La contradicción principal: La izquierda en China

La contradicción principal: La izquierda en China
Eli Friedman · · · · ·

15/02/15

“Es una época dorada para ser de izquierda en China”. Al menos esa es la conclusión del profesor de la Universidad Minzu de China, y conocido maoísta, Zhang Hongliang en un reciente artículo del New York Times. El artículo sugiere que “las voces de izquierda están de nuevo en boga”, mientras que otros medios de comunicación han informado ampliamente sobre el llamamiento del presidente Xi Jinping para que se estudie más marxismo en las universidades. Y el Politburó ha celebrado sesiones de estudio para repasar su materialismo dialéctico.

Pero, por desgracia, hay más que razones suficientes para dudar de este análisis.

Para empezar, la consigna originalmente ambigua de Xi Jinping, el “sueño chino”, ha sido definido oficialmente como el “gran renacimiento de la raza china.” El anhelo imperial implícito en esta frase tiene consecuencias nefastas para sus vecinos, así como para las minorías étnicas en China.

Económicamente, el gobierno está preparando una nueva oleada de mercantilización para impulsar el menguante crecimiento alimentado a base de deuda en el que China se ha apoyado en gran medida en los últimos años. Estas reformas incluyen una importante ola de privatizaciones de empresas estatales, además de la comercialización privada de la tierra, la reducción de las pensiones de los empleados públicos, y una ampliación del libre comercio.

La clase obrera y los campesinos siguen estando excluidos políticamente y son vistos con profunda sospecha por el Estado. Los trabajadores y los campesinos que protestan son canalizados en procesos burocráticos, bizantinos y atomizados, que es muy improbable que les hagan justicia – cuando no se les despacha sin más a golpe de porra. El pasado diciembre, la policía mató a golpes a un trabajador emigrante de la construcción que exigía salarios no pagados. Aunque a menudo los trabajadores ganan batallas concretas, es imposible que pueden acumular poder político progresivamente.

Por otra parte, en los últimos tiempos una corriente xenófoba se ha apoderado de muchos sectores del estado. Los grupos que defienden los derechos laborales han sido objeto de mayor acoso, violencia o prohibidos. Las universidades se han visto sacudidas por una caza de brujas de “fuerzas extranjeras hostiles”. Cualquier relación duradera con extranjeros puede ser utilizada como pretexto para la represión.

Por lo tanto, las declaraciones sobre una “época dorada” parecen muy dudosas. Pero la historia es mucho más complicada y es imposible de entenderla sin algunos antecedentes históricos sobre las diversas corrientes de la izquierda china.

El origen de esta clase particular de maoísmo, que todavía se mantiene en partes de China, tiene sus raíces en el pasado imperial del país. A partir del siglo XIX, la dinastía Qing experimentó décadas de agresión a manos de los colonizadores europeos, y luego una brutal invasión y ocupación por los japoneses. En tales condiciones históricas, la lucha por la liberación nacional, comprensiblemente, vino a representar la “contradicción principal”, para decirlo en términos maoístas.

El dirigente maoísta Han Deqiang escribió recientemente: “El sueño chino es el sueño del pueblo chino. Inevitablemente tendrá muchas características del nacionalismo en lugar de valores universales”.

Aunque Han y otros como él tienen posiciones familiares al movimiento socialista internacional – la defensa de la propiedad pública y de un estado del bienestar fuerte, la oposición al imperialismo estadounidense, y el rechazo del derecho a la propiedad privada – su objetivo final no es la liberación del capital.

Más bien, es un proyecto de liberación y rejuvenecimiento nacional. Consideran que el capital es una amenaza en gran medida porque implica la subordinación a las potencias capitalistas establecidos. El socialismo, por lo tanto, es ante todo un medio para asegurar la autonomía de China y su eventual reincorporación al directorio del orden global.

Este tipo de nacionalismo tiene con frecuencia un tinte supremacista han (chino). El proyecto de liberación nacional sin duda se ve de una manera diferente desde la perspectiva de las minorías étnicas, lo que ha sido puesto de relieve una vez más por la trágica ola de auto-inmolaciones tibetanas y la violencia en curso contra los uigures. Pocos maoístas en el país están dispuestos a tener una conversación sobre la jerarquía racial en China, y consideran que el régimen comunista en Tíbet y Xinjiang es simplemente una manera de liberar a estas etnias de su propio atraso.

Un problema subsidiario que se desprende de este nacionalismo es que los maoístas mantienen un optimismo ingenuo sobre el Partido Comunista, que hunde sus raíces en las hazañas heroicas, sin duda, que derrotaron hace décadas al imperialismo.

Pero el despojo de tierras en una escala enorme, la universalidad del trabajo asalariado y la producción de mercancías, la represión sistemática de activistas en defensa de los trabajadores y los campesinos, y el surgimiento de una alianza aparentemente inquebrantable entre los capitalistas y el partido a todos los niveles del Estado son vistos como meras desviaciones y no como los síntomas de un capitalismo hegemónico. Cualquier protesta contra el estado es inmediatamente reprimida.

Los liberales han criticado con razón la oposición de los maoístas a una ampliación de la libertad de expresión, la libertad de prensa y la libertad de cátedra. Como resultado, los trabajadores chinos siguen privados del espacio político que ofrecen los “derechos burgueses” para poder articular y promover sus intereses.

China ha emergido a la prominencia mundial fuera del paraguas del imperio estadounidense, lo que es una hazaña realmente notable. Mientras que a algunos izquierdistas en China les puede no gustar las consecuencias inevitables de la mercantilización, consideran que la tendencia general es a recuperar el lugar que le corresponde a China en el mundo. Y toman al pie de la letra la afirmación del Partido Comunista de que China es socialista, a pesar de que las condiciones materiales y sociales señalan todo lo contrario.

No es de extrañar que esta cepa de izquierdismo sea dominante en la China de hoy. El simbolismo de pretender defender el legado del Presidente Mao les confiere un importante grado de protección. E incluso si los medios que defienden a menudo están en desacuerdo con la política del gobierno, sus fines son los mismos.

Pero muchas personas de izquierda en China no están tan contentas con los últimos acontecimientos políticos, entre ellos la llamada “nueva izquierda” (una designación que la mayoría de sus supuestos miembros rechaza). En general, estos intelectuales son cosmopolitas, han sido educados o por lo menos han pasado un tiempo considerable en el extranjero. Han criticado duramente el giro neoliberal de China y la integración en el capitalismo global. Wang Hui, por ejemplo, ha lamentado la despolitización que ha tenido lugar después de la Revolución Cultural y eruditos como Wang Shaoguang y Cui Zhiyuan han defendido políticas de desmercantilización y fortalecimiento de la propiedad pública como fines en sí mismos.

En general, la nueva izquierda considera la fantasía imperial algo mucho menos prioritario que hacer de China una sociedad más igualitaria y justa. Sin embargo, es en gran parte un grupo de élite, y muchos tienen una fe de camionero en la voluntad y la capacidad del Estado para hacer frente a la desigualdad. Puede tratarse simplemente de una estrategia, lo que puede ser perfectamente comprensible dadas las severas restricciones a la libertad académica. Sin embargo, en muchos de sus análisis hay una ignorancia total del poder autónomo de la resistencia social.

Más prometedora es una incipiente izquierda estudiantil que ha ganado fuerza, especialmente desde la crisis de 2008. Aunque sigue siendo pequeña, en los últimos años se ha producido una proliferación de grupos de lectura de izquierda en los campus universitarios. Yendo más allá de la versión oficial de Marx, se ha encontrado que la China contemporánea se parece mucho al capitalismo despótico de la Europa del siglo XIX.

Aunque son conscientes de la situación poscolonial y post-socialista específica de China, están dispuestos a ver paralelismos entre las luchas de los trabajadores chinos y extranjeros. Esto es importante en sí mismo, ya que el Estado busca cortocircuitar la solidaridad transnacional mediante la afirmación de una inconmensurabilidad radical de toda experiencia más allá de sus fronteras.

Muchos de estos jóvenes están comprometidos de manera práctica y han dejado la universidad para trabajar en las fábricas, visitan los tajos de construcción, y enseñan en las escuelas de emigrantes. Son ellos los que han dado publicidad a la resistencia obrera y editado blogs y publicaciones con perspectivas políticas radicales. Y a pesar de los riesgos evidentes, han surgido formas genuinas de solidaridad: el mejor ejemplo reciente viene de Guangzhou, donde los estudiantes dieron apoyo crítico a una huelga de trabajadores de limpieza de la Universidad.

Aunque la resistencia social en China está muy extendida, sigue estando en gran medida despolitizada. Históricamente, las alianzas entre intelectuales y trabajadores han sido un componente fundamental de los movimientos sociales. Pero como la experiencia de la Europa del siglo XX demuestra dolorosamente, estos movimientos no son inherentemente de izquierdas: es igualmente posible un patrioterismo conservador como respuesta a la inestabilidad provocada por el capitalismo. Una evolución así de la China contemporánea sería tanto un desastre nacional como internacional.

La izquierda estudiantil esta, sin duda, comprometida con el desarrollo de China, pero no ha caído prisionera de un nacionalismo crudo o de la fe ingenua en la sagacidad del partido. El período actual esta muy lejos de ser una “época dorada” para ella, ya que su acción política le pone en riesgo constante de acoso o de algo peor.

Sin embargo, están levantando un nuevo polo de política de izquierda. Y lo que es más importante, entienden que la superación de los Estados Unidos por China utilizando los medios del capitalismo implica que todos seguiremos viviendo bajo el capitalismo.

Eli Friedman, profesor en la Universidad de Cornell, es autor de Insurgency Trap: Labor Politics in Postsocialist China.

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