La bolsa

Bolsa

González, Erika

Es un mercado regulado donde se compran y venden valores financieros con el objetivo de tener el máximo beneficio en el menor plazo de tiempo posible. Entre los productos que se negocian en los MERCADOS bursátiles están las acciones de las sociedades anónimas, que representan una parte del capital social de la empresa. Precisamente, el mercado de acciones y la globalización económica y financiera han facilitado el rápido crecimiento de estas empresas cotizadas, lo cual ha contribuido de forma importante a configurar el rol actual que juegan las grandes EMPRESAS TRANSNACIONALES en la economía mundial.

La Bolsa, como institución, nació a finales del siglo XV en las ciudades de Europa occidental que concentraban una mayor actividad comercial y donde tuvieron lugar las primeras transacciones financieras. La primera Bolsa importante fue la de Ámsterdam, fundada en 1602 por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. En España, la Bolsa de Madrid se registra oficialmente en 1831, y años después se crean las Bolsas de Bilbao (1890), Barcelona (1915) y Valencia (1980). Actualmente, a nivel mundial, el mercado bursátil más conocido es el situado en Wall Street, la Bolsa de Nueva York.

Las Bolsas son organizadas por las sociedades rectoras; en el caso español, ese papel lo ejerce la empresa Bolsas y Mercados Españoles (BME). Dicha compañía —que, a su vez, también cotiza en Bolsa y forma parte del Ibex-35— es el operador de todos los MERCADOS de valores y sistemas financieros en el Estado español. En 2012, los accionistas mayoritarios de BME son el Banco de España, BBVA, Caixabank, Banco Financiero y de Ahorros (BFA) —una sociedad controlada hoy al 100% por el Fondo de de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB), accionista mayoritaria de Bankia— y BNP Paribas. Otro agente que hay que tener en cuenta es la institución supervisora, ya que al ser un mercado regulado las compras y ventas deben cumplir con una serie de leyes y ha de existir un órgano supervisor que vigile las posibles irregularidades. En relación con las Bolsas españolas, este órgano es la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), una agencia pública cuya eficiencia ha sido cuestionada al no evitar graves irregularidades como, por ejemplo, las que acontecieron con el caso Gescartera en 2001, la suspensión de pagos de Martinsa-Fadesa en 2008 y la quiebra de varias cajas de ahorro tras su salida a Bolsa en plena crisis financiera, donde Bankia se destaca como el caso más notorio: las acciones de este banco, que se cotizaban a un precio de 3,75 euros en el momento de su salida a Bolsa en julio de 2011, se desplomaban un 83% un año después, llegando a tener un valor de 0,651 euros por acción.

Acciones, dividendos y beneficios para las transnacionales

La cotización en Bolsa tiene un gran atractivo para las EMPRESAS TRANSNACIONALES y les aporta la posibilidad de obtener una mayor capacidad de financiación. Para ello, utilizan distintas vías: el crecimiento del valor de las acciones de las compañías, la emisión de nuevas acciones y la obtención de créditos en condiciones ventajosas. Actualmente están tomando fuerza también las ampliaciones de capital, por las cuales se emiten acciones nuevas para que puedan ser compradas, bien por los que ya son accionistas de la empresa o bien por otros nuevos. Esta inyección de dinero ha sido el mecanismo más importante para financiar la compra de empresas en el mercado global, permitiendo así la expansión de estas compañías a más regiones, a más población y a más sectores. Hay dos ejemplos claros en esta línea: el primero es el caso de Repsol, que hizo una de las mayores ampliaciones de capital monetario de la historia de la Bolsa española en julio de 1999, con el fin de absorber a la entonces argentina YPF; el segundo, el del Santander, que mediante una ampliación de capital captó 13.358 millones de euros en noviembre de 2004 con vistas a financiar la compra del banco inglés Abbey.

El objetivo último de la expansión global de las corporaciones transnacionales es la obtención del máximo beneficio, el cual se redirige, sobre todo, a retribuir a sus accionistas mediante el pago de dividendos. Por citar un ejemplo: en el año en que Telefónica obtuvo más de 10.000 millones de beneficios y batió el récord histórico de ganancias de las empresas españolas, el 70% de dichos beneficios se repartió como dividendo para los accionistas. Además, para cerrar el círculo, todo ello les posiciona mejor en los MERCADOS bursátiles de cara a conseguir una mayor financiación. No es de extrañar, por lo tanto, que las finanzas tengan una enorme influencia en la economía productiva, dando lugar a lo que se conoce como FINANCIARIZACIÓN. La planificación de la actividad de la empresa se pone, entonces, al servicio del crecimiento del valor en Bolsa: de este modo, por poner un caso, cuando Repsol anuncia el descubrimiento de nuevos campos, se revaloriza acto seguido su cotización bursátil y dicho incremento se destina, totalmente o en parte, a la RETRIBUCIÓN al accionista. Bajo esta lógica también se explica lo que se denomina “autocartera” —el número de acciones que una empresa se reserva para sí misma—, que proporciona un mínimo de control sobre el valor de las acciones por parte de la propia empresa y que se ofrece a los directivos de la compañía como parte de su RETRIBUCIÓN: la familia Botín, por ejemplo, tiene el 0,77% del capital del Banco Santander.

En este contexto, las compras y ventas de acciones entre unas empresas y otras responden, a su vez, a intereses financieros. En plena burbuja financiera, las multinacionales de la construcción compraron una parte importante del accionariado de las principales empresas energéticas: ACS entró en Unión Fenosa e Iberdrola; Sacyr, en Repsol; Acciona, en Endesa. Todo ello les sirvió para obtener grandes plusvalías en esos años; asimismo, con la quiebra de la burbuja especulativa, volvieron de nuevo a “hacer caja” con la desinversión y la venta de sus acciones en estas mismas compañías: FCC vendió la filial Flightcare, Repsol recompró a Sacyr el 10% de sus títulos en la petrolera, ACS puso a la venta sus acciones en Unión Fenosa…

Eso sí, aunque parezca que todo este flujo de movimientos de capitales no tiene repercusiones sociales y ambientales, la realidad es que se encuentra plenamente relacionado, por ejemplo, con los despidos masivos, ya sean por las fusiones entre empresas o por conveniencia bursátil. Otro caso, que actualmente está agravando la crisis ambiental y los conflictos sociales, es el de la revalorización bursátil de minerales, hidrocarburos e incluso alimentos básicos: el valor en Bolsa de estas materias primas y commodities ha impulsado el NEOEXTRACTIVISMO en muchos países y regiones de América Latina, África y Asia, donde se están destruyendo ecosistemas muy valiosos, desplazando poblaciones de su territorio y militarizando las zonas de explotación.

El poder del Ibex-35

Desde la integración de España en la Unión Europea, en 1986, hasta el año 2010, el valor bursátil del conjunto de las empresas cotizadas en la Bolsa española se multiplicó por trece. En ello han influido decisivamente el establecimiento del euro y las políticas neoliberales impulsadas por la UE, tales como el Tratado de Maastricht y el Tratado de Lisboa. Por un lado, las reformas neoliberales han impulsado todo un proceso de PRIVATIZACIONES de compañías estatales que, sumadas a las fusiones y adquisiciones, han conformado finalmente los grandes entramados empresariales españoles. Por otra parte, el euro permitió la creación de MERCADOS financieros de mayor dimensión, favoreció la confianza de las empresas españolas para hacer ampliaciones de capital y pedir grandes préstamos que, al final, se emplearon para financiar su expansión a América Latina.

Los MERCADOS bursátiles están formados por multitud de activos financieros y para facilitar la compra-venta de estos activos se crean índices que combinan los valores más representativos. En el caso español el más importante es el Ibex-35, un índice compuesto que engloba a los 35 valores de mayor liquidez que cotizan en las cuatro Bolsas españolas. Los sectores con mayor capitalización bursátil —valor que se calcula multiplicando el número de acciones por su valor unitario— dentro de este índice selectivo son los de banca, energía y agua. La concentración de un gran poder económico en pocas manos resulta todavía mayor si se tienen en cuenta las participaciones accionariales cruzadas de unas compañías con otras: basta comprobar, a modo de ejemplo, cómo hoy Caixabank posee el 12,5% de las acciones de Repsol mientras, a su vez, Caixabank y Repsol suman más del 65% del capital social de Gas Natural Fenosa. En el mismo sentido, si se revisa la composición de los consejos de administración de las principales empresas cotizadas, puede observarse que 47 personas son consejeros de al menos dos compañías del Ibex-35: Isidro Fainé, presidente de Caixabank, es a su vez consejero de Criteria, Telefónica, Repsol y Abertis; Demetrio Carceller, presidente de la cervecera Estrella Damm, es consejero de Sacyr y Gas Natural; Pablo Isla es presidente y consejero delegado de Inditex, a la vez que vocal en el consejo de administración de Telefónica.

Este entramado empresarial interconectado por medio de acciones compartidas cuestiona la teórica “libre competencia”. Y es que a los empresarios que comparten los puestos directivos y parte de la propiedad de estas compañías lo que les interesa es, precisamente, controlar el mercado: entre sus prioridades está el dominar los sectores económicos donde sus empresas tienen actividad, obtener más financiación y mayores beneficios mediante operaciones bursátiles, y generar un frente común para que los sucesivos gobiernos apliquen las políticas económicas que maximicen los beneficios empresariales.

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