La resignificación del pensamiento marxista de Schafik J. Hándal Hándal en el proceso revolucionario salvadoreño contemporáneo

La resignificación del pensamiento marxista de Schafik J. Hándal Hándal en el proceso revolucionario salvadoreño contemporáneo

Dr. Orlando Cruz Capote**

«Hurgando (sic!) más profundamente se descubre que en el propio terreno teórico es donde se encuentra una de las raíces del actual debate: no existe una teoría marxista-leninista acabada de la revolución latinoamericana y no la hay tampoco de la revolución
de liberación nacional, hablando más ampliamente.

Esto nos parece de importancia capital, ya que nosotros consideramos junto a otros compañeros que han estudiado el problema, que la revolución en América Latina tiene características específicas que la diferencian de la revolución de liberación nacional en general; tiene, por decirlo así, un pie puesto en la revolución de liberación nacional
y otro en la revolución socialista».

Schafik Jorge Hándal Hándal1

I

La profunda reflexión crítica de uno de los líderes político-teóricos y prácticos de la revolución salvadoreña y latinoamericana, Schafik J. Hándal (1930-2006), en el no tan lejano 1968, ponía al descubierto una de las carencias e insuficiencias del marxismo y leninismo epocal –entonces se le denominaba marxismo-leninismo por el fenómeno del estalinismo– denunciado epidérmicamente desde 19562 en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), difundido masivamente en el movimiento comunista y obrero internacional, y en las disímiles izquierdas del orbe, especialmente, en la América Latina y el Caribe, donde no se había podido construir una teoría general y singular-concreta, ajena al eurocentralidad prosoviética predominante para el subcontinente, a pesar de los esfuerzos de muchos partidos y personalidades marxistas y leninistas a lo largo de los siglos XIX y XX, principalmente en la última centuria.[3]

Se remitía, conscientemente, hacia el pasado histórico sintetizado, magistralmente, en la frase del amauta peruano José Carlos Mariátegui La Chira, cuando sentenció, en 1928, que:

No queremos ciertamente que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión diga de una generación nueva.[4]

La tesis de Schafik coincidía en el tiempo-espacio y, en parte, con la apreciación del marxista inglés Perry Anderson en ese turbulento año 1968 acerca de la crisis de la teoría y, más que todo, de la práctica real del marxismo y el socialismo en el campo socialista de la Europa del Este, la Unión Soviética, la China Popular, así como en otras partes del orbe,[5] en la que esta escuela y corriente filosófica de pensamiento y accionar se hallaba en un impasse, entorpecida por los viejos cánones de un referente histórico-político, más que todo ideologizante, que no se avenía a la realidad nuestraamericana, ni siquiera a las particularidades de otros continentes.

Esos años fueron muy tensos y divergentes para el proceso revolucionario latinoamericano y caribeño. Solamente analizando el año paradigmático de 1968,[6] el panorama se constituía muy complejo para la región, en el cual no se puede ignorar la presencia agresiva de la política del establishment estadounidense contra los procesos revolucionarios en auge y descenso. Tan paradójico sería que el propio Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, arremetía de nuevo contra los manuales soviéticos, declarándolos «anacrónicos», por separar en un enorme abismo «las concepciones generales y la práctica, entre la filosofía y la realidad […] y proveer representaciones equivocadas sobre “cómo se debe construir el comunismo”». El antimanualismo no se refería a la práctica de usar textos pedagógicos para la enseñanza, sino a una manera de pensar el socialismo, por la cual se suscitaban desavenencias con algunos países que «tienden a mirar como oveja descarriada al pueblo que no siga el caminito trillado».[7]

Asimismo, podremos percatarnos de una «microfracción» fallida en el propio Comité Central del Partido Comunista de Cuba,[8] que ponía en solfa la unidad como salvaguarda de la nación, la Revolución y el socialismo cubano, más el ejemplo que simbolizaba para la integración de las fuerzas de las izquierdas en América Latina y el mundo subdesarrollado; las imitaciones fallidas del ejemplo cubano, nunca copiable;[9] el inicio de la decadencia de la «Revolución Cultural» de la China Popular (1966), bajo el liderazgo de Mao Zedong; las declaraciones de la Conferencia de la Organización de Solidaridad con los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), en la Primera Conferencia de la Tricontinental de La Habana, en 1966, y de la Organización de Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), en 1967; la «Primavera de Praga», con la intervención militar soviética y otros, a través del Pacto de Varsovia, que ponía sobre la agenda política las zonas de influencia soviéticas y estadounidenses establecidas desde Yalta (1945), con el peligro de otra invasión contra Cuba, ahora en manos del «subimperialismo» brasileño; la decadencia del insurreccionalismo guerrillero en América Latina, con el asesinato de Ernesto Che Guevara en tierras bolivianas, un 8-9 de octubre de 1967.

No en último lugar, las fuertes discrepancias de la dirección política cubana con el Partido Comunista Venezolano (anteriormente con el boliviano), entre otras fuerzas, por la guerrilla latinoamericana-cubana que se encontraba en territorio de Bolívar;[10] más la gran conmoción social del «Mayo Francés» que se propagó por las capitales del primer mundo y arribó, en octubre, al «Tlatelolco» mexicano; la lucha por los derechos civiles y contra la segregación racial de los afronorteamericanos con los Black Panthers y el Black Power; las «nuevas izquierdas» insufladas y catalizadas por la herejía revolucionaria cubana; la guerra de los EE.UU. contra Vietnam y la resistencia del Vietcong, más el movimiento antibélico y pacifista planetario; la corriente hippie, la protesta generacional y contracultural frente a la autoridad familiar e institucional burguesa.

Al unísono, habría que analizar concienzudamente la herencia de las disímiles corrientes burguesas que provenían desde los Estados Unidos de América y Europa Occidental, el «famoso» eurocentrismo, también norteamericanizador, colonizante desde el poder, el saber, la axiología y la cultura, así como determinar las heterogéneas corrientes de pensamiento latinoamericanas, muy mezcladas, que acrecientan su difusión en los años sesenta, y que lo harían de forma más profusa en la próximas décadas, así como las de un marxismo occidental muy rico en la teoría, pero con una pronunciada orfandad en la praxis revolucionaria que atracó en esos años y se publicó masivamente con la idea, no tan ingenua, de contraponerlo a las concepciones pro-soviéticas;[11] entre otras coyunturas internacionales de agitación incesante de las ideas políticas, ideológicas, espirituales-culturales, como las prácticas reformistas, las retóricas nacionalistas y antiimperialistas y aquellas que sí proponían un cambio radical en las sociedades.

Por otra parte, al año siguiente, en 1969, la delegación cubana a la Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros, celebrada en Moscú, encabezada por el miembro del Buró Político Carlos Rafael Rodríguez, arribó no como una delegación oficial, sino con una posición «disidente» hacia la declaración de ese cónclave, que definía a la mayoría de los partidos comunistas latinoamericanos como la vanguardia política de la lucha revolucionaria en la región, lo que Cuba impugnaba como una falacia.[12]

De esta manera, el camarada Schafik Hándal, miembro del Partido Comunista de El Salvador (PCS) desde octubre de 1950, a fínales de la década de los sesenta percibía un abigarrado y casi ininteligible cuadro de diferentes tendencias ideológicas y políticas que estaban predominando en Nuestra América y que, aun hoy prosiguen promoviendo atomizaciones y escisiones en las disímiles izquierdas de la región. Se hacía necesaria la realización de un estudio profundo de la historia auténtica de la Patria Grande y de la nación centroamericana y, consciente de esa labor, el dirigente comunista y popular salvadoreño encaminó sus pasos hacia ella de forma ininterrumpida, con grandes hallazgos empíricos e interpretativos, más aportes teórico-críticos de amplia repercusión.

Mientras, las articulaciones urgentes entre las fuerzas revolucionarias no se realizaron, a pesar que trece años más tarde, el máximo guía de la Revolución Cubana, el compañero Fidel Castro Ruz, reafirmaba que «[…] De acuerdo con mi experiencia, toda unidad de izquierda es ejemplar»,[13] al observar y analizar críticamente como las izquierdas latinoamericanas y planetarias, anteriormente las nacionales cubanas, proseguían su eterna lucha a lo interno contra las tradicionales políticas de los «apóstoles vanguardistas iluminados», las «capillas sectarias y dogmáticas», las ideologías de agrupaciones políticas y sociales portadoras de teorías y accionares que pretendían interpretar y, por ende, poseer la «verdad única-absoluta» acerca del desenvolvimiento zigzagueante de la historia real de la sociedad, que no podía ser conceptualizada arbitrariamente, menos con una afirmación teleológica y teológica ideologizante.[14] En su reverso, pero con el mismo efecto, otros actores ideopolíticos estaban imbuidos del espontaneísmo, nihilismo, idealismo, de voluntarismos practicistas muy estériles.[15]

Tales desencuentros estuvieron también motivados por egocentrismos y ansias protagónicas extremas, los deseos de ejercer una hegemonía ideopolítica sobre amplios grupos y sectores de la sociedad, ambiciones por espacios de poder grupales y personalistas –el «síndrome del caudillismo y del caciquismo» tan presente en la América nuestra–, acusaciones mutuas por no poseer una estrategia, táctica y métodos de lucha adecuados, así como la utilización de fuertes adjetivos acusadores acerca de seguidismos mecánicos, ciertos o no, hacia corrientes de pensamiento teórico-políticas y praxiológicas internacionales, entre otros motivos de discordias y desavenencias.[16]

Las izquierdas, fundamentalmente, las nuestramericanas habían logrado, desde antes, la fatal especialidad de dividirse y subdividirse, un hecho constatable aunque dramático. En la vida real, las mayorías de las izquierdas, siempre en plural, actuaban –siguen actuando– de manera sectaria, mirando con ojerizas cuando surgían una tras otra nuevas organizaciones, algunas de ellas desprendimientos de las ya existentes, las cuales eran excomulgadas de manera automática. No obstante, nunca actuaron aisladas, sino interrelacionadamente, y la fragmentación provenía de las incomprensiones recíprocas señaladas, y sobre todo por la ausencia de diálogos interactivos entre iguales. En esa diversidad, solo cuando en instantes históricos específicos los objetivos políticos parecían coincidir entre algunas de ellas, se lograban acuerdos o alianzas, empero, factores recurrentes de viejos y nuevos recelos hacían brotar notas divergentes que aniquilaban los denuedos articuladores.

Resultaba en aquella coyuntura e instante histórico más difícil, como lo sigue siendo en la contemporaneidad, la re-construcción de esa unidad cotidiana desde las bases sociales, como proceso sociohistórico y político-cultural jamás finiquitado, en lo cual lo ético está implícito, que aquella posibilidad real de obstaculizarla y destruirla por errores e incomprensiones objetivas/subjetivas y endógenas/exógenas, sin lograr con plenitud su fortalecimiento hegemónico consciente, con y entre las masas populares, su verdadero artífice y protagonista, de conjunto con una dirección política avezada, la vanguardia política –llamada así desde los tiempos del leninismo– y un liderazgo legítimo obtenido no a través de una proclamación providencial, sino en los vericuetos y azares combativos diarios, con un programa político diáfano principista, métodos de lucha adecuados, la armonía entre el discurso y la práctica revolucionaria.

Sin embargo, la mirada esperanzadora de Schafik Hándal constituía una de las virtudes que un marxista orgánico, comunista y revolucionario debía y debe poseer para llevar adelante la preparación constante de las condiciones subjetivas del sujeto social-histórico y político de la transformación revolucionaria, sin reduccionismos obreristas y otros sectarismos triviales, contra el dominante y hegemónico capitalismo atrasado, subdesarrollado y dependiente hacia los gobernantes de Washington fundamentalmente, que acerrojaba el cumplimiento de las demandas legítimas de los pueblos explotados y oprimidos latinoamericano-caribeños.

Sin caer en desencantos ante tantas limitaciones, explicaba meridanamente en este propio folleto que, el «interés real y creciente por la búsqueda de nuevas respuestas se mezcla –sin definir todavía sus fronteras respectivas– con la confrontación entre antiguas y nuevas tesis dogmáticas, entre esquemas vacíos de vida», añadiendo que «la polémica está cargada de abundante tensión […] y que este era […] un fenómeno natural que se encuentra dentro de la lógica de la historia contemporánea del mundo y del continente.»[17]

El dirigente político, de clara mirada estratégica y táctica, se ubicaba, epistemológicamente expresado, en coyunturas históricas que habían comenzado desde finales de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y que habían trillado su rumbo por diversas luchas nacional‑liberadoras, por la justicia social y los flujos‑reflujos en el quehacer de los diferentes movimientos revolucionarios, verificando vertientes contradictorias y dicotómicas, que impedían conocer, comprender e interpretar ese complejo entramado socioeconómico, político y cultural con el fin de poder realizar un compendio interpretativo realista de la situación latinoamericana-caribeña, para que se produjera el cambio profundo de tal situación estrictamente estructural y concomitante al sistema capitalista en el recién denominado Tercer Mundo.

Su re/des/conocimiento dialéctico historicista, lo que hoy llamaríamos el desaprendizaje y aprendizaje de un revolucionario en evolución perpetua, se refería no solo a la falta de desarrollo de una teoría para la estrategia y la táctica, más los métodos de lucha, sino para «antes de la toma del poder […] también a la teoría para la construcción de la nueva sociedad, comprendidos además los problemas sociológicos e ideológicos que le son consustanciales de la revolución en ambas etapas».[18]

Sin descartar en su discurso político, más bien todo lo contrario, el cúmulo de enseñanzas y experiencias internacionales, regionales y nacionales, Schafik hacía énfasis en el despliegue teórico y práctico de una concepción marxista19 que no podía detenerse en el solo «asalto al poder» como un hecho aislado, sino como un proceso, en el cual era esencial la construcción-preparación político ideológica temprana y permanente de la organización política de avanzada y de las masas populares antes, durante y después de ese salto grandioso en la historia humana, con la intención de liquidar al capitalismo y transitar hacia el socialismo.[20]

Asimismo, Schafik no mencionaba a una sola clase o actor político del cambio, aunque aún resaltaba el rol esencial de la clase obrera, sino a un considerable número de sujetos sociales, históricamente concretos en cada nación y pueblos del subcontinente que ya, en 1964, para El Salvador, expresaba en otro trabajo suyo:

Se oyen de vez en cuando opiniones que de alguna manera intentan establecer diferencias artificiales entre obreros e intelectuales en el interior del P. [Partido Comunista de El Salvador – PCS, 1930] […] Hay quienes, por el contrario, no le dan suficiente importancia al factor de contenido proletario –teórico y práctico– de nuestro P. Ambas posiciones perjudican: la primera cae en el sectarismo, creando y agudizando luchas internas artificiales, la otra conduce a no realizar los esfuerzos necesarios para llevar a cabo la proletarización –ideológica práctica– de nuestro P., con todas la secuela de consecuencias de tal situación.[21]

Añadiendo, con claridad meridiana, que:

[…] el proceso educativo revolucionario no cuenta solo para los miembros de extracción no proletaria, sino que es parte fundamental del proceso de formación revolucionaria de todo miembro, independientemente de su procedencia de clase.[22]

Sin poner freno a su originalidad y creatividad revolucionaria, arraigada en la comprensión del panorama socioeconómico y político de El Salvador, y «violentando» superadoramente, además, algunas de las «regularidades y leyes» de un marxismo anquilosado y esquemático, Schafik aseguraba de forma tajante que «esto no hay que desligarlo naturalmente de las condiciones concretas del desarrollo económico nacional. A veces se dice que el Partido refleja la composición existente en el país».[23] Y agregaba de inmediato que «en El Salvador la industria es muy poco desarrollada. De lo que se concluye, que no podemos mecánicamente tratar de que haya una alta composición obrera en el partido […] esto es una pobre justificación de nuestro mal trabajo de concentración entre la clase obrera […]». En otro párrafo de este documento, se señala que:

Es cierto que en un país subdesarrollado, semi-colonial y agrícola, con fuertes remanentes feudales [años después lo denominaría rezagos precapitalistas] no cuenta con un proletariado tan desarrollado en número y tradición, tan amplio y consolidado, como el de los países industrializados. Pero de allí no debe sacarse deducciones absolutas […].[24]

Para culminar con la siguiente aseveración:

Nuestros métodos de trabajo deben de cambiar, debemos botar el sectarismo, ser amplios en nuestro trabajo de acercamiento con las masas, orientar a los compañeros en sus dificultades con los patronos, no querer resolverlo todo con fraseología revolucionaria y aunque al principio no le hablemos de revolución a nuestros compañeros de trabajo, ganémonos su confianza con sus problemas inmediatos, y no nos desesperemos cuando de pronto no veamos resultados espectaculares.[25]

En estas tempranas expresiones conceptuales se estaba definiendo en la avanzada política salvadoreña un tipo de marxismo, junto a otras apreciaciones, que no comulgaba con aquel que venía de las «aventajadas» ideas del socialismo vigente en el mundo de la época de los sesenta, que procedían, en muchos casos, de la Internacional Comunista (1919-1943) y del Buro de Información (1946-1956-1957),[26] entre otros, y que, lamentablemente, continuaron como una verdad «absoluta preestablecida». Se comprendía que la dirección política del proletariado y de la clase obrera, únicamente no podían ser comprendidas como un hecho físico y sociológico, sino como un hecho-proceso político cualitativo de mayor envergadura que una observación simplista y copista, que mimetizaba otras experiencias históricas geopolíticamente lejanas a las singularidades del proceso salvadoreño y de Nuestra América.

Sin olvidar que jamás existirá, al decir del propio líder de la revolución bolchevique de 1917, V. I. Lenin, una revolución proletaria pura,[27] como tampoco un socialismo «casto» (añadimos nosotros), que exige de la clase proletaria, obrera y campesinado trabajador, con su fuerza política dirigente, otra visión del problema a resolver.

Una clase trabajadora asalariada, urbana y rural, intelectual y manual, opuesta al capital por antonomasia, no como un hecho cuantitativo y exclusivo, sino condicionado por un hecho-proceso político de concientización en sí y para sí, que deben asociarse, aliarse, necesariamente con otras clases, grupos, sectores sociales y, en conjunto, a las masas populares, explotadas y oprimidas, para llevar a vía de efecto la transformación revolucionaria: la Revolución Social y Política que conlleve a la emancipación total humana, concebida históricamente como forma muy superior de democracia, que libera consigo al resto de la sociedad de la explotación y la opresión, la enajenación y alienación, luchando a brazo partido contra la burguesía y su cultura dominante y hegemónica. Asimismo, definiendo el cómo serían las diversas articulaciones y la unidad con las otras organizaciones políticas y sociales participantes en la lucha.

Estos fueron los albores de un pensamiento y accionar que, en el caso de Schafik Hándal, irían enriqueciéndose en el fragor del combate socioclasista y popular, en su labor de trabajador social incesante, en la dirección política unitaria del pueblo salvadoreño y en la conformación de un partido revolucionario experimentado, capaz de conducirlas hacia pasos superiores, en un permanente contacto con ellas, sin caer en esquemas a priori, desplegando los caminos independientes del marxismo,[28] más las vías disímiles para arribar al socialismo,[29] tal como las concibiera Lenin.

II

Ya entre 1972 y 1977, la contextualización sociohistórica concreta salvadoreña le permitía a Schafik aseverar, con mayor fuerza y nitidez, que: «[…] Ha habido […] cambios políticos y hechos importantes, entre los cuales es necesario señalar: la irrupción del movimiento de las masas campesinas y de asalariados agrícolas, prácticamente inexistentes desde el genocidio de enero y febrero de 1932»,[30] la emergencia de la mayoría del clero católico hacia la izquierda y su vinculación con las masas del campo, y la polarización, en términos totales, de las fuerzas en conflicto. Por un lado, la inmensa mayoría del pueblo y, por otro lado, el régimen, comprendiendo en este término al gobierno y a la oligarquía que lo sostiene.[31]

En 1982, reconfiguraba y fortalecía sus ideas en medio de la lucha armada popular y política,[32] sin perder la línea principista de organización y acción, con determinaciones antidogmáticas, en una exposición titulada, El estudio del marxismo por sí solo no es garantía de una posición revolucionaria. La garantía es la lucha por el poder mediante la vía correcta, a lo que añade en sus páginas interiores que si no se lucha por el poder por el camino adecuado:

[…] entonces, el Partido está expuesto a quedarse al margen de la fila delantera de la revolución y de la posibilidad de influir en el triunfo de la revolución […] y los vínculos indisolubles que hay […] entre las cuestiones de la lucha por el poder con la cuestión de la vía, del carácter de la revolución y de la unidad de la izquierda, como problemas completamente interrelacionados.[33]

La preocupación continuaba latente al prestar atención a cómo los partidos comunistas no estaban conduciendo la lucha revolucionaria en el Tercer Mundo, ni siquiera en el Norte industrializado, y cómo la clase obrera estaba extraviándose en caminos reformistas y economicistas, ante lo cual asevera que:

[…] si se rebaja eso [el análisis teórico] al nivel del relato histórico y del enjuiciamiento moral entonces no se llega a ninguna conclusión; por esas vías el Partido no se cohesiona alrededor de una línea correcta, sino por el contrario se dispersa en una multitud de posiciones, unas más emotivas que otras, unas más intelectualizadas que otras, pero no se cohesiona alrededor de una orientación revolucionaria que le permita como tal, como partido convertirse en sujeto de victoria que cumple el papel que tiene asignado.[34]

El estudio político autodidacta, sus intentos de culminar la carrea de derecho (nunca terminada oficialmente, aunque lo intentó por diez años) y su contacto indisoluble con las realidades continentales y mundiales, con su pueblo en primer lugar, fueron dando lugar a una personalidad de una profunda preparación teórica, política e ideológica.

Para los años setenta y ochenta de la pasada centuria, la expectativa política de la revolución salvadoreña se constituía esencialmente en tres pilares: acometer la lucha contra los gobiernos oligárquicos y el imperialismo estadounidense por todos los medios posibles, en especial el armado, para derrocarlos; arribar a la toma del poder político; y llevar a cabo la democracia inconclusa en la sociedad y comenzar el tránsito hacia el socialismo.

Luego del fracaso de la vía electoral, de desplegarse intensas luchas internas en el seno del PCS, y otras agrupaciones políticas y sociales, la separación, aparición y creación de numerosas organizaciones sociales, de masas y políticas de izquierda, con sus divergencias y contradicciones endógenas/exógenas, más diferentes matices ideopolíticos, se habían creado las condiciones objetivas y subjetivas para la fundación de un movimiento integracionista-unitario que enrolara bajo una Comandancia General a todas estas organizaciones. Así surge el 10 de octubre de 1980, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.[35]

Por tal motivo, en 1987, Schafik afirma categóricamente que:

La dispersión de la vanguardia está en lo fundamental terminada; no solo tenemos acuerdos formales de unidad y de coordinación, sino que el proceso unitario ha avanzado y se ha profundizado mucho, ha llegado a niveles muy altos. El objetivo de este proceso es otro, más alto: la unificación en un solo partido. Tenemos una sola concepción, una sola línea, un solo plan […].[36]

Para, sin demorarse un segundo, lanzar la siguiente valoración autocrítica:

Sigue pendiente una tarea en el terreno de masas, de concretar el instrumental: la construcción del Ejército Político de Masas para la Revolución en las nuevas condiciones […] El hecho de que sea una organización político-militar clandestina, capaz de actuar también en el terreno militar, pero muy vinculada al movimiento de masas, está llevando a ciertas limitaciones; surge la tendencia a disminuir el rol político de este movimiento y a levantar mucho más el papel militar. Nosotros tenemos que comprender que debe tratarse de un movimiento con gran rol político. Este movimiento es el que va a llevar a las masas, aún las más atrasadas, a los niveles más altos de desarrollo».[37]

La preocupación de uno de los líderes del movimiento revolucionario era evidente, ya que por mucho que se avanzara en las tareas de la insurrección armada‑popular, no podía quedarse detrás el trabajo ideopolítico del FMLN, con perspectivas de consolidarse como un partido unido de cuadros y de masas, y eso solo lo lograría vinculándolo indefectiblemente con todas las clases, grupos, sectores, estratos y segmentos explotados y oprimidos de la sociedad salvadoreña y fortaleciendo su preparación-formación teórica, política e ideológica.

Muy pocos años después, en un trabajo programático de largo aliento, dejó estas ideas en palabras indelebles y con plena vigencia para la actualidad, afirmando que:

Yo sostengo que para enfrentar y derrotar la ofensiva mediático-política de Saca [Elías Antonio Saca González, mandatario en el gobierno de turno, 2004-2009], el FMLN debe estar siempre en contacto con la población, informándole de todo y presentándole nuestras propuestas […] para que la gente tenga un parámetro de medición y comparación. […] Hacer eso requiere un Partido en que sus afiliados se conviertan en militantes, organizados en los Comités de Base, que mantengan una relación permanente y sistemática con la población de su entorno, de su municipio, de su colonia, barrio, comunidad, explicándole y escuchándole constantemente. Se requiere para ello un trabajo de educación política y de transmisión de información muy ágil dentro del Partido, en las dos direcciones: hacia la base, poniendo en sus manos todas estas propuestas o todas las explicaciones, y de la base a la dirección, trayendo sus opiniones e informaciones, las opiniones y propuestas de la gente».[38]

También señaló que:

[…] para garantizar la conexión y poner en marcha un nuevo tipo de proceso de afiliación que va, ya no por la vía electorera, sino por la vía de la comprensión y adhesión a la misión histórica revolucionaria del FMLN, a sus propuestas concretas, basada en la conciencia de que hay que hacer una gran lucha para llevar adelante esos cambios.[39]

Y cierra la idea de la unidad del FMLN con las bases sociales y populares, con una conceptualización para todos los tiempos.

De esta manera lograremos que tengan fundamento y fuerzas nuestras iniciativas programáticas, en la Asamblea Legislativa, en los gobiernos municipales y en la mesa de diálogo con el gobierno […]. Yo le he llamado a esto la dialéctica de dos concertaciones. La concertación popular y la concertación nacional, así lo planteamos por primera vez durante la negociación de los Acuerdos de Paz. En este binomio dialéctico la determinante es la concertación popular, que es donde debemos poner un mayor énfasis, al mismo tiempo que estamos allá con el gobierno y los demás partidos en la mesa nacional, manteniéndonos allí para obtener logros con la presión de las demandas de la gente, o hasta que se demuestre su inutilidad.[40]

III

Luego de la firma de los Acuerdos de Paz, el 16 de enero 1992, entre el FMLN y el gobierno de Alfredo Félix Cristiani Burkard (1989-1994) perteneciente al partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), el cual recibió al apoyo de las élites de poder de Washington hasta el último instante, las condiciones de lucha en El Salvador requieren en su quehacer un cambio extraordinario que no escapa a la visión crítica de sus líderes más capaces.

La agudeza política e ideológica de Schafik Hándal vuelve a ponerse de manifiesto cuando precisa que, entonces, como consecuencia de la victoria política-diplomática, el número de miembros, afiliados y simpatizantes al FMLN había crecido de forma desmesurada con dos vertientes de análisis: una, el reconocimiento al prestigio y la legitimidad política alcanzada en la lucha; la otra, que la entrada masiva podía traer secuelas negativas si no se preparaba un plan de educación y formación político-ideológico que ayudara a ir deslindando a los más conscientes de aquellos que entraban con ansias de pertenecer a una organización vencedora, pero sin una verdadera voluntad de llevar a cabo las nuevas tareas revolucionarias. También planteó la necesidad de cambiar los métodos de trabajo, en la divulgación y propaganda de los objetivos y propósitos del partido, pues ahora en condiciones de paz, siempre relativas, los sistemas verticalistas, de ordeno y mando y las órdenes desde arriba hacia abajo, debían sustituirse y complementarse con orientaciones persuasivas horizontales hacia las organizaciones sociales y populares, con la urgencia de conocer y resolver sus demandas, y potenciar la creatividad de las bases sociales con una política de retroalimentación con la dirección del FMLN en todo el país.

Ya en 1989, en un documento, extracto de una exposición sobre la problemática de la propaganda revolucionaria, el líder del proceso salvadoreño advertía certeramente que:

La propaganda no solo es un esfuerzo por ganar a las masas para nuestra línea, divulgar nuestra línea, que es lo principal, convertir las ideas en acción, en fuerza material, sino también es una forma de obtener información y de dar información […] nos obliga a utilizar este medio para confundir al enemigo sin confundir a las masas.[41]

Cerró su exposición, desde una perspectiva marxista crítica y autocrítica, con la siguiente idea:

Estamos de acuerdo en que hay debilidad de conducción, pero que consiste totalmente en otra cosa. En primer lugar consiste en no comprender y no persuadir a todos los cuadros que están en la propaganda de que su labor debe ser de esta otra manera, que deben desatar su creatividad, su combatividad, su agilidad en el debate, en la polémica con el enemigo, disputando el pensamiento de las masas, y de cada uno en su propio lugar […] Para eso lo que es indispensable es dominar la línea, dominar también los cambios coyunturales de la línea, no solo de la línea estratégica general, sino las modificaciones coyunturales sobre todo en una situación como la nuestra en que la coyuntura toma mucha velocidad y en un mundo en que también los cambios de coyuntura han pasado a ser muy veloces, no solo porque los acontecimientos son veloces, sino sobre todo, porque son más conocidos, más divulgados pueden llegar al conocimiento de todos en segundos a través de los medios modernos de comunicación, los satélites, la electrónica, las computadoras, etc., etc.[42]

Consciente de esa enorme misión, Schafik Hándal, realiza el esfuerzo teórico más grande de su vida, cuando lanza un conjunto de ideas valorativas acerca de los errores de la construcción socialista en Europa del Este y la Unión Soviética, sin caer en hipercriticismos y extremismos, relanzando su pensamiento teórico y político acerca de una revolución socialista en El Salvador. De esta manera le respondió a Marta Harnecker en aquellos convulsos días de 1991.

Así es nuestra concepción revolucionaria para El Salvador. Tenemos que crear para ello un nuevo modelo de sistema político y económico-social que parta básicamente de nuestra realidad nacional y entorno internacional. Lo que vayamos haciendo en este terreno será desde un principio una acumulación en el proceso hacia el socialismo. Si desde el comienzo se acierta en lo fundamental de la configuración de las estructuras económicas, como en la configuración del sistema político-jurídico; si somos capaces de evitar el error del verticalismo y nos mantenemos fieles a la idea de que el impulso fundamental hacia el socialismo debe venir desde abajo, y al principio de que la vanguardia al conducir no debe sustituir a las masas, al pueblo, sino que debe conducirlo, saber orientarlo de modo que este conozca, comprenda y haga suya la meta del socialismo; si nosotros, desde los primeros momentos aseguramos la hegemonía de la revolución en este proceso de tránsito, sin que la vanguardia se transforme en aparato de estado que impone desde arriba su voluntad; si desde los primeros pasos de la revolución democrática somos capaces de organizar un sistema político realmente democrático, basado en la activa participación y control popular sobre todo el proceso, esto ya sería una enorme y decisiva ganancia en el camino al socialismo, y nunca después tendría que abolirse la democracia y establecerse un estado verticalista.[43]

IV

Teórico de la práctica y no de gabinete, Schafik escoge el rumbo, junto a otros valiosos compañeros, de integrar definitivamente, autodisoluciones por medio, a las fuerzas del desarrollo de la revolución, en 1995, y lo realiza sin desconocer las tribulaciones, traiciones y deserciones que ya estaban aflorando y aquellas por venir, atribuibles a las luchas internas en el FMLN.

Desde ese momento, sus dos grandes obsesiones revolucionarias se unen de manera indisoluble, la primera, consolidar al FMLN y, la segunda, construir un poder ciudadano, social sólido, desde abajo, para revertir las paralizaciones de lo popular como lo esencial y protagónico en el proceso salvadoreño.

El pensamiento creativo de Schafik Hándal, acerca de la recuperación y el fortalecimiento del movimiento social, incluido el sindical, severamente dañado por el neoliberalismo y que hoy resurge en las filas de la derecha de manera intencional, y la reconstrucción del poder popular desde las bases del pueblo, está entonces en plena consonancia, con la «Declaración del XVII Foro de Sao Paulo», celebrado en Managua en el 2011, en que se dice:

La izquierda política gobernante […] tiene que despojarse de ciertos prejuicios frente a un movimiento social que, por mucho que asuma el reto de ejercer ese poder de nuevo tipo, siempre tendrá un rol que jugar, el cual no es exactamente igual que el del gobierno a nivel de su institucionalidad formal.

Las respuestas vuelven a encontrarse en el potencial expectante de las ideas y el accionar de Schafik Jorge Hándal Hándal, contextualizándolas en la actual coyuntura histórica o situación política, pero que mantienen su pleno vigor e ingenio.

Cuando propugno por la unidad del Partido, no estoy hablando de pegar con chicle grupos que se forman con intereses electorales y tampoco hablo de tranzar sin principios. Eso sería reducir la unidad solo a estar todos juntos, con el FMLN como techo común. Esa no es la unidad, deja de lado la misión revolucionaria del Partido y su capacidad de cumplirla. El principal combate ideológico deberá dirigirse contra el mezquino interés electorero y la ambición de adquirir poder personal, contra la corrupción, el oportunismo y el arribismo. […] El contacto directo y permanente con la población, no solo para presentar una plataforma electoral o apoyar candidatos, ese deberá ser nuestro método preferido.[44]

NOTAS

  • Doctor en Ciencias Históricas, Investigador Auxiliar del Instituto de Filosofía, Ministerio de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente de Cuba (CITMA), Asesor de Investigaciones del Instituto Schafik Hándal, San Salvador, El Salvador.

[1] Schafik Jorge Hándal: «Reflexiones sobre el problema de la revolución latinoamericana», material impreso, San Salvador, noviembre de 1968, Archivo del Instituto Schafik Hándal (ISH), inédito, sin clasificar, pp. 4-5.

[2] En 1956, se llevó a cabo el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), en el cual el secretario general recién elegido, Nikita Jruschov, dio a conocer el informe secreto acerca de «La crítica al culto de la personalidad», dirigido contra Iosif Stalin.

[3] Véase a Amaro del Rosal: Los congresos obreros internacionales en el siglo XIX y XX (en dos tomos), Editorial Grijalbo, S. A., México, D.F., 1958. Véase también a Instituto de Movimiento Obrero Internacional (IMOI): El movimiento obrero internacional. Historia y teoría (en siete tomos), Editorial Progreso, Moscú, 1982.

[4] José Carlos Mariátegui: Amauta No. 17, Lima, septiembre de 1928, pp. 17-21.

[5] Perry Anderson: ¿Existe una crisis del marxismo?, Dialéctica, Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP), traducción de Gabriel Vargas Lozano, México, 11 de noviembre de 1980 (148.206.53.230/revistasuam/dialectica/include/getdoc.php?id=174&article=193&mode=pdf).

[6] Carlos Antonio Aguirre Rojas: Para comprender el mundo actual. Una gramática de larga duración, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2003.

[7] Rafael Hernández: El año rojo. Política, sociedad y cultura (1968), The Harvard Review of Latin America III No. 11: 21-24. Invierno de 2009.

[8] Raúl Castro: «Informe del Comandante Raúl Castro, presidente de la Comisión de las FAR y de Seguridad del Estado del Comité Central, ante la reunión de este organismo del partido», El Militante Comunista. Suplemento Especial, reunión del CC del PCC los días 24 al 26 de enero de 1968.

[9] Entre algunos de los análisis superficiales y las inadecuadas interpretaciones del pensar y accionar de la Revolución Cubana se encontraron dos seudo-tesis: la de Jean Paul-Sartre acerca de «una Revolución sin ideología», y la controvertida idea de Regis Debray sobre la creación de «un foco guerrillero», sin dirección política. Véase a Jean Paul-Sartre: Jean Paul-Sartre visita a Cuba, Ediciones Revolucionaria®, La Habana, 1961. Véase también a Regis Debray: Revolución en la Revolución, Casa de las Américas, La Habana, 1967.

[10] Alí Rodríguez Araque: Antes de que se me olvide. Conversación con Rosa Miriam Elizalde, prólogo de Hugo Chávez Frías, Editora Política, La Habana, 2012.

[11] Carlos Antonio Aguirre Rojas: Itinerarios de la Historiografía del siglo XX: de los diferentes marxismos a los varios Annales, Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 1999; Retratos para una historia. Ensayos de contrahistoria intelectual, Ediciones ICAIC, La Habana, 2010; La historiografía en el siglo XX. Historia e historiadores entre 1848 y 2005, Ediciones ICAIC, La Habana, 2011.

[12] Carlos Rafael Rodríguez: Intervención de la delegación del Partido Comunista de Cuba en la Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros, Moscú, 1969 (material mimeografiado); Orlando Cruz Capote: Entre la realidad, la mística y los mitos de los 50 años del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, artículo inédito, La Habana, 23 de septiembre de 2013.

[13] Fidel Castro Ruz: Entrevista concedida a la revista mexicana Proceso, 21 de septiembre de 1981, en Clodomiro Almeyda Medina «El proceso de construcción de las vanguardias en la Revolución Latinoamericana», Nueva Sociedad No. 61, Caracas, Venezuela, julio-agosto, 1982, p. 25.

[14] Orlando Cruz Capote: «La Unidad y la diversidad en la historia de Cuba. Nuevas miradas críticas», 2013, Inédito.

[15] No hay que olvidar que las ideas de los socialistas utópicos, los anarquistas, los anarcosindicalistas, los socialdemócratas, los trotskistas, los maoístas, más tarde los eurocomunistas y otros, se continuaron manifestando junto a las ideas de un marxismo y socialismo cerrado y dogmático, más otro original y creador.

[16] Orlando Cruz Capote: Prólogo a Comunismo, Socialismo y Nacionalismo (1920-1958), Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, pp. 7-26.

[17] Schafik Hándal: «Reflexiones sobre el problema de la revolución latinoamericana», ob. cit., p. 1.

[18] Ibídem: p. 5. A partir de ahora, las negritas son del autor de este artículo-ensayo.

[19] Desde este momento, cuando escribamos marxista, incluimos el leninismo, a los coterráneos y sus continuadores contemporáneos.

[20] Schafik Hándal: «Reflexiones sobre el problema de la revolución latinoamericana», ob. cit., p. 5.

[21] Schafik Hándal (con el seudónimo Sánchez): La proletarización orgánica e ideológica del partido, Publicaciones de la Comisión Nacional de Educación, Partido Comunista de El Salvador, Archivo del Instituto Schafik Hándal (ISH), D-00219, 1964, p. 1.

[22] Ibídem: p. 5.

[23] Ibídem: P. 8.

[24] Ibídem.

[25] Ibídem: p. 11.

[26] Instituto de Marxismo-Leninismo (IML): La Internacional Comunista. Ensayo histórico sucinto, Editorial Progreso, Moscú, s/f.

[27] «[…] quien espera la revolución social “pura” no la verá jamás. Será un revolucionario de palabra, que no comprende la verdadera revolución». Vladimir Ilich Lenin: «Balance de la discusión sobre la autodeterminación», Obras Completas, t. 30, Editorial Progreso, Moscú, 1985, p. 56.

[28] Vladimir Ilich Lenin: «Nuestro Programa», Obras Completas, t.4, Editorial Progreso, Moscú, 1985, p. 194.

[29] Vladimir Ilich Lenin: «Sobre la caricatura del marxismo y el economismo imperialista», Obras Completas, t. 30, Editorial Progreso, Moscú, p. 129.

[30] Schafik Hándal: «Interrelación indisoluble», Revista Internacional, No. 5, Praga, mayo de 1978. Copia mecanografiada y fotocopiada, Archivo del Instituto Schafik Hándal (ISH), D-00249, 1978, p. 10.

[31] Ibídem.

[32] Aunque existieron movimientos armados desde de 1968-1970, a partir de 1979-1980, Schafik logra que el PCS y otras organizaciones existentes: las Fuerzas Populares de Liberación Nacional Farabundo Martí (FPL, 1-04-1970), el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP, 2-03-1972), la Resistencia Nacional (RN, 10-05- 1975), y el Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC, noviembre de 1975 y enero de 1976), más las organizaciones que se sumarían, consoliden su unidad alrededor de una proyección insurreccional nacional en que se vieran envueltas las amplias masas populares, base social imprescindible para el desarrollo exitoso del enfrentamiento guerrillero contra las fuerzas represivas internas y el imperialismo yanqui.

[33] Schafik Hándal (con el seudónimo Simón): «El estudio del marxismo por sí solo no es garantía de una posición revolucionaria. La garantía es la lucha por el poder mediante la vía correcta», intervención en un seminario, copia mecanografiada y fotocopiada, Archivo del Instituto Schafik Hándal (ISH), D-00001, del 21 de marzo de 1982, p. 2.

[34] Ibídem: p. 4.

[35] Véase a Schafik Hándal: Teoría de la Situación Revolucionaria (extractos de la intervención realizada, en 1987, en la inauguración de la capacitación para el desarrollo de los cuadros en la etapa final de la Guerra Revolucionaria Popular, sobre el devenir histórico del movimiento revolucionario hasta ese año), Ediciones Instituto Schafik Hándal, San Salvador; Véase también a Schafik Hándal: Legado de un revolucionario, Ocean Sur, México D.F., 2014.

[36] Schafik Hándal: Teoría de la situación revolucionaria, ob. cit., p. 73.

[37] Ibídem.

[38] Schafik Hándal: El FMLN y la vigencia del pensamiento revolucionario en El Salvador, ob. cit., p. 20.

[39] Ibídem: p. 21.

[40] Ibídem.

[41] Schafik Hándal: Papel y características de la propaganda revolucionaria en el momento actual, (extracto de exposición en Seminario sobre Propaganda), Archivo del Instituto Schafik Hándal (ISH), D-00317, 8 de junio de 1989, p. 2.

[42] Ibídem: p. 3.

[43] Schafik Hándal: El socialismo: ¿una alternativa para América Latina?, Entrevista a Schafik Hándal realizada por Marta Harnecker en 1991, Ocean Sur, México D.F., 2014, pp. 53-54.

[44] Documentos del XVII Encuentro del Foro de São Paulo, Managua, celebrado en Nicaragua del 16 al 21 de mayo de 2011, Capítulo 3: «[…] los desafíos actuales de las izquierdas populares, democráticas, nacionalistas, socialistas y comunistas en América Latina», (http://forodesaopaulo.org/documentos-del-xvii-encuentro-del-foro-de-sao-paulo/), 6 de junio de 2011.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puedes usar estas etiquetas y atributos HTML:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>