La conquista espiritual, base del orden social durante 300 años

Clero diocesano y órdenes religiosas.

Evangelización. Iglesia de Conchagua, La Unión. Al convento de Amapala (La Unión) se le dieron los pueblos insulares de Santa Ana de la Teca y Santiago de Conchagua para que estuvieren bajo su administración de la fe.
España y sus provincias y reinos americanos fueron por siglos un Estado confesional, una monarquía plenamente identificada con la Iglesia católica romana, fuente de unidad e identidad y con un auténtico rostro imperial de grandeza, con obsesiva observancia de una liturgia emotiva y trascendente.
Pedro Antonio Escalante Arce
Academia Salvadoreña de la Historia
España incluyó a los indígenas a su propio mundo, pero esa inclusión fue también origen de una herencia de sometimiento, de reiterado vasallaje, de destrucción de culturas milenarias, del abandono del panteón precolombino y del trastorno de un destino aborigen, que se vio de pronto inmerso en una sociedad estamental que les situaba en la base de la pirámide de una sociedad his tóricamente todavía imbuida de pensamiento medieval y basamento feudal. Para esta gigantesca labor de obligada cristianización en América, la Corona de Castilla recibió los privilegios del Real Patronato y el Real Vicariato sobre la Iglesia americana; la cual, con plena obediencia a Roma, en la práctica, vino a ser una singular Iglesia nacional con autonomía, que es la que rigió en estas tierras y subsumió en ella la vida diaria y el común actuar social.
Por el Real Patronato de la Iglesia en las Indias americanas, la Corona fue erigiendo obispados y estableciendo jurisdicciones eclesiásticas. En el istmo centroamericano, el primer obispado lo fue en Santa María la Antigua del Darién (1513-1514, Bética Áurea), luego se trasladado a la Ciudad de Panamá. Después, se erigió el de León de Nicaragua (1527-1532) y a los pocos años el de Guatemala (1534-1537), en el cual quedaron incorporadas las provincias salvadoreñas. Hasta que siglos después, por la bula “Universalis Ecclesiae Procuratio”, del 28 de septiembre de 1842, el papa Gregorio XVI creó el obispado de San Salvador. El primer obispo guatemalteco —y salvadoreño–, Francisco Marroquín, fue consagrado en la Ciudad de México por el obispo Juan de Zumárraga, en abril de 1537, y fue en los tiempos alvaradianos el verdadero hombre de Estado, la cabeza política y el organizador de las provincias, aun después de establecida la Real Audiencia. Marroquín fue el impulsor de la reducción de indígenas a pueblos urbanizados, con sus propias autoridades, con el traslado al nuevo emplazamiento y el abandono de los sitios originales; pueblos a los que se les dio su propia advocación religiosa con el nombre del santoral, así como de manifestación mariana o cristológica, antes del nombre autóctono. En algunos casos la advocación predominaría sobre el cristiano, como sucedió con Santa Ana Cihuateocan, donde solo perduró el de Santa Ana.
Los pueblos principales, además de las ciudades, recibieron a sus párrocos; otros los compartirían, pero todos, con sus respectivas iglesias, algunas de las cuales —magníficas construcciones salvadoreñas que todavía perduran– son solo un pequeño capítulo de las maravillas del arte sacro hispanoamericano. Son variadas manifestaciones de la mejor imaginería en madera y detalles decorativos. A la par del clero diocesano, la gran labor evangelizadora fue afrontada por las órdenes religiosas, que llegaron a sobresalir por su poderío y autoridad, además de ser de entre ellas de donde brotaron algunos de los máximos cronistas coloniales, así como extraordinarios estudiosos de las culturas aborígenes y lingüistas. La orden de Santo Domingo tuvo convento en San Salvador desde 1551 y en La Trinidad de Sonsonate fue establecido en 1570, primero en el barrio del Santo Ángel, luego se trasladado al centro de la villa. También, los dominicos tuvieron en Sonsonate el único beaterio para religiosas que existió en el actual El Salvador (1604), pero fue de corta vida. La orden de Nuestra Señora de la Merced estuvo en La Trinidad desde 1599 y en San Salvador fue establecido el convento en 1594 (Biblioteca Mercedaria, Roma), pero inaugurado hasta en 1623 (Vázquez), y luego abrieron otro en San Miguel, que cerró a finales del siglo XVIII. La Orden de San Juan de Dios solamente tuvo presencia en Sonsonate, con el hospital de Nuestra Señora de la O, del que se hicieron cargo en 1642. Los franciscanos inauguraron conventos en 1574, en La Trinidad de Sonsonate, San Salvador y San Miguel (de acuerdo con fray Francisco Vázquez, y según Lardé y Larín los dos últimos en 1575). Además, tuvieron su convento de Santa María de las Nieves a orillas del golfo de Fonseca, en la Amapala histórica, hoy Pueblo Viejo, establecido en 1593, y a finales del siglo XVIII pusieron casa de religiosos en San Vicente de Austria. También, tuvieron uno brevemente en el pueblo de San Esteban Texistepeque, por algunos años a principios del siglo XVII. Los frailes realizaron una extensa labor proselitista, así como fueron decisivos en el surgimiento de la piedad popular, manifestada en una cultura de liturgia mestiza de cautivante sincretismo religioso.
Las órdenes atendieron por casi 200 años muchos pueblos indígenas con el carácter de doctrinas. Por ejemplo, los dominicos de Sonsonate tenían las doctrinas de San Francisco Tacuzcalco, Santo Domingo Huitzapan (Santo Domingo de Guzmán) y San Juan Bautista Nahuizalco. Los dominicos de San Salvador, además de varios pueblos, como San Nicolás Tonacatepeque y San Jacinto, tenían el de Santos Inocentes Cuzcatlán. Los franciscanos sonsonatecos administraban el barrio de Santa Isabel Mexicanos, San Andrés Apaneca, Santa Lucía Juayúa y San Miguel Quetzalcoatitán. Los franciscanos de San Salvador eran doctrineros en Santo Tomás y Santiago Texacuangos y en San Marcos Cutacúzcat. Los franciscanos migueleños tenían la doctrina en San Felipe Jocoro, San Cristóbal Jucuarán, San Gaspar Yucuaiquín, San Gaspar Comacarán, San Benito Ereguayquín y otros. Al convento de Amapala (La Unión) se le dieron los pueblos insulares de Santa Ana de la Teca y Santiago de Conchagua, así como Santa María Magdalena de Meanguera, y los de Concepción Intipucá, San Juan Yayantique y Santa María Magdalena de Monleo. Pero es un cuadro muy variable en los dos siglos que funcionaron los doctrineros. A mediados del siglo XVIII, comenzó la supresión de las doctrinas hasta que tomó la completa administración religiosa el clero diocesano, a través de párrocos y vicarios.
Texto y fotos cortesía de la Academia Salvadoreña de la Historia.

La conquista espiritual, base del orden social durante 300 años

En algunos pueblos, los indígenas asistían a la iglesia, pero a la vez hacían los propios ritos de la antigua religión escondidos en los montes.
Universidad de El Salvador Academia Salvadoreña de la Historia
En la lejanía del siglo XVI, cuando años más tarde de la primera llegada de Pedro de Alvarado a Cuzcatlán y los Izalcos (1524), arribaron los frailes y curas diocesanos con la misión de ganar almas de los naturales a la fe católica. Es difícil imaginar cómo un puñado de misioneros logró tal hazaña, ante tan numerosa población indígena de entonces; pero esto se explica si se ve la obra de la conquista espiritual en estas tierras como una continuación de la campaña militar efectuada por los Alvarado en el lado norte del Mar del Sur centroamericano, como llamaban al Pacífico en esa época, y por Pedrarias Dávila, entre Panamá y Nicaragua. Una misión que no habría sido posible sin el apoyo de la Corona, de las autoridades religiosas y obispos, y de los grupos conquistadores, de encomenderos y burócratas, así como de autoridades indígenas y de los aborígenes del común, quienes facilitaron el proceso con el aval, protección y defensa de los frailes y curas, persuadiendo a veces y coaccionado otras, a los naturales. Así, la misión evangelizadora no fue solamente promovida por clérigos y religiosos.
Esa fue una empresa misional que la monarquía católica hispana emprendió para legitimar su actuación en América y dar cumplimiento a los compromisos adquiridos ante el papado y las bulas de Alejandro VI, para expandir la fe católica a cambio de las nuevas posesiones territoriales. Un tránsito de la cristianización que se configuró dentro de los conflictos y división europea, entre protestantes y católicos, y en el temor a la expansión de otras vertientes consideradas heréticas, así como del islamismo y el judaísmo.
En las provincias salvadoreñas, se instalaron dominicos, franciscanos, mercedarios y juaninos, así como el clero diocesano, guiados por lo que el Derecho Indiano ordenaba en cuanto a la difusión de la fe, según lo indicaba el libro Primero de la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias (1681), no solo para la evangelización de naturales, sino también para negros, mulatos y ladinos: que los ministros eclesiásticos enseñen primero a los indígenas los artículos de la fe cristiana católica; que si son reticentes a recibir el Evangelio que usen los medios que la ley se manda; que los indios sean apartados de sus antiguos sacerdotes idólatras y que los reacios sean reducidos y puestos en conventos. Que en los repartimientos de indígenas, pueblos de encomienda y otras partes donde no hubiere beneficios se ponga sacerdote, conforme al Patronazgo Real —el derecho de la Corona de hacer fundaciones eclesiásticas, nombramientos de obispos y párrocos, así como el cobro y distribución del diezmo para financiar el envío de los misioneros, asimismo determinar el salario real de los obispos y curas doctrineros de indios, y lo necesario para edificación de iglesias, conventos y obras de educación y salud–. Igualmente, velar porque se ponga doctrina a los indígenas de obrajes e ingenios y que en cada pueblo se señale la hora en que los indígenas acudan a oír la doctrina cristiana, y que no se les impida ir a misa los domingos y fiestas. Y en el caso de los no evangelizados, se les envíe cada mañana a la doctrina. Que cuando fueren a misa y a las fiestas no vayan las justicias del pueblo a hacer averiguaciones con ellos a las puertas de las iglesias, y que los indígenas, negros y mulatos no trabajen los domingos y días de guardar. Todas esas situaciones que intentó regular el Derecho de Indias muestran las continuas dificultades de recursos, de distancias y dispersión de los poblados indígenas. Asimismo, la resistencia de los naturales a dejar sus rituales por un lado, así como la aceptación de muchos sacerdotes de que continuaran haciendo prácticas religiosas a su manera, tal como lo observó el arzobispo Pedro Cortés y Larraz en su visita pastoral a los curatos de la arquidiócesis de Guatemala en 1768-1770.
En la labor de cristianización, tanto frailes de órdenes mendicantes, como los sacerdotes seculares, que fueron los más, utilizaron muchos métodos. Uno de ellos fue el de evangelizar a través de los mismos indígenas. Para eso, prepararon a niños y jóvenes de familias principales, para a partir de estas familias hacer más fácil la conversión de los macehuales, por el hecho de la jerarquización social indígena. También, se hizo uso de los recursos audiovisuales utilizados en Europa, como el teatro piadoso en los atrios de las iglesias y el canto litúrgico, imbuidos de elementos indígenas como la danza tradicional.
El cristianismo no se extendió de la misma manera a todas partes. Los poblados alejados a las cabeceras de curatos fueron menos atendidos y en los más pobres comúnmente no llegaba cura, porque tampoco tenían ermita, ni facilidades, como pila bautismal. Otro obstáculo fue la insistencia de los naturales de continuar con sus rituales, sus imágenes propias y sus milenarias creencias. En muchos lugares, la población no asistía a la iglesia y no enviaba a los niños a la doctrina. En algunos pueblos, los indígenas asistían a la iglesia, pero a la vez hacían los propios ritos de la antigua religión escondidos en los montes. Muchas veces, esto llevó a acciones violentas de los curas y la destrucción de altares e imágenes del panteón precolombino; e incluso, a veces, el sacerdote en el afán de ganarse a la gente del pueblo, no celebraba en la iglesia sino en el campo, en medio de los viejos rituales. Todo esto llevó a la fusión de creencias y prácticas, de lo que resultó un catolicismo sincrético, una mezcla de ritos y creencias de ambos mundos, el indígena y el europeo occidental. Tal proceso de cristianización contribuyó, en gran medida, a que la organización social del Reino de Guatemala, de sus gobernaciones y provincias, pudiera acomodarse a los siglos coloniales y funcionar durante tres siglos.

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