La invención de tradiciones

LA INVENCION DE TRADICIONES.
Erich Hobsbawm..

NADA hay que parezca más antiguo y ligado al pasado inmemorial que la pompa que rodea a la monarquía británica en sus actos ceremoniales públicos. Sin embargo, tal como lo establece un capítulo del presente
libro, en su versión actual constituye el producto de las postrimerías
del siglo XIX y del XX.

Las tradiciones que parecen o pretenden ser antiguas son a menudo relativamente recientes en cuanto a su origen y algunas veces son producto de invención. Cualquiera que esté familiarizado con los colleges (instituciones de enseñanza de nivel superior) de las antiguas universidades británicas podrá considerar la institucionalidad
de dichas tradiciones según parámetros locales, si bien algunas de ellas —como el Festival Anual de las Nueve Lecciones y Villancicos en la capilla del King’s College de Cambridge, en la víspera de Navidad— pueden llegar
a generalizarse a través de los actuales medios masivos de comunicación radioeléctrica. Esta observación marcó el punto de partida de una conferencia organizada por la revista histórica “Past & Present”, que a su vez constituye la base de este libro.

Introducción al libro editado por Eric Hobsbawn y Terence Ranger, »The
Invention of Tradition”, Cambridge University Press. Agradecemos la traducción del texto a Sara Alvarez, Profesora de Teoría y Metodología de la
Traducción (Facultad de Derecho, Universidad de la República)
 Eric Hobsbawn es profesor de Historia Socieconómica en el Birkbeck
College de la Universidad de Londres, e integrante del consejo editorial de
la Revista “Past & Present”.

Se emplea el término tradición inventada en sentido amplio más no impreciso. Incluye por igual tradiciones efectivamente inventadas, elaboradas y formalmente establecidas, y aquellas que emergen en forma no tan fácilmente rastreable dentro de un período breve e identificable cronológicamente -en cuestión de unos pocos años, quizás-y que se fijan con gran rapidez.

El programa radial de la Navidad real en Gran Bretaña (instituido en 1932) es un ejemplo del primer tipo de tradiciones; el surgimiento y desarrollo de las prácticas vinculadas a la Final de la Copa del Torneo de
Football Británico, un ejemplo de las del segundo tipo. Es evidente que no todas ellas tienen carácter igualmente permanente, pero es precisamente su aparición y establecimiento antes bien que sus probabilidades de supervivencia, lo que constituye el principal motivo de nuestro estudio.

Se entiende por tradición inventada el conjunto de prácticas normalmente regidas por reglas aceptadas en forma explícita o implícita y de naturaleza ritual o simbólica, que tienen por objeto inculcar determinados valores y normas de conducta a través de su reiteración, lo que automáticamente implica la continuidad con el pasado. De hecho, toda vez que ello es posible, normalmente tienden a establecer la continuidad con un adecuado pasado histórico.

Un ejemplo notorio lo constituye la deliberada elección del estilo gótico para la reconstrucción del Parlamento Británico en pleno siglo XX, y la decisión igualmente deliberada después de la Segunda Guerra Mundial de reconstruir las Cámaras del Parlamento siguiendo exactamente el mismo diseño de base que el anterior. El pasado histórico en el cual se inserta la nueva tradición no tiene por qué ser de larga data, remontándose a las supuestas brumas del tiempo.

Las revoluciones y los movimientos progresistas que rompen con el
pasado tienen tras de sí, por definición, su propio pasado gravitante, si bien éste se puede deslindar en una fecha determinada, como en el caso de 1789. Sin embargo, en la medida en que exista una referencia tal a un pasado histórico, la peculiaridad de las tradiciones inventadas es que la
continuidad con el mismo es en gran parte fáctica.

En suma, constituyen comportamientos de respuesta a situaciones noveles que adoptan la forma de referencia a situaciones anteriores, o que establecen su propio pasado mediante repetición cuasi-obligatoria. Lo que torna tan interesante a la invención de tradición a los ojos de los historiadores de los dos últimos siglos, es el contraste entre el cambio e innovación constante del mundo moderno y el intento de estructurar
al menos ciertos elementos de la vida social en el marco del mismo, atribuyéndoles un carácter inmutable e invariante.
Debe distinguirse claramente la tradición en este sentido de la costumbre como factor dominante en las llamadas sociedades tradicionales. El objeto y característica de las tradiciones, incluyendo aquellas producto de invención, es la invariación. El pasado, ya sea real o inventado al que ellas se refieren, impone prácticas fijas (normalmente formalizadas), tales como la reiteración.

La costumbre en las sociedades tradicionales actúa en su doble función de motor y volante. No excluye la innovación y el cambio hasta cierto punto, aunque evidentemente el requisito de que deba mostrarse compatible o incluso idéntica con respecto a los precedentes le impone significativas limitaciones. Lo que hace es darle a cualquier cambio deseado (o cualquier resistencia a la innovación) la sanción del precedente, de la continuidad social y de la ley natural según se expresa en la historia.

Los estudiosos de los movimientos campesinos saben que la reivindicación de una aldea a una tierra común o a un derecho por costumbre desde tiempo inmemorial es a menudo la expresión no de un hecho histórico sino del equilibrio de fuerzas en la lucha constante de los aldeanos contra los señores terratenientes o contra otras aldeas. Los estudiosos del movimiento laboral británico saben que la
costumbre del comercio o del ramo puede representar no una antigua tradición sino cualquier derecho establecido en la práctica por los trabajadores, aunque sea de reciente data, y que éstos intentan en su oportunidad ampliar o defender dándole la sanción de la perpetuidad.

La costumbre no puede permitirse ser invariante por la sencilla razón de que aun en las sociedades tradicionales la vida no lo es. El derecho
consuetudinario o común refleja aún esta combinación de flexibilidad en cuanto a la sustancia y adhesión formal al precedente. La diferencia entre tradición y costumbre según nosotros lo entendemos, resulta por cierto bien ilustrada a través de lo siguiente.

La costumbre es lo que hacen los jueces; la tradición (tradición inventada en este caso) es la peluca, la toga y demás parafernalia formal y prácticas ritualizadas que rodean lo sustancial de su actividad. La decadencia de la costumbre trae inevitablemente aparejados cambios en la tradición con la que se halla comúnmente ligada.

Una segunda distinción que debe hacerse, de menor importancia,
es entre tradición en el sentido que nosotros le damos y convención o rutina, carente de ritual significativo o función simbólica como tal, aunque incidentalmente pueda adquirirla. Es evidente que cualquier práctica social que necesite ser repetidamente llevada a cabo tenderá a desarrollar, tanto por conveniencia como por eficiencia, un conjunto
de tales convenciones y rutinas, las cuales pueden ser formalizadas de hecho o de derecho a los efectos de impartir la práctica a los nuevos oficiantes sin precedentes (tales como la labor de un piloto aviador) como a las ya largamente conocidas.

A partir de la revolución industrial, las sociedades se han visto naturalmente obligadas a inventar, instituir o desarrollar nuevas redes de dichas convenciones o rutinas con mayor frecuencia que las sociedades que les precedieron. En la medida en que operan mejor cuando se
transforman en hábito, procedimiento automático o incluso acción refleja, requieren invariancia, que puede llegar a interferir con la otra exigencia requerida por la práctica, esto es, la capacidad de enfrentar contingencias imprevistas o fuera de lo común. Esta última es una bien conocida debilidad de la rutinización o burocratización, particularmente en los niveles subalternos donde el desempeño invariante está considerado por lo general como el más eficiente.

Dichas redes de convención y rutina no constituyen tradiciones inventadas dado que sus funciones, y por ende sus justificaciones, son de índole técnica más que ideológica (en términos marxistas, constituyen elementos de base más que de superestructura). Han sido creadas para facilitar operaciones prácticas de rápida definición, y fácilmente se modifican o abandonan para adaptarse a las cambiantes necesidades
prácticas, teniendo siempre en cuenta la inercia que toda práctica adquiere con el transcurso del tiempo y la resistencia emocional a toda innovación por parte de las personas que la han adoptado. Lo mismo es aplicable a las reconocidas reglas en materia de juegos u otras pautas de
interacción social donde éstas existen, o a cualesquiera otras normas de base pragmática.
En los casos en que éstas existen en combinación con la tradición, la diferencia es fácilmente observable. El uso de cascos protectores al practicar equitación tiene un sentido práctico, como el empleo de cascos antichoque para los motociclistas o cascos de acero para los soldados; pero el uso de un tipo específico de casco protector en combinación con las chaquetas rojas del deporte hípico de cacería tiene un sentido completamente diferente.

De no ser así, sería tan fácil cambiar el atuendo tradicional de los que practican la cacería del zorro como lo es adoptar un nuevo formato de casco en el ejército — institución más bien conservadora— si se puede demostrar que brinda una mayor protección. En realidad, podría decirse
que las tradiciones y las convenciones pragmáticas o rutinas se hallan en relación inversa.

La tradición denota debilidad cuando, como entre los judíos liberales, las
prohibiciones dietéticas se justifican sobre una base pragmática, tal como argüir que los antiguos hebreos proscribían la carne de cerdo por motivos de higiene. Inversamente, los objetos o prácticas quedan liberados con respecto a su uso plenamente simbólico y ritual cuando dejan de estar
trabados por el uso práctico. Las espuelas de los uniformes de gala de los oficiales de caballería son más importantes a los efectos de la tradición cuando no hay caballos; los paraguas de los oficiales de la guardia en indumentaria civil pierden toda significación cuando no se los lleva rígidamente plegados (es decir, sin brindar utilidad alguna); las pelucas
de los abogados difícilmente podrían haber adquirido su significación actual hasta tanto el resto de la gente dejara de usar peluca.

La invención de tradiciones, tal como la entendemos en este trabajo, es fundamentalmente un proceso de formalización y ritualización, caracterizado por la referencia al pasado, aunque sólo sea mediante la imposición de reiteración. El proceso real de creación de tales complejos rituales y simbólicos no ha sido hasta el momento debidamente estudiado por los historiadores. Gran parte del mismo se halla todavía a oscuras. Presumiblemente su ejemplificación resalte con mayor claridad en los casos en que una tradición ha sido deliberadamente inventada y elaborada por un único iniciador, como la institución de los Boys Scouts por Baden Powell.

Quizás pueda rastreársele casi tan fácilmente en el caso de los ceremoniales oficialmente instituidos y programados, dada la probabilidad de que los mismos estén bien documentados, como en el caso de la estructuración del simbolismo nazi y las manifestaciones político-partidarias de Nuremberg. Es probablemente mucho más difícil de rastrear en los casos en que dichas tradiciones han sido en parte inventadas y en parte desarrolladas en grupos privados (donde es menos probable que el proceso sea burocráticamente registrado), o bien sin formalidad alguna a lo largo de un período dado como, por ejemplo, en la labor parlamentaria y en el ejercicio de las profesiones del derecho.

La dificultad no radica solamente en las fuentes sino también en las técnicas, aunque se disponga tanto de disciplinas esotéricas especializadas en simbolismo y ritual tales como la heráldica y el estudio de la liturgia, como de las disciplinas históricas de Warburg para el estudio de dichos temas. Desafortunadamente, ninguna de ellas son de manejo corriente por parte de los historiadores de la era industrial.

Probablemente no exista época y lugar de que se hayan ocupado los historiadores que no haya asistido a la invención de tradición en este sentido. Sin embargo, sería de esperar que esto ocurriera con mayor frecuencia toda vez que una rápida transformación de la sociedad debilita o destruye los esquemas sociales para los cuales se habían elaborado
las viejas tradiciones, produciendo en su lugar otras nuevas para los cuales aquellas ya no eran aplicables, o cuando tales antiguas tradiciones y sus vehiculadores institucionales y promulgadores ya no resultan suficientemente adaptables y flexibles, o de lo contrario se procede a eliminarlas; en suma, cuando existen cambios lo suficientemente
grandes y rápidos del lado de la oferta o de la demanda.

Estos cambios han sido particularmente significativos en los últimos 200 años y resulta por tanto razonable inferir que estas formalizaciones recientes de nuevas tradiciones se concentran en este período. Ello implica, dicho sea de paso, ya sea en oposición al liberalismo del siglo XIX como a la más reciente teoría de la modernización, que tales formalizaciones no se limitan a las llamadas sociedades tradicionales
sino que también tienen lugar, en una forma u otra, en las sociedades modernas.
En términos generales esto es así, efectivamente, pero debemos proceder con cautela al inferir las siguientes presunciones, a saber: en primer lugar,
que las formas más antiguas de estructura y autoridad comunitarias, y por consiguiente las tradiciones vinculadas con las mismas, eran inadaptables y pronto se volvieron inviables, y en segundo lugar que las nuevas tradiciones resultaron simplemente de la incapacidad de usar o adaptar las antiguas.

La adaptación tuvo lugar en cuanto al empleo de viejos usos en nuevas condiciones, y utilizando viejos modelos para nuevos fines. Así, viejas instituciones con funciones establecidas, referencias al pasado y expresiones y prácticas rituales, se verían en la necesidad de experimentar una similar adaptación.

La Iglesia Católica, enfrentada a los nuevos desafíos políticos e ideológicos y a los grandes cambios en la composición de sus fieles (tales como la notoria feminización tanto del laicado beato como del personal eclesiástico) (1); los ejércitos profesionales enfrentados a la conscripción; las viejas instituciones como los tribunales y cortes de justicia que en la actualidad funcionan en un contexto modificado y a veces con funciones modificadas en nuevos contextos. Lo mismo sucedió con instituciones que gozaban de continuidad nominal, pero que de hecho se fueron transformando en algo muy pero muy diferente, como las universidades.
1 Véase. por ejemplo. de G. Tibon ….. (transcribir
idem).

A este respecto Bahnson (2) analizó la acelerada disminución, a partir de 1848, del tradicional éxodo masivo de estudiantes de las universidades alemanas (ya sea por razones de conflicto o manifestación) en términos del cambio que sobrevino en el carácter académico de las universidades, la edad progresivamente mayor de la población estudiantil, su
aburguesamiento, que coadyuvaron a una disminución de las tensiones existentes entre la comunidad de la Universidad y los habitantes de la localidad en que aquélla se asienta y de los disturbios estudiantiles, la nueva institución de libre movilidad o desplazamiento entre las universidades, el consiguiente cambio en las asociaciones estudiantiles, y
otros factores (3). En todos estos casos la novedad no es menos novel por poder vestir con facilidad el ropaje de la antigüedad. 2 (Transcribiridem).
3 Se registran diecisiete de dichos éxodos en el siglo xviii. Cincuenta en el
periodo 1800-1848 pero tan sólo seis entre 1848 y 1973.

Mayor interés reviste, desde nuestro punto de vista, el empleo de materiales antiguos para la elaboración de tradiciones inventadas de tipo novel para fines noveles. En el pasado de toda sociedad hay depositado un gran cúmulo de estos materiales y hay siempre disponibilidad de un lenguaje elaborado de prácticas y comunicación simbólicas. Algunas veces las nuevas tradiciones pudieron ser fácilmente injertadas en las antiguas, otras veces pudieron ser proyectadas tomando prestado de las bien abastecidas arcas del ritual oficial, simbolismo y exhortación moral —religión y pompa principesca, folclore y francmasonería (esta última una tradición inventada de antaño con una gran fuerza simbólica).

Así, el desarrollo del nacionalismo suizo, concomitante con la formación del estado federal moderno en el siglo XIX, ha sido brillantemente analizado por Rudolf Braun (4), quien posee la ventaja de estar entrenado en una disciplina (“Volkskunde”) (Historia Popular) que se presta para llevar a cabo dichos estudios, y en un país cuya modernización no se vio entorpecida por asociación alguna con los abusos del nazismo. Los usos y costumbres tradicionales existentes
-cantos folclóricos, competencias de destreza física, práctica
del tiro al blanco- fueron modificados, ritualizados e institucionalizados para ajustarse a los nuevos objetivos nacionales.
4 Ídem

Las canciones folclóricas tradicionales se complementaron
con nuevos cantos en el mismo lenguaje (en la misma modalidad
idiomática), a menudo compuestos por maestros de escuela y transferidos a un repertorio coral de contenido patriótico-progresista: (“Nation, Nation, wie voll klingt der Ton”) (Nación, Nación, cúan armoniosamente pleno suena tu nombre!), aunque incorporando también elementos ritualmente poderosos de la himnología religiosa. (Vale la pena estudiar la formación de dichos repertorios de
nuevos cánticos, especialmente destinados a las escuelas).

Los reglamentos del Festival Federal de la Canción—¿acaso no nos recuerda al “eisteddfodau”? (festival coral galés— estipulan que su fin es “el desarrollo y perfeccionamiento del canto de los pueblos, el despertar de sentimientos más elevados hacia Dios, la Libertad y la Patria, la unión y confraternización de los amigos del Arte y de la Madre Patria”. (La palabra “perfeccionamiento” introduce la nota característica del progreso del siglo XIX.

Se formó un poderoso complejo ritual en torno a estos elementos:
pabellones de festival, estructuras para el despliegue de banderas, templos para ofrendas, procesiones, tañidos de campanas, cuadros y retablos, salvas de artillería, delegaciones de gobierno en honor del festival, cenas, brindis y piezas oratorias. Los viejos materiales fueron nuevamente adaptados a estos fines:
‘“Los ecos de las formas barrocas de celebración, exhibición y pompa se advierten inconfundiblemente en esta nueva arquitectura de la celebración festiva. Y del mismo modo que en la celebración barroca el
estado y la iglesia se funden en un plano superior, así también surge una aleación de elementos religiosos y patrióticos de estas nuevas formas de actividad coral y de ejercicios de tiro y de gimnasia” (5).
5 Ídem

No se pretende discutir aquí hasta qué punto las nuevas tradiciones pueden de esta forma utilizar materiales viejos, hasta qué punto pueden verse forzadas a inventar nuevos lenguajes o modelos de expresión, o bien ampliar el viejo vocabulario simbólico más allá de sus límites establecidos.

Resulta evidente que gran número de instituciones políticas, movimientos y grupos ideológicos y no en menor grado dentro del nacionalismo carecieron de tal manera de precedentes que hasta hubo necesidad de inventar la continuidad histórica, por ejemplo por medio de la creación de un pasado remoto más allá de la continuidad histórica real, ya sea a través de la semificción (Boadicea, Vercingetórix, Arminio el Querusco) o del fraude (Osián, los manuscritos medievales checos). Es también evidente que símbolos y emblemas totalmente nuevos surgieron por primera vez como parte de movimientos y estados nacionales, tales como el himno nacional (de los cuales el británico en 1740 parece ser el más antiguo), la enseña nacional (todavía en gran parte una variante de la tricolor revolucionaria francesa, creada entre 1790 y 1794), o bien la personificación de la nación a través de un símbolo o efigie, ya sea en
forma oficial como con Marianne (personificación de la libertad francesa) y Germania (personificación de la libertad alemana), o no oficial, como en los estereotipos caricaturizados de John Bull, el descarnado Tío Sam yanqui, y el prototípico “Michel el Teutón”.

Tampoco deberíamos pasar por alto la brecha producida en la continuidad que es a veces claramente visible aun en los topoi (lugares comunes) tradicionales de auténtica antigüedad. Según Lloyd (6], los villancicos populares ingleses de Navidad dejaron de crearse en el siglo XVII, para ser remplazados por cánticos de himnario del tipo de Watts-
Wesley, aunque es dable observar una suerte de modificación demótica de los mismos en religiones eminentemente rurales como el Metodismo Primitivo. 6 Idem. (Londres, edición 1969)

Aún así los villancicos constituyeron el primer tipo de canto popular en ser objeto de resurrección por parte de los coleccionistas de clase media para que ocuparan su lugar en los nuevos ámbitos de la Iglesia, asociaciones gremiales e instituciones femeninas, y a partir de allí difundirse dentro de un nuevo marco popular urbano por medio de cantantes callejeros o por niños cantores de voz bronca que desgranaban sus cánticos en los umbrales de las puertas con la vieja y renovada esperanza de recibir una recompensa.

En este sentido Dios les depare felicidad, Señores no es viejo sino nuevo, no es antiguo sino actual. Dicha brecha en la continuidad puede percibirse incluso en los movimientos que deliberadamente se describen a sí mismos como tradicionalistas, y que apelan a grupos que fueron considerados por consenso general como los repositorios de la continuidad y tradición históricas, tales como los campesinos (7).

7 Debe advertirse la diferencia entre esto y el resurgimiento de la tradición respecto a los fines que de hecho demostraron su decadencia. La reinstauración por parte de los granjeros (alrededor del 1900) de sus antiguas vestimentas típicas, danzas regionales y ritos similares para las ocasiones festivas, no tuvo carácter burgués ni tradicionalista. Exteriormente pudo haber sido interpretada como una añoranza nostálgica por la cultura del tiempo pasado que tan rápidamente iba desapareciendo, pero en Verdad constituyó una demostración de identidad de clase mediante la cual los granjeros prósperos pudieron distanciarse horizontalmente de los aldeanos y verticalmente de los campesinos modestos, artesanos y obreros.

De hecho, la propia aparición de movimientos para la defensa o resurgimiento de las tradiciones, ya fuesen tradicionalistas o no, señala la referida brecha. Dichos movimientos, comunes entre los intelectuales a partir del Romanticismo, no pueden nunca desarrollar o siquiera preservar un pasado vivo (excepto presumiblemente mediante la erección de santuarios naturales humanos con carácter de refugios aislados de vida arcaica), sino que deben necesariamente transformarse en tradición inventada.

Por otra parte, el vigor y adaptabilidad de las tradiciones auténticas no debe confundirse con la invención de tradición. En dondequiera
pervivan los antiguos usos y costumbres, no hay necesidad de resucitar o inventar tradiciones.

Sin embargo, podría sugerirse que allí donde son inventadas, a menudo no se debe a que las viejas costumbres no sean ya más válidas o viables, sino al hecho de que deliberadamente no se las usa o adapta. De esta forma, al erigirse conscientemente contra la tradición y a favor de la innovación radical, la ideología liberal del cambio social del siglo XIX fracasó sistemáticamente en proveer los vínculos sociales y de autoridad que se daban por sentado en sociedades de épocas anteriores, y creó vacíos que pudieran tener que llenarse con prácticas inventadas. El éxito de los fabricantes industriales del partido Tory conservador en Lancashire en el siglo XIX (en oposición a los del partido Liberal) al utilizar ventajosamente aquellos viejos vínculos, demuestra que todavía estos estaban allí para ser utilizados —aun en el entorno sin precedentes de la ciudad industrial (8). 8 Ídem

Si bien no puede negarse la falta de adaptabilidad a largo plazo de las costumbres preindustriales a una sociedad revolucionada más allá de cierto límite, ello no debe confundirse con los problemas emergentes del rechazo de la antiguas costumbres en el corto plazo por parte de aquéllos que las veían como obstáculos para el progreso o, peor aún, como sus adversarios militantes.

Este hecho no impidió que los innovadores generaran sus propias tradiciones inventadas , las prácticas de la francmasonería vienen al caso. Ello no obstante, una hostilidad general al irracionalismo, la superstición y la práctica de usos y costumbres como reminiscencias de un oscuro pasado, si no directamente provenientes del mismo, tornó a los creyentes fanáticos en las verdades de la Ilustración, como los liberales, socialistas y comunistas, poco receptivos frente a las viejas o nuevas tradiciones.

Los socialistas, como veremos más adelante, se encontraron con que habían conseguido una celebración anual del 1° de mayo sin saber
exactamente cómo; los Nacional Socialistas explotaron esas ocasiones con sofisticación y fervor litúrgicos y una manipulación consciente de los símbolos (9). 9 Ídem

La era liberal en Gran Bretaña en el mejor de los casos toleró estas prácticas en tanto que ni la ideología ni la eficiencia económica estaban
en juego, y más de una vez lo hizo como una renuente concesión al irracionalismo de los órdenes inferiores. Su actitud frente a las tertulias sociales y actividades rituales de las Sociedades de Amigos fue una mezcla de hostilidad (gastos innecesarios tales como desembolsos por concepto de aniversarios, procesiones, bandas, galas e insignias emblemáticas
fueron prohibidos por la ley) y a la vez de tolerancia de celebraciones tales como los festivales anuales, basándose en que la importancia de esta atracción, especialmente con respecto a la población rural, es innegable (10). 10 Ídem

Pero predominaba un racionalismo individualista riguroso no sólo como cálculo económico sino también como ideal social. En el Cap. VII se investigará qué sucedió en el período en que sus limitaciones se hicieron cada vez más aparentes. Se podría concluir estas notas introductorias con algunas observaciones generales acerca de las tradiciones inventadas
en el período subsiguiente a la revolución industrial.

Se trataría de tres tipos de tradiciones con áreas superpuestas:
a) aquellas tendientes a establecer o simbolizar la cohesión social o la afiliación a grupos o comunidades reales o ficticias; b) aquellas tendientes a establecer o legitimar instituciones, estatus o relaciones de autoridad, c) la inculcación de creencias, sistemas de valores y pautas convencionales de comportamiento.

En tanto las tradiciones de los tipos b) y c) fueron ciertamente creadas o proyectadas (como en aquellas que simbolizaban el acatamiento a la autoridad en la India del Imperio Británico), se podría aventurar la sugerencia de que las del tipo a) fueron las predominantes, considerándose las otras funciones como implícitas en o emergentes de un sentido de identificación con una comunidad y/o las instituciones
que la representan, expresan o simbolizan, tal como el concepto de nación.

Constituyó una dificultad el hecho de que dichas entidades sociales de mayor envergadura no fueron sencillamente Gemeinschaften (Comunidades) ni siquiera sistemas de estamentos aceptados. La movilidad social, las realidades de la lucha de clases y la ideología imperante coadyuvaron a que las tradiciones que presentaban la combinación de comunidad y una marcada desigualdad en las jerarquías
formales (como en el ejército) resultasen de difícil aplicación universal.

Esto no afectó mayormente a las tradiciones del tipo c) por cuanto la socialización general inculcaba los mismos valores en cada ciudadano, integrante de la nación y súbdito de la corona, y las socializaciones funcionalmente específicas de los diferentes grupos sociales (como, por
ejemplo, los alumnos de las escuelas privadas inglesas o public schools como marca identificatoria frente a los demás) por lo común no se estorbaban entre sí.

Por otra parte, en la medida en que las tradiciones inventadas volvieron a introducir, como de hecho lo hicieron, el concepto de estatus en un mundo contractual, el concepto de superior e inferior en un mundo de iguales frente a la ley, no podían proceder a hacerlo directamente. Podían sí
introducirlos subrepticiamente por vía de un asentimiento formal simbólico a una organización social que era de hecho desigual, como por ejemplo el caso de la remodelación del ceremonial británico de la coronación (11). (Ver más adelante pp. 282—3). 11 Ídem

Con mayor frecuencia se daba el caso de que pudiesen fomentar el sentido corporativo de superioridad de las élites —particularmente cuando éstas tenían que ser reclutadas de entre quienes todavía no lo poseían por nacimiento ni por atribución —antes bien que inculcar
un sentido de obediencia entre los estratos inferiores, así algunos fueron alentados a sentirse más iguales que otros.

Ello pudo hacerse por medio de la asimilación de élites a grupos de poder o autoridades preburguesas, ya sea en la forma militarista-burocrática característica de Alemania (como en el caso de las costumbres duelistas entre los estudiantes alemanes), ya sea a través del modelo no militar de la “alta burguesía de rígida moralidad” formada en el sistema de las llamadas ‘escuelas públicas’ británicas. Como alternativa, quizás, el “esprit de corps”, la confianza en sí mismos y el liderato de las élites podían desplegarse a través de “tradiciones” más esotéricas que marcaban la cohesión de un mandarinato oficial de los mayores (como en
Francia o entre los blancos de las colonias).

Dando por sentado que las tradiciones inventadas de tipo “comunitario” constituyeron el tipo básico, aún nos resta por estudiar su naturaleza. La antropología puede ser de ayuda en dilucidar las diferencias, si las hubiere, entre las prácticas inventadas y las tradicionalmente antiguas. En
este punto meramente señalaremos que mientras los ritos de pasaje o tránsito se hallan normalmente indicados en las tradiciones de determinados grupos (iniciación, promoción, retiro, muerte), por lo general éste no fue el caso con relación a aquéllas elaboradas para pseudo-comunidades de vasto alcance (naciones, países), presumiblemente porque éstas últimas acentuaban su carácter eterno e invariante, al menos a partir de la fundación de la propia comunidad.

Sin embargo, tanto los nuevos regímenes políticos como los movimientos innovadores procurarían hallar sus propios equivalentes para los tradicionales ritos de tránsito vinculados con la religión (matrimonio civil, funerales).

Es dable observar esta gran diferencia entre las viejas prácticas y las prácticas inventadas. Las primeras fueron prácticas sociales específicas y fuertemente vinculantes, en tanto las segundas tendieron a ser carentes de especificidad y de carácter vago con respecto a la naturaleza de los valores, derechos y obligaciones de los integrantes del grupo que las
mismas inculcan, a saber: patriotismo, lealtad, deber, acatamiento
a las reglas del juego, el espíritu de las instituciones académicas y similares.

Pero si el contenido del patriotismo británico o del patriotismo estadounidense estaba notablemente mal definido, aunque a menudo se le especificara por medio de comentarios vinculados con las ocasiones
rituales, las prácticas que lo simbolizaban eran virtualmente obligatorias-tales como ponerse de pie para entonar el
himno nacional entre los británicos, o el ritual de la bandera
en las escuelas norteamericanas.

El elemento crucial parece haber sido la invención de signos con gran carga emocional y simbólica, representativos de la condición de integrante o miembro de un club o institución, antes bien que
los estatutos y objetivos de dicho club. Su significación radicaba
precisamente en su indefinida universalidad: »La Bandera Nacional, el Himno Nacional y el Escudo Nacional constituyen los tres símbolos a través de los cuales un país independiente proclama su identidad y soberanía, y en función de tales convocan a que se les preste de inmediato respeto y fidelidad. Reflejan en sí mismos la totalidad del pasado histórico, pensamiento y cultura de una nación.” (12). 12 Declaración oficial del gobierno de la India, citada por (idem).

En este sentido, como fuera señalado por un observador en 1880, los soldados y policías ahora usan insignias por nosotros, si bien no llegó a predecir su resurgimiento como accesorios del ciudadano en tanto individuo en la era de los movimientos de masas próxima a iniciarse (13).
13 Ídem.

La segunda observación es que parece claro que, a pesar de la multiplicidad de invenciones, las nuevas tradiciones no han ocupado más que una pequeña parte del espacio libre dejado por el debilitamiento secular tanto de las viejas tradiciones como de los usos y costumbres de antaño, como indudablemente cabría esperar de sociedades en las cuales
el pasado va gradualmente perdiendo relevancia como modelo o precedente para la mayor parte de las formas del comportamiento humano. En la esfera de la vida privada de la mayoría de las personas y en la de las vidas independientes y aisladas de pequeños grupos subculturales, aún las tradiciones inventadas de los siglos XIX y XX ocuparon u ocupan un espacio mucho más reducido que lo que lo hicieron
las antiguas tradiciones en, digamos por ejemplo, las viejas sociedades agrarias (14). 14 Ni qué decir de la transformación de rituales muy antiguos y señas de uniformidad y cohesión en modas rápidamente cambiantes —en materia de vestimenta, lengua, hábitos sociales, etc.,—como en las culturas de los jóvenes en los países desarrollados.

Lo que se hace estructura los días, épocas y ciclos vitales de los hombres y mujeres occidentales del siglo XX en muchísimo menor grado que lo que
influyó en sus antepasados, y muchísimo menos que las compulsiones externas de economía, tecnología, organización burocrática del estado, decisión política y otras tantas fuerzas que no se basan en la tradición ni la elaboran en el sentido que nosotros le damos.

No obstante lo dicho, esta generalización no es aplicable en la esfera de lo que podríamos llamar la vida pública ciudadana (incluyendo hasta cierto punto las formas públicas de socialización, tales como las escuelas distinguiéndolas de las formas privadas tales como los medios de comunicación de masas). No existen signos reales de debilitamiento en las
prácticas neotradicionales vinculadas con sectores humanos en los servicios del estado (fuerzas armadas, el foro, y quizás hasta los propios empleados públicos) ni en las prácticas vinculadas con la calidad o condición de integrantes del estado de los ciudadanos.

En verdad, la gran mayoría de las ocasiones en que las personas son conscientes de su ciudadanía como tal permanecen asociadas con los símbolos y prácticas semi-rituales (por ejemplo, las elecciones), la mayor parte de los cuales son históricamente noveles y en gran medida producto de invención: banderas, efigies, ceremonias y música. Toda vez que las tradiciones inventadas de la era a partir de la revolución industrial y de la Revolución Francesa han llenado un vacío permanente en todo caso hasta el presente parecería que lo han hecho en este
campo.

¿Por qué —se podrá finalmente preguntar— deberían los historiadores dedicar su atención a tales fenómenos? La pregunta es innecesaria al menos en un sentido, dado que un creciente número de ellos sencillamente ya lo está haciendo al presente, como lo atestiguan el contenido de este libro y las referencias en él citadas. De modo que será mejor reformular la pregunta.

¿Qué beneficio pueden extraer los historiadores del estudio de la invención de tradición?

Primero y principal, podría sugerirse que hay en ello síntomas
importantes y por tanto indicadores de problemas que de otra forma no podrían ser reconocidos, así como de procesos que de otra forma serían difíciles de identificar y situar en el tiempo. Son pruebas. La transformación del nacionalismo alemán del viejo cuño liberal a su nuevo modelo imperialista-expansionista resulta más propiamente esclarecida
a través del rápido desplazamiento de los colores negro, rojo y oro de la vieja enseña por los nuevos colores negro, blanco y rojo (especialmente en la década de 1890) por parte del movimiento estudiantil alemán, que a través de las declaraciones oficiales de las autoridades o de los portavoces de las instituciones.

La historia de las finales de copa de los torneos de fútbol británico nos aclara más acerca del desarrollo de una cultura urbana de clase trabajadora que lo que podrían hacerlo datos y fuentes más convencionales.

Por la misma razón, no se puede escindir el estudio de las tradiciones inventadas del estudio más amplio de la historia de la sociedad, ni sería dable esperar que aquél avanzara mucho más allá del mero descubrimiento de tales prácticas, si no se le integra dentro de un contexto más amplio de estudio.

En segundo lugar, dicho estudio aporta una luz esclarecedora sobre el relacionamiento humano con el pasado, y por lo tanto sobre la propia disciplina de estudio y oficio del historiador, puesto que todas las tradiciones inventadas, en la medida de lo posible utilizan la historia como legitimador de acción y cementador de cohesión de grupo.

Frecuentemente se convierte en el verdadero símbolo de la lucha, como en el caso de las batallas por los monumentos erigidos a Walther von der Vogelweide y a Dante en el Tirol del Sur en 1889 y en 1896 (15). 15 Ídem

Hasta los movimientos revolucionarios respaldaron sus innovaciones refiriéndolas al pasado de un pueblo (sajones versus normandos, nos ancetres les Gaulois contra los francos, Espartaco), a tradiciones de revolución (Auch das deutsche Volk hat seine revolutionaire Tradition) (También el pueblo alemán tiene su tradición revolucionaria) como dijera Engels al inicio de su obra “La Guerra de los Campesinos en Alemania”) (16), y a sus propios héroes y mártires. La obra de James Connolly “Labour in Irish History” (La Fuerza Laboral en la Historia de
Irlanda) constituye un excelente ejemplo de esta conexión de temas.
16 Acerca de la popularidad de las obras sobre éste y otros temas de la
historia militante en las bibliotecas de los trabajadores alemanes, véase…
(transcribiridem).

Aquí surge con particular claridad el elemento de invención, puesto que la historia que se convirtió en parte del acervo del conocimiento o de la ideología de la nación, estado o movimiento no es lo que efectivamente se ha conservado en la memoria popular, sino que lo que ha sido seleccionado, escrito, ilustrado, popularizado e institucionalizado por parte de aquéllos a quienes compete la función de hacerlo. Los historiadores de tradición oral han observado frecuentemente de qué manera la Huelga General de 1926 juega un papel más modesto y menos dramático en la memoria real de los mayores que lo que los entrevistadores o cronistas habían anticipado (17).
17 Existen razones plenamente válidas que explican por qué los participantes
entre la gente de abajo no suelen ver los hechos históricos que les toca vivir como los ven la gente de arriba o los historiadores. Se podría llamar a esto (recordando al héroe de La Cartuja de Parma., de Stendhal) el síndrome de Fabricio.

Se ha analizado la forma en que se ha forjado una imagen tal de la Revolución Francesa durante y por quienes vivieron la Tercera República
(18). 18 ldem.

Sin embargo todos los historiadores, sean cual fueren sus objetivos, se hallan comprometidos en este proceso en la medida en que contribuyen, consciente o inconscientemente, a la creación, desmantelamiento y restructuración de imágenes del pasado que pertenecen no sólo al mundo
de la investigación especializada sino a la esfera pública del hombre en tanto ser político. Harían bien asimismo en tener presente esta dimensión de sus actividades.
A este respecto, es de destacar un interés específico de las tradiciones inventadas para, en todo caso, los historiadores modernos y contemporáneos. Y es el hecho de que están íntimamente relacionadas con esa innovación histórica comparativamente reciente, la nación, con sus manifestaciones conexas: el nacionalismo, la nación-estado, los símbolos patrios, las historias y todo lo demás.

Todos estos conceptos se basan en ejercicios de ingeniería social que
son a menudo deliberados y siempre innovadores, aunque más no sea por el hecho de que toda novedad histórica implica una innovación. El nacionalismo o las naciones de Israel y Palestina deben ser necesariamente noveles, sean cual fueren las respectivas continuidades históricas de los judíos o los musulmanes del Medio Oriente, puesto que el
concepto mismo de estados territoriales del tipo común o estándar en el presente en dicha región recién fue esbozado hace apenas un siglo, y sólo llegó a convertirse en una posibilidad concreta poco antes de finalizar la Primera Guerra Mundial.

Las lenguas nacionales de tipo estándar enseñadas en las escuelas como modelo de lengua escrita y ni qué decir de lengua hablada, por más usuarios que los pertenecientes a una reducida élite, son en gran medida producto de elaboración de una época de cambio aunque a menudo
de corta duración. Como acertadamente observó un historiador francés del idioma flamenco, el flamenco enseñado hoy día en Bélgica no es la lengua en que las madres y abuelas de Flandes hablaban a sus hijos; en suma, es tan sólo metafóricamente pero no literalmente una lengua madre.

No debe inducirnos a error una curiosa si bien comprensible paradoja: las naciones modernas con todo su bagaje generalmente reivindican ser lo opuesto a lo novedoso, esto es, enraizadas en la más remota antigüedad y por lo tanto— lo opuesto a un producto de elaboración; es decir, comunidades humanas tan naturales como para no requerir otra
definición fuera de su propia autoafirmación.

Cualesquiera sean las continuidades históricas o de otro tipo engarzadas en el concepto moderno de Francia y los franceses —que nadie pretendería negar— estos conceptos mismos incluyen necesariamente un componente elaborado o inventado. Y precisamente porque una parte tan sustancial de lo que subjetivamente conforma la nación moderna
consiste en tales elaboraciones o constructos y está asociada con símbolos apropiados y por lo general relativamente recientes, o con un discurso adecuadamente adaptado (tal como la historia patria), es que el fenómeno nacional no puede ser suficientemente investigado sin proceder a un cuidadoso análisis de la cuestión de invención de tradición.

Por último, el estudio de la invención de tradición es interdisciplinario. Constituye un campo de estudios que reúne a
historiadores, antropólogos sociales, y a varios otros investigadores de las ciencias humanas, y no puede ser suficientemente explorado sin tal colaboración. Este libro recoge, fundamentalmente, los aportes hechos por los historiadores. Es de esperar que otros también lo hallen de utilidad.

Fuente:
Revista Uruguaya de Ciencia Política, nº 4 / 1991

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