Los hombres, el feminismo y las experiencias contradictorias del poder entre los hombres Michael Kaufman

En un mundo dominado por los hombres, el de éstos es, por definición, un mundo de poder. Ese poder es una parte estructurada de nuestras economías y sistemas de organización política y social; hace parte del núcleo de la religión, la familia, las expresiones lúdicas y la vida intelectual.

Individualmente mucho de lo que nosotros asociamos con la masculinidad gira sobre la capacidad del hombre para ejercer poder y control.

Sin embargo, la vida de los hombres habla de una realidad diferente. Aunque ellos tienen el poder y cosechan los privilegios que nuestro sexo otorga, este poder está viciado.[1]

Existe en la vida de los hombres una extraña combinación de poder y privilegios, dolor y carencia de poder. Por el hecho de ser hombres, gozan de poder social y de muchos privilegios, pero la manera como hemos armado ese mundo de poder causa dolor, aislamiento y alienación tanto a las mujeres como a los hombres.

Esto no significa equiparar el dolor de los hombres con las formas sistemáticas de opresión sobre las mujeres, solamente quiere decir que el poder de los hombres en el mundo –cuando estamos descansando en la casa o caminando por las calles, dedicados al trabajo o marchando a través de la historia– tiene su costo para nosotros. Esta combinación de poder y dolor es la historia secreta de la vida de los hombres, la experiencia  contradictoria del poder entre ellos.

La idea de estas experiencias contradictorias no simplemente sugiere que en la vida de los hombres se encuentran el dolor y el poder. Tal afirmación ocultaría el carácter central de su poder y las causas del dolor dentro de ese poder.

La clave, en realidad, es la relación entre los dos. Como sabemos, el poder social de los hombres es la fuente de su poder y privilegios individuales, pero como veremos, también es la fuente de su experiencia individual de dolor y alienación. Este dolor puede convertirse en un impulso para la reproducción individual –la aceptación, afirmación, celebración y propagación– del poder individual y colectivo de los hombres, pero además puede servir de impulso para el cambio.[2]

La existencia del dolor de los hombres no puede servir de excusa para actos de violencia u opresión a manos de éstos. Después de todo, el marco global para este análisis es el punto básico del feminismo –y aquí afirmo lo obvio–: que casi todos los seres humanos viven actualmente dentro de sistemas de poder patriarcal que privilegian a los hombres y estigmatizan, penalizan y oprimen a las mujeres.

Más bien, el reconocimiento [3] de tal dolor es un medio para poder entender mejor a los hombres y el carácter complejo de las formas dominantes de la masculinidad.

La toma de conciencia de las expresiones contradictorias del poder entre los hombres nos permite entender mejor las interacciones entre clase, orientación sexual, etnicidad, edad y otros factores en la vida de los hombres; por esto hablo de experiencias contradictorias de poder en forma plural. Nos permite entender mejor el proceso de adquisición del género para los hombres. Nos permite captar mejor lo que podríamos clasificar como el trabajo genérico de una sociedad.

La comprensión de las experiencias contradictorias del poder entre los hombres nos permite, cuando sea posible, acercarnos a ellos con compasión, aun cuando seamos críticos severos de acciones y creencias particulares y desafiemos las formas dominantes de la masculinidad. Tal comprensión puede ser vehículo para entender cómo algunos buenos seres humanos pueden hacer cosas horribles y cómo algunos tiernos niños pueden convertirse en horribles adultos. Nos puede ayudar a entender la forma de llegar a la mayoría de los hombres con un mensaje de cambio. Es, en pocas palabras, la base para que los hombres acepten el feminismo.

Este artículo desarrolla el concepto de las experiencias contradictorias del poder entre los hombres dentro de un análisis del poder de género, del proceso social-psicológico de desarrollo del género y de la relación entre poder, alienación y opresión. Aborda el surgimiento de una posición profeminista entre los hombres, buscando explicar el fenómeno dentro de un análisis de experiencias contradictorias del poder entre ellos. Concluye con algunas ideas sobre las implicaciones de este análisis para el desarrollo de prácticas contrahegemónicas por parte de hombres profeministas, que puedan tener un atractivo masivo y un amplio impacto social.

I. Experiencias contradictorias del poder entre los hombres

Género y poder

La teorización en torno a las experiencias contradictorias del poder entre los hombres comienza con dos distinciones.

La primera es la bien conocida, pero demasiadas veces ignorada distinción entre sexo biológico y género socialmente construido. La segunda, que se deriva de la primera, es el hecho de que no existe una sola masculinidad, aunque haya formas hegemónicas y subordinadas de ésta. Tales formas se basan en el poder social de los hombres, pero son asumidas de manera compleja por hombres individuales que también desarrollan relaciones armoniosas y no armoniosas con otras masculinidades.

La importancia entre la distinción entre sexo y género en este contexto es una herramienta conceptual básica que sugiere cómo partes integrales de nuestra identidad, comportamiento, actividades y creencias individuales pueden ser un producto social que varía de un grupo a otro, a menudo en contradicción con otras necesidades y posibilidades humanas. Nuestro sexo biológico –ese pequeño conjunto de diferencias absolutas entre todos los machos y hembras– no prescribe una personalidad fija y estática. La distinción sexo/género[4] sugiere que existen características, necesidades y posibilidades dentro del potencial humano que están consciente e inconscientemente suprimidas, reprimidas y canalizadas en el proceso de producir hombres y mujeres. Es de estos productos, lo masculino y lo femenino, el hombre y la mujer, de lo que trata el género.[5]

El género es la categoría organizadora central de nuestra psique, el eje alrededor del cual organizamos nuestra personalidad; además, a partir de él se desarrolla un ego distintivo. Es tan imposible separar a Michael Kaufman-ser humano de Michael Kaufman-hombre, como hablar de las actividades de la ballena sin referirse al hecho de que ésta pasa toda la vida en el agua.

Los discursos sobre el género han tenido dificultades para liberarse de la noción, fácil pero limitada, de roles sexuales. Sin duda los roles, expectativas e ideas acerca del comportamiento [6] apropiado sí existen, pero la esencia del concepto de género no está en la prescripción de algunos roles y la proscripción de otros; después de todo, la gama de posibilidades es amplia y cambiante y, además, rara vez son adoptados sin conflicto. Al contrario, lo clave del concepto de género radica en que éste describe las verdaderas relaciones de poder entre hombres y mujeres y la interiorización de tales relaciones.

Las experiencias contradictorias de poder entre los hombres se dan en el campo del género, lo que sugiere que en cierto sentido la experiencia de género es conflictiva. Sólo una parte del conflicto se da entre las definiciones sociales de masculinidad y las posibilidades abiertas a nosotros dentro de nuestro sexo biológico. También hay conflicto debido a la imposición cultural de lo que Bob Connell llama formas hegemónicas de masculinidad.[7]

Mientras que para la mayoría de los hombres es simplemente imposible cumplir los requisitos de los ideales dominantes de la masculinidad, éstos mantienen una poderosa y a menudo inconsciente presencia en nuestras vidas.

Tienen poder porque describen y encarnan verdaderas relaciones de poder entre hombres y mujeres, y de los hombres entre sí: el patriarcado existe no sólo como un sistema de poder de los hombres sobre las mujeres, sino de jerarquías de poder entre distintos grupos de hombres y también entre diferentes masculinidades.

Los ideales dominantes varían marcadamente de una sociedad a otra, de una época a otra y, hoy en día, de década en década. Cada subgrupo, con base en la raza, la clase, la orientación sexual, etc., define el ser hombre acorde con las posibilidades económicas y sociales del grupo en cuestión. Por ejemplo, parte del ideal de masculinidad entre hombres blancos norteamericanos de clase obrera enfatiza la destreza y habilidad físicas para manipular el medio ambiente, mientras parte del ideal de sus homólogos de clase media alta enfatiza las habilidades verbales y la habilidad para manipular el ambiente por medios económicos, sociales y políticos.

Cada imagen dominante lleva una relación con las posibilidades reales en la vida de estos hombres y las herramientas que tienen a su disposición para el ejercicio de alguna forma de poder.[8]

Poder y masculinidad

Poder, en efecto, es el término clave a la hora de referirse a masculinidad hegemónica. Como he argumentado detenidamente en otra parte, el rasgo común de las formas dominantes[9] de la masculinidad contemporánea es que se equipara el hecho de ser hombre con tener algún tipo de poder.

Existen, por supuesto, distintas maneras de conceptualizar y describir el poder. El filósofo político C.B. Macpherson señala las tradiciones liberales y radicales de los últimos dos siglos, y nos dice que una de las maneras como hemos llegado a concebir el poder humano, es en función del potencial para usar y desarrollar nuestras capacidades humanas. Este punto de vista se basa en la idea de que somos hacedores y creadores, capaces de utilizar el entendimiento racional, el juicio moral, la creatividad y las relaciones emocionales.[10]

Tenemos el poder de satisfacer nuestras necesidades, de luchar contra las injusticias y la opresión, el poder de los músculos y el cerebro, y de amar.

Todos los hombres, en mayor o menor grado, experimentan estos significados del poder.

El poder, obviamente, tiene otra manifestación, más negativa. Los hombres hemos llegado a verlo como una posibilidad de imponer el control sobre otros y sobre nuestras indómitas emociones. Significa controlar los recursos materiales a nuestro alrededor. Esta forma de entender el poder se funde con el que describe Macpherson, porque parece que en sociedades basadas en jerarquías y desigualdades, no todo el pueblo cuenta con la posibilidad de desarrollar sus capacidades en igual medida. Uno tiene poder si puede tomar ventaja de las diferencias existentes , entre la gente. Siento que puedo tener poder sólo si puedo acceder a mayores recursos que usted. El poder es visto como poder sobre algo o sobre alguien más.

Pese a que todos experimentamos el poder de diversas formas, algunas que celebran la vida y la diversidad, y otras que giran sobre el control y la dominación, los dos tipos de experiencias no son iguales a los ojos de los hombres, siendo la última la concepción dominante del poder en nuestro mundo.

La equiparación de poder con dominación y control es una definición que ha surgido a través del tiempo, en sociedades en las cuales algunas divisiones son fundamentales para organizar nuestras vidas: una clase tiene el control sobre los recursos económicos y políticos, los adultos tienen el control sobre los niños, los hombres tratan de controlar la naturaleza, los hombres dominan a las mujeres, y en muchos países un grupo étnico, racial, religioso o de determinada orientación sexual tiene el control sobre los demás. Existe sin embargo un factor común a estas sociedades: todas son dominadas por hombres. La equiparación de la masculinidad con el poder es un concepto que ha evolucionado a través de los siglos, y ha conformado y ha justificado a su vez la dominación de los hombres sobre las mujeres en la vida real y su mayor valoración sobre éstas.

Los hombres como individuos interiorizan estas concepciones en el proceso de desarrollo de sus personalidades ya que, nacidos en este contexto, aprendemos a experimentar nuestro poder como la capacidad de ejercer el control. Los hombres aprenden a aceptar y a ejercer el poder de esta manera porque les otorga privilegios y ventajas que ni los niños ni las mujeres disfrutan en general. La fuente de tal poder está en la sociedad que nos rodea, pero aprendemos a ejercerlo como propio. Este es un discurso de poder social, pero el poder colectivo de los hombres no sólo radica en instituciones y estructuras abstractas sino también en las formas de interiorizar, individualizar, encarnar y reproducir estas instituciones, estructuras y conceptualizaciones del poder masculino.

El trabajo de género (No sé si es la mejor traducción, es la que pusieron en Colombia)

La forma como se interioriza el poder es la base para una relación contradictoria con éste.[11] El corpus de trabajo más importante que estudia este proceso es, paradójicamente, el de uno de los patriarcas intelectuales más famosos del siglo XX, Sigmund Freud. No importa cuán insuficientes hayan sido sus creencias sexistas y confusas ideas acerca de la sexualidad femenina, este autor identificó los procesos psicológicos y las estructuras por medio de las cuales se construye el concepto de género. Los trabajos de Nancy Chodorow, Dorothy Dinnerstein y Jessica Benjamin y, en un sentido diferente, los escritos psicoanalíticos de Gad Horowitz, hacen un aporte importante a la comprensión de los procesos por medio de los cuales el género se adquiere individualmente.[12]

El desarrollo individual de una personalidad masculina normal es un proceso social dentro de las relaciones familiares patriarcales.[13] La posibilidad de construir el género radica en dos realidades biológicas: la maleabilidad de los impulsos humanos y el largo período de dependencia infantil. Sobre esta estructura biológica puede operar un proceso social por cuanto este período de dependencia es vivido en sociedad. Dentro de diversas formas de familia, cada sociedad provee un escenario en el cual el amor y el anhelo, el apoyo y la desilusión permiten el desarrollo de una psique genérica. La familia da un sello personalizado a las categorías, valores, ideales y creencias de una sociedad en donde el sexo es un aspecto fundamental de autodefinición y vida.

La familia toma los ideales abstractos y los convierte en la sustancia del amor y el odio. En la medida en que la feminidad es representada por la madre (o por figuras maternas) y la masculinidad por el padre (o figuras paternas), tanto en la familia nuclear como en la familia extensa, los conceptos se encarnan. Ya no hablamos de patriarcado y sexismo o de masculinidad y feminidad, como categorías abstractas. Me estoy refiriendo a su madre y su padre, a sus hermanas y hermanos, a su hogar, sus parientes y su familia.[14]

A la edad de cinco o seis años, antes de que tengamos muchos conocimientos conscientes acerca del mundo, los elementos para la construcción de nuestra personalidad genérica están firmemente anclados. Sobre esta estructura construimos al adulto mientras aprendemos a sobrevivir y, con suerte, a prosperar dentro de un conjunto de realidades patriarcales que incluye la escuela, los establecimientos religiosos, los medios masivos y el mundo laboral.

La interiorización de las relaciones de género es un elemento en la construcción de nuestras personalidades, es decir, la elaboración individual del género, y nuestros propios comportamientos contribuyen a fortalecer y a adaptar las instituciones y estructuras sociales de tal manera que, consciente o inconscientemente, ayudamos a preservar los sistemas patriarcales. Este proceso, considerado en su totalidad, constituye lo que yo llamo el “trabajo de género” de una sociedad. En virtud de las múltiples identidades de los individuos y de las formas complejas en que todos encarnamos tanto el poder como su carencia –como resultado de la interacción entre nuestro sexo, raza, clase, orientación sexual, etnicidad, religión, capacidades intelectuales y físicas, y la simple suerte–, el trabajo de género no es un proceso lineal. Pese a que los ideales de género existen como masculinidades y feminidades hegemónicas, y a que el poder de género es una realidad social, cuando vivimos en sociedades heterogéneas luchamos con presiones, exigencias y posibilidades que están frecuentemente en conflicto.

La noción de trabajo de género sugiere que existe un proceso activo que crea y recrea el género, que este proceso puede ser permanente, con tareas particulares en momentos particulares de nuestras vidas y que nos permite responder a relaciones cambiantes de poder de género. Igualmente, sugiere que el género no es algo estático en lo cual nos convertimos, sino una forma de interacción permanente con las estructuras del mundo que nos rodea.

Mi masculinidad es un nexo, un eslabón (pegamento?) que me une al mundo patriarcal, hace que ese mundo sea el mío y que sea más o menos cómodo para habitarlo. Mediante la incorporación de una forma dominante de masculinidad específica de mi clase, raza, nacionalidad, época, orientación sexual y religión, he logrado beneficios reales y un sentido individual de mi propio valor. Desde el momento en que aprendí, inconscientemente, que no sólo había dos sexos, sino también un significado social atribuido a ellos, el sentido de mi propio valor empezó a medirse con la vara del género.

Como varón joven pude disfrutar de una dosis de fantasía que amortiguara la falta de poder que existe en la temprana niñez, porque inconscientemente comprendí que yo pertenecía a esa mitad de la humanidad con poder social. Mi capacidad, no sólo de asumir los roles sino también de aferrarme a este poder –aun si, al principio, existía únicamente en mi imaginación–, fue parte del desarrollo de mi individualidad.

El precio

En términos más concretos, la adquisición de la masculinidad hegemónica (y la mayor parte de las subordinadas) es un proceso a través del cual los hombres llegan a suprimir toda una gama de emociones, necesidades y posibilidades, tales como el placer de cuidar de otros, la receptividad, la empatía y la compasión, experimentadas como inconsistentes con el poder masculino. Tales emociones y necesidades no desaparecen; simplemente se frenan o no se les permite desempeñar un papel pleno en nuestras vidas, lo cual sería saludable tanto para nosotros como para los que nos rodean.

Eliminamos estas emociones porque podrían restringir nuestra capacidad y deseo de autocontrol o de dominio sobre los seres humanos que nos rodean y de quienes dependemos en el amor y la amistad. Las suprimimos porque llegan a estar asociadas con la feminidad que hemos rechazado en nuestra búsqueda de masculinidad.

Los hombres hacemos muchas cosas para tener el tipo de poder que asociamos con la masculinidad: tenemos que lograr un buen desempeño y conservar el control. Tenemos que vencer, estar encima de las cosas y dar las órdenes.

Tenemos que mantener una coraza dura, proveer y lograr objetivos. Mientras tanto, aprendemos a eliminar nuestros sentimientos, a esconder nuestras emociones y a suprimir nuestras necesidades.

Sea como fuere, el poder que puede asociarse con la masculinidad dominante también puede convertirse en fuente de enorme dolor. Puesto que sus símbolos constituyen, por último, ilusiones infantiles de omnipotencia, son imposibles de lograr. Dejando las apariencias a un lado, ningún hombre es capaz de alcanzar tales ideales y símbolos. Por una parte, todos seguimos experimentando una gama de necesidades y sentimientos considerados inconsistentes con el concepto de masculinidad, los cuales se convierten en fuente de enorme temor.

En nuestra sociedad, este temor se experimenta como homofobia o, para expresarlo de otra manera, la homofobia es el vehículo que simultáneamente transmite y apacigua ese temor.

Este temor y este dolor tienen dimensiones intelectuales, emocionales, viscerales –aunque ninguna es necesariamente consciente–, y cuanto más nos sintamos presos del temor, más necesitamos ejercer el poder que nos otorgamos como hombres. En otras palabras, los hombres también ejercemos poder patriarcal, no sólo porque cosechamos beneficios tangibles de él sino porque hacerlo es una respuesta frente al temor y las heridas que hemos experimentado en la búsqueda del poder. Paradójicamente, los hombres sufrimos heridas debido a la manera como hemos aprendido a encarnar y ejercer nuestro poder.

El dolor de un hombre puede estar profundamente enterrado, ser apenas un susurro en su corazón o brotar por todos sus poros. Así mismo, puede ser evanescente rastro de algo que ocurrió o de actitudes y necesidades adquiridas hace 20, 30 ó 60 años. Como quiera que sea, el dolor inspira temor porque significa no ser hombre, lo cual quiere decir, en una sociedad que confunde el sexo con el género, no ser macho. Esto significa perder el poder y ver desmoronarse los elementos básicos de nuestra personalidad. Este temor tiene que ser reprimido porque es, en sí mismo, inconsistente con la masculinidad dominante.

Cualquier mujer que conozca a los hombres puede decirnos que lo extraño del intento de éstos por suprimir sus emociones es que conduce a una mayor dependencia. Al perder el hilo de una amplia gama de necesidades y capacidades humanas, y al reprimir nuestra necesidad de cuidar y nutrir, los hombres perdemos el sentido común emotivo y la capacidad de cuidarnos. Las emociones y necesidades no confrontadas, no conocidas y no esperadas no desaparecen sino que se manifiestan en nuestras vidas, en el trabajo, en la carretera, en un bar o en el hogar. Los mismos sentimientos y emociones que hemos tratado de suprimir ganan un extraño poder sobre nosotros.

No importa cuán serenos y controlados parezcamos, ellos nos dominan. Pienso en el hombre que sufre la sensación de carencia de poder y golpea a su mujer en un ataque de rabia incontrolable. Entro a un bar y veo a dos hombres abrazándose en una borrachera, incapaces de expresar su mutuo afecto excepto cuando están ebrios. Leo acerca de adolescentes que salen a golpear a los homosexuales y de hombres que convierten su sentido de impotencia en una furia contra los negros, los judíos o cualquier otro grupo que les sirva de cómodo chivo expiatorio.

Por otra parte, los hombres podrían dirigir su dolor escondido contra sí mismos en forma de autoodio, autodesprecio, enfermedad física, inseguridad o adicción. A veces este fenómeno está relacionado con el primero. Las entrevistas con violadores y con hombres que han golpeado a mujeres muestran no sólo desprecio hacia ellas, sino frecuentemente un odio y un desprecio mucho más profundos hacia sí mismos. Es como si, incapaces de soportarse, atacaran a otros posiblemente para infligir sentimientos similares a quienes han sido definidos como un blanco socialmente aceptable, para experimentar una sensación momentánea de poder y control.[15]

Podemos pensar que el dolor de los hombres tiene un aspecto más dinámico. Podemos desplazarlo o volverlo invisible, pero con ello lo hacemos aún más intenso. Esta forma de opacar el sentido del dolor es otra manera de decirles a los hombres que deben aprender a llevar puesta una armadura, es decir, que debemos mantener una barrera emocional frente a los que nos rodean para poder seguir luchando y ganando. Las barreras impenetrables del ego discutidas en el psicoanálisis feminista simultáneamente protegen a los hombres y los mantiene presos de su propia creación.

Poder, alienación y opresión

El dolor de los hombres y la manera como ejercemos el poder no sólo son síntomas de nuestro orden de género actual. Juntos forman nuestro sentido de ser hombres, porque la masculinidad se ha convertido en una especie de alienación. La alienación de los hombres es la ignorancia de nuestras emociones, sentimientos, necesidades y de nuestro potencial para relacionarnos con el ser humano y cuidarlo.

Esta alienación también resulta de nuestra distancia con las mujeres y de nuestra distancia y aislamiento con otros hombres. En su libro The Gender of Oppresion, Jeff Hearn sugiere que lo que concebimos como masculinidad es el resultado de la forma como se combinan nuestro poder y nuestra alienación: “Nuestra alienación aumenta la solitaria búsqueda del poder y enfatiza nuestra convicción de que el poder requiere la capacidad de ser distante”.[16]

La alienación de los hombres y su distancia frente a las mujeres y a otros hombres asume formas extrañas y bastante conflictivas. Robert Bly y los que hacen parte del movimiento mítico-poético de los hombres han utilizado muchas veces el tema de la pérdida del padre y de la distancia de muchos hombres con respecto a sus propios padres, al menos en las culturas dominantes norteamericanas.

En parte tienen razón, porque su punto de vista simplemente reafirma los resultados de importantes trabajos realizados durante las últimas décadas sobre los padres y la actividad de ser padre. La discusión de estos puntos, sin embargo, carece de la riqueza [17] y profundidad del psicoanálisis feminista, el cual sostiene, como punto central, que la ausencia de los hombres en la mayor parte de las tareas de alimentación y crianza de los hijos significa que el concepto de masculinidad interiorizado por los niños se basa en la distancia, la separación y en una imagen de fantasía sobre el hecho de ser hombre, opuesta al sentido de unidad y fusión típico de las primeras relaciones entre madre e hijo.

La distancia con respecto a otros hombres se acentúa, al menos en muchas culturas heterosexuales, masculinas, por la distancia emocional establecida por otros machos que empieza a desarrollarse durante la adolescencia. Los hombres pueden tener pandillas, compinches, compañeros y amigos, pero rara vez alcanzan la confianza total y la intimidad disfrutadas por muchas mujeres. Nuestras experiencias de amistad son limitadas debido a la reducida empatía que se convierte en norma masculina.[18] Como resultado, tenemos la siguiente paradoja: los hombres más heterosexuales (e incluso muchos gays) en la cultura dominante norteamericana están aislados de los otros hombres.

En efecto, muchos de los sitios de reunión –clubes, eventos deportivos, juego de cartas, locker rooms, sitios de trabajo, gremios laborales, jerarquías profesionales y religiosas– son un medio para proporcionar un sentido de seguridad a los hombres aislados que necesitan encontrarse a sí mismos, hallar un terreno común con otros hombres y ejercer colectivamente su poder.

Tal aislamiento significa que cada hombre puede [19] permanecer sordo a su propio diálogo de dudas acerca del problema de obtener las credenciales de masculinidad: dudas sobre sí mismo, conscientemente experimentadas por casi todos los machos en la adolescencia y luego, consciente o inconscientemente, por los adultos. En un sentido paradójico, este aislamiento es la clave para conservar el patriarcado: en mayor o menor grado incrementa la posibilidad de que todos los hombres terminen en colusión con éste –en todos sus diversos mitos y realidades–, puesto que sus propias dudas y sentido de confusión quedan enterrados.

Los hombres, incluso la mayoría de los más machos, no solamente mantienen su distancia frente a los otros hombres sino también ante las mujeres. Una vez más, una importante percepción del psicoanálisis feminista nos da la clave: la separación del niño de la madre o figura materna significa levantar barreras más o menos infranqueables del ego y afirmar la distinción, diferencia y oposición ante aquellas cosas identificadas con las mujeres y la feminidad. Los varones jóvenes reprimen características y posibilidades consciente o inconscientemente asociadas con la madre/la mujer/lo femenino. Así que Bly y los teóricos mítico-poéticos están totalmente equivocados cuando sugieren que el problema central del hombre contemporáneo (y con esto parecen querer referirse al típico hombre norteamericano blanco, de clase media urbana, de joven a mediana edad) es que se ha feminizado. El problema es que los rasgos y las potencialidades asociados con las mujeres han sido reprimidos y suprimidos totalmente.[20]

Estos factores sugieren la complejidad de la identidad, la formación y las relaciones de género. Parece que necesitamos métodos de análisis que den cabida a las relaciones contradictorias entre los individuos y las estructuras de poder de las cuales se benefician.

Resulta extraña la situación cuando el poder y el privilegio reales de los hombres en el mundo dependen no sólo de este poder, sino también de la alienación y la impotencia, originadas en las experiencias de la infancia, pero reforzadas de distinta manera durante la adolescencia y la adultez. Estas experiencias (sumadas a los beneficios obvios y tangibles) se convierten en el impulso, a nivel individual, para recrear y celebrar las formas y estructuras por medio de las cuales los hombres ejercen el poder.

Sin embargo, no existe una masculinidad única, ni una experiencia única de ser hombre. La experiencia de distintos hombres, su poder y privilegio real en el mundo, se basa en una variedad de posiciones y relaciones sociales. El poder social de un blanco pobre es diferente del de uno rico, el de un negro de clase obrera del de un blanco de la misma clase, el de un homosexual del de un bisexual o un heterosexual, el de un judío en Etiopía del de un judío en Israel, el de un adolescente del de un adulto. Los hombres generalmente tienen privilegios y poder relativo sobre las mujeres en el mismo grupo, pero en la sociedad en conjunto las cosas no siempre son tan claras.

Los nuevos discursos sobre la relación entre la opresión basada en el género, la raza, la clase social y la orientación sexual son tan sólo un reflejo de la complejidad del problema. Estas discusiones son cruciales para el desarrollo de una nueva generación de análisis y praxis feministas.

Lamentablemente, hoy en día se tiende a sumar categorías de opresión como si fueran unidades separadas y, en ocasiones, estas sumas son utilizadas incluso para decidir quién, supuestamente, es el más oprimido. El problema puede volverse absurdo por dos razones: una es la imposibilidad de cuantificar las experiencias de la opresión; la otra, que las fuentes de ésta no llegan en unidades aisladas. Después de todo, pensemos en un hombre de clase obrera, homosexual, negro y desempleado. Podríamos afirmar que es explotado económicamente por el empleador y controlado por supervisores como miembro de la clase obrera, aunque disfruta de ciertos privilegios en comparación con las mujeres; que es oprimido y estigmatizado como homosexual, oprimido y víctima del racismo porque es negro, terriblemente sufrido porque está sin trabajo (con mayor probabilidad que una mujer negra); que se siente disminuido y que se fortalece con imágenes dominantes de una masculinidad hipersexual, pero no vamos a decir: “¡Ah, está oprimido como hombre!”.

Por supuesto que no está oprimido como hombre, pero temo que la distinción es bastante académica porque ninguna de las cualidades utilizadas para describirlo puede separarse por completo de las demás. Al fin y al cabo, su sentido particular de ser hombre, es decir, su masculinidad, es en parte el producto de los otros factores mencionados. La palabra hombre sirve tanto para calificar a negro, de clase obrera, desempleado y gay, como éstas para calificar a la palabra hombre.

Nuestras vidas, nuestras mentes, nuestros cuerpos simplemente no están divididos de manera que podamos aislar las distintas categorías de nuestra existencia. Las experiencias y la autodefinición de este hombre, así como su ubicación dentro de las jerarquías del poder, están codeterminadas por una multitud de factores.

Además, puesto que las distintas masculinidades denotan relaciones de poder entre los hombres, y no sólo desde el punto de vista de hombres contra mujeres, un hombre que tiene poco poder social, en la sociedad dominante, cuya masculinidad no es de la variedad hegemónica, que es víctima de una tremenda opresión social, podría también manejar enorme poder en su propio medio y vecindario frente a las mujeres de su misma clase o grupo social, o frente a otros hombres, como en el caso del pendenciero en el colegio o el miembro de una pandilla urbana, quien seguramente no tiene poder estructural en la sociedad.

Todo nuestro lenguaje para hablar de la opresión requiere una reforma porque está basado en oposiciones binarias simplistas, en ecuaciones reduccionistas entre identidad y ubicación sexual, y en nociones unidimensionales del yo.

Lo que importa aquí no es negar que los hombres, como grupo, tengan el poder social, sino más bien afirmar que existen distintas formas de poder estructural y de carencia de poder entre los hombres. De igual manera, es importante reconocer, como hemos visto anteriormente, que no existe una relación lineal entre un sistema estructurado de desigualdades de poder, los beneficios supuestos y reales de éste, y la propia experiencia en cuanto a estas relaciones.

II. Los hombres y el feminismo

El análisis de las experiencias contradictorias del poder entre los hombres nos brinda una percepción muy útil de la relación potencial de éstos con el feminismo. El lado del poder en la ecuación no es nada nuevo y, en efecto, el poder y los privilegios de los hombres constituyen una buena razón para que, individual y colectivamente, se opongan al feminismo.

Sin embargo, sabemos que un creciente número de hombres se han convertido en simpatizantes del feminismo (en cuanto al contenido, aunque no siempre en cuanto al nombre), y se han acogido a la teoría y a la acción feminista (aunque, de nuevo, más en función de teoría que de acción). Hay diferentes razones para esta aceptación del feminismo.

Podría ser por indignación ante la desigualdad; podría resultar de la influencia de un colega, un familiar o una amistad; podría deberse a su sentido de la injusticia sufrida a manos de otros hombres; podría ser por un sentido de opresión compartida, por ejemplo a causa de su orientación sexual; podría ser por su sentido de culpabilidad por los privilegios que disfruta como hombre; podría ser por horror ante la violencia de los hombres o bien por simple decencia.

Mientras que la mayoría de los hombres en Norteamérica aún no se declaran abiertamente partidarios del feminismo, un número considerable de ellos en el Canadá y un porcentaje razonable en los Estados Unidos simpatizarían con

muchos de los problemas planteados por este movimiento. Como sabemos, esto no siempre se traduce en cambios del comportamiento, pero las ideas están cambiando cada vez más y, en algunos casos, el comportamiento se pone a la altura de las ideas.

¿Cómo puede explicarse el creciente número de hombres que apoyan el feminismo y la liberación de las mujeres (para usar un término que se abandonó demasiado rápido antes de finalizar la década de los años sesenta)? Con la excepción del caso del marginado o el iconoclasta, la historia ofrece pocos ejemplos en los que miembros de un grupo dominante hayan apoyado la liberación de sus dominados, y de cuya subordinación se han beneficiado.

Una posible explicación es que la ola feminista actual –con todas sus debilidades y la reacción que pueda existir en su contra– ha tenido un impacto masivo durante las últimas dos décadas y media. Gran número de hombres, al igual que muchas mujeres que han apoyado el statu quo, se han dado cuenta de que la marea ha cambiado y, gústeles o no, el mundo está cambiando. La rebelión de las mujeres contra el patriarcado lleva implícita la promesa de acabar con él; aunque éste, en sus diversas formas sociales y económicas, todavía tiene mucha capacidad de resistir, muchas de sus estructuras sociales, políticas, económicas y emocionales se están volviendo inoperantes. Algunos hombres reaccionan con acciones de retaguardia, mientras que otros pisan, temerosa o decididamente, en dirección al cambio.

Esta explicación del apoyo al cambio es sólo una parte del escenario. Las experiencias contradictorias del poder entre los hombres sugieren que hay una base para la aceptación del feminismo por parte de éstos que va más allá de una simple disposición a dejarse llevar por la marea.

El auge del feminismo ha alterado el balance entre el poder y el dolor de los hombres. En sociedades y épocas en que el poder social masculino fue muy poco cuestionado, éste superaba tanto al dolor que prácticamente lo disimulaba en su totalidad. Cuando uno manda en el gallinero, da todas las órdenes y se encuentra más cerca de Dios, no queda mucho campo para el dolor, al menos para el tipo de dolor que parece estar ligado a las prácticas de la masculinidad. Pero con el surgimiento del feminismo moderno, la balanza entre el poder de los hombres y el de las mujeres ha estado sufriendo un rápido cambio. Esto es particularmente cierto en las culturas en donde la definición del poder de los hombres ya dejó de hacerse partiendo de un control rígido sobre el hogar y de un fuerte monopolio en el dominio laboral.[21]

En la medida en que se desafía el poder de los hombres, aquellas cosas que llegan como compensación, como premio o como distracción de por vida frente a cualquier dolor potencial quedan progresivamente reducidas o, al menos, puestas en tela de juicio. Al mismo tiempo que la opresión de las mujeres se problematiza, muchas formas de esta opresión se convierten en problemas para los hombres. Las experiencias individuales de dolor e inquietud generadas entre los hombres y relacionadas con el problema de género se manifiestan cada vez más y han comenzado a lograr una audiencia y una expresión sociales en formas sumamente diversas, incluyendo distintas vertientes del movimiento de los hombres –desde grupos reaccionarios, antifeministas, hasta movimientos mítico-poéticos del tipo Bly u organizaciones masculinas partidarias del feminismo.

En otras palabras, si la categoría del género trata del poder, entonces, en la medida en que las relaciones reales de poder entre hombres y mujeres, y entre distintos grupos de hombres (como, por ejemplo, entre heterosexuales y homosexuales, entre blancos y negros) comienzan a cambiar, nuestras experiencias y nuestras definiciones de género también deben hacerlo. El proceso del trabajo de género es constante y necesariamente incluye reformulaciones y transformaciones.

Apoyo creciente y peligros en el camino

La acogida del feminismo por parte de los hombres no es, sorprendentemente, algo nuevo. Tal como argumenta Michael Kimmel en su reveladora introducción a Against the Tide: Pro-Feminist Men in the United States, 1776- 1990. A Documentary History, los hombres partidarios del feminismo han representado una corriente minoritaria pero constante en el escenario sociopolítico de Estados Unidos durante dos siglos.[22]

Lo que diferencia a la situación actual es que el apoyo masculino a este movimiento (o por lo menos la aceptación de ciertas críticas y de la acción política feministas) está alcanzando grandes dimensiones. Algunas ideas descartadas casi unánimemente por los hombres (y, de hecho, por muchas mujeres) hace tan sólo 25 años, tienen hoy una amplia legitimidad.

Cuando yo dirijo talleres en escuelas de enseñanza media, planteles de educación superior y lugares de trabajo, los hombres –aun aquellos que se manifiestan molestos por el cambio en las relaciones de género o porque se sienten despreciados o rebajados– entregan una lista de las formas de poder y privilegios con los cuales ellos todavía están de acuerdo y que las mujeres ya rechazan, sugiriendo sin presiones que ellas tienen razón en preocuparse de tales desigualdades. Por supuesto que todavía hay individuos que mantienen una posición fuertemente pro-patriarcal y la mayor parte de las entidades siguen siendo dominadas por los hombres. Pero los cambios se ven.

Los programas de acción afirmativa tienen una gran difusión, y muchas instituciones sociales controladas por los hombres –en la educación, las artes, las profesiones, la política y la religión– están sufriendo un proceso de integración sexual, aun cuando esto generalmente requiere no sólo presión constante sino que las mujeres se adapten a culturas masculinas del trabajo. En varios países el porcentaje de los hombres que están a favor del derecho al aborto es igual o mayor que el número de mujeres que lo apoyan. Gobiernos dominados por hombres han aceptado la necesidad de adoptar leyes que han sido parte de la agenda feminista.

(Por ejemplo en el Canadá, en 1992, el Gobierno del Partido Conservador reformuló por completo la ley sobre violaciones, después de un proceso de consulta popular con grupos de mujeres. La nueva ley reglamentó que toda relación sexual tiene que ser explícitamente consensual, es decir, que no significa no, y que se requiere un sí, formulado y dado clara y libremente, para que constituya un sí. De nuevo, pensando en el Canadá, está el ejemplo de la manera como las organizaciones feministas insistieron en tener presencia –y fueron aceptadas como partícipes principales– en la mesa de negociaciones durante la ronda de discusiones sobre la nueva Constitución en 1991 y 1992.) Todos estos cambios fueron el resultado del arduo trabajo y del impacto del movimiento de mujeres; este impacto sobre instituciones controladas por los hombres demuestra la creciente aceptación por parte de ellos, de por lo menos algunos de los términos del feminismo, no importa si tal aceptación es o no reconocida.

Para los hombres y las mujeres interesados en el cambio social y en acelerar el tipo de cambio descrito anteriormente, subsisten algunos problemas serios: mientras existe una creciente simpatía masculina por la causa de la igualdad de derechos para las mujeres, y en tanto que algunas instituciones han sido obligadas a adoptar medidas que promueven esta igualdad, persiste una brecha entre las ideas aceptadas por los hombres y su comportamiento.

Y mientras muchos pueden, de manera reacia o entusiasta, apoyar esfuerzos para el cambio, el profeminismo entre ellos aún no ha logrado formas organizacionales masivas en la mayor parte de los casos. Esto nos lleva a considerar las implicaciones del análisis de este artículo con respecto al problema de la organización profeminista de los hombres.

Hay algunos aspectos positivos potencialmente progresistas en este enfoque, además del trabajo de miles de individuos que participan en grupos de hombres dentro de este marco. Uno, el más simple pero significativo, es el reconocimiento del dolor de los hombres; otro, su participación en los grupos de hombres y la toma de decisión por parte de éstos (generalmente, mas no siempre, hombres prototípicos) de romper su aislamiento frente a los otros hombres y de buscar caminos colectivos de cambio.

Gracias al creciente impacto del feminismo moderno, durante las últimas décadas ha surgido lo que, a falta de un término mejor, se ha conocido como el movimiento de los hombres. En este movimiento han existido dos corrientes principales. Una es el movimiento mítico-poético de los hombres, el cual, pese [23] a que llegó a ser importante en la última parte de los años ochenta (en particular con el éxito del libro Iron John, de Robert Bly), es en realidad la última expresión de una tendencia surgida antes de la década de los setenta, que hace énfasis en el dolor y en el costo de ser hombre, o una política que tiene más de cien años y que intentó crear espacios masculinos como antídoto contra la supuesta feminización de los hombres.[24]

Por otra parte, como Michael Kimmel y yo argumentamos detenidamente en otro documento (Kimmel y Kaufman, op cit.), el marco teórico de este movimiento ignora virtualmente el poder social e individual de los hombres (y su relación con el dolor), ignora lo que hemos llamado la herida madre (de acuerdo con los aportes del psicoanálisis feminista) y, de la forma más cruda, intenta apropiarse de una mezcla de culturas indígenas, al tiempo que distrae a los hombres de las prácticas sociales (y posiblemente las individuales) que desafiarán el patriarcado. Mis agradecimientos a Michael Kimmel por la formulación de las políticas masculinistas, creando un nuevo espacio homosocial.

La otra tendencia, menos numerosa, es el movimiento de hombres a favor de la causa feminista (dentro del cual cuento mis propias actividades), que ha enfocado en las expresiones individuales del poder y de los privilegios de los hombres, incluyendo los problemas de la violencia masculina.

Desafortunadamente, las formas dominantes de expresión de estas dos corrientes se han desarrollado con sus propias deformidades, idiosincrasias y errores en el análisis y en la acción. En particular cada una ha tratado de considerar, principalmente, un aspecto de la vida de los hombres: su poder, en el caso del movimiento profeminista, y su dolor, en el caso del mítico-poético.

Al hacerlo así, ignoran no sólo el significado de toda la experiencia masculina en una sociedad dominada por los hombres, sino también la relación crucial entre el poder y el dolor de los hombres.[25]

El movimiento profeminista se origina en el reconocimiento por parte de los hombres del poder y los privilegios que disfrutan en una sociedad dominada por ellos. Aunque pienso que éste debe ser nuestro punto de partida, en realidad no es sino un comienzo, ya que existen muchas preguntas desafiantes: ¿Cómo podemos animar a los hombres a entender que apoyar el feminismo significa más que apoyar cambios institucionales y legales; que también significa cambios en sus vidas personales?

¿Cómo podemos lograr un apoyo masivo y activo a favor del feminismo entre los hombres? ¿Cómo podemos unir las luchas contra la homofobia y contra el sexismo y cómo hacer entender en la práctica que la homofobia es uno de los factores principales que promueven la misoginia y el sexismo entre los hombres?

Dentro de estos parámetros se presenta una serie de problemas teóricos, estratégicos y tácticos. Si nuestra meta no es sólo acumular puntos de debate académico o político, ni sentirnos bien junto a las mujeres con nuestras credenciales profeministas, sino afectar realmente el curso de la historia, entonces sería crucial tomar muy en serio algunos de ellos.

Para mí, surgen varios puntos de este análisis.

Ya sea que un hombre asuma que su mayor área de interés sea trabajar en favor de la igualdad de las mujeres y desafiar el patriarcado, o retar la homofobia y desarrollar una cultura positiva con respecto a los homosexuales y las lesbianas, o mejorar la calidad de vida de todos los hombres, nuestro punto de partida tiene que ser el reconocimiento de la centralidad del poder y el privilegio masculinos y entender la necesidad de desafiar este poder.

Esto constituye no sólo un apoyo para el feminismo, sino el reconocimiento de que la construcción social y personal de ese poder es la causa del malestar, la confusión y la alienación sentidas por los hombres de nuestra era, así como una fuente importante de homofobia.

Cuanto más nos demos cuenta de que en la mayor parte de las sociedades patriarcales alguna forma de homofobia es importante en la experiencia de los hombres, que la homofobia y el heterosexismo moldean las experiencias diarias de todos los hombres, y que tal homofobia desempeña un papel central en la construcción del sexismo, más capaces seremos de desarrollar la comprensión y las herramientas prácticas necesarias para lograr la igualdad.

El movimiento profeminista masculino en América del Norte, en Europa y en Australia ha ofrecido una oportunidad única para que los homosexuales, los hombres comunes y corrientes y los bisexuales se reúnan, trabajen y bailen juntos.

Sin embargo, no creo que la mayoría de los hombres prototípicos, pero profeministas, consideren como una prioridad la necesidad de confrontar la homofobia ni que la vean como algo que tiene una importancia central en sus vidas, suponiendo que figure en su lista de prioridades.[26]

La noción de experiencias contradictorias del poder, en plural, proporciona una herramienta analítica para integrar problemas de raza, clase y etnicidad al núcleo de la organización de los hombres profeministas. Nos permite relacionarnos, con sentimientos de empatía, con toda la gama de problemas en las experiencias masculinas, y comprender que el poder de los hombres no es lineal y que está sujeto a una variedad de fuerzas sociales y psicológicas. Además, deja entrever formas de análisis y de acción que entienden que el comportamiento de cualquier grupo de hombres es el resultado de una inserción, a menudo contradictoria, dentro de varias jerarquías del poder.

Desmiente cualquier idea de que nuestras identidades y experiencias como hombres pueden separarse de las que se basan en el color de la piel o en los orígenes sociales; por tanto, sugiere que la lucha contra el racismo, el antisemitismo y los privilegios de clase, por ejemplo, es parte integral de la lucha para transformar las relaciones contemporáneas de género.

Quizás, sea un problema la misma terminología que utilizo. Al igual que otros, continuamente me he referido al profeminismo. Este término pone la problemática de principio a fin, como hombres apoyando las luchas de las mujeres y cuestionando el poder de ellos sobre las mujeres. Pero esta forma de análisis sugiere que aunque este apoyo y cuestionamiento sean indudablemente fundamentales, ellos no constituyen asuntos singulares o problemas para los hombres.

Además, tampoco es el único camino para destruir el patriarcado y crear una sociedad de igualdad humana y liberación. Pero, si incluimos un análisis del impacto de una sociedad dominada por los hombres en los propios hombres, entonces el proyecto se transforma no sólo en profeminista sino en algo que es antisexista (en el sentido que las ideas y prácticas sexistas afectan a hombres y mujeres, aunque en forma muy diferenciada), antipatriarcal y antimasculinista (pero siendo claramente masculino-afirmativo, así como femenino-afirmativo).

Actualmente, las recompensas de la masculinidad hegemónica son insuficientes para compensar el dolor que provoca en las vidas de muchos hombres. La mayoría de los hombres en la cultura norteamericana experimentan, en diferente medida, dolor por tratar de seguir y asumir las imposibles normas de virilidad, lo cual sobrepasa las recompensas que ellos normalmente reciben. En otras palabras, el patriarcado no es sólo un problema para las mujeres. La gran paradoja de nuestra cultura patriarcal (especialmente desde que el feminismo ha levantado demandas significativas) es que las formas dañinas de masculinidad dentro de la sociedad dominada por los hombres son perjudiciales no sólo para las mujeres, sino también para ellos mismos.

Algunos grupos de hombres saben y comprenden esta problemática. Tal es el caso de los gay y bisexuales, quienes han desarrollado una nueva autoconciencia e instituciones culturales, y se han organizado como hombres, pese a la aversión, temor y fanatismo que ellos reciben y a las formas dominantes de masculinidad (aunque, al mismo tiempo, muchos hombres gay acepten parcialmente la visión y prácticas dominantes). Desde hace mucho tiempo, ellos han estado conscientes del dolor que les provoca la sociedad patriarcal actual.

Los hombres negros han desarrollado su propia cultura de resistencia contra la discriminación estructural y la aversión que ellos experimentan de muchos hombres y mujeres en el marco de la sociedad blanca dominante. Aunque algunas de estas formas de resistencia incluyen una reafirmación de algunos de los peores rasgos de la cultura patriarcal (pensemos en el sexismo, homofobia y antisemitismo de la Nación del Islam, la brutalidad reflejada y reafirmada por grupos de rap, o el machismo de la cultura deportiva dominante en cuyo pináculo se encuentran actualmente atletas negros), existe también una afirmación de la inteligencia de los hombres negros, de la gracia masculina, y de un lenguaje distinto, todas las cuales fueron denigradas por la cultura dominante y las formas dominantes de virilidad.

Y para citar un breve tercer ejemplo, los hombres jóvenes de todas las razas saben que han disminuido dramáticamente sus posibilidades de repetir los privilegios económicos relativos disfrutados por sus padres y abuelos.

Esto no significa que los hombres dentro de esos grupos, o incluso considerados todos ellos como grupo, no gocen actualmente de ciertas formas de privilegio y poder. La intención es simplemente señalar que diversos grupos de hombres han estado luchando como hombres para rechazar por lo menos algunas de las ideas hegemónicas de virilidad y algunos aspectos de la cultura masculina hegemónica. El problema es que ellos no lo han hecho necesariamente dentro de un análisis de género y sexismo, o lo han hecho combinándolo con una simpatía por el feminismo o por las mujeres, o con una comprensión de la naturaleza del poder social e individual del hombre.

De todas formas, mirar la experiencia de grupos particulares de hombres puede beneficiar a todos los hombres en su conjunto; encontrando en esas experiencias particulares, causas, preocupaciones y desafíos comunes, hay, sin duda, una base para que los hombres se organicen como hombres y lo hagan ellos solos, lo cual podría ser parte de un movimiento antipatriarcal, más amplio. Sería un movimiento antimasculinista de hombres que iría de la mano con el feminismo, pero que tendría su propia razón de ser y claramente establecidos sus asuntos y prioridades.

Al establecer este camino, debemos seguir la dirección del movimiento de mujeres asegurando no sólo la importancia del cambio personal y social, sino la relación de ambos. Como hombres, necesitamos abogar y organizarnos activamente para apoyar los cambios legales y sociales, en favor de la libertad de elegir los programas de cuidado infantil, las nuevas iniciativas para combatir la violencia de los hombres con programas de acción afirmativa en lugares de trabajo, sindicatos, asociaciones profesionales, clubes, centros religiosos y comunidades.

Debemos ver estas acciones no sólo como asuntos de mujeres sino como problemas que debemos encarar y que nos afectan a todos.

Este último punto es importante si realmente pretendemos crear una política antipatriarcal adoptada por hombres y mujeres. Por ejemplo, en el caso del cuidado infantil, la agenda de los hombres no sólo debe apoyar las visiones del movimiento feminista y las necesidades de las madres (aunque este apoyo constituye una parte importante de nuestro quehacer), sino que también debe articular las políticas del cuidado infantil que mejoren la vida de muchachos y hombres, que les permitirá ser mejores padres, cuidadores y educadores.

Debemos mirar la experiencia de Suecia, por ejemplo, donde se ha logrado en medio de éxitos y fracasos, utilizar las políticas públicas y la autoridad de gobierno, para reconstruir el trabajo y la vida familiar, de una manera que permita formas más sanas de paternidad y maternidad.

Una clave para futuras políticas sociales centradas en la infancia es acortar la jornada laboral. Ello tiene enormes implicancias para la vida de los hombres (incluyendo las de los jóvenes y de hombres de color quienes experimentan grandes discriminaciones en el mercado laboral). También tiene grandes implicancias para la propia identidad de todos los hombres, ya que la vida laboral, con sus riesgos y costos, ha sido parte integral de la identidad masculina.

Para que los hombres escapen de las dolorosas obligaciones de la penosa masculinidad, entre otras cosas, debemos redefinir el trabajo de la paternidad y el mundo del trabajo.

Esto dará a las organizaciones de la clase media formadas por hombres antisexistas, nuevas posibilidades para llenar vacíos que a veces nos separan de las preocupaciones y aspiraciones de los hombres de la clase trabajadora.

Esto también es válido en la salud y seguridad de los hombres. Las propias definiciones de las formas imperantes de masculinidadque somos siempre fuertes, que no sentimos dolor, que nunca nos asustamos, entre muchas otras– significan que por definición es aterrador para los hombres considerar seriamente asuntos de su propia salud y seguridad.

El hecho de considerar tales asuntos pareciera ser una confesión de que no somos masculinos. Esto se comprueba en lugares de trabajo riesgosos, donde los hombres muy rara vez se niegan a trabajos inseguros o a rechazar el sobretiempo que los mantiene lejos de sus familias, provocándoles enormes tensiones físicas y emocionales, a pesar de los beneficios económicos. Esto también [27] se comprueba en los resultados obtenidos por sociedades patriarcales que han privilegiado la producción, logro y conquista sobre las necesidades humanas en un medio ambiente muy adverso.

Pienso, por ejemplo, en la baja cantidad de espermas de un número creciente de hombres en el mundo y de la incidencia creciente del dimorfismo sexual entre los niños recién nacidos. Pareciera que una gran parte del problema se origina por componentes clorados elaborados por el hombre, con efectos parecidos al estrógeno. Estos son los asuntos sobre los cuales los hombres no hablan, pero que tienen un impacto enorme en nuestras vidas. Los hombres deben y pueden encarar estos tópicos, en acuerdo a preocupaciones similares de las mujeres.

Este trabajo no sólo implica entregar apoyo verbal, financiero y organizacional a las campañas organizadas por mujeres, sino que requiere que los hombres organicen campañas dirigidas a ellos mismos. Esfuerzos como el realizado por la White Ribbon Campaign del Canadá[28] son cruciales para romper el silencio de los hombres en una gama de problemas que afectan la vida de las mujeres. Este esfuerzo, que se focaliza en la violencia contra la mujer, ha sido sorprendentemente exitoso y ha motivado a los hombres a identificarse con esas preocupaciones, permitiendo el uso de recursos a los cuales ellos tienen un acceso desproporcionadamente mayor que las mujeres.

Dichos esfuerzos deben llevarse a cabo en diálogo y consulta con grupos de mujeres, para evitar que los hombres dominen este trabajo.

Al igual que otros grupos de hombres que trabajan en el tema de violencia contra la mujer, la citada campaña ha aclarado que los hombres no deben quedarse atrás para asumir asuntos profeministas como propios. La mayoría de los hombres no son físicamente violentos contra las mujeres, sino que la mayoría se ha mantenido silencioso respecto a esa violencia. La campaña reconoce que los hombres tienen la responsabilidad de hablar y de cuestionar a otros hombres. No todos somos responsables por los incidentes de violencia, sino que más bien tenemos una responsabilidad compartida para detenerlos.

La campaña también ha tomado iniciativas para ir más allá de la reacción a la violencia, refiriéndose a la cultura patriarcal que ha producido hombres violentos. Hemos hablado de los cambios individuales y sociales que se necesitan para criar hijos sin violencia y para educar una generación de hombres que no acudan a la violencia. En otros términos, junto con apelar a la compasión, enojo y preocupación por las experiencias de las mujeres que amamos, también apelamos a los propios intereses de los hombres, motivándolos para encontrar caminos que los conduzcan a vidas más sanas y más felices.

Cualquiera sea el foco de nuestro trabajo para combatir el sexismo y el patriarcado, ya sea la violencia, la orientación sexual, salud, racismo, cuidado infantil, seguridad laboral, o lo que sea, al mismo tiempo que nos comprometemos en el activismo social, necesitamos aprender a escudriñar y cuestionar nuestra propia conducta.

Debemos entender que nuestra contribución al cambio social estará limitada si continuamos interactuando con las mujeres en base a la dominación, será limitada si no cuestionamos activamente la homofobia y el sexismo entre nuestros amigos y compañeros de trabajo, e incluso dentro de nosotros mismos. El cambio será limitado si no comenzamos a crear las condiciones inmediatas para la transformación de la vida social, especialmente esforzándonos para la igualdad en el trabajo doméstico y el cuidado de los niños.

Esto no significa caer en la culpa o llevar a esos hombres a la comunidad de antisexistas que disfrutan por tener una buena camiseta. Después de todo, un sentimiento de culpa difuso (en oposición al remordimiento específico por acciones particulares) puede ser una emoción profundamente conservadora, desmovilizadora y reducidora de poder.

Muchos de los que somos activos en el trabajo profeminista, antipatriarcal y antimasculinista, tenemos momentos en que dejamos de ser honestos con nosotros mismos y nos preocupamos más de complacer a las mujeres o de lo que pudieren pensar de nuestro trabajo algunos subgrupos particulares del movimiento de mujeres. A veces nos sentimos culpables por nuestros éxitos. En lugar de la culpa, deberíamos afirmar que ya es tiempo que hagamos este trabajo, deberíamos estar celebrando el hecho de que estamos haciendo una contribución para el cambio, y deberíamos entender que nuestros éxitos, son los éxitos del movimiento de mujeres que ha alcanzado a los hombres.

Más aún, los esfuerzos que se «adjudican al feminismo y al movimiento de mujeres» a veces ignoran el hecho que no hay un feminismo y que existe diferencias muy reales y debates dentro del movimiento de mujeres, por lo tanto no hay forma que podamos estar de acuerdo con todos o adoptar políticas que lograrán la aprobación de todas las feministas. (Pensemos en un ejemplo, como la pornografía, para darnos cuenta de que hay muchas visiones en el feminismo, lo que significa la existencia de muchos feminismos[29]).

En lugar de sentirnos culpables por nuestros éxitos por llegar a otros hombres o de cuestionar nuestra habilidad para aportar buenas ideas e iniciativas que contribuyan, como iguales a las mujeres, a una política antipatriarcal, los hombres necesitamos afirmar orgullosamente que el trabajo de género es tanto trabajo de hombres como de mujeres.

Debemos llamar a los hombres a clarificar sus propios intereses. Esto no sólo significa apoyar los esfuerzos de las mujeres, sino explorar y descubrir formas en las que nuestros intereses verdaderamente coincidan. A menos que los hombres se organicen para llegar a otros hombres, los hombres como grupo nunca dejarán de mantener y perpetuar el orden patriarcal. ¿Por qué? Porque, para la mayoría de los hombres, la definición de masculinidad hecha por otros hombres es lo que importa más que todo. Parte del camino del cambio es para los hombres actuar como ejemplos y modelos para otros hombres, sobre cómo se puede ser totalmente varonil –esto es, simplemente criaturas biológicas que son machos– sin ser masculinistas.

Y en este proyecto, en esta celebración de hombría, los hombres heterosexuales tienen mucho que aprender de los hombres gay y bisexuales.

Los hombres podemos orgullosamente tomar nuestro lugar –en el contexto de respeto por la autonomía de la mujer, de las capacidades, prioridades y conocimiento profundo del feminismo– como líderes en el movimiento antipatriarcal y antisexista. Para tener éxito, necesitamos de la contribución única del hombre y del conocimiento profundo de las contribuciones y voces únicas de las mujeres.

Parte de esta lucha por el cambio personal y social por los hombres es la necesidad de que rompamos nuestro aislamiento de otros hombres. Aunque este aislamiento puede ser experimentado más agudamente por los hombres heterosexuales, no es simplemente un asunto de orientación sexual. Es un asunto de la naturaleza de nuestra interacción con otros hombres, ya sea que somos capaces de crear un verdadero sentido de seguridad e intimidad emocional, por lo menos con algunos otros hombres.

Esto es importante porque, en el aislamiento, la mayoría de los hombres continúan aceptando como realidad la suposición no probada, sobre lo que significa ser hombre. Antes señalé que esto actúa en la sociedad patriarcal como una forma de alucinación colectiva. Es como si millones de personas hubiesen tomado la misma droga y caminaran sabiendo, con aparente certeza, la realidad de lo que un hombre es, cuando, de hecho, es simplemente una construcción de género.

Cualquier duda que se nos plantee como individuo, rápidamente la desechamos debido a que, aislados de otros hombres, llegamos a asumir que sólo nosotros somos los equivocados, que sólo nosotros sentimos esas diferencias. Esas dudas, sólo le confirma a muchos que ellos no son realmente hombres –porque hoy ningún hombre puede vivir de acuerdo a sus ideales. El conflicto entre nuestra propia realidad y lo que hemos aprendido que se supone es la realidad real, explicaría por qué el hombre individual construye y reconstruye personalidades moldeadas por el patriarcado.

Y es por ello que es totalmente consistente desarrollar un enfoque de acción social –y más aún se requiere– que los hombres desarrollen organizaciones de apoyo, grupos de apoyo, lazos informales de intimidad y apoyo entre ellos. Tales prácticas individuales y grupales nos permite observar nuestro proceso individual de trabajo de género, y cómo todos hemos sido moldeados por el sistema patriarcal. Nos permiten examinar nuestras propias relaciones contradictorias con el poder de los hombres. Nos permite solucionar el miedo que impide a la mayoría de los hombres, hablar y combatir el sexismo y la homofobia. Nos puede dar un sentido nuevo y diferente de fortaleza.

En todo esto, en nuestro trabajo público, en nuestro combate al sexismo y a la homofobia, al racismo y a la intolerancia en nuestra vida diaria, no debemos temer asumir una política de compasión. Esto significa tener siempre presente el impacto negativo del patriarcado contemporáneo sobre los propios hombres, aunque nuestro sistema tenga como centro la opresión de las mujeres. Ello significa considerar el impacto negativo de la homofobia en todos los hombres, evitar el lenguaje de culpa y reproche y substituirlo por el de la responsabilidad para el cambio.

Tal política de compasión sólo es posible si partimos de la distinción entre sexo y género. Si el patriarcado y sus síntomas fueran un mandato biológico, los problemas no sólo serían virtualmente inmanejables, sino que parecería también que el castigo, la represión, el reproche y la culpa serían sus corolarios necesarios. Pero si partimos de la premisa de que los problemas son de género –y que el género se refiere a las relaciones particulares de poder estructuradas socialmente y encarnadas individualmente– entonces podemos ser a la vez críticos del poder colectivo de los hombres, de su comportamiento y actitudes de manera individual y de ser afirmativos como hombres, diciendo que la destrucción del patriarcado mejorará nuestra vida, que con el cambio todos ganan, pero se requiere que los hombres abandonen formas de privilegio, poder y control.

A nivel psicodinámico –en cuyo dominio podemos presenciar la interacción entre los movimientos sociales y la psique individual– el desafío que plantea el feminismo a los hombres es desterrar la psique masculina hegemónica.

Esto no es una interpretación psicológica del cambio; dicha fuente de cambio radica en el desafío social al poder de los hombres y la reducción de su poder social. Actualmente está siendo cuestionado lo que una vez constituyó una relación obvia entre poder sobre los otros/control sobre sí mismo/y la supresión de una gama de necesidades y emociones de los hombres. Lo que habíamos sentido como estable, natural y correcto se está revelando como fuente de opresión para otros, como fuente principal de dolor, angustia y ansiedad para los propios hombres.

La implicancia de todo esto es que el reto femenino al poder de los hombres tiene el potencial de liberarlos y de ayudar a muchos de ellos a descubrir nuevas masculinidades, las cuales contribuirán a demoler el género completamente. Cualesquiera que sean los privilegios y formas de poder que indudablemente perderemos, ello será compensado con creces con el fin del dolor, el temor, las formas disfuncionales de conducta, la violencia experimentada a manos de otros hombres, la violencia autoinflingida, la interminable presión de competir y tener éxito y la simple imposibilidad de cumplir con nuestros ideales de masculinidad.

Nuestra conciencia de las experiencias contradictorias de poder entre los hombres nos entrega las herramientas necesarias para simultáneamente desafiar el poder de los hombres y expresar su dolor. Esto configura la base para una política de compasión y para atraer el apoyo de los hombres a favor de una revolución que está desafiando la estructuras más básicas y duraderas de la civilización humana.

Do not reproduce or reprint without permission.

© Michael Kaufman, 1995

mk@michaelkaufman.com www.michaelkaufman.com

Translation by Símon Cazal in Paraguay (info@paragay.com)


[1] Aunque pueda ser incómodo para las mujeres que lean esto, a menudo me refiero a los hombres en primera persona plural –nosotros, nos, nuestro– para reconocer mi posición dentro del objeto de análisis.

[2] Agradezco a Harry Brod, quien me advirtió hace unos años sobre el riesgo de hablar del poder y del dolor de los hombres como dos caras de una misma moneda, un comentario que me condujo a enfocar la relación entre las dos. Gracias a Linda Briskin, quien, hace algunos años, me comprometió en una discusión que me llevó a clarificar el concepto de las experiencias contradictorias del poder entre los hombres. Mis agradecimientos también a Harry, y a Bob Connell por sus comentarios sobre una versión inicial de este artículo. Gracias a Varda Burstyn por sus reflexiones y contribuciones en las sección de las conclusiones. Quiero expresar particularmente mi aprecio a Michael Kimmel tanto por sus comentarios sobre la versión original como por nuestro rico y permanente intercambio intelectual y de amistad.

[3] Aunque ha habido controversia sobre la aplicabilidad de la palabra patriarcado –véanse, por ejemplo, las reservas en cuanto al uso del término expresadas por Michele Barrett y Mary McIntosh en The Anti-Social Family, London: Verso, 1982–, al igual que otros autores, la utilizo como un término descriptivo amplio para sistemas sociales dominados por hombres.

[4] Incluso la frontera aparentemente fija entre hombres y mujeres –fija en función de diferencias genitales y reproductivas– está sujeta a variación, como se ve en el número relativamente significativo de machos y hembras con las llamadas “anormalidades” genitales, hormonales y cromosómicas que distorsionan la clara distinción entre los sexos –dejando hombres o mujeres infértiles, mujeres u hombres con características sexuales secundarias generalmente asociadas con el sexo opuesto, y mujeres u hombres con diferentes combinaciones genitales. No obstante, la noción de sexo biológico es útil para distinguir el sexo del género construido socialmente. Para otra discusión accesible, especialmente sobre la endocrinología de la diferenciación sexual, véase John Money y Anke A. Ehrhardt, Man & Woman. Boy & Girl. Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1972.

[5] La distinción sexo/género es ignorada o borrada no sólo por ideólogos o biólogos reaccionarios (de mentalidad tanto liberal como conservadora), quienes quieren afirmar que las vidas, roles y relaciones actuales entre los sexos son hechos biológicos dados, eternos. Existe por lo menos una corriente de pensamiento feminista –llamada feminismo cultural o feminismo de las diferencias por sus críticos– que celebra hasta diferentes puntos una gama de supuestamente eternas cualidades femeninas naturales. Así mismo, los que están influenciados por el pensamiento junguiano, como Robert Bly y los pensadores mito-poéticos, también plantean cualidades esenciales del ser del hombre y de la mujer. Incluso aquellas feministas que aceptan la distinción sexo/género a menudo utilizan el término género cuando están refiriéndose a sexo –como en los dos géneros y el otro género, cuando en realidad existe una multiplicidad de géneros, como se ha sugerido en los conceptos de feminidades y masculinidades. De manera similar, muchas mujeres feministas y hombres partidarios de estas ideas se refieren erróneamente a “la violencia masculina” –en lugar de “la violencia de los hombres”– aunque la categoría biológica macho (en oposición a la categoría genérica hombres) implica que una propensión a cometer actos de violencia es parte del mandato genérico de la mitad de la especie, una suposición que ni la antropología ni la observación contemporánea justifican.

[6] Para una crítica de los límites de la teoría de roles sexuales, véase, por ejemplo Tim Carrigan, Bob Connell y John Lee, Hard and Heavy: Toward a New Sociology of Masculinity, en Michael Kaufman (ed.), Beyond Patriarchy: Essays by Men on Pressure. Power and Change. Toronto, Oxford University Press, 1987.

[7] R. W. Connell, Gender and Power. Stanford, Stanford University Press, 1987.

[8] El tema de las diferentes masculinidades es analizado en varios artículos en Harry Brod y Michael Kaufman, editores, Theorizing Masculinities, Newbury Park, Sage Publications, 1994.

[9] 11. Cracking the Armour: Power, Pain and the Lives of Men. Toronto, Viking Canada, 1993.

[10] C. B. Macpherson, Democratic Theory. London, Oxford University Press, 1973.

[11] Aunque me refiero aquí a las relaciones contradictorias de los hombres con el poder masculino, una discusión paralela, aunque muy diferente, también se podría llevar a cabo sobre la relación de las mujeres con el poder de los hombres y sus propias posiciones de poder y carencia de poder a nivel social, familiar e individual.

[12] Véanse Nancy Chodorow, The Reproduction of Mothering, Berkeley, Universidad de California, 1978; Dorothy Dinnerstein, The Mermaid and the Minotaur, Nueva York, Harper Colophon, 1977; Jessica Benjamin, The Bonds of  Love, Nueva York, Random House, 1988, y Gad Horowitz, Repression, Basic and Surplus Repression in Psychoanalitic Theory, Toronto, University of Toronto Press, 1977.

[13] Este párrafo se basa en un texto de Kaufman, Cracking the Armour, op. cit., y Kaufman, The Construction of Masculinity and the Triad of Men’s Violence, en Beyond Patriarchy, op. cit.

[14] No estoy insinuando que la naturaleza de las relaciones o de los conflictos sea la misma de un tipo de familia u otro, ni siquiera que “la familia” como tal exista en todas las sociedades. (Véase M. Barrett y M. McIntosh, op. cit.)

[15] Véanse, por ejemplo, los casos de Sylvia Levine y Joseph Koenig (eds.), Why Men Rape, Toronto, Macmillan of Canada, 1980, y Timothy Beneke, Men on Rape, Nueva York, St Martin’s Press, 1982.

[16] Jeff Hearn, The Gender of Oppression. Brighton, Wheatsheaf Books, 1987.

[17] Entre las numerosas fuentes sobre la actividad de ser padre, véanse Michael E. Lamb (ed.), The Role of the Father in Child Development, Nueva York, John Wiley & Sons, 1981; Stanley H. Cath, Alan R. Gurwitt, John Munder Ross, Father and Child, Boston, Little Brown, 1982. Véanse también Michael W. Yogman, James Cooley, DanieI Kindlon, Fathers, Infants, Toddlers, Developing Relationship y otros en Phyllis Bronstein y Carolyn Pape Cowan, Fatherhood Today, Nueva York, John Wiley & Sons, 1988; Kile D. Pmett, Infants of Primary Nurturing Fathers, en The Psychoanalitic Study of the Child, vol.38, 1983 y para un enfoque diferente, véase Samuel Osherson, Finding our Fathers, Nueva York, Free Press, 1986.

[18] Lillian Rubin, Intimate Strangers, Nueva York, Harper Colophon, 1984. Véase también Peter Nardi (ed.), Men’s Friendships, Newbury Park, Sage, 1992.

[19] Kaufman, Cracking the Armour, op cit. Ver también Varda Burstyn, The Rites of Men, Toronto, University of Toronto Press, de próxima publicación.

[20] El marco mítico-poético es discutido detenidamente por Michael Kimmel y Michael Kaufman en Weekend Warriors: The New Men’s Movement, en Brod y Kaufman, op. cit., y en un artículo más breve, The New Men’s Movement: Retreat and Aggression with America’s Weekend Warriors, en Feminist Issues, de próxima publicación.

[21] Un recuento fascinante del control patriarcal total del hogar es el libro de 1956 de Naguib Mahfouz, Palace Walk, Nueva York, Anchor Books, 1990.

[22] Michael Kimmel y Tom Mosmiller (eds.), Against the Tide: Pro-Feminist Men in the United States, 1776-1990. A Documentary History, Boston, Beacon. 1992.

[23] Un tercer movimiento es el antifeminista y, desvergonzadamente, misógino, el movimiento de los derechos del hombre, que no nos concierne en este artículo.

[24] En los años setenta y principios de los ochenta, los libros y artículos escritos por hombres como Herb Goldberg y Warren Farrell hablaban de las características nefastas del sentido de hombría –en particular del sentido que era letal para los hombres. Cuando el libro Iron John, de Robert Bly, alcanzó la lista de los best-sellers a finales de 1990, los vagos análisis de esos años se cristalizaron en un amplio movimiento norteamericano con un nuevo periódico: Wingspan, grupos de retiros de hombres, círculos de tamboreo, boletines regionales y una serie de libros que continúa apareciendo.

[25] Aunque la categorización de estas dos corrientes del movimiento de los hombres sirve de herramienta útil para la discusión, no existen límites bien marcados entre las dos. Un buen número de hombres (más en el Canadá que en los Estados Unidos), atraídos por el movimiento mítico poético, simpatizan con el feminismo y con las luchas actuales de las mujeres. Mientras tanto, la mayoría de los hombres, atraídos por el marco teórico profeminista, también se preocupan por mejorar las vidas de los hombres. Y los hombres, especialmente los que se encuentran en la última categoría, están preocupados por el impacto de la homofobia en todas las categorías de hombres.

[26] Mi anécdota favorita acerca de la resistencia de muchos de los “comunes y corrientes” al identificarse con la necesidad de desafiar la homofobia públicamente fue contada por un colega, quien en Toronto, en los primeros años de la década de los ochenta, enseñaba un curso sobre el cambio social. En la taberna de los estudiantes, una noche después de clase, uno de ellos lamentaba no haber vivido en otra época. “Habría sido maravilloso vivir en la última parte de los años treinta –decía–, para poder haberme enlistado y luchado en la guerra civil española”. Mi colega le dijo: “¿Sabes que docenas de casas de baños para homosexuales fueron allanadas por la policía esta semana y ha habido grandes manifestaciones casi todas las noches? Podrías unirte a ellos”. El estudiante lo miró y le dijo: “Pero yo no soy gay”, ante lo cual mi colega le respondió “Tampoco sabía que fueras español”. Sobre la relación entre homofobia y la construcción de una masculinidad normal, véase Michael Kimmel, Masculinity as Homophobia, en Harry Brod y Michael Kaufman, Cracking the Armour, op. cit. Véase también Suzanne Pharr, Homophobia: A Weapon of Sexism, Little Rock, Chardon Press, 1988.

[27] Hace varios años, trabajé brevemente en un aserradero de Columbia Británica. Un día, por mi escasa experiencia en ese trabajo, me vi enfrentado a un embrollo de maderas transportadas por cadenas que las conducían desde una sierra a la próxima. En medio del amplio taller, el supervisor apuntó un botón rojo que detendría las cadenas en movimiento, antes de que yo me atreviera a meterme en el medio. El aclaró que se detendría la operación total, pero enfatizó que cualquiera que no fuera lo suficientemente hombre para entrar en las cadenas en movimiento no debería trabajar allí.

[28] La White Ribbon Campaign enfoca el fenómeno de la violencia que los hombres ejercen contra las mujeres. En un pequeño grupo empezamos la campaña a finales de 1991, y después de una semana miles de hombres en todo el Canadá llevaban una cinta blanca durante una semana, jurando que “no cometerían, condonarían, ni se quedarían callados con respecto a un crimen violento cometido contra las mujeres”. Esta campaña, que tiene el propósito de romper el silencio de los hombres en relación con la violencia ejercida contra las mujeres, y de movilizar la energía y los recursos de los hombres, goza de apoyo dentro del espectro sociopolítico y ha empezado a extenderse a otros países. Actualmente, da particular atención al trabajo con niños y hombres jóvenes y ha producido un número apreciable de materiales educativos para el uso de profesores y estudiantes. Para información, contactar a: The White Ribbon Campaign, 220 Yonge Street, Suite 214, Toronto, Canada M5B 2H1; teléfono: (416) 596 15 13; fax: (416) 596 23 59; correo electrónico: whiterib@idirect.com

[29] En algunas respuestas de los hombres al tema de la pornografía, ver Michael Kaufman, Leather Whips and Fragile Desires: The Riddle of Pornography, capítulo 6 de Cracking the Armour, op. cit. y Michael S. Kimmel, editor, Men Confront Pornography, New York: Crown Publishers, 1990.

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