Hablando de feminismos y géneros: ¿Cómo sé yo que soy una mujer?

Hablando de feminismos y géneros: ¿Cómo sé yo que soy una mujer? (1 de 5)
¿Cómo sé yo que soy una mujer? Esta pregunta surge en mi mente mujeril mientras paso el trapo por la tapa del retrete.
Este pensamiento que conecta la limpieza del baño con mi condición de mujer lo he llevado a varias conversaciones con mujeres. En todas ellas (no he hecho estadísticas sobre las mismas), la limpieza del baño estaba muy conectada con las mujeres y poco conectada con los hombres de los hogares sobre los que se hablaba.
Este “suponer que las mujeres debemos limpiar el baño” hace que algunas mujeres entren en conflicto con ellas mismas y con los hombres que conviven en los hogares, ¿por qué ocurre eso?, ¿de dónde viene ese “suponer”?
Si hay mujeres concretas que sabemos que no nos gusta limpiarlo, ¿por qué sentimos que nos corresponde más que a los hombres realizar esta tarea, y en general, ciertas tareas?
La limpieza del baño es sólo un ejemplo de tareas que se han conectado con las mujeres dentro del hogar. El baño es una de las resistencias. Aunque algunos hombres han asumido tareas hogareñas como el fregado de platos, o sacar la basura al contendor (tareas estrella en la incorporación general de los hombres a las tareas domésticas), el baño sigue siendo un “enclave” de los roles femeninos.
El conflicto emerge cuando las actividades que se han identificado como “propias de las mujeres” chocan con la persona, con su ser, con su situación personal, forma de vida, en definitiva, con su realidad vivida. Es decir, cuando el estereotipo y los roles de género chocan con las vidas de las personas.
La naturalización de “las cosas propias de las mujeres”, como analizó Simone de Beauvoir en su libro “El segundo sexo”, vienen construyéndose desde los diferentes ámbitos y disciplinas como el psicoanálisis, la historia, la filosofía, la biología, etc. Con la característica de que a las “cosas propias de mujeres” se les concede menor valor que a las “cosas propias de hombres”.
El imaginario social occidental, que mayormente compartimos en la actualidad, se ha construido de manera que las mujeres se conectan con el ámbito doméstico. Las tareas realizadas en dicho espacio están dotadas de un valor menor en comparación de las desarrolladas en el ámbito público, principalmente conectado con lo masculino.
Incluso hoy en día que las tareas del hogar comienzan a compartirse más, si miramos dentro del espacio doméstico, tareas como la limpieza de los baños, así como limpiezas más profundas, siguen estando, mayormente, en manos de las mujeres. Suelen ser tareas más desagradables, más en contacto con la suciedad: bayeta de la cocina, restos comida fregadero, grasa de la campana extractora, pelo enredado en el sumidero de la ducha, entre otras.
Todo el entramado ha sido bien configurado para que sea asumido de forma natural por mujeres y hombres. De manera que, se han creado ciertas sumisiones que se materializan en las vidas de las mujeres sin que exista un control explícito.
En los diferentes momentos de la historia las mujeres han reivindicado su visibilidad y participación en el mundo como sujetos. Y si, esto tiene que ver con la limpieza del baño.
Las “cosas propias de mujeres”, el “pack femenino” (1) (como aquí lo identificaremos) han ido calando poco a poco. Esto ha supuesto dificultades para el desarrollo de las vidas de las mujeres.
Esta construcción de “mujer” generó un “malestar” en mujeres estadounidenses blancas de clase media en la década de los sesenta del siglo XX. Betty Friedan, analizó ese malestar.
Eran mujeres que cumplían con todas las características que tenía que tener una “mujer” blanca de su tiempo y lugar (EE.UU.). Tenían todos los elementos del “pack de la feminidad” (mujeres dedicadas al ámbito doméstico: madres amorosas, buenas esposas, y excelentes anfitrionas, entre otras), y contaban con todas las “comodidades” del mundo moderno. A pesar de esto, estaban depresivas, angustiadas, con un “extraño malestar” ¿Querrían ser algo más que ser madres y esposas?
Esa condición de “mujer” de la que también habla Marcela Lagarde, está formada por las características genéricas que teóricamente comparten todas las mujeres. Esas características que se denominan como esenciales y que definen a “la mujer” como ser social y cultural genérico, ser para y de los otros. Esa condición de “mujer” que compartían todas las mujeres que Betty Friedan estudió, les estaba causando dificultades y conflictos en sus vidas.
Si a lo largo de la historia ha habido mujeres que cuestionan lo que se les atribuye por el hecho de ser mujeres. Si nosotras cuando limpiamos el baño nos preguntamos: ¿porqué lo hacemos con más naturalidad que los hombres?, ¿porqué si no lo hacemos (y sabemos que hay que limpiarlo) nos sentimos extrañas, mal?, ¿qué es lo que entra en contradicción? De manera sencilla, podemos responder que ese “malestar” está relacionado con el género, como construcción social del sexo.
De estos conflictos de la cotidianidad, como la limpieza del baño, surgen las reivindicaciones y rupturas que se producen por parte de mujeres que, aun reconociéndose como tales, no tiene demasiado claro: ¿en qué momento lo supieron?, ¿quién se lo dijo?, ¿cómo se ha construido “esa mujer” que las habita?
De manera que, nos preguntamos: ¿qué trae consigo el “pack de la feminidad”?, ¿qué posición hace ocupar a las mujeres en el mundo el uso o no del mismo?, ¿quién fabrica el pack?
Este post es el inicio de una reflexión en la que pretendemos hacer un breve recorrido sobre cómo en diferentes momentos se ha construido una feminidad que se conecta específicamente a las mujeres. Y cómo, a partir de la condición genérica de “mujer”, las mujeres crean sus identidades.
Esto lo haremos a través de tres autoras que, en diferentes momentos, han abordado de distinta forma esta temática.
Simone de Beauvoir (1908 – 1986) filósofa y escritora francesa que en 1949 escribió “El segundo sexo”, un gran análisis de toda la construcción de “la mujer” como Alteridad, como el Otro.
Betty Friedan (1921- 2006) escritora estadounidense, cuya obra “La mística de la feminidad”, escrita en 1963, trajo consigo una puesta en cuestión de la creación de lo femenino.
Marcela Lagarde (1948- /) antropóloga mexicana. Profesora y política mexicana, que en su libro “Género y feminismo. Desarrollo humano y democracia”, analiza las posibilidades vitales de las mujeres y hombres, el sentido de sus vidas, expectativas y oportunidades, las complejas y diversas relaciones sociales que se dan entre ambos géneros.
A partir de sus reflexiones iremos a tres momentos históricos, a tres lugares diferentes, y a tres formas de ver y enfrentar lo que supone “ser mujer”, lo que conlleva la feminidad y lo que implica verse en esos conflictos identitarios genéricos. Para llevar a reflexionar sobre ¿cómo sé yo que soy mujer?
(1) Identificaremos aquí “pack femenino” como las características que se supone debe tener “la mujer”, que son cambiantes y se van construyendo de manera distinta en los diferentes momentos. Aunque hay algunas que permanecen constantes y que se han ido naturalizando. A estas características y acciones derivadas de ellas se les da valor. A partir de ellas se valora a las “mujeres reales” a la hora de considerarlas como mujeres-personas. Ejemplo: la sensibilidad conectada con las mujeres hace que de una mujer agresiva se diga de ella que “no es femenina” ¿Deja de ser mujer por esto?
Hablando de feminimos y géneros: No se nace mujer, se llega a serlo. Simone de Beauvoir (2 de 5)
No se nace mujer, se llega a serlo (Simone de Beauvoir) Continuando con lo planteado en el post anterior, ¿cómo sé yo que soy una mujer? vamos a mirar a las reflexiones y estudios de tres autoras: Simone de Beauvoir, Betty Friedan y Marcela Lagarde. Para comprender cómo se yo que soy una mujer, hemos de indagar sobre ¿qué significa ser mujer?, como se preguntó Simone de Beauvoir.
Estas preguntas aparecen ante las realidades cotidianas. El hecho de que escuchemos afirmaciones como “esa no es una mujer, no es muy femenina, es una machorra”, “no es una buena mujer, sólo se ocupa de su trabajo”, “a mí me gustan las mujeres de verdad”, o frases como las que el actual presidente de EE.UU. dice sobre las mujeres: “las mujeres son objetos estéticamente agradables”(ver noticia aquí), muestra inicialmente que ser “mujer” significa muchas cosas que afectan negativamente a las mujeres. Para comprender cómo ha ido construyéndose esto vamos a ir a lo que de Simone de Beauvoir escribió en su libro El segundo sexo.
Simone de Beauvoir (1908-1986) fue una filósofa francesa que publicó un libro revolucionario para la época: El segundo sexo (1949). Tanto las críticas como las alabanzas que recibió son muestra de la importancia de la obra. Ella se lanza a hablar abiertamente de cosas como la menstruación, la prostitución y el aborto. Hace un gran trabajo visibilizando el entramado que conforma a las mujeres. . Ya que, como pone de manifiesto su célebre frase “no se nace mujer, se llega a serlo”, hay toda una construcción en torno a lo que significa ser mujer.
Una vez que nace la criatura y es definida como niña o niño, se ponen en marcha muchos mecanismos que contribuyen a su desarrollo en femenino o masculino. Incluso antes de nacer, la pregunta si es niña o niño es constante, para adecuar el color de la ropa, la habitación, los regalos, etc. Y resulta, que todo este entramado va a marcar su posición en el mundo.
En la actualidad, en casi todas las sociedades occidentales se han producido grandes avances en relación a la igualdad formal. A pesar de esto, nuestras cotidianidades aportan datos y testimonios que corroboran que esa igualdad de derechos, oportunidades y posibilidades no es un hecho.
“los hombres afirman casi de buena fe que las mujeres son iguales al hombre, que no tienen nada que reivindicar, y al mismo tiempo, que las mujeres nunca podrán ser igual al hombre y que sus reivindicaciones son vanas” (Beauvoir, [1949]1998:61).
Esta desigualdad efectiva se construye sobre la diferencia sexual y para Beauvoir una de las claves de la condición de mujer viene dada por la maternidad. A las personas que nacieron con vulva se las nombra como “mujer”. Esto va a implicar, que esa sujeto se construya como alteridad.
El análisis que realiza la autora gira en torno a la idea de que “la mujer” ha sido construida como alteridad, a partir del hombre, nunca se la ha visibilizado como algo completo. Ella analiza lo que se ha escrito hasta sobre las mujeres y se da cuenta siempre estaban en un segundo plano. Son consideradas lo Otros, inferiores. El sexo débil frente al sexo fuerte. Estas dicotomías se construyen en base a la naturaleza.
En este libro, como se pone de manifiesto en el vídeo que recomendamos, los análisis de Beauvoir apuntan que había que desconfiar de eso que lo que se apunta como “natural”.
La igualdad sobre la que se sustenta Beauvoir, teniendo en cuenta la diferencia biológica, sería la condición humana, “solamente es posible comparar a la hembra y al macho de la especie humana desde una perspectiva así mismo humana. La definición del hombre es la de un ser que no viene dado, que obra para ser lo que es” (Beauvoir, 1998:96).
Así por ejemplo, dentro de sus análisis a través de la biología sobre el sexo y la sexualidad de diferentes especies pone de manifiesto que la forma de reproducción de las especies en la naturaleza no se manifiesta con tanta claridad. “En la naturaleza nada está totalmente claro: los dos tipos, macho y hembra, no siempre se diferencian con claridad” (Beavoir, 1998:87). Esta apreciación es muy relevante, ya que en muchas ocasiones se recurre a nuestras diferencias biológicas para justificar discriminaciones.
La contemporaneidad de estos argumentos la podemos ver en la explicación que una profesora de biología hizo en las redes sociales (marzo 2017) para argumentar a través de la biología contra las conductas transfóbicas que se justifican desde la biología.
Opinión en las redes: “Entre las especies sexuales, las hembras tienen dos cromosomas X y los machos tienen una X y una Y, no soy un fanático, sólo es ciencia”. Lo que ella respondió, nos pareció una genialidad y nos dimos a la tarea de traducirlo y verificarlo:

Respuesta de la profesora: “En primer lugar, entre las especies sexuales, las hembras pueden tener XX y los machos ser X (insectos), las hembras pueden ser ZW y los machos ZZ (aves), también puede ser que las hembras sean hembras porque se desarrollaron en un ambiente cálido y los machos sean machos porque se desarrollaron en un ambiente fresco (reptiles). Puede que las hembras lo sean porque perdieron un concurso de lucha de espada de pene (algunos platelmintos).

Aunque, en el argumento de Beuvoir se mueve en la dicotomía (no hemos de perder de vista tiempo y contexto), en parte de su libro analiza las argumentaciones que se dan desde la biología, la psicología, la historia, etc. en relación a las características de las mujeres, las cuales justifican dicotomías como naturaleza/cultura, pasividad/actividad, público/privado.
Ella afirma las diferencias biológicas existentes entre hombres y mujeres, pero desmonta todo lo que sobre ellas se ha construido, y que se han nombrado como “mujer” y “hombre”. Esa biología ha formado parte de definir cómo han de ser las mujeres, qué trabajos han de desarrollar, etc., todo esto es lo que define el “ser mujer”. Lo que llamábamos en el post anterior, el “pack de la feminidad”.
Ella pone de manifiesto que la educación que se da a las mujeres conspira para cerrarle los caminos de la rebeldía y la aventura, y mienten a las mujeres exaltando el elevado valor del amor, de la abnegación, ocultando que ni el marido ni los hijos están dispuestos a soportar la carga que supone.
Beauvoir apunta que la autonomía de la mujer va a suponer la supresión de muchas facilidades a los hombres, por lo que vamos a tener que aprender nuevas formas de vivir la sexualidad, nacerán un nuevo tipo de relaciones entre los sexos. Admitiendo las diferencias sexuales, y subrayando que existen diferencias dentro de la igualdad. Valorando la reciprocidad, reconociéndose cada uno como sujetos siendo para el otro la Alteridad.
¿Cómo se ven en nuestros días los planteamientos de Beauvoir? ¿Han nacido ya esas diferentes tipos de relaciones que ella preveía?
Hablando de feminismos y géneros: El extraño malestar de las mujeres, Betty Friedan. (3 de 5)
En nuestro anterior post, como Simone de Beauvoir, quedó claro que “no se nace mujer, sino que se llega a serlo”. El “ser mujer” se ha construido a lo largo de los siglos desde la alteridad, desde la otredad, a partir del sujeto masculino que hace de referente. Sobre las diferencias biológicas se constituye todo un entramado que sostiene las discriminaciones que se producen hacia las mujeres y sobre esto se construye la feminidad.
Betty Friedan (1921-2006), fue una escritora estadounidense cuyo libro “La mística de la feminidad” (1963) fue un referente en el movimiento feminista de los años sesenta. Esta autora puso de manifiesto que las mujeres blancas estadounidenses de clase media tenían un “malestar” que era compartido, un malestar que no tenía nombre.
A pesar de los mensajes que se mandaban a través de la publicidad, y de las opiniones de “expertos”, las vidas de las mujeres (blancas de clase media), “amas de casa”, en Estados Unidos se alejaba mucho de la experiencia agradable que se veía en anuncios como estos.
Las mujeres blancas de clase media eran educadas para encontrar marido, casarse, tener hijas e hijos y realizarse de esta manera como esposas y madres. A pesar de que fueran a la universidad, era significativo el número de abandono universitario o finalización de estudios sin ejercicio de una profesión. Los colleges, para las mujeres, pasaban a ser lugares donde encontrar maridos. Esta imagen la podemos ver reflejada en muchas películas estadounidenses de la época. Mujeres formadas que finalmente eligen dedicarse a sus familias. Imagen del mayor éxito de las mujeres.
Tras el fin de la Guerra, en los años cincuenta se da “la maravillosa vuelta al hogar”. Los hombres ocupan los puestos de trabajo en el espacio público y “proveen” a las mujeres de todos los avances para el hogar (lavadoras, exprimidoras, etc., etc.), avances que facilitaban “su labor” en la esfera doméstica. El tiempo que todas esas nuevas máquinas les permitían ahorrar lo ocupaban en desarrollar labores sociales. Al mismo tiempo, todas esas nuevas máquinas también estaban enfocadas para “crear su feminidad”.
¿Qué pasaba entonces? ¿De dónde aparecía ese malestar? En el estudio de Friedan muchas mujeres no se encontraban bien, sentía un “malestar”. Habían comprado un “pack de la feminidad” y una vez que habían usado todo lo que en él venía parecía que algo no encajaba con ellas, en su interior.
Había todo un entramado publicitario y de mensajes que las instaba a estar felices en sus casas, con sus maridos, sus hijas e hijos y sus labores hogareñas.
Este malestar que no tenía nombre no podían achacarlo a la pérdida de la feminidad, ya que eran las que mejor horneaban el pan, se ocupaban de las hijas y los hijos, cuidaban a su marido, cuidaban su imagen como mujeres, ¿cómo es que no estaban realizadas como mujeres si hacían y tenían “todo lo que una mujer podía desear”?
Parece que estas mujeres querían algo más que su marido y sus hijos e hijas. Estaban frustradas por sentirse mal “teniendo todo lo que una mujer podía desear”. Esta “mística de la feminidad”, como la nombra Betty Friedan, ensalzaba todos estos valores que dotaban a “la mujer” perfecta para estar confinada en el hogar ocupándose de todas las tareas relacionadas con la reproducción familiar, dentro de esa “unidad” necesaria para la supervivencia de este grupo.
Eran glorificadas en su papel de madres y esposas, y combatían en su día a día consigo mismas, ya que se glorificaba el “pack femenino” pero no a ellas como mujeres completas. Y así, se agarraban a su identidad de ama de casa.
“el lugar de la mujer es el hogar, ya no podía decirse con tono de desprecio” (Friedan, 2009:295)

Además, ese pack ahora no traía cosas como la costura, la educación de la/os pequeñas/as, tejer, etc., estas labores salieron del ámbito doméstico, esto hizo que hubiera menos cosas en las que las mujeres pudieran “desarrollarse”. Expandían el tiempo dedicado a las tareas del hogar, y el vacío aumentaba.

El ama de casa estadounidense blanca de clase media, no tenía privacidad para poder tener sus propios intereses personales, ¿estaban otra vez en el punto de la demanda de la habitación propia de Virginia Woolf? Como apuntaba Friedan, las mujeres tenían que convencerse a sí mismas de que hacer un plato de comida a su familia tenía la misma importancia que una operación quirúrgica. Se dotó de un gran prestigio a la mujer abnegada ama de casa que lo dejaba todo (incluidos sus estudios) por dedicarse a su familia.
Pero, ese no saber por qué están mal si lo tenían todo producía un conflicto interno, llevaba a que fueran identificadas como “locas depresivas” ya que no había motivos aparentes para estar mal, y eso ellas lo sabían.
“No es bueno para las mujeres, cualquiera que sea su razón, pasar los días dedicadas a un trabajo que no avanza al mismo tiempo que lo hace el mundo que las rodea (…)” (Friedan, 2009:311)
De forma que, Friedan apunta que estas mujeres “no hallarán la paz hasta que no empiecen a utilizar sus capacidades” (Friedan, 2009:311), es decir, hasta que puedan desarrollarse y usar sus habilidades en crear algo propio, que salga de ellas.
Y es que, aunque aparentemente esa había sido su elección, esta elección es la que se suponía debían tener como mujeres, dentro del mundo en que vivían. Eso era lo que debían desear las mujeres para así cumplir con todo lo que esta identificación como mujer significaba: el ser madre y esposa.
Y además, eran mujeres privilegiadas por no tener que salir a trabajar, por no tener que preocuparse por el dinero, etc. Claro, no había nada más, qué iban a plantear entonces, ¿había posibilidades de ruptura si no sabían qué ocurría? Si tenían todo lo que podía tener una mujer, en las mejores condiciones, y dedicaban su tiempo a lo que ellas querían (siempre que fueran “cosas de mujeres”), ¿qué era ese malestar?
Friedan construye su discurso a través de la feminidad, como las características que se les atribuyen a las mujeres, los roles en la familia, en la sociedad, con su cuerpo. Es esa feminidad lo que define a “la mujer” y la conforma de ojos al mundo y a ella misma, siendo generadora en muchas ocasiones de un extraño malestar.
Hablando de feminimos y géneros: Feminidad, identidad y mujeres. Marcela Lagarde. (4 de 5)
Visto que, según las aportaciones expuestas hasta el momento, ciertas características biológicas apuntan a que somos mujeres desde los cuerpos, pero que sin el “pack femenino” no lo son, y con él caen en un malestar sin nombre. ¿Cómo se construye la identidad de las mujeres? ¿Qué hace sentirse mujeres y afirmar que lo son?
Marcela Lagarde (1948) investiga desde su formación como antropóloga y feminista. En 1996 escribe un libro que tiene bastante repercusión y al que tituló: Género y Feminismo. Desarrollo Humano y Democracia. A través de sus reflexiones en el mismo vamos a seguir con la mirada que estamos haciendo a la construcción de las mujeres, las cuales comenzamos con el post: ¿Cómo se yo que soy una mujer? Esta pregunta surge en mi mente mujeril mientras paso el trapo por la tapa del retrete.
Construimos nuestra identidad afirmando nuestro yo y negando la igualdad, aceptando la diversidad al definir al otro como diferente.
Como vimos al inicio, la identidad de género de los sujetos se conforma a partir de una primera clasificación genérica (al nacer somos niñas o niños). Además de esta primera conformación, seguimos definiendo nuestra identidad por adscripción a grupos de diversa índole (que se definen por su actividad, pensamiento, lugar de origen, periodo de vida, etc.).
Como grupo, Marcela Lagarde habla de que “la identidad de las mujeres es el conjunto de características sociales, corporales y subjetivas que las caracterizan de manera real y simbólica de acuerdo con la vida vivida.” (Lagarde, 1996) y llega a definir una condición de mujer por características genéricas (de género) que teóricamente comparten todas las mujeres.
Por un lado, la identidad de las mujeres se define a través de características sociales, corporales y subjetivas, que la caracterizan de manera real o simbólica. Por otro lado, la experiencia particular de cada mujer viene determinada por las condiciones de vida. A través de estas ideas, Marcela Lagarde habla de la condición de la mujer.
Esta condición genérica es histórica, en oposición a la “naturaleza femenina” (el “pack femenino”) que define a “la mujer” a partir de sus atributos sexuales (cuerpo, formas de comportamiento, actitudes, capacidad intelectual y física, lugar en las relaciones,…), los cuales el patriarcado afirma que escapan a la Historia, y esto hace que no se acepte la deconstrucción a la que se somete la creación de las mujeres.
Marcela Lagarde abre el análisis a otros términos y características que muestran qué es lo que encuentran las mujeres a la hora de construirse en la individualidad y en la colectividad. Las mujeres se definen a partir de una condición genérica inicial, y a la vez las circunstancias y todo lo que se crea y creamos a nuestro alrededor va conformando un todo.
A partir de lo anterior, esta autora, define la situación vital como el conjunto de características que tienen a partir de su condición genérica, la cual afirma la existencia de mujeres particulares en condiciones concretas de vida.
Este es un punto de inflexión en relación a las anteriores autoras, ya que aquí se visibiliza la diversidad de las mujeres y las condiciones concretas de cada mujer, a partir de las cuales va a construir su yo mujer a través del que interactúa con el mundo.
Las diferencias entre las mujeres (derivadas de clase, etnia, raza, etc.) intersectan con la de género, a partir de ellas se comparten vivencias opresivas comunes.
A pesar que en la modernidad eurocentrada capitalista, todos/as somos racializados y asignados un género, no todos/as somos dominados o victimizados por ese proceso. El proceso es binario, dicotómico y jerárquico. Kimberlé Crenshaw y otras mujeres de color feministas hemos argumentado que las categorías han sido entendidas como homogéneas y que seleccionan al dominante, en el grupo, como su norma; por lo tanto, “mujer” selecciona como norma a las hembras burguesas blancas heterosexuales, “hombre” selecciona a machos burgueses blancos heterosexuales, “negro” selecciona a machos heterosexuales negros y, así, sucesivamente. (Lugones 2008, 25)
Esta cita de María Lugones, feminista descolonial, pone en evidencia que hasta años recientes (como podíamos ver en las dos autoras anteriores), la diversidad dentro de las mujeres, y las diversas opresiones que desde los discursos feministas se habían generado hasta el momento (ella habla de colonialidad de género lo abordaremos en otros post).
¿Esto qué quiere decir? De manera sencilla, que se comenzó hablando de mujer/hombre. Mujer como una categoría que definía a todas las mujeres, y desde la cual se trataba de desmantelar la discriminación que se había construido frente a la categoría de hombre.
Después se empezó a hablar de mujeres, pero en muchas ocasiones sin tener en cuenta que ese plural, incluía mujeres negras, indígenas, lesbianas, etc, mujeres, en definitiva, que estaban atravesadas por otras discriminaciones debido a su raza, identidad sexual, etc. Estas mujeres no se encontraban dentro de los análisis realizados desde la visión de las “mujeres blancas heterosexuales de clase media”. Aunque este tema lo abordaremos en otro post.
Si ahora atendemos a la feminidad de la que habla Lagarde, hemos de apuntar que es una distinción cultural históricamente determinada que caracteriza a las mujeres por su condición genérica. Esta feminidad de la que hablaba Friedan, había determinado a las mujeres a las cuales analizó de una manera muy concreta. Esa feminidad no era la misma que la que, en ese momento, podía ser identificada por otras mujeres en el Perú indígena, por ejemplo. Y cabría cuestionar, siguiendo a autoras descoloniales, si las categorías de feminidad y masculinidad construidas desde occidente tendrían sentido en otros lugares, cómo está esto conectado con la colonialidad y la modernidad.
Uno de los puntos interesantes que apunta Lagarde es que las mujeres, en cada momento de sus vidas, deben demostrar que son mujeres “de verdad” (las mujeres sobre las que habla Friedan lo hacían a cada momento), pero, con el agravio de que ninguna mujer puede con todos los atributos de “la mujer”. Esta contradicción constante entre la identidad asignada y la identidad vivida hace caer a las mujeres en conflictos y contradicciones que podríamos llamar “de género”. Hay en las mujeres un desfase entre el deber ser y la existencia.
De nuevo, la visibilización de los conflictos. Volviendo a la limpieza del baño, encontramos aquí uno de esos conflictos persistentes en lo más profundo de el ser mujer. La definición desde lo doméstico-privado (maternal-hogar) sigue muy latente. Así, las tareas que se suponen a las mujeres entran en conflicto con su vida: trabajo, inquietudes intelectuales, encuentros sociales, espiritualidad, etc.,
Este conflicto manifiesto se puede ver en ¿cuándo dedican el tiempo a limpiar el baño? ¿a qué le dan prioridad? ¿Cómo se sienten ante las elecciones?
Esta feminidad determinada históricamente de la que habla Lagarde ha cambiado, ella identifica estos cambios en la feminidad de las mujeres. El seguir los deberes de su feminidad les generan contradicciones que a veces niegan y otras superan.
En este momento (1996) explicita que hay un giro de las mujeres hacia ellas mismas. Se vuelven protagonistas, sujetos históricos. La des-estructuración de la identidad femenina patriarcal hace que se haya transformado lo esencial de la feminidad, del ser mujer y de las mismas mujeres, creando así nuevas identidades. La sociedad cambia, por lo que las mujeres cambian con ella como seres sociales partícipes de esa sociedad.
Esta autora habla de muchos de esos cambios, como la re-definición de la condición y la identidad de las mujeres desde ellas mismas. Cambios que producen miedo, ya que se piensa que cambiar es construirse como el otro (masculino), y eso sería romper la pureza y el orden. Además, estas transformaciones genéricas a raíz de cambios sociales, económicos, políticos y culturales, es manifiesta en las transformaciones de la sexualidad, las relaciones jurídicas, económicas, lenguaje, etc.
Vemos que ahora que se empieza a abrir la posibilidad, en ciertos lugares y para ciertas personas, de cambiar lo que lleva el “pack femenino”. Lo femenino se está deconstruyendo y reescribiendo desde diferentes ámbitos. Se ha abierto el “pack”, se le ha cambiado el nombre, algunas/os lo han roto.
Así, en este momento de deconstrucciones y nuevas construcciones de las mujeres, Lagarde ayuda a ver que cada mujer está involucrada en un sincretismo de género (como ella lo llama) que se concreta en su persona. Esto crea conflictos personales, interpersonales y con el baño.

Lagarde, Marcela. 1996. Género y Feminismo. Desarrollo Humano y Democracia. Madrid. Horas y Horas.
Lugones, Maria (2008). “Colonialidad y género: hacia un feminismo descolonial”, en Mignolo, Walter. Género y descolonialidad. Buenos Aires: Ediciones del Signo. 13-54.
Hablando de feminimos y géneros: Ah!! Así se hace la mujer. Conclusiones (5 de 5)
Todo comenzó hace 4 post preguntándonos ¿Cómo se yo que soy una mujer? La idea era a través de las reflexiones y estudios de 3 autoras poder entender un poco qué implica ese “ser mujer”.
Las tres referentes elegidas reflexionan sobre cómo el “ser mujer” se ha ido construyendo a lo largo de los siglos. Esta afirmación que ahora parece tan simple y que puede sonar ya ha demasiado “manida” fue y sigue siendo muy liberadora para las mujeres. Esto es debido a que, como ya apuntamos en anteriores entradas, el que sea una construcción implica que aquellas cosas que se vivan como limitantes se pueden cambiar.
Ante esta afirmación constructivista siempre aparecen en mi mente las voces que, en varias conversaciones sobre el tema, me cuestionan sobre la “evidente biología” cada vez que hablamos de construcción. Si, si, la biología está ahí, no pretendemos negarla ni hacer como que no existe. De hecho, en posteriores post iremos viendo la importancia de los cuerpos vividos, y de cómo se encarnan esas construcciones en los cuerpos físicos (siguenos y los irás descubriendo). La biología es una realidad, si.
Aunque, como bien han analizado las autoras sobre las que escribimos, se ha construido una idea de lo que implica “ser mujer”. Se ha hecho una oposición en relación a lo que significa “ser hombre”. Estas estructuras ideales se han creado en oposición y poniendo como referente “al hombre” y lo masculino, que se conecta con éste. De ahí que, por ejemplo, si quieres demostrar que eres un hombre, has de mostrar que no eres débil (pues masculino no es débil, sí lo es lo femenino).
Estas queridísimas construcciones se han naturalizado, lo que quiere decir que se piensan como conectadas directamente con la naturaleza-biología, partiendo de la idea de esta como algo estable, que viene pre-determinado, como una esencia, que define nuestro ser y nos sitúa en determinados lugares.
¿Cómo se construyen estas ideas?
Se afirma, por ejemplo, que las mujeres son débiles. Y decimos que esta idea de debilidad es una construcción social que se conecta con las mujeres. El argumento más común es afirmar que es una evidencia biológica que las mujeres tienen menos masa muscular que los hombres, que pueden coger menos peso, por ejemplo.
Este argumento es simple y no permite explicarnos esa discriminación y diferencias de valor, ya que: ¿por qué se dice que esa menor masa muscular es debilidad? ¿Se potencia igual el desarrollo muscular de mujeres que de hombres desde la infancia? ¿Qué valor social se le da a la debilidad y cual a la fuerza? ¿Cómo se valora la debilidad en los hombres y la fuerza en las mujeres? ¿Se usa esa menor masa muscular para limitar, por ejemplo, el ocupar ciertos puestos de trabajo? Hoy día, momento en el cual, la maquinaria está eliminando la necesidad de el uso de la fuerza física en muchos espacios.
La clave de esto sería, qué valores se da a cada cosa y con qué se conecta, y las consecuencias que tiene esto en las vidas de las mujeres.
Parece que, a partir de todo esto ya tenemos más visible un poco ese ¿cómo sabemos que somos mujeres? Lo sabemos porque desde que nacemos nos nombran como tales, y todo lo que está construido a nuestro alrededor sobre el ser mujer permanece en las vidas y cuerpos de las mujeres, a la vez que, como sujetos activos que son, se crean y se cuestionan y se deconstruyen.
Esto constituye toda una fuente de conflictos personales y sociales. De ahí que, en muchas mujeres todavía haya un “pequeño malestar interno si no limpian el baño”. El crear nuevas estructuras mentales, sociales, culturales e institucionales, entre otras, no es una cuestión fácil.
Todas las personas somos partícipes de estas construcciones colectivas, y a la vez de nuestras construcciones individuales. Formamos parte del entramado creado, por lo que mirar con otros ojos para poder construir nuevas cosas eliminando aquellas que producen inquietudes y miedos, que hacen que levantemos barreras que, muchas veces, se presentan como infranqueables
Estas barreras han sido visibles y son visibles, gracias a la valentía de personas, la mayoría de ellas mujeres, encuadradas o no dentro del feminismo. Con las tres autoras revisadas, hemos visto que, gracias a sus análisis, se han podido dar respuesta a algunas preguntas que estaban flotando en ese espacio consciente-inconsciente compartido.
Y más que respuestas, se han podido crear nuevas preguntas y lanzarlas a otras partes para cuestionar, y poner en evidencia que no se es mujer de cierta manera por casualidad, y que los conflictos con los que nos encontramos las mujeres no son una “tontería de las mujeres”, sino que esos conflictos vienen por haber creado un mundo desde lo masculino, cuya estructura (que reproduce muchas formas discriminatorias y poco favorables para las mujeres) se mantiene de manera estable.

“Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía”. (Marcela Lagarde)

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