural (campesinos muy pobres que trabajan por salario fuera de sus parcelas), derivan asimismo de su peculiar situación económica y social, y no pueden ser otras que aumento de los salarios, humanización de las condiciones de trabajo y protección social, mejoramiento y abaratamiento efectivos de las prestaciones patronales, leyes de trabajo democráticas (Código), salario mínimo, contratación colectiva, libre organización sindical, derecho de huelga, etc.
e) Los Pequeños Productores Agrícolas. (Café, henequén, algodón, cereales). Estos constituyen el campesinado medio y son propietarios de tierras en las que ellos mismos y sus familias trabajan, para poder suplementar el rendimiento de pocos mozos colonos y obreros agrícolas que eventualmente pueden tener a su servicio. Estos pequeños o medianos productores dependen de los terratenientes que son dueños de los “beneficios”, así como de los grandes compradores y exportadores que fijan a su arbitrio los precios de los productos en el mercado interno.
Este sector de medianos y pequeños productores tiene sus propias reivindicaciones: mejores precios y garantía estatal de los mismos, crédito barato y oportuno para resistir la presión de los especuladores y agiotistas, asistencia técnica, cooperativas, etc.
f.) El Campesinado pobre. En los estratos más bajos del campesinado encontramos todavía al pequeño, minúsculo propietario, que siendo dueño de una ínfima parcela vive en ella y la trabaja con su familia. Este campesino vende sus magras cosechas mucho antes de recolectarlas, su existencia depende de la “suerte”, carece de crédito y de asistencia técnica y su única libertad consiste en vivir aislado del mundo y agachado sobre la tierra, invierno y verano, noche y día, para poder extraer del terrón a duras penas el sustento diario.
Este sector, acosado por la miseria, que es el más atrasado políticamente, confronta una situación que oscila entre el hambre segura de hoy y la esperanza en “la buena suerte futura” (partos dobles de los animales domésticos, buen invierno, ausencia de plagas, abundantes cosechas), casi no tienen aspiraciones, pero un gobierno democrático tendría que consultar en su favor las siguientes demandas: asistencia social, sanidad, medicinas y víveres abundantes y gratuitos, crédito, asistencia técnica y seguridad en los precios para sus productos. Las reivindicaciones de este sector ya casi extinto del campesinado son apremiantes, pero su lamentable estado de atraso político y su abandono (falta de organización); no le permite luchar por ellas. Sin embargo, su miseria es una reserva revolucionaria de tremendo poder explosivo.
Según estimaciones estadísticas de expertos de las Naciones Unidas hay doscientas veinticinco mil familias campesinas que reciben una porción considerable de sus ingresos “del cultivo de pequeñas siembras en tierra arrendada”,7 pero si partimos de la cifra muy conservadora aportada por ellos mismos, que fija en cuatrocientos trece mil el número de labriegos activos (cifras de 1950), se puede estimar, en términos generales, que más de un millón doscientos mil salvadoreños viven en las zonas rurales entregadas al laboreo de los campos por cuenta ajenas. 7. “Crédito agrícola en El salvador” ONU. Mayo de 1950
g.) Los Comerciantes Importadores. Estos son capitalistas intermediarios que no participan en el proceso de la producción, pero se aprovechan de la plusvalía que de ella proviene y obtienen ganancias adicionales manejando la circulación de mercancías. Estos importadores compiten, en determinados rubros, con la producción industrial nacional y constituyen, por tanto, una fuerza contraria al desarrollo económico del país, aun cuando no son insensibles a la necesidad el aumentar la capacidad de compra del mercado interno. Los comerciantes importadores son aliados firmes del imperialismo y de la Oligarquía y sus reivindicaciones se orientan fundamentalmente a la baja de los impuestos de importación. Los ingresos principales de los comerciantes importadores provienen de las ventas de artículos de lujo a la Oligarquía millonaria, y de ahí su interés en que esta última mantenga sus ganancias al máximo nivel.
h.) Los Comerciantes no Importadores. Como distribuidores que son de la mercancía producida en el país, constituyen, en cambio, una importante fuerza progresista y sus reivindicaciones son: altos aranceles para la mercancía extranjera en aquellos rubros que compiten con la mercancía nacional, producción industrial más diversificada, transporte barato, comunicaciones rápidas, aumento de la capacidad de compra de las masas, etc.
Los comerciantes en general no constituyen, pues, un sector homogéneo de la economía y de ahí que sus distintos grupos actúen políticamente en distintas direcciones. En este mismo grupo debe incluirse, naturalmente, a los pequeños comerciantes, ambulantes o estacionados en los “mercados” de la República, que llevan baratijas importadas o nacionales a todos los rincones del país. Trabajan con poco dinero y su reivindicación más aguda es el crédito.
i.) LOS EMPRESARIOS DE LA INDUSTRIA NACIONAL DE TRANSFORMACION. Estos constituyen una nueva y potente fuerza económica, social y política, en El Salvador, y su reivindicación fundamental, sin perjuicio de las del crédito y leyes especiales de protección y fomento industrial, es la habilitación de un mercado interno y centroamericano con suficiente capacidad de compra y fácilmente accesible a la mercancía producida por la industria salvadoreña.
Los industriales salvadoreños no representan todavía la fuerza económica más importante en el país, pero sí, en cambio, la única fuerza económica con amplias perspectivas y posibilidades de desarrollo. El desarrollo industrial está estorbado actualmente por las relaciones semifeudales de producción en el campo, y por el bajo nivel de salarios y jornales que se pagan en las plantaciones agrícolas, así como también por las trabas que provienen de las anacrónicas instituciones político-administrativas del régimen cafetalero. De lo dicho se infiere que la reivindicación básica señalada arriba, la reivindicación del mercado tiene un acentuado carácter político: EL CONTROL DEL PODER DEL ESTADO, que ha pasado a ser UNA NECESIDAD VITAL PARA LOS INDUSTRIALES, y que coincide en buena medida con las necesidades del desarrollo general del país. De allí la creciente fuerza política de los industriales en El Salvador.
j.) Los Empleados Públicos y Particulares. Las principales aspiraciones del sector público apuntan a la promulgación de un “Estatuto Civil” que contemple los siguientes puntos: nivel racional mínimo de sueldos, reajustes automáticos (escala móvil) de los mismos según las alzas del costo de la vida, escalafón, inamovilidad de sus puestos, etc. El sector privado aspira, como todos los trabajadores, a una legislación del trabajo, democrática y progresista.
k.) Los Artesanos. Son productores en pequeño de la industria manufacturera, acorralados tanto por el auge de la Industria de Transformación y por la Legislación Social y del Trabajo, cuyas prestaciones les parecen elevadas e injustas, como por sus dificultades crecientes para la obtención de crédito. En el plano de la actividad urbana el artesano, del mismo modo que el minúsculo propietario de la tierra descrito arriba, es políticamente muy inestable y atrasado, pues se halla en la tremenda alternativa de la amenaza de quiebra, siempre presente, que lo identifica y acerca a las masas pobres de la población, de un lado, y la esperanza quimérica de un cambio brusco y favorable de la situación que lo convierta en un industrial próspero, que lo identifica y acerca a los explotadores, de otro.
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Del simple examen de los esquemas trazados se desprende una idea general: todos los propietarios sin excepción, industriales y agrícolas, explotan a los trabajadores ya sean éstos urbanos o rurales. Por consiguiente, podría concluirse, todos los propietarios tienen un interés común, frente al interés común de los trabajadores. Sin embargo, las cosas no son tan simples, que, de serlo, la política quedaría convertida en la ciencia por excelencia de Perogrullo.
En países atrasados como El Salvador las relaciones capitalistas de producción (salario) no son las predominantes. En estos países de economía capitalista incipiente (pre-capitalismo) predominan las relaciones y formas de producción agrarias, feudales y semifeudales, con todas las taras del atraso. En tales países las clases sociales no poseen todavía rasgos o caracteres diferenciales definidos, y cada clase social aparece contaminada y a veces saturada de elementos orgánicos y culturales de las otras clases en los grados más diversos; de tal manera que los intereses de estas clases no están deslindados, y, por lo tanto, no se separan o no confluyen claramente sino en momentos o períodos especiales de su desarrollo.
Por ejemplo: un empresario industrial y un obrero mueven siempre su interés en direcciones opuestas: pagar menor salario el uno, ganar mayor salario el otro. Sin embargo, en el problema de la independencia nacional y frente a la concurrencia de la industria extranjera, pueden conjugar temporal y lealmente sus intereses en una sola dirección: la industrialización del país que los beneficia a ambos, aunque en diversa medida y por razones diferentes. Otro ejemplo: El, artesano y el obrero, colocados por distinta razón frente al empresario industrial, tienen, aparentemente, un interés común; sin embargo, viéndolo bien, el interés del artesano es contrario al desarrollo de la gran industria que lo aplasta, mientras que el obrero, aunque tiene conciencia de que es explotado por el industrial, mira precisamente en aquel desarrollo la única salida históricas de sus problemas de clase y de todos los problemas de la sociedad.
He aquí por qué, mientras el artesano se vincula preferentemente con las fuerzas reaccionarias de la Oligarquía, la clase obrera debe hacerlo invariablemente con las fuerzas progresistas que la industrialización representa. Otro ejemplo: Un cafetalero de una parte y un empresario de la Industria Nacional de Transformación, de otra, son capitalistas los dos, agrario el uno, industrial el otro; los dos son patronos y aparentemente tienen idénticos intereses de clase, sin embargo, los bajos salarios y jornales que aquel paga en sus plantaciones para elevar su ganancia, chocan con el interés que el industrial tiene en aumentar la capacidad de compra del mercado interno para la colocación ventajosa de sus productos. En este punto, y mientras la contradicción no está resuelta, el interés común de clase de estos sectores se bifurca, la burguesía capitalista del país se divide, serios antagonismos separan a sus distintos sectores, y los choques llegan incluso a ser no sólo inminentes sino que necesarios. Descubrir el grado en que los intereses económicos de las distintas clases se acercan o se separan entre sí y hacia qué lado gravitan en un momento dado, he ahí el misterio de toda política.
Ahora bien, para que una clase, sector o grupo, deban ser considerados progresistas en un momento histórico cualquiera, es preciso que su interés económico coincida con el impulso ascensional de las fuerzas productivas nuevas, que nunca en la historia de la Humanidad fueron contrarias o desleales al interés del progreso de los pueblos. Es preciso que estas fuerzas económicas envejezcan y se hagan conservadoras, para que los pueblos comiencen a exigirles la separación e incluso el divorcio por la vía más violenta: la Revolución.
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Hace un poco más de tres cuartos de siglo la producción del café era, en El Salvador, una fuerza económica nueva, progresista, que necesitaba para su libre desarrollo romper en cierta medida las viejas relaciones de producción imperantes que emanaban de la economía cerealista, latifundista, del país. Las relaciones de producción semifeudales, cuyo símbolo es el “mozo colono”, ligado de por vida a la propiedad patronal eran un serio obstáculo para el desenvolvimiento de la economía cafetalera, por cuanto esta última, en pleno período de expansión, necesitaba miles y miles de trabajadores libres destinados a las plantaciones de café.
Las fuerzas productivas nuevas eran las del café y en torno suyo se agruparon las profesiones liberales, el comercio y centenares de miles de mozos colonos empujados a la libertad. Este antagonismo flagrante entre las viejas relaciones de producción y las nuevas fuerzas productivas, representadas por el café, al proyectarse en el plano político, se manifestó a través de no pocos y enconados choques (golpes de Estado, asesinatos de Presidentes de la República, traiciones, etc.), entre las fuerzas del feudalismo decadente y las nuevas fuerzas productivas cafetaleras.
Bajo la presión de la joven economía cafetalera estos choques fueron muy violentos10, pero pudieron haberlo sido en más amplia escala, hasta alcanzar el grado de Revolución, de no haber mediado ciertas circunstancias que contribuyeron a atenuarlos. Nos referimos, en primer lugar, al hecho de que en tales conflictos no se involucraba ningún cambio en la base económica de la sociedad, ya que la propiedad privada de la tierra se mantenía incólume; y, en segundo lugar, al hecho notorio de que las tierras dedicadas al cultivo de cereales, en las que se asentaba el feudalismo, no eran, por razón de su poca altura sobre el nivel del mar, objeto de la codicia de los pioneros del café. 10. A la luz de estas ideas debe investigarse la muerte de los presidentes de la República capitán general Gerardo barrios introductor del café en la Economía Nacional, general Francisco Menéndez, y doctor Manuel Enrique Araujo, y el origen de la Revolución del general Tomás Regalado y de otros acontecimientos históricos cuyas verdaderas motivaciones históricas aún permanecen en la sombra.
Las tierras que estos buscaban no tenían, por regla general, ninguna función económica en aquella época; eran tierras altas y boscosas, impropias para el riego, y pertenecían al Estado, a los Municipios o a las comunidades y cofradías indígenas. De aquí que una vez que los cafetaleros hubieron incrementado su influencia en el poder político, no sólo repartieron las tierras del Estado y de los municipios entre sus parientes y amigos, para que las cultivaran con café11, sino que la emprendieron, en la medida en que el negocio se hizo más productivo, por la vía de la expropiación o el despojo, contra las propiedades de los indígenas hasta convertir al país en una inmensa finca de café.“12 Fue sólo más tarde que los cafetaleros, en busca de más y más tierras para sus plantaciones, comenzaron a bajar a los valles y demás tierras bajas, invadiendo grandes áreas de tierras cerealistas para el cultivo del café. Hoy día se hacen estudios en los institutos agrotécnicos del país para aclimatar el grano incluso en las tierras del litoral… 11. De cada veinte hectáreas que se repartieron gratuitamente en Nueva San salvador (Santa Tecla) quince debían cultivarse obligatoriamente con café. Ley de la república. Administración del Presidente Rafael Campos. 1856. 12. “por lo demás aquí hay fincas admirables, cafetales cafetales sin término, cafetales desde la falda de la montaña hasta la cima. Lo que antes era detalle del paisaje, una milpa, un robledal, un cañaveral, la hortaliza, el frutal, el bosque, es ahora cafetal.” Alberto Masferrer
En la medida en que las fuerzas económicas representadas por el café ayudaban a quebrantar las viejas relaciones de producción,13 el interés económico de los cafetaleros coincidió históricamente con el interés del pueblo salvadoreño en su conjunto. Bajo la influencia de los nuevos cultivos el “mozo colono”, el siervo salvadoreño, se convirtió en un hombre relativamente libre, esto es, en el obrero agrícola o en el semiproletario que trabajan actualmente en las plantaciones, de café.
Esta transformación comportó un gran paso histórico en el progreso social y político del país, aun cuando en estas plantaciones sobrevivan todavía, a veces con toda su dureza feudal, algunos de los peores hábitos de trabajo de la vieja época. La economía de tipo latifundista (colonato) vino así a la decadencia, en tanto…que la economía basada en las nuevas relaciones de producción semifeudales que el café trajo consigo, se desarrolló impetuosamente, hasta convertirse en el eje de la economía nacional.
Fue así como el café pasó a dominar en la vida económica, social y política del país: los transportes ferroviarios y automotrices se concibieron y desarrollaron en función del café; la importación, la exportación (el 85%), la justicia, la cultura, el arte, la política, todo cayó bajo el dominio de la naciente Oligarquía cafetalera, cuyas decisiones, una vez que el poder del Estado estuvo en sus manos, debieron ser acatadas por todo el pueblo. El Ejército Nacional dejó de ser la institución tutelar de las viejas relaciones de producción patriarcales, y se convirtió en un instrumento en, manos de la Oligarquía listo a golpear a quienes contravinieran los designios de los nuevos amos de país.
Hoy día las relaciones de producción derivadas del café han envejecido y ya no sólo no corresponden a las exigencias del desarrollo de las nuevas fuerzas productivas (la industria), sino que se han convertido en una traba para ese desarrollo. El transporte ha crecido hasta un punto que ya no puede estar sujeto a las épocas de cosecha y exportación del grano; el país necesita fuentes de divisas para importar equipo y materias primas para su desarrollo industrial; se necesita elevar el standard de vida de millón y medio de salvadoreños que viven del trabajo en el campo, impulsar la producción de los pequeños agricultores, crear nuevas fuentes de trabajo y abaratar los costos de las subsistencias; se necesita una nueva justicia, nuevos ordenamientos legales, distintos de los que puso en vigor la Oligarquía, que correspondan a la nueva realidad económico-social del país. Pero, sobre todo, las fuerzas nuevas y progresistas que la Industria Nacional representa, requieren para su desarrollo que se liquide el atraso semifeudal en el campo y que se abra a la mayor brevedad posible el mercado interno que los bajos salarios estorban.
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Mientras las relaciones de producción derivadas del café impulsaron hacia adelante la democratización del país, mediante la liberación relativa del “mozo colono”, e hicieron posible un cierto grado de acumulación de capital, indispensable a todo desarrollo económico ulterior, el Estado, en manos de los cafetaleros, cumplió funciones políticas relativamente progresistas; mas, cuando dichas relaciones ya no sólo no impulsaron el desarrollo sino que, agotada su vitalidad, se convirtieron en lastre o estorbo para la marcha de las nuevas fuerzas productivas, el Estado, en manos de los cafetaleros, se convirtió necesariamente en un Estado reaccionario, antidemocrático y contrario al interés del progreso nacional.
Entre la Oligarquía Cafetalera, cuya fuente principal de ingresos es su propia política de bajos salarios, y la Industria Nacional, que necesita robustecer el mercado interno a través de una política de redistribución del ingreso nacional (elevación de los salarios y jornales), surgió así una contradicción que se agudizó con el transcurso del tiempo y que ha devenido en los últimos años en la causa total de la inestabilidad política en que vive actualmente nuestro país.
Su actitud ante el atraso semifeudal, su interés en levantar los niveles de ingreso de los trabajadores del campo y la actitud “proteccionista” que la Industria Nacional adopta frente a la concurrencia de la manufactura extranjera, es lo que da carácter progresista, democrático y nacionalista a la joven burguesía industrial salvadoreña.
La contradicción entre la decadente14 Oligarquía agraria y la burguesía industrial en ascenso es, pues, un hecho innegable, y resolver esa contradicción en función de los intereses de las mayorías del pueblo salvadoreño es la tarea más importante que tienen ante sí los ideólogos y los conductores políticos de las clases progresistas en El Salvador. 14. En 1950 el país produjo 69 millones de kilos de café exportable (cifras redondas) y desde esa fecha inclusive hasta 1956 el promedio anual de café exportable no sólo no pudo mejorar sino que cayó a 66 millones de kilos. Ensayo sobre la incidencia de la caficultura en algunos aspectos de la Economía Nacional. Instituto de estudios Económicos. Universidad Nacional de El salvador. 1958 (Cuadro 2) En contraste con esta situación de crisis en el monto de producción exportable, y bajo el impulso de una nueva política , se destaca el crecimiento industrial del país un ritmo de 7 por ciento anual, durante el mismo periodo 1950-56.
En 1950 el país produjo 69 millones de kilos de café exportable (cifras redondas); y desde esa fecha inclusive hasta 1956 el promedio anual de café exportable no sólo no pudo mejorar sino que cayó a 66 millones de kilos. Ensayo sobre la incidencia de la caficultura en algunos aspectos de la Economía Nacional. Instituto de Estudios Eco-nómicos. Universidad Nacional de El Salvador. 1958 (cuadro 2). En contraste con esta situación de crisis en el monto de producción exportable, y bajo el impulso de una nueva política, se destaca el crecimiento industrial del país a un ritmo de 7 por ciento anual, duran-te el mismo período 1950-56. “Este rápido aumento (dice el BIRF, obra citada, pág. 20) fue favorecido por los estímulos que el Gobierno ofreciera a los inversionistas, mediante la exención de impuestos, la protección a las nuevas industrias y mediante la, disponibilidad de energía eléctrica y mano de obra barata. La estabilidad y las sólidas normas seguidas en el campo fiscal y monetario, constituyeron un estímulo adicional para la inversión de capital salvadoreño y extranjero. Los bancos establecieron igual tratamiento crediticio para industriales y agricultores. A pesar de que el Banco Central restringió su política de crédito en abril de 1957, sus préstamos y redescuentos para fines industriales no han sido restringidos y las cargas en concepto de intereses son relativa-mente bajas.”
Capítulo IV
LA TEORÍA APLICADA A LA POLITICA EN EL SALVADOR

Origen del engaño político. —Falacia del “Oposicionismo” como táctica democrática. — ¿Qué es la política?—El análisis clasista como base de una certera política. “El fruto prohibido” de la Democracia Cafetalera.
EL DESCONOCIMIENTO de las fuerzas que determinan e impulsan el desarrollo histórico en El Salvador, ha impedido a las masas trabajadoras del país desplegar su acción política con todos los atributos de su poder, y las ha expuesto siempre a los mayores fracasos. Si el pueblo salvadoreño hubiese sido consciente del carácter y naturaleza de las leyes que presiden su proceso histórico, y del mecanismo de estas leyes, las posibilidades de fracaso se habrían reducido al mínimo. Alguien ha dicho que “los hombres han sido siempre y seguirán siendo en política víctimas del engaño de los demás y del propio, mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses económicos de tales o cuales clases”.1 Esta bella y poderosa observación bella por su formulación exacta y poderosa por su contenido revolucionario, nos ayuda en El Salvador a poner un poco de luz en el abismo de engaño en que ha vivido nuestro pueblo y a comprender la causa social y política de tal engaño. 1. Lenin, Obra Cit.
Cuando el pueblo salvadoreño intervino en política no lo hizo nunca con dominio consciente de las situaciones dadas, y es por ello que no se ha logrado aún imprimir a los acontecimientos históricos del país el sello de los intereses populares. Unas veces las acciones políticas de las masas se vieron estorbadas por el empirismo de sus dirigentes, o por la fuerza desmoralizante del terror policíaco del Estado Cafetalero, o bien por la influencia confusionista de las ideas que la Oligarquía ha puesto en circulación. En otras ocasiones las masas orientaron su acción política con la falsa brújula de las promesas demagógicas, sin conocer el contenido real de tales promesas, es decir, ignorando la función económica que dentro de la formación económico-social del país desempeñan los hombres, los grupos y las clases sociales que hacen estas o aquellas promesas.
De ahí que la razón de ser de la actividad política del hombre salvadoreño, haya sido siempre de un simplismo desesperante y conmovedor: la “oposición al gobierno”.
El razonamiento que sirve de base a este tipo de conducta política es claro y elemental. “El gobierno”, se dice, no hace nada por aliviar la miseria de las gentes, el pobre se hace cada día más pobre y el rico más rico, los salarios y jornales siguen tan bajos como antes mientras los precios de los artículos de consumo suben constantemente; el gobierno, se agrega, no sólo no castiga a los especuladores y agiotistas sino que muchos de sus funcionarios colaboran con ellos; el gobierno impide la organización de los trabajadores y persigue a sus dirigentes, y las leyes, cuando se aplican, es sólo cuando favorecen al rico, etc. De consiguiente se concluye, la única línea política correcta es la línea recta de oposición al gobierno. Y como esto que se dice en relación con la política en nuestro país es generalmente cierto, el razonamiento se hace persuasivo y la proposición táctica del oposicionismo aparece plenamente justificada.
Sin embargo nada hay tan avieso como un juicio elaborado en base de tan precaria apreciación de los hechos, y nada ha sido en El Salvador tan contrario a los intereses populares como la aplicación ciega y mecánica de la táctica de oposición.
Como cabe suponer, en nuestro país el pueblo nunca ha estado solo en el momento de elaborar su línea política oposicionista. Al contrario, ha tenido siempre buenos colaboradores a su lado, “bona fide” como los estudiantes universitarios, rentados, como los agentes políticos de la Oligarquía.
En el caso salvadoreño la participación estudiantil ha sido particularmente notable a lo largo de muchos años, durante los cuales el estudiantado universitario, a contrapelo de sus sentimientos progresistas y democráticos, ha prestado incalculables servicios a la reacción oligárquica cafetalera. La inmadurez política de los jóvenes y la falta de un análisis clasista de la política en El Salvador, los ha hecho siempre presa fácil del paralogismo oposicionista, y de ahí que, en ese vivero de rebeldías juveniles que es la Universidad, la política de oposición haya alcanzado los más altos y relumbrantes destellos, las más dignas y paradigmas actitudes románticas, a la par que las más duras y más irreparables derrotas.
El estado de ánimo de las masas, generalmente adverso a la política gubernamental, llega fácilmente al paroxismo oposicionista cuando es atizado por la fervorosa agitación estudiantil; y cuando no queda ya, en esta situación de psicosis colectiva, brizna alguna de ponderación o atildamiento político, cuando las pasiones andan sueltas y la situación política es toda como una mar convulsa, las fuerzas de la reacción oligárquica, políticamente bien organizadas y dirigidas, estén totalmente adentro o parcialmente fuera del gobierno, no tienen dificultad alguna para capitalizar en su favor la energía, el entusiasmo y el candor político del pueblo salvadoreño.
Preguntad después cuál fue el resultado de tan magnífico despliegue de entusiasmo político de las masas, y se os dirá que “el resultado es lo de menos” y que lo que vale es la dignidad del gesto… Sin embargo, el resultado es lo que más cuenta: el pueblo termina fatigado y dividido, más engañado y más confundido que antes y la reacción oligárquica más firme que nunca en el poder.
Desde luego es imposible afirmar que no hay sinceros sentimientos democráticos en las luchas de oposición. Al contrario, sinceridad es lo que abunda en ellas… de parte del pueblo. Nadie pone en duda, por otra parte, la sana intención de los estudiantes, pero nadie puede negar también que “la ingenuidad política puede hacer de un hombre honrado un demagogo, y los demagogos, ya lo sabemos, son los peores enemigos porque despiertan los malos instintos de la multitud, y les es imposible a las masas atrasadas reconocer a dichos enemigos, los cuales se presentan, a veces sinceramente, en calidad de amigos”.2 2. Lenin, Obra Cit.
La buena fe, por sincera que sea, no constituye una norma política y los sentimientos democráticos sirven de poco, por lo menos mientras no se les tiempla en la fragua del estudio clasista del proceso histórico en general y de las situaciones dadas las correlaciones de las fuerzas en la luchas de las clases, en particular. Sin tener conciencia de estas situaciones concretas y de la orientación general del proceso histórico, el “demócrata” salvadoreño estará expuesto a errar de tienda en tienda política, de partido en partido, sin encontrar el derrotero preciso de sus aspiraciones.
En El Salvador no se puede ser demócrata consciente si se desconoce, por ejemplo, la pugna sorda y disimulada por mil velos, pero real y potente, que sostienen entre sí, desde hace más de treinta años, el capitalismo agrario de exportación el café ya plenamente desarrollado, y el capitalismo industrial en vías de desarrollo.
El hombre salvadoreño debe conocer a fondo la dinámica de este proceso si es que alguna vez ha de comprender algo de lo que políticamente ocurre en torno suyo.
Nuestro pueblo no debe continuar en el limbo político en que ha vivido hasta hoy; ignorante de su destino y entregado ideológicamente indefenso a la voracidad y perfidia de sus enemigos. Es urgente que nuestro pueblo, comprenda que la política es, esencialmente, en nuestro país, el juego de los intereses económicos, afines o discrepantes, que acercan o separan a las distintas clases que componen la sociedad salvadoreña, proyectado al plano de poder del Estado. Es preciso explicar al pueblo que toda clase social, e incluso todo sector o grupo de los que constituyen una misma clase social, tiene invariablemente sus particulares y específicos intereses económicos, y que tales intereses pueden ser afines u hostiles a los intereses de otras clases o grupos, en grado y medida que varían según los cambios que se producen en las situaciones dadas. Es preciso explicarle, finalmente, que sólo a través del estudio analítico más acucioso del carácter y función de aquellos intereses y del grado de sus discrepancias o afinidades con los de otros grupos, es posible elaborar una línea política que, sin ser “la línea recta” de los oposicionistas sea sin embargo la línea política correcta de los intereses de las masas.
Si, para mejorar su particular situación económica, una clase social dada (hablamos de las clases y no de los individuos aislados), necesita que mejoren los salarios de los trabajadores, que se desarrolle la instrucción pública, que mejore la salud de las masas populares, aún cuando sea sólo con el fin egoísta de aumentar en ellas su capacidad de rendimiento en la producción; si esa clase necesita que los hombres y mujeres del pueblo puedan ir y venir libremente de un lado a otro, y si en su provecho estuviera el pleno ejercicio de la libertad política y de la independencia nacional, estaríamos entonces en presencia de una clase social revolucionaria o simplemente progresista, según, sean la capacidad y decisión que esta clase desempeñe en la conquista de sus objetivos.
Y a la inversa, si el interés económico de una clase social dada necesita para su desarrollo que se reduzcan los niveles de salarios y jornales, conculcar las libertades, mantener el analfabetismo y promover el fanatismo religioso, y, además, comprometer con sus negocios la independencia nacional, estaremos entonces, invariablemente, en presencia de una clase social económicamente parasitaria, enemiga del progreso y políticamente contraria al interés de la independencia nacional y la democracia.
El hombre salvadoreño en general, y especialmente el ciudadano demócrata, debe hacerse un concepto claro de la naturaleza económica y de la fisonomía política de las clases y los grupos que componen la sociedad salvadoreña: de los grandes, medianos y pequeños productores del café; de los grandes, medianos y pequeños propietarios de tierras cerealistas, y, por su orden, de los azucareros, los ganaderos, los algodoneros y henequeneros; de los grandes y pequeños arrendatarios, de los mozos colonos, de los artesanos, de los compradores y exportadores de café, de los empresarios industriales, de los obreros industriales y agrícolas, de los comerciantes, de los empleados particulares y funcionarios públicos, del doctor, del estudiante y del cura. Cada una de estas clases y grupos tienen su propio y particular interés económico y su conducta política se rige, más tarde o más temprano, por la brújula de aquel interés.
El pueblo salvadoreño y especialmente las masas trabajadoras y sus dirigentes deben saber, pues, orientarse a través de las frases y subterfugios, “declaraciones y proclamas”, con que cada una de estas agrupaciones trata de ocultar sus apetitos egoístas y de disimular su verdadera naturaleza económica.
Más concretamente, el hombre salvadoreño debe saber que la “industria” del café representó, en un momento dado de la historia del país, una fuerza económica nueva, liberadora, anti-feudal, positiva y congruente con las necesidades del progreso nacional; pero debe saber también que hoy día es ya una fuerza económica y social periclitada o declinante, sin posibilidades materiales de desarrollo y supeditada, por lo demás, a las fuerzas incontrolables e inestables del mercado exterior, generalmente extrañas y contrarias al interés del país.
El café cumplió, pues, en la historia de El Salvador un destino progresista, (y por eso es justa la veneración de la memoria de su pionero más ilustre, el general Gerardo Barrios), pero hoy día ya no tiene ninguno, y el porvenir de los salvadoreños no puede seguir hipotecado a la suerte de un producto sin destino.
El demócrata salvadoreño debe saber, además, que una fuerza económica nueva, nacida de la acumulación de capital que la economía cafetalera hizo posible, se ha manifestado ya, joven y vigorosa, y que, paulatina pero firmemente, ha sido desplazando de sus posiciones dirigentes, en la economía y en la política, a las viejas fuerzas del café. Nos referimos a la INDUSTRIA NACIONAL DE TRANSFORMACION.
El lento pero firme y progresivo avance de este nuevo sector de la economía nacional está indicando que las fuerzas de la Oligarquía Cafetalera, del mismo modo que las fuerzas eco-nómicas que le precedieron— las del añil, el bálsamo, la cochinilla, el cacao—, no constituyen un poder eterno y omnímodo y que, siguiendo el destino de estas últimas, llegará el momento en que serán superadas y desplazadas por las fuerzas del progreso.
En medio de la intrincada selva de intereses dispares de unas y otras clases y grupos es muy difícil orientarse, pero no podemos renunciar a ese esfuerzo porque no hay otra manera de salir a lo claro. Los dirigentes políticos y los ideólogos populares deben contribuir a fijar en todo momento, partiendo de esos intereses la posición y la conducta política de las diferentes clases, a fin de poder asegurar el triunfo de las fuerzas progresistas y la derrota de las fuerzas enemigas del progreso. Y, si los dirigentes no se aplican seriamente a esta tarea es que no son tales dirigentes, sino simples charlatanes, embaucadores, oportunistas y bribones, generalmente provocadores, aun cuando traten de disimular su bribonería con los más sutiles afeites del liberalismo o el izquierdismo.
Es posible que algunos críticos pongan en duda la firmeza de estos razonamientos y consideren que es débil y discutible la premisa que afirma que la oligarquía cafetalera constituye una fuerza reaccionaria, históricamente incompatible con el progreso democrático en El Salvador. Esta duda parecerá más justificada si se toma en cuenta que “el café es nuestro único producto importante (85%) de exportación”, “nuestra única fuente de divisas” para la compra de artículos que no se producen en el país. Sin embargo, quienes formulen esta objeción olvidarían que en nuestro país la historia del café como producto exportable es reciente, y que su característica de producto único de exportación no proviene de las necesidades de la sociedad salvadoreña, sino de una política cafetalera, unilateral y hegemónica, impuesta desde el Poder del Estado por los cafetaleros mismos.
Pero hay otro aspecto todavía más importante que también olvidan los que vacilan en adjudicar a la oligarquía cafetalera el calificativo de reaccionaria. Nos referimos al carácter actual de la producción del café en nuestro país, y del tratamiento del mismo como mercancía de exportación.
El estudio del proceso económico de esta mercancía es una aventura apasionante y reveladora, y para los salvadoreños especialmente, tal estudio tiene una importancia política de primer orden. Los dominios en que esta mercancía se cotiza son poderosos y, laberínticos, y en ellos, al igual que los de otros productos, como el petróleo y el acero, sólo que en más modesta escala; se conjugan las más diabólicas combinaciones bursátiles y financieras. Para descubrir estas combinaciones se requiere de equipo especial, mezcla de técnica, y audacia, que no siempre está al alcance del investigador. Mas para los limitados propósitos de esta exposición, es suficiente con asomarse al “ojo de la llave” para descubrir la naturaleza reaccionaria del papel que juega el café en la economía de los países latinoamericanos poco desarrollados, y especialmente en la economía de nuestro país.
En efecto, el café es una mercancía que no se vende en El Salvador, sino que está destinada, muy particularmente, al mercado norteamericano. De aquí que ni al productor ni al exportador le importa en absoluto si el pueblo salvadoreño tiene o no tiene dinero para comprarlo; para el productor y el exportador lo importante es que el consumidor norteamericano tenga altos ingresos, a fin de que pueda incluir en su presupuesto las mayores disponibilidades para compra y consumo de café. Por otra parte, la cuota más estable de los ingresos del cafetalero productor, proviene de la mayor intensidad con que pueda él explotar a los trabajadores en las plantaciones y beneficios, esto es, de la posibilidad de pagar salarios hasta donde es posible cada vez más bajos; y cómo esta posibilidad de los cafetaleros está en razón inversa de la capacidad de los trabajadores para luchar por el aumento de los salarios, los cafetaleros, utilizando el poder del Estado (para eso necesitan ellos del Estado), impiden por todos los medios la libertad de organización de los trabajadores en el campo.
Pero esto no es todo. Aún queda por verse que el interés de la mayor ganancia de los cafetaleros exige el pagar menos impuestos de exportación, menores impuestos sobre la renta, etc., todo lo cual se traduce en disminución de posibilidades del. Estado para impulsar el desarrollo económico nacional y para financiar los servicios públicos, hospitales, caminos, escuelas, etc. Y si a esto añadimos que la expansión del área de las plantaciones del café sigue robando espacio vital al cultivo de los cereales básicos de la dieta alimenticia del pueblo, y que las taras feudales y los bajos salarios y jornales que se pagan en las plantaciones, estorban el desarrollo del mercado interno que la industrialización del país necesita para sus productos, tendremos que el café, nuestra “única mercancía de exportación” es también la causa única de las desgracias pretéritas y actuales del pueblo, al mismo tiempo que una fuente de valores sociales y políticos que en el país cumplen un rol contrario a las necesidades del progreso. Esta sencilla verdad ha sido, hasta hoy, el fruto prohibido del paraíso cafetalero…
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Por todo lo expuesto se puede afirmar, primero, que la Oligarquía Cafetalera constituye actualmente el sector de la burguesía salvadoreña más reaccionario y más antinacional3, y segundo, que el desarrollo de la teoría política es una necesidad vital del desarrollo democrático en El Salvador. 3. A estas fuerzas aludía el actual presidente de la República, coronel José María Lemus, cuando escribió: “Esas fuerzas conjuradas para conspirar contra el actual orden de cosas (el orden industrializante surgido en 1948) no merecen otra definición que la de fuerzas reaccionarias, genuinas representativas de una mentalidad despótica y antinacional. Pensamiento Político. Pág. 75. El paréntesis es nuestro.
En efecto, la falta de cultura política en este país hace que la opinión pública en general (no la “Opinión Pública” entre comillas y en negrilla que fabrican todos los días los empresarios de la prensa oligárquica), y la opinión de las masas trabajadoras, en particular, se desorienten con facilidad en el enjuiciamiento del fenómeno político por falta de cultura política las masas no han aprendido a agruparse u organizarse políticamente en base, de los intereses económicos comunes; por falta de cultura política las masas se hacen caudillistas y para resolver sus problemas van en busca de “candidatos” que sean personas “cultas y de buenos sentimientos”; por falta de cultura política ignoran el origen económico-social del auge de la influencia religiosa en el país; por falta de cultura política estas masas defienden como propios intereses que les son ajenos, o apoyan sorpresivamente consignas como la de la “integración económica centroamericana”, recubierta hoy día con el manto del “unionismo” clásico, sin calibrar conscientemente los peligros inmediatos que de ella derivan. Y, finalmente, por falta de cultura política las masas se dejan arrastrar dócilmente por los caminos de la solución empírica de algunos de sus más inmediatos problemas urgentes pero subalternos, desoyendo el llamado profundo de la corriente fundamental del desarrollo histórico.
Poner en línea de consecuencia la lucha por el interés económico inmediato de las masas trabajadoras, con la lucha por los objetivos históricos finales del desarrollo democrático, he allí el papel revolucionario de la teoría política en los países atrasados como el nuestro.
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Antes de poner punto final a este capítulo debernos explicar, en unas cuantas palabras, la razón por la cual el campo de estudio de este Ensayo abarca únicamente el período de los últimos treinta años.
Está dicho que la ley que preside actualmente el desarrollo histórico en El Salvador es la contradicción que existe, desde hace algún tiempo, entre el capitalismo industrial— Industria Nacional de Transformación—, y el capitalismo agrario de exportación representado por el café4, y hemos afirmado también que esta contradicción se ha convertido ya en una lucha sin tregua por el control del poder del Estado. 4. Las luchas intestinas entre sectores de una misma clase no son nuevas en la historia. “En a antigua Roma la lucha de clases solo se ventilaba entre una minoría privilegiada- entre libres ricos y los libres pobres- mientras la gran masa de la población, los esclavos, formaban un pedestal puramente pasivo para aquellos luchadores.” C. Marx. Prólogo ala 11ª. Edición alemana del XVIII Brumario de Luis Bonaparte.
Cuando la industria salvadoreña de transformación cubría sus, primeras etapas y la producción del café alcanzaba ya un alto nivel de desarrollo, tal contradicción resultaba incipiente, débil, y por ese motivo no lograba todavía proyectarse en el plano de la lucha política. Cuando el capitalismo industrial comenzó a superar la etapa manufacturera y a sentir la necesidad de crearse un mercado interno, se hizo inevitable el choque de sus intereses con la política de bajos salarios de la Oligarquía Cafetalera, y la lucha por el control del poder del Estado, al hacerse inevitable y necesaria, se convirtió en la ley que habría de regir, por un cierto tiempo, el desarrollo de nuestro proceso histórico.
Este “cierto tiempo”, que abarca hasta hoy treinta años, aproximadamente, constituye el período histórico a que se refiere nuestro análisis. En el período precedente la contradicción y la ley fueron otras, como otras serán la contradicción y la ley en el período siguiente. Por tanto uno y otros períodos, el anterior y el que vendrá, quedan cronológicamente al margen de los limitados propósitos de este Ensayo.
Capítulo V
HACIA LA DEMOCRACIA POR LA INDUSTRIALIZACIÓN
Un documento sensacional: El Informe de los Técnicos de las Naciones Unidas (1951-53). Contenido económico – social, político y pedagógico del Informe. Fracaso de la Oligarquía Cafetalera como clase gobernante. Algunas responsabilidades históricas. Tareas que el Informe plantea a las fuerzas democráticas.
EN JULIO de 1951 el gobierno de El Salvador, de una parte y las Naciones Unidas, de otra, firmaron el acuerdo por el cual las Organizaciones Especializadas de la ONU, harían extensivos a nuestro país los beneficios del Programa de Ayuda Técnica en Materia de Desarrollo Económico y Social. Fue así cómo expertos de la ONU, especializados en Asistencia y Bienestar Social, Vivienda, Geología, Agrotécnica, Puertos, Economía Industrial, Finanzas, Comercio, etc., vinieron al país a estudiarlo en sus aspectos más fundamentales, no sólo para hacer inventario y balance de sus existencias reales, sino también para establecer científicamente las posibilidades de su más rápido y armónico desarrollo.
El trabajo de esta Misión fue recogido y condensado en el Informe del Jefe de la misma, doctor W. J. Fewerlein, y posteriormente publicado por el Ministerio de Economía con el título de Medidas Propuestas Para Fomentar el Desarrollo Económico de El Salvador.1 1. Revista de Economía, Ns. 13-56, tomo V, 1953
Por su contenido el Informe es un documento objetivo y trascendente y por su origen está protegido contra toda sospecha de malévola parcialidad. En él se hace un diagnóstico realista de los males que aquejan al país, se prevén males aún más graves que nos amenazan en el próximo futuro, y se señalan con claridad y responsabilidad los medios y métodos más racionales y expeditos para curarlos y prevenirlos.
En este Informe queda probado exhaustivamente que El Salvador es hoy día un país acogotado y extenuado por una crisis de progresiva gravedad, y que la economía cafetalera, base de la estructura económica nacional, pese a la situación privilegiada en que se ha desenvuelto últimamente, gracias a los precios casi providenciales del café en el mercado mundial, no responde a las grandes necesidades humanas del país, por dos razones: una porque la masa decisiva de la población salvadoreña, que vive y trabaja en las áreas rurales el 80% del total de los habitantes del país, no ha mejorado en nada sus condiciones de trabajo y de vida (remuneración, vivienda, ración alimenticia, desamparo legal, prohibición de la organización sindical, etc.), y otra, porque la política de los gobiernos cafetaleros, llevada a los peores extremos de imprevisión, recortó excesivamente las posibilidades materiales de la producción de alimentos básicos como el maíz, el arroz, el frijol, el maicillo, que constituye la dieta ordinaria de la población.
Los técnicos de las Naciones Unidas, hablando en términos generales de desarrollo afirman, por otra parte, que “la distribución desigual de los ingresos, y por consiguiente el bajo poder adquisitivo de la población”, plantea problemas tan agudos que, para resolverlos, “será necesario adoptar medidas para que la población rural (mozos colonos, obreros agrícolas, campesinos pobres, etc.), mejoren sus posibilidades de ganar mayores sumas de dinero a través de un cambio en la distribución de los recursos del país”. El paréntesis es nuestro.
El simple enunciado de esta proposición proyecta gran luz sobre el problema salvadoreño, pero los expertos de la ONU no se detuvieron allí, y cuando comprobaron en el curso de su investigación que el noventidos por ciento (92%) de los habitantes recibe en El Salvador solamente el cuarenta y ocho por ciento (48%) del Producto Nacional Bruto, mientras que el ocho por ciento restante toma sólo él más de la mitad de ese producto, no pudieron por menos que dejar constancia de su hallazgo con estas sugeridoras y definitivas palabras: “Esta disposición de los ingresos se encuentra estrechamente vinculada con la desproporcionada distribución de la tierra y con el sistema de no conceder a los trabajadores una porción adecuada de las ventas al exterior.”
Y cuando los expertos de la ONU establecieron, con la mayor precisión a su alcance, los índices demográficos del país – los más alto de América Continental- , y el ritmo acelerado de su crecimiento, así como también el grado de dependencia del país con respecto de la exportación de un solo producto el café y las limitadas reservas naturales disponibles, ellos llegaron a la conclusión de que es absolutamente indispensable para el país, primero, el desarrollo de “un vasto” programa de diversificación y tecnificación de la producción agrícola, segundo, “el desarrollo de la industrialización del país, etapa nueva que puede llegar a ser la solución básica de muchos problemas”, y tercero, la promoción del mercado interno mediante “la elevación de los salarios del grupo de la población que tiene ingresos más bajos”, esto es, de la inmensa masa de los salvadoreños que trabajan fundamentalmente en las plantaciones del café y en sus anexos industriales, los “beneficios” y el transporte.
Los técnicos de las Naciones Unidas afirman, pues, que El Salvador está en una encrucijada, y esa afirmación suya supone una alternativa: o se adoptan las medidas económico-sociales que los expertos de la ONU han propuesto, y la crisis del país se alivia, o las cosan continúan como antes, ¡como hasta hoy!, y la crisis no tiene solución posible. Este es el contenido económico-social del Informe.
¡MÁS ALTOS SALARIOS Y JORNALES EN LAS PLANTACIONES! He aquí una prueba de que el lenguaje técnico, académico en el más alto sentido, no es aquel que se eleva en espirales de abstracción por encima de las necesidades humanas de los pueblos, sino precisamente aquel que las consultas y las sirve. ¡MÁS ALTOS JORNALES Y SALARIOS EN LAS PLANTACIONES! ¿Quién habla este lenguaje tan fuera de uso en El Salvador? ¿Quién propone así, tan abiertamente, tan temerariamente, un reajuste general, popular, en la distribución de la Renta Nacional? ¿Quién promueve y con qué autoridad esa demanda básica del progreso democrático salvadoreño? ¿Quién propone heréticamente que se adopten medidas de desarrollo que necesariamente habrían de dañar los sagrados intereses de la ganancia de los cafetaleros? ¿Es que los comunistas, con “sus tortuosas tácticas” han levantado tribuna en la Revista del Ministerio de Economía para divulgar en ella sus vituperables “consignas” exóticas? ¿Acaso no son ellos los únicos que han sostenido que en El Salvador es ya un imperativo de la historia el darle contenido económico y social al cascarón vacío de nuestra “democracia”?
¡NO! Los que así se han expresado son los técnicos de las Naciones Unidas, y lo han hecho con la autoridad moral y científica de la Organización que representan. Y si por decir las mismas cosas que dicen ahora los expertos de la ONU, se ha difamado, encarcelado, asesinado, perseguido y deportado a miles de patriotas cuando la dictadura de la Oligarquía Cafetalera era omnipotente ¿no resulta de veras extraño y paradojal que el régimen político surgido en diciembre de 1948, haya tenido que pagar a gentes extrañas para que viniesen a decir que las víctimas tenían razón?
El lenguaje técnico de los expertos de la ONU -la alternativa económico-social por ellos propuesta- puede ser traducido fácilmente al lenguaje político, sólo que al hacerlo la disyuntiva debe formularse así: o el poder político del Estado está total o parcialmente en manos de la Oligarquía Cafetalera (el Trust), con todas las consecuencias reaccionarias que tal situación trae consigo, y el problema nacional se agrava, o este poder político pasa a manos de las clases y sectores sociales interesados en el desarrollo industrial del país, con todas las consecuencias progresistas y democráticas que este cambio supone. Este es el contenido político del Informe.4
Desde luego, sería absurdo e incluso de mala fe pensar que la pugna política por el control del poder político está planteada, en El Salvador, en términos de capitalismo contra socialismo o comunismo. En nuestro país el conflicto está planteado en términos de lucha entre la “Democracia” Cafetalera, agraria, oligárquica y feudal, contra la Democracia Industrial, capitalista, o democracia sin adjetivos, propiamente dicha. Más aún, en El Salvador no puede haber democratización alguna si ella no se asienta firmemente en la premisa económica del desarrollo industrial, lo cual equivale a decir que nuestra democracia será en todo caso la expresión política de nuestra industrialización. La historia americana está llena de ejemplos que prueban abundantemente que la democracia que no logra asideros en la industria, que no ha vencido políticamente a las oligarquías productoras y exportadoras de materias primas, y cuya economía vegeta: entre una industria manufacturera o artesanal y una agricultura feudalizada (Argentina, Colombia, Guatemala, Venezuela, Cuba, etc.), estará siempre amenazada en su estabilidad por los embates contrarrevolucionarios de las oligarquías agrarias y de su poderoso aliado el imperialismo norte-americano.
Mas, como la Democracia Burguesa no plantea ningún cambio profundo en la estructura económica de la sociedad, resulta que en nuestro país no está en juego la propiedad privada en general, ni la propiedad privada de las fincas de café en particular, sino únicamente la utilización del poder del Estado bien al servicio de la Oligarquía Cafetalera y del imperialismo, contra los intereses de la República, o bien al servicio del desarrollo industrial independiente del país en favor de los intereses de la democracia.
Si al cabo de esta lucha el poder político llegase a quedar en manos de los cafetaleros, éstos seguirían utilizando al Estado, como es natural y tradicional, contra todo propósito de elevar los salarios y jornales de los trabajadores en sus plantaciones, y contra toda clase de libertades y derechos del pueblo. En cambio, si las fuerzas progresistas, apoyándose en las demandas de la industria y del pueblo, logran controlar adecuadamente el poder, lo natural sería que lo empleasen en la promoción de nuevas relaciones de producción, a través de una política de aumento de la capacidad de compra del mercado interno, y mediante la liquidación más completa de los densos residuos de semiservidumbre, que agobian la existencia de las masas trabajadoras en el campo y de la elevación de los salarios y jornales de los trabajadores de las plantaciones.
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Volviendo al Informe de los Técnicos de las Naciones Unidas, cuyas derivaciones políticas hemos bosquejado ligeramente, debe anotarse, además, que en él no se plantea el problema económico-social de El Salvador en términos de ninguna clase de planes asistenciales o de beneficencia, tan del agrado de los ideólogos y “filántropos” de la Oligarquía. Ellos abordan el problema en sus aspectos económicos fundamentales, en el entendido de que los problemas de la historia salvadoreña reclaman soluciones históricas y no purgantes para las lombrices ni quininas para “las calenturas”….
Antes de que se diese publicidad al Informe de los expertos de la ONU, toda la actividad política en este país tuvo que ser necesariamente empírica, anticientífica, demagógica. Ni siquiera los sectores políticos más avanzados estuvieron antes de entonces en condiciones de elaborar científicamente sus programas ni su táctica, aun cuando no ignorasen, en tesis general, ni el carácter ni la mecánica de las fuerzas que impulsan el desarrollo histórico, ya que en el país se carecía en absoluto de las premisas técnicas necesarias para hacer de la política una actividad científica.
La escasa y dispersa información estadística de que podía disponerse, nunca antes fue sometida a un trabajo de sistematización como el llevado a cabo por los expertos de la ONU, de modo que nadie podía estar en posibilidad de señalar, con precisión y responsabilidad, el grado de madurez y gravedad de los problemas nacionales, esto es, de los problemas que afectan los niveles de existencia de las grandes masas de la población, y nadie podía, en consecuencia, elaborar una línea política correcta para resolverlos. En tales circunstancias la actividad política no podía pasar de ser una actividad peligrosa para los hombres de buena fe, o un mero entretenimiento de los demagogos y truhanes de la Oligarquía.
Antes de conocerse el Informe de los técnicos de la ONU, los “partidos políticos”, formulaban sus programas con las promesas o simples preconceptos doctrinarios de sus dirigentes sobre la realidad salvadoreña, realidad que les era totalmente desconocida porque faltaba la información estratigráfica, la radiografía, de esa realidad. Hoy día esa información existe y una vez que el pueblo llegue a conocerla y comprenderla, ya no será posible que sus políticos le hablen otro lenguaje que no sea el de los verdaderos y cardinales intereses del pueblo.
La publicación del Informe marca, pues, el momento en que la política en El Salvador rompe su cascarón casuístico, se libera del empirismo y pasa a convertirse en una ciencia, en la ciencia más importante para el país en la actualidad. Este es el contenido pedagógico del Informe.
Los políticos tradicionalistas, los viejos y los jóvenes, ya no podrán ignorar el drama económico-social del país, ni engolar la voz en ridículas arengas de falso desinterés y patriotismo, de espíritu progresista y de “amor al pueblo”; ya no podrán ignorar el hambre de los salvadoreños ni la naturaleza y el carácter verdaderos de la injusticia reinante. Para ser escuchados por las masas, estos políticos tendrán que señalar abiertamente a la Oligarquía Cafetalera como el factor principal del hambre y la injusticia, y proclamar, como lo han hecho los expertos de la ONU, que el progreso del pueblo es incompatible con la distribución actual de la Renta Nacional y con la semiesclavitud en que viven los trabajadores del campo.
En la nueva situación se impone una nueva conducta y un nuevo estilo al dirigente político. En lo sucesivo los problemas del país tendrán que ser abordados por lo menos en los mismos términos de objetividad con que fueron planteados por los expertos de las Naciones Unidas, y las soluciones que se propongan habrán de coincidir, por lo menos, con las que éstos han recomendado. El engaño de las masas podrá ciertamente prolongarse por más tiempo aún, pero ello será posible sólo a condición de que tales masas sigan ignorando el contenido del Informe.
Algunas Responsabilidades Históricas. Por la proyección democrática que tiene este documento el Informe bien pudiera pensarse que sus argumentaciones y conclusiones son ya conocidas de la generalidad de los salvadoreños, o cuando menos de los círculos intelectuales a los que se supone ligados al estudio de los problemas del país. Sin embargo, no es así. Fuera de un texto a mimeógrafo, “confidencial”, del Ministerio de Economía, y del capítulo correspondiente de la Revista de Economía del propio Ministerio, que por su carácter y volumen es impropia para fines de vulgarización, no se ha desarrollado en el país ninguna otra actividad en favor de la divulgación del Informe.
Pese a la importancia de primer orden de este documento el pueblo salvadoreño no conoce aún su contenido y ni siquiera ha tomado nota de su existencia. Nadie en el país se ha preocupado por divulgarlo y mucho menos por comentarlo o discutirlo públicamente para indagar si lo que en él se afirma es verdad o mentira, o para establecer siquiera si la calidad del trabajo encomendado a la Misión de la ONU justifica el gasto que se hizo para financiarlo.
Los intelectuales salvadoreños lo han ignorado en absoluto, y la misma prensa diaria, que con frecuencia se auto llama “expresión de la Opinión Pública y defensora de sus intereses”, esta vez, como otras muchas en que se hizo necesario dar a conocer al pueblo lo más elemental y cotidiano de su realidad económica y social, ha mostrado una indiferencia tal que una miaja de malicia bastaría para identificarla como una conspiración de silencio, deliberadamente concebida y calculada, para impedir que el contenido del Informe trascienda a las masas de la población.
¿Hay alguna razón que justifique sospecha tan grave, que tan directamente mancilla la dignidad de la prensa salvadoreña? Veamos desde hace treinta años, o más, el café es en El Salvador el producto más importante de la Economía Nacional, y la vida entera del país está impregnada de esa realidad. Los ingresos de las empresas comerciales la prensa entre ellas provienen directa o indirectamente de las fuentes del Trust cafetalero, en torno de las cuales gira el mayor volumen del tráfico nacional, y los gobiernos oligárquicos que el país ha sufrido en este período no han tenido otra tarea, ni han conocido otra preocupación que la de servir incondicional y excluyentemente los intereses de la Oligarquía Cafetalera.
Ahora bien, estos gobiernos ¿No contaron siempre con la colaboración de la prensa diaria del país para confundir a la opinión pública, dando rango de interés nacional a lo que era sólo interés de la Oligarquía? ¿Acaso no es verdad que una de las entretenciones predilectas de esta prensa ha consistido en calumniar a los demócratas opositores de la Oligarquía y en desnaturalizar uno a uno los propósitos de mejoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores?5
Pues bien, el Informe de los expertos de la ONU, sin ellos proponérselo y sólo en razón de su objetividad, proclama el fracaso de la Oligarquía Cafetalera como clase gobernante, pone de relieve la naturaleza antiprogresista de las relaciones de producción en que se asienta su privilegio y su poder, y de paso, entre líneas, el Informe deja en situación harto comprometida a las personas, grupos, instituciones y empresas la prensa entre ellas, que han colaborado con los gobiernos cafetaleros para llevar al país a su actual desastre económico y al atolladero político a los que fatalmente habría de arrastrarlo una política económica la de la Oligarquía, monstruosamente unilateral y antidemocrática. Consciente de su culpabilidad, la prensa salvadoreña ha eludido el tema del Informe, como el ladrón huye del sitio en que cometió el crimen.
Esta y no otra es la razón del sello de silencio que la prensa, y con ella toda la intelectualidad cafetalera, abogados, publicistas, literatos, políticos, han puesto sobre las páginas del Informe de los expertos de la ONU.
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De todo lo dicho arriba se desprende que una de las tareas principales de los sectores democráticos y progresistas del país, ha de consistir en divulgar y desarrollar hasta sus últimas consecuencias democráticas las consideraciones y conclusiones del Informe, a fin de ganar el apoyo consciente de las masas en favor de la industrialización del país.
Más de trescientos mil obreros agrícolas y jornaleros de las plantaciones cafetaleras, azucareras, algodoneras, henequeneras, necesitan elevar el nivel actual de sus salarios; decenas de miles de pequeños propietarios agrícolas necesitan asistencia técnica y crédito para promover la producción y el mejoramiento de sus ingresos; decenas de miles de mozos colonos necesitan todavía romper la coyunda de la explotación semifeudal a que se hallan sometidos; miles de pequeños, minúsculos comerciantes, necesitan ampliar sus negocios, y, finalmente, decenas de miles de obreros de la industria urbana necesitan con la mayor urgencia elevar sus actuales niveles de salario. Todo el pueblo debe comprender que la industrialización es el único camino de que se dispone históricamente para dar satisfacción a las demandas básicas de la nación salvadoreña (progreso social y económico, libertad e independencia) y que la democracia con que el pueblo sueña sólo será realizable en la medida en que hagamos caminar al país por la vía de la industrialización.
Por su parte, los industriales mismos deben comprender que la lucha por la industrialización es fundamentalmente una lucha política y que el éxito final de tamaña empresa sólo estará asegurado el día en que el poder político esté firmemente asegurado en las manos de las clases y sectores sociales interesados en el progreso del país.
Todas las demandas vitales del pueblo salvadoreño concurren a forzar la creación de un mercado interno capaz de satisfacer las necesidades de la industrialización del país, hacia la sustitución de las viejas relaciones de producción semifeudales, por otras nuevas, capitalistas, más en consonancia con las exigencias del progreso nacional, y hacia la diversificación del mercado internacional para sus productos de exportación, con el fin de romper las ataduras que supeditan la economía del país al mercado norteamericano y que lo hacen políticamente vasallo de los Estados Unidos.
Capítulo VI
QUIÉN HACE Y CÓMO SE HACE LA HISTORIA EN EL SALVADOR
El pueblo y sus dirigentes-Consecuencias políticas de la crisis mundial de 1929-la Insurrección campesina de 1932 abanderada de progreso histórico-La “dictadura” como necesidad histórica de la Oligarquía- Primera derrota de la dictadura (abril y mayo de 1944) –El “romerismo”. Restauración de la dictadura. Segunda derrota de la Oligarquía (14 de diciembre de 1948). Perspectivas
LOS PUEBLOS hacen su historia, es cierto, pero casi nunca saben cómo se hace. El saberlo ha sido privilegio de pequeñas minorías de las clases dominantes, que ponen al servicio de sus intereses de clase la actividad política inconsciente de las masas. Las masas caminan conducidas por aquellas minorías sin saber si sus conductores son revolucionarios o reaccionarios, si son progresistas o retrógrados; su incapacidad para comprender el proceso histórico no les permite ver hacia dónde ni por dónde caminan, y de ahí que los resultados de su actividad política sean por regla general contrarios a sus intereses.
Para evitar o reducir al mínimo estos desengaños es preciso que los dirigentes populares aprendan a deslindar, en cada momento y en cada situación dados, los campos de lo viejo y lo nuevo, de “lo vital y lo caduco”, de lo progresivo y lo reaccionario, ya que sin adquirir conciencia de estos problemas, ni las masas ni sus dirigentes estarán nunca en situación de influir provechosamente en la dirección y velocidad del proceso histórico.
Se comprende que la posibilidad de influir en el desarrollo de este proceso no depende exclusiva ni esencialmente de la voluntad de los individuos. Estos, cuando aparecen en escena, tienen ya su escenario, esto es, un marco de circunstancias heredado de las generaciones precedentes, dentro del cual deben actuar, un cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas, una cierta cultura y un nivel determinado de conciencia política de las masas; en una palabra, ya tienen un modo de existir fijado de antemano. De aquí que para influir provechosamente en la orientación y ritmo del desarrollo histórico, en un momento dado, los individuos, las masas y sus dirigentes, deben partir de su particular legado histórico, es decir, del nivel de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas, del carácter de las relaciones de producción existentes, del modo de existir de cada pueblo, del grado de organización de las masas populares y de su capacidad para comprender, en ese momento, cuáles son y hacia dónde apuntan sus intereses históricos cardinales.
Ahora bien ¿Cuál es en El Salvador nuestro escenario? ¿Cuál es la herencia recibida de las generaciones pasadas y el modo de existir de nuestro pueblo, en lo económico, en lo social y en lo político? ¿Cuál ha de ser nuestro punto de partida para comprender la situación actual e influir en la dirección de las luchas históricas del futuro?
Ya en otra ocasión hemos dicho que la situación actual en El Salvador se caracteriza, fundamentalmente, por la pugna que de modo natural existe entre las relaciones de producción modernas del capitalismo industrial en auge, y las fuerzas del capitalismo agrario en decadencia, representadas por el Trust del café. Esta situación analizada con algún detalle en el capítulo II, es el escenario en que nos toca actuar. La pugna de que hablamos no es reciente, comenzó hace un poco más de treinta años, y es obvio que, al principio, fue difícil adquirir conciencia de la naturaleza y aún de la existencia misma de esta lucha, porque ella no había alcanzado aún la virulencia ni la violencia que la han caracterizado en los últimos tiempos.
Para preservar sus privilegios e intereses, la Oligarquía Cafetalera se atrincheró oportunamente en el poder político del Estado, y se organizó como clase dominante en una poderosa “Asociación Cafetalera” investida de poderes estatales, desde cuyas oficinas fueron dirigidas, a partir de entonces, todas las instancias de la política gubernamental, que en lo sucesivo quedó identificada y confundida con la política de la Asociación Cafetalera. Si los salarios bajos eran requisito importante de la ganancia de los cafetaleros, la política estatal-cafetalera consistía en impedir por todos los medios legales, policíacos, administrativos, el alza de los salarios; si la rebaja de los impuestos de exportación del café era otro requisito de la ganancia, la política se orientaba hacia la baja de los impuestos respectivos; si el despojo de los pequeños y medianos productores agrícolas era otra exigencia de la ganancia, el Estado Cafetalero autorizaba una política crediticia de extorsión al pequeño productor; si las grandes cafetaleros necesitaban créditos y luego moratorias, el Estado entregaba a la Oligarquía el control de la banca y ésta resolvía satisfactoriamente esos problemas; si los trabajadores agrícolas y trabajadores en general intentaban asociarse para luchar por sus demandas económicas, la Democracia Cafetalera respondía invariablemente con una política de terror y dispersión de los trabajadores; si la Oligarquía consideraba necesario adormecer y domesticar espiritualmente el descontento y la combatividad de los trabajadores, la política consistía en importar y producir clérigos, en fundar escuelas confesionales y dar toda clase de preeminencias a la Iglesia Católica hasta, convertirla por el desván en un nuevo y efectivo poder del Estado. Y si los empresarios de la industria manufacturera, obligados a vegetar ante un mercado interno empobrecido, y los trabajadores de las plantaciones se quejaban de la situación, la política de la Oligarquía consistía entonces en provocar a las masas, empujándolas a la acción directa, como en enero de 1932 y en levantar el fantasma del “comunismo”, consagrado desde entonces como recurso y justificación supremos de toda política reaccionaria en el país.
Desde 1932 la Democracia Cafetalera ha mantenido a El Salvador bajo “el miedo constante a los espantos de la anarquía roja”, y bajo el signo de ese temor no sólo pudo asegurar para sí por muchos años el ejercicio despótico del poder, sino también desnaturalizar la esencia de la democracia como sistema de gobierno y justificar los más grandes crímenes contra la voluntad del pueblo.
Desde aquella época “la lucha contra el comunismo” es la lápida que oculta la carroña de la República Liberal, y mal disimula los rasgos de la Democracia Cafetalera.
Desde luego, la Oligarquía Cafetalera no ha dicho nunca que se opone al desarrollo de la industria, porque eso equivaldría a mostrar; traicionándose a sí misma, las cartas secretas de su juego político; le ha bastado con bloquear el mejoramiento de las condiciones del mercado interno, a través de una política de bajos salarios, para que la industria resultara a la postre totalmente paralizada.
Esta política, cínica y cautelosa a la vez, se hizo más negativa y reaccionaria en los años que siguieron a la aparición de la crisis mundial de 1929, la cual provocó la depreciación del café en los mercados extranjeros. El Trust del café, apoyándose en los latifundistas, que viven de la explotación del mozo colono y de las altas rentas de la tierra, no encontró medio más apropiado para apuntalar un poco sus ganancias, que descargar sobre los obreros agrícolas y los pequeños productores todo el peso de la crisis. Los salarios y jornales fueran reducidos a límites increíbles, el paro forzoso se generalizó, los campesinos emigraron de sus lares y comenzaron a errar por los caminos en todas direcciones en inútil busca de oportunidades de trabajo. La desocupación en masa en la ciudad y en el campo, dio todavía a los cafetaleros nuevas oportunidades de acentuar la explotación reduciendo más y más los niveles del salario.
Hasta el momento de producirse la crisis la Oligarquía no tuvo dificultades para jugar desaprensivamente a la Democracia (administración Romero Bosque); sus negocios eran prósperos y la situación creaba un relativo margen de libertad política. Mas, cuando los intereses económicos de la Oligarquía comenzaron a zozobrar en la marejada de la crisis mundial, saltaron en pedazos todos los equívocos y eufemismos, y las clases sociales, cada una por su lado, mostraron su verdadera e inconfundible fisonomía política. Las fuerzas económicas del café habían agotado su impulso progresista y los azares del mercado mundial las empujaban cada vez más a un abismo de reacción .y decadencia. La economía cafetalera era fuerte sólo en apariencia y al primer impacto de la crisis se cuarteó totalmente, poniendo de relieve no sólo su debilidad interna sino también la dependencia real del país con respecto del mercado norteamericano y exponiendo a toda la nación a los peligros del hambre y la anarquía.
La imprevisión de la Oligarquía cafetalera, como clase dominante, había bloqueado el desarrollo de nuevas fuentes de riqueza en la agricultura y la industria, y el café apareció de pronto como una muralla infranqueable ante las necesidades cada vez más apremiantes de la nación salvadoreña.
Las fuerzas sociales y políticas del café se alzaron entonces como un gran obstáculo ante el progreso general del país, e inmediatamente entraron en pugna con el bienestar de todo el pueblo, y con el precario régimen de libertad de la nación salvadoreña.
La dictadura política apareció, así, como una necesidad histórica de la Oligarquía cafetalera. Desde aquel momento la vida política salvadoreña ha sido una sucesión ininterrumpida de asesinatos personales y en masa, de atropellos, arbitrariedades y persecuciones de toda especie, sin que por largos años apareciera un solo periódico, una sola organización democrática, un solo partido democrático, que asumieran la tarea de esclarecer los problemas del país y de denunciar y combatir los crímenes de la dictadura. Contra esa situación y contra esa política comenzaron a luchar, sin organización, sin aliados, sin dirigentes, los campesinos arruinados y los obreros agrícolas, que eran los que más sufrían las consecuencias de la crisis.
INSURRECCIÓN CAMPESINA DE 1932
A fines de 1931, la protesta incipiente y espontánea de los trabajadores del campo se había convertido ya, a través de acciones aisladas en el Occidente del país, la zona cafetalera por excelencia, en un movimiento huelguístico de impulso y proporción desconocidos. El gobierno del señor Arturo Araujo, sorprendido por la crisis en plena francachela “democrática”, no “estaba preparado” para contener la ola de creciente anarquía y vacilaba, ante la envergadura del movimiento de masas, entre la represión abierta y la aplicación de medidas de carácter legal y demagógico. Las acciones de masas arreciaron envolviendo a decenas de miles de trabajadores, que pasaban insensiblemente de sus demandas de carácter económico a acciones políticas directas.
Los cafetaleros estaban alarmados y no se sentían seguros con la política vacilante del gobierno, de manera que pronto se orientaron hacia la sustitución de Araujo por un presidente más enérgico. El “hombre” que la Oligarquía Cafetalera necesitaba en el gobierno tenía que ser un ente sin escrúpulos políticos de ninguna especie. El general Maximiliano Hernández Martínez respondía a esa y a otras exigencias, ya que por su ubicación constitucional dentro del gobierno era entonces vicepresidente de la República, estaba en condiciones de asumir el mando en la primera oportunidad. Se preparó un golpe de Estado ad-hoc, dirigido desde la Embajada Norteamericana; Araujo salió del país y Hernández Martínez fue formalmente encarcelado con el fin de diluir toda sospecha sobre su participación en la felonía. De la cárcel pasó “legalmente” a la Presidencia de la República en diciembre de 1931. Desde ese momento Hernández Martínez se entregó con increíble tesón a preparar la maquinaria represiva del Estado Policía, Guardia Nacional, Ejército, jueces, Estado de Sitio, etc. con irreductible determinación de aplastar a sangre y fuego el movimiento de las masas campesinas.
El Partido Comunista, que en El Salvador estaba constituido apenas por un pequeño grupo de hombres abnegados, pero ideológica y políticamente débiles, hizo esfuerzos sobre-humanos para ponerse al frente del movimiento popular y encauzar en alguna forma al descontento de las masas. Pero fracasó en su intento. La insurrección, hábilmente provocada por el gobierno, que se negó a reconocer el triunfo de los trabajadores en unas elecciones municipales, estalló en varios departamentos el 22 de enero de 1932. La masa insurreccional arrasó literalmente toda posibilidad de ser dirigida, explayándose en amplias y caóticas acciones semiarmadas que fueron rápida y sangrientamente barridas y aplastadas por las fuerzas del gobierno.
Esta insurrección campesina, que por la vía más radical exigía cambios en la situación de abyecta miseria en que se debatía el pueblo, coincidía históricamente con los intereses de la naciente burguesía industrial salvadoreña, por cuanto el esfuerzo insurreccional, cualquiera que fuese su manifestación externa, al demandar el mejoramiento de las condiciones de vida de centenares de miles de trabajadores del campo mejores salarios y jornales, “repartos de tierras”, etc., no podía desembocar en otra parte que no fuera el fortalecimiento del mercado interno para los productos de la industria nacional.
De aquí se infiere que esta insurrección no sólo no fue, en el fondo, un movimiento contra el capitalismo, sino más bien un aliado suyo, ya que, por primera vez en la historia del país, se intentaba una acción de tal envergadura para promover, no importa si inconscientemente, el desarrollo más rápido y en gran escala del capitalismo salvadoreño.
Pero las fuerzas de la industria eran en aquella época muy débiles económica y políticamente, y sus dirigentes no estaban en aptitud de percibir ni de comprender el profundo contenido económico-social de aquel Movimiento, y por tal motivo, no sólo no colaboraron con los campesinos en armas, sino que aturdidas por la tremenda explosión revolucionaria huyeron torpemente a protegerse ( ?) bajo el toldo de la política reaccionaria de sus enemigos los cafetaleros. Esta capitulación de los industriales consolidó el poder político en manos de los cafetaleros a través de la dictadura del general Hernández Martínez, quien en los primeros meses de su primera administración (la dictadura duró 13 años) ya pudo dar sin resistencias de ninguna especie la siguiente reveladora ley:
“Artículo 1º: Se establece la defensa del café como medida de utilidad pública y por tanto, se declara bajo la protección y salvaguardia del Estado, el cultivo, la producción, el beneficio y la venta del café.”
“Artículo 2: Para los efectos expresados en el artículo anterior se crea una Comisión que se denominará. Oficialmente ‘Comisión de Defensa del Café Salvadoreño’, o C.D.C.S.”
“Artículo 3º: Se encomienda a la Asociación Cafetalera las funciones de la Comisión de Defensa del Café Salvadoreño.”
Desde este momento la Asociación Cafetalera de El Salvador y el Estado Salvadoreño vinieron a ser dos entidades totalmente consubstanciadas, cuya preocupación solidaria y única consistiría en mantener a flote, contra viento y marea, los intereses económicos de la Oligarquía.
Esta situación paralizó por muchos años el progreso social, económico, político e intelectual del pueblo salvadoreño. Por su parte, los dirigentes del campo insurreccional tampoco dieron muestras de haber comprendido la situación, tanto más difícil de entender cuanto que en aquella época la falta de madurez de las relaciones capitalistas en El Salvador, no permitían disponer siquiera de un inventario aproximado de la realidad económica del país, ni mucho menos de un esquema de la disposición de las diversas clases sociales en el marco de la economía nacional. Por este motivo la lucha de los trabajadores, fue burda e infantilmente planteada en términos de “Revolución Proletaria”, cuando no en términos de “teoría del reparto”.
El izquierdismo delirante de los dirigentes no permitió a éstos reparar en las características especiales de la fisonomía precapitalista de la economía salvadoreña, ni en la debilidad ideológica y organizativa del proletariado, ni darse cuenta de la existencia de fuerzas sociales nuevas, las de la industria, que por su íntima naturaleza estaban llamadas a ser contrarias, por largo tiempo, a las viejas fuerzas sociales del café.
Como consecuencia de esta incomprensión, los dirigentes políticos de los trabajadores no se plantearon nunca el problema de las alianzas políticas con otras clases, con las cuales era objetivamente posible fortalecer cualitativa y cuantitativamente la lucha de los trabajadores.
Hablando en nombre del proletariado aquellos dirigentes tenían, sin embargo, una concepción estrechamente campesina de la lucha. Su confianza no estaba depositada en los obreros de la incipiente industria manufacturera y agrícola; la suya no era conciencia revolucionaria sino fe, un tanto mesiánica, en caciques indígenas de vieja raíz y fuerte ascendiente en las grandes masas de campesinos empobrecidos, de jornaleros y de mozos colonos. La existencia del proletariado en cuyo nombre hablaban era una simple ilusión en la cabeza de aquellos dirigentes. Esta ilusión los condujo a tomar como fuerza del proletariado lo que sólo era masa campesina soliviantada por la miseria, y a subestimar, de un lado, la política de provocación de la Oligarquía Cafetalera, y de otro, la fuerza de su poder de represión. Desarmada política e ideológicamente la insurrección campesina de 1932 sólo podía marchar al fracaso y fue al fracaso.
Pese a sus grandes debilidades y errores el movimiento insurreccional campesino de 1932, fue la primera gran demostración de que el pueblo salvadoreño había comenzado a ser el protagonista de su propia historia, la cual, en rigor, desde entonces, ya no podrá llamarse propiamente historia si el pueblo en primera línea no sube como actor principal al escenario de los acontecimientos.
Considerando históricamente el problema es posible afirmar que la derrota de 1932, aun cuando hayan sido más de veinte mil los campesinos muertos, no lo fue tanto de los trabajadores como de las fuerzas nuevas, estas, por falta de desarrollo, de las fuerzas sociales de la industria naciente, a la altura de la combatividad y heroísmo de sus más grandes aliados naturales en su época de crecimiento: las masas trabajadoras del campo.
Lo dicho anteriormente nos lleva a las siguientes conclusiones:
1º) La Insurrección Campesina de 1932 marcó el momento en que la Oligarquía Cafetalera, obligada por la caída de los precios del café, abandonó sus limitadas posibilidades democrático-burguesas, y pasó resueltamente a la dictadura como forma política única capaz de contener la indignación de las masas populares;
2º) La inconsecuencia de los industriales hizo posible la derrota de las fuerzas democráticas y el afianzamiento de la Oligarquía Cafetalera en el poder.
Como consecuencia de esa derrota la industria se vio obligada a vegetar por largos años bajo la campana al vacío de la dictadura martinista de los cafetaleros.
AUGE DEL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO Y DEMOCRÁTICO
Pero las fuerzas productivas no mueren, se desarrollan siempre, a pesar de todos los contratiempos. Es así como diez años más tarde, en 1941, comenzaron a aparecer signos inequívocos de descontento en los círculos industriales y comerciales, y a traducirse en movimientos políticos de carácter subversivo. Era éste el momento en que las fuerzas sociales de la industria comenzaban a separarse del frente reaccionario, a aislarse de sus aliados contra-natura: los cafetaleros. Sin embargo; no fue posible sino en 1944 ver con alguna claridad que la burguesía industrial y comercial aspiraba a una organización política independiente, y a la conquista del poder político para sus propios fines. En abril y mayo de ese año los sectores del capitalismo industrial, aprovechando la coyuntura histórico – universal de la lucha de los pueblo contra el fascismo y por la democracia, irrumpieron en el plano de la lucha abierta contra la dictadura de Hernández Martínez.
Los industriales, los comerciantes, los obreros de la ciudad, los estudiantes, e incluso muchos militares en servicio activo, dieron su apoyo a la subversión y la dictadura martinista de los cafetaleros se vino abajo. Este gran movimiento popular de abril y mayo de 1944 es el que se conoce con el nombre de “movimiento romerista” porque su caudillo más visible era el doctor Arturo Romero.
En ese “momento estelar” de las luchas democráticas en El Salvador, se vio a todo el pueblo obrero, campesinos, clase media firmemente unido a la burguesía industrial, mas no como producto de un acto político deliberado, no porque se comprendiera el papel histórico progresista de las nuevas fuerzas productivas, ni menos como resultado de la acción política, consciente y sistemática de un partido democrático, sino más bien como resultado de una reacción natural y espontánea del pueblo contra los crímenes y desafueros de la dictadura.
En esta ocasión los dirigentes políticos populares tampoco revelaron a las masas la esencia económica (¡el gran secreto!) del conflicto, no obstante que, en aquellos días, la violencia de la lucha había puesto en la superficie de los acontecimientos muchas evidencias objetivas participación personal directa de industriales y comerciantes de un lado, y actividad febril de la Cafetalera, de otro de la naturaleza económico-clasista de la lucha entablada. Está notable falla de dirección se tradujo en graves errores políticos y de táctica, que luego condujeron al movimiento democrático otra vez al fracaso, y se reflejó en la conducta personal de algunos sinceros demócratas que, por no comprender el sentido de aquellos acontecimientos, se retrajeron, vacilaron, e incluso pasaron más tarde inadvertidamente al campo enemigo.
RESTAURACIÓN DE LA DICTADURA
El Gobierno del general Hernández Martínez había caído, pero la poderosa Asociación Cafetalera y su equipo político estaban intactos. Formalmente la dictadura estaba vencida, pero su esencia económico-cafetalera no había sufrido daño.
Esta circunstancia y el hecho de que los dirigentes políticos del campo democrático no estuvieron otra vez a la altura de las circunstancias (militarmente el enemigo estaba dividido, la situación mundial era propicia y el pueblo estaba dispuesto a llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias democráticas), dieron las condiciones para que la Oligarquía Cafetalera recuperara el poder.
Embriagados de triunfo los dirigentes “romeristas” no captaron el peligro que amenazaba desde la Cafetalera. Mientras ellos se orientaban confiados hacia “unas elecciones libres”, la Oligarquía ponía proa hacia un nuevo golpe de Estado.
A los cinco meses de la caída de Hernández Martínez la Oligarquía asaltó otra vez el poder político, poniendo al frente del gobierno al coronel Osmín Aguirre y Salinas. La dictadura cafetalera quedó de nuevo establecida y las fuerzas económicas-sociales de la industria y del progreso democrático se vieron sometidas otra vez a los dictados de la política reaccionaria de la Oligarquía Cafetalera.
Siguiendo el espíritu continuista de sus propios ordenamientos legales, los políticos de la Oligarquía se apresuraron a normalizar “legalmente” la nueva situación de facto, y, para conseguirlo, produjeron una elevación de autoridades supremas en la que el pueblo ya no tuvo ocasión de manifestarse. Con el eficaz concurso de un grupo de candidatos “independientes”, que tuvieron a su cargo la tarea de dividir y subdividir a las fuerzas políticas del romerismo, triunfó “democráticamente” la candidatura de la Cafetalera. Así llegó a la Presidencia de la República el general Salvador Castaneda Castro, heredero y continuador consecuente de la política antidemocrática y procafetalera de Martínez y de Aguirre Salinas. Algunos de los candidatos que habían adversado ( ?) a Castaneda Castro entraron a formar parte de su gobierno.
La Oligarquía había triunfado una vez más, pero las fuerzas sociales y políticas de la industria no quedaron ociosas. Mientras la Oligarquía se preparaba, al finalizar la Administración de Castaneda Castro, para asegurar pacíficamente el disfrute ininterrumpido del poder, los agentes políticos de la industria trabajaban febrilmente, evaluaban la experiencia adquirida en 1944, depuraban su táctica y reagrupaban sus efectivos, con vistas a la toma del poder.
Conociendo la impopularidad de su régimen político, la Oligarquía trató de evadir los riesgos de una elección, y pretendió prolongar el mandato presidencia del general Castaneda Castro mediante el recurso de una “reforma constitucional”. Esta misma maniobra le había producido excelentes resultados cuando se trató de prolongar, en sucesivas ocasiones, el mandato presidencial del general Hernández Martínez.
Empero, aprovechándose de la impopularidad de la proyectada reforma a la Constitución y tomándola como pretexto, las fuerzas de la joven industria dieron a su vez un golpe de Estado el 14 de diciembre de 1948.
Un gran vuelco de situaciones se produjo en los círculos gubernamentales, sólo que entonces, a diferencia de lo ocurrido en abril y mayo del 44, los dirigentes demócratas no se quedaron en la calle haciendo pirotecnia demagógica, sino que se instalaron resueltamente en el poder. Este es el movimiento que se conoce con el discutido nombre de “Revolución de 1948”, que no es sino la versión restringida o la culminación militar golpista de las grandes jornadas democráticas de abril y mayo del 44.
UNA NUEVA POLITICA NACIONAL
Desde aquel momento una nueva orientación en la política nacional se hizo visible. Hasta entonces el interés del país había estado sacrificado al interés de los “barones” del café, con exclusión de los otros sectores de la Economía Nacional; en la nueva situación se trataba, en cambio, de poner el poder político al servicio de los intereses de la Industria. Las fuerzas de la industria comprendían ya que sin el control del poder político no podrían aspirar a nuevos ni más altos planos de desarrollo.
Desde el momento en que los industriales comenzaron a ejercer su influencia en la dirección del poder político; los recursos principales del Estado se pusieron al servicio de la Industria Nacional: se echaron los primeros cimientos energéticos del desarrollo industrial (la CEL); se fundaron escuelas tecnológicas para los fines de la diversificación de la producción industrial y agrícola; se financiaron estudios técnicos de desarrollo económico; se fundó el Instituto de Fomento de la Industria; se dieron leyes de protección a la industria7 y reguladoras de las relaciones obrero-patronales, se impulsó un plan de vialidad y otro de construcción y viviendas para estabilizar a la población trabajadora en las ciudades y zonas importantes de trabajo; nuevas industrias comenzaron a surgir (cemento, textiles, café soluble, plásticos, abonos químicos, etc.) y con ellas toda la economía del país empezó a sentir la influencia vivificante de la industrialización en auges.
Al principio esta política “de posiciones” no colisionó con los intereses de la Oligarquía Cafetalera. Dos razones hubo para ello de una parte la razón económica los nuevos gobernantes no hablaron todavía de “mejorar las condiciones de vida de los trabajadores del campo, ni de elevar todavía los impuestos de exportación del café y de otra parte, el negocio del café fue particularmente brillante en aquellos años. Esto sirvió para adormecer a la Oligarquía, hasta el punto de impedirle tomar conciencia de los cambios profundos que se estaban operando en el país.
Para muchos dirigentes de la Oligarquía, para muchos dirigentes “demócratas”, e incluso para muchos de la “izquierda”, el golpe de Estado de diciembre de 1948 no era sino el resultado de pequeñas intrigas y ambiciones de camarillas de cuartel, que no tendría ninguna proyección en el plano de la Economía Nacional ni de la política. Estos dirigentes no veían otra diferencia que no fuera formal entre un gobierno presidido por Castaneda Castro, y el nuevo dirigido por un Consejo Cívico-Militar de Gobierno. Uno y otro, se dijo, son de extracción militar y, de consiguiente, el golpe de Estado de diciembre de 1948, solo puede interpretarse correctamente como un asunto doméstico de las Fuerzas Armadas.9 De otra parte la razón política lo que impidió un choque inmediato y a fondo entre la Oligarquía Cafetalera y el nuevo Gobierno, fue que muchos de los viejos políticos y funcionarios de aquélla siguieron ocupando puestos de importancia dentro del equipo gubernamental del nuevo régimen. Esta concesión implicaba una garantía conciliatoria y tranquilizadora para la Oligarquía Cafetalera, una seguridad de que el movimiento democrático y revolucionario, que aspira, entre otras cosas, a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, continuaría tan perseguido como antes; de que las libertades públicas seguirían oprimidas y, sobre todo, de que la situación en el campo bajos salarios y jornales no sería alterada por ningún motivo.
Al llegar a este punto conviene destacar que la situación híbrida e indivisa en que se vio colocado el poder político, es uno de los hechos más interesantes de la historia salvadoreña de los últimos treinta años, cuyo análisis resulta indispensable para juzgar críticamente la naturaleza del régimen surgido del golpe de Estado del 48. La acción militar inicial de este golpe no constituyó en modo alguno un triunfo decisivo sobre la Oligarquía. La situación de los conjurados era visiblemente débil; no tenían de su parte ni el apoyo completo del Ejército ni un respaldo organizado del pueblo. En estas condiciones los políticos de la industria se vieron obligados a compartir con la Oligarquía el ejercicio del poder, creándose así una situación de inestabilidad política que exigía ser tratada con habilidad y discreción para no provocar una ruptura que podría ser fatal. Los cafetaleros retuvieron en sus manos una parte importante del aparato político, lo cual obligó al Consejo de Gobierno primero, y después al Gobierno del presidente Oscar Osorio, a desarrollar una política de compromiso con sus obligadas consecuencias antidemocráticas.
Podría pensarse que no era constructivo, ni democrático ni necesario que las fuerzas políticas de la Industria hicieran tanta concesión peligrosa a la Oligarquía; sin embargo, quien tenga en cuenta la correlación de fuerzas políticas existentes en aquel momento y la precaria situación del Consejo de Gobierno, prácticamente imposibilitado para impedir un contragolpe corno el de Aguirre y Salinas en 1944, no podrá menos que justificar la complaciente aunque repudiable conducta política del nuevo régimen. Esta política tuvo para sus propugnadores por lo menos tres ventajas: a) neutralizó y paralizó la acción política golpista de la Oligarquía Cafetalera; b) impidió que ésta calificara como “comunista” al golpe del 48, lo que hubiera permitido a la reacción oligárquica movilizar en su favor las fuerzas del imperialismo norteamericano y las fuerzas sociales internas políticamente atrasadas; c) lo más importante, permitió la estabilidad política necesaria para ganar tiempo y dedicarlo al desarrollo efectivo de obras materiales básicas importantísimas para el futuro de la Industria, y a la organización de un partido político el PRUD, con la mira de convertirlo en una especie de Partido Revolucionario Institucional mexicano, que garantizase por muchos años la continuidad pacífica de la burguesía industrial en el poder. Mientras se democratizaba el régimen con la promulgación de una nueva Constitución Política y se transformaba en realidad tangible la Hidroeléctrica del Lempa (CEL); mientras se daban leyes de protección a la Industria, mientras los técnicos de las Naciones Unidas trabajaban por iniciativa del nuevo régimen, en la elaboración de un Plan General de Desarrollo Económico del país, mientras surgían nuevas industrias y se desarrollaban las ya existentes, etc., bien podían los boyardos salvadoreños del café continuar entretenidos, a través de sus representantes en algunas dependencias de la Administración Pública, en sus viejos e inicuos juegos antidemocráticos…
Pero he aquí que en la medida en que se ampliaba la base del desarrollo industrial y la capacidad de producción de las empresas fue mayor, se acentuó la contradicción natural entre las necesidades de este crecimiento y las pésimas condiciones del mercado interno. Para el nuevo régimen era cada vez más difícil ocultar el fondo de sus designios económicos y políticos, y la Oligarquía no tardó en percatarse del significado de la situación y en comenzar otra vez, sólo que ahora en condiciones políticas desventajosas, la lucha por la recuperación de las posiciones perdidas en el poder del Estado. Es así como en 1955, luego de algunas tentativas golpistas fracasadas (1952), en las que anduvieron coludidos algunos elementos de la “Oposición Democrática” y aun de la “izquierda”, vemos a la Oligarquía lanzarse a la lucha por el poder en el campo electoral, agitando incluso consignas democráticas radicales que pudieran ganarle algún respaldo en las masas del pueblo.
El estudio crítico de este aspecto de la lucha es sumamente importante porque, a poco que se cale en el problema, se encuentran enseñanzas políticas que pueden ser de mucha utilidad en las luchas democráticas del futuro. La Oligarquía Cafetalera maniobró con mucha habilidad para abrirse camino hacia el poder, y si no logró alcanzar sus objetivos ello se debió únicamente a que su posición política se ha deteriorado a lo largo de muchos años de dictadura, y sus posibilidades no son nada halagüeñas en el campo electoral.
Entre las actividades más notables de la Oligarquía en este período, puede señalarse la siguiente: el Gobierno industrialista del coronel Oscar Osorio, fue vigorosamente acusado, como un todo, por los crímenes antidemocráticos consumados bajo su administración, con el cuidado de ocultar al pueblo la composición híbrida del gobierno, así como del hecho de que algunos de los más calificados acusadores agentes de la Oligarquía en el Régimen del 48 habían sido colaboradores principales hasta fecha reciente de la propia Administración del coronel Osorio.
Es muy difícil deslindar responsabilidades personales y de grupo cuando se examina la conducta de un Gobierno de compromiso frente a determinados problemas. En el presente caso, no podría graduarse la responsabilidad de este o aquel funcionario, en la comisión de tal o cual acto o crimen antidemocrático; en este caso la responsabilidad ha de ser solidaria de la totalidad de los elementos del Gobierno, aun cuando por debajo de la aparente uniformidad de la acción gubernamental se libre una lucha a fondo por cuestiones y posiciones históricas esenciales.
Es imposible hacer un balance matemático de este choque constante y ubicuo entre las viejas relaciones de producción y las nuevas fuerzas productivas, ni tampoco de sus manifestaciones políticas personales; pero, si el análisis de la situación histórica salvadoreña que hemos intentado a lo largo de este ensayo es correcto; si la tesis que sustentamos (oligarquía cafetalera contra capitalismo industrial) es justa, los hechos antidemocráticos que vienen produciéndose desde Diciembre de 1948, hasta la fecha, no tienen una explicación seria, racional y aceptable, que la de ser el resultado de la acción política de los elementos de la oligarquía Cafetalera que han permanecido y aun permanecen, en gran proporción, incrustados en los círculos gubernamentales y en el Partido de Gobierno.
En la lucha electoral la Oligarquía Cafetalera desplegó todas sus fuerzas, todos sus recursos, todo lo que tuvo a disposición dentro y fuera del Gobierno, toda la demagogia, toda la astucia, de que fueron capaces sus agitadores y propagandistas, para reconquistar el poder político, y para darle solución de continuidad al naciente proceso democrático promovido por las fuerzas que propugnan la industrialización del país.
A medida que avanzó la campaña electoral se hizo claro a los políticos de la Oligarquía que el resultado final de las elecciones les sería adverso, y que para ganar el poder se necesitaba de una táctica nueva, extra electoral, la que, a juzgar por los hechos ya conocidos, debía consultar el siguiente proceso: primero, agudización de la campaña de desprestigio del Régimen del 48 y de sus líderes; segundo, unificación en una sola de todas las candidaturas de la Oposición; tercero, agitación de las pasiones políticas más primitivas del pueblo contra la “candidatura oficial”; cuarto, obtención del mayor respaldo posible en los círculos más retrógrados de las Fuerzas Armadas; quinto, boicot de las elecciones para preparar psicológicamente el ánimo de las masas; y sexto, acción directa, subversiva de todas las fuerzas de oposición contra el Gobierno.
Funcionó a satisfacción el plan táctico de los cafetaleros: arreció la campaña de descrédito contra el Régimen, se logró el apoyo de algunos círculos castrenses, se decretó el boicot a las elecciones, se unificó la Oposición en una sola candidatura, pero, a la hora en que fue preciso traducir en hechos las palabras, el pueblo no se movió. Instintivamente y no de otra manera (porque incluso algunos “dirigentes demócratas” llamaban al pueblo al lado de la Oligarquía Cafetalera con el canto de sirena del “oposicionismo”), el pueblo le dio la espalda a la Oposición y, con su conducta pasiva y a veces activa aseguró el triunfo electoral del Régimen del 48 y la continuidad del proceso de democratización económica y política en El Salvador.
Pese al oportunismo de sus dirigentes el pueblo intuyó oportunamente que si en esta lucha llegaban a triunfar los candidatos cafetaleros unidos, las masas trabajadoras del país no podrían esperar racionalmente ninguna mejora, y que las libertades públicas serían nuevamente yuguladas: que los salarios y jornales serían manejados en función de las mayores ganancias de Trust del Café, y que todo el país quedaría expuesto, independientemente de la calidad personal del candidato triunfante, a caer en una versión nueva del “martinato” de los trece años. Así se explica la actitud circunspecta del electorado nacional.
El pueblo no se equivocó en sus apreciaciones y pronto pudo ver cómo, aun dentro del filisteísmo reformista de la política del Régimen del 48, que no destruye todo lo viejo ni tiene fuerzas para acelerar el advenimiento de todo lo nuevo (política de compromiso), la nueva Administración Pública enfocó su interés en nuevos y más amplios objetivos de desarrollo. En lo económico, se dio un nuevo impulso a la electrificación del país (Güija), a las obras de vialidad (Carretera del Litoral), a la Integración Económica Centroamericana (Tratados Múltiples de Libre Comercio), a las obras portuarias (Acajutla), a la libre movilización de capitales de inversión, a nuevas leyes de protección a la Industria, etc.
En lo político, las actuaciones no han sido menos consecuentes: se derogó la “Ley de Defensa del Orden Democrático y Constitucional”; se prescindió de los servicios de conocidos y viejos funcionarios agentes de la Oligarquía; se abrieron las puertas del país, por primera vez en veinticinco años, a la totalidad de los emigrados políticos, y, finalmente, se lanzó por boca del nuevo Presidente de la República, la consigna democrática más importante en esta época: la consigna del MEJORAMIENTO DE LAS CONDICIONES DE VIDA DE LOS TRABAJADORES DEL CAMPO, es decir, la consigna de la habilitación del mercado interno que la Industria Nacional necesita para su desarrollo.
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En rigor aquí debiera ponerse punto final a este capítulo, por cuanto quedan agotados, a nuestro juicio los hechos principales, del período que nos propusimos examinar. Sin embargo, al llegar a este punto, consideramos que nuestro trabajo quedaría lastimosamente mutilado si no intentásemos lanzar la mirada atrevidamente hacia el inmediato futuro, tratando de encontrar, de acuerdo con el método empleado en este ensayo, las líneas probables del desarrollo histórico del país.
Por otra parte, las ideas son por naturaleza militantes y nosotros aspiramos a que las nuestras cumplan su misión.
Decíamos, pues, que ha sido lanzada oficialmente la consigna del mejoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores del campo, y de todo lo dicho por nosotros se infiere que la realización de esta consigna constituye, por ahora, la única solución históricamente viable de los problemas nacionales de nuestro país. Pero la consigna sola no basta. Para qué deje de ser sólo una proposición vacía y formal, es preciso dotarla de las posibilidades humanas, políticas, técnicas, que tal proposición necesita para traducirse en realizaciones prácticas. La consigna del Presidente de la República, coronel José María Lemus, ciertamente está dirigida a las masas trabajadoras del campo, pero será difícil que los campesinos quieran hacerla suya y tomarla como bandera mientras no se supriman las restricciones legales y extralegales que pesan sobre el derecho de organización campesina.
La política de la burguesía industrial en el poder está llena de inconsecuencias, vacilaciones y temores, y una de las mayores inconsecuencias en esta situación, consiste en mantener vigentes, incluso contra el texto y espíritu de la Constitución Política (1950) las leyes y disposiciones que impiden la organización de los trabajadores del campo, cuya vigencia impide a éstos luchar con eficacia por el mejoramiento de sus condiciones de vida, que son las condiciones ¡repitámoslo mil veces! del mercado interno que la Industria Nacional necesita para su desarrollo.
El éxito de la política democrática del Régimen del 48 en el futuro no dependerá, evidentemente, de la exclusiva voluntad o energía personales de unos u otros hombres del equipo gobernante. El éxito o fracaso de esa política estará condicionado por otras fuerzas: de un lado, frente a los propósitos progresistas del Régimen del 48 se alzará indefectiblemente la Oligarquía Cafetalera, que tratará de frustrarlos por todos los medios, bien por la vía habitual del golpe de Estado, o bien mediante hábiles maniobras, como esa que ya está en marcha que consiste en anular la voluntad del gobernante, y en transformar su consigna de mejoramiento campesino en un bastardo plan filantrópico de carácter asistencial.
De otro lado, la esencia política progresista del Régimen del 48, no es ni puede ser otra que el desarrollo del mercado interno para la industria nacional de transformación, a través de la liquidación de los residuos feudales y de la elevación de los salarios y jornales de los trabajadores del campo (re-distribución del Ingreso Nacional, dicen los expertos de la O.N.U.) El éxito de tal política estará asegurado a condición únicamente de que todas las clases sociales interesadas en promover el desarrollo histórico del país, cierren filas en un solo movimiento, conscientemente dirigido por las clases más avanzadas, que marche a compás con las fuerzas que hoy día garantizan la estabilidad política, y los futuros avances de la Industrialización.
La Oligarquía Cafetalera cuenta con fuerte organización y sería cándido pensar que está ociosa y que capitulará sin lucha. Ella conspira, soborna, instiga y dirige a los elementos suyos que aún no terminan de salir del Gobierno ni de las filas del Partido del Gobierno. La Oligarquía capitaliza el parvulismo político de la pequeña burguesía democrática (los estudiantes, los empleados, los artesanos) y con cualquier pretexto la azuza contra el Régimen; ella provoca el desorden porque en el desorden está la clave de su éxito: si el Gobierno tolera el desorden o es incapaz de controlarlo, esa incapacidad será la causa segura de su caída; y si lo controla y reprime por la fuerza, el pueblo quedará otra vez confundido, el gobierno será indefectiblemente acusado de dictatorial y el camino de la reconquista del poder por la Oligarquía será llano y expedito.
En esta lucha, ¿quién vencerá a quién?
Es difícil responder a esta pregunta, porque, si bien es cierto que las fuerzas progresistas de la Industria son poderosas, en virtud de que tienen de su parte su propia vitalidad histórica y el respaldo potencial de las grandes masas trabajadoras, también es cierto que estas masas están todavía desorientadas, en tanto que la Oligarquía Cafetalera, pese a su debilidad cuantitativa y a su inmenso descrédito político, constituye una fuerza efectiva y potente por la notable uniformidad de sus intereses económicos, por su organización y por la experiencia política adquirida a través de treinta años de dirigir hegemónicamente los asuntos del Estado.
¡No se puede hacer predicciones en este tiempo! Un simple detalle policíaco, un incidente estudiantil cualquiera, un desliz administrativo, serán invariablemente aprovechados políticamente por la Oligarquía Cafetalera, para socavar la popularidad del Régimen del 48, y para instalarse de nuevo en el Poder, hegemónicamente, con una dictadura que hará palidecer el recuerdo de todas las que el pueblo ha padecido. Si esta desgracia nacional llegase a ocurrir por falta de vigilancia de las fuerzas democráticas y falta de buen sentido y energía de los dirigentes políticos del campo progresista (por falta de vigilancia de los hombres del 48 en primer plano); la suerte de los planes de la industrialización y del proceso democrático del país, quedaría otra vez bloqueado por muchos años.
UNA REVOLUCIÓN EN ENTRE DICHO
Para dar por terminado este capítulo, vamos a decir unas cuantas palabras sobre el carácter histórico del Movimiento Cívico-Militar que, en nombre del progreso y la legalidad (industrialización y democracia) puso fin a la dictadura oligárquico-cafetalera del general Salvador Castaneda Castro. Todavía se discute con infantil seriedad si debe darse o no título de “Revolución” a los cambios políticos que se produjeron a raíz de este movimiento. La discusión es aparentemente bizantina a la actividad política del pueblo. ¿Hubo o no Revolución en diciembre de 1948?
Si decimos que la Revolución ¿qué cambios básicos ha generado este movimiento en la estructura económica, social y política del país? ¿Qué hechos suyos podrían servir para identificar y justificar este movimiento como tal? Y a la inversa si decimos que no hubo Revolución ¿podría afirmarse seriamente que las cosas continuaron en El Salvador como hasta diciembre de 1948?
El examen teórico de esta cuestión nos exige evitar tres equívocos: primero, la frivolidad etimológica de quienes han definido el término “revolución” corno “re-evolución”; segundo, la actitud de quienes sin temor a la hipérbole, la llaman “Gloriosa Revolución”; y tercero, la mezquindad sectaria de aquellos que gratuitamente y sin previo análisis le niegan carácter revolucionario o simplemente progresista.
Si analizamos el contenido del Programa inicial de este Movimiento, veremos que en ninguno de sus “Catorce Puntos” se reivindica cambio alguno en las relaciones de producción existentes en el país, ni mucho menos la sustitución de estas relaciones por otras más avanzadas. Esto significa que, por su carácter programático, el Movimiento del 48 no puede ser llamado, en rigor, movimiento revolucionario. Y si examinamos el problema desde el punto de vista de las “fuerzas motrices”, esto es de las fuerzas sociales (las clases) que empujaron la acción de diciembre de 1948, no es difícil comprobar, según se ha visto a lo largo de este ensayo, que lo ocurrido entonces no pasa de ser “una dificultad entre familia”, un conflicto entre dos sectores de la misma burguesía salvadoreña, entre el capitalismo industrial de un lado, y el capitalismo agrario de exportación (el café), de otro. Esto quiere decir que el Movimiento de 1948 no generó ningún desplazamiento de clases sociales en el poder político, y que, por esta otra razón; tampoco le cuadra el calificativo de revolucionario.
El movimiento del 48 no desmontó y ni siquiera desquició las bases económicas del despotismo oligárquico terrateniente, con lo cual dejó intacto el peligro de su restauración, estorbando con ello la marcha del país hacia la democracia. Las formas medioevales de pago en trabajo y en especie, las prestaciones gratuitas y las formas usurarias de crédito que rigen en el campo siguen intactas en el país, y por lo que hace al mercado exterior el movimiento del 48 no ha hecho nada por romper el anillo del mercado imperialista. Por esta razón este movimiento tampoco merece el nombre de Revolución. Sin, embargo, no podemos decir que después de 1948 las cosas en el país continuaron como antes, porque, si bien es cierto que no ha habido cambio en las viejas relaciones de producción semifeudales, ni desplazamiento de clases sociales en el poder, si hubo cambios importantes en la correlación de fuerzas de clase burguesas en el mismo.
En diciembre de 1948 la Oligarquía Cafetalera dejó de ser el sector hegemónico en el poder, gracias a la acción enérgica de las fuerzas sociales y políticas que propugnan la industrialización. En las condiciones de nuestro país este cambio imprime al Movimiento del 48 un cierto carácter progresista y revolucionario, no sólo desde el punto de vista institucional (la Constitución de 1950 es mucho más avanzada que la liberal terrateniente de 1886), sino también por las presiones económicas que ejerce, favorables hacia la creación y desarrollo del mercado interno con todas las consecuencias económico-políticas que ello debe tener. Ahora bien, si para promover el desarrollo de la industria nacional el Régimen Político del 48 logra levantar el “standard” de vida de las grandes masas de la población, mediante el alza de los jornales en las plantaciones agrícolas, y concluye la liquidación de los espesos residuos semifeudales en la economía del país, ese movimiento se convertiría en una genuina revolución burguesa; y si para alcanzar esos objetivos el Movimiento del 48 busca y obtiene el apoyo activo de las masas del pueblo, a través de la Reforma Agraria Democrática, entonces el Movimiento del 48 alcanzaría el rango de revolución burguesa democrática.
Una revolución “democrático popular” exigiría como condición inexcusable la dirección de todo el movimiento en manos de la clase obrera y de los campesinos y una acción directa contra el imperialismo. De acuerdo con estos juicios podemos estar en desacuerdo con las vacilaciones, temores y complacencias de derecha que caracterizan la Política del Régimen del 48 y podemos discrepar del pensamiento político de sus dirigentes, pero no podemos negarnos a reconocer la inmensa diferencia que existe entre este Régimen, con su desarrollo industrial y sus libertades democráticas incipientes, y el espeso despotismo oligárquico de la época de Martínez, Aguirre y Salinas y Castaneda Castro.
Capítulo VII
EL SALVADOR Y SUS PROBLEMASSICOS
¡Tempestad en un vaso de agua?-Demografía y Producción-El Hambre- Responsabilidad histórica de la Oligarquía cafetalera- La Industrialización y sus problemas-“Integración Económica Centro Americana.”
EL SALVADOR es el más pequeño de los Estados Nacionales de América Latina, y si esto era verdad admitida cuando el área territorial del país estaba calculada en treinticuatro mil kilómetros cuadrados, con mayor razón lo es ahora que, al hacerse la nueva evaluación del área territorial del país, El Salvador ha quedado reducido a un poco más de la mitad de su antiguo y exiguo territorio. Los nuevos cálculos arrojan apenas un activo territorial de veinte mil kilómetros cuadrados.
Este simple ajuste aritmético, al que no se ha dado aún la importancia que merece, tiene, sin embargo, el significado de una catástrofe nacional, sólo comparable a la que podría producir un hundimiento geológico o una guerra desdichada a resultas de la cual el país tuviese que sacrificar, a título de reparaciones, los departamentos de Ahuachapán, Sonsonate, Santa Ana y La Libertad juntos, y trasladar súbitamente la población allí asentada a los departamentos restantes. Esta desgracia nacional que comenzó a gestarse en los gabinetes de los “sabios” que practicaron las primeras medidas, ha forzado repentinamente una revisión general de todos los problemas nacionales , comprimidos ahora en un marco geográfico mucho más estrechó del oficialmente aceptado. Esto quiere decir, además, que la gravedad de los problemas del hombre salvadoreño es ahora más aguda que antes y la necesidad de resolverlos más urgente.
Podría pensarse que un simple ajuste de cifras no puede derivar consecuencias como las señaladas, porque el pueblo libre de seguir viviendo ahora que tiene veinte mil kilómetros de territorio, tan mal como cuando se le asignaba un área más amplia, de manera que nuestro pretendido desastre no es más que una ficción: ¡UNA TEMPESTAD EN UN VASO DE AGUA! .
Este razonamiento acaso sería valedero desde un punto de vista absoluto, desde el punto de vista de una demografía no sujeta a expansión. Pero el fenómeno social salvadoreño es febrilmente dinámico, no sólo por lo que se refiere al crecimiento demográfico sino también por lo que atañe a su vitalidad económica y política. Es desde este punto de vista relativo, que el razonamiento conformista y confiado de los que opinan que “nada ha ocurrido” se torna peligroso. Si la fiebre de un paciente se midiese de manera empírica, “grosso modo”, como se midió primitivamente el territorio del país, por debajo de la línea del termómetro, la confiada despreocupación de los deudos podría explicarse y aún justificarse, más las consecuencias podrían ser irreparables. Si se dice que en un campo de concentración de tres hectáreas hay cincuenta prisioneros, las organizaciones protectoras de los Derechos Humanos no tendrían excesiva razón para alarmarse, porque, aun cuando les faltase confort y buena dieta, se presume qua los reos disponen de amplios y aireados espacios que garantizan un mínimo de movimiento y de vida, y los mismos carceleros no tendrían mayor cargo de conciencia. Pero si se dice que en ese mismo espacio conviven cinco mil reclusos, entonces resulta evidente que la dignidad humana estaría atropellada por todos los inconvenientes de la vida promiscua, y la naturaleza antihumana de los responsables de este atropello estaría perfilada en su justa dimensión.
Por consiguiente, si se trata de hacer un diagnóstico aproximado de la gravedad del problema salvadoreño, no resulta lo mismo decir que dos millones y medio de seres habitan un territorio de treinticuatro mil kilómetros cuadrados, que decir que esos dos millones y medio viven en un campo de concentración de veinte mil…
Por otra parte, la constante de crecimiento de la población en El Salvador ha sido calculada en más de sesenta mil salvadoreños por año, cifra que no sería motivo de alarma sí El Salvador no fuera un país “sub-desarrollado”, si sus posibilidades productivas agrícolas no estuvieran rígidamente limitadas, si las condiciones del mercado internacional para su exportación no fueran las del exclusivo monopolio del imperialismo norteamericano, o si, como ocurre en la generalidad de los países europeos, se dispusiera aquí de una producción industrial capaz de sostener progresivamente los nuevos índices de población en auge. Con esto queremos indicar luego la gravedad del problema no estriba tanto en la relación “habitante por kilómetro cuadrado”, cuanto en la relación “producción industrial por habitante”.
Desgraciadamente en El Salvador la industria nacional, pese a sus elevados índices de crecimiento, registrados en los últimos cinco años, apenas si contribuye con un poco más del quince por ciento (15%) de la producción bruta del país, mientras que la agricultura cubre un poco más de la mitad de ese producto. Este dato resulta todavía más instructivo, si se considera que la agricultura ya no cuenta con márgenes apreciables de territorio para nuevos desarrollos. Las posibilidades agrícolas –hay una reserva aproximada de 150 mil hectáreas únicamente-, en El Salvador son exclusivamente intensivas o verticales y aún éstas no aparecen como muy promisorias ya que por ahí se afirma con indisimulado aunque falso orgullo, que el progreso agrotécnico ha llegado ya entre nosotros- a “muy altos niveles de eficiencia”.
Sobre este marco de tan apretados contornos económicos y geográficos presiona el crecimiento constante de la población. Hasta hace algunos años se mantuvo una especie de paralelismo equilibrado, según las estadísticas, entre la elevación de los índices demográficos y los que corresponden a la producción. Pero este paralelismo está desapareciendo y no pasará mucho tiempo sin que desaparezca totalmente, SI (este “sí” es dramático), no se implanta, con la mayor energía, una política económica y social que restablezca el equilibrio perdido.
Como consecuencia de esta situación angustiosa, derivada de la defectuosa e injusta distribución actual de la renta nacional, tenemos que el pueblo salvadoreño, según lo corrobora el doctor Josué de Castro, es uno en América Latina y en el mundo de los que con mayor dramatismo está confrontado a los problemas del hambre. El experto de la F.A.O., que integró la Misión de Técnicos de la Naciones Unidas para el estudio de las posibilidades del desarrollo económico en El Salvador, llegó también a la conclusión de que el producto de las cosechas básicas (maíz, arroz, frijol, maicillo), destinados a la alimentación del pueblo, “está muy por lo bajo de las necesidades mínimas del país” y de que, por consiguiente, “una parte considerable de la población debe considerarse mal alimentada.”
¿Fue esto siempre así? No Hace cincuenta años o menos la producción de cereales abarcaba la mayor parte de la tierra laborable del territorio nacional, y la periódica abundancia de las cosechas alcanzaba a cubrir holgadamente las necesidades básicas de los habitantes; su precio era bajo por la presión de la abundante oferta, y aun cuando los salarios y jornales fueran insuficientes, siempre había una especie de equilibrio entre una amplia producción y un amplio consumo. Pero vino el auge del café en el Mercado Mundial y con él la rápida dilatación de las áreas del cultivo cafetalero y la contracción correlativa de las áreas cerealistas. Los cereales escasearon, determinando un déficit considerable de alimentos básicos, la consiguiente alza de sus precios y la natural agudización de las necesidades del pueblo.
Con la introducción reciente de los cultivos de algodón y henequén se restringió aún más el espacio dedicado al cultivo de cereales, y las necesidades alimentarias de la población se multiplicaron a un punto en que ya no es posible cubrirlas, dentro de la política económica actual, sin recurrir a la importación de los “productos básicos” de la dieta nacional.
Cuando en El Salvador se trata de dar explicación a este desastre, no se busca la causa en sus orígenes económico-sociales, que nos llevaría a enjuiciar la conducta política y la responsabilidad histórica de las clases dominantes, sino que se la adjudica a factores inmediatos, aleatorios o subalternos, como son, por ejemplo, la irregularidad en las lluvias, la incultura de los labriegos que aplican “rozas” a los campos, la erosión, la esterilidad de los terrenos, la falta de aguas apropiadas para la irrigación en gran escala, etc. Mas esta argumentación cae quebrada en su base con sólo establecer algunas analogías entre el inmediato pasado 50 años, y el presente. Las condiciones climatéricas e hidrológicas siguen siendo las mismas o han tenido muy poca variación; la geología no se ha modificado, la incultura de los labriegos era mayor antes que ahora, y sin embargo, los niveles de producción de cereales han descendido en la forma que conocemos.
Si consultamos ahora los textos de geografía patria, encontraremos que El Salvador es un país de cordilleras y valles feraces, climas excelentes y aguas abundantes, de donde se deduce que la naturaleza no sólo no ha regateado sus dones al hombre salvadoreño sino que lo ha rodeado de importantes ventajas ambientales. Nadie ha refutado seriamente ni puesto en tela de juicio tan optimistas apreciaciones, y si bien es cierto que muy recientemente ha comenzado a hablarse de factores “naturales’? contrarios a la felicidad del pueblo -la erosión, la falta de caudales, etc., -también lo es que estos factores no pueden ser atribuidos en rigor a la naturaleza, sino que deben ser acumulados en el “debe” de una política económica determinada, aplicada por una clase social determinada la Oligarquía Cafetalera, que lenta pero inexorablemente ha ido empujando a los grupos humanos menos favorecidos, a las masas trabajadoras del campo, sacándolas de sus tierras de labrantío y obligándolas a talar los bosques en busca de nuevas áreas de cultivo.
De otra parte, el Estado oligárquico no se ha preocupado por habilitar las reservas económico-territoriales del país (zona de El Litoral) poniéndolas al alcance de las masas de la población, ni por rehabilitar las zonas económicas del norte oriente del país, que son técnicamente susceptibles, de ser incorporadas a breve plazo a la economía nacional.
Los agrotécnicos de las Naciones Unidas que llegaron al país, en 1952, a estudiar el problema de la desforestación llegaron a la siguiente conclusión: “desde hace un siglo (obsérvese que hace un siglo comenzó a impulsarse el cultivo del café) se ha venido talando una gran porción de los bosques que cubrían la mayor parte de El Salvador, en consecuencia del rápido aumento de la población que necesitaba más tierras para poder cultivar productos básicos”, y añadieron que incluso “las tierras muy empinadas y pobres para la agricultura se han visto despojadas de sus bosques con el resultado de que la erosión se ha convertido en un grave problema”. El subrayado y el paréntesis son nuestros.
Para los expertos de la O.N.U., obligados a realizar su estudio en límites de tiempo demasiado estrechos; no era posible penetrar a fondo en los orígenes verdaderos de la liquidación de la riqueza forestal en el país, ni seguir paso a paso el proceso de expropiación de las tierras cerealistas a que fueron sometidos los antiguos propietarios indígenas cofradías y comunidades, y los grupos de campesinos cuyas tierras fueron destinadas por los expropiadores al cultivo del café. (Una imagen muy débil de lo que fue este inicuo proceso de violencia y despojo a lo largo de cien años, la tenemos ahora en lo que ha ocurrido recientemente y ocurre en este momento, con motivo de la habilitación de tierras para el cultivo algodonero.) Mucho más fácil que estudiar el complicado proceso de expropiación y desalojo de los antiguos propietarios y de su tránsito hacia las tierras boscosas, “empinadas y pobres”; más fácil, decimos, resultó a los técnicos de las Naciones Unidas atribuir esta angustiosa búsqueda de nuevas tierras para el cultivo de “productos básicos”, a un sediciente “aumento de la población”.
Con esta manera de enfocar el problema, en la que alienta un recóndito malthusianismo, los técnicos de las Naciones Unidas soslayaron la cuestión más importante; sin embargo, aun teniendo como válido su razonamiento, siempre, quedaría indemne el hecho de que la erosión es una calidad adquirida, una “variación” de origen económico social y un rasgo connatural de la geografía salvadoreña. “Ante la evidencia de los hechos dice el doctor Josué de Castro en su obra ya citada, ya no es posible admitir que sea el hambre un fenómeno natural, ya que está condicionado más por factores de naturaleza económica que por los de naturaleza geográfica”. El subrayado es nuestro.
En las condiciones de dominación de clase de la Oligarquía Cafetalera, el problema del crecimiento demográfico tenía que convertirse para ella en una preocupación política aflictiva y obsesiva, por cuanto este crecimiento agudiza los problemas económico-sociales del país, y hace muy precaria y pone en peligro la estabilidad de su dominación política de clase. Y así es como surge natural y lógicamente la siguiente tremenda interrogante: ¿hasta dónde la masacre de decenas de miles de trabajadores del campo en 1932, la falta de hospitales, la falta de médicos y enfermeras y la política “de cupo” en la Facultad de Medicina, la alcoholización intensiva del pueblo, la carestía de medicinas, el increíble atraso sanitario en las aldeas e incluso en las ciudades más importantes, la espantosa mortalidad infantil, hasta dónde, repetimos, estos hechos deben considerarse como simples detalles de una política criminal orientada, por las vías del hambre, el terror y la enfermedad, hacia la disminución masiva de la población con vistas al aflojamiento de las presiones sociales? ¿Hasta dónde esta política de la Oligarquía no es sino la variante salvadoreña del genocidio fascista? Los técnicos de las Naciones Unidas comprobaron que la edad media del hombre salvadoreño es apenas de 26 años, lo cual significa, para baldón de la Oligarquía Cafetalera que ha gobernado el país, que el pueblo salvadoreño comienza a morir cuando otros pueblos apenas empiezan a vivir. Mas, cuando hemos ubicado “la cuestión demográfica” en el primer plano de los problemas nacionales, no es porque consideremos que la mayor densidad de la población sea el factor determinante o decisivo del desarrollo histórico, sino para poner en evidencia la gravedad de los problemas económico-sociales que están asfixiando al país, y para poner de relieve la urgencia de acabar radical y definitivamente con la política tradicional de la Oligarquía Cafetalera y con la estructura económico social que le sirve de base.
¿Qué cambios se sugieren?
Desde luego, no son admisibles las ideas relativas al control de la natalidad, cuya influencia está llegando incluso a los círculos ortodoxos del catolicismo, ni las matanzas civiles, ni las guerras, ni el estímulo científico de las epidemias enfermedades y demás sangrías demográficas que pudieran sugerir. (¡y que ya han sugerido!) algunos sociólogos granujas. Son inadmisibles igualmente, como remedios de fondo, los “planes-asistenciales”, filantrópicos, para el mejoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores del campo, planes que generalmente sirven sólo para adormecer la conciencia y la combatividad de las masas más que para resolver realmente sus problemas.
Nosotros no propondremos aquí soluciones. Queremos simplemente llamar la atención de las grandes masas populares, de sus dirigentes demócratas, de sus líderes e ideólogos, sobre la gravedad extrema de la situación en que se halla colocado nuestro pueblo. Por lo demás, algunas de estas soluciones ya están dadas en parte, y sólo cumple ponerlas en práctica, de modo consecuente, con decisión y patriotismo. Los mismos expertos de las Naciones Unidas han dicho mucho de lo que tenemos que hacer: en primer lugar “tomar medidas para una redistribución equitativa de los ingresos provenientes de las ventas de café al exterior”, y hacer “que las masas trabajadoras puedan ganar mayores sumas de dinero”; y en segundo lugar, IMPULSAR LA MAS RAPIDA INDUSTRIALIZACION DEL PAIS.
Para garantizar la efectividad de las soluciones propuestas por la Misión de la ONU, sólo restaría poner en marcha, como premisa “sine qua non”, la aplicación rápida de una genuina Reforma Agraria Democrática, a través de la cual se liquidase históricamente con los residuos de feudalismo que frenan la marcha del país hacia el progreso.
En capítulos anteriores hemos procurado señalar cómo las fuerzas sociales y políticas de la Industria vienen luchando desde hace muchos años, a través de incomprensiones, errores y vacilaciones, por abrirse “un campo bajo el sol” de la Economía Nacional, y cómo las fuerzas del capitalismo agrario, por cuyas venas corre todavía sangre de feudalismo, se han alzado para detener o frustrar las aspiraciones progresistas de la Industria; también hemos visto cómo las fuerzas de la industrialización han logrado ya infligir algunas derrotas a la Oligarquía y cómo se han colocado ventajosamente, desde diciembre de 1948, en el poder político del Estado. Finalmente, también hemos visto cómo desde 1948 a la fecha toda la economía nacional ha sufrido un viraje importante en favor de los intereses industriales, mediante la utilización de los recursos del Estado en la creación de las bases materiales del desarrollo industrial. Todo esto lo hemos dicho para señalar que las fuerzas sociales y políticas de la Industria no sólo no son débiles en la actualidad, sino que ya tienen en sus manos la posibilidad de capitalizar en su favor la actual situación económica, social y política del país. Prueba de ello es que los mismos cafetaleros, los más inteligentes y audaces, han iniciado ya algunos movimientos hacia el campo de la industria nacional de Transformación.
Cada vez que se presenta el fenómeno del descenso de los precios del café en el mercado mundial y la crisis en el interior del país se acentúa, los cafetaleros se decepcionan y desisten temporalmente de sus cultivos, y vuelven sus ojos ávidos de ganancia al campo de la Industria; el capital acumulado por ellos a base de la explotación de trabajadores en las plantaciones de café, busca tímidamente la fábrica, y es así cómo señalemos este hecho muy importante, la Oligarquía genera impulsos industriales que a la postre fracasan por la misma razón de las condiciones de infraconsumo del mercado interno, así como por la afluencia incontrolada de mercancías de importación.
Esta situación afecta por igual a industriales y trabajadores. La falta de capacidad de compra de las masas, así como la política arancelaria de “puerta abierta”, reduce la capacidad nacional de producción; las máquinas del equipo industrial generalmente viejas y de segunda mano, no trabajan a todo rendimiento, el personal obrero disminuye, la cesantía aumenta, se agravan los problemas fiscales, la inestabilidad política se acentúa y el pueblo todo continúa ininterrumpidamente su marcha hacia una muerte prematura por hambre.

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De todo lo dicho se desprende que el desarrollo de la industria tiene en El Salvador su “talón de Aquiles” en las condiciones de mercado: ¿quién comprará sus productos?,. ¿El mercado interno?, ¿el mercado centroamericano?
Hasta aquí hemos conferido a las fuerzas sociales y políticas de la industria, sin ninguna clase de reservas, el calificativo de fuerzas progresistas y democráticas, porque consideramos que el desarrollo industrial se apareja con las necesidades del mejoramiento general de las condiciones de vida de todo el pueblo. Más he aquí que en adelante sólo se podrá decir de ellas que son fuerzas progresistas y democráticas, en la medida en que su política, a diferencia de la política tradicional de la Oligarquía, se oriente hacia la liquidación de los residuos del feudalismo y a la promoción de más altos niveles de vida del pueblo.
En la práctica y para los fines de esta política progresista son muchos y muy difíciles los problemas que debe encarar y resolver el Régimen del 48. En primer lugar, el capitalismo industrial no es una formación económico-social homogénea: vive y se desarrolla en medio de contradicciones, como son la concurrencia industrial en el interior del país, la competencia de la mercancía extranjera, la relación obrero-patronal, etc.; en segundo lugar, y pese a los que opinan que El Salvador es .ya una democracia, e incluso una “democracia ejemplar”, no puede ignorarse el hecho de que los trabajadores del campo, más de millón y medio de salvadoreños, continúan en estado de interdicción política, legalmente incapacitados para organizarse y para luchar ellos mismos, democráticamente, por el mejoramiento efectivo de sus condiciones de vida.
Y mientras esta situación subsiste tolerada y cohonestada por el Régimen del 48 ¿De qué democracia hablamos en El Salvador? En tercer lugar está la incompatibilidad de intereses entre los “barones” del café que pagan jornales y salarios de hambre, y los jóvenes capitanes de .la Industria Nacional de Transformación cada vez más necesitados de un mercado interno con alta capacidad de compra. Es fácil comprender que en este punto de conflicto, será arduo encontrar la fórmula que pueda conciliar tan dispares intereses, y sumamente peligroso además al tratar de violentar la situación.
¿Cuál será entonces la conducta del Régimen del 48 ante tan delicados problemas?
Para la industria salvadoreña, ávida de mercado, se abren dos posibilidades a saber, una de carácter interno, democrático, progresista, que consiste en la organización y ampliación del mercado nacional, y la otra, de carácter centroamericano.
La organización del mercado interno exige una política de redistribución de los “ingresos provenientes de las ventas de café al exterior”, lo cual quiere decir que es preciso, o bien elevar considerablemente los impuestos que gravitan sobre el comercio del café, o bien elevar los salarios y jornales que se pagan a centenares de miles de trabajadores en las plantaciones. Traducido esto al lenguaje político significa que el Régimen del 48 tendría que vencer y quebrar la resistencia de la Oligarquía Cafetalera, en una lucha cuyos resultados ciertamente no pueden ser previstos. El triunfo en esta lucha sería la solución democrática del problema, y para facilitarlo debiera promulgarse una ley electoral que garantice plenamente la genuina representación del pueblo en los tres poderes del Estado.
Pero el temor de ver movilizado al pueblo, la inseguridad de los resultados de una lucha a fondo contra la Oligarquía, el peligro de perder el relativo control que ya ejercen sobre el poder político, la influencia oportunista de los economistas domésticos y de los consejeros extranjeros, las naturales afinidades económicas que unen al capitalismo agrario con el capitalismo industrial, el peso de la estructura institucional heredada de la dictadura, los hábitos oligárquicos, etc., etc., todo esto hace que los hombres del 48 se sientan cada vez más inclinados a esquivar la lucha que la creación del mercado interno presupone, y a desviarla hacia la penetración pacífica por de pronto, del mercado centroamericano a través del conocido Plan de Integración Económica Centroamericana.
Muchas, muchísimas personas hablan hoy en día en El Salvador del carácter progresista y democrático de la política de Integración Económica Centroamericana, que con tanto ahínco propugnan, en la teoría y en la práctica, los hombres del 48, sus consejeros extranjeros, los periodistas de todos los matices y libreas, e incluso ¿y cómo no? los propagandistas y dirigentes políticos de la Oligarquía Cafetalera.
¿Dónde estará la nota disonante que haga perfecta la armonía en este extraño coro de voces diferentes? ¿O es que la disonancia no es “condición esencial de la armonía”?
CARÁCTER ANTIDEMOCRÁTICO ACTUAL, PARA EL SALVADOR, DE LA INTEGRACIÓN ECONÓMICA CENTROAMERICANA
La Unión Centroamericana es, ya todos los sabemos, la más vieja y más noble aspiración de nuestros pueblos, expresada a través de las lucha de nuestros más grandes hombres. Por lo tanto dicen los nuevos líderes del “unionismo”, quienes en esta “hora de rectificaciones históricas” no se sumen a la algarabía unionista, integracionista, estarán traicionando los más altos y mejores ideales de nuestros pueblos.
¡Así será! Sin embargo, quien quiera dar solución a los problemas de la democracia salvadoreña, del progreso, la independencia y la libertad, soslayando la lucha a fondo contra la Oligarquía Cafetalera y las dificultades que implica la promoción del mercado interno, o desviando la lucha hacia las áreas de consumo que potencial y aleatoriamente ofrece el mercado centroamericano, estará procurando, consciente o inconscientemente, posponer y dejar sin solución el problema de la democratización del país, el problema de la independencia nacional, y condenar al hambre y la miseria por muchos años a las masas trabajadoras salvadoreñas.
La política de promoción del mercado centroamericano (Integración) es la fórmula que la Oligarquía Cafetalera ha ideado para resolver el problema de las presiones internas que plantea el desarrollo industrial salvadoreño, y tendrá las siguientes seguras consecuencias: a) alejará indefinidamente el momento de la “redistribución equitativa del ingreso nacional”; b) hará disminuir en el sector industrial la necesidad de elevar el nivel de salarios y jornales en las plantaciones; c) debilitará el respaldo popular que potencialmente tiene el Régimen del 48, con el consiguiente debilitamiento de sus posiciones políticas; d) provocará la resistencia .de los industriales de los otros países centroamericanos menos desarrollados que El Salvador; é) acercará el momento de la alianza política de la Oligarquía Cafetalera salvadoreña, con toda la reacción cafetalera, feudal y proimperialista, de esos países, y propiciará en El Salvador el retorno, más tarde o más temprano, de la Oligarquía Cafetalera al poder.
¡Maravillosa solución para la Oligarquía Cafetalera, que no esperaba encontrar tanta sabiduría ni tanta buena voluntad en los políticos integracionistas del Régimen del 48!

    • *

En este punto de viraje de la historia de El Salvador puede perder sus atavíos de progresividad el Movimiento iniciado con tan buenos auspicios en diciembre de 1948, y perderlos tanto más rápidamente, cuanto con mayor cobardía e incapacidad sus actuales dirigentes continúen capitulando ante la prepotencia económica, y militar inclusive, de la Oligarquía Cafetalera, y ante la injerencia cada vez más cínica del imperialismo norteamericano en los asuntos del país. Pero este Movimiento también podría, rescatando del naufragio su programa industrialista, y apoyándose en las demandas más urgentes del pueblo hambriento, como son la Reforma Agraria Democrática y la plena vigencia de la Constitución de 1950, conservar sus atributos democráticos por un largo tiempo y, en su oportunidad histórica y en alianza con las fuerzas progresistas de los países centroamericanos, llevar sus banderas más allá de las fronteras de nuestro pequeño país, hacia la unión popular y democrática de los países centroamericanos.
No sabemos cuál será en definitiva la actitud que asumirá el Régimen del 48 frente a esta disyuntiva que aparece en el primer plano del futuro inmediato. De lo que sí se podemos estar seguros es que, cualquiera que sea el rumbo que se decida a seguir, ya sea que capitule ante la Oligarquía o que luche contra ella, las masas trabajadoras salvadoreñas seguirán imperturbablemente su marcha hacia adelante, más unidas que antes y cada vez más conscientes de su proceso histórico.
Capítulo VII
ORIENTACIÓN PROBABLE DE LAS LINEAS DE DESARROLLO POLÍTICO
(Apuntes para un examen de la situación general del país en la actualidad.) Junio de 1960
EL RAPIDO ascenso del desarrollo industrial, continúa siendo el hecho más notable en la situación general del país. La objetividad de este hecho se hace cada día más notoria incluso a los espíritus más escépticos, y las contradicciones internas del Régimen imperante son puestas a flote y llevadas a su máxima tensión, por la presión que sobre él ejerce el fenómeno industrial.
Existe justa preocupación nacionalista por la injerencia que ya tiene, y que tiende a aumentar en el futuro, el capital inversionista norteamericano en este proceso de industrialización. Pero esta preocupación se atenúa un poco cuando se observa cómo los capitalistas salvadoreños (algunos de ellos antiguos terratenientes tradicionalistas), invierten sus capitales en la industria y en obras básicas de desarrollo económico, y cómo estos mismos sectores de la burguesía se empeñan en conservar para sí los puestos de mando de la Industria Nacional.
Este proceso de industrialización no se realiza en El Salvador sin tropiezos. Hay factores que lo estimulan y lo empujan hacia adelante, pero hay también graves obstáculos que lo estorban. Enumeraremos algunos:
Factores que lo estorban a) Las tendencias todavía fuertes del sector oligárquico terrateniente (grandes cafetaleros) a invertir sus capitales fuera del país, en bancos, acciones y empresas extranjeras, especialmente norteamericanas. Esas tendencias representan un drenaje importante de los recursos nacionales de capital, y aunque a veces este absentismo tiende a debilitarse, lo cierto es que no ha desaparecido del todo. Estas tendencias absentistas se originaron en la desconfianza de la burguesía terrateniente con respecto del régimen político surgido en diciembre de 1948, y sus cifras más altas corresponden al período 1950-1956
b). El escaso desarrollo del mercado interno (espesos remanentes semifeudales en el campo: prestaciones gratuitas o semigratuitas, pagos en trabajo y en especie, elevadas tasas de la renta, atraso técnico y baja productividad, etc.)
c). Los obstáculos surgidos en el camino del “Mercado Común Centroamericano” y de la “Integración Económica Centroamericana”. Fuertes e influyentes núcleos económicos de los países centroamericanos se oponen al “mercado” y a la “integración” por dos razones principales: una, porque es notoria la ventaja que sobre ellos tiene la industria salvadoreña, y otra, porque así como van las cosas (fuertes inversiones norte-americanas en El Salvador) los beneficiarios directos de la política de integración y de mercado común, serán los inversionistas extranjeros y no los capitalistas centroamericanos.
d) La falta de recursos naturales, petróleo, carbón y otros recursos básicos del desarrollo industrial.
e) La falta de estudios técnicos exhaustivos sobre el estado actual, real, del desarrollo económico en general y del desarrollo de la industria en particular: cálculo exacto de las inversiones extranjeras en el país, y estudio de las tendencias y rubros principales de estas inversiones, así como de las condiciones en que opera (compañías mixtas, empresas netas de capital extranjero, privilegios especiales, monto de los dividendos, etc.), y fijación precisa de los límites de compatibilidad económico-política de la inversión extranjera con los intereses nacionales.
f) La falta de una política de robustecimiento del mercado interno, en la que se contemple como cuestión, básica la aplicación de la Reforma Agraria, y la falta de una política de habilitación de tierras y de colonización de las mismas en la región nor-oriente y en la zona de El Litoral del país.
g) La falta de una firme política proteccionista (revisión de los tratados comerciales existentes con E.E.U.U., y repudio de las normas inequitativas que actualmente rigen el comercio internacional entre los dos países)
h) La falta de una política democrática de reconocimiento y ejercicio efectivos de las libertades y derechos que al pueblo salvadoreño le garantiza, la Constitución Política de 1950.
i) La administración de la energía eléctrica nacional en manos de compañías extranjeras (norteamericanas.), etc., etc.
Factores que estimulan el proceso de industrialización:
a). La abundante y barata fuerza de trabajo (alto margen de plusvalía).
b.) La reorientación aun cuando no sea todavía en escala suficiente de las fortunas del sector capitalista terrateniente hacia la inversión industrial, no agrícola;
c). Las inversiones de capital extranjero (norteamericano casi exclusivamente). Las atrae al país especialmente la perspectiva del Mercado Común Centroamericano, así como, también los elevados márgenes de plusvalía que garantiza el bajo nivel de salarios que se paga a los trabajadores salvadoreños. También influye en el ánimo de los inversionistas extranjeros la famosa “estabilidad política y social” que impera en el país, y que descansa fundamentalmente en la falta de derechos políticos de las masas trabajadoras del campo. La resistencia que se observa en los otros países centroamericanos con respecto a la “Integración” y al “Mercado Común” centroamericanos, auspiciada y mantenida por los sectores industriales y comerciales de esos países, y que podría malograr eventualmente la apertura y habilitación de un mercado de 12 millones de consumidores para los inversionistas extranjeros, está siendo dominada o neutralizada por la acción diplomática norteamericana en Centroamérica. Sin embargo, si, a pesar de esa actividad diplomática, llegasen a zozobrar los planes de Integración y de Mercado Común, ello desalentaría rápidamente a los inversionistas extranjeros. En este caso surgirían dificultades de financiación del proceso industrial, pero, en cambio, el desarrollo económico sería más independiente aunque fuese más lento;
d). La organización moderna del crédito bancario, no obstante que aún no logra desprenderse totalmente de su vieja tradición usuaria, ni del control de los banqueros privados;
e). La actitud y la conducta del régimen político surgido en diciembre de 1948, con respecto al financiamiento de planes de desarrollo económico (INSAFOP, CEL, GUIJA, MUELLE DE ACAJUTLA, CARRETERA DEL LITORAL, INSTITUTOS DE INVESTIGACION AGROTECNICA, etc.)
f). Las posibilidades potenciales de la Integración Económica y del Mercado Común Centroamericanos.
g). La baja de los precios de los productos del giro agrícola de exportación (café, algodón) en el Mercado Mundial; esta baja obliga al sector capitalista terrateniente a buscar nuevos rubros de inversión;
h). La fusión creciente del capital agrario con el capital industrial en sus más elevados estratos (gran industria, gran comercio importador y exportador, grandes empresas, banca, etc.) Esta fusión es el hecho económico-político más importante de los últimos años, y su centro generador ha sido el gobierno del coronel José María Lemus. La fusión de los intereses económicos de los sectores terratenientes e industrial en una sola masa burguesa de intereses, es la base estructural de la actual “estabilidad política”. Sobre esa base la burguesía salvadoreña la “gran burguesía” se ha hecho cada vez más fuerte desde el punto de vista económico y desde el punto de vista, de sus relaciones con el imperialismo norteamericano. Pero, en cambio, desde el punto de vista político, la nueva gran burguesía salvadoreña se ha debilitado porque ninguno de sus objetivos coincide con los intereses de las grandes masas mayoritarias de la nación salvadoreña. Las reivindicaciones fundamentales de estas masas, en lo social, en lo político y en lo económico, se plantean cada día de un modo más enérgico y ello conducirá fatalmente a la revisión del falso concepto de la “estabilidad política en El Salvador.”
II
Crisis en el Sector Agrícola de la Economía Nacional
El Café. El aumento creciente de las disponibilidades o reservas de café en el Mercado Mundial, y la incorporación de nuevas y grandes áreas de producción de café en África y en otras zonas del planeta, ha planteado un problema grave, en materia de precios, a los países productores, especialmente a los países de América Latina, los cuales, a través de muchos años, han conformado sus economías nacionales según las peculiaridades de esta “industria”. Los ingresos nacionales de estos países se han visto seriamente afectados por la baja de los precios, con las repercusiones consiguientes en las disponibilidades fiscales y en la realización de los planes estatales de desarrollo económico.
Con todo, esta baja en los precios del café no puede ser considerada catastrófica todavía los precios siguen siendo “rentables”. Sin embargo, hay síntomas (los empréstitos norteamericanos a los productores africanos), que seriamente indican que lo peor no es lo ya ocurrido sino lo que está por ocurrir. Esta perspectiva es tan real y sombría que el poderoso sector cafetalero de América Latina, medular y tradicionalmente reaccionario, pro-feudal y pro imperialista, ha planteado ya con visos de urgencia, la necesidad de “vender café donde quiera que lo compren”, lo cual supone la quiebra completa del bloqueo comercial latinoamericano a la Unión Soviética y a todos los países del área socialista. ¡Así trabaja la economía en el sub- suelo de la historia.
Para El Salvador, especialmente, la crisis de precios del café equivale a una crisis estructural de su economía. De aquí que, ante el creciente deterioro de los precios, haya un explicable viraje de las viejas corrientes de inversión en la caficultura., hacia otros campos de la economía: hacia la industria. Para sortear la crisis planteada por la baja de los precios del café, algunos líderes políticos del sector terrateniente aconsejan “reducir la producción” otros, en cambio, recomiendan “intensificarla” para compensar con la cantidad-producto la calidad-precio. El descontento del sector cafetalero es grande, en general; pero donde cada día se hace más radical y combativo es entre los pequeños y medianos productores que, a diferencia de los grandes, no cuentan con organizaciones defensivas. Sobre los pequeños y medianos productores pesan las cargas hipotecarias, la falta de crédito oportuno y suficiente y también, como pudo verse en 1958, las discriminaciones derivadas de las cuotas de “exportación” y “retención”. Ese año el gobierno del coronel Lemus hizo una negociación con los pequeños y medianos productores, la cual costó a estos una pérdida de más de dos millones de colones, que ingresaron a la Compañía Salvadoreña del Café como “producto de una operación comercial cualquiera.”
El Algodón. Casi todo lo dicho anteriormente es válido también para el algodón, que es, en El Salvador, después del café, el único producto importante de exportación. Los peligros que acechan sobre este producto son de muy diversa naturaleza, pero operan el daño en la misma dirección que los que afectan el café. El enemigo número uno de los buenos precios del algodón, es la gigantesca producción algodonera norteamericana subsidiada por el gobierno. El desarrollo de la industria textil en El Salvador neutraliza en parte la crisis en este rubro de la economía.
Los cereales. La crisis en el sector cerealista de la Economía salvadoreña es ya tan vieja y conocida que apenas si hay necesidad de detenerse en ella. Sin embargo, la poderosa incidencia de este giro agrícola en el nivel de vida y en la dieta de las grandes masas de la población, hace que sea conveniente recordar:
a) que hay 300 mil hectáreas de tierras en el norte-oriente del país, que fueron cerealistas hasta hace algún tiempo pero que hoy día se hallan totalmente erosionadas, con un rendimiento ínfimo por hectárea; b) que desde hace dos décadas la producción cerealista en el país, globalmente considerada, año con año es menor, lo que obliga a cubrir esos déficits de cereales mediante operaciones de importación, a veces en condiciones verdaderamente ruinosas para los productores de cereales y para las grandes masas trabajadoras entregadas a esa clase de cultivos; c) que la tasa de la renta en las tierras cerealistas es excesiva y. que los sistemas de cultivo son aún primitivos; d) que las ganancias de los propietarios de estas tierras provienen únicamente de la doble explotación a que se hallan sometidos los “mozos colonos” (semisiervos), los arrendatarios y las familias de unos y otros; e) que la zona de El Litoral, que pudo ser reserva importante para una política agraria de colonización, está siendo absorbida rápidamente por capitalistas y geófagos, que pronto anularán dicha zona corno factor potencial de solución parcial del problema agrario; f) que son más de 225 mil familias las que viven actualmente del cultivo de cereales “en pequeñas parcelas de tierra arrendada”, lo cual equivale a más de un millón de habitantes sometidos a las más duras condiciones de existencia.
El Azúcar. Este es el único renglón de la agricultura que no tiene actualmente problemas graves en El Salvador. Su producción cubre las necesidades nacionales y podría, eventualmente, destinar sin menoscabo del consumo interno, una cuota importante a la exportación. Lo grave de las plantaciones azucareras son las condiciones de vida de los trabajadores. La vieja y primitiva explotación “panelera”, que durante muchos años combatió por sobrevivir al lado de la producción de azúcar, prácticamente ya no existe.
Industria agro-pecuaria. Hay poco ganado y de mala calidad. Los pastos no ofrecen condiciones adecuadas para un desarrollo ni siquiera mediano de esta “industria”. La baja producción agropecuaria encareció el precio de los productos con el beneplácito de los ganaderos, pero las necesidades de la dieta nacional forzaron e impusieron una política de libre introducción de productos lácteos. Esta política puso en grave aprieto a los ganaderos que la resistieron enconadamente, hasta que el gobierno de Lemus puso a disposición de ellos nuevos incentivos industriales (créditos, libre importación de equipos de pasteurización, promesas de revisión de la política de libre importación de leches, etc.)
Del mismo modo que los artesanos en otros tiempos lucharon contra la industria manufacturera; o los “paneleros” contra los “ingenios de azúcar”, así los pequeños productores agropecuarios (pequeños hacendados y campesinos ricos) se oponen enérgicamente a la industrialización de los productos de la ganadería nacional. Esta lucha tiende a dejar en segundo plano la lucha de los trabajadores agrícolas y mozos colonos de las “haciendas ganaderas” contra sus patronos, ya sean estos pequeños, medianos o grandes productores lecheros. Pero a la postre el proceso industrial se impondrá inexorablemente, y las luchas verdaderas de los trabajadores ocuparán nuevamente el sitio que les corresponde.
III. El Salvador; País Subdesarrollado
Frecuentemente se oye decir que El Salvador es un país sub desarrollado, pero fuera de los especialistas y “entendidos” son pocos relativamente los salvadoreños que conocen el porqué. Sin la pretensión de agotar las razones, diremos que las principales son:
a) el bajo ingreso de la población per cápita; b) el alto porcentaje de la población ocupada en la agricultura en relación con la que se ocupa en la industria; c) el alto porcentaje de la participación de la. agricultura en la formación del ingreso nacional y del producto nacional bruto; d) el bajo ingreso per cápita de los trabajadores de la agricultura en relación con el que perciben los trabajadores de la industria; e) el carácter eminentemente productor de materias primas de exportación (café, algodón) de la Economía Nacional; f) el monocultivismo cafetalero, levemente atenuado en los últimos años por la producción algodonera; g) el carácter todavía usuario del crédito, no obstante su reciente tendencia a la reproducción económica (industrial); h) los remanentes feudales; i) el escaso rendimiento de su equipo industrial, etc.
Íntimamente relacionado con su carácter productor y exportador de materias primas, está la dependencia del país con respecto del mercado mundial, y, en la medida en que este mercado se contrae, para El Salvador, a los Estados Unidos, su dependencia con respecto de este último país es punto menos que absoluta. No obstante que El Salvador es un país históricamente “autodeterminado” (su constitución como “estado nacional” data. de mediados del siglo pasado), aquella dependencia vulnera, notoriamente su capacidad de soberanía. De esa situación es posible inferir que, cuando la ecuación económica salvadoreña AGRICULTURA-INDUSTRIA (la agricultura en primer plano), se transforme en INDUSTRIA-AGRICULTURA, aquella dependencia quedará notablemente atenuada. De aquí surge la necesidad nacionalista de poner la “industrialización” en la primera línea de las preocupaciones nacionales.
Desde luego, aquí se trata de una industrialización en que las inversiones nacionales sean las predominantes, de una industrialización en la que se haga valer, en su justo valor, frente a las inversiones extranjeras, todo lo que aporta el país: mano de obra, “estabilidad política”, facilidades dé transporte, localización, etc.; pero principalmente se trata de una industrialización que esté orientada hacia el mercado interno, o, mejor dicho, de un proceso de industrialización que se interese por la elevación de los niveles de vida del pueblo salvadoreño. Este objetivo no podría alcanzarse si la totalidad de los beneficios o una parte sustantiva de los mismos, sale con rumbo al exterior a título de tales, restándose a las disponibilidades reproductivas del país.
No se puede estar, desde el punto de vista de la doctrina económica cuestión de principio, ni políticamente cuestión práctica, en contra de la inversión extranjera en el país, ni siquiera en contra de las “concesiones” que haya que hacerse con motivo de la inversión. En los países atrasados, decía Lenin, “sólo con empréstitos se puede levantar la industria pesada”, lo que, en términos salvadoreños de actualidad quiere decir que los empréstitos, que son una variante de la inversión extranjera, serán necesarios para la realización de los planes básicos de desarrollo económico. Y, en cuanto las concesiones. a los inversionistas privados, podemos agregar que, aun cuando algunas de ellas pudieran ser “no rentables” por algún tiempo, siempre podrían jugar un papel importante en el desarrollo económico del país, en la agricultura, en la industria y el comercio, únicas fuentes de ahorro para ulteriores desarrollos nacionales.
Lo ideal sería que, desde luego, el desarrollo económico en su totalidad estuviese impulsado por el capital nacional, puesto que esa es la única garantía de que los beneficios queden en casa, para ser empleados después con carácter reproductivo. Así es, pero tratándose de un país “subdesarrollado” como el nuestro, es punto menos que imposible encontrar base financiera nacional suficiente para cubrir las necesidades de la industrialización. Lo dicho significa que debemos planear en El Salvador, hasta donde ello sea posible, en las condiciones históricas actuales del país, por lo menos las líneas y objetivos fundamentales de nuestro desarrollo, y que, una vez que hayamos invertido hasta el último centavo de ahorro nacional disponible, si eso no es suficiente para alcanzar nuestros objetivos, y sólo en ese caso y en esa medida traer el capital de fuera en la cuantía que sea necesario.
***
Diversificación de la Producción. La economía de exportación exclusivamente cafetalera, que por largas décadas ha configurado la totalidad de la estructura de la vida nacional, así en lo económico-social como en lo político, ha sufrido cambios importantes en los últimos años. Hay datos importantes que deben ser cuidadosamente estudiados en relación con este punto. Veamos algunos:
En 1901 la exportación de café, con 20 millones de kilos; representó el 72% de la exportación total, pero ya en 1934, con 50 millones de kilos exportados, alcanzó el 95% del total. Sin embargo, pese al aumento creciente del volumen de café exportado (64 millones de kilos en 1956), la participación del café en el volumen total de la exportación bajó al 50 por ciento. Si bien es verdad que estos datos tienen poca significación en lo que atañe a la importancia del aporte del café a la economía nacional, no ocurre lo mismo cuando se trata de estimar el problema desde el punto de vista de la diversificación de la producción en El Salvador. En la medida en que el proceso de diversificación se acentúa, la hegemonía económica ( ¡y política!) de la vieja oligarquía cafetalera se debilita más y nuevos grupos económicos surgen y poco a poco se van incorporando a la actividad política, con sus propios e inconfundibles intereses, con sus propios e inconfundibles objetivos, y reclamando, cada vez con mayor energía, una irrestricta libertad de movimiento y de pensamiento (reivindicaciones democráticas), y creando, de consiguiente, condiciones objetivas básicas para el proceso de democratización del país.
IV Surge una burguesía integrada en el país
Trataremos de ampliar aquí lo que apenas dejamos insinuado en la letra “h” de la primera parte (I) de estos “Apuntes”, cuando dijimos:
“Esta fusión (la del capital agrario con el capital industrial) en sus más elevados estratos es el hecho económico político más importante de los últimos años, y su centro generador ha sido el gobierno del coronel José María Lemus. La fusión de los intereses económicos de los sectores terrateniente e industrial, es la base estructural de la actual “estabilidad política”. Sobre esa base la burguesía salvadoreña se ha hecho cada vez más fuerte desde el punto de vista económico y desde el punto de vista de sus relaciones con el imperialismo.”
En la última década (1950-1960) el proceso de industrialización ha sido, en El Salvador, en relación con el de los otros países centroamericanos, y aun con el de algunos países de América del Sur, impresionante. Por muchos años la Oligarquía Cafetalera, ejerciendo el poder político en forma hegemónica y despótica, estorbo la marcha de este proceso; pero a partir de 1950, cuando el sector industrial hubo ganado ya (diciembre de 1948), una parte del poder político, y cuando fue posible iniciar una nueva política estatal (capitalismo de Estado), que consistió en el financiamiento y aprovechamiento por el Estado de una parte del proceso de producción, el desarrollo industrial del país tuvo ocasión de acentuarse más y más.
Al principio, la oligarquía terrateniente (capitalismo agrario) no sólo no sintió ningún entusiasmo por la industria, sino que trató de sabotearla abiertamente. La oligarquía terrateniente se daba cuenta de que la presión de la industria para la creación del mercado interno, chocaría indefectiblemente con la política de hambre implantada por ella en todo el país (bajos jornales y salarios en las plantaciones de café), y está convicción predeterminó su conducta ante el fenómeno industrial. Algunos críticos niegan esta discrepancia de intereses entre los terratenientes de un lado y los industriales de otro, y consideran a ambos sectores como las dos mitades de una misma naranja. Contribuye a oscurecer, difuminar o diluir esa contradicción el hecho de que algunos elementos aislados de la Oligarquía Cafetalera participan directamente desde hace algún tiempo en el proceso industrial. Sin embargo, anotaremos aquí dos hechos importantes que pueden ilustrar objetivamente la conducta de clase de la oligarquía cafetalera frente al proceso industrial. Veamos.
A partir de 1949, a raíz del golpe de Estado de diciembre de 1948, la Oligarquía Terrateniente inició un fuerte y desquiciante movimiento de exportación de capital hacia los Estados Unidos, restando con ello decisivas posibilidades de financiamiento del desarrollo industrial del país. Sobre este punto el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF), en su estudio titulado “Situación Actual y Perspectivas de la Economía en El Salvador”, dice 10 siguiente:
“Los datos disponibles sobre los activos, salvadoreños en depósitos en Bancos norteamericanos, Muestran que las tendencias registradas aumentaron en más del doble entre 1950 y 1956.” Obra Cit. pág. 44.
Sobre este mismo punto la Misión de Técnicos de la ONU, en sus “Medidas propuestas para fomentar el Desarrollo Económico en El Salvador”, dijo:
“Ciudadanos salvadoreños residentes en el país poseen sumas considerables, las que, en condiciones apropiadas, podrían ser destinadas a empresas reproductivas. Los fondos de propiedad salvadoreña están en parte atesorados y en parte invertidos en países extranjeros, especialmente en valores e inversiones norteamericanos. Muchos salvadoreños desconfían de las emisiones de bonos de su propio gobierno”. “Esta circunstancia ha hecho que los excedentes de fondos emigren a los mercados extranjeros o sean atesorados en efectivo”. “Alrededor de 40 millones de colones, o sean 15 millones de dólares, se encuentran atesorados en el país, en vez de usarse» para fines productivos en El Salvador.” “Desgraciadamente los inversionistas del país se muestran renuentes a invertir sus fondos disponibles en bonos del gobierno, entidades oficiales o en otras nuevas y arriesgadas empresas industriales”. Revista de Economía, 1955, pág. 678. ‘Los subrayados son nuestros.
Sobre este mismo punto cabe recordar aquí la situación qué se creó cuando, en 1950, se trató de colocar en el mercado interno la Emisión de Bonos de la Comisión Ejecutiva de la Presa Hidroeléctrica del Río Lempa (CEL). Dos años y medio después de hecha la emisión, que originariamente ascendió a 13 millones de colones, los inversionistas particulares habían «cubierto sólo un 25 por ciento de la emisión, no obstante la reputación del BIRF, se “trataba de valores de alta calidad, vinculados con el nombre y reputación del BIRF, garantizados por el Gobierno y las ganancias exentas de impuestos directos.”
Sobre esté mismo punto, podríamos recordar aún la conducta de los inversionistas nacionales en relación con las Cédulas del Banco Hipotecario, el cual, en ciertos momentos, se vio obligado a recurrir a la asistencia financiera del Banco Central de Reserva para seguir funcionando.
El otro hecho importante que podría, ilustrar, sólo que en sentido inverso, la objetividad del conflicto que nos ocupa, se produjo recientemente con motivo de la puesta en el mercado de los bonos de la CEPA (Comisión Ejecutiva del Puerto de Acajutla), por valor de 12 millones y medio de colones. En menos de dos semanas los inversionistas locales (los mismos que antes se negaron a invertir) coparon más del 75 por ciento de la emisión, y al momento de escribir estas líneas, se dice, la emisión ha sido totalmente negociada.
Este hecho es sumamente revelador y expresa con la mayor claridad el cambio de conducta que se ha operado y que se sigue operando en el sector terrateniente “(el único que virtualmente tiene ahorros disponibles), en relación con el proceso de desarrollo económico del país en general, y con el de la industrialización en particular. Sobre este mismo punto el Estudio del BIRF antes citado, al analizar el movimiento de capitales salvadoreños hacia el exterior, en su página 44 dice:
“Sin embargo, parece que últimamente (el estudio es de 1957) el crecimiento de estos activos se ha hecho más lento, a medida que los empresarios salvadoreños invirtieron sus fondos en la industria nacional, respondiendo a los incentivos fiscales, a la estabilidad económica y a otros estímulos ofrecidos en el país.”
Hay base, pues, para pensar que ya en 1960 la conducta de la burguesía terrateniente, en relación con la industrialización del país, se ha modificado un tanto. La participación de los capitalistas agrarios en las industrias y demás empresas de desarrollo económico nacional, se hace cada día más notoria, y poco a poco se va borrando la línea divisoria que separaba, estos de los capitalistas industriales.
Con la nueva conducta observada por la burguesía terrateniente en relación con las necesidades del desarrollo económico nacional, es innegable que la burguesía nacional, EN SU CONJUNTO, se ha fortalecido como clase, en lo que va de 1950 a 1960, y que en la medida en que está burguesía esté dispuesta y resuelta a utilizar en su provecho los beneficios potenciales que ofrece la industrialización del país, se hará cada vez más nacionalista y tratará de admitir la concurrencia extranjera, tanto en lo que se refiere a los productos elaborados como a los capitales de inversión, únicamente en la medida en que su propia capacidad de inversión y producción, no le permita hacer frente por sí misma a las exigencias del desarrollo económico del país. Un síntoma de lo que puede llegar a ser esta conducta en el futuro, podría encontrarse en el incipiente acercamiento de la oligarquía cafetalera latinoamericana con los países del área socialista. Si la burguesía salvadoreña llegase a adoptar está conducta hasta llegar a convertirla en una línea de política internacional firme, ello aportaría a la causa de la democratización y de la independencia del país una ayuda inestimable.
Sin embargo, hay buenas razones, para pensar en que la burguesía salvadoreña no seguirá este camino. Tal como está planteada la industrialización en El Salvador, con vistas al aprovechamiento del mercado centroamericano, más que a la promoción del mercado interno, exige inversiones de tal envergadura que sólo podrían efectuarse con el concurso de la inversión extranjera. De esta exigencia están naciendo las empresas industriales “mixtas”, a través de las cuales se afirman las relaciones de la gran burguesía (sólo ésta tiene acceso a tales empresas) con el imperialismo. Ahora bien, al mismo tiempo que se afianzan esas relaciones la burguesía salvadoreña se escinde en dos grandes sectores: uno, el económicamente más poderoso y más influyente, estrechamente ligado al imperialismo, ajeno totalmente a las vicisitudes y miserias del mercado interno, y otro, que no podrá sobrevivir si no es manteniendo una lucha resuelta y sostenida contra aquél, levantando cada vez más alta la bandera de la independencia nacional. Este último sector, reforzado por los comerciantes no importadores, por los industriales nacionales, por los pequeños y medianos productores, solos o asociados en cooperativas, y por la clase media intelectual, es lo que podríamos llamar en El Salvador la “Burguesía Nacional”.
El camino de la “gran burguesía” salvadoreña hacia el mercado centroamericano está lleno de peligros y sus aventuras en ese terreno pueden llevarla a tempranos fracasos. En primer lugar, porque sus “aliados” imperialistas son vistos cada vez con mayor hostilidad por los pueblos en América Latina; y en El Caribe especialmente, y en segundo lugar, porque los industriales y los comerciantes de los otros países centroamericanos van a resistir en lo posible la penetración económica que a través de la gran burguesía salvadoreña está llevando a cabo el imperialismo norteamericano en Centroamérica.
Nueva perspectiva histórica para la realización de la Reforma Agraria Democrática en El Salvador
De no haber surgido la posibilidad de abrir el Mercado Común Centroamericano para la industria salvadoreña, no habría sido posible o habría sido muy lenta y difícil la integración industrial terrateniente de la burguesía salvadoreña. En este supuesto, la lucha entre terratenientes e industriales por el control del poder político, se habría profundizado en torno del problema del mercado interno. Con la perspectiva del Mercado Común Centroamérica se logró atraer al capital agrario hacia el campo de la inversión, industrial, y se atenuaron, hasta casi desaparecer en una década, las contradicciones políticas entre ambos sectores de la burguesía salvadoreña. En ese ínterin se repartieron entre ellos más o menos equitativamente los puestos claves de la Administración Pública y se fortaleció la posición económica y política de la burguesía salvadoreña, reforzada por sus posteriores contactos con el imperialismo. En base de esta apreciación es que podemos afirmar que la burguesía salvadoreña (integrada) es hoy día mucho más fuerte económicamente que lo que pudo ser en cualquier otro momento de su historia, y que los métodos de lucha política de las fuerzas progresistas y revolucionarias en El Salvador, tendrán forzosamente que adecuarse a la nueva situación si es que quieren ser eficaces.
Una vez que se hubo operado el fenómeno de fusión económica y de inteligencia política entre los más altos círculos, de la burguesía (grandes industriales, grandes terratenientes, grandes banqueros, grandes comerciantes del giro exterior), y cuando todo parecía marchar sin tropiezos, ha comenzado a manifestarse un hecho, casi imprevisto cuyas consecuencias negativas no fueron debidamente calibradas en su oportunidad. El Mercado Común Centroamericano, en el que tantas esperanzas depositaron los “técnicos” de la burguesía, ha comenzado a fallar y a convertirse en un factor de discordia centroamericana más que en un instrumento de unidad. La integración económica no marcha y la misma ODECA viene confrontando dificultades casi insuperables. En estas circunstancias la burguesía se ve obligada a plantear de nuevo el problema del mercado interno, esto es el problema de la diversificación de la producción, de la liquidación de las trabas feudales en el campo y del aumento de la capacidad adquisitiva de las masas. La solución satisfactoria de estos problemas se está transformando en una necesidad apremiante para la burguesía salvadoreña en su conjunto.
Lo dicho significa que en El Salvador está planteado el “problema agrario” con mucha mayor agudeza que antes, y que el tema de la Reforma Agraria tiende a situarse en el primer plano de las preocupaciones nacionales. Por la primera vez., la discusión del problema agrario ha saltado por encima de: los estrechos círculos de los “entendidos”, cobrando carácter y tratamiento nacionales. No hay hoy día un solo periódico que directa o indirectamente no le dedique atención seria a este problema, aun cuando no se haya hecho todavía del mismo un análisis correcto y exhaustivo. El mismo coronel José María Lemus, hizo elaborar y poner en práctica (?) su ya famoso “Plan Metalío” rechazado por reaccionario incluso por los terratenientes, exponiéndose a toda clase de sarcasmos y críticas. Todos quieren “echar su cuarto a espadas” en este asunto, y cabe esperar muchas fórmulas y proyectos de solución a cual más “prácticos y originales”.
De otra parte, parece ser que el Imperialismo Norteamericano se inclina, a recomendar cierto tipo de “reforma agraria” (¡y vaya que los ‘hay para todos los gustos!), para los países latinoamericanos.
Creemos que estos hechos deben ser interpretados en el sentido de que “hay luz verde” para la discusión abierta de la cuestión agraria, o, dicho de otra manera, la burguesía en su conjunto; puesta ya en el camino de la industrialización y sin posibilidad alguna de contramarcha, no tiene otro recurso que interesarse por una solución “conveniente” del problema agrario, esté es por la incorporación de las grandes masas del campo, totalmente desposeídas y empobrecidas, a la economía mercantil, a la producción moderna, al capitalismo.
Pero es claro que la burguesía no puede levantar ella misma, la bandera de la Reforma Agraria, ni mucho menos de Revolución Agraria, ya que una y otra, en distinto grado, vulneran el principio fundamental clásico del liberalismo, el principio de h propiedad privada, y auspiciarlas equivaldría a debilitar políticamente la base de su estructura institucional. Por ello, quizás, es que la burguesía prefiere dejar esta tarea, con todos los quebrantos que ello pueda suponer, a las fuerzas populares, a la pequeña burguesía, y por ello es que también consiente o tolera la libre discusión de un problema que hasta hace poco, fue punto menos que tabú.
Al llegar a este punto conviene observar cómo la burguesía terrateniente (cafetalera), que por fuerza del desarrollo económico espontáneo, ha pasado ya a formar parte del ala derecha si se quiere de la burguesía integrada, ante la imposibilidad histórica de echar marcha atrás, ante la perspectiva de obtener utilidades más seguras en el campo de la industria, y ante los inesperados contratiempos surgidos en el camino del Mercado Común Centroamericano, tiende a convertirse en una fuerza económica, social y política propugnadora de nuevos desarrollos de la economía nacional.
Es obvio que, cuando la burguesía terrateniente, ya modernizada y ungida con los óleos de la industrialización, habla de resolver el problema agrario (“si la persuasión no basta, será indispensable dictar medidas cohercitivas”, ha escrito recientemente el gran cafetalero Agustín Alfaro Morán), no lo hace pensando en ninguna solución que dañe sus intereses. La burguesía terrateniente aspira a una solución del problema agrario que deje a salvo sus intereses, que deje intactas sus fincas, sus “beneficios”, que ella considera que son, y lo son realmente, expresión del desarrollo capitalista en el campo, o dicho de otro modo, unidades económicas de tipo agrícola (no agrario) en las que se emplea fuerza de trabajo libre y asalariada, abonos químicos, beneficios, transportes mecanizadas, etc., los cuales no deben ser afectadas frontalmente por ningún tipo de Reforma Agraria.
Si este presupuesto fuese correcto, y la burguesía integrada realmente tuviese interés en una solución democrática del problema agrario, ya sea porque así se lo aconsejen sus nuevos intereses industriales, o simplemente porque comprenda que no hay forma de aliviar las tensiones sociales qué están a punto de estallar, con la amenaza de peligros mayores, ello estaría indicando que ha surgido ya en el panorama político del país, una zona de entendimiento o punto de acuerdo entre los intereses de la burguesía terrateniente y los intereses de las masas populares en general, y de las grandes mayorías campesinas en particular. Es obvia la importancia de este hecho desde el punto de vista de las derivaciones tácticas del movimiento democrático y revolucionario en El Salvador.
Pero, se preguntarán asombrados algunos “revolucionarios”: ¿Cómo es posible que las masas trabajadoras y sus dirigentes demócratas puedan sentarse a la mesa de los acuerdos y transacciones, junto con los sectores oligárquico-cafetaleros que fueron siempre el enemigo jurado de las aspiraciones democráticas del pueblo? ¿Si no es contra los terratenientes, contra quién ha de plantearse entonces la Reforma Agraria?
Antes de dar respuesta a estas interrogantes, quizás convenga recordar aquí:
a) que la Reforma Agraria Democrática es la solución burguesa del problema agrario, ya que su misión histórica consiste únicamente en abolir todos los obstáculos heredadas del feudalismo en el campo, que se oponen desarrollo del capitalismo; b) que la Reforma Agraria realiza sus objetivos entregando la tierra en propiedad a los hombres que la están trabajando en condiciones feudales o semifeudales (reparto parcelario), o bien modificando toda la estructura de la propiedad en el campo mediante la “nacionalización de la tierra”. Pese a que esta última modalidad es la que podría permitir el más completo desarrollo del capitalismo, la burguesía no se decide por ella, o se decide con muchas reservas, cubriéndose la retirada, porque la considera como un paso hacia el socialismo; c) lo anterior es lo fundamental histórico de la Reforma Agraria y en ello estriba “lo incondicional” de la misma. Lo otro; la asistencia técnica, él crédito, las formas de pagos e indemnización, constituyen lo accesorio y subalterno, lo incondicional; d) la “colonización” no es parte de la Reforma Agraria porque al tratar únicamente de absorber porciones de la población flotante en el campo; deja subsistentes a la servidumbre y a la semiservidumbre cuya abolición es lo “incondicional” de la Reforma; e) que en El Salvador hay un total de 225 mil familias que trabajan en condiciones de vasallaje semifeudal, que viven bajo el peso de la doble explotación del “pago en especie” y del “pago en trabajo”.
Hay personas en, El Salvador que al estudiar estos problemas niegan totalmente la existencia de relaciones de producción feudales y semifeudales en el campo (Geoffroy Rivas y otros), o que las admiten únicamente en calidad de meros “residuos”, remanentes, etc., desestimando la fuerza condicionante de aquella cifra en todos los órdenes de la vida nacional; f) no hay, en consecuencia, ningún movimiento democrático en El Salvador, ni puede haberlo por ningún motivo, si como eje de su programa no lleva la reivindicación de la Reforma Agraria. Desestimar la importancia histórica de esta tarea, posponiéndola o negándola, conduce inevitablemente a hacer concesiones de toda clase a la reacción interna y al imperialismo;
g) la profundidad y la amplitud que alcance la Reforma Agraria, o sea su capacidad para empujar el desarrollo histórico del país, no depende de ninguna cuestión de principio, sino solamente de una cuestión de política práctica, o sea el estado de organización y la fuerza política de que puedan disponer, en un momento dado, las masas trabajadoras del país; h) para llevar adelante la Reforma Agraria Democrática en El Salvador no hay necesidad de pensar en ninguna reforma de tipo constitucional. La Constitución política vigente (la de 1950) en su título IX, y en sus artículos 135-136-137-138 y 147 asegura un margen suficiente de la elasticidad jurídica para emprender y llevar adelante nuestra Reforma Agraria Democrática.
VI ¿Contra quién ha de plantearse, pues, la Reforma Agraria Democrática?
Ha llegado el momento de dar respuesta a tan inquietante cuestión. Para nosotros, este problema sólo puede tener, en las condiciones específicas de El Salvador, que fueron expuestas en páginas anteriores UNA SOLUCION: la Reforma Agraria debe enfilarse única y exclusivamente contra los propietarios de tierras, ya sean éstos pequeños, medianos o grandes, en cuyos dominios haya mozos colonos (siervos) o arrendatarios (semisiervos) que estén pagando renta en especie o en trabajo, o que se hallen inmovilizados por las “habilitaciones”. Estas son las formas feudales y semifeudales de explotación que frenan el desarrollo de la economía mercantil en el país, que detienen su desarrollo económico, que detienen el desarrollo democrático y que no permiten mejorar el nivel de vida material y cultural de las grandes masas.
Históricamente está creado hoy día la posibilidad de romper la vieja alianza entre los terratenientes capitalistas y los latifundistas feudales, y también la posibilidad de abrir una brecha hacia la democratización del país. Es obvio que la Reforma Agraria, así concebida y aplicada, vendrá a fortalecer necesariamente a la burguesía integrada, por cuanto pondrá a disposición suya todas las ventajas económicas del Mercado interno diversificado y fortalecido por la Reforma. Ello es innegable, pero también lo es y en mucha mayor medida, que las ventajas que alcanzará el movimiento obrero y campesino, sin contar el mejoramiento del nivel de vida, de las masas, serán más importantes si se tiene en cuenta que, a través de las luchas por la Reforma Agraria, se podrá afianzar la unidad de este movimiento y elevar convenientemente su nivel político. Y más tarde, cuando haya sido posible quebrantar radicalmente la resistencia de los feudales, ya habrá ocasión de que las masas trabajadoras del campo, liberadas y fortalecidas por 1a Reforma, planteen a los terratenientes capitalistas, sus propias demandas a través de la lucha democrática.
El cambio del panorama político del país resulta así impresionante. Los 14 Grandes, la Oligarquía Cafetalera, que fueron considerados hasta hace poco como la fuerza principal de resistencia al movimiento democrático, han dejado de ser por ahora, el enemigo principal. Hoy el enemigo principal es el latifundista feudal explotador de mozos colonos y arrendatarios enfeudados, y contra él debemos descargar los más duros golpes. Esta es la única manera de romper la alianza reaccionaria entre los capitalistas terratenientes y los latifundistas feudales, la única manera de incorporar a la lucha democrática a más de medio millón de trabajadores activos del campo, y también la única manera de soldar la alianza del proletariado y los campesinos en escala nacional.
VII Composición orgánica de la Burguesía Salvadoreña
En el curso del proceso de integración de clase de la burguesía que hemos bosquejado arriba, su composición orgánica se ha hecho cada vez más compleja y sería absurdo pretender que toda ella, en su conjunto, acoplara su conducta ante todos los problemas como una sola masa homogénea, sin considerar las contradicciones que separan a sus distintos sectores.
Nosotros hemos descrito una “burguesía integrada” interesada en el desarrollo de la economía nacional, en la elevación de los niveles de vida del pueblo, en la libertad y la independencia nacional, EN LA MEDIDA en que esas grandes reivindicaciones coinciden con los intereses económicos de esta burguesía. Esta burguesía, es la que a nuestro juicio debe ser considerada como burguesía nacional salvadoreña, y como tal es merecedora del más atento estudio de nuestra parte. Es preciso 1Iegar a conocerla en sus reacciones más íntimas frente a todos y cada uno de los problemas que afectan al país y frente a las problemas particulares que afectan a cada una de las clases que forman la sociedad salvadoreña.
En determinadas condiciones, esta burguesía nacional sería capaz de participar activa y consecuentemente en las luchas del pueblo por la democratización del país y de rendir incluso grandes tributos el patriotismo. Ello dependería, en todo caso, de que a su lado, estimulándola y empujándola, se halle una clase obrera bien organizada, querida de las masas del pueblo, sólidamente vinculada a los trabajadores del campo y dueña de una clara y firme línea política revolucionaria.
Pero no debemos olvidar que a un lado de esta burguesía nacional, compuesta de sectores estrechamente vinculados a la producción y al comercio internos, se destaca una “gran burguesía”, cuyos negocios actuales y futuros provienen de sus vinculaciones financieras y comerciales con el capital imperialista norteamericano. Los grupos que componen a esta gran burguesía son los grandes banqueros, los grandes comerciantes del giro exterior, los grandes terratenientes capitalistas, y los grandes industriales y dueños o socios de empresas que, bajo la denominación de toda clase de sociedades y “compañías salvadoreñas”, se prestan para pasar de contrabando y cohonestar la inversión y las actividades del capital norteamericano en nuestro país y en Centroamérica. Estos grupos son los que actualmente controlan el poder político o ejercen poderosa influencia en la política gubernamental, y son los más interesados, porque en ello les van grandes beneficios, en crear un mercado de 12 millones de centroamericanos para los inversionistas y comerciantes norteamericanos. Estos grupos miran las cosas en grande y casi no tienen interés en nuestro mercado interno.
Las más grandes inversiones que haga el capital imperialista en El Salvador, en el inmediato futuro, serán canalizadas través de la acción antinacional de los grupos que forman esta Gran Burguesía. Entre la burguesía nacional y la gran burguesía hay toda una intrincada red de relaciones que es preciso conocer a fondo. Por ello es menester hacer de sus peculiaridades de clase un estudio serio y mantener sobre sus actividades la más estrecha vigilancia.
VIII Consideraciones Finales:
Primera: Si nuestra generación no pudiera realizar más que la tarea de liberar a millón y medio de salvadoreños, víctimas hoy día de la opresión feudal, incorporándolos a la vida moderna que surge de la economía mercantil, elevando su nivel de vida y su standard cultural, y creando las condiciones para una alianza efectiva forjada en la lucha común entre la clase obrera y los campesinos, nuestra generación habría justificado históricamente su existencia.
Segunda: En la medida en que ninguno de los objetivos de clase de la gran burguesía gobernante coincide con ninguna de las reivindicaciones democráticas (progreso, independencia y libertad) del pueblo salvadoreño, la actual “estabilidad social y política” que parece imperar en el país no puede durar mucho tiempo. La aparente estabilidad actual puede romperse, inopinadamente y dar lugar a nuevas crisis políticas. Prepararse para enfrentar exitosamente estas crisis, mediante el conocimiento de sus verdaderas causas y de sus proyecciones, he aquí nuestra tarea.
F I N
San Salvador, junio de 1960.

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