La “segunda ola” del marxismo en Costa Rica

La “segunda ola” del marxismo en Costa Rica: los linderos del discurso y la práctica
Leandro Zúñiga, Vilma; Dobles Oropeza, Ignacio
Revista de Ciencias Sociales (Cr), vol. II, núm. 100, 2003, pp. 189-205
Universidad de Costa Rica
San José, Costa Rica

RESUMEN

En este trabajo se abordan los retos y dilemas de la izquierda marxista costarricense en los años 60-80, analizando los textos producidos por quienes han intentado contra o analizar la experiencia. Se establecen algunas comparaciones entre esta coyuntura y la enfrentada por el Partido Vanguardia Popular en los años cuarenta.

Se analiza la problemática de las alianzas, de la concepción acerca de la democracia, acerca de la valoración de la doctrina marxista y la valoración de las coyunturas y las tareas a realizar.

DE LA INTRODUCCIÓN

Se ha dicho hasta la saciedad que Marx está muerto. Pero ya sabemos que es un muerto un tanto complicado, que si el siglo antepasado se dedicaba a perfilar espectros que recorrían el continente europeo, a casi ciento cincuenta
años de su muerte todavía hace temer a algunos que pueda ser una especie de “ave fénix” que eche a perder algún diseño posmoderno.

Después de todo, la obra principal del alemán tenía que ver con analizar a fondo el modo de producción capitalista, y, como nos recuerda Zizek (1998) sigue habiendo capitalismo, incluso más capitalismo, y fenómenos como el “fetichismo de la mercancía” (Marx, 1976) cobran toda su vigencia.

El marxismo, con todos sus altibajos, busca ser una respuesta a problemas derivados de este modo de producción, y que sepamos, muchos de esos problemas siguen vigentes. Al menos podemos contar con que sea elemento
fundamental de algunas de las respuestas que se presenten, por lo que quizás no sea oficio perdido seguir dedicando alguna atención a lo que ha sido su devenir.

Las personas abordadas en esta investigación quisieron ser parte de la
historia escrita y actuada por quienes de una u otra manera se inspiraron en Marx y sus seguidores para intentar incidir en la vida política nacional.

Pretendemos en este escrito trabajar la problemática de un tipo de discurso y práctica, de un poder social, en el contexto específico de nuestro país: nos referimos, precisamente, a los avatares de los proyectos políticos afianzados en el marxismo, que han intentado incidir de manera efectiva en la realidad social costarricense.

Debemos resaltar el hecho bien conocido de que se trata de discursos y prácticas que han tratado de ser “liberadoras” desde una perspectiva de clase, siendo su fundamento teórico-filosófico, sin duda, hijo de la Ilustración y enmarcado en el proyecto de la Modernidad, lo que a la vez, quizás, condiciona los aspectos más “positivistas” de la teoría marxista, como la teleología de la secuencia de modos de producción o incluso algunas “predicciones” venidas a menos.

Sin embargo, también es preciso especificar que lo que sigue no es una discusión filosófica o conceptual, sino una exploración de los textos que han intentado, de una u otra forma, explicar la práctica de organizaciones políticas marxistas en nuestro medio. Evitamos, en esta ocasión referirnos a los debates en torno a los “clásicos” o retomar la discusión actual internacional sobre el marxismo.

Intentamos, entonces, perfilar los alcances, los límites y las contradicciones, en algunos ejes temáticos, de los diversos intentos de articular prácticas políticas con una base marxista (o marxista-leninista) sobre todo en lo que consideramos fue la “segunda ola” del marxismo político en nuestro país, en el contexto de la convulsión centroamericana de los años 60-80, siendo este el período de interés para nuestra investigación.

Volviendo a nuestro “muerto incómodo” quizás un asunto a considerar es que si su obra es producto de la modernidad, como proyecto “ilustrado”, su posible vigencia está condicionada, paradójicamente, por la del modo de producción que pretendía superar.

En lo que nos concierne, muchos de los dilemas, discusiones, y contradicciones enfrentados por el marxismo político costarricense en esta etapa histórica, aunque pertenecen a una coyuntura que difícilmente podrá repetirse de la misma forma, siguen siendo, a nuestro juicio, dilemáticos para
cualquier intento de articulación de proyectos políticos transformadores, por más que el mismo concepto de “política” y también de “proyectos políticos revolucionarios o transformadores” sea actualmente polémico y discutible, o bien que haya cambiado sustancialmente el perfil de los actores sociales “revolucionarios” y que algunos de los protagonistas de estos eventos
hayan terminado poniendo en práctica aquello que escribió José Emilio Pacheco de que “somos aquellos contra lo cual combatíamos hace veinte años”.

Efectivamente, la problemática de lo táctico/estratégico, lo nacional/internacional, el sectarismo/la amplitud, lo violento/pacífico,
la masa/los cuadros, son algunos de los temas y disyuntivas que aparecen cuando las coyunturas políticas y sociales, o las crisis, ponen en juego posibilidades de transformación social, o, para no ser demasiado optimistas,
cuando lo hacen las mismas exigencias de supervivencia.

Por más que los ejes de la discusión (izquierda/derecha, multitud/clase, etc.) se
puedan o no haber corrido, o diluido, la experiencia reciente continental, por ejemplo de Argentina, Venezuela o Brasil sigue demostrando que en el contexto de prácticas políticas reales, los actores individuales o sociales tienen que tomar decisiones sobre la base de valoraciones tácticas o estratégicas en que las disyuntivas que hemos señalado se hacen presentes.

Poco después de la caída del “socialismo real”, el académico Rafael Ángel Herra organizó y publicó, en Costa Rica, una serie de conferencias
acerca de la vigencia del marxismo, en que participaron ponentes tan disímiles como Miguel Ángel Rodríguez y Helio Gallardo.

Llama la atención, no obstante, que en este debate sobre la vigencia del marxismo, realizado en nuestro país, los participantes no se refirieran a
la muy rica, (y en muchos aspectos poca ortodoxa) experiencia de los partidos políticos nacionales que afianzaron su quehacer en el marxismo.

Aún así, el ex-presidente Rodríguez no dejó de ofrecer en esa ocasión consejos a los “comunistas” (el asunto no estaba para sutilezas
partidarias o político-ideológicas): “No quedaría más opción abierta al comunista de buena fe que observa la muerte de su sistema y que desea apoyar una posición sostenible sin recurso a la violencia que escoger el camino de la democracia y la libertad, del estado de derecho y de los mercados, de las sociedades abiertas y evolutivas” ( Rodríguez, en Herra, 1991, 55).

Ya vemos, siguiendo esta lógica, que cualquier opción al “estado actual de cosas” (neoliberalismo) tendría que ser “violento” y que se exime de “violencia” al orden de cosas regido por la lógica del mercado. Aunque las organizaciones marxistas que actuaron en el período desaparecieron del mapa político nacional, o han quedado reducidas a expresiones menores, eso no elimina la riqueza de la experiencia, a la vez que permite discernir los límites y las contradicciones de discursos y prácticas radicales de transformación social en uno de los países que ha demostrado mayor
estabilidad institucional y política en América Latina.

Vérselas con un país con las características de Costa Rica no ha sido fácil para organizaciones políticas marxistas1. Desde una lectura, podríamos postular que es uno de los países más reacios a cambios radicales en su sistema político. Aquí no hay premios de consolación, como el que se imagina José Fabio Araya, quien al hacer un recuento y una interpretación de esta “segunda ola marxista” expresa que: “Hay en todo esto una nota positiva… A pesar del cuadro desolador que se presenta en las expresiones orgánicas de la izquierda, no ocurre lo mismo con la izquierda como corriente de pensamiento… el debilitamiento de los partidos ha tenido como reacción un fortalecimiento de esta corriente de pensamiento” (Araya, 1989, 130).

1 Al referirse a las “particularidades” de Costa Rica, Salom expresa lo siguiente: “No es el nuestro, por ejemplo, el caso de un país sojuzgado por una tiranía de corte militarista, tan característica en cambio en la historia de la mayor parte de los países latinoamericanos. Más bien, por el contrario, en Costa Rica ha prevalecido a través de su historia, en el presente siglo principalmente, un “régimen de derecho” de libertades públicas y de sufragio relativamente estable, que constituye parte del patrimonio histórico de nuestro pueblo y un dato ineludible con el que cualquier perspectiva de transformación social tiene que contar” Salom, R. La crisis de la izquierda en Costa Rica. San José: Editorial Porvenir, 1987, 14.

Escrita en los ochenta, la frase puede sonar “inspiradora” teniendo en cuenta hechos como la lucha contra el “Combo del ICE”. Sin embargo, al no precisar que se entiende por “corriente de pensamiento de izquierda” terminamos con la misma ambigüedad con que se pueden interpretar las secuelas de la misma lucha contra el combo. Tampoco aclaran mucho, a nuestro juicio, apreciaciones un tanto difusas que ubican la discusión sobre la izquierda y sus
expresiones orgánicas en una especie de ubicuidad, como la siguiente apreciación sobre el partido Comunista, de parte de Manuel Mora,
relatada por Addy Salas:
El Partido no ha dejado de existir. Ha dejado de existir una forma de organización de ese partido, pero vendrá otra forma, el partido está vivo en la conciencia del pueblo… Nuestro mensaje está vivo en el pueblo… El Partido que está vivo en el pueblo, en la conciencia del pueblo, ya lo verás levantarse dentro del pueblo… (Salas, 1998, 290).

En lo que sigue, pretendemos pasar revista a los textos (de diverso signo) que se han escrito acerca de la experiencia marxista costarricense de la “segunda ola” intentando, de una u otra manera dar sentido (crítico o no) a la experiencia vivida. Estos textos fueron escritos en su mayoría después del debilitamiento de los partidos de izquierda de la época (consumado en la primera parte de los años ochenta) y en algunos casos después de la caída del “socialismo real”.

Muchos de los que escriben tuvieron cargos de dirección partidaria en estas organizaciones, lo que es un dato nada despreciable. Al procesar este material, variado, queda claro, una vez más, que hay que inscribir lo ocurrido en esta etapa en el marco de una historia de la izquierda política marxista que en su forma orgánica nace con la fundación del partido Comunista
Costarricense el 16 de junio de 1931, y que está marcado por todos sus avatares en una larga, compleja, y a ratos muy dura historia, que no ha sido del todo entendida, como se está encargando de demostrar el historiador
Iván Molina en algunos de sus estudios más recientes (Molina, 2002).

No es casual que la izquierda política marxista nazca como producto, en buena parte, de una crisis económica e histórica mundial, y que se debilite severamente en una crisis regional de profundos alcances. Esto trae a colación
algunos textos que hacen referencia a otros momentos de esta historia, y también a documentos fraguados en el calor de los hechos de los 60-80, tratándose fundamentalmente de documentos políticos de las organizaciones o intervenciones de dirigentes en polémicas.

La historia, sin duda, pesaba en el discurso y la práctica de las organizaciones marxistas, pero no necesariamente en la forma en que lo proclamaban. Esto es más que claro, como veremos, en las contradicciones y eventualmente la división del partido Vanguardia Popular en 1983, en que abiertamente florecieron discrepancias presentes desde los años cuarenta.

Detrás de las reiteradas referencias de Manuel Mora a los hechos del 48, había un manojo de diferencias políticas no resueltas por la propia dirigencia del PVP.

La acepción del discurso de la política ofrecida por Gallardo (1987) que remite al origen mismo de la palabra, ligado a la polis griega, en tanto se dirimen también proyectos de convivencia humana, de identidad colectiva, de
solidaridad posible. Efectuar esta operación permite introducir el tema de la ética, por más que autores como Ruiz más bien otorguen a Maquiavelo una ventaja sobre el marxismo en tanto no apela a ética alguna para fundamentar su tecnología de dominio, mientras el marxismo
impulsa una propuesta utópica que para Ruiz (1993) es perversa.

Lo anterior, aplicado a la discusión sobre el marxismo, permite a algunos autores diferenciar el marxismo como teoría social lo que se asemeja a la dimensión de construcción de identidad de la política y también como tecnología del poder lo que remite al ámbito que asociaríamos con Maquiavelo.

Nos referimos, en todo esto, a autores que han discutido acerca del marxismo en nuestro país. Por ejemplo, al escribir sobre el marxismo como teoría social, Sobrado y Vargas lo ubican, precisamente, en el proyecto ilustrado de la modernidad con algunas de sus características ideológicas más
salientes (1991).

No es este el lugar para profundizar el debate. Cabe hacer la observación, no obstante, de que seguir esta estrategia discursiva para encarar la discusión acerca de la vigencia del marxismo corre el riesgo de llevar a una
dicotomización entre el buen marxismo (el marxismo como teoría social, como construcción de identidad) y el marxismo malo (el marxismo como tecnología o ideología de poder), o como hace Cerdas en el mismo debate,
ubicarlo en un plano ético sin correlatos prácticos (1991).

En realidad, y vale para la discusión que sigue, ambas dimensiones puntualizadas por Gallardo están en juego, porque proyectos de sociabilidad
que no encaren entramados concretos de correlaciones de fuerzas, de posibilidades, faltos de tácticas, etc. son meros ejercicios especulativos, y, por el otro lado, juegos de poder y dominio que carezcan de proyectos identitarios, en el sentido precisado, son empresas que rayan en el cinismo.

Que la historia del marxismo y los esfuerzos terrenales de convertirlo en
prácticas políticas hayan oscilado en uno u otro sentido es de suma importancia, pero hay que tener las dos dimensiones presentes para poder
precisarlo.

DE LOS TEXTOS

Podríamos denominarlo el género de los textos sobre la segunda ola de la izquierda en Costa Rica, y se caracterizan por haber sido escritos por ex dirigentes de las organizaciones de izquierda posterior a 1983.

Encontramos algunos escritos que de una u otra manera se inscriben en el marco de los debates de la época dentro de la izquierda, sobre todo los de dirigentes históricos como Arnoldo Ferreto, Eduardo Mora y Manuel Mora.

Por ejemplo los trazos autobiográficos producidos por Arnoldo Ferreto en Vida militante (1984) tienen como intertexto la polémica abierta por la división del partido Vanguardia Popular, lo que ocurrirá también con lo
producido por Manuel Mora y su hermano, Eduardo.

Incluso, en un planteamiento cuestionable, Roberto Salom, (1987) en lo que sigue siendo, a nuestro juicio, el análisis político más completo sobre las organizaciones de izquierda que constituyeron la Alianza Pueblo Unido, considera que los juicios de Ferreto carecen de legitimidad por haber sido escritos en medio de esa contienda. Esta advertencia es a nuestro criterio
incorrecta, porque la observación se podría aplicar a cualquier escrito de la época, incluyendo el del propio Salom.

El texto de este último pretendía ser, en cuanto a esta izquierda política:
Un estudio crítico de sus concepciones doctrinales y de la evolución de sus análisis estratégicos y tácticos en cada coyuntura de su ya importante evolución histórica (Salom, 1987, 7). [La tesis fundamental sostenida, que compartimos, es que:] La agudización de la crisis de la izquierda estaba estrechamente ligada al desencadenamiento de la crisis económico-social en nuestro país y de la crisis política centroamericana a raíz del triunfo de la Revolución Popular Sandinista y del ascenso del movimiento revolucionario en El Salvador (Salom, 1987, 11).

Con pretensiones de análisis político, pero con un carácter menos académico, José Fabio Araya Monge, quien fuera dirigente del Movimiento
Revolucionario del Pueblo publica el libro, ya citado, titulado Mitos y sinrazones (los “mitos” son de la izquierda, las “sinrazones” de la derecha) en 1989.

Este libro cobra un estatuto un tanto ambiguo, ya que su autor lo califica
expresamente como un texto que no es un “tratado científico”, sino que propone un “conjunto de juicios y reflexiones” sobre la práctica de la
izquierda en el país. Con muy poco de anecdótico, postula propuestas de perspectivas futuras.

No solo escribe un ex dirigente de una de las organizaciones influidas directamente por la Revolución Cubana y que quiso presentarse como
una “nueva izquierda” en el período en cuestión, sino que quien escribe es, además, miembro de una prominente familia política palmareña, de gran influencia en la política nacional, y sus reflexiones, de alguna manera, son las del “ala izquierda” de esta influyente familia.

Hay a nuestro juicio dos ejes fundamentales en la crítica que hace Araya a la acción de los partidos de izquierda marxista en el país en el período en cuestión: uno tiene que ver con la derrota del partido Vanguardia Popular en la Guerra Civil de 1948, que en la concepción del autor es una especie de “huella histórica” que impide, a su juicio, que Vanguardia Popular pueda tener influencia política en el país en los 70-80, y el segundo eje es la “indecisión” de las nuevas fuerzas políticas de izquierda de la época, que no separaban claramente su línea y práctica de las de los comunistas.

Ya retomaremos estos elementos en la discusión posterior aunque cabe hacer la observación de que prácticamente no aparecen en los relatos de nuestros
entrevistados y entrevistadas.

Tres de los textos trabajados, aunque tienen características diferentes, articulan su elaboración en torno a la figura de Manuel Mora.

El texto Con Manuel. Devolverle al pueblo su fuerza, de Addy Salas (1998), es una elaboración interesante, porque la autora, quien fuera la compañera de vida de Mora, utiliza su narración para presentar el pensamiento autobiográfico del líder comunista, logrando hacerlo como, señalan González y Solís, (2001) con mucho afecto y con gran lirismo. Dice la autora:
“Este libro es testimonial y se centra en la actividad y las apreciaciones de Manuel. No es el desarrollo de ninguna tesis. No es un tratado de historia” (Salas, 1998, 21). En otro lado expresa que “este libro no quiere ser una biografía, ni es un manual de historia, sino un testimonio” (Salas, 1998, 13 ).

José Merino y Gerardo Contreras, por su parte2, ofrecen dos textos que tratan, con distinto grado de profundidad, el problema clave de la democracia, relacionando directamente su producción con la figura de Mora Valverde. El texto de Merino, que tiene el curioso subtítulo de Viaje al interior del partido Comunista (viaje que se nos queda debiendo, por cierto) tiene la virtud de tratar la democracia no sólo en su vertiente externa, sino también en relación con las contradicciones internas y eventualmente el rompimiento en Vanguardia Popular.

En esta época fue publicado también por la UNED el interesante texto de Jaime Cerdas La otra vanguardia, en que este fundador del partido
Comunista de Costa Rica ofrece una autobiografía muy bien elaborada, con gran sentido crítico. Este texto, aunque toca muy poco lo relativo a esta segunda ola de la izquierda es bastante útil para ofrecer la perspectiva de alguien que vivió intensamente la militancia comunista, aunque eventualmente rompiera con Vanguardia Popular, y apoyara la creación por parte de su hijo, Rodolfo Cerdas, del Frente Popular Costarricense, organización que no está incluida en nuestra investigación.

2 Merino Del Río, J. Manuel Mora y la democracia costarricense. Viaje al interior del partido Comunista. Heredia: Fundación UNA, 1996; Contreras, G.
Manuel Mora y los logros de la democracia costarricense, San José: Imprenta Nacional, 1995. El trabajo de Merino es su tesis de graduación de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR. El tratamiento del significado del tema de la democracia para la izquierda no es nuevo para este autor, véase: Merino, J. “La lucha por la democracia como parte integrante de la lucha por el socialismo”. Trabajo, 2,3,46-50.

Un libro que evidentemente tiene pretensiones diferentes es Como fue que no hicimos la revolución, escrito por Francisco Gamboa y publicado en 1991 por la Universidad Nacional Estatal a Distancia. Gamboa, ex miembro de la Comisión Política del partido Vanguardia Popular y uno de sus protagonistas
más conspicuos en la división de dicho partido, dedica pocas páginas de su texto a la historia nacional y regional de que fue parte, y presenta poca reflexión política, histórica o filosófica.

Pasando cuenta, con una autocrítica ligera, a algunas de las prácticas y acontecimientos de los países del socialismo real, Gamboa ofrece muy poco en sus cortos relatos que pueda rescatarse para esta discusión. Su escrito parece tener el propósito claro de demostrar que escribe como un insider. Esto se evidencia en el epílogo de la obra, en que cuenta de su “regreso” a la
URSS, que fenecía como tal, en 1990, en compañía de funcionarios del gobierno costarricense de entonces y de Elliot Abrahams, personero del
gobierno de George Bush, para participar, dado su conocimiento de la forma en que se “operaba” en esas tierras, en un evento que analizaba la necesidad de cambios drásticos en las relaciones entre lo que quedaba de la URSS y Cuba. La autocrítica de Gamboa es tímida, superficial, y muchas interrogantes quedan al descubierto.

También encontramos el libro de Ángel Ruiz, ex-dirigente trotskista y del Comité Patriótico Nacional (COPAN) Ocaso de una utopía. En las entrañas del marxismo, que es más bien una especie de tratado político-filosófico, centrado en la obra de Marx, que busca demostrar porque el marxismo, desde sus fuentes, es contrario a la libertad humana. Ruiz y su organización,
el COPAN, rompen con el marxismo y el trotskismo a mediados de los años ochenta. No hay en este libro referencias a la práctica política
concreta de que fue parte el autor en el período que nos ocupa, ya que no es su propósito hacerlo.

Estos son los textos que hemos encontrado y trabajado, con las características que señaláramos al inicio. Hacemos uso en lo que sigue, también, de otros documentos y textos complementarios.

DE LA HISTORIA

El príncipe, para ejercitar su espíritu, debe leer las historias; y, al contemplar las acciones de los varones insignes, debe notar
particularmente cómo se condujeron ellos en las guerras, examinar las causas de sus victorias, a fin de conseguirlas él mismo; las de sus pérdidas, a fin de no experimentarlas
(Maquiavelo, 1975, 75).

La historia, como señalaba Benjamin en sus Tesis sobre la Historia (1994) no es un continuum homogéneo, uniforme, sino que parece condensarse en sus momentos mesiánicos. Para quienes escriben acerca de las particularidades de
la izquierda marxista costarricense la historia tiene que ver con los hechos de los años cuarenta del siglo pasado, y sobre todo, con las actuaciones del partido Vanguardia Popular en esa época.

Para Maquiavelo, la historia se presenta como recurso, para calibrar mejor las tareas del presente.

El problema es que para que esta historia concentrada sirva en esta capacidad, hay que procesarla, lo que implica la discusión abierta acerca de las interpretaciones de los acontecimientos, y eso, evidentemente, ha sido problemático para la izquierda marxista costarricense.

Para Araya, como ya he señalado, la derrota histórica del partido Vanguardia Popular en ese decenio de los cuarenta condiciona la actuación posible de toda la izquierda en el período en cuestión (el de la segunda ola), y esto es un eje articulador de su discurso. Es la historia como lastre. En otros escritos, como el de Salom, surge como condicionante de una
especie de añoranza en la dirigencia del PVP, y especialmente en Manuel Mora, de querer reeditar la alianza política de la época en otra coyuntura.

González y Solís identifican en esta añoranza unos supuestos sobre la realidad costarricense que interpretan en términos de la socialización familiar de Manuel Mora3.

3 Véase González, A. y Solís, M. Del desarraigo al despojo, San José: Editorial Universidad de Costa Rica, 2001.

En la dinámica de la Centroamérica de los años 80, en lo que se refiere al debate interno en Vanguardia Popular, estos hechos del 48 cobran renovado interés polémico: es la historia como tarea inconclusa, es la historia sin clausura.

En Costa Rica se pueden evidenciar dos momentos de auge de la izquierda marxista, que nace de manera orgánica el 16 de junio de 1931 con la fundación del partido Comunista4.

4 La fundación del partido Comunista encuentra antecedentes en numerosos intentos de aglutinar a fuerza populares en el país a inicios de siglo. Botey
y Cisneros ofrecen una periodización de estos esfuerzos: primero a finales del siglo XIX con las primeras organizaciones de trabajadores, esfuerzos que culminan con la fundación de la Confederación General de Trabajadores en 1913, año en que se celebra por primera vez el Primero de Mayo en las calles de la capital. Un segundo período tiene que ver con la fundación del partido Reformista al disolverse la Confederación General de Trabajadores
y un tercer período que se inicia en 1923, con la búsqueda de una organización política de nuevo tipo, con un acentuado antiimperialismo. Aquí encontramos el esfuerzo del grupo Germinal, la Liga Cívica, ARCO (Asociación Revolucionaria de Cultura Obrera), etc. Botey, A.M., Cisneros, R. La crisis de 1929 y la fundación del partido Comunista de
Costa Rica, San José: Editorial Costa Rica, 1984.

Se puede plantear, además, que los tres momentos políticos más importantes de esta izquierda coinciden con situaciones de crisis de modelos: 1929, con el derrumbe del sistema financiero internacional, los años cuarenta con el agotamiento del modelo cafetalero-patriarcal, y los años 70, con el agotamiento del modelo de estado interventor y la crisis centroamericana, aunque de ninguna manera se puede establecer una relación mecanicista entre estos eventos y lo que ocurrió en la izquierda.

Al respecto, escriben Botey y Cisneros acerca de la fundación del partido Comunista:
La crisis no fue decisiva para la fundación del partido Comunista, pero si logró generar una situación que permitió al arraigo de sus planteamientos. Aceleró la acción de un “sujeto social” que asumió y tomó a su cargo el proyecto de transformación social. Evidentemente, para que este proyecto de transformación social, fuera comprendido debieron existir condiciones objetivas en la base material y social que lo posibilitaran y las condiciones subjetivas del desarrollo de la lucha de clases, en el ánimo social e individual que lo realizaran (Botey y Cisneros, 1984,138).

El primero de estos momentos abarca los años treinta y cuarenta, con el surgimiento y desarrollo del partido Comunista hasta los hechos de la guerra civil del 48, que marcaron una derrota y un declive. Esta etapa, a la vez,
puede subdividirse en dos: una primera de un partido Comunista radicalizado, si se quiere ultraizquierdista, contrario a alianzas con otros
sectores políticos, y una segunda etapa que se inserta en el cuento mayor de los frentes únicos o frentes amplios, lo que da lugar al famoso (y polémico) cambio de nombre del partido Comunista en entendimiento con Monseñor Sanabria5 y a la alianza con Calderón Guardia que por un lado promueve las garantías sociales y por otro lado amarra al partido Vanguardia Popular en una coalición a ratos extraña, que terminará conduciéndolo a una participación en la guerra civil con graves consecuencias para los comunistas.
5 Hecho insólito en la historia de los comunistas (me refiero a los partidos comunistas en general) que por lo demás siempre fue criticado por un sector más doctrinario del PVP, encabezado por Ferreto. Se puede argumentar, a mi juicio, que el PVP se anticipaba, históricamente, mutis mutandis, a lo que luego ocurriría a mayor escala en Centroamérica en los años setenta.

Hay graves implicaciones de la decisión del PVP de apoyar la anulación de las elecciones de 1948, aunque hay distintas versiones de los hechos. Cabe destacar que con el resultado de esas elecciones, Vanguardia Popular llegaba a tener nueve diputados en el Congreso. Ya volveremos sobre este punto, que marca el evento clave para la visualización de la huella de la derrota que tanto pesa en el texto de Araya, a la vez que demuestra como la construcción de la historia se vuelve nebulosa, podríamos decir que hasta se vuelve síntoma, con consecuencias en la práctica política.

El segundo momento de auge relativo está marcado por la aparición de nuevas fuerzas de izquierda, influenciadas por la Revolución Cubana, y por corrientes maoístas y europeas, en los años setenta, con una intensificación de la lucha popular en Centroamérica y un clima
político y cultural, sobre todo en la juventud, conducente a la participación política.

En este contexto la lucha contra ALCOA es un acontecimiento nacional sumamente significativo, así como lo es el auge de la izquierda estudiantil en la Universidad de Costa Rica. El protagonista del primer momento, el PVP se fortalecía también en este nuevo salto. Contreras escribe:

De modo que cuando el partido Vanguardia Popular arribó a su XIII Congreso Nacional, era un partido revolucionario en perspectiva de constituirse en un gran partido de masas. Era un partido que, en ese momento, tenía a su haber una experiencia de casi medio siglo. Su dirección nacional estaba integrada por connotados revolucionarios de distintos períodos
históricos (Contreras, 111).

Para Araya, como ya he señalado, lo que ocurre en el período que nos interesa se articula directamente con los hechos del 48, lo que de antemano significaba que parte de la batalla de sus colegionarios por establecer una nueva izquierda en la época estaba perdida de antemano.

Por otro lado, la agudización de las diferencias y contradicciones en el más grande de los partidos, Vanguardia Popular, evidenciaron que el 48 era un capítulo inconcluso para los dirigentes de dicho partido, y de alguna manera una “nebulosa”.

Basta revisar el prólogo escrito por Humberto Vargas al texto de Vida militante de Ferreto, cuando escribe: “Después de la Guerra Civil de
1948, momento en que, por decirlo así, hicieron explosión los errores políticos y deficiencias acumulados durante años” (destacado nuestro).
(Vargas Carbonell, en Ferreto, 1985, 15).

El punto clave de la derrota histórica de los comunistas en los cuarenta está definido por el apoyo a la anulación de las elecciones que le daban la victoria a Otilio Ulate. Mientras que autores como Rojas Bolaños, basándose en Aguilar Bulgarelli6 manejan la versión de que Manuel Mora se había opuesto a dicha medida, en la histórica reunión de la Comisión Política del PVP que se llevó a cabo en San Pedro, Jaime Cerdas refiere en La otra vanguardia, que aunque se manifestaron dudas, todos los miembros de la dirección del PVP votaron a favor de esta anulación.

La versión de Cerdas contradice a Rojas Bolaños también en que este último refiere que el PVP no tenía pruebas del fraude, mientras que Cerdas explica en detalle como él mismo era el portador de dicha prueba. Manuel Mora, por su parte, relata que había decidido mantener en secreto su oposición en la Comisión Política a la anulación de las elecciones “… Hasta que Ferreto, en forma totalmente sorpresiva para mí, lo publicó en una serie de reportajes del periodista Guillermo Villegas Hoffmaister en el periódico Excelsior del 29 setiembre de 1977” (Salas, 1998, 224).

Por último, Ferreto en su libro Vida militante puntualiza que:
El C. Mora expresó, en ese sentido, sus vacilaciones. Estaba convencido de que la nulidad de las elecciones era la guerra civil, y manifestó dudas de que en tal emergencia nuestro campo saliera triunfante, en vista de las debilidades de Teodoro Picado, de la presión a que el imperialismo le hacía objeto y de algunos otros factores de menor importancia (1984, 125).

Esto viene incluido en su libro como parte de un informe partidario elaborado en 1950, pero en 1984 le añade, mediante un asterisco, que a pesar de que hiciera estas consideraciones Mora vota afirmativamente por la anulación de
las elecciones, en lo que coincide con la versión de Jaime Cerdas. Parece que lo que pretende Ferreto, haciendo este agregado en medio de la polémica de la división del PVP es no eximir a Mora de los errores políticos cometidos.

6 Rojas Bolaños, M. Lucha social y guerra civil en Costa Rica 1940-1948. San José: Editorial Porvenir. S.f.

Hacer este recuento detallado de versiones no busca privilegiar a alguna o fundamentar veracidades. Lo que queremos demostrar es como una decisión tomada veinte o veinticinco años antes, y la forma en que se hizo, pesaba sobre la actuación de organizaciones en los 60-80.

La operación de Ferreto, de combinar publicidad de informes partidarios con sus notas al margen, treinta y cinco años después, demuestra la importancia que tenía establecer la superioridad de las versiones sobre los acontecimientos. Quizás todo esto nos diga algo, en esos a ratos extraños giros que parecen tomar los acontecimientos, que podría cobrar importancia
también para el futuro dirimir lo que ocurrió en la segunda ola que venimos comentando.

SOBRE LAS ALIANZAS

Lo que a nuestro juicio emerge en esta discusión es uno de los puntos de mayor tensión que condicionan los discursos sobre la práctica de la izquierda en el país y a la vez pone en tensión al discurso liberador como tal, y es lo que tiene que ver con las alianzas, con la amplitud. Si como se esmeraban en discutir los partidos, se trataba de ser el partido marxista leninista de la clase obrera ¿De qué manera se podía proponer compartir con otros sectores
sociales tareas de transformación social? ¿A quién apoyar? ¿En quién apoyarse?

De nuevo la historia, en los momentos claves de la vida política nacional, se asoma, y podríamos remitirnos a la mítica foto en la que encima de un jeep (que conduce Ferreto, por cierto) se ubican Manuel Mora, Rafael Ángel
Calderón y Monseñor Sanabria, simbolizando la inédita alianza que se dio en los años cuarenta.

Para Araya se trata de un esfuerzo en que, a fin de cuentas: “El PVP puso las masas, el sacrificio de sus militantes y dirigentes, y hasta los muertos en la guerra civil y sus aliados cargaron con las glorias. Esos son los costos de una
alianza en la que no se resguardó la soberanía política e ideológica” (Araya, 1989, 138).

Esto es parte de la “derrota histórica” que se ubica como “lastre” para Araya, y que lo lleva a plantear, en lo que concierne al llamado Pacto de Ochomogo y su presunto incumplimiento por parte de Figueres Ferrer: “Es por esto que
resulta un tanto ridículo ese reclamo reiterado que han hecho los dirigentes comunistas a José Figueres por el incumplimiento del llamado Pacto de Ochomogo, independientemente de que se hubiera firmado o no un pacto” (Araya, 1989, 139). Los hechos imprimen su propia lógica (y ética) parece insinuar Araya, emulando a Maquiavelo en cuanto a su consideración de
que “los fines justifican los medios” (Maquiavelo, 1975, 41, 47).

Los vencidos son los vencidos, y no tienen derecho a reclamos, debido a sus
propios errores. Jaime Cerdas, quien en esa época era dirigente vanguardista, y por lo tanto actor de primera línea, valora así la famosa alianza:
La dialéctica política de ser aliados, manteniendo la independencia, naufragó
cuando deliberadamente impulsamos un caudillismo útil en el corto plazo, que
producía dividendos electorales, pero fatal en el largo plazo por su costo en el
plano político y el histórico. Las masas terminaron por creer que las reformas les venían de arriba, y que no eran fruto de su propia siembra y cosecha (Cerdas, 1993, 154).

Lo que en el discurso de Araya, cobra contornos de “marca de derrota” para el PVP, es, según Salom, una experiencia que se quiere reeditar en los setenta, en el afán de Manuel Mora y a ratos del PVP de buscar alianzas con
partidos de la burguesía, aunque fuera en defensa de las libertades democráticas y contra el fascismo. Así, la historia se vuelve añoranza.

Al agudizarse la situación centroamericana, y la situación económica nacional,
parece perfilarse un curioso paralelo entre la situación del 48 y la situación coyuntural nacional, y, al agudizarse las diferencias dentro del propio PVP, la valoración de los hechos de los cuarenta cobra renovada importancia. Es
así como Ferreto, en Vida militante publica su informe al congreso partidario en 1950, en que critica la política de alianzas del PVP e incluso reafirma su convicción de que el abandono del nombre de partido Comunista en el famoso entendimiento con Monseñor Sanabria, fue una concepción política inadmisible, seguidora del llamado Browderismo 7.

7 Se refiere a la tesis proclamada en los años 40 por Earl Browder, del partido Comunista de los EEUU, de que los partidos comunistas deberían disolverse dada la alianza contra los nazis en la guerra. Ferreto expresa en Vida militante que: “Nuestro principal pecado con ese pacto consistió en fomentar ilusiones entre los trabajadores costarricenses, en el sentido de que la jerarquía católica como tal, podía observar una línea “progresista” respecto al problema social, dificultando así la comprensión del papel de la iglesia como uno de los baluartes del capitalismo hoy en día” (Vida militante), 119.

¿Hasta qué punto un partido que se proclama obrero o vanguardia de la clase obrera puede, coherente con su discurso, emprender tareas conjuntas con otros sectores sociales? Y ¿Cómo hacerlo sin perder su fisonomía propia?

Esto parece ser lo que está en juego. La propensión de Manuel Mora a querer reeditar una política de alianzas alabada por unos y criticada por otros sería atribuida por González y Solís, rayando en el psicologismo, a una presunción del dirigente comunista, afianzada por su propia socialización, de que en Costa Rica prevalecen (o pueden hacerlo) relaciones “amables”, en que hay: “… un mundo de “conocidos”, en el cual los puntos de contradicción y conflicto son móviles y relativos, y solo con dificultad se pueden identificar sucesos que llevan a rupturas definitivas e irreconciliables” (González y Solís,
2002, 25 ).

En Salom, quien considera la política de alianzas del PVP en los cuarenta (salvo por la incapacidad para trabajar con las capas medias) adecuada pero en los setenta “excesiva”, encontramos más bien una interesante discusión política, en que contrasta los planteamientos de la época de los partidos comunistas y obreros sobre la revolución democrático-burguesa con los de Manuel Mora. Para los primeros se trataba de una tarea a cumplir, que definía una política de alianzas, para el segundo se trataba de
una tarea ya cumplida en Costa Rica (Salom,1987, 58), y la política de alianzas la definía la necesidad de preservar conquistas.

En Salom (y organizaciones como el MRP o el PSC de la época) está muy presente el peligro de un partido de la clase obrera yendo a la zaga de fuerzas más poderosas, aparte de las consideraciones de planteamientos políticos específicos, parecieran estar dando cierta interpretación a preocupaciones de Maquiavelo:
Es necesario notar aquí que un príncipe, cuando quiere atacar a otros, debe cuidar siempre de no asociarse con un príncipe más poderoso que él, a no ser que la necesidad le obligue a ello… porque si este triunfa, queda esclavo en algún modo. Ahora bien, los príncipes deben evitar, cuanto les sea posible, el quedar a la disposición de los otros (Maquiavelo, 1975, 112).

Los hechos del 48 son muy aleccionadores al respecto. Maquiavelo insiste en la necesidad de que el príncipe, hasta donde sea posible, base sus acciones en sus propias fuerzas. ¿Qué quiere decir esto para el problema que nos ocupa?

Entre otras cosas remite a una de las características problemáticas del discurso marxista: de la de quién es sujeto de la revolución, y, en las franjas más extremas del discurso, sobre todo en medios donde no hay una clase obrera fuerte, con tradiciones de lucha, la exaltación de la categoría obrero o proletario (Muchas veces confundiendo, al contrario de lo que hacía Lenin, al partido marxista-leninista con la clase como un todo)8.

8 Lenin, V. Qué hacer. Problemas candentes de nuestro movimiento, Moscú: Editorial Progreso, s.f.

Este es un núcleo problemático importante en el discurso marxista, que ha sido señalado irónicamente por Rodolfo Cerdas: “La otra actitud fue la ingenuidad candorosa de atribuir un imaginario angelismo, de intención y conducta, a un obrero tan inexistente como abstracto, ubicado más allá de toda determinación psicológica, e inmune a cualquier condicionamiento inconsciente” (Cerdas, R. 1991, 32).

Su padre, Jaime Cerdas, escribe en sus memorias como el Obrerismo ocupó un lugar tal en los primeros años del partido Comunista que para las elecciones de 1934 hasta el propio Manuel Mora, que llegaría a destacarse como congresista, consideraba que solo obreros podían integrar papeletas. Para Cerdas el ideal de ese obrero combatiente se hacía realidad en la persona de Adolfo Braña, quien tuvo una memorable gestión como munícipe en San José en los años treinta, como parte de una vida que lo llevó entre otras cosas a los campos de concentración nazi y la resistencia francesa (Braña, 1979). Cerdas escribe:

Para mí, Braña encarnaba al obrero que yo adivinaba en las obras de Marx: digno, valiente y orgulloso. Su forma de hablar, y sus gestos espectaculares, eran una especie de símbolo de la llegada de los obreros a los organismos del estado, donde hasta entonces habían estado ausentes. Años después, en la campaña electoral de 1986, la consigna de la izquierda, que decía “pura vida” me recordó a Braña y su lenguaje.

Ya no se trataba de conquistar al obrero que, como Braña, irrumpía con su lenguaje y su cultura en los puestos de mando, sino de llegarle más bien a un sector de pachucos y de lo que para Marx era el “lumpen” (1993, 65).
La cita es interesante, en el contraste efectuado por Cerdas entre épocas históricas, en un primer momento se le llega al “ideal”, encarnado en la figura de Braña, en el segundo lo que tenemos es una degradación, que para el
desencantado Cerdas denota, claramente, la degradación de la izquierda. Sin quitarle mérito alguno a Braña, o a tantos otros militantes proletarios
como el mismo Carlos Luis Fallas, el problema es que el relato de Cerdas recuerda aquellas estatuas soviéticas del proletario firme, recio, con la mirada puesta al futuro, conformando un ideal de pureza que solo se
encontraba en casos excepcionales, y por supuesto, como consecuencia lógica del mismo discurso, cualquier falla, debilidad o incluso error, se podía siempre atribuir a que se carecía de suficiente temple proletario o a la influencia pequeño burguesa.

El discurso, en sus extremos, sobre todo aplicado a países con las características de Costa Rica crea su propia imposibilidad. El otro
problema político que se deriva de todo esto es al que apunta por su parte Araya: el de menospreciar el potencial revolucionario de otros sectores
sociales.

En partidos que se disputaban ser los representantes de la clase obrera, la dimensión de clase cobraba matices muy interesantes, en lo que a fin de cuentas era una experiencia socializadora multiclasista, desde procesos de desclasamiento, hasta la idealización ya señalada, o el reclamo a la procedencia pequeño burguesa de direcciones.

DE LAS OPORTUNIDADES

El discurso de las organizaciones marxistas de la segunda ola enfatizaba la importancia del poder político centralizado, lo que es fácil contrastar con otras apuestas de hoy, más fragmentarias o dirigidas a la microfísica del poder (a lo Foucault) como discute Jameson (1998). En juego estaría, como se insistió tantas veces, el espinoso tema del poder, y en la convulsionada Centroamérica de los setenta, las apreciaciones sobre el asunto en la izquierda
eran muy variadas.

Si el discurso enfatiza, tarde o temprano (dependiendo de la concepción de etapas de la revolución) la toma del poder, el límite de ese discurso es entonces la puesta en práctica de la propuesta, pasar de las palabras a los hechos, el asalto al cielo, la situación revolucionaria, etc.

Examinando los textos en lo que se refiere a esto, vuelve a actualizarse la discusión sobre el 48, y por otro lado tenemos situaciones paradójicas, como que las organizaciones surgidas en los sesenta (MRP, PSC) que a veces tendían a ser estrategistas9 y que surgen precisamente enfatizando la necesidad de una práctica más explícita en relación con el tema del poder,
acusando al PVP de tímido, terminan más bien girando en sentido contrario10, mientras que el PVP, ese partido de “veteranos”, termina planteando a través de sus órganos directivos la existencia de una situación “prerrevolucionaria” en el país.

9 Véase Salom, 78.
10 Ya para el año 1982, el MRP, considerada la más “radical” de las tres organizaciones que integraron la Coalición Pueblo Unido establece en su Congreso

Por otro lado, y como caso aparte (y fuertemente reprimido) tenemos la experiencia del grupo denominado por la prensa “La familia” que intentó llevar a la práctica una estrategia de lucha armada en el país.

Así, mientras a los “ultraizquierdistas” del MRP, por ejemplo, les “pasaba la fiebre”, a una parte importante del PVP apenas le empezaba
a arder la frente. Para Araya, perteneciente a los primeros, los cuadros dirigentes del PVP:
“Actuaron como unos bisoños imberbes, sin percatarse, que mientras ellos viraban a la izquierda, el país como un todo gravitaba hacia la derecha” (Araya, 1989, 169). Para Salas, eran años de “peligrosos entusiasmos” ( 1998, 258).

Y de nuevo surge el 48. En medio de las discrepancias en el PVP, Ferreto, como ya hemos señalado, publica sus memorias en que incluye su informe al congreso partidario del año 1950 en que se hace un balance del 48 y sus consecuencias.

En esa ocasión afirma que el PVP “perdió la perspectiva del poder” en esos años, y por lo tanto no actuó consecuentemente como un buen partido marxista-leninista. La apreciación de Salom, sin embargo, apunta en sentido
totalmente contrario.

Para este, apoyándose en afirmaciones de Manuel Mora de que nunca tuvo el PVP tanta influencia política como en esos tiempos, y en la consideración de que el PVP sobrevaloraba sus posibilidades de triunfo, incluso en el plano militar, el error fue más bien considerar que se estaba en condiciones de afirmar un poderío, cuando el problema fundamental era que el PVP no era, de manera alguna, hegemónico en el proceso. Las contradicciones, las tensiones, la coyuntura, más bien crearon un cierto estado de ánimo beligerante que el mismo Ferreto reconoce en sus memorias: “Un cierto espíritu aventurista se apoderó de los dirigentes de nuestro partido. Todos querían ser militares”, escribía (1985, 129).

Hay un cierto paralelismo, de nuevo, con una situación centroamericana en los setenta en que organizaciones revolucionarias de América Central habían pasado a la ofensiva, y el Frente Sandinista lograba derrocar a Somoza en Nicaragua. Mientras que el Movimiento Revolucionario del Pueblo y el partido Socialista Costarricense, sufriendo varias divisiones, redefinían sus líneas políticas, en Vanguardia se desarrollaban contradicciones que darían lugar al resquebrajamiento del más monolítico de los partidos de izquierda en el país11.

11 La Comisión Política del partido Socialista Costarricense, en un “Análisis político del proceso electoral 1982” expresaba que “todos los partidos de la izquierda hemos cometido errores en esa dirección. El partido Vanguardia Popular ha confundido la crisis económica con una crisis de carácter político. Algunos dirigentes vanguardistas cayeron en el error de plantear que nos estamos acercando a una situación revolucionaria, extrapolando así las
experiencias de otros países del área” p. 11.

En el fondo parecía estar la valoración de las tareas del momento de los revolucionarios en Costa Rica. El resultado final parece ser una amalgama de
contradicciones irresueltas de los años cuarenta, de divorcio de la teoría y la práctica, de diferentes apreciaciones y prácticas en relación con la situación centroamericana, y en lo orgánicopartidario (no necesariamente en la influencia política) ineficacia.

En lo que se refiere a la explicación de la división del partido Vanguardia Popular, mientras que Manuel Mora, José Merino y Arnoldo
Ferreto la explican en términos de divergencias políticas, Eduardo Mora en sus memorias recurre a un argumento anecdótico al señalar el marcado peso juvenil de una dirección del PVP como el detonante de la crisis (Mora, E., 2000)12.

12 Lo que no explica el peso de una figura veterana como Ferreto en el otro bando. Mora recurre a la estadística, puntualizando que el 42% de esa dirección ultraizquierdista (Mora, M., 1984) y en la línea de la purificación Arnoldo Ferreto (1985,15) escribirá
que con la escisión de Manuel Mora y su grupo del PVP se facilitarían las acciones consecuentemente revolucionarias.

Manuel Mora se referiría a una conspiración que: “En las condiciones políticas del país donde priva la acción política abierta, construir una organización clandestina, no es ni más ni menos que liquidarse como proyecto político alternativo, frente a la crisis, dejando pendiente para el futuro las reivindicaciones históricas que claman por salir a la superficie para que sean materializados por nuestro pueblo… en estos momentos en vez de escondernos hay que dar la cara, hay que convencer…” (Salom, 102).

En el libro de Merino Manuel Mora y la democracia costarricense
encontramos un tratamiento más detenido del asunto, destacando las consecuencias de las diferentes visiones:
La discusión trascendía el interés puramente teórico, pues sus consecuencias
prácticas eran evidentes. Si en Costa Rica maduraba la situación revolucionaria, lo que se imponía era una acción política orientada en el corto plazo a la lucha por la toma del poder, por el contrario, si esas condiciones objetivas de la situación revolucionaria no estaban presentes, la línea del partido sería otra, más en clave de acumulación de fuerzas en el terreno de la democracia que en la toma del poder (Merino, 1999, 199).

Con Gramsci podríamos preguntarnos: ¿Asalto al poder o guerra de posiciones? Lo cierto es que los textos analizados revelan claramente
que en situaciones de alta tensión, de “crisis” si se quiere, un discurso que apunta a la “toma del poder” o al “salto revolucionario” (sea revolución socialista, democrático-popular, antimperialista, etc.) es llevado a su límite,
y las tensiones y fracturas generadas develan cuan cerca estaba la ilusión del “asalto al cielo”.

Es curioso, para finalizar nuestro tratamiento de este aspecto, que en el texto de Araya, representante de quienes primero plantearon una línea más agresiva en este campo en la época de la segunda ola se refiera que las propuestas
más beligerantes no fueran llevadas a cabo porque prevalecía lo que denomina, enigmáticamente, una “inercia instintiva” (Araya, 1989, 151).

Es interesante, por otro lado, que estas discusiones de las “alturas” no necesariamente reflejan la forma en que las divisiones fueron vividas por las militancias. De esto hay abundante evidencia en las entrevistas.

La clave estaba, entonces, en la valoración de la situación. Hay que decir que en estos casos, volviendo a las consideraciones de Maquiavelo, este no recomienda la prudencia, sino el impulso decidido. Esto podemos evidenciarlo en lo que sigue, un párrafo que sin duda, por lo demás, evidencia la misoginia presente en el pensamiento del florentino:
Concluyo, pues, que, si la fortuna varía y los príncipes permanecen obstinados en su modo natural de obrar, serán felices, a la verdad, mientras que semejante conducta vaya acorde con la fortuna; pero serán
desgraciados desde que sus habituales procederes se hallen discordantes con
ella. Pesándolo todo bien, sin embargo, creo juzgar sanamente diciendo que vale más ser impetuoso que circunspecto, porque la fortuna es mujer, y es necesario, por esto mismo, cuando queremos tenerla sumisa, zurrarla y zaherirla (destacado nuestro). (Maquiavelo, 1975, 185).

DE LA DOCTRINA

Como destacan Sobrado y Vargas (1991) el marxismo conlleva un metarrelato de progreso, que debe entenderse dialécticamente, pero no
siempre lo es. Pero no queremos referirnos aquí a la discusión acerca de las leyes de la dialéctica, sino examinar de qué manera se discute la apropiación
de la teoría marxista para la práctica política en los textos de interés. Están en juego, entonces, asuntos como doctrinarismo/realismo, aplicación de la teoría a realidades concretas, cientificidad de la teoría, etc.

Lo primero a comentar tiene que ver con el llamado método del marxismo. En esto se contraponen doctrina/realidad, utopía/realidad concreta. En un informe de Álvaro Montero a la dirección del PSC, citado por Salom en su libro, se atisbaba la problemática: “Los revolucionarios solemos hablarle a nuestro pueblo del futuro, sin explotación capitalista y libre de la dominación imperialista. Pero no hemos sido capaces de brindarle un conjunto importante de propuestas de lucha para el presente” (Salom, 1987, 133).

era nueva, lo que agravaría los problemas. Pero la
discusión que he venido desarrollando en este trabajo
demuestra claramente que estos no son problemas
generacionales. Véase Mora Valverde, E. 70
años de militancia comunista, San José: Editorial
Juricentro, 2000.

Lo que aparece como tema de discusión es el llamado realismo de Manuel Mora, que se evidencia en afirmaciones como la siguiente:
No se puede fundamentar la actividad, la vida, en abstracciones, ilusiones, deseos, ni incluso en ideales, hablamos de ideales, y hablemos también del saber, si esos ideales y ese saber no se confrontan permanentemente, porque la realidad está en constante cambio, y un cambio por aquí repercute en otro por allá, aparecen factores nuevos en situaciones viejas que es necesario tomar en cuenta para que ese saber no se convierta en una tapadera como las que ponen a caballos de carretón… para mí el marxismo es una ciencia en el sentido en que es un método de estudio de la realidad (Salas, 1998, 58-59).

[O]: Es necesario construir la imagen de una vida superior desde las comprensibles aspiraciones del pueblo, y es más posible levantar la lucha contra el imperialismo, contra la oligarquía, partiendo no de las posiciones librescas sino de la confrontación misma de las aspiraciones y la lucha por mejores niveles de vida (Mora, M., 1984, 25).

Esta visión, del marxismo como método científico, es compartida también por Salom, al hacer el señalamiento crítico de que: “Con frecuencia también el marxismo no ha sido utilizado como un método y un instrumento al servicio de la comprensión de la realidad, sino como una “camisa de fuerza” que se ha querido imponer a esa realidad” (Salom, 1987, 139).

En el marco de las discrepancias inter e intrapartidarias surgidas en el período de la segunda ola estas consideraciones sobre realismo/doctrinarismo salpicaron discusiones sobre temas como la democracia y, por supuesto, sobre
la estrategia y la práctica. También tienen que ver con la forma de asimilar la influencia de lo internacional, especialmente —en el caso del PVP— de lo que suponía la URSS y el llamado socialismo real.

Históricamente, está el llamado hecho a finales de los años 30 para promover un comunismo a la tica13 y el intento de Rodolfo Cerdas de liderar una izquierda con sello14 y están, inscritos en la historia acontecimientos como las alianzas de los años 40. Desde el otro lado de la polémica, el llamado al realismo se asociaba con la aceptación del dominio
de clase:
Nuestro Partido tiene que mantener la guardia en alto para impedir que, sobre
la base de falsas imputaciones de ultraizquierdismo, se le aparte de la línea consecuentemente revolucionaria, se le pretenda confundir con el argumento de que la cuestión de la perspectiva de poder debe ser desechada, para caer en las posiciones de quienes consideran que en Costa Rica no se puede ni se debe ir más lejos de la democracia burguesa que tenemos, exagerando sus virtudes y negando sus tremendos vicios e inconsecuencias (Ferreto, 1985, 84).

13 Véase Salom, 30.
14 Nos referimos al Frente Popular Costarricense, y su organización estudiantil, FAENA.

González y Solís, en su recientemente publicado análisis del libro de Addy Salas, consideran que Manuel Mora (con la colaboración de la autora) quería presentarse a sí mismo como líder en una línea de continuidad con lo que han sido los momentos más positivos de la historia nacional. Esta supuesta “continuidad” aparece también, de alguna manera, en el libro de Salom cuando este polemiza con la manera en que Mora visualizaba la revolución democrático-burguesa que consideraba ya estaba en marcha. González y Solís refieren que Mora entendía el marxismo como una “reflexión científica sobre las determinaciones contextuales” (2002, 270), contrastando la posición de este con la de Ferreto (una vez más: la contraposición
entre estos dos): “Ferreto sería un marxista identificado con los valores que se desprenderían del mismo marxismo. Para él el marxismo no sería un método sino una ciencia y una filosofía de vida” (González y Solís, 2002, 270).

Esta resulta una frase poco precisa ya que no se especifican cuales serían esos valores “que se desprenden del mismo marxismo” ni mucho menos queda claro cual sería esa “filosofía de vida”.

Para Ferreto el marxismo era también un método a aplicar, que sin duda
consideraba científico. La historia que hemos contado es de quienes querían cambiar la vida, el mundo social, y las discrepancias están en la forma de aplicar la doctrina de la cual se nutrieron.

La diferencia puede estar, entonces, no en que se aprecie el marxismo como método o no, sino en la forma en que se hace. En efecto ha estado en juego la concepción de lo que se consideraba eran las tareas verdaderamente
revolucionarias para contribuir a completar o profundizar una serie de tareas del desarrollo del país visto como una continuidad con el pasado (sobre esto escriben Solís y González).

En 1971, en un texto clave, Manuel Mora específica cuales tareas considera que ya han sido cumplidas en Costa Rica (Mora, M. 1984,
24-25). La contraposición a esta visión considerada evolucionista por Salom en 1987, tiene que ver con la idea de un salto cualitativo revolucionario, que en algunas versiones que operan hasta el día de hoy, es un salto directo al
socialismo15.
15 Nos referimos, por ejemplo, al partido Revolucionario de los Trabajadores.

Alguna voz cínica podría decir que actualmente esta discusión de a donde se
va y cómo carece de sentido, porque no se puede asumir que se vaya a alguna parte, pero esto, por supuesto, es difícil traducirlo a una propuesta política que busque trastocar el orden de las cosas, el statu quo.

En esta línea de discusión, ¿sería el marxismo, en lo político, un instrumento para completar tareas del capitalismo (de la modernización, en este caso) en una línea de continuidad, para impulsar saltos hacia otras formas de organización social, o alguna combinación dialéctica entre ambos tipos de tareas?

Eso parece haber estado en diferentes momentos, y a veces cambiando de lugar los protagonistas, en un debate, que creemos no será el último
de este tipo en nuestro país. En el período que nos concierne, una
parte de las discrepancias en los partidos tenía que ver con esta aproximación a la doctrina.

Mientras que unos se quejaban de que los partidos se volvían más doctrinarios y alejados de la realidad nacional, otros insistían, casi con un
afán tecnocrático, en que había que aceitar un engranaje que ya estaba casi preestablecido en cuanto a sus regulaciones y mecanismos. Por ejemplo, refiriéndose a la problemática orgánica de su partido a principios de los ochenta, Vargas Carbonell escribe:
En nuestro partido se producen fenómenos negativos en el comportamiento de
los cuadros, en su trabajo, en sus métodos de dirección, por falta de disciplina
de trabajo se pierde mucho tiempo en reuniones mal organizadas o que se desorganizan en el curso de la discusión por intervenciones extemporáneas o
simplemente por la tendencia a superponer temas, todo lo cual dificulta llegar a conclusiones claras sobre los temas sometidos a conocimiento del organismo
(1988, 18).

¿Se ubican los problemas de eficacia política de partidos revolucionarios en el funcionamiento de su dinámica interna o en su relación e incidencia con el acontecer político nacional? ¿si estos dos aspectos no se contraponen, de qué manera interactúan? Este parece ser otro aspecto del debate de los ochenta. Tiene que ver también con la clásica discusión de la disyuntiva partido de masas/partido de cuadros.

Por otro lado, de la mano del asunto del doctrinarismo parece ir aquel otro del sectarismo que tanto va a aparecer en los relatos de las entrevistas, en clave autocrítica.

DE LA DEMOCRACIA

Por último, retomamos la discusión en torno a las particularidades que presentaba Costa Rica para la actividad política de izquierda en el período en cuestión, subrayando la discusión sobre la democracia. Para Araya, es aquí
donde está el quid de las dificultades políticas de la izquierda en Costa Rica:
Darle connotación burguesa a las banderas democráticas ha sido el principal
crimen político de la izquierda costarricense, que educaba a sus militantes para
repudiar sus contenidos y sus formas de expresión. Jamás se entendió que la
clase dominante incorporó muchas reivindicaciones democráticas a su proyecto político, no porque con ellas representen sus intereses de clase, sino porque con ellas articulaba a la mayoría del pueblo a respetar y acomodar a su hegemonía de clase (Araya, 1989, 190).

Sin embargo el estilo hiperbólico de Araya (“un crimen…”) soslaya el hecho de que esta era parte importante de las controversias que se dirimían en Vanguardia Popular, por ejemplo, con las apreciaciones ya mencionadas de
Manuel Mora sobre las características de la revolución
democrática-burguesa en Costa Rica.

Para una parte de la izquierda el tema de la democracia cobraba más bien una enorme importancia. ¿Logro popular o trampa? La pregunta
política clave, en lo que concierne a lo electoral la formula Salom:
¿Constituye la democracia vigente en Costa Rica, o más concretamente, el sistema de sufragio, una especie de trampa, que hace prácticamente inexpugnable el acceso al poder político para aquellas organizaciones
que manifiestan su intención de impulsar grandes transformaciones en la estructura económico-social y política de nuestros países? (Salom, 1987, 25).

En un país con las características históricas y políticas de Costa Rica, esto generaba grandes dilemas para la izquierda, con mucho margen de ambigüedad, como el de participar en un proceso electoral y a la vez utilizar la
consigna “no basta votar”.

El análisis que hemos efectuado busca resaltar algunos de los retos y los dilemas que enfrentó la izquierda política marxista en esta segunda ola. Entre esos retos ha estado el de cómo lidiar con su propia historia, y hemos visto en el camino como se vuelven a presentar problemáticas ligadas con intentos de
transformación radical de la sociedad, que a la vez tocan las fibras mismas de la conformación histórica y cultural. Casi podríamos decir que en este campo hay, a lo Freud, se dan (1997) retornos de lo reprimido pero esto nos llevaría por un camino que no podemos de momento emprender.

Lo que sí esperamos es que nuestro trabajo, intenta la identificación
de propuestas políticas que lidiaron con lo que pueden ser los límites de sus propios discursos y acciones y, contribuya a una discusión necesaria, para esbozar de mejor manera alternativas más justas de construcción de lo político.

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