La teoría latinoamericana contemporanea y la crítica poscolonial

MULTICULTURALISMO Y CRITICA POSCOLONIAL:
by Elizabeth Marín Hernández
CAPÍTULO 6
LA TEORÍA LATINOAMERICANA CONTEMPORÁNEA Y LA CRÍTICA POSCOLONIAL (CUESTIONAMIENTOS Y POSICIONAMIENTOS)

El aparato teórico poscolonial despliega en la actualidad una serie de herramientas y saberes considerados idóneos dentro los estamentos académicos centrales, para el estudio y análisis de las zonas que anteriormente fueron colonizadas, y donde se toma como principio el hablar desde una posición diferencial, que afirma la razón del otro constituido desde la mirada etnocéntrica, y que se convierte “en el sujeto y objeto de la teorización poscolonial dentro del presente del tiempo occidental y de su locus de enunciación(…).
Las colonias producen cultura mientras que los centros metropolitanos producen discursos intelectuales que interpretan la producción cultural colonial y se reinscriben de nuevo como único locus de enunciación.
De manera que leyendo desde esta perspectiva transferencial, cuando el Occidente retorna la razón a sí mismo, después de los largos tiempos de relaciones coloniales, podemos observar como la modernidad y la posmodernidad ha constituido desde una perspectiva marginal la cultura de la diferencia. Estos mismos (modernidad y posmodernidad) como narrativas encontraron dentro de sus propias contingencias, el punto de su misma diferencia interna, de esta dentro de sus mismas sociedades, reiterando los términos de la diferencia del otro, y la alteridad del lugar poscolonial” .
La aseveración de un lugar poscolonial y de su alteridad, de una situación de tipo único de las herencias coloniales y de la homogenización de estas, dentro de los discursos dominantes, ha acarreado consigo una translocalización de conocimientos, de una serie de saberes teóricos dentro de las áreas anteriormente colonizadas.
Dichos conocimientos y aparatos teóricos aparentemente incluyentes de las realidades marginadas, pretenden atrapar y reflexionar, lo referente a las diversas existencias que fueron constituidas y diferenciadas de los centros dominantes con respecto a las áreas establecidas como marginales, periféricas o subalternas, por los procesos de colonización. Esta certeza poscolonial dominante no atiende de forma específica a la periodización y a la formulación de los legados coloniales específicos, evitando de esta manera la particularidad y la localidad que trata de evidenciarse en los diálogos contemporáneos sobre el tema, desde las diversas zonas consideradas bajo la enunciación de la poscolonialidad.
El crear y generar un lugar único poscolonial global, que encierre a las diversas enunciaciones coloniales y a sus consecuencias, en un solo locus de análisis determinado como condición poscolonial; parece ser un nuevo discurso normativo, pero su condición única comienza a experimentar progresivamente un proceso de diferenciación de la homogeneidad aparente de los legados coloniales, de los lugares donde se provoca el desarrollo de las representaciones de las zonas anteriormente colonizadas, de sus consecuentes formas culturales, declaradas igualmente bajo los postulados de sus condiciones poscoloniales y de las relaciones dialógicas de la contemporaneidad.
Estas últimas pretenden relocalizar los descentramientos de las narrativas mayores (como la modernidad), desde posiciones geoculturales explicitas, las cuales se encuentran –como manifiesta Walter Mignolo- “asociadas con individuos que provienen de sociedades con fuertes herencias coloniales, establecidas en territorios particulares de representación, generalmente concebidos en las academias del Primer Mundo como espacio de conocimiento” .
Las condiciones coloniales en su diversidad poseen un carácter marcadamente geocultural, y se encuentran determinadas o relacionadas con las formas diferenciales de una poscolonialidad contemporánea, que aparece en medio de una dialogicidad epocal, la cual manifiesta nuevos diseños, sobre los espacios periféricos ya establecidos, en los que se incluye la diversidad y la diferencia; y que dicha inclusión procura reconocer los procesos de interacción y de comunicación global, que se iniciaron con las expansiones europeas y la imagen de otredad, creada por la mirada eurocéntrica, que definió otros seres de naturaleza y cultura completamente diferente, y donde esté Otro fue importado a los centros, tanto en su forma erudita como popular.
De allí que esos constructos produzcan una alteridad, que ha sido el punto de partida común de una amplia gama de investigaciones sobre las creaciones discursivas de Occidente como manifiestan Michael Hardt y Antonio Negri en su texto Imperio .
Las teorías contemporáneas con respecto a la colonización y subalternización de los otros son tomadas desde los modelos coloniales y de la producción de saber del Imperio Británico sobre y en sus ex-colonias, como es visto a partir de teóricos como Edward Said.
De manera que, ¿cómo encaja en este panorama discursivo poscolonial la compleja realidad latinoamericana?; sí estos territorios fueron los primeros en independizarse de la matriz colonial europea mediante las campañas de liberación que se sucedieron en el siglo XIX. Territorio en el que se generó un grupo de culturas híbridas, sincréticas, en indisoluble fusión, que se alternan permanentemente con los metarelatos organizadores, y a su vez se ubican fuera del poder centralizador, por medio del cuestionamiento de las narrativas que han ignorado el carácter heterogéneo de las historias y representaciones latinoamericanas.
La multiplicidad de las representaciones evidencia la existencia de una narratividad en la que se acentúa la especificidad “como resultado de su condición de ex-colonias, del sincretismo cultural, de las diversas étnias, de su subdesarrollo económico y social, etc, (…). La especificidad de esta narratividad radica en el contraste del carácter híbrido y de sus diversos entrecruzamientos culturales(…) , los cuales deben ser planteados desde perspectivas plurales para lograr habitar la cultura en sus diversos itinerarios, y así poder “apropiarse de los trayectos –como escribe el teórico argentino Alfonso de Toro- a partir de una escritura mímicra, o rizomática, de entre medio, como estrategia donde el pensamiento latinoamericano que no sólo se integre a la dominante histórico-cultural actual, sino que a la vez contribuya a encontrar formas que correspondan a su naturaleza histórica y socio cultural del continente” , en la que emerja la diseminación y el trazo de los diversos itinerarios de un pensamiento que manifiesta en palabras de Homi Bhabha la fórmula de un sujeto de la diferencia, que está tranquilo pero no quieto, ante las posiciones homogeneizadoras globales de la alteridad, la otredad y la subalternidad poscolonial.
En este sentido la existencia de una Crítica Poscolonial que se corresponda a la realidad latinoamericana desde la perspectiva global de la otredad y de la subalternidad, coloca a los paradigmas teóricos poscoloniales dominantes bajo la sospecha de un nuevo discurso homogeneizador y organizador, considerado como un pensamiento externo a Latinoamérica, debido “a que el aparato teórico poscolonial concebido vía Oriente/Occidente, o en sus teóricos más representativos como Guha, Said, Bhabha, o Spivak, desconocen por completo la complejidad del territorio latinoamericano” , y de sus procesos narrativos -como afirma el filósofo colombiano Santiago Castro-Gómez, al respecto de estos paradigmas teóricos-.
En los cuales América Latina evidencia su diferencia a través de sus experiencias históricas, de sus contradicciones culturales, y de la reflexión permanente sobre sí misma, tanto en el pasado como en el presente, en el cual se ubica.
Es por esta razón que la teoría contemporánea latinoamericana radicaliza sus posiciones ante el aparato discursivo poscolonial globalizado, e inicia la idea de que el lugar desde donde se habla es el lugar desde donde lee, entendiendo a la poscolonialidad no sólo como una etapa histórica como escribe el teórico Alfonso de Toro quien ha estudiado profundamente el proceso de entrada y consolidación de estas teorías.
En la contemporaneidad –afirma de Toro- el sentido de categoría histórica poscolonial, refriéndose a esta como el período que se inicia con la independencia de los países coloniales se ha perdido, y la condición poscolonial tanto como su teoría debe ser entendida como “un discurso estratégico, que es el resultado del pensamiento posmoderno y posestructuralista o posteórico.”
De allí que la poscolonialidad se nos plantea como un proceso de deconstrucción bilateral donde tanto por parte del centro como por parte de la periferia el reclamar una “pureza cultural” o identidad cultural aparece obsoleta. El constante cruzamiento de ideas y productos culturales produce una dependencia y una contaminación mutua. Estos entrecruzamientos, encuentros y reencuentros forman una red de discursos y acciones, entrelazando a las culturas en una condición poscolonial a través de la refundación y de la relativización de los discursos dominantes del centro” .
Esta perspectiva de revisión y de relectura deconstructiva de las redes discursivas, de las estrategias poscoloniales globales, han generado un nuevo posicionamiento en el pensamiento latinoamericano contemporáneo.
Pensamiento esté que trata de romper los patrones duales de las teorías homogeneizadoras del centro y sus otros, para poder generar un cuestionamiento con respecto a la relectura de sus herencias coloniales, como espacio de otredad, pues estas posiciones se determinan como escribe de Toro dentro de una serie de situaciones epistemológicas, en las cuales se releen los lugares desde dónde se habla, cómo se habla y con quién se habla. La necesidad perentoria de una revisión consciente del pasado colonial, trasladado a las situaciones actuales, y colocado de nuevo en los espacios de vigencia y valoración contemporánea, localiza y visualiza -lo que el teórico argentino Walter Mignolo ha denominado los diferentes loci de enunciación; concebidos como micro-lugares enunciativos que parten de una territorialidad local y particular, de historias alejadas de las grandes narrativas, de legados coloniales específicos.
Los loci de enunciación como manifiesta de Toro inician “una dialogicidad distinta que permite ocuparse de disímiles formas representacionales que parecieran no estar emparentadas entre sí, y que genera de esta forma la apropiación de los diversos sistemas culturales, que se manifiestan dentro de la complejidad latinoamericana” , en medio de los múltiples recorridos y transcursos de sus herencias y legados coloniales, los cuales –como admite el mismo autor- pueden ser rescritos desde el centro y desde la periferia, en cuanto a la reflexión de discursos críticos, reflexivos, creativos, e híbridos.
La reinscripción expresada en el discurso que realiza la reapropiación de una multiplicidad representacional recodificada, dentro de un nuevo contexto histórico de enunciación, ha puesto en evidencia de forma definitiva las contingencias de Occidente dentro de la acción de recordarse y de apoderarse de una deconstrucción del pasado, con la cual se digieren los proyectos coloniales y poscoloniales en tiempos contemporáneos.
6.1 El Occidente y América Latina
Las contingencias de Occidente en tiempos contemporáneos han mostrado su largo camino de ampliación hacia otros territorios como lo es el caso de América Latina donde los cruces de poderes imperiales, fueron concebidos a través de las formas de Occidentalización y no de colonización propias del Imperio Británico.
América Latina no fue concebida como constructo dentro una otredad configurante, sino por medio de una serie de estrategias cognoscitivas, que dividían al mundo en unidades delimitadas, que separaban sus historias, y que generaban lugares inconexos de representación, y de posterior articulación del poder en sus asimetrías dentro de los distintos proyectos de ampliación del centro. Es en la deconstrucción de las estrategias cognoscitivas “donde el pensamiento poscolonial indicaría las fallas y los límites de la expansión de Occidente, sus contradicciones culturales.
Señala así el fin de un tipo específico de interpretación historicista (progresiva y dialéctica) para proponer otros modelos temporales discontinuos”
La deconstrucción de estos dispositivos de conocimiento, por medio del análisis reapropiativo, realizado por una condición poscolonial consciente de sus legados, indica un posicionamiento dentro de un diálogo heterogéneo e híbrido, en el cual no se niegan las marcas culturales propias, sino que se les hace girar del interior de la cultura al exterior de ésta, y que dichas marcas pueden de forma contraria colocarse del exterior de la cultura, hacia el interior de las narraciones de los discursos latinoamericanos especialmente de los artísticos para ubicar su acento en la discontinuidad, la transculturalidad y la multiplicidad, que aparta a estas narraciones de su concepción como objeto de estudio. De esta forma poder convertirse en perspectiva teórica y de conocimiento, que cuestione las existencias contenidas dentro de las narrativas dominantes. El giro teórico y narrativo consciente (interior-exterior, exterior-interior), produce la recuperación o re-inscripción de las particulares herencias coloniales, de sus relaciones con las distintas formas imperiales de dominación que ha experimentado el territorio latinoamericano hasta ahora excluidas del aparato teórico poscolonial vía Oriente/Occidente , en el cual -como afirma el teórico venezolano Fernando Coroniles es necesario analizar y reflexionar sobre la autoconformación de Occidente como lugar de desarrollo y modernidad, y su mutua formación transcultural con las modernidades periféricas, para así poder interpretar la historia desde los bordes de Occidente.
6.1.1 La Occidentalización
El aparato teórico poscolonial dominante debe ser desmontado, desde sus concepciones binarias del Yo y el Otro, que determinan la exterioridad de las diferencias poscoloniales desde los modelos establecidos por las lecturas y los conocimientos generados a partir de los orientalismos. Tarea que en la teoría latinoamericana aparece, debido a la necesidad de deconstruir el sistema global de la condición poscolonial y que conduce a una revisión de la forma en que se conceptúa al otro, al de la exterioridad, visto bajo la ideología de un orientalismo que “supone que vinculemos y problematicemos (…) las representaciones orientalistas de Occidente y al Occidente mismo.
Ello requiere reorientar nuestra atención hacia lo que es el occidentalismo, término con el que el Coronil define la relación implícita de Occidente y América Latina y sus representaciones sobre las colectividades humanas que se escapan del modelo binarista y de los constructos que parten de la teoría de Said.
De allí que al hacer emerger los bordes de Occidente se evidencien las génesis asimétricas del poder, la desigualdad, las conexiones históricas y culturales como atributos internos e independientes de entidades cerradas en sí mismas, que en realidad son los resultados históricos de pueblos relacionados entre sí.”
Las herencias coloniales latinoamericanas –como argumenta Coronil-, deben ser retomadas desde su particularidad, para generar de esta manera la recuperación de la idea de la Occidentalización, que se determina a partir del occidentalismo, como forma y posibilidad de existencia, de la autoproducción de las representaciones, que conlleva una movilización de las imágenes que se incluyen dentro del campo especifico de las diferencias internas del mismo Occidente y de su predominio global, en contra de la representación de la otredad dominante.
El proceso de Occidentalización es concebido en el pensamiento latinoamericano como la expresión de un espacio geocultural simultaneo que ha ampliado a Occidente, como loci de enunciación, “que posee un lugar preponderante dentro del concierto Occidental y en medio del cual manifiesta situaciones híbridas al saberse perteneciente y simultáneamente no pertenecientes a Occidente, esto ha provocado (…) una “barbarización” (canibalización) del discurso central.
Las pretensiones homogeneizadoras de los discursos centrales son criticadas en lenguajes internacionales, con lo cual es profanada su pureza originaria y relocalizado, esto es, enunciado desde y a partir de los márgenes (…) es decir desde una zona marginal del Occidente donde se cruzan diferentes tradiciones culturales” , y donde los márgenes de la misma cultura Occidental manifiestan diferencias, otredades y realidades subalternas opuestas en su mismidad constituyente.
Diferencias que actúan como voces negadas dentro de las primeras ampliaciones de Occidente, y las cuales colocan el acento en sus herencias coloniales particulares, para desde allí definir su propia narratividad inmersa dentro de una expansión cultural que se ha transformado en el devenir del tiempo, y que igualmente ha configurado una multiplicidad de relaciones y de horizontes de conocimiento.
La crítica latinoamericana contemporánea recupera su multiplicidad en medio de la relectura dialógica de una poscolonialidad que se nutre permanentemente de los discursos académicos centrales y de sus propias historias, para poseer de ambos espacios epistemológicos la conciencia del lugar teórico desde donde habla y del cual se apropia, para configurar sus cuestionamientos y sus representaciones. Estos espacios epistemológicos deben tener en cuenta el lugar de enunciación en que son articulados y el sistema cultural occidental al cual pertenecen.
De manera que, la enunciación de una condición poscolonial latinoamericana, inscrita dentro del lugar de la dialogicidad contemporánea es relocalizada en medio de una globalización teórica, que ha declarado las relaciones mutuas y cuestionado el logos central del pensamiento.
En esta dirección las narrativas y teorías latinoamericanas contemporáneas referidas a la poscolonialidad y pertenecientes a la particularidad de sus territorios, inician el (re)conocimiento y la (re)lectura de una arqueología sobre su propio pensamiento y su representación, para llegar de forma consciente a los discursos actuales que incluyen dentro de sí las discontinuidades, los descentramientos, las migraciones, los diferentes lugares de enunciación y las categorizaciones que articulan su pensamiento al espacio de los saberes múltiples, que se manifiestan dentro de las nuevas localizaciones discursivas globales, y en las que comienzan a exponerse diversos tipos de enunciaciones a partir de una particularidad que ubique a América Latina dentro de este concierto teórico globalizado, desde su condición de crítica a los legados colonialistas de la modernidad, pero vinculada a estos desde diversos horizontes interpretativos, y donde se evidencien los espacios diferenciales de una visión pluritópica que muestre la diversidad de sus narrativas y representaciones – como manifiestan los textos del teórico Walter Mignolo-.
6.2 El Posicionamiento crítico sobre la existencia de una poscolonialidad latinoamericana
El aparato discursivo latinoamericano sobre las realidades coloniales y sus formas de análisis y superación, comienza a construirse en medio de una variedad de narraciones histórico-culturales, en el mismo centro de los poderes imperiales coloniales y de sus posteriores legados. Es dentro de la concepción imperio/colonia como lugar de fuerza, de poder, de dominación, de opresión y de subalternización, donde se inicia el desarrollo de diversas narrativas que transitan desde el conocimiento de los nuevos territorios, de las nuevas formas de vida, de su colonización, y de su colocación dentro del sistema geocultural occidental.
Estos conocimientos se movilizan conjuntamente con el arribo sucesivo de diversos proyectos imperiales (hispánicos, ingleses, franceses y norteamericanos) , que se establecen dentro de los procesos continuos de dominación y de conocimiento, tanto en los campos territoriales como en los culturales, y a su vez diseñar los distintos proyectos de Occidentalización y la generación de sus contradiscursos dentro de las esferas subordinadas al poder.
Los posicionamientos narrativos que cuestionaban el poder en una primera etapa obtienen su plenitud en el siglo XIX, como espacio de independencia política, más no económica, ni cultural. Los diversos desarrollos de las enunciaciones dentro de los proyectos imperiales y de sus permanentes cuestionamientos, manifiestan internamente en las narrativas y en las herencias o legados coloniales representacionales, formas distintas de reflexión frente a ese margen de los diferentes imperios, y estas reflexiones alcanzarán hasta nuestros días nuevas dimensiones de significación en cuanto a los procesos de colonización, descolonización, y análisis de las nuevas formas imperiales globales.
Las teorías poscoloniales construidas en la actualidad a partir de las herencias y sus diálogos, encuentran su lugar de enunciación en los centros discursivos de la academia del Primer Mundo, a partir de las realidades del Imperio Británico, y estas realidades o legados coloniales son desplazados hacia otros territorios -que en el caso que nos compete es el territorio de América Latina como territorio de condición poscolonial -.
Los legados coloniales del territorio latinoamericano difieren del proyecto poscolonial central y las categorías provenientes de esté se ven forzadas y descontextualizadas, en el momento de encontrar su aplicación a la particular realidad de este territorio. Es necesario aclarar esta situación como apunta el escritor y teórico venezolano Víctor Bravo desde su cuestionamiento ¿Poscoloniales nosotros?. La teoría latinoamericana siguiendo las argumentaciones de Bravo ya ha establecido con anterioridad las “cartografías poscoloniales de América Latina”, haciendo ésta importantes aportes en la problemática de la enunciación de la subalternidad. Al tomar estas categorías centrales –advierte Bravo- debe procederse con mayor cuidado, de igual manera que al hacer la declaración de una Latinoamérica Poscolonial; ya que esto significaría un violentamiento conceptual del proceso de narración que ha llevado América Latina durante siglos.
Este cuestionamiento resalta la perentoria necesidad de realizar una arqueología de las narraciones del pensamiento latinoamericano y así poder configurar un locus enunciativo propio. En esta dirección Bravo argumenta que “el proceso de descolonización que se inicia después de la segunda guerra mundial, y que tiene en la descolonización de la India (1947) y Argelia (1963) sus momentos paradigmáticos, podría quizás permitir hablar, como lo planteara Said, de una <>, respecto a algunos países orientales; pero evidentemente en relación a América Latina hablar de una <> no se corresponde con la verdad.”
Está argumentación permite ver las diferencias de los tiempos de colonización e independencia, que determinan el surgimiento de las narrativas poscoloniales, como tiempos históricos, más no como condición contemporánea de discurso estratégico de decodificación y de posicionamiento de los espacios geoculturales en los diferentes territorios actualmente conectados por las formas transculturales de enunciación.
El problema de una Latinoamérica poscolonial surge de forma definitiva en medio de una actualidad discursiva que pretende manifestar un gran cúmulo de realidades y legados coloniales configurantes, bajo la posición de una <> global enunciada desde el Commonwealth, donde está última contempla los pasados coloniales de una forma homogeneizadora, como la conclusión de patrimonio en común a todos los territorios colonizados, sin tomar en cuenta las diferencias de los distintos procesos de dominación e independencia, de nueva dominación y dependencia de los territorios subalternos.
De manera que, las enunciaciones discursivas de la Crítica Poscolonial dominante, vía academia, con memorias descritas en inglés, han generado nuevos posicionamientos dentro de la crítica latinoamericana contemporánea, a través de la constitución de una situación global, que se encuentra determinada por una práctica que busca la necesaria articulación entre el territorio latinoamericano, la región de su estudio y la región de enunciación -como escribe el teórico chileno Alberto Moreiras con respecto a los latinoamericanismos contemporáneos.
Estos últimos se suscriben dentro de dos espacios de conocimiento determinantes, por una lado concebir a la poscolonialidad como etapa histórica aparentemente ya concluida, luego de los procesos de liberación y de construcción del territorio latinoamericano como representación en sí misma y por otro como un fenómeno discursivo estratégico, en el que se realiza una deconstrucción bilateral de los centros y sus periferias, del hegemónico y el subalterno, para poder narrar las dependencias y las contaminaciones mutuas entre ambas categorías.
La visión de una condición poscolonial deconstructiva y contaminante pone su acento en la revisión y revitalización de las herencias coloniales, y de su particular lugar de enunciación, en medio de una práctica como escribe Mignolo que sugiere la discontinuidad entre la configuración del objeto de estudio y la posición poscolonial de la teoría. Pues la importancia de este posicionamiento radica –continuando con la teoría de Mignolo- en la referencialidad de los loci de enunciación y no en su condición histórica.
Este tipo de posicionamiento, de una enunciación particular, desde una localidad, deviene en la búsqueda consciente de las sensibilidades diversas, ubicadas en territorios definidos por limites porosos, y que hacen posible como argumenta Mignolo un surgimiento teórico acorde a la realidad latinoamericana y a la reflexión sobre una “Razón Poscolonial” , concebida como un grupo de prácticas teóricas diversas, que se manifiestan a raíz de las herencias coloniales, en la intersección de la historia moderna europea y las historias contramodernas coloniales, y generan un pensamiento híbrido, no excluyente, que debe manifestar el inicio y la diferencia de las localizaciones de las distintas historias.
En este sentido “la razón poscolonial presenta lo contramoderno como un lugar de disputa desde el primer momento de la expansión de Occidental (…), haciendo posible cuestionar el espacio intelectual de la modernidad y la inscripción del orden mundial en el cual (…) el Yo y el Otro, el Civilizado y el Bárbaro, fueron inscritos como entidades naturales” .
Está inscripción diferencial produjo la separación y la dominación, el cruce y la disputa, la relativización de las entidades civilizadas del yo y el natural del otro, en la expansión de Occidente, y que ha generado posicionamientos críticos dentro de la teoría latinoamericana contemporánea y sus herencias, dentro de estudio y el análisis de las transformaciones profundas de sus culturas, las cuales se han originado desde los primeros espacios de colonización. La consecuencia de esta particularidad colonial que inicia la realidad latinoamericana, se manifiesta permanentemente en la preocupación sobre el enunciado de una “Latinoamérica poscolonial”, localizada en la actualidad por medio de las teorías centrales y la cual parece ser el resultado como escribe Mignolo “del hecho que el concepto de poscolonialidad se ha convertido en un importante tema de discusión en los círculos académicos de las mismas colonias de asentamiento que se elevaron a un nivel de poder mundial” y en los cuales la referencia a una condición poscolonial parece no ser aceptada por encontrarse está ligada a problemas que atañen al Tercer Mundo como productores de cultura, como objetos de estudio, y no a los espacios centrales de enunciación teórica, que funcionan como centros de discusión y de formulación intelectual.
Desde esta perspectiva, la discusión sobre las posiciones poscoloniales se mantiene como medio de análisis en los centros emisores de teorías, los cuales se ocupan de los discursos marginales, de las historias contramodernas, que encuentran como el teórico Alberto Moreiras argumenta la conciencia representacional de una “Latinoamérica poscolonial”, la cual se refiere a un objeto de estudio dentro de la dialogicidad contemporánea, que se halla inscrita en medio de las condiciones globales, de los imaginarios del inmigrante, del latinoamericanismo cómo estudio de área, de las culturas de frontera, informado de la situación global como espacio descentrado e híbrido.
Las condiciones globales actuales exteriorizan en esta dirección la experiencia de una contrapolítica de posición, que se muestra en una serie de prácticas que se encontraban inscritas dentro de las enunciaciones diferenciales del espacio metropolitano, ya que -como escribe el mismo autor, “una realidad poscolonial en Latinoamérica se autoconcibe como una práctica epistémica orientada a la articulación y/o producibilidad de contraimágenes latinoamericanistas, respecto a las imágenes o representaciones históricamente constituidas” .
Las posiciones de está contrapolítica representacional con respecto a las enunciaciones construidas históricamente se perciben, en el establecimiento de la reubicación del pensamiento latinoamericano, desde el lugar del conocimiento que se apropia de sus herencias y legados coloniales, como expresión legitima en la contemporaneidad.
Estas ideas plantean como escribe el teórico uruguayo Hugo Achúgar, la construcción de un lugar desde donde se lee y donde las políticas de conocimiento poscoloniales o agendas teóricas que postulan las construcciones de América Latina, no atienden a sus respectivas especificidades históricas y culturales, pues la asimilan a la experiencia histórica de lo acontecido con los países que integraron el imperio británico y que formaron parte del Commonwealth. En este sentido Achúgar plantea un posicionamiento epistemológico que produzca la construcción de América Latina, dentro del marco de los saberes poscoloniales globalizados.
Pues está construcción debe apuntar a las relocalizaciones de los lugares de enunciación, que no deben estar determinados por las naciones o por la celebración de los espacios de frontera. La relocalización debería dirigirse a la reinscripción de los pasados coloniales y de sus particularidades narrativas.
El pasado colonial escribe el autor “ha estado en la reflexión latinoamericana desde hace mucho tiempo y no es un producto del presente. Por lo mismo, lo que no parece tenerse en cuenta en los llamados estudio poscoloniales del Commonwealth teórico, es que la reflexión o la construcción de América Latina, como toda construcción, supone, además del lugar desde donde se habla, el lugar desde donde se lee.
Y precisamente, el lugar desde donde se lee América Latina parece ser, en el caso de gran parte de los estudios poscoloniales, el de la experiencia histórica del Commonwealth, por un lado y por otro, (…) el de la agenda de la academia norteamericana que ésta localizada en la historia de su propia sociedad civil” , a partir de las distintas agendas que desarrollan las minorías en este territorio y las cuales difieren como manifiesta Achugar de las agendas latinoamericanas.
En este contexto de saberes, de agendas homogeneizadoras y traspoladas a distintos territorios geoculturales de la academia latinoamericana y sus epistemologías, se relocalizan en medio de una arqueología que enuncie la construcción de América Latina desde su lugar propio de lectura y de narratividad, para construir una crítica pertinente que se aleje de los equívocos que la reducen como epítome de lo poscolonial o de lo subalterno, pues ha de tenerse en cuenta lo que significan las diversas representaciones de Latinoamérica como manifiesta Achugar, “ya que Latinoamérica funciona como categoría de conocimiento, por lo menos desde hace más de un siglo, y que tanto la revisión como la crítica de dicha noción ha sido y es constante.”
Esta permanencia como objeto de conocimiento en la actualidad aparece dentro de otro esquema de estudio, donde los tipos de discursos y sus construcciones emergen desde el ámbito de su marginalidad contramoderna, para ubicarse en el centro de la heterogeneidad discursiva contemporánea, a partir de su participación como sujeto histórico activo íntimamente ligado al Occidente, y el cual ha sido creado desde el poder del conocimiento.
6.2.1 La propuesta arqueológica desde la teoría latinoamericana
La construcción de Latinoamérica como objeto de estudio o de lugar desde donde se lee, permite la realización de una arqueología de su pensamiento y de sus modos de representación, ligados a la estructura del conocimiento, dentro de la ampliación de Occidente como cultura instrumental y articuladora del mundo contemporáneo como plantea el teórico del arte Gerardo Mosquera.
La realización de una arqueología o genealogía –como propone el teórico Walter Mignolo- puede mostrarnos el lugar de comprensión desde donde se habla, pues es en esta dirección que podrá observarse al territorio latinoamericano y a sus representaciones como campo de acción y donde el poder del conocimiento estableció el proceso de elaboración simbólica de un territorio, en el cual se ubicaron y se ubican los distintos sujetos que generaron la construcción de un proyecto narrativo, en función de sus particulares memorias y herencias coloniales, las cuales se encuentran inscritas dentro del pensamiento occidental.
El pasado colonial de América Latina, ha estado presente en la reflexión de múltiples pensadores y teóricos que trataron de analizar las consecuencias de una unidad idiomática, de la representación de los salvajes y los primitivos, dentro de la conciencia occidental dominante y de la constitución del Nuevo Mundo, como espacio preponderante dentro de la intención colonizadora, íntimamente ligado a los proyectos imperiales que moldearon a estos territorios, en medio de la configuración de lo que se denominará el Hemisferio Occidental.
Esta configuración se inicia desde la trayectoria de la creación de las Indias Occidentales, en una primera etapa de expansión imperial/colonial, y que hace de estos territorios una enunciación significativamente distinta a las condiciones poscoloniales dominantes que se refieran a los orientalismos.
El proceso de colonización funciona como anexión territorial en su inicio y luego como formulación cultural, estas dos formas de expansión de la cultura occidental generaron el sentido de la narrativa de la Occidentalización como escribe Walter Mignolo la cual fundó los grandes relatos americanos, con los que se legitimó la anexión territorial, la conversión de los indios, el proceso de la diáspora africana y la presencia del Imperio como ente civilizador y único, al cual se anexa la diferencia, y aparta la concepción de un opuesto irreductible.
Los relatos y las representaciones forjados por estos procesos de anexión del nuevo territorio, y la posterior hibridización de las diferentes culturas, se encuentran dentro de las transformaciones de la colonización como justificantes de la dominación y subalternización de un espacio no civilizado en medio de un primer occidentalismo.
a) Primer Occidentalismo
La primera narración referida a la concepción de lo occidental, se construye como lugar de enunciación a partir de los variables diseños imperiales y en los cuales se articulan los diferentes movimientos de las relaciones coloniales, junto con la consecución de un nuevo orden mundial para el momento, y donde se produce el “cruce y la superposición de poderes imperiales concibiéndose no tanto en términos de colonización si no de Occidentalización(…)
El hecho de que esta palabra sea clave para el estudio de América Latina se debe a los legados del discurso imperial mismo, para el cual las posesiones ultramarinas de Castilla y Portugal se caracterizaban como “Indias Occidentales” . Los relatos que describen la anexión de esta nueva realidad,
traerán consigo otras formas de conocimiento, de migraciones y desarraigos, junto con las primeras transnacionalizaciones económicas, sociales y culturales, que delimitarán las trayectorias históricas de un territorio, que será concebido conflictivamente dentro de las relaciones de la mismidad occidental, de su centralidad y de su propia otredad.
La situación colonial narrativa de este primer espacio de conocimiento sobre el otro continente, se desarrollan en el interior de un contexto en movimiento, en el cual las formas de conocimiento funcionan como medio de dominación en los recién fundados territorios.
Los relatos que Mignolo ha apuntado como primeros o iniciales, aparecen en un primer momento de Occidentalización narrativa, el cual se divide en principio en dos espacios enunciativos, que abarcarán desde la colonia hasta el siglo XIX, y uno tercero que será el espacio narrativo contemporáneo, y que en dichos espacios es importante distinguir la sensibilidad local, la construcción del Occidente en sí mismo y la problemática de una entidad geocultural discreta denominada Latinoamérica; la cual se fue configurando conflictivamente dentro del mismo proceso de Occidentalización, y de los distintos cruces imperiales que formulaban la disposición del mundo moderno.
Espacio último que fue construido en medio de una ampliación de los agentes, que contribuyeron a formar las relaciones mutuas de Europa y sus colonias –como apunta Fernando Coronil-. Ya que una narrativa de la historia construida “en términos de oposición entre la Europa moderna que ha triunfado por su propio esfuerzo, y una periferia sumida en medio de su atrasada cultura, no permite ver el papel de la naturaleza (neo)colonial y el trabajo de la mutua formación transcultural de las modernidades metropolitanas y subalternas” .
Es necesario establecer en estas narraciones el conocimiento de un cambio de perspectiva, que muestre la posibilidad de las agencias que evidencian las dinámicas complejas, y que descentran las relaciones de imperio/colonia, en medio de un primer momento enunciativo de la colonización y de los procesos de Occidentalización.
a.1) Las narrativas coloniales
Los primeros discursos sobre Occidentalización del territorio latinoamericano se encuentran delimitados dentro de la experiencia colonial. Experiencia en la cual se conforma el macro-relato imperial como justificante de la expansión, de la cristianización y de la unidad idiomática, que traerá como consecuencia una diversidad de representaciones sobre el territorio.
Estas formas de conocimiento y sujeción se encuentran determinadas por la visión de un sujeto central, civilizado que se autoproclama como modelo a seguir, y que observa la realidad del espacio “descubierto” bajo los parámetros de civilización establecidos por el Occidente, al cual deben anexionarse los otros, en la incorporación del otro en el sí mismo, sin tener en cuenta las colaboraciones que realizaron las comunidades no occidentales a los procesos de modernidad que se desarrollaban en estos primeros momentos de expansión.
Este primer momento narrativo genera la enunciación colonial que teje a los diversos proyectos imperiales, pero al mismo tiempo fundan el espacio de los legados coloniales, que determinaran las diferencias con respecto a otros procesos de dominación. De allí que se proceda a una reubicación de los discursos donde la palabra y el conocimiento, realizan la invención del nuevo territorio, el cual desde su inicio muestra los “dispositivos del saber/poder a partir de los cuales las representaciones son construidas(…) el problema del “otro” debe ser teóricamente abordado desde la perspectiva del proceso de producción material y simbólica en el que se vieron involucradas las sociedades occidentales a partir del siglo XVI”
En este sentido sirven de ejemplo los discursos y narraciones de un primer espacio imperial en el que se manifiesta la colonización propiamente dicha, y sus implicaciones en el conocimiento. Estas narraciones fueron llevadas por medio de los dispositivos del saber/poder por autores que construirán la invención del nuevo territorio. De manera que la arqueología propuesta por el teórico Walter Mignolo acude a la deconstrucción de una serie de textos que configuraron la construcción simbólica de la historia, como creación de una realidad especular entre el Occidente y el Nuevo Mundo.
De allí que, esta arqueología se base en autores que producen narrativas que legitiman la presencia del Imperio como ente civilizador. Sirven de ejemplo de esta anexión por el medio del dispositivo saber/poder como argumenta Mignolo los relatos de: “Bartolomé de las Casas, con sus textos Historia de las Indias (alrededor de 1545), Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1542) y Apologética Historia Sumaria (1555), Juan López de Velazco, Geografía y descripción Universal de las Indias (1571-74) y José de Acosta, Historia Natural y Moral de las Indias (1590.)
Las características de estos discursos continúan hasta finales del siglo XVIII donde nos encontramos- con el Diccionario Geográfico de las Indias Occidentales de Antonio Alcedo y Herrera, y posteriormente Juan Bautista Muñoz escribe Historia del Nuevo Mundo (1793), en la cual ya se anuncia el comienzo de la quiebra y el fin de un occidentalismo en su primera etapa, pues se inicia la anexión a la denominación que fue introducida por los nuevos imperio emergentes, constructores de nuevos relatos en torno a la noción de América y el Nuevo Mundo.” Estos relatos construyen lo que se ha denominado la “Invención de América” – según las argumentaciones del teórico mexicano Edmundo O’Gorman-.
Está invención surge en medio de un horizonte histórico-cultural que coloco a Europa en la centralidad de la civilización y en la cual como apunta Fernando Coronil participan las diferentes concepciones que se tenían del mundo y en las que se componen las similitudes, a través de relaciones asimétricas de conocimiento y poder, dividiendo las relaciones imperio/colonia en unidades aisladas, estructuradas en posiciones binarias, que oscurecen las relaciones de mutua constitución de Europa y sus colonias, y del Occidente y sus poscolonias. Estas concepciones advierte Coronil “ocultan la violencia del colonialismo y del imperialismo detrás del embellecedor manto de misiones civilizatorias y planes de modernización”
Los relatos siguientes a esta primera etapa colonial y de Occidentalización muestran el cambio de las posiciones imperiales y de los centros de poder, ya que entrado el siglo XVIII se produce la mudanza del poder o el pliegue hacia los imperios emergentes, (Inglaterra y Francia) pues es en este tiempo que comienza a desarrollarse la noción de América Latina, la cual tendrá su configuración definitiva en el siglo XIX, causando por ende nuevas formas de representación, aparentemente ya no atadas al dominio del Imperio Hispánico y las posesiones territoriales, sino que la construcción de las representaciones se originaran en la unidades culturales y en la delimitación definitiva del territorio.
b) Segundo occidentalismo: Las narrativas de los imperios emergentes
Las narrativas posteriores a las coloniales hispánicas, permiten la observación de las figuras intermedias del poder y del conocimiento, al igual que las del primer occidentalismo, pues es el observador dominante, basado en sí mismo, quien de nuevo construye las narrativas sobre el otro espacio, desde una visión de territorios cerrados, localizados y que fija como argumenta Mignolo a las distintas culturas a territorios que se ubican “atrás en el tiempo de la ascendente historia universal de la cual la cultura europea (también fija un territorio) era el punto de llegada y de guía para el futuro” .
Esta ubicación es la que determina las formas de enunciación y de representación ligadas a la cultura. Es en este contexto donde las relaciones se desplazan de un discurso de anexión a la formación de los estados nacionales y a la distinción definitiva de América Latina y de América Sajona – como argumenta Mignolo-. Sin embargo la observación unidireccional de la epísteme moderna, manifiesta formas universales de conocimiento, que constituyen a Europa como el patrón definitivo a seguir en los diversos campos del conocimiento.
Es en el interior de estos mismos campos donde se generan toda una serie de observaciones en una sola dirección, que se camufla bajo el denominativo de universalidad, de objetividad y de verdad.
Este espacio de observación universal se determina como el contexto en el que comienza a movilizarse un supuesto marco poscolonial de las Américas, si este es tomado en cuenta sólo como etapa histórica y no como estrategia discursiva. Es en este marco enunciativo donde se produce –como argumenta Mignolo- un segundo momento narrativo, ya que se inicia el desplazamiento de la hegemonía del occidentalismo de España hacia Inglaterra, Francia y Alemania.
De allí que se instruyan nuevos macro-relatos, que ubican a la naciente América en el concierto planetario, y en la implementación definitiva del Occidentalismo como lugar cultural, como espacio de representación, que arma como escribe Gerardo Mosquera el sistema de instituciones, lenguajes y procedimientos que articularán el orden global (…) en un mundo organizado “a la occidental” por el colonialismo, en beneficio de los centros de poder económico. La Occidentalización en este sentido va construyéndose de acuerdo con las nuevas y más complejas exigencias y condicionamientos de sus propios procesos (…) y donde la cultura occidental actúa como elemento instrumental, construyéndose de forma múltiple dentro de los distintos estratos hegemónicos y subalternos de Occidente” .
La condición de América Latina dentro de este contexto de Occidentalización progresiva debe ser explicada en sus niveles socio-históricos, culturales y discursivos,–como argumenta Néstor García Canclini- como parte de la modernidad y de la posición subalterna que se asume en el continente, dentro de las desigualdades del mundo moderno, en el cual las Américas pasan a constituir los sueños de la fascinación distante, en medio de una ampliación de la historia, que recorre al Nuevo Mundo de “forma objetivadora, a veces estetizante, que asumió sus objetivos políticoeconómico capitalistas en forma explícita cuando llegaron los británicos. La naturaleza dejó de ser vista como espacio de conocimiento y de contemplación; importaba ahora como proveedora de materias primas, y su estado primario fue visto como consecuencia de una falta de espíritu emprendedor de los nativos, “que legitimaba el intervencionismo europeo”” .
La nueva formación discursiva de los imperios emergentes, deja de lado las contaminaciones mutuas de ambos territorios, las cuales son un componente importante en el desarrollo de la visión moderna del territorio europeo como patrón de la humanidad, al verse en contraposición a una variedad de culturas, que fueron concebidas y analizadas a través de una formación múltiple de conocimientos sobre los territorios a los que se accedía bajo consideraciones culturales y políticas, y no como dominación territorial colonial.
De manera que, la cultura occidental en este segundo occidentalismo despliega una serie de aparatos teóricos que colocan a los dominios americanos dentro de otras posiciones de conocimiento, en medio de los relatos constituidos en el siglo XVIII. En dichos relatos o narraciones se ubica de forma definitiva a los nuevos americanos en el concierto planetario de la historia y de la naturaleza. De esta formulación del dispositivo saber/poder como espacio de ubicación, surgen tres importantes narraciones sobre el territorio latinoamericano.
Las dos primeras se manifiestan según las argumentaciones del teórico Anthony Padgen desde dos puntos determinantes, el primero se fija a partir de la “conversión de los ‘salvajes’ y ‘caníbales’ alejados en el espacio de las Indias Occidentales a ‘primitivos’ alejados en el tiempo” . Esta primera visión cumple –según las argumentaciones de Padgen- con el paradigma de la modernidad en el cual el planeta y la historia universal se piensan con relación a un progreso temporal de la humanidad de lo primitivo a lo civilizado. Este relato encontró su momento de cierre para el autor después de 1950, con los sucesivos movimientos de descolonización.
El segundo punto de anclaje de estas narrativas se encuentra en las formas en que se repiensa al Nuevo Mundo desde las investigaciones científicas impulsadas –como escribe el autor- por la revolución industrial hacia finales del mismo siglo y comienzos del XIX. Este relato incluye a las Américas dentro de otra cara de la modernidad, en la que se piensa en torno de la investigación científica, la cual es inaugurada por los estudios de Humboltd en su texto “Cosmos: Sketch of a physical description of the universo”, entre 1846-58. Estas narraciones pensadas en la investigación científica tienen vigencia en la construcción europea de su propia identidad” .
De manera paralela a estas ubicaciones en la historia y en la ciencia, surge un tercer relato en el siglo XIX, y es la ubicación del territorio como entidad geocultural inscrita dentro de los mapas del orbe, como entidad nacional y con características definidas y de donde surge de forma definitiva la conceptualización de América Latina, como espacio de delimitación del territorio, donde se manifiestan sus nuevas dependencias, sus localismos y sus espacios transculturales, en la construcción de las naciones y de los discursos antioccidentales que finalizaran con las campañas independentistas. El concepto de América Latina se construye en medio de las narrativas de los imperios emergentes, donde éste es decidido dentro de las políticas francesas del siglo XIX, como una nueva forma de dominación.
La conceptualización del territorio de forma homogénea atrapa dentro de sí la diversidad del territorio, para colocar una estructura reduccionista, homogénea, sobre una realidad múltiple, que es aplicada “por medio de la política exterior francesa, para abarcar tanto las tierras que habían sido colonias españolas como portuguesas, desde el Río Grande en Norteamérica hasta el Cabo de Hornos, y el Caribe tanto franco como hispano parlante”
Los relatos junto con los enunciados desde el primer momento de Occidentalización manifiestan como escribe Mignolo una vigencia en la actualidad, pues la identidad del sujeto central aparentemente fragmentada continua dependiendo de su relación con esos otros colonizados ahora declarados poscoloniales.
Estas relaciones en la actualidad son revisadas y reinscritas en el pensamiento y la reflexión contemporánea, junto con sus consecuencias representacionales, ya que la mirada y localización latinoamericana ha sido ubicada dentro de la atención de los proyectos poscoloniales globales, en los que se espera que la particularidad poscolonial de América Latina se ha reelaborada y rescrita por medio de lo que representan sus memorias y no sólo como un objeto de estudio, que participa como reflexión acrítica dentro de los Estudios de Área o subalternistas, en los cuales -como argumenta el teórico colombiano Santiago Castro-Gómez-“la desterritorialización de los conocimientos y las representaciones en pro de un conocimiento centralizado que continua reproduciendo la discursividad moderna, vinculada a la reproducción de imágenes establecidas sobre América Latina y las cuales son administradas desde la racionalidad burocrática de las universidades, instituciones culturales y centros de ayuda al desarrollo” .
De manera que, las imágenes y representaciones contemporáneas deben ser
ubicadas desde un giro crítico de nuestras narrativas y políticas de representación, ya que en el siglo XIX, los conocimientos sobre y desde el territorio latinoamericano – según las argumentaciones de Castro-Gómez- se ubican de en los proyectos neocolonialistas del estado-nación animados por una lógica disciplinaria que subalternizó a una serie de sujetos diversos, y que eran conducidos a los campos hegemónicos del conocimiento por medio de saberes excluyentes, y los cuales poseen la autoridad de la representación.
Estos sujetos diversos son ubicados dentro de los lugares de la enunciación poscolonial contemporánea, espacio en el cual deben desarrollar sus agendas teóricas, pero estas agendas deben desplegar un conocimiento critico de su escenario dentro de los campos de la representación, para de esta forma poder mostrar la diversidad de situaciones que diseñaron el paisaje múltiple de un sitio específico de enunciación.
De aquí que, los pasados coloniales latinoamericanos sean revisados desde las posibilidades de la transculturalidad contemporánea que es entendida –como escribe el teórico Alfonso de Toro- como “la actividad que permite ocuparse de diferentes objetos culturales que no son reducibles a una identidad originaria y autentica, si no que se atribuye a los legados que han sido dejados en los recorridos de las formas coloniales y que se relacionan directamente con la configuración discursiva de una otredad que nace dentro del mismo territorio occidental” .
Es dentro de una arqueología del pensamiento transcultural del territorio donde se encuentran las primeras enunciaciones que visualizan a América Latina como parte de Occidente, y que estas relaciones no deben ser vistas bajo las consideraciones duales de Oriente opuesto a Occidente. Si no que la conceptualización de América Latina y su diferenciación se encuentra centrada en el cruce y superposición de modelos imperiales que son concebidos como fuertes procesos de Occidentalización, dentro del territorio latinoamericano, y donde este proceso ha funcionado como forma de anexión de las diferencias y de no de un opuesto irreductible, como lo es la representación del Oriente.
El territorio latinoamericano en la actualidad continúa inmerso en un largo proceso de asociación, concebido ahora como globalización y el cual se inicio con el nombre de las “Indias Occidentales para anexar las diferencias a una realidad territorial que se expandía y que se une a un nuevo Estado, y es el nombre que se mantiene en todo el discurso legal del Imperio hasta su caída. ‘Nuevo Mundo’ y ‘América’ comienzan a articularse más tarde, como discurso de la cultura, más no como discurso de Estado” , y de esta manera genera nuevos tejidos sociales y culturales donde como admite el teórico de literatura latinoamericana Jean Franco las contradicciones se hacen inefectivas y muestran al mismo tiempo las consecuencias de una larga tradición de fracasos de los proyectos modernizadores, necesitando por lo tanto un nuevo imaginario para la cultura, en la cual emerjan los sujetos subalternizados de ese afuera de las narrativas.
c) Las representaciones del otro y el sí mismo en las narrativas de América Latina.
Los procesos narrativos tanto locales como globales generan una serie de imágenes culturales sobre las formas de representación de América Latina, como margen de Occidente en medio de homogeneidad reduccionista como argumenta la teórica de arte puertorriqueña Mari Carmen Ramírez. Las representaciones del territorio son vistas desde “una decimonónica “búsqueda del buen salvaje” así como de la sofocante camisa-de-fuerza que impuso como ensoñación preontológica, el éxito fácil del legado surrealista. Ambos esbozos fueron concebidos en su momento histórico, como paliativos justificadores de las constantes crisis del imaginario europeo.
No obstante, estas falacias han perdurado (…) y son responsables de haber instaurado una metanarrativa deformada del arte y la cultura latinoamericana. Dicha narrativa se caracteriza por una visión esencialista, anclada en visiones del progreso y de las formas identitarias” , procedentes de las narrativas decimonónicas y de las contradicciones de las tensiones globalizantes, ubicadas bajo el rótulo de lo poscolonial, al cual se unen otras formas de conocimiento que mantienen las visiones de lo inacabado, de lo inconmensurable, que conservan las representaciones esquematizadas del territorio como espacio de diferencia y de maniqueísmos dicotómicos.
En estos espacios se mantiene la idea de las construcciones culturales como entes autónomos del sí mismo y el otro, donde dichas formas de ubicación de los lugares geoculturales, conducen a lo latinoamericano al lugar de la excentricidad, del afuera, que –como argumenta García Canclini- reinstalan las oposiciones entre norte y sur, Europa y América, o las hacen coexistir en espacios plurales de representación.
La conservación de estas figuras o imágenes de otredad y centralidad, de civilización y de barbarie, de progreso a alcanzar, se configuran a partir de los discursos que atañen a “las formulaciones geohistóricas y geoculturales tal como han sido construidas por los diversos diseños imperiales, no sólo hacia las áreas colonizadas sino también en la relación conflictiva con otros imperios(…) Pensar en la organicidad entre lengua, cultura y territorio, sería sólo posible dentro de la epistemología colonial/moderna, que separo el espacio del tiempo, fijó las culturas a territorios y las localizó atrás en el tiempo de la ascendente historia universal” , donde estas posiciones dejan fuera del territorio del conocimiento, el sentido del margen como espacio de producción de sentido, y a su vez estas mismas posiciones colocan en evidencia como ambas partes, el centro y el margen se seducen, y ejercen la sospecha sobre sus ubicaciones, ahora desplazadas desde la historia universal y la epistemología modernidad/colonia hacia las historias locales y la globalización, como espacio de transito de las significaciones.
Este último espacio constituye un afuera de la mismidad occidental, como una entidad autónoma en construcción permanente, y en la cual se formulan las imágenes sobre Latinoamérica, tanto en la cultura, como en las artes. Las representaciones elaboradas en estos campos de significación se encuentran persistentemente inmersas dentro de los procesos de anexión a la metacultura occidental, y donde queda situada de nuevo hacia los márgenes de la otredad de una mismidad occidental, donde -como escribe Néstor García Canclini “Es cierto que con frecuencia las narrativas actuales conciben la relación del norte con el sur de modo semejante a como la literatura de viajes constituyó la relación entre Europa y América: a partir de la mirada de un sujeto blanco “inocente” e imperial que recorre el nuevo continente como una ampliación de la historia natural, para recolectar ejemplares insólitos, construir colecciones y denominar especies desconocidas.”
Esta situación que pareciera superada en los tiempos de la globalización y de la exaltación de las localidades, persiste dentro de las clasificaciones de la cultura contemporánea, en la cual el arte latinoamericano de todos sus tiempos se encuentra en el tránsito permanente de profundas revisiones, que ponen en evidencia a las narrativas esencialistas, dentro de la autodefinición del territorio desde las asimetrías del poder, que dotan de significación a estas prácticas, y que aparecen como argumenta Mignolo ante la simultaneidad espacial de las historias locales, como lugar de la historia mundial.
De manera que, las representaciones artísticas y culturales latinoamericanas convertidas ahora en espacios locales, se encuentran ancladas en medio de distintos procesos de transculturación que le pertenecen como espacio híbrido, los cuales han minado las narrativas de las asimetrías del poder de enunciación, por medio de la búsqueda de una ruptura de las formas colonizadas, que conduce a una lectura productora de imágenes alternativas. Las asimetrías enunciativas deben ser deconstruidas para visualizar las profundas contradicciones, que se manifiestan en el mundo contemporáneo, en cuanto a la transnacionalización de la cultura como espacio de integración y de marginación.
Es en esta dirección que el teórico de arte argentino Jorge Glusberg manifiesta que el proceso de transnacionalización y transculturación cultural se genera dentro de los espacios de enunciación de una mismidad y una otredad occidental, que constantemente se ha marginado y automarginado, dando como resultado un largo trazo de incorporaciones e integraciones dentro de una zona geocultural cohesionada mediante la absorción de la multiplicidad cultural que se ubicó en el territorio.
La multiplicidad resultante manifiesta las marginaciones e incorporaciones que han estado siempre presentes en el recorrido del arte latinoamericano, ya que éste último en los quinientos años de recorrido colonial y poscolonial ha experimentado alejamientos e integraciones paralelas dentro de los espacios metropolitanos de enunciación y de representación.
El alejamiento y acercamiento de las artes, ha configurado las relaciones de unidad y de diferencias que enuncian una interculturalidad, atada a las visiones unívocas de la historia, y de igual forma en lo eminentemente cultural, pues al admitir que existen diversas culturas significa el fin de un monopolio cultural. La interculturalidad de unidad y diferencias de América Latina debe ser concebida genealógicamente por medio de tres transcursos, que serían –según Glusberg-: “1) Acabada ya la etapa del descubrimiento de 1492, se inicia el proyecto de colonización de las Américas y se abandona el proyecto de llegar al Oriente por rutas alternativas.
2) España y Portugal hincan posteriormente el proceso de aculturación y occidentalización en cuanto a lenguas e instituciones, el cual fue logrado parcialmente pues se inició el proceso de contaminación de los etnos originales con los provenientes de otros territorios, a los Glusberg denomina el resultado de la amalgama cultural y étnica. 3) Finalmente el proceso propiamente cultural, que da inicio a los pensamientos y narraciones propias del Nuevo Mundo, a una identidad nueva, la cual no volvería a repetirse y que ha de ser vista dentro de los transcursos de la marginación y de la integración permanente con el Occidente generador de la unidad y de la diversidad de un territorio que determino una diferencia profunda con los proyectos colonizadores que se sucedieron posteriormente al español y portugués”.
Los elementos localizados por Glusberg, evidencian una dimensión de enunciación cultural, y es dentro de los espacios de descubrimiento, de mezcla y de cultura donde se inician las posturas epistemológicas que se desprenderán de las narrativas del siglo XIX, para encontrar una significación al representarse desde el pensamiento latinoamericano, desde el lugar donde se habla, desde su propia genealogía, a través de los recorridos conceptuales de la colonización iniciada por el Imperio Español, ya que es éste proyecto colonizador, es el que determina en gran parte del perfil cultural y estético de los primeros tiempos de occidentalización.
Posteriormente la adhesión a nuevos imperios, las olas migracionales de europeos hacia las Américas a finales del siglo XIX y comienzos del XX, irán cambiando el perfil determinado por la colonización territorial, hacia un espacio de colonización cultural y finalmente hacia el desarrollismo norteamericano.
Latinoamérica se adaptará a nuevos procesos diaspóricos, a nuevas formas neocoloniales, a nuevas marginaciones e incorporaciones que aparecerán en el caso de las artes en el transcurso del siglo XX. Es en esta dirección que teóricos como Walter Mignolo manifiestan que la categorización discursiva marcada por los procesos de colonización, se encuentra determinada por una fuerte aculturación de las etnias originales del continente, junto con la implantación de las diásporas africanas y la presencia del español, para consolidar un fuerte proceso de occidentalización, y que tiene su locus enunciativo en los trayectos coloniales y en sus legados dentro de la América Latina.
De manera que el pensamiento latinoamericano comienza a articularse a partir de este denso proceso de dominación y colonización que se adecuaba a los cambios de los órdenes mundiales, y dentro de los cuales manifestaba un complejo número de reflexiones y formulaciones teóricas que parten desde los movimientos de las relaciones coloniales.
Las relaciones coloniales en sus diversos transcursos apuntan a un conocimiento discursivo que ha incluido a América Latina en las formas narrativas del Occidente, dentro de la categorización del hemisferio occidental, a través de su propio imaginario, dando como resultado un cambio radical en las imágenes de las diferencias del mundo colonial, pues estas se determinan como el modo de reconocimiento que “construye simbólicamente la definición de sí misma, de una comunidad imperial, racial, nacional, sexual. Esta construcción de imaginario se define y forma una estructura de diferenciación con lo simbólico y lo real.
“Partiendo de esta idea el imaginario colonial español y portugués construyen su imperio a partir de un sentido geo-político, en el que fundan su sistema moderno/colonial, pues la imagen que tenemos hoy de este proceso dentro de la civilización occidental, es la de un largo proceso de construcción de su propio imaginario, como el de su misma exterioridad” .
Las construcciones imaginales desarrollan diversas estructuras de poder y de marginación dentro de la concepción de modernidad/colonia, como un proceso de cimentación interior que se produce en la anexión de territorios, que se enuncian dentro del mismo imaginario occidental, ya que como apunta Mignolo al denominar al territorio como las ““Indias Occidentales” hasta “América Latina” (es decir, desde el momento de predominio del colonialismo hispánico hasta el momento de predominio del colonialismo francés), “occidentalización” y “occidentalismo” fueron los términos claves (como lo fue “colonialismo” para referirse al momento de predominio del imperio británico).”
El espacio de enunciación del imaginario occidental produce la anexión de los nuevos territorios, el origen de nuevas formas del conocimiento y de las representaciones; donde los procesos coloniales se convierten en una cuestión geopolítica, que se gesta dentro de los primeros propósitos de occidentalización, de monolingüismo de la otredad, acompañado por la idea de un orden que se encontraba dentro de la modernidad, que se origina con la expansión de Occidente como ente rector. La función de la colonización se articula en la reorganización de una cartografía mundial a partir de los modelos occidentales de la memoria, del conocimiento y del lenguaje.
La consolidación de este proceso condujo al establecimiento definitivo de los Estados-Nación y de una nueva situación dentro del imaginario occidental, que no sólo creó una reorganización dentro de las Indias Occidentales como territorio físico, sino que originó nuevos sujetos de conocimiento que funcionaran como estrategias de subalternización. Dichas estrategias estaban dirigidas a la disolución del Otro en el mismo, a la creación del otro no desprendido del mismo, como medio de afirmación del proyecto colonial de expansión de Occidente, del capitalismo y de la modernidad.
Este presupuesto de afirmación occidental de la disolución del otro y de su no desprendimiento, es deconstruido desde la posición crítica de teóricos latinoamericanos -como el historiador y antropólogo venezolano Fernando Coronil quien argumenta que la primera expansión llevada a cabo por el Imperio Español genera una combinación de crecimiento de muto de la modernidad de Europa y sus colonias, donde debe hacerse evidente el cruce y la simultaneidad de las diferentes tradiciones culturales, que generaron espacios fronterizos e híbridos, marginados o subalternizados por las narrativas mayores.
Los campos de crecimiento mutuo, de marginalización o de incorporación, marcan a las Indias Occidentales como el ser de la otredad dentro del interior del discurso Occidental del sujeto único; pues como argumenta Coronil “es necesario establecer la salida de las capas sumergidas de un palimpsesto, recuperar la historia traerá a la superficie las cicatrices del pasado, escondidas por el maquillaje de las historias siguientes, y hará más visible también las heridas que oculta el presente” .
Espacio último en el cual se redefinen las relaciones con los diferentes proyectos imperiales en los que América Latina se ha encontrado inmersa, como lugar esquematizado, apenas dibujado por el conocimiento central.
De allí que, deba establecerse una revisión dentro de lo que Coronil determina como la deconstrucción de una modernidad, que ha sido el resultado desde sus comienzos de las transacciones transcontinentales, que se iniciaron con la conquista y la colonización de las Américas. En la cual las formas artísticas como espacio perteneciente a las representaciones del territorio, experimentaron y experimentan diversas narraciones a partir de la otredad interior del occidente rector.
El arte latinoamericano en este sentido de otredad interior y en situación poscolonial se encuentra -como escribe el artista uruguayo radicado en Nueva York Luis Camnitzeren en medio de una permanente marginalización e incorporación dentro de los sistemas rectores hegemónicos, manteniendo las visiones decimonónicas del sujeto distante en el tiempo, incorporado por la necesidad del conocimiento de la centralidad.
Luis Camnitzer desde una visión personal opina que el arte Latinoamericano es un permanente espacio de tránsito, que va “desde un apego a los internacionalismos del imperio de turno como a los regionalismos políticos revelando un esquema simplista que se acomoda a la realidad. Dentro de este sistema nuestras imágenes son borrosas, nuestras dependencias se ven definidas por cualquier mezcla arbitraria de ingredientes coloniales, neocoloniales y poscoloniales. En cuanto al arte somos periféricos o marginales” .
La calidad artística de nuestros productos y representaciones debe ser contextual, -siguiendo las argumentaciones de Camnitzer-pues el objeto artístico, tiene allí su destino como texto ubicado dentro de nuestra propia realidad.
De manera que, el arte latinoamericano asumido desde sus diversas posiciones pendulares, procede de los distintos centros de una metacultura occidental, que ha determinado sus influencias representacionales, en la sucesiva superposición de fuerzas imperiales, de enunciaciones centrales de las cuales deriva y a las que pertenece el territorio artístico latinoamericano, y que dichas enunciaciones sólo manifiestan su entrada en el momento en el que los valores centrales (ahora aparentemente disueltos) permiten el reconocimiento de una periferia tamizada por los referentes que han creado las formas hegemónicas de representación.
El Occidente como cultura juega un papel de gran importancia, en cuanto a la incorporación de las formas significantes y representacionales, -como explica el filósofo venezolano José Manuel Briceño Guerrero-pues el etnos latinoamericano dio origen a un nos-otros occidentales, y sobre esto argumenta que “Somos occidentales sin duda alguna, pero debemos admitir que el despliegue majestuoso del discurso occidental en las instituciones y en la historia de América se ve interferido aquí y acullá, a veces entorpecido y hasta desfigurado, aunque nunca interrumpido, por lo que pareciera ser otro discurso u otros discursos” .
La base generativa del nos-otros de los discursos que narran a América Latina, su conformación y sus relaciones se encuentran dentro de las formas occidentales de articulación de una metacultura que le es propia.
De allí que, trate de producirse un giro de sentido a las formas poscoloniales que mantienen la otredad como espacio específico, y donde América Latina y sus posicionamientos teóricos asumen el lugar desde donde se habla, para de esta forma construir una teoría acorde a la realidad del territorio, de sus diferencias y de sus localidades, dentro de su existencia contemporánea, en la cual –como argumenta el teórico cubano Gerardo Mosquera- “hoy hay mucha y muy diversa gente haciendo incorrecta y desembarazadamente la metacultura occidental,(…) reconstruyéndola desde una diversidad de perspectivas” , y en las que la explosión de procesos del conocimiento y el desplazamiento de esté, puede traer cambios sustanciales dentro de las narrativas locales, que ahora defienden su particularidad y su capacidad de apropiación de los discursos metaculturales globales.
6.3 El giro crítico en las narrativas poscoloniales contemporáneas: el Posoccidentalismo.
La posibilidad de un giro crítico de las representaciones discursivas o narrativas latinoamericanas, dentro de los aparatos de enunciación hegemónicos, comienza a gestar una nueva visión a partir de la enunciación posmoderna y poscolonial, donde “la cultura latinoamericana encuentra un momento de articulación marcado por las fases paralelas de la globalización, como propuesta crucial para la crítica de este territorio” .
La reflexión latinoamericana dentro de estos campos de enunciación debe ser tomada en torno al criticismo de los dispositivos epistemológicos de la transculturación, la hibrides y la heterogeneidad – como argumenta el teórico español radicado en Estados Unidos Román de la Campa en sus concienzudos análisis sobre la condición contemporánea-, ya que a partir de estos dispositivos tendremos la muestra y la reflexión de las participaciones conflictivas y complementarias de los discursos contemporáneos, que se refieren a la poscolonialidad y sus formas de enunciación.
En el contexto contemporáneo las concepciones teóricas poscoloniales deconstruyen las identidades fuertes de la modernidad, de la periferia, de la subalternidad, de lo neocolonial y de las dependencias tercermundistas –como argumenta el mismo autor-. Está deconstrucción contribuye de forma permanente en la elaboración de una discursividad que cuestiona las formas modernas de representación.
Teóricos como el argentino Walter Mignolo argumentan que la posmodernidad es el discurso que cuestiona e interroga directamente a la modernidad y a su expansión como metanarrativa. Este cuestionamiento no sólo se queda allí, logra funcionar y fusionar otros espacios que se encontraban sumergidos dentro del proyecto moderno.
De manera que Mignolo nos hable de cuatro posiciones relevantes dentro de la crisis del imaginario moderno, donde aparecen los discursos de la posmodernidad, la poscolonialidad, el posorientalismo y por último el proyecto que atañe directamente a América Latina enunciado desde su condición occidental e híbrida, desde sus legados coloniales y desde sus nuevas articulaciones dentro de las narrativas globales.
En primer lugar –dice Mignolo: “la crisis de la modernidad, que se manifiesta en el corazón mismo de Europa, tiene como respuesta la emergencia de proyectos que la trasciendan: el proyecto posmodernista, en y desde la misma Europa (Lyottard, Vattimo, Baudrillard) y los Estados Unidos (Jameson), el proyecto poscolonialista en y desde la India (Guha y los estudios subalternos, Bhabha, Spivak), el proyecto posorientalista (Said)” .
El último proyecto de cuestionamiento a las metanarrativas se origina –siguiendo las argumentaciones de Mignolo- desde la revisión y relectura de las formas occidentalizadoras que han llenado de sentido las representaciones latinoamericanas, a partir de los diversos campos del conocimiento, y en los inicios del territorio como representación, espacio donde se manifiestan las experiencias de una zona marginal de Occidente, en la cual se cruzan diferentes tradiciones culturales.
La particularidad de esta condición del territorio latinoamericano establece una revisión de los discursos, que debe ser iniciada desde las narrativas de la colonización, ya que sí el término occidentalismo fue el que ocupo las narrativas de anexión del territorio, y de la ampliación de la cultura occidental dentro de un panorama complejo de reciclajes y de apropiaciones, podría plantearse un giro crítico a los argumentos que convirtieron a las diferencias en valores dentro de la occidentalización, como proceso de subalternización del territorio –como escribe Mignolo-.
Ya que a partir de la localización de la particularidad de los legados latinoamericanos, de los diferentes tipos de herencias coloniales, de las distintas posturas poscoloniales, puede trazarse una cartografía que redistribuya los saberes dentro de nuevas categorías en las que las nociones tradicionales del centro y sus otros se han superadas por otras formas de conocimiento múltiples y fronterizos.
De esta forma la diferencia del locus enunciativo de América Latina, la presencia de su diferencia colonial, “concebida como la noción que permite dar cuenta de la formación de espacios geo-históricos diferenciados a lo largo de la modernidad (…), en la cual se constituye un único poder, y en el que simultáneamente se produce la fragmentación de espacios diferenciados en términos de poder y conocimiento, en medio de la permanente conflictividad entre los “espacios locales” y “los diseños globales”
La tensión originada desde la configuración del Estado Moderno en Latinoamérica hasta los actuales diseños globales, gira hacia la consolidación de un nuevo lugar de juicio y de razón de la cultura latinoamericana. Dicho giro debe realizarse a partir de otras localizaciones epistemológicas, sustancialmente distintas al del poscolonialismo global proveniente de las lecturas hegemónicas, mayoritariamente llevadas en inglés como idioma –como admite Mignolo-.
En esta dirección el giro crítico a las posturas poscoloniales globales, propone la relocalización del lugar natural de América Latina y de sus recorridos, a través de la configuración de una narrativa que coloque su acento en las historias locales, en el espacio geo-histórico del territorio, entre las prácticas sociales y las prácticas teóricas como condición histórica y horizonte intelectual.
El giro crítico desde y en América Latina surge como otra posibilidad de reflexión y de análisis de la realidad poscolonial del subcontinente en tiempos contemporáneos. Este giro es denominado Posoccidentalismo, y el cual demanda – como escribe Santiago Castro-Gómez- “definir (o re-definir) el “lugar” ocupado por América Latina en el concierto de la cultura occidental”
El Posoccidentalismo como narración o cuestionamiento crítico enunciado por Mignolo coloca un pos más a la pléyade de pos que giran dentro de las narrativas contemporáneas, como espacio de análisis, de reflexión y de cartografía, de un Occidente ampliado, donde los márgenes de su cultura deben articularse a otras formas de metanarración, en las cuales las herencias y legados de América Latina, deben fijar posiciones en la redefinición de las relaciones con los diversos diseños imperiales.
Para Mignolo (principal proponente de este giro), el término occidentalismo clave para el estudio de Latinoamérica y de sus principales narrativas, debe girar ahora en tiempos contemporáneos hacia las ideas de contención y de reelaboración de las posiciones del pasado, que permitan deconstruir las historias que subalternizaron al territorio a partir de los dispositivos del saber/poder, dentro de las trayectorias propias de América Latina.
El posoccidentalismo se determinaría en el cuestionamiento de las narrativas de anexión, de disolución del otro en el sí mismo, de la configuración de las categorías dicotómicas del yo y el otro, o del centro y de la periferia, establecidas como inscripciones naturales o categorías imperiales, desde las primeras narrativas del territorio latinoamericano, junto con las categorías culturales del conocimiento y el poder, en las que se hace patente la importancia de las relaciones de América Latina con Europa y posteriormente entre América Latina y América Sajona.
Ahora bien, en qué se basa la pertinencia del giro de las narrativas occidentalizadoras hacia el pos como espacio de superación o de cuestionamiento. Mignolo argumenta la existencia de un locus particular de enunciación, que se ha evidenciado dentro de las narrativas dominantes de la poscolonialidad debido “a que su lugar histórico ha sido construido a lo largo de los cambiantes ordenes mundiales y el movimiento de diversas relaciones coloniales (…) el problema de América Latina como una entidad geocultural creada por los diseños imperiales, que se fue configurando conflictivamente en el mismo proceso de Occidentalización. Es en esta encrucijada ( o mejor, en esta zona fronteriza) que se produce la tensión entre lo que se considera “propio” y lo que se considera “ajeno”(…) , y donde el lugar de América Latina en este espacio de conocimiento fronterizo vendría a significarse a través de la hibrides simultánea, que relocaliza el discurso central, para enunciarlo desde los márgenes, y donde como argumenta el autor se construye una zona intermedia, un tercer espacio en el cual ya no son posibles los dualismos entre lo propio y lo ajeno, entre el centro y la periferia, entre la alteridad y la mismidad. De allí que se argumente al Posoccidentalismo como espacio de enunciación local del territorio latinoamericano, a partir de los legados coloniales propios y se exprese el “malestar en la cultura”- en palabras de Mignolo- originado por los procesos modernos de racionalización.
La dialogicidad contemporánea y los proyectos de ésta dentro de sus narrativas, han permitido la emergencia de las historias locales y de sus particularidades, en la generación de diferentes áreas geoculturales, las cuales se redefinen de forma permanente, en medio de la desterritorialización de los contextos locales u originarios, integrados a nuevas localidades globales -como argumenta Santiago Castro-Gómez.
Esta redefinición entre lo local y lo global arriba a partir de una de enunciación consciente de la complejidad latinoamericana, de su localidad dentro del sistema global de conocimiento. Este último sistema interpela a las historias locales por medio de estrategias múltiples de conocimiento que condicionan la posibilidad de un giro cultural en estrecha relación con otras corrientes de reflexión anti-hegemónica, y de representación de las sociedades coloniales y poscoloniales – según las ideas del teórico peruano Ramón Pajuelo- pues para analizar los sentidos establecidos dentro de las historias particulares debe partirse desde los lineamientos de un nuevo orden de discursividad como afirma Hugo Achugar ya que estas relaciones “abren las puertas a la mezcla, a la contaminación, a la desjerarquización de lo múltiple y de lo heterogéneo(…) que posibilita una valoración inédita o incluso que debilita el sistema de valoración anterior.” .
Las aperturas realizadas por el giro crítico del posoccidentalismo originan la posibilidad de un análisis interno del sistema occidental, de su expansión y de sus sistemas valorativos, desde de la conceptualización que introduciría “una noción que expresa el sentido específico de la herencia colonial de América Latina y tiene un lugar “natural” en la trayectoria del pensamiento latinoamericano, “posoccidentalismo” sería la palabra clave para articular el discurso de descolonización intelectual desde los legados del pensamiento latinoamericano, por lo cual su ingreso en el escenario del debate poscolonial significaría, más que una simple recepción regional del mismo, la invitación a la fiesta de alguien olvidado”
Está invitación a la discursividad contemporánea de un territorio específico, parte del olvido de los legados coloniales latinoamericanos en la era poscolonial puesta en escena en la actualidad en medio de los estudios orientales y poscoloniales dominantes, y donde la teoría latinoamericana comienza a ocupar posiciones dentro de los dispositivos que tejen una cartografía móvil de sus saberes, de sus sensibilidades locales, para de esta manera hacer posible el surgimiento de una crítica poscolonial-posoccidental con recorrido propio en América Latina.
La disposición del territorio como zona geohistórica y cultural de configuración teórica posoccidental, permite subvertir las herencias coloniales de carácter hispánico dentro de la hibrides y de la transculturalidad, pues como admite el teórico Santiago Castro-Gómez: “lo que se halla en juego es el sentido mismo de la expresión “América Latina” en un momento histórico en el que las pertenencias culturales de carácter nacional o tradicional parecieran ser relevadas (o, por lo menos empujadas hacia los márgenes) por identidades orientadas hacia valores transnacionales y postradicionales” .
Debido a que las culturas y sus relaciones ya no se encuentran determinadas en unidades delimitadas por zonas discretas de localización, sino que se produce un entramado de zonas de contacto donde las peculiaridades históricas, étnicas, nacionales o lingüísticas –como admite el mismo autor- poseen un carácter trans-territorializado, que difiere de forma sustancial con las fronteras impuestas por los antiguos ordenes mundiales.
La trans-territorialización ha permitido el movimiento permanente de los saberes, de su inclusión o exclusión de los espacios de legitimación académica, pero a su vez ha ocasionado una redistribución de conocimientos y de epistemologías, que han generado diversas zonas de contacto dentro de los saberes globalizados, ante la exigencia de nuevas prácticas culturales, y de otras formas de representación que reclaman espacios de legitimación histórica, ya que estas formas de representación habían sido por marginadas por los discursos disciplinarios hegemónicos.
De allí que el giro hacia la configuración de una teoría híbrida de los legados coloniales y de las situaciones poscoloniales latinoamericanas, se visualice a través de la concepción del posoccidentalismo, como posibilidad de reflexión de la condición contemporánea latinoamericana, y de su subalternidad dentro del sistema occidental dominante. Estas dos últimas condiciones (contemporaneidad y subalternidad) abren paso a nuevas formas de actuación cultural y política, dentro de las narrativas contemporáneas y donde como se manifiesta en la “Declaración de fundación del Grupo de Estudios Subalternos Latinoamericanos” , la representación de sociedades coloniales y poscoloniales en las prácticas culturales deben ser leídas en el idioma de la deconstrucción, para recuperar la especificidad del territorio y aclarar las distorsiones que se han originado a partir de las representaciones dominantes.
El lenguaje deconstruccionista enunciado por el Grupo de Estudios Subalternos Latinoamericanos, tiene su expresión y consolidación en la teoría elaborada en el posoccidentalismo, ya que éste abre una posibilidad de entendimiento y compresión de la realidad de un territorio, que plantea no sólo el ingreso de Latinoamérica dentro de las teorías poscoloniales globales, o de una “regionalización” del poscolonialismo en territorios con legados coloniales hispánicos –como argumenta Walter Mignolo- Si no que busca la pertinencia de una teoría que defina las relaciones y la formulación de una serie de saberes que puedan ser capaces de dar cuenta de la agencia histórica de los sujetos y colectividades subalternizadas por la colonización, y que a su vez devele las relaciones con el conocimiento y el poder que convirtió las diferencias en valores como estrategia fundamental de la subalternización.
La reflexión posoccidental debe plantear diversas agencias que abarquen las distintas trayectorias del territorio latinoamericano, y en las que los hallazgos referidos a estas configuren “un corpus de teorización poscolonial/ posoccidental enunciadas desde la específica historicidad de América Latina, con la consecuencia de insertar este espacio en el mapa del debate poscolonial, hasta ahora restringido básicamente a los territorios del Commonwealth. Lo específico de esta inserción, sin embargo no es solamente el añadido de la particular condición poscolonial latinoamericana, sino también la reformulación de la teorización poscolonial, efectuada a partir de una originalidad teórica que proviene de las propias fuentes del pensamiento latinoamericano” y donde el espacio teórico específico, deconstruye su situación como otredad dentro de la mismidad occidental, y comienza a posicionarse como el medio de una recuperación cultural y representacional, dentro de la redistribución de los pensamientos, de los saberes y de las agencias académicas que consideren al posoccidentalismo como una reflexión pertinente, de carácter genealógico que estudia y analiza a las representaciones de los pensamientos y a las imágenes que el territorio a dado sobre sí mismo para crear y generar sentido.
De allí que, se planteen nuevas localizaciones geográficas y epistemológicas – como escribe Mignolo- que contribuyan al desplazamiento de las relaciones de poder arraigadas en las categorías geoculturales e imperiales de los últimos años. La concreción de estos desplazamientos se realizaría por medio de las epistemologías fronterizas, las cuales superponen diversos espacios de enunciación y de conocimiento; donde el posoccidentalismo vendría a revelar la otredad occidental inscrita en su mismidad. El desentrañamiento y análisis de las categorías establecidas se consolidarían –como argumenta Fernando Coronil en su texto sobre las categorías no imperiales – a través de la integración de las negaciones que las formas imperiales han confeccionado para afirmar a las categorías establecidas, como el Yo y el Otro.
Coronil específica en este sentido de teorización, el ir un “más allá” de lo establecido para poder integrar las negaciones de lo que las formas imperiales afirmaron, como espacio superior y de autorización del conocimiento, y que al ubicar a la negación como espacio de conocimiento y de representación, se generaría una nueva cartografía en la cual el sujeto otro, el subalterno, sea capaz de manejar su propia agencia, su propio reconocimiento, y en el que no sólo “responde a iniciativas que vienen de otro lugar a despecho de la tendencia de los paradigmas de verlo como un sujeto pasivo o “ausente” que puede ser movilizado sólo desde arriba; también actúa para producir efectos que son visibles, aunque no siempre dichos y comprendidos por los paradigmas hegemónicos” .
Lo importante de esta ubicación de la negación es el tratar de visualizar las actuaciones que dotan de conocimiento al espacio negado, al espacio construido de forma particular por el mismo Occidente como afirmación de su centralidad, y donde las construcciones teóricas han sostenido un centro que irradia procesos únicos, y una periferia que los recibe, pero al deconstruir estas narrativas se observan las profundas relaciones del Occidente y sus otros, ya no tan otros, sino que ambos se encuentran interrelacionados, contaminados y dependientes, necesitando de forma perentoria una nueva cartografía que dibuje de nuevo los mapas de las relaciones entre las culturas, las sociedades y sus representaciones.
De manera que –continuando con las afirmaciones de Coronil- “La incorporación de la negación en lo que la categoría afirma, es al mismo tiempo su superación. Así, en la medida en que “civilización” sirvió como una categoría que negó poder de conocimiento a la “barbarie”, la incorporación de la barbarie en los términos negados por la civilización es lo que permite trascenderla, no reivindicando su opuesto (la barbarie) sino reivindicando la fuerza de la frontera que crea la posibilidad de la barbarie de negarse a sí misma como barbarie-en-la otredad; de revelar la barbarie en-la-mismidad que la categoría de civilización ocultó; y de generar un nuevo espacio de reflexión que mantiene y trasciende el concepto moderno de la razón, enquistado en la ideología de las ciencias sociales en complicidad con los diseños de expansión colonial” .
Esto vendría a significar la proyección de una epistemología de frontera, en la que los proyectos de conocimiento inscritos a través de las formas del centro y de la periferia pierdan su sentido, pues los conocimientos y las reflexiones que se generan parten de forma simultanea desde diversos lugares de expansión occidental, y donde dicho proceso conformo un Occidente dependiente de otras culturas, las cuales fueron subsumidas a su desarrollo e historia.
La existencia de esta epistemología fronteriza concebida como posoccidentalismo vendría a revelar las limitaciones del yo y el otro, del centro y la periferia, del hegemónico y el subalterno, como categorías imposibles de sostener dentro de la fragmentación de las estructuras de poder y subalternización, pues al hacer emerger las negaciones de las categorías establecidas, se hace posible la rearticulación del conocimiento, por medio de la disolución de las categorías binarias instaladas en las teorías que pretenden cartografiar a los otros, pues las mismas separaciones del yo/otro, civilización/barbarie, hegemónico/subalterno han generado espacios porosos dentro de las construcciones teóricas que niegan realidades para afirmar otras realidades, y en las cuales se plantea –como escribe Coronil- un proceso complejo que incluye múltiples agentes, y que dicho proceso debe ser visto como un campo relacional, que supone la constitución contrapuntística de espacios dominantes y subalternos, en los cuales se genera una espacialidad que permite ver las diferencias de las afirmaciones y las negaciones que mantienen relaciones intrínsecas dentro de su enunciación como constructos teóricos de análisis y reflexión.
La complejidad de los lugares de enunciación, de los lugares sobrepuestos, evidencia una espacialidad dentro de los movimientos globales transnacionales, que accionan la recuperación de las localidades y de sus historias particulares –como admite Mignolo-, y que dicha recuperación es intrínseca a la discursividad contemporánea, que ha permitido la apertura de los diversos loci de enunciación, para disminuir “la idea de una dupla del Occidente y el resto del planeta (…) pues a la vez que se restituye la importancia del espacio se hace cada vez más difícil pensar en términos de historias universales” .
De esta forma se visualiza la subalternidad más que la otredad, ya que en tiempos globales, la otredad se encuentra inscrita dentro de zonas delimitadas y discretas, mientras que la subalternidad sobre pasa –como admite Mignolo- el marco de las clases sociales, de los territorios, y de las zonas concebidas por el occidentalismo como entidades estables.
De allí que, se planteen la imposibilidad de las conceptualizaciones totalizadoras, y que disminuya la idea de Occidente y el resto, y en esta dirección poder concebir una nueva cartografía que surja desde los cambios profundos de la contemporaneidad; en la que la globalización, las migraciones y otros movimientos en el ámbito mundial –como escribe Coronil- “han dado como resultado una serie de cambios, que han desarraigado las categorías establecidas y familiarizadas con el espacio, hacia nuevas localizaciones.
La transformación de estos espacios contenidos, ahora transformados en lugares fluidos, donde la historia no puede ser lineal, ni fácilmente anclada, ni fijada a territorios específicos. Ya que mientras la desterritorialización impone la reterritorialización como proceso que hace visible los espacios de construcciones sociales y sus espacios de entre medio, junto con los espacios que se fracturan en el bloqueo o la congelación de la historia(…) ha generado una espacialización del tiempo que ha servido para la localización de nuevos movimientos sociales y al mismo tiempo ha configurado nuevos objetivos de control imperial, expandiendo de nuevo la sujeción imperial sobre las políticas de contestación. El resultado de estas transformaciones en los imperios contemporáneos se expresa en nuevas confrontaciones con los sujetos subalternos dentro de la reconfiguración de los hábitats naturales, en todas direcciones, y donde el otro una vez mantenido en continentes distantes o confinado a vínculos de localización de hábitat cotidianos y naturales, simultáneamente se multiplican y se disuelven. Las identidades colectivas ahora son definidas por lugares fragmentarios que no pueden ser mapeados por las antiguas categorías” .
La argumentación dada por Coronil con respecto a las transformaciones que ha traído consigo la simultaneidad de la otredad, y la presencia de los sujetos subalternos en la contemporaneidad genera un giro crítico dentro de las categorías establecidas, y coloca su acento en la necesidad de crear nuevos mapas que atiendan una realidad denominada como poscolonial/posoccidental dentro y fuera de la América Latina. Los lugares fragmentarios y fluidos de la multiplicidad de las historias deben construir un pensamiento a partir de los intersticios, de una epistemología fronteriza, que pueda aceptar –como admite Mignolo- lo que, las categorías han dejado por fuera de la ley de una epistemología monotópica, que normaliza determinados espacios, como espacios de contención y de marginación.
Estas transformaciones se hacen evidentes en los discursos de las diásporas en los cuales como escribe Norma Alarcón se expresan lugares en los que hace una nueva cultura, una cultura mestiza, aprendida y aprehendida, en la que se manifiestan las interrelaciones de las culturas, su hibridez y la imposibilidad de separar las diferencias, en la conceptualización misma de América Latina dentro de la dialogicidad contemporánea, en la que debe manifestarse –como escribe Mignolo- un pensamiento que incluya la visión pluritópica de la recuperación y la reescritura de nuestras propias trayectorias, donde se evidencien las simbolizaciones y las fronteras que estas han construido, y en las cuales se crucen los ciclos imperiales, desde el relato de las Indias Occidentales hasta el de América Latina como objeto de estudio y –como escribe le mismo autor- se proyecte hacia un pensamiento posoccidental en donde las categorías geohistóricas no imperiales, encuentren su espacio de gestación en el cruce las historias imperiales con las categorías sexuales, las diásporas, los desarraigos, la nostalgia, el deseo y la elaboración de una epistemología fronteriza que va más allá del binarismo de Occidente, para abrir paso a la enunciación de un lugar de particular lectura en la superación del Occidente hegemónico dentro de su propia mismidad normativa.

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